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LAS COSAS QUE DEJAMOS PENDIENTES
Jules Honing
Español B1-B2
Capítulo 1. Volver
Vocabulario
Español
Русский
mudarse
переезжать
instalarse
обустраиваться, поселяться
reencontrarse con alguien
снова встретиться с кем-либо
reconocer
узнавать
quedarse de piedra
остолбенеть
sentirse fuera de lugar
чувствовать себя не в своей тарелке
echar de menos
скучать по кому-либо / чему-либо
evitar
избегать
fingir
притворяться
tener algo pendiente
иметь что-то незавершённое
acostumbrarse a
привыкать к
coincidir con alguien
случайно встретиться / пересечься с кем-либо
dar la impresión de
производить впечатление
deshacer las maletas
разбирать чемоданы
empezar de cero
начинать с нуля
Cuando Cassie baja del tren, Salamanca huele a lluvia. No es una frase especialmente romántica. También huele un poco a café de máquina, a metal mojado y al perfume demasiado dulce de la mujer que camina delante de ella. Sin embargo, al salir de la estación y sentir el aire frío en la cara, Cassie reconoce algo que había olvidado durante su año en Madrid: aquí el otoño parece llegar de verdad.
Son poco más de las seis de la tarde, pero el cielo ya empieza a oscurecer. Las nubes cubren casi toda la ciudad y las hojas mojadas se pegan a las aceras. Cassie se sube la cremallera de la chaqueta y mira las dos maletas que tiene a sus pies. Ha cometido un error: uno de veintitrés kilos en la maleta grande y otro de casi dieciocho en la pequeña. Cuando preparaba sus cosas en Madrid, estaba convencida de que necesitaba seis pares de zapatos. Ahora empieza a pensar que una persona capaz de empezar una nueva vida con dos pares tiene una inteligencia superior. Saca el móvil del bolsillo. Su madre ya le ha escrito tres veces.
Mamá: ¿Has llegado?
Mamá: Cassie.
Mamá: No me gusta que no contestes.
Cassie sonríe y escribe:
Cassie: Acabo de bajar del tren. Estoy viva.
La respuesta llega inmediatamente.
Mamá: Foto.
Cassie: ¿De qué?
Mamá: Tuya. Para comprobar que estás viva.
Cassie levanta los ojos al cielo. A sus veintitrés años, tiene una carrera universitaria, ha vivido sola en Madrid durante un año y sabe hacer la declaración de la renta. Ninguno de estos datos ha convencido a su madre de que puede sobrevivir sin supervisión. Se hace una foto horrible delante de la estación y la envía.
Mamá: Pareces cansada.
Cassie: Gracias.
Guarda el móvil antes de recibir otra observación sobre su aspecto y pide un taxi. Durante el trayecto hasta el centro mira la ciudad a través de la ventana. Al principio intenta distraerse con el teléfono, pero termina guardándolo otra vez. Hay demasiadas cosas conocidas fuera: una farmacia en la esquina, una pequeña tienda donde compraba cuadernos, la parada de autobús que siempre estaba llena por las mañanas y una calle por la que había caminado cientos de veces. Todo parece más pequeño de lo que recuerda. O quizá ella ha cambiado.
El taxi gira y Cassie ve las torres de la catedral a lo lejos. Bajo el cielo gris, la piedra tiene un color cálido, casi dorado. Por primera vez desde que salió de Madrid, siente algo parecido a la tranquilidad. Había echado de menos esta ciudad, mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Una nueva casa
El edificio donde va a vivir está en una calle estrecha del centro. Tiene cuatro plantas, balcones pequeños y una puerta de madera que parece pesar más que las dos maletas juntas. La propietaria, Carmen, la espera delante. Tiene unos sesenta años, el pelo corto y unas gafas rojas.
-Cassie, ¿verdad?
-Sí. Encantada.
-Llegas justo a tiempo. Cinco minutos más y me voy.
Cassie mira el reloj.
-Son las siete menos diez.
-Por eso. Yo ceno temprano.
Cassie decide que le gusta. Carmen le entrega las llaves y suben al tercer piso. La escalera es estrecha y no hay ascensor. Después del segundo tramo, Cassie empieza a odiar personalmente cada uno de sus seis pares de zapatos.
-¿Quieres ayuda? -pregunta Carmen.
-No, no. Puedo sola.
-Perfecto.
Y continúa subiendo sin mirar atrás. Cassie casi se ríe. La nueva casa es pequeña, pero tiene mucha luz. Hay un dormitorio, un salón con una mesa junto a la ventana, una cocina diminuta y un baño donde probablemente no caben dos personas al mismo tiempo. No importa. Le gusta. Las paredes son blancas, el suelo es de madera y desde la ventana del salón puede ver los tejados de los edificios de enfrente. En una esquina hay una estantería vacía. Cassie ya sabe dónde van a ir sus libros.
-Aquí tienes la calefacción -explica Carmen-. Y aquí el agua caliente. La basura se saca por la noche. Los vecinos del segundo tienen un bebé.
-De acuerdo.
-El bebé llora.
Cassie espera.
-Mucho.
-Ah.
-Y el chico del cuarto toca la guitarra.
-¿Bien?
Carmen la mira por encima de las gafas.
-No.
Cassie se ríe. Después de explicarle otras cinco cosas que probablemente olvidará en diez minutos, Carmen se dirige hacia la puerta.
-Ah, una cosa más. Abajo hay una cafetería. Es de la familia Ruiz. Son buena gente.
Cassie deja de abrir una caja.
-Ruiz.
-Sí. Café Libertad. ¿Lo conoces?
Durante un segundo, piensa en decir que no.
-No estoy segura.
Carmen se encoge de hombros.
-Tienen buen café. Eso es lo importante.
Cuando la puerta se cierra, Cassie se queda inmóvil en medio del salón. Ruiz es un apellido común. Muy común. España está llena de personas que se llaman Ruiz. No significa nada.
Se acerca a la ventana. Desde allí no puede ver la entrada del local porque está justo debajo, pero sí una parte del toldo oscuro. En una esquina se distinguen dos palabras escritas en letras claras: CAFÉ LIBERTAD. Cassie cierra los ojos.
-Claro -murmura-. Perfecto.
De todos los pisos disponibles en Salamanca, ha alquilado uno encima del café de la familia de Mateo Ruiz.
Café Libertad
Durante la siguiente hora, Cassie intenta convencerse de que aquello no tiene ninguna importancia. Primero abre las maletas. Después coloca la ropa en el armario. Luego cambia tres veces de sitio una lámpara que no necesita cambiar de sitio. No piensa en Mateo. Coloca los libros. No piensa en Mateo. Encuentra una camiseta vieja de la universidad. Definitivamente no piensa en Mateo.
A las ocho y media tiene hambre. Abre la nevera. Está vacía, naturalmente. Podría pedir comida. También podría buscar un supermercado. Incluso podría cenar unas galletas que lleva en el bolso desde el viaje. Cualquiera de esas opciones sería más razonable que bajar a Café Libertad. Cinco minutos después, está poniéndose el abrigo.
-No significa nada -se dice mientras busca las llaves.
Inmediatamente se siente ridícula. Si realmente no significara nada, no necesitaría decírselo en voz alta. Sale del edificio y da unos pasos hacia la cafetería. El local es distinto de como lo recuerda. Antes tenía unas mesas de madera oscura y unas lámparas demasiado grandes. Ahora las paredes son de color crema, hay plantas junto a las ventanas y pequeñas luces amarillas sobre la barra. El lugar parece más moderno, pero todavía conserva algo familiar.
Cassie mira a través del cristal. Hay unas diez personas dentro. Una pareja habla junto a la ventana. Dos chicas estudian con varios libros abiertos. Un hombre mayor lee el periódico mientras bebe algo de una taza pequeña. No ve a Mateo.
Por supuesto que no. Han pasado cuatro años. Quizá ya ni siquiera vive aquí. Quizá Carmen conoce a sus padres. Quizá él está trabajando en Barcelona, Lisboa o Nueva York. La idea debería tranquilizarla. En cambio, siente una pequeña decepción que prefiere ignorar.
Entra. Una campanilla suena sobre la puerta. El olor a café recién hecho y canela le recuerda inmediatamente las tardes de su primer año en la universidad. Cassie se quita la bufanda y se acerca a la barra. Una chica rubia está preparando dos cafés.
-Un momento, por favor.
-Claro.
Cassie estudia el menú de la pared. No necesita hacerlo. Siempre pide lo mismo: café con leche, sin azúcar. Hay costumbres que sobreviven a casi todo. La camarera deja las tazas sobre una bandeja.
-Mateo, ¿puedes atender?
Cassie se queda de piedra. No tiene tiempo de decidir si quiere marcharse. Una puerta detrás de la barra se abre. Y aparece él.
Cuatro años
Mateo lleva una camisa negra con las mangas dobladas hasta los codos. Tiene el pelo más corto que antes y algo de barba. Cassie tarda apenas un segundo en reconocerlo y, al mismo tiempo, tiene la extraña sensación de estar mirando a alguien nuevo. Él está secándose las manos con un paño cuando levanta la vista. Se detiene. Ninguno de los dos habla.
Cassie había imaginado muchas veces la posibilidad de reencontrarse con él. En algunas versiones ella estaba increíblemente guapa. En otras tenía una carrera fantástica y una vida tan interesante que Mateo lamentaba inmediatamente haber perdido el contacto. En ninguna de esas fantasías llevaba un jersey viejo, el pelo húmedo por la lluvia y una marca roja en la mano después de cargar dos maletas por tres pisos. Mateo deja el paño sobre la barra.
-Hola, Cassie.
Eso es todo. Cuatro años y él dice simplemente hola.
-Hola, Mateo.
Él la observa un momento.
-Pensaba que seguías en Madrid.
Cassie suelta una pequeña risa.
-Yo también.
Mateo frunce el ceño.
-¿Tú también pensabas que seguías en Madrid?
-No. Bueno... Sí. Hasta hace dos semanas.
Él sonríe. Y ahí está. La misma sonrisa. Cassie había olvidado muchas cosas de aquellos años, pero no esa.
-Entonces has vuelto.
-Parece que sí.
-¿De visita?
-No. Empiezo un máster.
Mateo asiente despacio.
-¿Aquí?
-No, Mateo. En Sevilla. Me gusta viajar cuatro horas todos los días.
Él se ríe.
-Bien. Sigues siendo desagradable.
-Y tú sigues haciendo preguntas inteligentes.
Por unos segundos resulta demasiado fácil. Eso es lo peor. No hay cuatro años entre ellos. No hay mensajes que dejaron de enviar, cumpleaños que ya no felicitaron ni vidas que siguieron por separado. Solo están Cassie y Mateo discutiendo por una tontería delante de una cafetera. Entonces la chica rubia pasa junto a ellos.
-Mateo, la mesa seis.
-Sí, ya voy.
Él parece recordar dónde está.
-Perdona. ¿Qué quieres tomar?
Cassie mira el menú otra vez.
-Un café con leche.
Mateo ya está cogiendo una taza.
-Sin azúcar.
Ella levanta la mirada.
-Sí.
-Lo recuerdo.
Tres palabras. No deberían significar nada. Sin embargo, Cassie tarda un poco demasiado en responder.
Lo que uno recuerda
Se sienta junto a la ventana con el café entre las manos. Podría llevárselo a casa. No lo hace. Desde su mesa ve a Mateo trabajar. Habla con clientes, recoge vasos y prepara cafés. Se mueve con la seguridad de alguien que ha hecho lo mismo cientos de veces. Cassie intenta no mirarlo demasiado. Fracasa. Cuatro años.
Cuando se conocieron, ambos tenían diecinueve. Mateo estudiaba Arquitectura y ella acababa de empezar una carrera que entonces estaba segura de que iba a cambiarle la vida. Ahora él parece mayor. Claro que parece mayor, piensa. Tú también eres mayor. Pero no es solo eso. Hay algo diferente en su forma de moverse, en cómo habla con los clientes y en la tranquilidad con la que resuelve varias cosas a la vez. Cassie se pregunta cuántas versiones de Mateo se ha perdido. La pregunta le molesta, así que bebe café. Está muy bueno. Eso también le molesta. Cuando termina, abre el bolso para buscar dinero, pero Mateo aparece junto a la mesa.
-Invita la casa.
-No.
-Sí.
-Mateo.
-Cassie.
Ella lo mira. Él mantiene una expresión completamente seria.
-¿Vas a discutir conmigo por un café de dos euros?
-Sí.
-Lo había olvidado.
-¿Qué?
-Lo fácil que es discutir contigo.
Cassie cruza los brazos.
-Pues no parece que hayas olvidado muchas cosas.
La frase sale antes de que pueda detenerla. La sonrisa de Mateo desaparece un poco. Por primera vez desde que entró, el pasado vuelve a sentarse entre ellos. Cassie aparta la mirada.
-Bueno... Gracias por el café.
-De nada.
Se pone el abrigo. Mateo da un paso atrás para dejarla pasar.
-¿Dónde te has instalado?
Cassie señala hacia arriba.
-Ahí.
Mateo mira el techo.
-¿Arriba?
-Tercer piso.
Él vuelve a mirarla.
-Estás de broma.
-Ojalá.
Esta vez los dos se ríen. Cassie se coloca la bufanda.
-Buenas noches, Mateo.
-Buenas noches, Cassie.
Abre la puerta.
-Cassie.
Ella se vuelve. Mateo sigue junto a la mesa.
-¿Has vuelto para quedarte?
La pregunta parece sencilla. No lo es. Cassie piensa en Madrid. En su antigua oficina. En el piso que dejó. En la relación que terminó. En las cajas que todavía están cerradas arriba. Piensa también en la última vez que vio a Mateo cuatro años atrás.
-No lo sé -responde.
Él asiente. No pregunta nada más.
Arriba
En su apartamento, Cassie deja las llaves sobre la mesa y se quita el abrigo. No enciende la luz inmediatamente. Desde la ventana ve las hojas moverse bajo las farolas y a varias personas caminar con paraguas. La lluvia vuelve a caer, suave pero constante. Su móvil vibra.
Mamá: ¿Qué tal el piso?
Cassie responde:
Cassie: Pequeño. Bonito. Me gusta.
Piensa un momento y añade:
Cassie: Hay una cafetería abajo.
Mamá: Perfecto. No sabes cocinar.
Cassie pone los ojos en blanco. No menciona a Mateo. Todavía no. Deja el teléfono y vuelve a las cajas. Necesita encontrar las sábanas antes de estar demasiado cansada. Abre una: platos. Otra: libros. La tercera contiene cosas que había guardado deprisa durante la mudanza: cuadernos antiguos, fotografías, entradas de conciertos y una bufanda que creía perdida. En el fondo encuentra una caja pequeña. La reconoce inmediatamente. No quiere abrirla. La abre.
Dentro hay recuerdos de sus primeros años en Salamanca: una entrada de cine, una pulsera y una servilleta con un dibujo horrible de un gato. Cassie sonríe. Mateo lo había dibujado durante una clase aburrida y había insistido durante veinte minutos en que era perfectamente evidente que se trataba de un gato. Debajo encuentra varias fotografías. No las mira. Todavía no. Cierra la caja y la coloca en la parte más alta de la estantería.
Mañana empieza el máster. Tiene que comprar comida, terminar de instalarse y aprender otra vez a vivir en esta ciudad. Tiene demasiadas cosas que hacer como para perder el tiempo pensando en un chico al que no veía desde hacía cuatro años. Un chico que todavía recuerda cómo toma el café.
Cassie apaga la luz. Desde la calle llega el sonido de una puerta que se cierra y, poco después, unas voces. Se acerca a la ventana sin pensar. Abajo, Mateo está cerrando la cafetería. Cassie se aparta antes de que pueda mirar hacia arriba. Después se ríe de sí misma.
-Pues empezamos bien.
Ejercicios de vocabulario
1. Completa las frases
1. Después de vivir cinco años en Madrid, Cassie decide __________ a Salamanca.
2. Necesita varios días para __________ en su nuevo apartamento.
3. Cassie se __________ cuando ve a Mateo detrás de la barra.
4. Aunque no quiere admitirlo, ha __________ Salamanca durante su año en Madrid.
5. Cassie intenta __________ que la presencia de Mateo no le afecta.
6. Los dos tienen una conversación __________ porque hace años que no se ven.
7. Después de cuatro años, Cassie y Mateo vuelven a __________.
8. Cassie todavía tiene algunas cosas __________ con su pasado.
9. Necesitará tiempo para __________ su nueva rutina.
10. Cassie quiere __________ y construir una vida diferente.
2. Relaciona
1. quedarse de piedra a. parecer algo a otra persona
2. echar de menos b. tener algo todavía sin resolver
3. sentirse fuera de lugar c. sorprenderse muchísimo
4. tener algo pendiente d. sacar y organizar las cosas después de un viaje
5. dar la impresión de e. desear volver a ver a una persona o un lugar
6. deshacer las maletas f. sentir que no perteneces a una situación o lugar
3. Elige la opción correcta
1. Cassie vuelve a Salamanca porque: a) quiere visitar a Mateo; b) empieza un máster; c) su madre vive allí.
2. Cuando Carmen menciona el apellido Ruiz, Cassie: a) sospecha que conoce a la familia; b) no reconoce el apellido; c) decide cambiar de piso.
3. Mateo recuerda: a) el cumpleaños de Cassie; b) dónde vivía Cassie; c) cómo toma Cassie el café.
4. Cassie y Mateo: a) terminaron su relación hace cuatro años; b) dejaron de hablar poco a poco; c) tuvieron una gran discusión.
5. Al final de la conversación, Mateo pregunta: a) si Cassie tiene novio; b) si quiere cenar con él; c) si ha vuelto para quedarse.
4. Sustituye la expresión
1. Cassie se sorprende muchísimo cuando ve a Mateo.
2. Durante su año en Madrid, ha sentido la ausencia de Salamanca.
3. Necesita adaptarse a su nueva vida.
4. Cassie intenta hacer creer que está tranquila.
5. Hay cosas entre Cassie y Mateo que todavía no están resueltas.
5. Preguntas personales
1. ¿Hay alguna ciudad que eches de menos?
2. ¿Alguna vez te has reencontrado con alguien después de muchos años?
3. ¿Te resulta fácil empezar de cero?
4. ¿En qué situaciones puedes sentirte fuera de lugar?
5. ¿Crees que es mejor resolver las cosas pendientes o dejarlas en el pasado?
Respuestas
Ejercicio 1
1. mudarse
2. instalarse
3. queda de piedra
4. echado de menos
5. fingir
6. incómoda
7. reencontrarse
8. pendientes
9. acostumbrarse a
10. empezar de cero
Ejercicio 2
1-c
2-e
3-f
4-b
5-a
6-d
Ejercicio 3
1-b
2-a
3-c
4-b
5-c
Ejercicio 4
1. se queda de piedra
2. ha echado de menos
3. acostumbrarse a
4. fingir
5. están pendientes
Ejercicio 5
Respuestas libres.
Capítulo 2. Como si nada hubiera pasado
Vocabulario
Español
Русский
retomar una conversación
возобновить разговор
romper el hielo
разрядить обстановку, начать непринуждённый разговор
ponerse al día
обменяться новостями, наверстать упущенное
guardar las apariencias
сохранять видимость, делать вид, что всё нормально
disimular
скрывать, делать вид, не показывать
incomodidad
неловкость, дискомфорт
tener confianza con alguien
быть с кем-либо в близких, доверительных отношениях
perder el contacto
потерять связь
sacar un tema
поднять тему
cambiar de tema
сменить тему
quedarse con las ganas de
так и не сделать то, чего хотелось
darse cuenta de
осознать, заметить
tener algo en común
иметь что-либо общее
hacer como si
делать вид, будто
resultar familiar
казаться знакомым
La mañana siguiente
A la mañana siguiente, Cassie se despierta antes de que suene el despertador. Durante unos segundos no sabe dónde está. El techo es demasiado blanco, la ventana está en el lado equivocado de la habitación y una caja abierta ocupa casi todo el espacio entre la cama y la puerta. Después recuerda el tren, las maletas, el tercer piso sin ascensor y, por último, el café de la noche anterior. Mateo.
Cassie se tapa la cara con la almohada y permanece así unos segundos, como si la oscuridad pudiera borrar una parte concreta de su memoria. No funciona. Recuerda perfectamente la forma en que él la miró al verla, su camisa negra, su sonrisa y aquellas tres palabras que todavía le molestan más de lo razonable: «Lo recuerdo».
Fuera, la ciudad empieza el día bajo un cielo claro y frío. La lluvia de la noche ha dejado las calles brillantes, y desde la ventana del salón Cassie ve hojas amarillas y marrones acumuladas junto a las aceras. Algunas personas caminan deprisa con las manos dentro de los bolsillos; otras se detienen frente a la cafetería de abajo antes de entrar. El aire de octubre tiene esa mezcla extraña de sol y frío que obliga a llevar una chaqueta por la mañana y hace que uno se arrepienta de ella al mediodía.
Cassie prepara café en la pequeña cafetera que encontró en uno de los armarios. El resultado tiene un color sospechoso y un sabor todavía peor. Bebe dos tragos por orgullo y tira el resto por el fregadero. Podría bajar. La idea aparece con demasiada rapidez. No va a bajar.
Tiene una presentación en la universidad a las diez, todavía no ha encontrado su cuaderno y necesita descubrir qué autobús debe tomar. Además, sería absurdo entrar otra vez en Café Libertad menos de doce horas después de haber visto a Mateo por primera vez en cuatro años.
A las nueve y cuarto, Cassie está cerrando la puerta del apartamento con el bolso al hombro. Al llegar a la calle, mira hacia la cafetería casi sin querer. A través de la ventana ve a varias personas desayunando, pero no distingue a Mateo. Sigue caminando. Solo cuando dobla la esquina se da cuenta de que está un poco decepcionada.
Una vida nueva, más o menos
La primera mañana del máster resulta menos terrible de lo que esperaba. El edificio de la facultad sigue teniendo los mismos pasillos largos y las mismas máquinas de café que parecen haber sobrevivido a varias generaciones de estudiantes. Cassie reconoce algunas aulas, aunque su programa es nuevo y la mayoría de las caras también lo son.
Se sienta junto a una chica llamada Nora, que lleva un abrigo verde oscuro y escribe todo lo que dice el profesor, incluso los chistes malos. Durante la pausa hablan de Madrid, de alquileres imposibles y de profesores que envían correos a las seis de la mañana. Nora es de Valladolid y acaba de mudarse a Salamanca.
-¿Tú también eres nueva en la ciudad? -pregunta.
Cassie duda.
-Sí y no. Estudié aquí hace unos años.
-Entonces tienes ventaja. Yo todavía me pierdo cada vez que salgo de la facultad.
-Es una ciudad pequeña.
-Eso no me ayuda. Tengo un talento especial.
Cassie sonríe. Le gusta Nora. Hablar con alguien que no sabe nada de su vida anterior resulta inesperadamente cómodo. No tiene que explicar por qué volvió, por qué dejó Madrid ni por qué la idea de una cafetería concreta ocupa demasiado espacio en su cabeza desde la noche anterior.
Después de clase, Nora propone ir a comer con otros dos estudiantes. Cassie acepta. Pasan casi dos horas en un pequeño restaurante cerca de la Plaza Mayor, hablando de profesores, trabajos anteriores y de lo extraño que resulta volver a estudiar después de haber trabajado. Por primera vez desde que llegó, Cassie siente que su nueva vida puede ser exactamente eso: nueva.
Al salir, el sol de la mañana ha desaparecido. Un viento frío mueve las hojas por la plaza y las terrazas empiezan a vaciarse. Salamanca tiene un color dorado bajo las nubes, y las fachadas antiguas parecen más cálidas que el cielo. Cassie camina despacio hacia casa. No tiene prisa. Cuando llega a su calle, descubre que sí tiene hambre otra vez. Y que Café Libertad está justo delante. Esta vez no intenta inventarse una excusa demasiado complicada. Necesita café. La cafetería vende café. Fin de la historia.
El segundo café




