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¿Por qué está comiendo helado? Olvídalo. Olvídate de que existo y disfruta tu noche, hermano.
Nadie se entusiasmaba más con estas cosas que Charlie. Le gustaba ser el mujeriego, pero estaba bastante seguro de que era un romántico por dentro. Volví a meter el teléfono en el bolsillo y miré a Fern y al muchacho otra vez. Él le estaba hablando al oído.
Ni que hubiese tanto ruido aquí, amigo.
El sundae llegó y Fern se lo devoró como si no hubiese probado bocado en días. O semanas.
–Guau –dije–. Ahora se te congelará el cerebro.
Hizo una pausa para mirarme antes de fruncir la frente, señal inequívoca de que yo no había mentido.
–Auch –se tocó la frente y hasta se sacó la gorra en un gesto instintivo. No estaba bien reírse de su sufrimiento, pero no pude evitarlo. Ella también comenzó a reírse. Le había quedado crema batida en el mentón.
Al parecer al señor McJazz no le agradó mucho ese momento entre su conquista y yo y se le acercó nuevamente, con la mejilla rozando la suya.
–Eso se ve bien. ¿Puedo probar un poco?
Dios bendiga a Fern, porque le pasó una cuchara.
–¿Por qué no?
Él miró la cuchara por un segundo.
–¿Y si tú me das?
Qué asco. Me tensé, mi paciencia ya se estaba acabando.
Fern largó un eructo en lugar de una respuesta, y él se echó para atrás.
No pude evitar la carcajada, y luego me puse de pie.
–Después de esto, creo que necesitamos salir de aquí.
Ella se puso de pie para seguirme.
–Está bien. ¡Adiós! –saludó a todos con un movimiento de la mano. McJazz también se puso de pie y la tomó del brazo. Dios mío. ¿Iba a tener que pelear con ese grandulón?
–¿Por qué dejas que este tipo te arrastre consigo? –le preguntó mientras me lanzaba una mirada aniquiladora–. ¿Es tu hermano o algo?
Fern le miró la mano y se liberó de su garra. Tuvo que hacer fuerza. Lo golpeó en la mano para que se le alejara.
–No, no es mi hermano. Y tú necesitas calmarte. Eres bastante viejo para mí.
Muy bien, ahora esto ya estaba pasando de gracioso a cosa seria.
–Fern –le dije, tomándola del brazo, pero luego retiré mi mano.
Ella dio media vuelta y me golpeó en el medio del pecho. Duro.
–¿Jack? Tú eres lindo, pero necesitas relajarte.
¿Yo era lindo?
Luego golpeó a McJazz en la pantorrilla, aunque no con mucha fuerza.
–Y tú necesitas dejar de arrastrarte.
Maldición. La expresión en el rostro de McJazz no tuvo precio. Pero la diversión duró poco. Cuando volví a ver a Fern, estaba de pie, intentando conservar el equilibro e intentando alcanzar una de las mariposas que colgaban del techo.
¡Nooooo!
Atrapó una, que se salió de su cuerda, y fue como si alguien hubiese apagado la vida del bar. Todo se quedó en silencio.
Mierda.
Fern no se dio cuenta. Por el contrario, sostenía la mariposa entre ambos dedos y la examinaba con gran placer.
Me acerqué a ella, esperando que nadie de los que trabajaban allí la hubiera visto. Había una regla muy estricta en este bar: si tocabas una de las mariposas, te echaban a la calle. Lo sabía porque lo había hecho una vez en el pasado.
El guardia de seguridad la alcanzó antes que yo.
–Señorita, debe salir de aquí.
Fern se llevó la mariposa a la nariz.
–¿Las mataron a propósito? ¿Para exponerlas aquí para nuestra diversión? ¿Como si fuéramos bárbaros? –su tono era un poco acusador y otro poco curioso.
El guardia le bajó la mano.
–¿Señorita, cuántos años tiene?
–¿Qué importa? ¡Quiero hablar con el gerente del lugar! –alzó la mano para atrapar otra mariposa.
Yo la detuve.
–¡Fern! ¡Debemos salir de aquí!
El hombre me miró.
–¿Usted se hará responsable por haber traído a una menor aquí?
Todos en el bar nos estaban mirando. Genial. Puse mi cara de “¿quién? ¿yo?” y levanté ambas manos.
–Señor, por favor. Disculpe a mi hermana –por lo bajo, escuché a McJazz decir un “lo sabía”. Apreté los dientes, pero conservé la sonrisa–. Ella no está bien. Mire sus zapatos.
El guardia miró para abajo, pero su expresión no cambió. Mientras él se concentraba en sus pies, Fern tomó otra mariposa. La gente exclamó al verla y el tipo volvió a levantar la mirada.
–Se terminó. Llamaré a la policía.
De repente, Fern se inclinó hacia adelante y empujó al hombre.
–¿No crees que estás exagerando? –arrastró esas últimas palabras, sus ojos volvían a cerrarse.
Así que hice lo único que podía hacer. La acerqué a mí de un tirón y le hablé al oído.
–Corramos –sugerí.

Capítulo once
LUCKY
El chico guapo que se llamaba Jack me llevaba de la mano y juntos íbamos corriendo por la calle.
Debí usar toda mi concentración para no tropezarme con mis propias pantuflas. Mientras avanzábamos cuesta abajo por la calle empinada y llena de gente lo observé. Miraba fijo hacia adelante, y apretaba fuerte mi mano.
¿Quién era? ¿Por qué confiaba en él? Un minuto, ¿confiaba en él?
De repente, nada de esto me pareció una buena idea. Todas mis nociones de que era una noche maravillosa que pasaría a la historia se volvieron cenizas mientras luchaba por mantenerle el ritmo. Me dolían los pies.
En el mismo instante en que salí a la calle, debería haber regresado al hotel. Ni al centro comercial siquiera. Debería haberme limitado a comer mi hamburguesa prohibida y haberlo declarado el acto mayor de rebeldía en esta gira.
Pero no. Había salido a la calle… ¡y había montado el autobús! Era tan arriesgado, tan tonto, tan…
Cuando doblamos la esquina, me eché a reír, sabiendo que se vería repentino y extraño.
Sí. Todo esto era una mala idea. Y aun así, era de algún modo sexi.
Jack me miró, sorprendido por mi risotada.
Cuando nuestros ojos coincidieron, dejé de reírme.
Era demasiado lindo, y yo estaba demasiado adormecida.
Finalmente, luego de girar otra esquina y llegar a un callejón, nos detuvimos. Jack me hizo señas de que me quedara contra la pared de ladrillos, todo tan furtivo y pensado.
Sí, qué buena idea estar en un callejón con un completo extraño, Lucky.
Nos llevó un segundo recuperar el aliento, y luego Jack se estiró por encima de mí para espiar qué pasaba del otro lado de la esquina. Ah. Respiré profundo. Sé que es algo espeluznante decirlo, pero olía muy bien. A jabón y un poco a sudor.
–Bueno, creo que estamos a salvo –dijo, sin notar que yo lo estaba oliendo.
Sonreí.
–Yo estoy a salvo. Tú estás a salvo. ¿De qué estamos a salvo?
Jack se puso serio.
–Casi te corren de un bar y probablemente habrías terminado tras las rejas. En un país extranjero –estaba que echaba humo. De hecho, toda su apariencia se veía bastante acalorada, como una especie de Heathcliff mezclado con drama coreano.
–¿Cómo sabes que soy extranjera? –literalmente hipé la última palabra.
Él negó con la cabeza, pasándose esa preciosa mano por ese precioso cabello una vez más.
–¿Qué? Ya hablamos al respecto. Tú eres de los Estados Unidos.
–¡Ja! Eso es lo que tú piensas. Yo vivo en Corea.
Los ojos de Jack se pasearon por todo mi rostro rápidamente, aunque no sin interés. Tenía una manera de mirarme muy profunda. Me otorgó toda su atención. Lo que me provocó un calor extraño aunque para nada desagradable.
–Supongo que puedo ver eso ahora. Tienes la vibra de Corea –me dijo.
–Tú también, pero no me ves hablando de ello –le grité. Dios mío, gritar sí que se sentía bien. No lo hacía muy a menudo.
–¿Qué? –dijo, con ojos grandes e incrédulos–. Está bien, olvídalo. Tú no… No sabes lo que dices. Para nada. Permíteme que te devuelva a donde deberías estar.
Un escalofrío me estremeció el cuerpo entero. Por algún milagro, había logrado escaparme de Ren Chang, el mejor guardaespaldas de Asia, y ahora no quería regresar. La libertad había sido tan corta. No había sido suficiente.
–¡No!
Jack estaba perdiendo la paciencia.
–Vamos, estás ebria. Esto no es seguro.
–¿Cómo te atreves? –le clavé mi dedo índice en el pecho–. ¡Yo no bebo!
–Muy bien. No bebes –su expresión era de una exasperante paciencia, como si estuviese lidiando con una niñita petulante–. No te preocupes. Buscaremos un coche –dijo mientras sacaba el teléfono.
Otra vez, el pánico.
–¡No puedo regresar! ¡Por favor!
Jack levantó la cabeza y me miró preocupado.
–¿Por qué? ¿Qué sucede?
Y aunque yo sabía que esas palabras venían de una preocupación que no me merecía, mis ojos se llenaron de lágrimas. Así, de la nada. ¿Cuándo había sido la última vez que alguien, más allá de mis padres, me había preguntado qué me sucedía? Era la pregunta que me hacían cuando me veían triste o preocupada. O cuando lloraba. Era la pregunta que me hacían las personas que realmente me conocían y realmente se preocupaban por mí.
Era sencillo sonar feliz y relajado en una llamada a través de FaceTime, o a través de mensajes de texto.
Pero pronto podría ver a mi familia en la vida real. El dinero que ganaría sería mucho mejor, y podría hacer traer a toda mi familia en un avión para verme. A pesar de tener dos álbumes éxito en ventas, mi contrato aún le daba mucho de mis ingresos al sello discográfico.
Así era como se hacía y como siempre se había hecho. Se suponía que debía ser agradecida por la fama que había logrado, por haber llegado a la cima en un campo por demás competitivo. ¿Ser una ídola? Hasta hacía muy poco, eso había sido suficiente.
Pero algo había cambiado. ¿Habría sido cuando miré ese video en mi habitación de hotel? Ahora sabía que algo faltaba. Solo que no estaba segura de qué era. Y ahora mismo, esta noche, con este muchacho, había podido ignorar todo eso, había podido olvidar que mis sueños ya alcanzados ya no me llenaban el alma.
Tenía las mejillas mojadas y las extensiones de mis pestañas se estaban despegando. Jack volvió a meter su teléfono en el bolsillo de sus jeans.
–Ey… Ey, no llores –se aseguró de mantener distancia, pero yo sentí su calidez de todos modos.
La sensación que había sentido con este muchacho desde que nos conocimos era de protección. Él me protegía, aunque no había razón para que lo hiciera. Era por eso que lo había seguido por un callejón oscuro.
De repente, me sentí muy, muy cansada. Y avergonzada. No estaba comportándome como siempre. Era un verdadero desastre. Y este muchacho estaba pasando demasiado tiempo conmigo y todo iba a filtrarse y llegaría a la prensa.
Intenté secarme los ojos con las mangas térmicas que se asomaban por debajo de mi abrigo y arrastré con ellas unos mocos también. Ay, Dios, ¿qué acababa de hacer?
Mis ojos se posaron en él. Jack, que sería más alto que yo solo si llevara tacones altos. Intentó desviar su mirada, pero ya era demasiado tarde.
–¡Viste mi komul! –bramé. Ciertas palabras, como “moco”, siempre serían primero en coreano, sin importar qué.
Jack tosió mientras intentaba contener su risa.
–¡No, no es así!
–¡Sí, sí que lo viste! –di vuelta la cara, contra la pared. El ladrillo me raspó la mejilla, pero no me importó.
–¡Lo juro! –dijo detrás de mí.
Con mi frente presionada contra la pared fría y la oscuridad, sentí que los párpados se me cerraban. Y así cedí al cansancio.

Capítulo doce
JACK
¿Saben qué es difícil? Cargar a un ser humano sobre la espalda. En especial, cuando está profundamente dormido.
Cambié mi peso de un pie al otro y Fern se quejó entre sueños. Lamento mucho la incomodidad, ¡monstruo sobre mi espalda!
Si esta chica fuese famosa, algún paparazi como yo debería tomar una foto de este momento.
¿Cómo es que mi noche se convirtió en esto? ¿De estar preocupado por una muchachita que se había quedado dormida en el autobús a cargarla sobre la espalda hasta su casa? No a su casa, no. A la mía.
No tenía ningún tipo de identificación encima. Sospechaba que se estaba alojando en el mismo hotel que Teddy Slade, donde la había visto la primera vez, en el elevador; pero llevar a una muchacha borracha hasta el lobby sin saber nada sobre ella no era una buena idea. Y, además, no iba a plantar un pie de nuevo en ese lugar luego de lo de más temprano. Celeste Jiang sabía lo que había hecho, y no quería arriesgarme.
Ya había buscado en sus bolsillos más temprano, esperando encontrar un teléfono y entonces así poder llamar a alguien para que viniera a buscarla. Pero no había encontrado nada.
Era como si la chica hubiese caído del cielo.
Para cuando llegué al complejo donde se encontraba mi apartamento, creí que iba a morir del cansancio. Sentía algo así como sangre brotándome de los ojos. La bajé lo más delicadamente que pude. Cayó sobre el suelo de granito de la entrada. La tienda de hierbas medicinales que estaba en la planta baja del edificio estaba cerrada porque era de noche y la persiana estaba baja, claro, pero el aroma aún podía olerse desde donde estábamos. Ingresé el código para poder entrar en el edificio. Cuando la puerta se destrabó, la abrí con un solo pie y me encargué de Fern, haciendo que colocara su brazo alrededor de mi cuello y volviendo a levantarla.
¿Por qué vivía en un edificio sin elevadores? Todas las decisiones en la vida que me habían conducido a este momento resonaban en mi cabeza como el montaje de una película para castigarme, y maldije cada una de ellas.
Cuando finalmente llegamos al cuarto piso, yo estaba jadeando y la parte superior de mi cuerpo estaba acalambrada y me dolía. Apoyé la espalda contra la pared, intenté encontrar la llave en mi bolsillo; pero Fern, que también había quedado con su espalda apoyada contra la pared a mi lado, cayó deslizándose hacia abajo.
Dejé que se quedara sentada un segundo más mientras destrababa la puerta. Tomé un zapato de la entrada, una de esas pantuflas caseras de goma de Charlie, y la usé para frenar la puerta y dejarla abierta.
Fern se parecía a un fideo largo de esos que uno encontraría en un plato de ramen, completamente encorvada; sus pies apuntando en dos direcciones diferentes, como la Bruja Mala del Este.
Luego de algunos intentos para moverla, ya estaba sudando. Jesús, ¿por qué esta niña era tan difícil de mover? Finalmente la tomé por debajo de las axilas y la arrastré hasta la sala. Si alguien me hubiese visto, habría creído que acababa de matarla y ahora intentaba esconder el cuerpo.
Apoyé su cabeza contra el sofá, donde quedó acostada.
–Ay, mi Dios –dije mirando al techo, pasándome ambas manos por el rostro. Había tantas cosas que podían salir mal.
Uno, si Fern despertaba y no sabía dónde estaba y se asustaba al verme, saldría corriendo y yo quedaría como algún loquito que seguramente la había drogado en el bar antes de llevarla a su casa. Dos, si la mujer que me alquilaba el apartamento se enteraba de esto por alguna razón, estoy seguro de que sería golpeado a muerte con un zapato.
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