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No es raro que los Cínicos defiendan a un cínico, afirmando, además, que Diógenes ve en la guerra algo tan inútil como su propio gesto de subir la tinaja a un monte, con riesgo de que se le rompa, y dejarla caer: una evidente parodia de la agitación ajena. Diógenes, expresan, se pronuncia en contra del materialismo, de la soberbia y del relativismo de nuestros días, cuando por las noches, levantando en alto una antorcha, recorre la ciudad buscando siquiera un solo hombre honesto, sin resultado ninguno.
Pese a lo aparentemente serio de esta actitud, en el anfiteatro de Esquilo, el corega dispuso fecha de un nuevo estreno, la tragicomedia “Te mataré Diógenes”, con venta masiva de entradas, una obra dedicada especialmente para la risa del público infantil, que seguro será acreedora de jarras de vinos, coronas de hiedra y pasteles de higo.
[Plano entero, Zoom, Primer plano y luego Cámara Subjetiva cuando el poeta señala y ve la naturaleza que evoca].
Y ya un rapsoda, entre la calle Pericles y la Avenida 4 de Noviembre, recita estos versos, aludiendo encubiertamente a Diógenes y a su filosofía:
Encadenan al canario Por su brillo y por su canto Y al gorrión Lo dejan ser en el espacio; Pero el gorrión no es menos que el canario. ¿Qué tiene la hoja que no tenga una flor? (Un florero de hojas es tan bello como uno de rosas) Se olvidan de la semilla cuando crece el árbol. Todo lo que parece lindo se lo quitan a la libertad… Los pensadores están encasillados: Los detienen con los pechos y con las manos, Y la frase del poeta ya está en las cabezas. … Pero vivimos el paraíso… dormitando.
(Dejó su lira en el suelo e improvisó, para disimular, soplando el aulo y tañendo la cítara; primero interpretó una elegía hiriendo el aire con agudos sonidos y luego, una cascada de deleitosas consonancias…, al tiempo que se retiraba en forma inadvertida…).
Lo cierto y grave es que la guerra es tan real y perceptible para los griegos, como los nubarrones de extraño frío que el Servicio Meteorológico anuncia como lluvia eléctrica (¿será Zeus furibundo?).
Diógenes acusado de conspirador [Plano medio y Americano. Relato y actuación muda].
En resumen, mientras el general, comandante mayor de los ejércitos griegos, Temístocles, acusa a Diógenes de antihéroe y apátrida, pidiendo la máxima pena de muerte per cicutam, Diógenes, sin inmutarse, se alimenta de los frutos del campo, duerme en su tinaja y toma agua con las manos, como si fuera un mono o un linyera (ver historietas de Aristófanes), sin temor de Filipo ni de su hijo Alejandro. Tal vez, el pobrecito Diógenes (!) juzgue que el soberbio y travieso Alejandro, habiendo recibido las enseñanzas del profesor Aristóteles –especialmente en canto, lógica y poesía– le perdonará la vida cuando detenga el majestuoso corcel Bucéfalo frente a su humilde morada (un barril). No lo sabemos, tal vez la historia milenaria le dé la razón y merezca una hermosa estatua como la que hoy esculpimos para su adversario ideológico, el magnífico orador Demóstenes. Esperemos el transcurrir de los días… Diógenes, ¿sabio o loco?
Herodotho, 27/4/368, era helena
Especial para The Pericles’s Journal
*Latiguillo del Chavo del 8. (?)
[Plano de semiconjunto].
NOTICIA DE ÚLTIMO MOMENTO: Una inesperada “Apología” de Zenón de Elea –quien por fin salió a caminar a la Plaza Esparta, arrojando miles de litografías, una de las cuales casi fractura el relieve en toba que inmortaliza al ciego Homero– aboga por la absolución de nuestro filósofo Diógenes. Zenón es su acérrimo contrincante en los célebres debates de los cafés del Pireo (siempre pagaba Zenón el yogourt de Diógenes) y sorprende con esta decisión. Dice que si Diógenes desapareciera, él extrañaría las discusiones de sus aporías llamadas asimismo “dificultades” y no tendría a quién gritarle en la cara. Por lo demás, un hecho así se contrapondría a dos valores éticos o dioses: la Prudencia y la Templanza, explica Zenón a los ciudadanos que se agrupan para oírle y para alzar y leer los pesados panfletos; y desde nuestra agencia nos parece que, en verdad, la muerte de Diógenes lo va a hacer recapacitar a Zenón de Elea, nacido un día del 489, acerca del paso de los años, de frente hacia el reloj de sol, hoy inútil –a su gusto, porque el klepsydra sólo lo tenía Platón en su casa–, una maquinaria ya pasada de moda que Beroso trajo a estos jardines también semicirculares: … qué vendrá del Infinito Tiempo…, el cual hará inexorablemente que Aquiles, el de los pies ligeros, alcance de una vez a la despreocupada tortuga. A tanto puede llegar la amistad de estos vecinos de los cien barrios (bueno, uno era del Mar Negro y el otro, del Tirreno) tan diferentes entre sí.
Recordemos, en este sentido, que Zenón escribió un tratado titulado Contra los filósofos de la naturaleza y es autor de la memorable frase: “¿Acaso no se lamentará el malo de contrariar al bueno?”.

Notas
Demóstenes: Orador y estadista ateniense, gran patriota (384-322). Diógenes: Le dijeron al conquistador macedonio Alejandro que en las cercanías de Sínope, a orillas del mar Negro, vivía Diógenes, el célebre filósofo cínico del que se contaban historias increíbles, y Alejandro quiso conocerlo. El encuentro se produjo en Corinto.
“Si no fuera yo Alejandro querría ser Diógenes”, respondió el general en aquella ocasión a un hombre que rechazó sus regalos y que valoró más que la gloria y el atavismo la simple luz del día. Y Diógenes le presagió: “El peor enemigo que deberás enfrentar serás tú mismo” o “El peor enemigo es el que no existe”, “Morirás en medio de tu viaje”.
A Diógenes no le importó tampoco compararse irrisoriamente con los cerdos, con tal de obtener alimentos de parte de unos ladrones que lo habían capturado, arguyéndoles que el monto en monedas por un esclavo saludable sería mayor; y estas viandas las compartió con sus compañeros de infortunio. “¿No veis que los verdaderos esclavos son los que nos alimentan y alojan? El león no es esclavo del que lo cuida”, solía decir.
Filón en Todo hombre bueno es libre lo cita expresamente como ejemplo de virtud.
Diógenes fue un filósofo griego llamado el Cínico (413-323 antes de J. C.), de quien sólo se conservan fragmentos de sus cartas y de sus dramas, y, desde ya, sus acciones han llegado hasta por tradición oral, como cuando comenzó a transitar alrededor de Zenón, mientras éste aseguraba que el movimiento no existía [Baile de Shakira].
Diógenes se caracteriza, siempre, por esta ingeniosísima manera de burlarse de los sofistas y de todo aquello que para la gran cantidad de los mortales constituye la base de la felicidad, del poder y del lujo; así interpretaba la máxima de “vivir de acuerdo con la naturaleza”.
Con esta actitud, expresa taxativamente su denuncia sardónica y satírica; pero, para él, la vida es un caos, y no el cosmos de los estoicos. El cínico no descubre nada que no se sepa y se atreve a confesar aquello que todos consideran inconfesable, aun sabiendo que es cierto. Le preocupa menos causar buena impresión que impresionar, esto es golpear la conciencia o la ñoñez del prójimo mediante el escándalo verbal o cinético, por lo cual no niega el mundo (no tomaría la cicuta), sino que convive e interactúa en él. Con Aristipo, creen que la felicidad es un fin inseguro, y sólo se ocupan de administrar lo valioso del placer, al que comparan con la brisa favorable del mar, y a la pena, su envés, con el mover tempestuoso del viento.
Este deseo de imperturbabilidad pudo cautivar a Alejandro.
Aristófanes: Cómico comediógrafo ateniense, satírico y crítico especialmente de Sócrates, enemigo, según aquél, de la fe y de la moral tradicionales (450-385). Historietas de Aristófanes. Se alude aquí al historietista Tabaré, que, junto a Guinzburg y a Abrevaya, son los creadores de la tira cómica del diario “Clarín”, Diógenes y el linyera. Temístocles: Famoso capitán griego que venció con su flota al ejército persa de Jerjes, en el estrecho de Salamina (480 antes de J. C.). Aristóteles: Autor, entre otras obras, de Poética, Órganon, Metafísica, Política. Fue maestro de Alejandro Magno y discípulo de Platón. Aristóteles coleccionó –y fue el primero en hacerlo– las obras de los concursos teatrales, ordenándolos según los preceptos de su Poética (384-322).
Continuará
[Corte].
7
Capítulo II
–Tales dice que no existe diferencia entre la vida y la muerte. –¿Por qué no te mueres entonces? –le preguntaron. –Porque no hay diferencia ninguna –concluyó Diógenes.
«En mi tiempo, pude ver a Hefesto construir catedrales industriales, en mis narices.»

Parece que Diógenes el Cínico cavó un subterráneo debajo de su barril [Jenofonte, en Anabasis, cuenta que, en la región de Capadocia, había una ciudad oculta, pero esto, para el caso, es exagerar mucho]; se había mudado a Corinto, porque consideró que, siendo él un curador de estupideces, habría de ser más útil entre la multitud que acudía a este puerto; pero no salió en todo el día: debió de haber ordenado todos sus papeles. Había anotado en su agenda visitar el gimnasio de Antístenes ‘Cinosargo’, porque estaba un poco gordo –Cinosargo o Perro Blanco es un arrabal de Atenas a unos 80 km. de Corinto–, y ni se enteró de que hoy los augures habían pronosticado grandes terremotos en China, al advertir ellos que los elefantes y las tortugas peregrinaban hacia el interior de los bosques, y las truchas, en lugar de subir por las pendientes, bajaban precipitadamente a los océanos: los adivinos dicen que estos desequilibrios naturales ocurren por la maldad del hombre y porque Zeus está por cierto enojado, y envía huracanes, ciclones y tifones.
“Cuando los hombres menosprecian las leyes de Júpiter y su presencia, cuando violan la justicia en las plazas públicas, y la hacen esclava de sus pasiones, el dios irritado desencadena las tempestades que hacen gemir la tierra; se desbordan los ríos, ministros de su cólera; los torrentes arrastran montañas, árboles, rocas, y los campos del labrador no son más que miseria y desolación”, dijo Homero acaso también iracundo por el chichón que le había producido la litografía. [Plano de detalle].
DIÓGENES. –¿Pero qué busco? ¿La linterna, el hombre o mis propios ojos? [Antes de encontrar al hombre hay que escribir el primer libro].
Desde adentro del barril se oían maldiciones en lengua tal vez aramea, porque a Diógenes se le caían, ruidosamente, las tablillas en su afán de seleccionarlas o porque no las hallaba, y en estos menesteres ni oyó el Noticiario La voz helena –un rapsoda o juglar, flanqueado por los saltos de dos acróbatas, y él haciendo malabares con unas zanahorias y gritando con un parlante– los nuevos nominados a los premios Olimpiadas 110, del año 338:
[Barrido del personaje Diógenes hacia el anunciante y los gimnastas. Plano de detalle: la boca y la lengua de este, y en plano contrapicado, las arrojadas volteretas].
Salto en largo Hierón Copa y laurel Jabalina Hércules Copa y laurel Carrera a pie, 100 metros Pélops Copa y laurel Carrera de resistencia Enomanos Copa y laurel Carrera en carro Alcibíades Copa y laurel Carrera a caballo Arquéalo Copa y laurel Ajedrez* Pericles Copa y laurel Tragedia Sófocles Copa y laurel Comedia Aristófanes Copa y laurel Lucha grecorromana Alejandro Copa y laurel¿Se imaginan el gran revuelo de las delegaciones con sus estandartes que habían arribado desde las colonias de España, de las costas del Mar Negro y hasta de África, todos griegos o queriendo serlo para poder participar? [Escena que muestra a las barras que ingresan percutiendo, con ritmos de carnaval, sus bombos y platillos]. ¿Se imaginan a Alejandro de Macedonia y sus enormes ojos brillosos, como si mirara un cebo exquisito, con la posibilidad de correr, pelear o arrojar sus saetas, y sentir que las muchedumbres lo aclaman? ¿Y al corega preparando los choripanes para los espectadores? Pero Diógenes era ajeno a estos aromas sabrosos y a la gran movilización de gentes y de ánimos. [Plano de conjunto]. Unas veinticinco coristas, atrás de unos arbustos, espiaban la tabla que había colocado para cerrar la entrada de su escondite y cantaban su tragedia vocalizando sus lamentos a-e-i-o-u, abiertas y cerradas, cortas y largas, alternándolos con gritos de júbilo, casi al límite del paroxismo; porque ahora Diógenes representaba al hombre famoso, a un Orfeo o cantante cualquiera, y llegaban a adorarlo, a apasionarse hasta por su sombra y por su sonrisa gardeliana. Diógenes sólo abrió la tabla, la puerta, a un hombre misterioso, que llegó a ser el comerciante Euxenos; pero no lo dejó entrar –no hubiesen cabido los dos adentro del barril–: hablaron bajo el dintel, unas ramas de acacia en flor. [Campo y contracampo].
–¿A qué has venido? –pareció oírse de parte del filósofo–. Dilo pronto y márchate.
–Diógenes, ¡te necesito!; pero no te pido ni un níquel ni un persa ni un lidio.
–Te escucho. Y no me hables de monedas que de ellas distingo las verdaderas de las falsas.
… Y Euxenos le siseó al oído:
–Quiero que seas mi socio para la venta de chemén*, que hoy es un boom, ¡y tú serás la cara o el símbolo de la empresa!
–¿Estáis del coco? ¿No sabéis que pesa sobre mí la espada de Damocles?
–Acepta y, en regalías, ¡recibirás los dividendos!
–¡Haz lo que quieras! –y dirigiéndose al interior de su morada, dio un portazo.
–¡¡Te llenaré de oro y ampliaremos con la producción de yogourt!!
Simultáneamente, las mujeres coristas, de unos treinta a cuarenta y cinco años de edad, profirieron sus gritos histéricos a-e-i-o-u, y vaya casualidad, el del altoparlante proseguía [Barrido]:
Lanzamiento de disco Ifitos Copa y laurel Flecha al blanco Odiseo Copa y laurel Juegos de ingenio Teseo Copa y laurel Oratoria Zenón de Elea Copa y laurel Planeador Dédalo Copa y laurel Tejido en tapiz Aracne Copa y laurel Funambulismo Petriw Copa y laurel–¡La entrega de premios, los laureles y las hiedras, y las copas de plata…
–Y el aceite de oliva, para la ensalada, de por vida –se entrometió el acróbata, en medio de su salto.
–…en el anfiteatro de Atenas, mañana, a las 20 del klepsidra de Platón; reserve su pasaje, y lleve antorchas! Un minuto de silencio por Filípides, y otro, por Leandro, y otro más, por Ícaro. ¡No falte!
–¡Bah! ¡Patapúfete! ¡No hay pin-pon! –gritó Diógenes desde adentro, y un monstruo del cielo –un meteoro o estrella fugaz, o un dragón, la señal terrible– cayó sobre los montes del Peloponeso, la cadena del Olimpo… Diógenes vaciló un poco, porque a él le gustaba el yogourt… –Qué bólidos, tampoco hay snowboard cross.
Hacia allá vamos, sobrevolando el mar Egeo, en curvilínea parábola, hacia la plaza Esparta, junto con nuestro corresponsal. El arrebatado oleaje desmorona los castillos que los chicos construyen en la arena [Plano picado].
El discurso de Zenón de Elea continuaba –previa solicitud de un cántaro de agua–. Un niño que lo sujetaba del brazo y que le había colmado la paciencia, al final, se disculpó con el sabio, brindándole una copa rebosante del preciado y cristalino líquido, justo cuando ya no le quedaban salivas ni fuerzas para seguir: [Primer plano]
–¡El minotauro está en el centro del laberinto! ¡Esto es sólo una metonimia, una sinécdoque o una metáfora! Y como Dédalo e Ícaro, ¿de qué escapamos nosotros? ¿De situaciones familiares? ¿Nos angustia el fin de año, la Navidad, fiestas repletas de emociones, a las que no podemos discernir? Sí, podemos vivir adentro de un laberinto, pero con una guía y una luz, con un hilo de Ariadna, ¡con un Teseo en el alma!
La gente asentía. Un soldado lloraba.
–La Academia de Platón y los peripatéticos de Aristóteles, y los maestros a domicilio, no pueden reproducir las situaciones de injusticia: el filósofo deberá oír más que hablar; porque así como hay un arte del buen hablar, hay también un arte del buen oír –¿eh?, ¿Demóstenes?–, y ¿qué es más importante: el contenido de mi planificación o la vida, la tremenda tragedia que cantan las coristas acerca de alguno o de muchos que mueren? ¿O acaso no veis que morimos gradual y lentamente? ¿No veis que la vida de Diógenes es un ejemplo de ello? ¿O de Sócrates, que ya no está con nosotros?, ¿o de Edipo?
–Pobre Edipo, se hubiera ido a vagar por ahí, sin culpa, y no se hubiese quitado los ojos –dijo un cínico.
[Plano general].
–Pero Edipo era un corrupto –uno más se animó a interferir.
–Hasta Aristóteles y Anaxágoras fueron expatriados, y no se entiende por qué –dijo otro. “¿Cómo? ¿Desconoces que el rey Filipo era el protector de Aristóteles y, a la vez, el enemigo de Atenas?”. Se escuchó una voz lejana.
–Un día de vida es un día más, además de un día menos –Una señorita aprovechó para insertar. En eso, Dédalo se precipitó desde el firmamento, y preguntó:
–¿No vieron a mi hijo Ícaro?– y, mientras se limpiaba de su espalda la cera y las plumas, se sentó para escuchar… El chico le sirvió una copa de agua.
–No me interrumpan, por favor please –dijo Zenón–; hola, Dédalo –y siguió:
“Y a veces la vida de uno de ellos rige o concentra toda la enseñanza…
Conservar la sensibilidad, ayudar a pensar, conocer la esencia -¿no somos nosotros los griegos los fundadores de la filosofía y por ende de la democracia?-, construir la personalidad, dialogar y debatir no sólo las ideas, sino, el destino, un plan de vida…”.
[Plano de conjunto].
–¿Esto no es profano? –Todos se miraron entre sí. –¿Y los dioses?
“Escuchen: el que quiera oír que oiga: el filósofo es un revolucionario; el filósofo puede contribuir a esta tarea de reproducir esa misma sensibilidad en la situación hogareña: el niño terminará por educar al adulto –acarició los cabellos del chico con el cántaro– y en cualquier orden social, el niño crece en las instituciones, en el Areópago, en el ágora, en el teatro, en la ciudad, en la Acrópolis, y cambia el medio, infunde honor, respeto, amor, servicio… Y a la inversa, cuando veáis a un adulto, intentad imaginarlo en tiempos de su niñez…”.
–Espera, espera… ¿Tú dices que un niño nos profetizará o nos enseñará? ¿Acaso esto no es ridículo? Parece que tú te propones ser cómico… Ni las plantas ni los animales son jamás ridículos y, según Aristóteles, lo ridículo es una cosa defectuosa o deforme con la cual no anda asociado el dolor ni ningún mal, y parece que tú has llegado a ese grado. (¿Le preguntarás a un pibe cuándo Santa Fe se hace doble mano?). Figúrate un asno caminar erguido por un elegante paseo o correr en pos de briosos caballos queriendo superarlos, e imagina un niño en el Areópago interrumpiendo a Pericles: al punto sentimos la impresión de lo ridículo; precisamente por eso, hay quien define lo caricaturesco y burlesco como una especie de contradicción entre la forma y el fondo. Es el estilo que te caracteriza, Zenón. Al final ¿no te sientes como una burra que habla, al pensar que un niño nos educará?
UN TRANSEÚNTE. –Zeus podrá hacer hablar a las rocas si a Él le place, como Jahvé, a la asna de Balaam, una bestia que, además, sabía contar… Lean Números, capítulo veintidós.
“Gracias, míster –Y asoció el orador:– quizá yo también hable en nombre de Zeus en esta hora. Y te diré más, aunque te parezca absurdo, ratificando mis dichos anteriores: el hombre alcanza su paz personal cuando perdona, no importa que alguien le pida perdón a él. El hombre alcanza la paz de su consciencia y ¿qué mayor bien que la paz? Si sigues mi lógica, lo entenderás: es como un niño aquel que vive en paz verdadera, libre de resentimientos: por ello, el filósofo instruye a la juventud, y la juventud educa en cada casa: pronto, el mundo gira hacia otra dirección (no olviden que Tolomeo ya descubrió la redondez de la tierra, que es como una bola de billar, y que Anaxágoras definió el sol como una masa de metal incandescente). De lo contrario, el minotauro nos asechará: aquí está Dédalo que lo atestigua, sin su hijo Ícaro, que se estrelló contra el océano, porque pretendió volar más alto de lo debido o porque no sabía adónde iba, y no conoció el nivel adecuado de su vida… (esto me lo enseñó Séneca), y nos convertiremos en minotauros, es decir, trataremos de escapar de nosotros mismos…
–Y por esta causa un minotauro carcomerá mi corazón por siempre –dijo Dédalo. Zenón apoyó su mano piadosa en el hombro de Dédalo y completó:
–…y del laberinto del que jamás saldré. Por lo demás, como afirmáramos al principio, si vamos a vivir en un laberinto, rodeémonos de cosas buenas, en un laberinto de flores y de vegetación, de buenas amistades, adornemos el corazón de gestos y obras de bondad para nuestro prójimo. ¿Qué podemos hacer para embellecer a Atenas?, ¿la plaza?, ¿la cerca?, ¿el árbol del camino?, ¿el espacio donde hacemos acrobacias o competencias de carrera?, ¿la Academia donde nos preparamos para algún servicio social, la artesanía, el oficio, la zapatería, el pugilato, las matemáticas, la política, la música, la gimnasia, el pancracio?: ¡construyamos, impongamos una meta clara, útil… y salgamos del laberinto, escapemos del monstruo minotauro!…”.
[Campo y contracampo. Luego, Travelling].




