Octubre en el circo nocturno: Ten cuidado con lo que deseas

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Respuestas
Ejercicio 1: 1. quedado 2. cancelar 3. duda 4. por su cuenta 5. cumplir 6. fuera 7. dar 8. adelante
Ejercicio 2: 1-a, 2-b, 3-a, 4-b, 5-b
Ejercicio 3: 1-d, 2-b, 3-e, 4-f, 5-a, 6-c
Ejercicio 4: Respuestas personales.
Capítulo 4. Bajo miles de velas

Al otro lado de la entrada, el Circo Nocturno era todavía más extraño de lo que Amber había imaginado. El sendero principal se abría entre pequeñas carpas negras, puestos de comida y estructuras de madera cubiertas de luces. No había bombillas blancas ni letreros de neón. Miles de velas ardían dentro de vasos de cristal, sobre mesas, en faroles colgados de los árboles y alrededor de las entradas. Sus llamas se movían con el viento, pero ninguna se apagaba. La luz dorada transformaba los rostros de los visitantes y hacía que las sombras parecieran más largas de lo normal.
Amber avanzó despacio, intentando observarlo todo a la vez. A su derecha, una mujer vestida de negro hacía girar pequeños aros de fuego sobre sus brazos. A la izquierda, un hombre sostenía una baraja y dejaba que las cartas flotaran unos centímetros sobre su mano. Más adelante había un puesto donde servían una bebida roja en vasos transparentes. Amber recordó inmediatamente la promesa hecha a Chloe y siguió caminando sin acercarse.
El lugar estaba lleno de gente, pero no resultaba ruidoso. Las conversaciones parecían apagadas, como si todos hablaran más bajo sin haberse puesto de acuerdo. Tampoco había la música alegre que Amber asociaba con los circos. Desde algún punto que no podía localizar llegaba el sonido de un violín, lento y repetitivo. La melodía se mezclaba con el crujido de las hojas, los pasos sobre la grava y el leve movimiento de las telas de las carpas.
Amber sacó el teléfono por costumbre. La pantalla continuaba negra. Lo guardó de nuevo y sintió una pequeña incomodidad al darse cuenta de que no podía fotografiar nada. Estaba acostumbrada a registrar los momentos antes incluso de vivirlos: una comida bonita, una calle decorada, una tarde con Chloe. Allí no tenía más opción que mirar y recordar.
Un niño pasó corriendo junto a ella con una pequeña estrella de papel en la mano. Detrás venía su padre, intentando alcanzarlo. Amber sonrió. La escena era tan normal que durante unos segundos desapareció parte de su inquietud. Quizá todo aquello era simplemente un espectáculo muy bien organizado. Misterioso, sí. Un poco exagerado, también. Pero seguía siendo un circo.
Entonces escuchó un grito. Se volvió rápidamente. Una multitud rodeaba una pequeña plataforma circular. Amber se acercó y consiguió ver a una joven artista suspendida varios metros sobre el suelo. No había cuerda. No había trapecio. La mujer estaba simplemente en el aire, con los brazos abiertos y un vestido blanco que caía hacia abajo como si el viento lo sostuviera.
Amber buscó cables. Era lo primero que cualquiera habría hecho. Miró las ramas de los árboles, los postes y la estructura de la plataforma. No encontró nada. La artista giró lentamente sobre sí misma y después descendió hasta tocar el suelo con la punta de los pies. El público empezó a aplaudir. Amber también aplaudió, aunque seguía buscando una explicación. Había visto suficientes vídeos de magia para saber que un truco podía parecer imposible si el espectador estaba en el lugar adecuado. Seguramente había cables muy finos. O alguna estructura oculta por la oscuridad. Quería creerlo, porque la alternativa era aceptar algo que no tenía sentido.
-Primera vez, ¿verdad?
Amber se volvió. A su lado había una chica de unos veinticinco años con un abrigo rojo y una copa en la mano. Sonreía mientras observaba la plataforma.
-¿Se nota tanto?
-Todos hacemos esa cara la primera vez.
Amber tardó un segundo en reaccionar.
-¿Has estado antes?
La chica bebió un poco de su copa. El líquido era del mismo rojo oscuro que Amber había visto en el puesto.
-Hace tiempo.
-¿En Salem?
La sonrisa de la desconocida desapareció apenas un instante.
-No.
Antes de que Amber pudiera preguntar dónde, sonó una campana. No era fuerte, pero el sonido atravesó todo el recinto. Las conversaciones se detuvieron. Los artistas dejaron de moverse. Incluso la chica del abrigo rojo levantó la cabeza. La campana sonó una segunda vez. La gente empezó a caminar hacia la carpa más grande.
-La función principal -explicó la chica.
-¿Vienes?
-Yo ya la he visto.
Amber quiso preguntar otra cosa, pero la desconocida se alejó entre la multitud. En pocos segundos desapareció detrás de un grupo de personas. Amber permaneció quieta, molesta consigo misma por no haberle preguntado su nombre. Después sonó la tercera campana. La entrada de la gran carpa estaba abierta. Dos artistas sostenían las cortinas negras mientras el público entraba. Amber siguió a los demás. Dentro hacía más calor y olía a cera, madera y una fragancia dulce que le recordó a las rosas secas. Había filas circulares de bancos alrededor de un escenario redondo. Sobre sus cabezas colgaban cientos de velas a distintas alturas.
Amber se detuvo al verlas. Algunas estaban tan altas que resultaba imposible imaginar cómo las habían encendido. Otras flotaban aparentemente sin ningún soporte visible. La luz no era suficiente para iluminar por completo la carpa. Las zonas más alejadas permanecían cubiertas por sombras profundas. Encontró un asiento libre en una de las filas centrales. A su izquierda se sentó una pareja mayor; a su derecha, un hombre con su hija adolescente. Amber dejó el bolso sobre las rodillas y observó el escenario. No había cortina. No había micrófonos. Solo un círculo de madera oscura y una silla vacía en el centro.
Poco a poco, el público dejó de hablar. El violín se apagó. Durante varios segundos no ocurrió absolutamente nada. Amber podía oír su propia respiración. Una vela se apagó. Después otra. Y otra. Las llamas fueron desapareciendo alrededor de la carpa hasta que solo quedó una encendida sobre el escenario. Amber contuvo la respiración. Sabía que aquello era parte del espectáculo, pero la oscuridad produjo un cambio inmediato en el ambiente. Nadie tosía. Nadie se movía.
La última vela se apagó. Todo quedó negro. Un violín comenzó a tocar en algún lugar detrás del público. Una segunda melodía respondió desde el lado contrario. Luego una tercera. Amber giró la cabeza, pero no podía ver a los músicos. De pronto, una línea de fuego apareció en el borde del escenario y recorrió el círculo completo en menos de un segundo.
En el centro ya no había una silla. Había una mujer. Amber no la había visto entrar. La artista llevaba un vestido cubierto de pequeños cristales que reflejaban el fuego. Levantó una mano y las llamas alrededor del escenario crecieron al mismo tiempo. Después empezó a bailar. Durante los siguientes veinte minutos, Amber dejó de buscar explicaciones. Un hombre atravesó una pared de humo y apareció al otro lado de la carpa. Dos acróbatas caminaron sobre una cuerda tan fina que apenas se veía. Una mujer hizo crecer flores negras dentro de una caja vacía y las lanzó al público. Cada número parecía más imposible que el anterior.
Amber estaba impresionada, pero también empezaba a entender por qué la gente hablaba tan poco del Circo Nocturno después de verlo. Era difícil explicar algo cuando ni siquiera sabías qué habías visto. En un momento, uno de los artistas pidió a un hombre del público que subiera al escenario. Le entregó una moneda, cerró su mano y le pidió que pensara en un lugar. Cuando el hombre abrió los dedos, la moneda había desaparecido. El artista señaló hacia arriba. Sobre ellos, entre las velas, flotaba una pequeña imagen de una playa.
El hombre del público dejó de sonreír.
-Mi casa -murmuró.
La imagen desapareció. Hubo aplausos, pero Amber sintió un frío inesperado en la nuca. Aquello no parecía un simple truco. Al menos no para el hombre que regresó a su asiento con el rostro pálido. La función continuó. Amber perdió la noción del tiempo. Sin teléfono y sin ventanas, no sabía si habían pasado treinta minutos o dos horas. La carpa parecía existir fuera del resto de Salem, aislada de las calles, los coches y la vida que había dejado al otro lado del bosque.
Entonces volvió el silencio. Los artistas abandonaron el escenario. Las luces disminuyeron hasta dejar únicamente un círculo iluminado en el centro. Nadie anunció el siguiente número. Amber oyó un movimiento detrás de las cortinas. Una figura salió de las sombras. Era un hombre. Al principio, Amber solo distinguió su altura y la ropa negra. Caminaba despacio, sin mirar al público, como si no necesitara comprobar que todos estaban observándolo. Llevaba una camisa oscura, un chaleco ajustado y un abrigo largo que casi tocaba el suelo. Su cabello era negro. Bajo la luz de las velas, su piel parecía demasiado pálida.
Amber dejó de respirar durante un segundo. Lo había visto antes. Junto al cartel. Bajo la farola. La idea apareció con tanta claridad que sintió un pequeño golpe en el estómago. Quiso convencerse de que se equivocaba. Lo había visto de lejos las dos veces. Podía ser cualquier hombre alto vestido de negro. Pero algo en la forma de moverse, en la tranquilidad casi incómoda con la que ocupaba el escenario, le resultaba familiar.
El artista levantó por fin la cabeza. Sus ojos recorrieron lentamente las filas. Amber sintió que el resto de la carpa desaparecía. Los ojos del hombre eran grises. No claros exactamente. Tenían el color del cielo antes de una tormenta. Su rostro era hermoso de una manera que a Amber le resultó casi irritante: demasiado simétrico, demasiado tranquilo, como si hubiera sido diseñado para llamar la atención y al mismo tiempo advertir que acercarse era una mala idea.
El hombre comenzó su número sin decir una palabra. Extendió una mano y una de las velas descendió desde el techo hasta quedar flotando sobre su palma. Después otra. Y otra. Las llamas giraron alrededor de él formando un círculo. El público observaba las velas. Amber lo observaba a él. Entonces ocurrió algo peor. Él la miró.
No fue una mirada casual dirigida a una zona del público. Sus ojos se detuvieron exactamente donde ella estaba sentada. Amber sintió una presión extraña en el pecho. Apartó la mirada por instinto y observó el escenario, las velas, las manos del artista. Cinco segundos después volvió a mirarlo. Él seguía observándola. Amber tragó saliva. La adolescente sentada a su derecha aplaudió cuando las velas desaparecieron de golpe, pero Amber apenas oyó el sonido. El artista se movió hacia el otro lado del escenario y durante unos segundos una columna bloqueó la línea entre ellos. Amber sintió alivio.
Después él apareció al otro lado. Y volvió a encontrar sus ojos. Era imposible. Había cientos de personas en la carpa. No tenía ninguna razón para fijarse en ella. Amber intentó prestar atención al espectáculo, pero cada vez que levantaba la vista lo encontraba mirando en su dirección. Una vez. Dos. Tres. No podía apartar la mirada durante mucho tiempo.
La sensación no era exactamente miedo. Tampoco atracción, aunque sería absurdo negar que el hombre era atractivo. Era algo más incómodo: la impresión de que aquella mirada contenía información que ella no tenía. Como si él supiera por qué estaba allí. El número terminó sin una palabra. Todas las velas de la carpa se encendieron al mismo tiempo. El público se levantó y empezó a aplaudir con una fuerza que hizo vibrar los bancos. Amber también se puso de pie, más por seguir a los demás que por decisión propia.
El hombre permaneció en el centro del escenario. Hizo una pequeña inclinación. Antes de desaparecer entre las sombras, levantó la vista una última vez. Directamente hacia Amber. Esta vez sonrió. Fue una sonrisa pequeña, casi privada. Amber dejó de aplaudir. Las cortinas negras se cerraron detrás de él. La música regresó y la gente empezó a salir de la carpa hablando emocionada. La pareja mayor comentó el número de las velas. La adolescente buscaba desesperadamente que su teléfono volviera a encenderse. Amber permaneció unos segundos junto a su asiento.
Había ido al Circo Nocturno porque quería ver algo extraordinario. Ahora tenía la incómoda sensación de que algo extraordinario la había visto primero.
Ejercicios de vocabulario
1. Completa las frases
1. La función principal tiene lugar dentro de una enorme ______ negra.
2. El ______ está sentado alrededor de un escenario circular.
3. Amber se queda muy ______ por los números del circo.
4. Antes de empezar el espectáculo, todas las ______ se apagan.
5. Amber ______ la respiración cuando la carpa queda completamente oscura.
6. Algunos artistas parecen ______ y aparecer en otra parte.
7. El hombre de negro sale de las ______ y entra en el escenario.
8. Amber no puede ______ la mirada de él.
2. Elige la opción correcta
1. El público es:
a) las personas que ven un espectáculo b) los artistas c) los trabajadores del circo
2. Aplaudir significa:
a) cerrar los ojos b) golpear las manos para mostrar aprobación c) abandonar un lugar
3. Contener la respiración significa:
a) dejar de respirar durante un momento b) respirar muy rápido c) gritar
4. Si alguien se queda impresionado:
a) algo le causa una fuerte impresión b) se aburre c) se enfada
5. Acercarse significa:
a) ir hacia algo o alguien b) esconderse c) alejarse
3. Relaciona
1. la carpa 2. el escenario 3. la sombra 4. el silencio 5. desaparecer 6. el artista
a. persona que actúa en un espectáculo b. ausencia de ruido c. dejar de estar visible d. lugar donde actúan los artistas e. zona oscura producida cuando algo bloquea la luz f. gran tienda de tela usada en un circo
4. Responde con tus propias ideas
1. ¿Qué parte del Circo Nocturno te parece más impresionante?
2. ¿Crees que los números son trucos o hay algo sobrenatural?
3. ¿Cómo te sentirías si una persona en un escenario no dejara de mirarte?
4. ¿Por qué crees que el artista reconoce a Amber?
5. ¿Qué detalle del circo te daría más miedo?
6. ¿Qué harías después de la función: te irías a casa o intentarías encontrar al hombre?
Respuestas
Ejercicio 1: 1. carpa 2. público 3. impresionada 4. luces 5. contiene 6. desaparecer 7. sombras 8. apartar
Ejercicio 2: 1-a, 2-b, 3-a, 4-a, 5-a
Ejercicio 3: 1-f, 2-d, 3-e, 4-b, 5-c, 6-a
Ejercicio 4: Respuestas personales.
Capítulo 5. El hombre de los ojos grises

Cuando Amber salió de la carpa principal, el aire frío le pareció más intenso que antes. Durante la función había olvidado por completo que estaba en un terreno a las afueras de Salem, rodeada de árboles y lejos de casa. Ahora el olor a tierra húmeda y humo volvió de golpe, junto con las conversaciones de cientos de personas que intentaban explicar lo que acababan de ver. Algunos hablaban del fuego, otros de la mujer que había flotado sobre el escenario. Amber apenas escuchaba. Seguía pensando en el hombre de los ojos grises.
No sabía su nombre. Ni siquiera sabía qué clase de artista era. Su número había consistido en unas velas que parecían obedecerle, pero Amber recordaba mucho mejor su forma de mirar que cualquier truco. Había cientos de espectadores dentro de la carpa y, aun así, durante varios momentos había tenido la impresión de que la función se desarrollaba únicamente entre los dos. Era una idea ridícula. También era una idea que no conseguía quitarse de la cabeza.
La zona exterior del circo estaba ahora más llena. La gente compraba comida, entraba en las pequeñas carpas y hacía cola delante de los espectáculos secundarios. El violín había sido sustituido por una música más rápida, aunque seguía teniendo algo antiguo. Amber caminó entre los puestos intentando recuperar la sensación de normalidad. Compró una bolsa de almendras caramelizadas y pagó en efectivo. La mujer del puesto le entregó la bolsa sin dejar de observarla.
-¿Primera noche?
Amber levantó la vista. Era la segunda persona que le hacía la misma pregunta.
-¿También se nota?
-Un poco.
La mujer sonrió y atendió al siguiente cliente. Amber se alejó con las almendras. Empezaba a sospechar que los trabajadores del circo tenían una extraña capacidad para reconocer a los nuevos visitantes. Tal vez era simple experiencia. Tal vez los habituales caminaban por allí sin mirar cada vela como si fuera un milagro. Intentó encender el teléfono otra vez. Nada. Chloe debía de estar preocupada. Su madre probablemente también empezaría a preguntarse por qué no respondía. Amber calculó que no podía ser mucho más tarde de las nueve. Decidió recorrer una última zona y después marcharse. Era una decisión sensata, y se sintió orgullosa de haberla tomado durante aproximadamente cuarenta segundos.
Entonces volvió a verlo. El hombre de los ojos grises cruzó entre dos carpas a unos treinta metros de distancia. Ya no llevaba el abrigo largo del espectáculo. Vestía una camisa negra con las mangas dobladas hasta los antebrazos y hablaba con otro artista. Bajo las luces doradas parecía menos imposible que sobre el escenario, aunque no menos inquietante. Amber se detuvo con una almendra a medio camino de la boca.
Podía seguir caminando en dirección contraria. De hecho, eso era exactamente lo que una persona razonable habría hecho. Había ido a ver un espectáculo, lo había visto y ahora debía volver a casa. No tenía ningún motivo para seguir a un desconocido por un circo donde los teléfonos no funcionaban. El hombre desapareció detrás de una carpa.
Amber lo siguió. Se dio cuenta de lo que estaba haciendo cuando ya había dejado atrás los puestos principales. El sendero se estrechó y había menos visitantes. Las velas estaban más separadas. A un lado se levantaban carros antiguos pintados de negro; al otro, varias carpas pequeñas tenían las entradas cerradas. Amber redujo el paso. No quería parecer una persona que estaba siguiendo a alguien, aunque eso era exactamente lo que estaba haciendo.
Al llegar a una bifurcación, lo perdió de vista. El camino de la izquierda regresaba hacia la zona iluminada. El de la derecha continuaba entre varios carros y terminaba en una cortina de tela oscura. Un pequeño cartel de madera decía: SOLO PERSONAL. Amber se quedó quieta. Había llegado al límite de lo que podía justificar como curiosidad. Seguir adelante sería entrar conscientemente en una zona prohibida. Chloe habría utilizado palabras mucho menos amables para describirlo.
-Muy bien -murmuró Amber-. Hasta aquí.
Dio media vuelta.
-Una decisión sorprendentemente inteligente.
La voz llegó desde detrás de ella. Amber se volvió tan rápido que casi dejó caer la bolsa de almendras. El hombre estaba apoyado contra uno de los carros negros. No sabía de dónde había salido. Un segundo antes aquel lugar estaba vacío. Ahora él estaba a menos de cinco metros, observándola con la misma tranquilidad que había mostrado sobre el escenario. De cerca parecía más joven de lo que Amber había pensado, quizá veinticinco o veintisiete años. Su cabello negro caía ligeramente sobre la frente y sus ojos eran todavía más extraños sin la distancia de la carpa. Grises, sí, pero con pequeñas zonas casi plateadas alrededor de las pupilas.
Amber se quedó sin palabras. Había imaginado varias posibilidades si volvía a cruzarse con él. En ninguna de ellas se comportaba como alguien que acababa de ser descubierto siguiendo a un desconocido.
-No te estaba siguiendo.
Él bajó la mirada hacia el cartel de SOLO PERSONAL y después volvió a mirarla.
-Claro.
-Me he perdido.
-También claro.
Amber sintió calor en la cara. El hombre no sonreía del todo, pero había algo divertido en su expresión.
-¿Siempre eres así de desagradable con el público?
-Solo con el público que intenta entrar donde no debe.
Amber cruzó los brazos. Era más fácil enfadarse que reconocer que él tenía razón.
-No he entrado.
-Todavía.
El hombre se separó del carro y se acercó un poco. Amber tuvo el impulso de retroceder, pero se obligó a quedarse quieta. Él mantuvo suficiente distancia para no resultar amenazante. Aun así, la temperatura parecía haber bajado varios grados.
-Deberías volver a la zona principal.
-¿Eso es una advertencia?
-Es un consejo.
-No pareces una persona que dé muchos consejos.
-Y tú no pareces una persona que los siga.
Amber abrió la boca para responder y volvió a cerrarla. Aquello era irritante porque también era verdad. Durante unos segundos ninguno habló. Desde la zona principal llegaban música y aplausos, pero allí los sonidos parecían lejanos. Una vela ardía dentro de un farol junto al carro. Amber notó que la llama se inclinaba hacia el hombre aunque no había viento.
Desvió la mirada hacia sus manos. No llevaba anillos ni guantes. Eran manos normales, excepto por el hecho de que parecían demasiado pálidas incluso bajo la luz amarilla.
-Te he visto antes -dijo Amber.
Él no preguntó dónde.
-¿Ah, sí?
-Junto a uno de los carteles. Y después, cuando compré las entradas.
La expresión del desconocido no cambió.
-Salem es pequeño.
-No tanto.
Amber esperó. Él no añadió nada.
-¿Me estabas siguiendo tú?
La pregunta salió antes de que pudiera decidir si quería hacerla. El hombre inclinó ligeramente la cabeza.
-Ahora mismo, la que está fuera de los límites eres tú.
-Eso no es una respuesta.
-No.
Amber apretó los labios. En cualquier otra situación habría considerado aquella conversación suficiente para marcharse. Sin embargo, había algo en él que despertaba exactamente la parte de su carácter que tantos problemas le había causado de niña: cuanto menos le contaban, más necesitaba saber.
-¿Cómo te llamas?
Por primera vez, el hombre pareció dudar. Fue apenas una pausa.
-Lucien.
El nombre le resultó extraño y adecuado al mismo tiempo.
-¿Solo Lucien?
-De momento.
-Qué misterioso.
-Trabajamos en un circo nocturno. Tenemos una reputación que mantener.
Amber soltó una risa antes de poder evitarlo. Fue la primera vez que él sonrió de verdad. No fue una sonrisa grande, pero cambió su rostro lo suficiente para hacerlo parecer menos peligroso. O quizá, pensó Amber, simplemente más fácil de subestimar.
-Amber -dijo ella.
Lucien no reaccionó como alguien que acababa de escuchar su nombre por primera vez. Ese detalle fue pequeño, pero Amber lo notó.



