Arsène Lupin. Caballero y ladrón

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–Entonces, Dios mío, ¿quién es Arsène Lupin?
–Sí –dijo ella–. ¿Quién es?
No quedaban a bordo más de unas veinte personas. Miss Nelly las observaba una por una confundida y temerosa de que no estuviera el famosos ladrón entre ellas.
Le dije:
–Ya no podemos esperar más.
Avanzó y la seguí, pero no habíamos dado diez pasos cuando Ganimard nos detuvo.
–Y bien, ¿de qué se trata esto? –exclamé.
–Un momento, monsieur. ¿Qué prisa tiene? –me preguntó.
–Vengo con la señorita.
–¡Un momento! –repitió con un tono más imperioso.
Me observó detenidamente y enseguida me dijo, fijando la vista en mis ojos:
–Arsène Lupin, ¿no es cierto?
Me reí.
–No, yo soy Bernard d’Andrésy simplemente.
–Bernard d’Andrésy murió hace tres años en Macedonia.
–Si Bernard d’Andrésy hubiera muerto, yo ya no estaría en este mundo, pero no es así. Aquí tiene mis papeles.
–Son los de Andrésy. Y será un placer explicarle cómo los consiguió.
–¡Está usted loco! Arsène Lupin se embarcó con el nombre de R.
–Sí, otro truco suyo. Una pista falsa tras la cual los lanzó a todos. ¡Vaya que tiene recursos, joven! Pero esta vez se le volteó la suerte. Basta, Lupin, sea un buen jugador.
Dudé un instante. Me dio un golpe seco en el antebrazo derecho. Lancé un grito de dolor y me lastimó la herida todavía sin cerrar de la que hablaba el telegrama.
En fin, había que resignarse. Y giré hacia miss Nelly, que escuchaba pálida e insegura.
Nuestras miradas se encontraron. Luego, bajó los ojos a la Kodak que le había entregado. Hizo un gesto brusco y me dio la impresión o, más bien, la certeza de que entendió todo de súbito. Sí, ahí, entre las estrechas paredes de tela negra, en las cavidades del pequeño objeto que había tenido la precaución de depositar en sus manos antes de que Ganimard me detuviera, se encontraban los veinte mil francos de Rozaine y las perlas y los diamantes de lady Jerland.
–¡Ah! Juro que en ese solemne momento en que me rodearon Ganimard y dos acompañantes suyos todo me era indiferente: la detención, la hostilidad de la gente. Todo menos la decisión que tomaría miss Nelly sobre el objeto que le había confiado.
No quería imaginarme que ellos tuvieran esta prueba material definitiva que me condenaba. ¿Miss Nelly se decidiría a entregarla? ¿Me traicionaría? ¿Me perdería? ¿Se portaría como una enemiga implacable o como una mujer que no olvida, pero que suaviza su desprecio con algo de indulgencia y algo de simpatía involuntaria?
Pasó frente a mí. Me incliné apenas, sin decir una palabra. Mezclada entre los demás pasajeros, se encaminó a la pasarela con mi Kodak en la mano.
Pensé que no se atrevería en público y que dentro de un instante, en una hora, la entregaría. Pero al llegar a la mitad de la pasarela, con torpeza fingida, dejó caer la cámara al agua, entre el cantil del muelle y el flanco del barco.
Y luego se alejó.
Su hermosa silueta se perdió entre la multitud, la entreví de nuevo y volvió a desaparecer. Se acabó para siempre.
Quedé inmóvil un segundo, triste y al mismo tiempo embargado por una dulce ternura. Para la gran sorpresa de Ganimard, suspiré:
–Qué lástima que no soy un hombre honrado...
Así fue la historia de su detención que me contó una noche de invierno Arsène Lupin. La sucesión de incidentes que pondré por escrito algún día había anudado entre nosotros lazos... ¿de amistad? Sí. Me atrevo a creer que Arsène Lupin me honró con su amistad y que por eso a veces me visita de improviso y llena el silencio de mi gabinete de trabajo con su alegría juvenil, el resplandor de su vida apasionada, el buen humor de un hombre a quien el destino no le ha dado más que favores y sonrisas.
¿Su retrato? ¿Cómo podría trazarlo? Conozco a Arsène Lupin desde hace veinte años, y veinte veces se me ha presentado un ser diferente... o, más bien, el mismo ser cuyos veinte reflejos me proyectaron otras tantas imágenes deformadas, cada una con ojos diferentes y una figura peculiar, aunque siempre con sus propios gestos, su silueta y su personalidad.
–Yo mismo –me dijo alguna vez– no sé bien quién soy. Frente al espejo, ya no me reconozco.
Un desplante, sin duda, y una paradoja. Pero también una verdad para quienes se topan con él y desconocen sus recursos infinitos, su paciencia, su arte para el maquillaje, su prodigiosa facultad de transformar hasta las proporciones de su rostro y de alterar incluso la relación entre sus rasgos.
–¿Por qué debería tener una apariencia definida? ¿Por qué no evitar el peligro de una personalidad siempre idéntica? Mis actos me retratan suficientemente –y aclara con una nota de orgullo–: cuánto mejor si nadie puede decir nunca con certeza este es Arsène Lupin. Lo esencial es que se diga, sin temor a equivocarse: esto lo hizo Arsène Lupin.
Intento reconstruir algunos de sus hechos y de sus aventuras a partir de las confidencias que tuvo la gentileza de hacerme, durante varias noches de invierno, en el silencio de mi gabinete de trabajo...

2
Arsène Lupin
en prisión
No hay turista digno de ese nombre que no conozca las orillas del Sena y al que no le haya llamado la atención, al ir de las ruinas de la abadía de Jumièges a las de la abadía de Saint-Wandrille, el pequeño y extraño castillo feudal de Malaquis, levantado con tanta audacia sobre la roca que ocupa la mitad del río. Un puente en arco lo conecta con el camino en tierra firme. La base de sus torrecillas sombrías se confunde con el granito que lo sostiene, un bloque enorme desprendido de quién sabe qué montaña y arrojado ahí por obra de alguna tremenda sacudida. A su alrededor, el agua tranquila del gran río juega entre los juncos y las lavanderas revolotean sobre la superficie mojada de los guijarros.
La historia del castillo de Malaquis es temible como su nombre y tan hosca como su silueta. Está hecha de combates, asedios, asaltos, rapiñas y matanzas. En las veladas del país de Caux, río abajo, recuerdan con escalofríos los crímenes que se cometieron en ese lugar. Cuentan leyendas misteriosas. Se habla del famoso subterráneo que en otros tiempos llevaba a la abadía de Jumièges y a la casa de campo de Agnès Sorel, la bella amiga de Carlos VII.
En esta antigua guarida de héroes y de salteadores vive el barón Nathan Cahorn, el barón Satán, como lo llamaban en la bolsa de valores, donde se enriqueció con demasiada rapidez.
Los dueños de Malaquis, arruinados, tuvieron que venderle el hogar de sus antepasados a cambio de migajas. Ahí acomodó sus admirables colecciones de muebles y cuadros, de lozas finas y tallas de madera. Vivía solo, atendido por tres viejos servidores. Nadie entraba nunca al lugar. Nadie contempló jamás en el decorado de estas salas antiguas los tres Rubens que posee ni los dos Watteau ni su púlpito esculpido por Jean Goujon ni tantas otras maravillas arrancadas a fuerza de dinero a los compradores frecuentes de las subastas públicas.
El barón Satán tenía miedo, pero no por él, sino por los tesoros que había acumulado con una pasión tenaz y con tal perspicacia de aficionado que ni los más astutos comerciantes podían vanagloriarse de haberlo inducido a equivocarse. Ama sus tesoros, y los ama intensamente como un avaro, celosamente como un amante.
Todos los días, al ponerse el sol, las cuatro puertas de hierro que dominan los dos extremos del puente y la entrada al patio de honor se cierran y acerrojan. Con la menor sacudida, un sistema de alarmas repicarán en el silencio. Mientras que del lado del Sena nada hay que temer: la roca se corta verticalmente.
Un viernes de septiembre, el cartero se presentó como siempre en la cabeza del puente y, según la norma habitual, el barón fue quien entreabrió la pesada batiente de la puerta. Examinó al hombre minuciosamente, como si no conociera de años esa cara jovial y esos ojos socarrones de campesino. El hombre se rio y le dijo:
–Soy otra vez yo, señor barón. No soy otro que hubiera tomado y vestido mi blusa y se hubiera puesto mi gorra.
–Uno nunca puede saber –murmuró Cahorn.
El cartero le entregó un montón de periódicos y continuó:
–Y ahora, señor barón, una novedad.
–¿Una novedad?
–Una carta… y, además, certificada.
Recluido, sin amigos ni nadie que se interesara en él, nunca recibía cartas. Y de pronto se producía este suceso de mal augurio que le daba motivos para inquietarse. ¿Quién era este misterioso remitente que venía a hostigarlo en su retiro?
–Tiene que firmar, señor barón.
Firmó a regañadientes. Después tomó la carta, esperó a que el cartero desapareciera en el recodo del camino, dio algunos pasos de un lado a otro, se apoyó contra el parapeto del puente y abrió el sobre. Contenía una hoja de papel cuadriculado con este encabezado manuscrito: Prisión de la Santé, París. Miró entonces la firma: Arsène Lupin. Asombrado, leyó:
Señor barón: En la galería donde confluyen sus dos salones se encuentra un cuadro de Philippe de Champaigne de excelente hechura y que me gusta enormemente. Sus Rubens también me gustan, lo mismo que el Watteau pequeño. En el salón de la derecha me llamó la atención el aparador de Luis XIII, los tapices de Beauvais, el velador estilo Imperio firmado por Jacob y el baúl renacentista. En el salón de la izquierda, toda la vitrina de joyas y miniaturas.
Por esta vez me contentaré con estos objetos, que creo que será fácil revender. Así pues, le suplico que los embale según convenga y los envíe a mi nombre (porte pagado) a la estación de Batignolles antes de ocho días. En caso contrario, procederé yo mismo al traslado la noche del miércoles 27 al jueves 28 de septiembre. Y, por supuesto, no me contentaré con objetos que no sean los señalados.
Sírvase disculpar la pequeña molestia que le causo y reciba usted mi más alta consideración.Arsène Lupin
P.D.: Por favor, no me envíe el Watteau grande. Aunque le haya costado treinta mil francos en el Hostal des Ventes, es una copia. El original lo quemó Barras en tiempos del Directorio, en una noche de orgía. Consulte las memorias inéditas de Garat.
Tampoco me interesa la cadena Luis XV, pues me parece de dudosa autenticidad.
Esta carta trastornó al barón Cahorn. Si viniera de otra persona, ya lo hubiera alarmado considerablemente, ¡pero firmada por Arsène Lupin!
Lector asiduo de periódicos, al corriente de lo que pasaba en el mundo de la delincuencia, sabía todo acerca de las hazañas del infernal ladrón. Desde luego, sabía que Lupin, detenido en Estados Unidos por su enemigo Ganimard, estaba encarcelado y que se se estaba tramitando su proceso. Pero también sabía que cabía esperar lo que fuera de su parte. Y, por si fuera poco, su conocimiento tan exacto del castillo, de la disposición de los cuadros y los muebles, era un aviso de lo más temible. ¿Quién lo había informado de cosas que nunca había visto?
El barón elevó los ojos y contempló el contorno huraño del castillo, su pedestal abrupto, las profundas aguas que lo rodeaban y alzó los hombros. En definitiva, no corría ningún peligro. Nadie podría penetrar el santuario inviolable de sus colecciones.
Nadie, pero ¿Arsène Lupin? ¿Existen para el famoso ladrón puertas, puentes levadizos y murallas? ¿De qué sirven los obstáculos mejor concebidos, las precauciones más diestras, si Arsène Lupin decide llegar hasta el final?
Esa misma tarde le escribió al procurador de la República de Rouen. Le envió la carta con las amenazas y le solicitó auxilio y protección.
Y la respuesta no tardó en llegar. El citado Arsène Lupin estaba actualmente preso en la Santé, vigilado estrechamente y sin posibilidades de escribir, así que la carta no podía ser obra más que de un farsante. Así lo indicaban la lógica y el sentido común, además de la realidad de los hechos. De todos modos, y como acto de prudencia, se había encomendado a un experto para que analizara la escritura. El experto concluyó que pese a ciertas analogías, la letra no era la del detenido.
Y pese a ciertas analogías fueron las únicas cuatro palabras que retuvo el barón. En ellas alcanzaba a ver la confesión de una duda que a él le parecía justificativo suficiente para que interviniera la justicia. Sus temores se acrecentaron. No dejaba de pensar en la carta... procederé yo mismo al traslado. Y la fecha exacta: la noche del miércoles 27 al jueves 28 de septiembre.
Suspicaz y taciturno, no se había atrevido a revelar nada a sus sirvientes, cuya lealtad le parecía resistente a cualquier prueba. Sin embargo, por primera vez en años sentía la necesidad de hablar, de pedir un consejo. Abandonado por la justicia de su país y sin la esperanza de poder defenderse con sus propios medios, casi se había decidido a ir a París a pedir la ayuda de algún policía en retiro.
Y así pasaron dos días. Al tercero, se estremeció de gozo al leer en el periódico Le Réveil de Caudebec esta nota suelta:
Tenemos el placer de alojar entre nuestros muros desde hace casi tres semanas al jefe inspector Ganimard, veterano del Servicio de Seguridad. El señor Ganimard, quien con la detención de Arsène Lupin, su última proeza, ganó fama en toda Europa, descansa de sus trabajos dedicado a la pesca de gobios y brecas.
¡Ganimard! ¡Ahí estaba la ayuda que buscaba el barón Cahorn! ¿Quién mejor que el hábil y paciente Ganimard para desbaratar los planes de Lupin?
El barón no lo dudó. Seis kilómetros separaban al castillo de la pequeña población de Caudebec. Y los recorrió con el paso alegre de un hombre sobrexcitado por la esperanza de salvarse.
Tras varias tentativas infructuosas por averiguar el domicilio del jefe inspector, fue a las oficinas de Le Réveil, situadas a la mitad del paseo del muelle. Ahí localizó al redactor de la nota suelta, quien se acercó a la ventana y exclamó:
–¿Ganimard? Puede estar seguro de que lo encontrará al final del muelle, con la caña de pescar en las manos. Ahí nos conocimos, cuando leí por causalidad su nombre grabado en la caña. ¡Ah, mire! Es el anciano de baja estatura que se encuentra ahí, bajo los árboles del paseo.
–¿De capote y sombrero de paja?
–¡Exactamente! Un tipo extraño, callado y más bien huraño.
Cinco minutos después, el barón abordó al famoso Ganimard, se presentó y trató de iniciar una conversación con él. Entonces, pasó directamente al asunto y le expuso su caso.
El otro lo escuchó inmóvil, sin perder de vista al pez que acechaba. Luego, giró la cabeza hacia el barón, lo midió de pies a cabeza con un aire de profunda piedad y le dijo:
–Monsieur, no es costumbre avisarle a nadie que van a despojarlo. En particular, Arsène Lupin no comete semejantes errores.
–Pero...
–Monsieur, si tuviera la mínima duda, créame que el placer de capturar de nuevo a Lupin prevalecería sobre cualquier otra consideración. Lamentablemente, ese joven ya está tras las rejas.
–¿Y si se escapa?
–Nadie escapa de la Santé.
–Pero él...
–Sobre todo él.
–Sin embargo...
–¡Pues bien! Si se escapa, qué bueno. Lo pescaré de nuevo. Mientras tanto, duerma con toda tranquilidad y ya no me asuste a esta breca que quiero pescar.
De esta manera terminó la conversación. El barón regresó a su casa, algo más tranquilo por la despreocupación de Ganimard. Verificó las cerraduras, espió a los sirvientes y así pasaron cuarenta y ocho horas en las que casi acabó por convencerse de que, a fin de cuentas, sus temores eran infundados. Es verdad lo que dijo Ganimard, no es costumbre avisarle a nadie que van a despojarlo.
Se acercaba la fecha. Y, la mañana del martes, el día anterior al 27, no hubo nada digno de notar. Pero a las tres llamó un chico que traía un telegrama.
No hay ninguna entrega en la estación de Batignolles. Prepárese para la noche de mañana. Arsène.
De nueva cuenta fue presa del miedo, tanto, que se preguntó si no sería mejor ceder a las exigencias de Lupin.
Corrió a Caudebec. Ganimard pescaba en el mismo lugar, acomodado en una silla plegable. Y, sin decir una palabra, le extendió el telegrama.
–¿Y luego? –dijo el inspector.
–¿Luego? ¡Pero si ya es mañana!
–¿Qué?
–¡El robo! ¡El saqueo de mis colecciones!
Ganimard apoyó la caña, giró hacia el barón y, cruzando los brazos sobre el pecho, exclamó con tono de impaciencia.
–¡Ah, caray! ¿Así que usted cree que voy a ocuparme de una historia tan estúpida?
–¿Cuánto quiere cobrar por pasar en el castillo la noche del 27 al 28 de septiembre?
–Ni un centavo. Déjeme en paz.
–Ponga usted el precio. Soy rico, inmensamente rico.
Lo imperioso de la oferta desconcertó a Ganimard, que respondió más calmado:
–Estoy aquí de permiso y no tengo autorización para mezclarme...
–Nadie lo sabrá. Me comprometo, pase lo que pase, a guardar silencio.
–No va a pasar nada.
–Veamos, entonces, ¿tres mil francos serán suficientes?
El inspector tomó una pizca de rapé, meditó y declaró:
–De acuerdo. Sin embargo, es mi obligación decirle que francamente va a tirar su dinero por la ventana.
–Me da lo mismo.
–En ese caso... Después de todo, ¿qué sabemos de este diablo de Lupin? Quizá tiene toda una pandilla a sus órdenes... ¿Está usted seguro de sus sirvientes?
–Por mi vida que sí...
–Entonces, desinteresémonos de ellos. Voy a telegrafiar para advertir a dos buenos amigos míos para que estemos más seguros. Por ahora, váyase, que no nos vean juntos. Nos vemos mañana a eso de las nueve.
Al día siguiente, la fecha fijada por Arsène Lupin, el barón Cahorn sacó sus armaduras, pulió sus armas y se paseó por los alrededores del castillo. Ningún error lo soprendería.
Y, por la noche, hacia las ocho y media, ordenó a sus sirvientes que se retiraran. Vivían en un ala sobre el lado que daba al camino, pero algo alejada y al final del castillo. Cuando quedó solo, abrió sin hacer ruido las cuatro puertas. Al cabo de un momento, escuchó pasos que se acercaban.
Ganimard presentó a sus dos asistentes, hombres grandes, con cuellos de toro y manos poderosas, y luego pidió algunas aclaraciones. Después de enterarse de la disposición de todo el lugar, cerró cuidadosamente y obstruyó todos los puntos por donde se podría pasar a las salas amenazadas. Inspeccionó las paredes, levantó los tapices y apostó a sus agentes en la galería central.
–Nada de tonterías, ¿entendido? No venimos a dormir. Al menor signo de alarma, abran las puertas del patio y llámenme. Estén atentos también al lado del agua. Diez metros de precipicio no espantan a diablos de su calibre.
Los encerró, tomó las llaves y le dijo al barón:
–Y ahora, a nuestro puesto.
Para pasar la noche, había escogido una pequeña estancia abierta en el grosor de las murallas del recinto, entre las dos puertas principales y que, en otros tiempos, había sido el reducto del vigilante. Sobre el puente se abría una mirilla y otra sobre el patio. En un rincón podía verse algo que semejaba el orificio de un pozo.
–¿Le entendí bien, señor barón, que este pozo es la única entrada a los subterráneos y que está tapado desde que se tiene memoria?
–Sí.
–Entonces, salvo que haya otra entrada desconocida para todos, menos para Lupin, lo cual parece un tanto difícil, estamos tranquilos.
Alineó tres sillas, se extendió para acomodarse, encendió su pipa y suspiró:
–La verdad, señor barón, acepté esta misión tan elemental solo porque tengo mucha necesidad de agregar un piso a la casa en la que voy a terminar mis días. Le contaré la anécdota a mi amigo Lupin, para que se muera de risa.
El barón no rio. Con oído atento, interrogaba al silencio con inquietud creciente. Cada tanto se inclinaba hacia el pozo y lanzaba por el tiro una mirada ansiosa.
Y dieron las once, la medianoche, la una.
De pronto, asió el brazo de Ganimard, que se despertó sobresaltado.
–¿Oye eso?
–Sí.
–¿Qué es?
–Soy yo, que ronco.
–¡Eso no! Escuche...
–¡Ah, ya! Es la bocina de un auto.
–¿Y bueno?
–¿Bueno? No es probable que Lupin vaya a usar un automóvil como ariete para derribar el castillo. Señor barón, yo en su lugar me dormiría, como tendré el honor de hacerlo de nuevo. Buenas noches.
Fue la única alarma. Ganimard pudo recuperar su sueño interrumpido y el barón no escuchó nada más que los ronquidos sonoros y rítmicos.
Al amanecer, salieron de su celda. Una paz inmensa y serena, la paz de la mañana a la orilla del agua fresca, envolvía el castillo. Cahorn se sentía radiante de gusto, Ganimard sosegado como siempre. Subieron por las escaleras. No se oía nada ni se veía nada sospechoso.
–¿Qué le dije, señor barón? En el fondo, no debí haber aceptado, me avergüenza...
Tomó las llaves y entró en la galería.
Sobre dos sillas, encorvados, con los brazos colgantes, los dos agentes dormían.
–¡Por todos los cielos! –gruñó el inspector.
Y, a continuación, el barón soltó un grito:
–¡Los cuadros! ¡La credenza!
Balbuceaba, sofocado, con la mano extendida hacia los lugares vacíos, hacia las paredes desnudas en las que sobresalían los clavos y colgaban las cuerdas inservibles. ¡Desapareció el Watteau! ¡Se llevaron los Rubens! ¡Desmontaron los tapices! ¡Las vitrinas vaciadas de sus joyas!
–¡Y mis candelabros Luis XVI! ¡Y el velador de la Regencia y mi virgen medieval!
Corría de un lugar a otro pasmado, desesperado. Repasaba lo que le habían costado, acumulaba las pérdidas sufridas, sumaba las cifras, todo desordenadamente, con palabras indistinguibles y frases entrecortadas. Temblaba, se sacudía, loco de ira y dolor. Parecía un hombre arruinado al que no le quedaba más que volarse los sesos.
Si algo hubiera podido consolarlo, habría sido ver la estupefacción de Ganimard. Pero, al contrario del barón, el inspector no se movía. Parecía petrificado. Examinaba el lugar con una mirada vaga. ¿Las ventanas? Cerradas. ¿Los cerrojos de las puertas? Intactos. Ninguna fractura en el techo. Ningún orificio en el suelo. Todo en perfecto orden. El robo debió haberse realizado metódicamente, siguiendo un plan inflexible y lógico.
–Lupin... Lupin –murmuraba abatido.
Súbitamente, se lanzó sobre los dos agentes, como si por fin se avivara su enojo, y los sacudió e insultó furiosamente. ¡Pero no reaccionaron!
–¡Me lleva el diablo! ¿Será acaso que...?
Se inclinó sobre ellos y los observó atentamente. Dormían, pero con un sueño que no era natural. Entonces le dijo al barón:
–Los durmieron.
–¿Quién lo hizo?
–¿Quién? ¡Él mismo, caramba! O su banda, dirigida por él. Es un golpe de su estilo. Se ve su firma.
–En ese caso, estoy perdido. No queda nada por hacer.
–Nada.
–Es abominable, monstruoso.
–Presente una denuncia.
–¿Y qué caso tiene?
–¡Por Dios, al menos inténtelo! La justicia tiene sus medios...
–¡¿La justicia?! Pero si usted lo puede ver con sus propios ojos... Fíjese, en este instante, cuando usted podría buscar un indicio, descubrir algo, ¡ni se mueve!
–¡¿Descubrir algo tratándose de Arsène Lupin?! Querido monsieur: él no deja nada suyo detrás. ¡Nada queda al azar con Lupin! Ahora me pregunto si no se hizo detener voluntariamente por nosotros en Estados Unidos.
–Entonces, tengo que renunciar a mis cuadros, ¡a todo! Pero me robó las perlas de mi colección. Daría una fortuna por recuperarlas. Si no se puede hacer nada contra él, ¡que diga entonces cuál es su precio!



