- -
- 100%
- +
–Muy buen discurso. ¡Bravo! ¡Parece que has leído La república de Platón y también Los seres imaginarios! ¿Y por qué tienes el jardín de tu casa con pastizales tan altos como tu estatura?–. En tanto, el público se dispersaba.
–Gracias por recordármelo. En verdad, un gran pesar agobiaba mi alma…
–Tus cabellos parecen trenzas enmarañadas. ¿Una vacante te propuso matrimonio?
–No, no. Tú sabes que ninguna mujer congeniaría conmigo… por las aporías que inventé… ¿Quién podría asegurar, sino yo, que lo que se mueve ni se mueve en el lugar que está ni en aquel en el que no está? ¿No estamos caminando ahora?– Ya se habían quedado solos. Zenón le había indicado al niño que devolviera la jarra a su madre… –Aunque sé que a Diógenes no le importa, su situación me desvelaba.
–¿Y qué es de él ahora?
–¿Oíste hablar del chemén o heno griego y de las compañías mundiales?
–Sí, del chemén, sí; les damos a nuestros hijos y a las madres embarazadas, además de una buena porción de trigo y de leche, de huevos y de miel, y dulce de quinotos, y aloe para purificar la sangre.
–¿Oíste hablar de los recitales?
–Sí, los que se preparan en Atenas.
–¿Y de los teatros ambulantes, los circos? ¿Y de los maestros asalariados? ¿Y de un filósofo de la gran corte de Alejandro? ¿Del escribiente de las cartas reales? ¿Y del hombre más rico de la tierra?… Bueno, nada de ello tienta a Diógenes. No se entiende cómo un hombre pueda recortarse tanto…
–Recuerda que un día Diógenes se sacudió el polvo de su túnica al cruzarse con Aristóteles en la plaza, y este le espetó: ¡afectación! Y otra vuelta, hasta Platón le hizo notar: “Por los huecos de tu manto, observotu vanidad”, cuando Diógenes, que era un invitado en su casa, pisoteaba la hermosa alfombra de su living. “Cuánto fasto manifestáis queriendo no parecer fastuoso”, lo acusó Platón.
Y años antes, Sócrates había incriminado al maestro de Diógenes, Antístenes, cuando éste doblaba su capa para que luciera más vistosa: “Veo que buscáis la vana gloria”.
–¿Ese mismo Antístenes que, al ver a Diógenes en su gimnasio, intentó ahuyentarlo, inútilmente, a golpes de bastón? Soportándolos, encorvado, Diógenes le pedía: enséñame, enséñame.
–Exacto; aunque luego lo admitió, ¿sabías? Y tanto él como Diógenes, ¡qué insólito!, no pudieron responderles nada, en cada una de esas ocasiones, a Sócrates, a Platón y a Aristóteles… Y, seamos justos, Antístenes y Diógenes no estaban entre los top ten de la moda, ni en la alta costura.
–Bueno, sí, a la colección de Giordano o de Pancho Dotto, ellos la hubiesen largado por un tubo. Pero, salvo esa entendible preocupación, aunque mínima, por mostrarse presentables, ¿puede haber alguien en el mundo tan desprendido y desapegado como Diógenes? Lo único que mejoró fue su palio: duplicó su prenda exterior para taparse cuando dormía, y soportar así, de noche, el frío ártico…
–Yo sí entiendo este raro altruismo, Zenón: un hombre busca su paz, que es lo que más ama… y no se reduce, sino que se agiganta. La gran mayoría persigue metas que terminan esclavizándolos, sea el poder, sea la fama, sean las riquezas, sea un simple sueño. Todos buscamos un sentido, pero Diógenes es un perro verde.
–Seguro que sí. Por eso, creo que tú convendrás conmigo en que será un error buscarles alguna moralidad o algún mensaje trascendente a todos sus gestos y decisiones…; porque quizá sea un simple ser que perdió la razón después de que la empresa con su padre se derrumbara…
Según los rumores, Diógenes se vio obligado a abandonar Sínope, porque, junto con su padre, fueron a consultar al oráculo de Delfos, y recibieron el enigmático consejo de invalidar la moneda que ellos acuñaban: ¿falsificarla?, ¿modificar las leyes de cambio?, ¿transmutar los valores? Diógenes no quiso elegir entre estas tres opciones, y su padre Icesias tampoco entendió mucho qué debía hacer, por lo que se lanzaron, decididos, a estropearlas con un punzón. Por esta causa, el padre fue encarcelado y Diógenes tuvo que huir, o bien fue exiliado…, recibiendo el mote de “Sócrates loco”. ¿Loco? ¿No habrían profetizado una moneda fuerte europeo-asiática con el rostro retratado de Alejandro? Lisipo lo había esculpido en un plato de arcilla: Alejandro con sus cabellos ceñidos por una corona; pero Protógenes y Fidias competían con Lisipo; decían que el arito en la oreja lo hacía más guapo…
–Pero yo, por cierto, intuyo más, y no deseo entrar en esas conjeturas, propias de la farándula, ni lo menoscabo o descalifico tampoco por aquella anécdota del punzón, que también perfila su actitud severa y crítica de las rutinas sociales. No la atribuyo a la arrojada hipótesis de que hubiese deseado privatizar la Casa de la Moneda… Creo, más bien, que Diógenes se ha instalado allá en la eternidad del tiempo, y que nos mira del otro lado invitándonos a pasar, entre la niebla, esa frontera…
–¿El Hades?
–¡Cállate; alguien podrá suponer que conocemos la biografía de ficción: este es el tema del otro capítulo!
–Sigo insistiendo en que deberemos dejar en libertad a esta historia, y no sigamos más a Diógenes: es al ñudo… ¿Sabes de la fábula de quien adquirió dos palomas en el mercado? Acompáñame, en tanto, que debo comprar carne de corderito y un poco de ajo y de cebollas para condimentarlo: es nuestra tercera comida del día.
–¿Me mostrarás en el mercado todas aquellas bagatelas prescindibles para la vida, como una vez lo hizo Sócrates a sus discípulos?
–Déjate de bromas; te invito a una caminata para respirar aire fresco: hay vientos renovadores. Tú mismo descubres que Diógenes y Sócrates no se distancian demasiado, aunque el primero siempre dirá que la identidad colectiva y los valores de la civilización son sólo apariencia… ¿Conoces o no la alegoría?
–Vamos, y cuéntala para ver si hago memoria.
–El hombre liberó a las aves…; pero ellas lo siguieron…
Asimismo, el personaje Diógenes cobró vida propia y tal vez pronto golpee la puerta de nuestras vidas para decirnos: “todavía no he muerto, y tengo una anécdota que te hará desternillar de risa”.
–Ja, ja… Zeus te oiga, y que ese día llegue pronto porque me divierte mucho Diógenes… (¿Advertiste cómo nos miraron esas dos muchachas? Parecen Minerva y Helena). Yo compro el vino Dionisius (¿vienen?), y compartamos el manjar, ¿de acuerdo? Y a la noche vamos a la entrega de los trofeos en el anfiteatro; dicen que, de postre, el corega programó la obra Te mataré Diógenes, que es un estreno. Querrás seguramente verla. (Hay una sorpresa).
–Me encantaría. Pero atiéndeme bien: Si Diógenes es otra cosa que un hombre, es otra cosa que él mismo, pues es un hombre. O: Un sofista no es lo que es Diógenes; es así que Diógenes es hombre, luego un sofista no es hombre.
–Y con estos sofismas ¿pretendes persuadirme de que tu buen ánimo no decaerá en nuestro paseo? ¿Con quién estás, con los retóricos o con los dialécticos? [Primer plano y luego, Primerísimo plano. Habla a la cámara] No sé si para bien o para mal, los sofistas terminarán por suplantar a los filósofos; y su crítica de los dogmas [Zoom], y la idea de que la verdad es incompleta y momentánea, cambiante e irrepetible, arreglada según el punto de vista y la subjetividad de cada cual, definirán el racionalismo posmoderno…
Zenón. –Che, otra cosa. Hay una fija turfística, para la carrera con jinete: Ferénikos, bayo dorado, caballo muy joven y alegremente pícaro, con apodo El Lunático “Portador de la Victoria”, con chaquetilla verde y naranja; lo corre Irineo Leguisamo solo, al Lunático. El jinete es pacífico como su nombre griego lo indica, y el caballo es más bien un alazán tostado, ganador de la palma dorada…
Yo–Hay movimiento, Zenón, se ve. Yo sé otras fijas, en artes plásticas: Equión, no equino, expone un cuadro, y Enópides, no enólogo, presenta sus tablas astronómicas…
Zenón. –”Tormentosa carrera, el rubio Ferénikos, último esfuerzo hasta la meta, como el hálito poderoso del Bóreas”, canta Píndaro.
Había una arrumazón en una punta del cielo, pero todo parecía muy normal. Nadie se sobresaltó hasta que una masa negrogrisácea apareció súbitamente. Se llegó a rumorear que eran las cenizas de un volcán en erupción, pero no. De repente, pareció que los envolvía la noche en pleno día.
Surgió un viento amenazante, cuyo origen era desconocido, tal vez esperaba cerca de todos, detrás de los árboles, en el interior de los espejos de agua, muy quieto, y, seguramente, estaría agazapado y presto a recibir la orden de la nube terrible, el mandato que ya había sido impartido. Tintineaban las campanitas colgadas de los árboles, codificando un mensaje atroz. Entonces, los ciudadanos cerraban apresurados las ventanas; debían trabar también las puertas, pero muchos aún esperaban. Las losas y lajas de los tejados se movían, y comenzaron a caer gotas muy aisladas, consistentes como yemas de huevos, como si, inquietas, espontáneas, se negaran a precipitase con todo el resto del caudal suspendido por encima de los nubarrones. Los más precavidos podían percibir, a través de estrechas aberturas de las ventanas, a toda la vegetación sacudirse violentamente… Parecía, en instantes, que la lluvia amagaba desplomarse, pero se contenía, se reservaba, cesaba… El cielo quería desahogarse pero no lo hacía… Esto hacía suponer que había una gran furia mezclada con pena en el corazón de Zeus, y todos atendían y esperaban temerosos el momento de la irrupción. Pronto se manifestó la lluvia, no con su pleno poder, pero sí algo constante, comenzaron a resbalar, por las canaletas de los tejados, hilos de agua mezclada con nieve, y a golpear secamente trozos de hielo, bombas de agua contra las baldosas de los patios; los portones intentaban abrirse, parecían sufrir y transpirar copiosamente… Pero, todavía, la lluvia no se adecuaba a la fiereza del cielo, y otra vez se detenía junto al viento. Esperaban, grandes y chicos, mujeres y hombres, que se desencadenara la tormenta, pero esta no quería entrar en escena por ahora. No vieron el relámpago, resonó el trueno. Quedaron expectantes, y reinó el silencio, mientras la voz del cielo seguía atemorizando sus oídos, y lentamente la tormenta se replegó hacia la cordillera norte –su trinchera donde redoblaría su potencia–, al tiempo que la gente, cándida, festejaba saliendo a las calles, a seguir su rutina; también se animó la temerosa gallina junto a sus polluelos, y los gatos, enemigos de la lluvia…
URGENTE: Dos columnas de manifestantes –una, del campo, y la otra, de la ciudad– marchan hacia la Plaza Homero, levantando pancartas que dan testimonio de sus respectivas posturas beligerantes, aunque no se descarta que haya infiltrados entre ambas filas: “Si las vacas son gordas queremos ver los beneficios”, “No a la discriminación de los pollos”, “Naturaleza, sí”, “El sol y el viento son nuestros aliados”, “Diógenes al poder”, “Plantemos albahaca y apio”, “Donen alimentos para los comedores populares”; y el otro grupo o tribu urbana:

Aguardamos el cruce de los dos movimientos, y que, al encontrarse en la plaza, en lugar de darse golpes de puños y de que se insulten y se amasijen, inflingiendo la paz que debe regir durante los juegos, se sienten a dialogar filosóficamente.
The Pericles’s Journal
Continuará
* * *
[Serie de fotografías].
Notas:
Chemén: alholva o trigo de Grecia, muy bueno para combatir las anemias y el surmenage. Ajedrez: juego creado por Issa, hacia el siglo VIII, practicado entre los persas, los chinos y los hindúes, y, llevado a Grecia por los mercaderes, fue un entretenimiento en las cortes. El rey Hiram premió al juguetero como éste pedía, porque había resuelto un conflicto de territorio mediante una partida de ajedrez: le obsequió un grano de trigo por cada casilla del tablero, en progresión geométrica (son sesenta y cuatro): no alcanzaron los graneros del reino para pagarle. Olimpiadas: juegos iniciados en 776 antes de J. C. que reunían en igualdad a todos los griegos. Alejandro de Macedonia, previa demostración de su origen heleno, ambicionó también un triunfo olímpico, participando en la categoría lucha, y desestimando sus propias palabras, cuando fuera invitado a participar: “lo haría si los demás participantes fueran reyes”. Filípides: soldado griego, que, en el año 490, murió de fatiga tras haber corrido unos cuarenta kilómetros, desde Marathón hasta Atenas, para anunciar la victoria sobre el ejército persa y evitar así que las madres griegas mataran a sus hijos y se suicidaran; porque así lo habían convenido si al final del día no recibían ninguna noticia de sus esposos. Y, en honor a la hazaña de Filípides, se creó una competencia con el nombre de “Maratón”. Leandro: Leandro nadaba todas las noches de Asia a Europa, en el mar de los Dardanelos, guiado por una lámpara, hasta la torre de su amada Hero. Una noche tormentosa, un fuerte viento apagó la luz, y Leandro, envuelto en olas poderosas, se ahogó. Su cuerpo fue arrastrado hasta la costa bajo la torre de Hero, quien, desesperada, se arrojó de allí al mar. La natación como disciplina gimnástica constituía una de las áreas de adiestramiento de los guerreros persas y espartanos. Dédalo e Ícaro y el laberinto de Creta: el rey Minos ordenó su construcción para encerrar a un monstruo, mitad toro y mitad hombre, que devoraba mancebos y doncellas, cada año. Dédalo e Ícaro confeccionaron alas con plumas de aves, usaron cera para adherírselas y escaparon de la isla. Acercarse al sol era el riesgo, y el desobediente Ícaro sufrió las consecuencias. Patapúfete ”: una interjección que solía expresar el actor argentino Pepe Biondi cada vez que el guion lo llevaba a conflictos irresolutos. La composición musical ‘El grito de guerra’ –un florilegio de exabruptos– incluyó esta voz como estribillo para remarcar la acometividad del equipo de rugby argentino Los Pumas.
* * *
–¿Y tú conoces la canción infantil “El zapato del payaso”?
–Entónala…
“Ya es momento que el payaso
Tenga su zapato”.
“Que el circo no cubra los gastos,
Que el trapecio sea un garabato,
Que no hay bofe para el gato,
En fin…
Nada habrá si no hay payasos,
Y no hay payasos sin zapatos.
¿O alguien vio semejante cosa?
Si zapatos tienen muñecos y monas.
–Pero el zapato del payaso…
–Pero el zapato del payaso no es igual, es más grande,
Ya lo sé; pero acaso ¿no hay zapatero diestro
Que sepa hacerlo?
–Pero el zapato del payaso… es decir… el payaso…
–… El payaso… ¿qué?
–El payaso…
–No tiene, ya sé, no tiene con qué pagar, pero…
–No…
–¿Cómo, no?
–No quiere el payaso…
–¿Que el payaso no quiere zapatos?
–Porque es gordo… Porque es pesado… Porque es anciano… Porque le duelen los pies… Porque desea sonreír y reír.
–Pues que no tenga su zapato…
–Oh, mi payaso, que no tenga su zapato…
Que el circo no cubra los gastos… (bis)”.
Continuará
[Corte].

¿A quién saludas, payaso?, /¿Cuál, la farsa que merece el aplauso?,/ ¿Cómo puedes guardar tus lágrimas?,/ ¿Qué clase de soledad, la tuya?,/ Del ruido no se asusta/ Pero ¿sabes que la multitud/ Golpea sus palmas/ Y que han formado dos inmensas manos/ Para venerarte?/ ¿A dónde irás después?/ ¿Quién te seguirá/ Hasta tu tristeza/ Cuando tu falsa ilusión se quite la máscara/ Y el cielo azul sea el reflejo de tu pena?/ Y los niños, esos que te besan/, ¿Besan la alegría o el esmalte muerto?/ ¿Recordarás sus risas/ Cuando en tus callejones/ De soledad/ Con ojos secos lagrimees/ Tu desesperanza?/ …Pero ahora, frente a todos, eres el rey del disparate…, en quien las dudas del mundo se trocan en felicidad…
Конец ознакомительного фрагмента.
Текст предоставлен ООО «ЛитРес».
Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию на ЛитРес.
Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом.




