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Las semanas siguientes trajeron consigo una rutina que, poco a poco, empezó a sentirse menos extraña. Sofía aprendió los nombres de sus profesores, memorizó el camino más corto entre los edificios del campus, y descubrió un rincón tranquilo en la biblioteca donde le gustaba sentarse a estudiar durante las horas libres entre clases.
—Deberías venir al club de lectura los jueves —le propuso Marina un día, mientras compartían mesa en la cafetería—. Leemos algo distinto cada mes y después discutimos con vino barato y demasiadas galletas.
—Suena bien. ¿Qué están leyendo ahora?
—Un clásico gótico. Muy apropiado para este pueblo, la verdad.
Sofía se rio ante el comentario, sin saber todavía lo acertado que resultaría en las semanas siguientes. Aceptó unirse al club de lectura, y aquellos jueves por la tarde se convirtieron en otro pequeño ancla de normalidad en medio de todos los cambios que estaba atravesando: un grupo de estudiantes discutiendo tramas de terror clásico mientras, sin saberlo la mayoría de ellos, una historia mucho más real e inquietante se desarrollaba en el bosque cercano.
Poco a poco, aquel grupo de lectura le presentó a más gente del pueblo: Daniel, un chico callado que estudiaba Biología y siempre llevaba un cuaderno lleno de dibujos de plantas; Priya, que había crecido en Ravenwood y conocía cada rincón del bosque desde niña; y Jake, el hermano mayor de un compañero de clase de Marina, que trabajaba a tiempo parcial en la única librería del pueblo.
—Este pueblo tiene más vida de la que parece a simple vista —le comentó Priya una tarde, mientras caminaban juntas después del club de lectura—. Solo hay que saber dónde buscar.
—Empiezo a darme cuenta de eso.
Sofía sonrió para sus adentros ante aquel comentario, pensando en el secreto que llevaba guardando desde hacía semanas, en el mundo entero de misterio que había descubierto oculto tras la fachada tranquila de Ravenwood. Por primera vez desde la muerte de su padre, sintió que empezaba a construir algo parecido a una vida propia en aquel lugar, con amistades nuevas, rutinas nuevas, y un secreto extraordinario que solo ella conocía.
Una tarde, después de clase, Sofía decidió explorar por su cuenta el pequeño museo local, instalado en lo que antiguamente había sido el ayuntamiento del pueblo. Encontró vitrinas llenas de objetos cotidianos de otra época: herramientas agrícolas oxidadas, vestidos antiguos cuidadosamente conservados, y una sección dedicada por completo a las familias fundadoras de Ravenwood.
—¿Buscas algo en particular? —le preguntó el encargado del museo, un hombre mayor de gafas redondas.
—Solo curiosidad. Estoy investigando un poco la historia del pueblo para un trabajo de la universidad.
El hombre le mostró, con evidente orgullo, un mapa antiguo de Ravenwood donde se señalaba la ubicación original de la mansión Blackwood, marcada con una pequeña estrella que la distinguía como una de las primeras construcciones de la zona, incluso antes de que el pueblo tuviera nombre oficial.
—Esa familia lleva aquí desde los primeros colonos. Dicen que fueron ellos quienes ayudaron a fundar el pueblo, aunque nunca han participado mucho en la vida pública.
Sofía anotó mentalmente aquel dato, otra pieza más del rompecabezas que llevaba semanas armando en silencio, sintiendo que cada nueva información, lejos de resolver el misterio, lo hacía todavía más fascinante.
Durante una de sus visitas a la biblioteca, Sofía se topó por casualidad con Priya, que trabajaba allí algunas tardes a cambio de créditos extra para sus estudios. Charlaron un rato sobre libros y sobre la vida en el pueblo, y Priya, con la familiaridad de quien había crecido allí, le contó una leyenda local que a Sofía le heló la sangre.
—Cuentan que en el bosque viven cosas que no deberían existir —dijo Priya, medio en broma—. Mi abuela solía decir que hay que dejar siempre una ofrenda de flores si te internas demasiado, por si acaso.
—¿Tú te lo crees?
—No especialmente. Pero tampoco me interno sola de noche, por si las moscas.
Durante una tarde especialmente lluviosa, incapaz de salir a caminar como de costumbre, Sofía se quedó en casa releyendo sus apuntes de historia local, tratando de encajar todas las piezas del rompecabezas que había ido reuniendo semana tras semana. Trazó en un cuaderno una pequeña línea temporal con las fechas que había descubierto, contemplando con una mezcla de fascinación y vértigo la posibilidad, cada vez más real, de que estuviera efectivamente enamorándose de alguien que había caminado por aquellas mismas calles muchísimo antes de que ella naciera.
Un domingo por la mañana, Marina invitó a Sofía a acompañarla al pequeño mercado que se instalaba semanalmente en la plaza central del pueblo, un lugar bullicioso donde los agricultores locales vendían verduras recién cosechadas, mermeladas caseras y flores de temporada. Sofía, que todavía no había explorado aquella faceta más animada de Ravenwood, se sorprendió gratamente ante la cantidad de gente que llenaba los puestos, charlando y riendo con una familiaridad que solo se consigue después de generaciones viviendo en el mismo lugar.
—Prueba esto —le dijo Marina, ofreciéndole un trozo de queso de un puesto cercano—. Lo hace la señora Meyer con leche de sus propias cabras. Es una institución en el pueblo.
—Está delicioso.
—Todo lo que vende esa mujer está delicioso. Deberías ver la cara que pone si le dices que no te gusta algo, es capaz de perseguirte por todo el mercado hasta convencerte de lo contrario.
Sofía se rio, comprando un tarro de mermelada de mora para su madre y un ramo pequeño de flores silvestres que decidió dejar, más tarde esa misma noche, sobre la tumba simbólica que había improvisado en el jardín trasero para recordar a su padre, un pequeño ritual personal que había empezado a practicar desde su llegada al pueblo.
—¿Vienes aquí todos los domingos? —preguntó Sofía, mientras paseaban entre los puestos.
—Casi siempre. Es una buena manera de empezar la semana. Deberías venir más a menudo, ahora que ya conoces el camino.
Sofía asintió, sintiendo que aquel pequeño ritual dominical, tan sencillo y tan alejado de todo el misterio sobrenatural que llenaba sus tardes en el bosque, representaba exactamente el tipo de normalidad que necesitaba conservar en su vida, un ancla firme en medio de todo lo extraordinario que estaba descubriendo.
Antes de volver a casa aquella tarde, Sofía se detuvo un momento frente al escaparate de la pequeña librería del pueblo, contemplando una colección de novelas antiguas de misterio expuestas junto a la entrada, y no pudo evitar sonreír ante la ironía: vivía, sin que casi nadie lo supiera, dentro de una historia mucho más extraordinaria que cualquiera de aquellos libros.
Capítulo 5. Otra vez tú
Vocabulario del capítulo
a propósito — нарочно, специально
molesto/a — раздражённый
la excusa — предлог, оправдание
el cuello — шея
fijar la vista — устремить взгляд
mentir — врать
notar — замечать
insistir — настаивать
provocar — провоцировать
el atardecer — закат
acercarse — приближаться
la tensión — напряжение
desviar la mirada — отвести взгляд
arriesgarse — рисковать
la curiosidad — любопытство
el claro — поляна
la complicidad — сообщничество, взаимопонимание
El sábado siguiente, con el recorte de periódico todavía guardado en el bolsillo de su chaqueta, Sofía tomó una decisión que sabía que su madre no aprobaría: volver al bosque, esta vez a propósito, con la esperanza de encontrarse otra vez con Adrian. Se dijo a sí misma que solo quería hacerle unas preguntas, aclarar la confusión sobre el nombre y la fotografía, pero en el fondo sabía que había algo más que simple curiosidad periodística.
Pasó la mañana repasando mentalmente lo que le diría, ensayando preguntas que sonaran naturales y no demasiado acusatorias, aunque sabía que en cuanto lo tuviera delante probablemente olvidaría todo el guion preparado. Almorzó casi sin apetito, distraída, mientras su madre le preguntaba por sus nuevas clases y Lucía le contaba una historia complicada sobre un conflicto en el patio del colegio.
—¿Vas a salir otra vez esta tarde? —preguntó Claudia, con cierta suspicacia en la voz.
—Sí, necesito despejarme un poco antes de empezar con los deberes.
—Vuelve antes de que oscurezca, por favor.
—Lo intentaré.
Caminó por el mismo sendero de siempre, ahora ya familiar, hasta llegar al claro de su primer encuentro. El sol empezaba a descender entre los árboles, tiñendo el bosque de un color dorado y anaranjado que hacía que todo pareciera sacado de un cuento antiguo. Se sentó sobre una piedra grande, dispuesta a esperar el tiempo que hiciera falta.
No tuvo que esperar mucho. Como si hubiera estado allí todo el tiempo, Adrian apareció entre los árboles, con las manos en los bolsillos y una expresión que mezclaba sorpresa y algo parecido a la irritación.
—Has vuelto —dijo, sin ningún saludo previo.
—Muy observador.
—Te dije que este bosque no es un lugar seguro.
—Y yo te dije que no me gusta que me digan lo que tengo que hacer.
Adrian suspiró, y por un instante pareció más cansado que enfadado, como si estuviera librando una batalla interna que Sofía no podía comprender del todo. Se acercó unos pasos, manteniendo, sin embargo, una distancia cuidadosa entre ambos, como si temiera algo que ella todavía no entendía.
—¿Por qué has vuelto, Sofía?
Ella dudó un segundo antes de responder, sopesando si mencionar o no el artículo de periódico. Finalmente, decidió arriesgarse.
—Encontré algo en la biblioteca del instituto. Un artículo de 1952 sobre un tal Adrian Blackwood. Y otro de 1897, sobre un incendio en tu casa, en el que también aparece un Adrian.
Por primera vez desde que se conocían, Sofía vio algo parecido al miedo cruzar el rostro de Adrian. Fue apenas un instante, un cambio casi imperceptible en la tensión de su mandíbula, pero fue suficiente para confirmar que había tocado algo importante.
—Habrá sido mi abuelo. Compartimos nombre. Es una tradición familiar.
—Qué casualidad tan conveniente.
—La vida está llena de casualidades.
—¿Y el del incendio de 1897? ¿También era tu abuelo?
—Sería mi bisabuelo, entonces. Los Blackwood no somos muy originales con los nombres.
Sofía cruzó los brazos, decidida a no dejarse convencer tan fácilmente, aunque en el fondo sabía que insistir demasiado podría hacer que Adrian desapareciera otra vez, como había hecho las veces anteriores. Cambió de estrategia y decidió observarlo con más atención.
Fue entonces cuando notó algo extraño: Adrian tenía la vista fijada, de manera casi constante, en su cuello, en el punto exacto donde latía su pulso. No era una mirada cualquiera, sino algo intenso, casi hambriento, que desaparecía rápidamente cada vez que ella se daba cuenta y él apartaba los ojos.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, llevándose una mano al cuello, de repente consciente de aquella mirada.
—Nada.
—Mientes fatal, ¿lo sabías?
Adrian desvió la mirada hacia los árboles, evitando responder directamente, y durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. El silencio, sin embargo, no resultaba incómodo; al contrario, tenía algo de complicidad extraña, como si ambos supieran que estaban al borde de algo que todavía no tenía nombre.
—Deberías tener más cuidado con quién hablas en un bosque vacío —dijo finalmente Adrian, con voz más suave de lo habitual.
—¿Es eso una advertencia o una amenaza?
—Es un consejo.
—Pues es un consejo muy raro viniendo de alguien que parece más interesado en mi cuello que en cualquier otra cosa que yo diga.
Adrian se puso rígido durante un segundo, y Sofía se preguntó si había ido demasiado lejos con el comentario, pero después él soltó una risa breve, casi involuntaria, que pareció sorprenderlo a él mismo tanto como a ella.
—Tienes una lengua muy afilada para ser tan nueva en el pueblo.
—Es una de mis mejores cualidades, según mi madre. Aunque ella lo dice más como una queja.
El atardecer avanzaba, tiñendo el cielo de tonos rojizos que se filtraban entre las ramas. Sofía sintió que no quería marcharse todavía, que a pesar de las respuestas evasivas, algo en la presencia de Adrian resultaba extrañamente reconfortante, como si, desde la muerte de su padre, hubiera encontrado por fin algo capaz de distraer su mente del dolor constante.
—Puedo preguntarte algo personal —dijo Sofía, cambiando de tono—. ¿Por qué siempre estás en este bosque? ¿No tienes amigos, familia con quien pasar el tiempo?
La pregunta pareció incomodar a Adrian más de lo que esperaba. Se tomó un momento antes de responder, mirando hacia los árboles con una expresión que Sofía interpretó como algo parecido a la soledad.
—El bosque es el único lugar donde puedo ser yo mismo sin fingir nada.
—Eso suena bastante triste, la verdad.
—Estoy acostumbrado.
Aquella respuesta breve, cargada de una melancolía que Sofía no esperaba, le hizo sentir un impulso de compasión hacia aquel joven misterioso que hasta entonces solo había considerado, más que nada, como un enigma que resolver. Por un instante, olvidó las preguntas sobre los artículos de periódico y sintió simplemente el deseo de conocerlo mejor, de entender qué se escondía detrás de aquella fachada distante.
—Vale, no me vas a contar nada más hoy. Pero volveré. Ya te lo advierto.
Adrian la miró con una expresión indescifrable, entre la resignación y algo que se parecía peligrosamente a una sonrisa contenida.
—No lo dudo ni por un momento.
—¿Y tú? ¿Vas a seguir apareciendo de la nada cada vez que venga?
—Probablemente.
—Entonces supongo que nos veremos pronto, Adrian Blackwood.
Y con esas palabras, Sofía se dio la vuelta y emprendió el camino de regreso a casa, sintiendo que, después de tanto tiempo, algo en su vida volvía a resultarle interesante. Caminó despacio, disfrutando de los últimos rayos de sol que se filtraban entre los árboles, pensando en cada palabra de la conversación, en cada mirada, en cada silencio compartido, sin sospechar que Adrian, oculto entre las sombras, la observó alejarse hasta que se perdió de vista.
—¿Vendrás mañana también? —le preguntó Sofía, ya de pie, lista para marcharse.
—Puede que sí. Puede que no. Depende de si te portas bien.
—Nunca me porto bien. Ya deberías saberlo a estas alturas.
Adrian sonrió, esta vez sin ningún esfuerzo por disimularlo, y aquella sonrisa sincera quedó grabada en la memoria de Sofía durante todo el camino de regreso a casa, como una pequeña promesa silenciosa de que aquel extraño vínculo entre ambos apenas comenzaba.
Antes de que Sofía llegara al claro aquella tarde, se detuvo un momento junto a un pequeño riachuelo que cruzaba el sendero, sentándose sobre una piedra para ordenar sus pensamientos. Llevaba todo el día ensayando mentalmente lo que quería decirle a Adrian, consciente de que aquella conversación podía cambiar por completo la naturaleza de lo que fuera que estaban construyendo.
—Solo pregúntale directamente —se dijo a sí misma en voz alta, practicando el tono que quería emplear—. Nada de rodeos.
Sin embargo, en cuanto vio la silueta de Adrian aparecer entre los árboles, todo el discurso cuidadosamente preparado se desvaneció de su mente, sustituido por la calidez inmediata que sentía siempre en su presencia, una sensación que, a esas alturas, ya reconocía como el principio de algo mucho más profundo que la simple curiosidad.
Al despedirse aquella tarde, Adrian le hizo una pregunta que Sofía no esperaba, una pregunta que revelaba cuánto empezaba a importarle la vida cotidiana de ella más allá del misterio que representaba.
—¿Qué tal va la universidad? No me has contado nada de tus clases últimamente.
—Bien. Difíciles, pero bien. Tengo un examen de literatura medieval la semana que viene que me tiene bastante nerviosa.
—Puedo ayudarte a estudiar, si quieres. Viví esa época, técnicamente no, pero he leído bastante sobre ella.
—Eso sería trampa.
—Eso sería aprovechar los recursos disponibles.
Aquella misma tarde, antes de despedirse, Adrian le habló también sobre lo distinto que resultaba cortejar a alguien en la época actual comparado con lo que había conocido siglos atrás, cuando las reglas del galanteo eran mucho más rígidas y formales.
—En mi época humana, habría necesitado el permiso de tu padre solo para pasear contigo a solas.
—Menos mal que esos tiempos quedaron atrás.
—Completamente de acuerdo. Aunque debo admitir que la formalidad de entonces tenía cierto encanto.
Capítulo 6. El primer coqueteo
Vocabulario del capítulo
coquetear — флиртовать
provocar — провоцировать, дразнить
el atrevimiento — дерзость
sonrojarse — краснеть
acercarse demasiado — подойти слишком близко
la despedida — прощание
reírse — смеяться
el roce — прикосновение
contener la respiración — затаить дыхание
burlón/a — насмешливый
la confianza — доверие; уверенность
la tregua — перемирие
inclinarse — наклоняться
susurrar — шептать
quedarse callado/a — замолчать, притихнуть
el arroyo — ручей
el tronco — ствол дерева
Cumplió su palabra. Durante las dos semanas siguientes, Sofía volvió al bosque casi cada tarde, y casi cada tarde, de una manera que empezaba a parecer menos casual, Adrian aparecía también. Al principio, sus encuentros seguían el mismo patrón: preguntas directas por parte de ella, respuestas evasivas por parte de él, y una tensión constante que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
Sofía empezó a organizar su rutina diaria en torno a esos encuentros, aunque nunca lo admitiría en voz alta. Terminaba las clases, hacía los deberes más urgentes a toda prisa y, en cuanto podía, se escapaba hacia el sendero que conducía al claro donde solían encontrarse. Su madre, ocupada con el trabajo en la clínica y con la adaptación de Lucía al nuevo colegio, no se había dado cuenta todavía de la regularidad de aquellas salidas, algo que Sofía agradecía en silencio.
Poco a poco, sin embargo, algo empezó a cambiar. Las conversaciones se alargaban, los silencios se volvían más cómodos, y las respuestas evasivas de Adrian empezaron a mezclarse con comentarios inesperadamente ingeniosos que hacían reír a Sofía a pesar de sí misma. Descubrió que, bajo aquella fachada fría y distante, existía un sentido del humor seco y sarcástico que encajaba a la perfección con el suyo propio.
Aquella tarde en particular, sentados sobre un tronco caído cerca del arroyo que cruzaba el bosque, Sofía se sentía más relajada que en semanas. Había llevado una manta y algo de comida, decidida a convertir la conversación en algo más largo que las escapadas rápidas de siempre.
—Entonces, dime algo verdadero sobre ti —dijo ella, mordiendo una manzana—. Algo que no sea evasivo ni misterioso.
—Eso es pedir mucho.
—Inténtalo.
Adrian se quedó pensativo unos segundos, observando el agua correr entre las piedras, antes de responder con una media sonrisa que Sofía no le había visto antes.
—Me gusta leer. Mucho, en realidad.
—Vaya, qué revelación tan escandalosa.
—Has pedido algo verdadero, no algo interesante.
Sofía se rio, y el sonido de su propia risa la sorprendió, porque hacía mucho tiempo que no se sentía tan ligera. Adrian la observó con una expresión curiosa, como si estuviera memorizando cada detalle de aquel momento.
—Tienes una risa bonita —dijo él, casi sin pensarlo, y enseguida pareció arrepentirse del comentario.
—¿Eso ha sido un cumplido? De ti, el rey del misterio y las respuestas evasivas.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde. Ya me estoy acostumbrando.
A medida que la tarde avanzaba, Sofía notó que Adrian, a pesar de su actitud fría al principio, se relajaba cada vez más en su compañía. Le preguntó sobre su vida antes de la mudanza, sobre sus estudios, sobre sus gustos musicales, y ella, sorprendida de su propia sinceridad, terminó contándole más de lo que había planeado, incluida una breve mención a la muerte de su padre.
—Lo siento mucho —dijo Adrian, con una seriedad que contrastaba con el tono ligero de la conversación anterior.
—No pasa nada. Bueno, sí pasa, mucho, pero... contigo es más fácil hablar de ello, no sé por qué.
—Quizás porque no te miro con lástima.
—Exacto. Todo el mundo me mira como si fuera de cristal, a punto de romperme. Tú simplemente escuchas.
Adrian no respondió inmediatamente, pero sus ojos se suavizaron con una comprensión que parecía nacer de una experiencia mucho más profunda que la de un chico de veinte años cualquiera. Sofía, sin saber exactamente por qué, sintió el impulso de acercarse un poco más, y él, en lugar de retroceder como solía hacer, se quedó quieto.
—¿Puedo preguntarte cómo era? Tu padre, quiero decir.
Sofía sonrió, esta vez con una tristeza más suave, menos afilada que de costumbre, y empezó a hablarle de él: de su risa fuerte que se escuchaba desde la otra punta de la casa, de su costumbre de tararear canciones mientras cocinaba, de las tardes que pasaban juntos leyendo en silencio, cada uno con su propio libro, solo disfrutando de la compañía del otro.
—Suena como alguien maravilloso.
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