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Recorrer la lista de atentados terroristas y asesinatos de personalidades víctimas durante esta etapa sería motivo para otro libro. Estas ideas, tratadas por varios autores, son analizadas con mayor profundidad por Alonso Salazar. Algunos hechos que evidencian las condiciones de violencia y desajuste social que vivimos entre 1980 y los primeros años de la década siguiente caracterizan la dimensión de la crisis y representan la magnitud del enorme conflicto vivido por nuestro país. Tienen su representación trágica en los casos de personas ilustres, entre quienes se destacan los ministros de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla y Enrique Low Murtra, asesinados en 1984 y 1991 respectivamente; los candidatos presidenciales de la Unión Patriótica, Jaime Pardo Leal (a quien mataron en 1987), Bernardo Jaramillo y Carlos Pizarro (víctimas en 1990) del grupo M-19; el procurador general de la nación Carlos Mauro Hoyos (ultimado en 1988). En 1986 había sido asesinado Guillermo Cano, director del periódico El Espectador, y en 1989, el año más crítico, murieron Antonio Roldán Betancur, ex gobernador de Antioquia, Pablo Peláez, ex alcalde de Medellín, Waldemar Franklin Quintero, comandante de la policía de Antioquia, entre muchos otros líderes y ciudadanos. El 18 de agosto del mismo año, durante la campaña electoral, Luis Carlos Galán, un joven político, renovador y muy crítico con los partidos tradicionales, quien era el candidato con mayor opción para ser elegido presidente de Colombia, también fue asesinado.
Como consecuencia de la muerte de Galán, el presidente Barco ordenó una ofensiva sin precedente contra el Cartel de Medellín. Posteriormente, el candidato sucesor de Galán, César Gaviria, fue amenazado y debió realizar su campaña “sin asomarse a la plaza pública”. En diciembre, el avión en el que se dirigía a Cali, y que Gaviria no abordó a última hora, explotó en el aire causando la muerte a más de cien personas (Salazar, 2003).
Como respuesta, el presidente Barco planteó una reforma constitucional sobre la extradición, la cual desencadenó una guerra total de proporciones enormes entre el Cartel de Medellín y la sociedad. La ciudad fue epicentro de una etapa de violencia con dimensiones inconmensurables. Los diversos carros-bomba que instalaron los grupos de Pablo Escobar, especialmente en Medellín y Bogotá, generaron una situación de extrema gravedad para nuestro país y, por supuesto, instauraron una etapa de miedo, encierro y pérdida extrema de dinámica económica y vida pública. Medellín padeció un grado de estigmatización y aislamiento nacional e internacional con consecuencias diversas a nivel institucional, político, económico y social.
En esos años, los ciudadanos vivimos condiciones de extrema inseguridad, aislamiento y una crisis económica profunda. Visitar Medellín estaba proscrito para ciudadanos extranjeros, las travel warning y las restricciones de los seguros para quienes viajaran evidenciaban nuestro aislamiento. No había inversión, proseguían el contrabando y el lavado de activos en varios sectores, especialmente en el comercio y el desarrollo inmobiliario; muchos negocios estaban vinculados a los llamados “dineros calientes”. “El narcotráfico en Medellín, a diferencia de otras ciudades, encontró una tradición comercial y contrabandista, y un cierto modo de ser paisa, que logró no solo un impacto económico, sino también cultural, agudizado por una crisis de justicia y unos altos indices de corrupción” (Salazar y Jaramillo, 1992). Los ciudadanos éramos sospechosos en nuestros viajes a otras ciudades del país y, por supuesto, al exterior; la vida nocturna era mínima y peligrosa, nadie estaba seguro en ningún lugar; fueron tiempos de una sociedad postrada, aislada y sin futuro, una comunidad a la que se le negó la ciudad.
Durante estos años, nuestra vida urbana gravitó entre la ilusión de un país que aspiraba a dar el salto hacia una sociedad moderna y la realidad local. Era innegable la desesperanza de una sociedad que vivía con el ingenuo orgullo de creer ser lo que no era, y que gradualmente se descubrió a sí misma en medio de sus miserias y adversidades. Nuestra historia de hipocresía e inconsciencia dio lugar a una etapa en la que resultó evidente que no teníamos un futuro prometedor y los retos nos estaban excediendo. Uno de los fenómenos más difíciles de superar, aún hoy, ha sido la cultura del narco, que permeó el orden establecido y ha incidido durante más de cuatro décadas en nuestra economía, condicionando los negocios, la estética, las costumbres y las estructuras sociales (Restrepo, 2009).
El Estado colombiano, amedrentado por la delincuencia organizada, su poder corruptor y su control del territorio, con instituciones débiles y precariamente desarrolladas para gobernar la ciudad y la región, se sumió en una suerte de caos. En esta etapa muy compleja nuestras opciones eran emigrar o quedarnos para luchar seriamente por cambiar la realidad. La crisis entonces fue nuestra oportunidad.
Tras esta etapa extrema, gradualmente asumimos las circunstancias y comprendimos que habíamos ido demasiado lejos. Tomamos consciencia de la necesidad de reaccionar. Convicción y urgencia hicieron posible el emprendimiento general por el cambio y fuimos inventando y gestando procesos que orquestaron la evolución que hoy registramos en Medellín.
La década de 1990 fue de transición y sentó las bases de la reacción. Varios hechos de inmensa trascendencia abrieron escenarios de cambio. Fue clave la creación de la Consejería Presidencial para Medellín y sus procesos cívicos y proyectos desarrollados entre 1990 y 1995. Posteriormente, entre 1996 y 1997, se formuló el Plan Estratégico para Medellín y el Área Metropolitana 2015, seguido por la adopción, en 1996, del Sistema Municipal de Planeación. Este conjunto de acciones configuró una movilización democrática local, enmarcada en la nueva Constitución de 1991, que forjó un proyecto plural, a largo plazo, con la articulación de todos los sectores y con sólidas bases sociales.
El diálogo, los acuerdos y los compromisos adquiridos fueron la base para actuar sobre los problemas estructurales, en especial para formar una ciudanía más integrada y corresponsable, que ha definido a la ciudad como su objetivo común. Este esfuerzo compartido ha sido liderado desde entonces por la propia comunidad. Han surgido nuevas generaciones de líderes, quienes encontraron en la lucha por la resiliencia y el cambio su proyecto de vida. Dicha experiencia llevó a muchos ciudadanos a defender y priorizar los objetivos trazados a largo plazo con continuidad y coherencia.
El fondo del caso Medellín, como es evidente, se explica entre otras cosas por el diálogo y la participación comunitaria, la organización social, el trabajo por la educación, la cultura y la convivencia, el fortalecimiento institucional en un marco de corresponsabilidad colectiva, todo lo cual incluye compromiso con aporte en impuestos y desarrollo de obligaciones de los ciudadanos.
Con una población superior a los dos millones y medio de habitantes, Medellín es el núcleo del valle del río Aburrá, una aglomeración metropolitana con 10 municipios poblados por casi cuatro millones de personas. Tras la profunda crisis de los años ochenta y noventa, la ciudad real creció en medio de grandes preguntas sobre equidad en el desarrollo, hábitat sostenible y saludable, disponibilidad y acceso al agua, la energía y los alimentos, y retos complejos de convivencia e inclusión, participación ciudadana y gobernanza local, movilidad y accesibilidad para todos. Contamos con algunas capacidades desde la planeación, el urbanismo, la arquitectura y políticas para la convivencia, pero aún nos falta mucho para ser una sociedad urbana viable.
iii
Una tradición de planificación
Aunque fue fundada en 1616, Medellín puede considerarse una ciudad relativamente joven, pues su crecimiento y desarrollo más significativo se dieron desde mediados del siglo xix, tras haber sido erigida en capital del Departamento de Antioquia. Gracias a la minería, la producción de café y otros productos agrícolas, así como a una importante dinámica comercial, a inicios del siglo xx la ciudad adquirió importancia nacional como centro económico, cultural y político en el noroccidente colombiano. Por su localización en la cordillera de los Andes, con el soporte del Ferrocarril de Antioquia, construido a partir de 1874, muy pronto tuvo conectividad por Puerto Berrío con el río Magdalena y, a través de él, con el Caribe y el mundo, con un consecuente auge económico, cultural y social. En aquellos años, nuestra sociedad configuró una base social y económica, y desde entonces determinó elementos físicos y espaciales de la estructura urbana.
Una ciudad como Medellín que en 1905 contaba con 59.815 habitantes, construye su relato durante la primera mitad del siglo xx con un significativo auge industrial y una economía regional pujante, asociada al café y a la minería, características que la hicieron progresista y líder en el entorno nacional [...]. Se convirtió en el principal centro industrial del país durante una época en la cual la riqueza subyacía en la industria, éxito que se apalancó en el desarrollo de su sector textil, el cual fue, por mucho, el aglomerado manufacturero de mayor valor y empleo en el país.
A su vez, este proceso de industrialización en Medellín se asoció a un creciente desarrollo urbano, el cual emergió como respuesta a las condiciones de una ciudad industrial que manejaba economías de escala, que desvelaba transformaciones y dinámicas generadas por las migraciones poblacionales que iban perfilando una importante expansión urbana. Estas lógicas de ubicación industrial y su asociación a la vida urbana provocaron un desarrollo vial que jugó un papel importante, logrando conectividad en todos los puntos cardinales del Medellín urbano y rural, pues además de configurarse un proceso de conformación de barrios como respuesta a intereses funcionales y a una población que demandaba intervenciones específicas, se estimuló la expansión de Medellín en todo el valle de Aburrá (Sánchez Jabba, 2012, 4).
Desde fines de siglo pasado y durante la primera mitad del presente, se consolida un optimismo cívico, provinciano pero progresista. Entre 1900 y 1950 crece la ciudad, su población asciende aproximadamente a 358.189 habitantes, proceso que está acompañado de una rápida modernización de la infraestructura (Melo, 1995, 5).
La pequeña población de comienzos del siglo xx evolucionaba rápidamente formando una comunidad con apuestas culturales y técnicas, manifestaciones de liderazgo y creación de instituciones cívicas y académicas que gradualmente fueron trazando su rumbo. Entre las entidades más singulares de aquellos años podemos recordar a la Universidad de Antioquia, fundada en 1803, y a la Sociedad de Mejoras Públicas fundada en 1899, fundamentales en la evolución posterior de la joven ciudad.
Estas entidades, de la mano de la Escuela Nacional de Minas e Ingeniería, creada en 1886, y las facultades de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Pontificia Bolivariana (upb) y de la Universidad Nacional (Unal), que surgieron en 1942 y 1947 respectivamente, así como otras escuelas de derecho, ciencias sociales y otras disciplinas, gradualmente se convirtieron en el germen de una masa crítica de profesionales locales, enfocados a gestionar, planificar y construir la ciudad, una comunidad con fuerte tendencia a construir y actuar con obras concretas sobre la realidad. Como es natural, este contexto no estaba aislado de las dinámicas generales de la ciudad, el auge de las actividades económicas y productivas, así como un movimiento cultural singular por sus alcances, en un entorno conservador y tradicionalista, de estirpe campesina, “montañera” como se suele denominar, con personajes modernos y libres en su visión del mundo, como escritores, artistas e intelectuales diversos, que desde siempre retaron y cuestionaron lo establecido. Vale mencionar a María Cano, Marco Tobón Mejía, Pastor Restrepo, Melitón Rodríguez, Ignacio Gómez Jaramillo, Tomás Carrasquilla y Débora Arango entre intelectuales escritores y artistas, así como arquitectos, ingenieros y urbanistas prestantes como Horacio Marino Rodríguez, Ricardo Olano, Agustín Goovaerts, Carlos Carré, Nel Rodríguez, Pedro Nel Gómez, Antonio Mesa Jaramillo y muchos otros, quienes forman parte de la historia de maduración de la pujante sociedad.
Desde entonces urbanización, cultura y sociedad, planeación y acción sobre el territorio han estado íntimamente unidas como características de un desarrollo extremadamente rápido, cargado de contradicciones y con una población municipal que se multiplicó casi 40 veces, desde el inicio del siglo xx hasta hoy. Si consideramos la población metropolitana actual, la expansión ha sido casi 60 veces, llegando a más de 3 millones 800 mil personas.
En 1913, dos ciudadanos eméritos, Ricardo Olano y Jorge Rodríguez, integrados a la Sociedad de Mejoras Públicas, lideraron la formulación de los primeros esquemas de ordenamiento urbano a través del llamado Plano de Medellín Futuro, que “se desarrolló con base en cuatro ejes principales: creación de un espíritu público en la planeación de la ciudad, planificación de la ciudad, conversión de los planes en obras e institucionalización de la reforma” (Martín, 2012). Fue una de las primeras experiencias de planeación y un hito en la apuesta por el desarrollo urbano en nuestra sociedad.
En el número de abril 18 de 1910 del periódico La Organización, la Sociedad de Mejoras Públicas (smp) convocó a un concurso público para premiar “el mejor plano” de Medellín Futuro. El citado concurso se sumaba a las conmemoraciones del centenario de la Independencia, iniciativa de la Sociedad San Vicente de Paúl dirigida a exhibir los avances industriales. Los términos de la convocatoria estaban orientados a mantener como base la ciudad existente, proponer modificaciones sobre el espacio público y proyectar las futuras vías (Perfetti, 2012).
Los visionarios urbanistas de la ciudad no sólo buscaron a través del Plano de Medellín Futuro, la apertura y creación de nuevos espacios urbanos sino, además, la rectificación de los existentes; sin embargo, pese a los vientos modernizadores del Plano de Medellín Futuro proyectado a quince años, ya se revelaba insuficiente para el crecimiento de la ciudad en la década de los veinte, lo que deja de manifiesto cómo la proyección de las élites en el ordenamiento del territorio ya estaba sobrepasada por unas dinámicas de urbanización, que no lograban gestionar de manera eficaz (Almario García et al., 2017).
Sumados a los desarrollos académicos regionales antes descritos, así como al apoyo de un conjunto de agremiaciones y organizaciones sociales, esta clase de iniciativas consolidó durante los años cincuenta una idea de ciudad con una planeación creciente ante un desarrollo muy dinámico, gran auge comercial e industrial. En síntesis, fue una etapa de modernización e ilusión. Es pertinente dejar constancia, como se evidenciará a lo largo del texto, de que la evolución de la ciudad ha estado guiada en buena medida por los aprovechamientos inmobiliarios y el desarrollo urbanístico.
En un texto publicado en noviembre de 1947, el profesor Nel Rodríguez escribió:
No veo posibilidad de que esta tibia e indolente ciudad de Medellín llegue a tener un plan urbanístico completo por las vías naturales o sea por el Gobierno Nacional. A éste, no le han faltado nunca estudios, proyectos de reorganización de su oficina de urbanismo, su temible Junta de Valorización, etc. Ahora todas esas buenas intenciones entrarán en otro periodo de letargo, porque el Gobierno Nacional tiene el proyecto de fundar un Instituto de Urbanismo, al cual se la va a pedir el favor de que nos planee a Medellín, una vez que Bogotá esté terminado. Se necesita ser muy ingenuo para creer que vamos a obtener algo de esa fuente. (Revista Facultad de Arquitectura y Urbanismo, N°2, 1947).
La autonomía de Medellín frente a la capital, Bogotá, es una historia larga y tiene raíces históricas, en un marco de centralismo que prevalece hasta el presente.
A mediados del siglo anterior, entre los académicos había personas que, en su trayectoria previa, habían tenido contacto con algunas instituciones y personalidades de primer orden en Europa y Estados Unidos. Antonio Mesa Jaramillo había estudiado en Bruselas y trabajó en París poco antes de la Segunda Guerra Mundial, en contacto con Le Corbusier. Tras su regreso a Medellín, alrededor de 1941, planteó ideas sobre la visión moderna de la sociedad y el desarrollo urbano desde su rol como arquitecto, profesor y decano de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Pontificia Bolivariana (Revista Facultad de Arquitectura y Urbanismo, N°2, 1947).
Tras la invitación por parte de algunos líderes locales, el arquitecto Le Corbusier (Charles-Édouard Jeanneret) visitó brevemente Medellín en 1947. Como describe Beatriz Elena Giraldo en su texto Le Corbusier en Medellín:
[...] su relación con Medellín se limitó a esa breve visita. Como memoria de ella quedaron estos registros reunidos aquí, más como prueba de la exhaustividad obsesiva de los archivos de la Fundación Le Corbusier que del itinerario que siguió el urbanista: los mensajes de invitación y saludos […], el tiquete de Aerovías de Colombia Avianca correspondiente al viaje de Bogotá a Medellín el día 25 de junio; y especialmente la reseña de la conferencia que dio ese mismo día en el Palacio de Bellas Artes, publicada en el periódico El Colombiano por Antonio Mesa Jaramillo al día siguiente (Facultad de Arquitectura, Universidad Pontificia Bolivariana, 2017).
Es oportuno recordar una conversación que tuve con el arquitecto Federico Vásquez Uribe, quien acompañó la visita. Según su testimonio, cuando estaban mirando la ciudad desde lo alto del cerro Nutibara, ante la dispersión de áreas iluminadas, separadas entre sí, Le Corbusier no entendía cuál era Medellín.
A partir de su recomendación para formular un Plan Piloto Regulador, en 1948 se decidió contratar al equipo de Town Planning Associates, de Josep Lluís Sert y Paul L. Wiener, apoyado por profesionales locales como el ingeniero Jorge Restrepo Uribe y los arquitectos Nel Rodríguez Hausler, Alfonso Lalinde y Ariel Escobar, entre otros. Bajo el liderazgo de Sert, se produjeron un Plan Piloto y un Plan Regulador muy innovador, inspirado en la Carta de Atenas y siguiendo las teorías modernas del Congreso Internacional de Arquitectura Moderna. Estos trabajos se extendieron hasta 1952. Por ese tiempo, Town Planning Associates también formuló planes para Bogotá, Cali y Tumaco (Schnitter Castellanos, 2007), y su acción sobre Medellín fue definitiva para orientar la ciudad hacia un modelo territorial enfocado en la movilidad motorizada y el funcionalismo del zoning aún vigente.
Felipe Hernández refiere que en la historiografía y la crítica occidentales se ha desconocido buena parte de la experimentación y los desarrollos en la arquitectura y el urbanismo de América Latina. También plantea cómo la influencia de David Rockefeller, desde la presidencia del Museo de Arte Moderno (moma) de Nueva York, primero, y desde la Oficina de Asuntos Interamericanos del Departamento de Estado después, gracias a sus intereses en el petróleo y otros minerales, fue determinante al promover los intereses de Estados Unidos en todo el continente. E incluso afirma que la presencia de Town Planning Associates tiene fuertes relaciones con los intereses estadounidenses en América Latina e influyó en agendas políticas que usaron la planeación, la infraestructura y el urbanismo para promover la democracia y la modernidad. La democracia traería estabilidad sociopolítica, y adoptar las formas de modernidad implicaba asumir deuda pública y desarrollar infraestructuras y proyectos dependientes, a la vez que aseguraba la aplicación de ideas y formas de desarrollo similares a las experimentadas en Estados Unidos. Es decir, tras la agenda de cooperación, democracia y modernidad hubo un esquema que favoreció la dependencia latinoamericana de Estados Unidos (Hernández, 2015).
El Plan Regulador se basó en los estudios desarrollados por el arquitecto Nel Rodríguez en su calidad de jefe de la oficina de Medellín. Nel, descendiente de Horacio Marino Rodríguez, fundador de H. M. Rodríguez e Hijos, había estudiado en la década de 1920 en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Ellos avanzaron en la estructuración del modelo de urbanización de carácter funcionalista que, desde entonces, orientó la región metropolitana del Valle de Aburrá. Es oportuno señalar que hubo visiones alternativas sobre el modelo territorial, específicamente bajo la mirada del ingeniero Pedro Nel Gómez y el arquitecto Jean Wolff, entre otros. Ellos veían la base natural del río y sus áreas bajas inundables como una zona potencial de parques articulados con la urbanización. Sin embargo, se impuso la visión de canalizar el río y secar suelos extensos para su posterior urbanización, en buena medida bajo la ilusión del automóvil y los sistemas funcionales de transporte e infraestructuras como pauta esencial.
En el libro Pedro Nel Gómez: el maestro, arquitecto, urbanista, paisajista hay un capítulo sobre planeamiento regulador arquitectónico para Medellín, en el que Luis Fernando González E. describe:
El cuarto proyecto recogía la inquietud de un Parque Nacional que se había planteado desde el gobierno nacional de Eduardo Santos […]. Planteó el esquema de los “Grandes Jardines de la Ciudad, para unir el cerro Nutibara con la Facultad de Agronomía y el Cerro El Volador, en la parte occidental del río Medellín, nueva área de expansión por fuera de la ‘ciudad antigua’. Publicadas en la revista Progreso, Medellín, número 49, tercera época, julio de 1943” (González Escobar, 2014).
Además de la formulación del plan, con la influencia de las visitas de los maestros Le Corbusier, Sert y Wiener, y los proyectos promovidos para algunos sectores, desde las escuelas de arquitectura se forjaron ideas muy poderosas inspiradas en el pensamiento moderno y el Congreso Internacional de Arquitectura Moderna, así como sobre el rol del urbanismo en el devenir de la ciudad. Dichas ideas han caracterizado desde esos años nuestra cultura urbanística. Las clases y conferencias de estos maestros en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Pontificia Bolivariana, con la guía del decano Mesa Jaramillo, sembraron en las nuevas generaciones de arquitectos ideas que definieron poderosamente el compromiso con la planeación urbana y la responsabilidad pública. En años recientes esto definió la capacidad de reacción y la posibilidad de actuación para enfrentar la crisis urbana. Podríamos decir que en ese periodo también se dieron las bases de lo que posteriormente fueron las condiciones que permitieron la evolución de Medellín.
En 1947, Antonio Mesa Jaramillo escribió varios artículos en el periódico El Colombiano. Decía, entre otras cosas:
No podemos dejar de felicitarnos por la visita que nos hace uno de los genios creadores más grandes que ha producido la humanidad en todos sus tiempos y debemos recibir sus enseñanzas con fervor, para que la visita sea el comienzo de un nuevo engrandecimiento de Medellín y la promesa de que llegará a ser la ciudad más bella y eficiente de Colombia.
Mesa Jaramillo se desempeñó como decano de la Facultad de Arquitectura entre 1949 y 1961, y el 23 de marzo de 1950 dirigió al arquitecto Josep Lluís Sert una carta en ocasión de su visita al Taller de último año. Como dice Patricia Schnitter Castellanos, el “hecho de que Sert, presidente de los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna, ciam, participara en la presentación de trabajos de Taller de último año debió ser un acontecimiento significativo y de gran trascendencia para los estudiantes y docentes que estuvieron presentes” (Revista Facultad de Arquitectura y Urbanismo, N°2, 1947). Entre los alumnos de esa etapa, posteriormente vinculados a los desarrollos de la planeación y la arquitectura local, estuvieron Augusto González, Raúl Fajardo, Alberto Díaz, Jorge Velásquez, Jaime Jaramillo M. y Jorge Restrepo T., entre otros.
El esquema general del Plan Piloto reforzó el potente eje conformado por el río Medellín y la línea de ferrocarril, en una apuesta por la ciudad funcionalista y la zonificación, fundamentada en la ingeniería vial y la movilidad motorizada. Tras la canalización del río, que lo convirtió en un corredor de movilidad, y un sistema de alcantarillado metropolitano a cielo abierto, se construyó un sistema funcional para la nueva urbanización, que a la postre convirtió al río en un elemento límite, una frontera urbana. Asimismo, el plan contribuyó a forjar una generación de arquitectos, ingenieros y profesionales inspirados en las ideas funcionalistas del hábitat y la zonificación planteadas en la Carta de Atenas por el llamado movimiento moderno. Convencidos de las posibilidades de la planeación urbana, ellos contribuyeron desde la Oficina de Planeación de Medellín a conformar las bases de lo que ha sido desde entonces una dinámica con capacidad y compromiso cívico para acordar con la ciudadanía la agenda urbana (Schnitter Castellanos, 2007).



