Arsène Lupin. Caballero y ladrón

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Ganimard lo miró fijamente.
–Es muy sensato lo que dice. ¿No se arrepentirá?
–No, no, no. ¿Por qué?
–Tengo una idea.
–¿Cuál?
–La retomaremos si las investigaciones no llevan a... Pero no diga una sola palabra acerca de mí, si es que quiere que todo salga bien.
Y luego agregó para sus adentros:
–Por lo demás, no tengo nada de qué alardear.
Los dos agentes recuperaban poco a poco el sentido, con ese aire lento de los que salen de un sueño hipnótico. Abrieron los ojos sobresaltados, tratando de comprender. Y, cuando Ganimard los interrogó, no recordaban nada.
–Sin embargo, deben haber visto a alguien.
–No.
–¿No se acuerdan?
–No, no.
–¿Por casualidad bebieron algo?
Reflexionaron y uno de ellos contestó:
–Sí, tomé un poco de agua.
–¿Agua de esta garrafa?
–Sí.
–Yo también –declaró el segundo.
Ganimard la olió y la probó. No tenía ningún gusto extraño, ningún olor.
–Vamos –dijo–, estamos perdiendo el tiempo. Los problemas que causa Arsène Lupin no se resuelven en cinco minutos. Pero juro por Dios que voy a capturarlo de nuevo. Ganó la segunda partida. ¡Me ganó!
Ese mismo día, el barón Cahorn interpuso debidamente una denuncia por robo calificado en contra de Arsène Lupin, ¡preso en la Santé!
Más tarde, el barón se arrepintió una y otra vez de la denuncia, conforme veía que se habían apoderado del castillo de Malaquis los gendarmes, el procurador, el juez de instrucción, los periodistas y todos los curiosos que se asomaban donde no tendrían por qué estar.
El caso ya apasionaba a la opinión pública por las condiciones tan peculiares en que había ocurrido. Y el nombre de Arsène Lupin estimulaba a tal punto la imaginación, que las columnas de los periódicos se llenaban de las historias más caprichosas y encontraban credibilidad entre los lectores.
La carta original de Arsène Lupin, que publicó el Écho de France (y que nadie supo nunca quién la filtró), en la que el barón Cahorn fue prevenido desfachatadamente de la amenaza que se cernía, causó una emoción considerable. Y muy pronto se propusieron explicaciones fabulosas. Alguno se acordó de la existencia de los famosos subterráneos, y la fiscalía, influida por ello, encaminó sus investigaciones en ese sentido.
Registraron el castillo de arriba abajo. Investigaron cada una de sus piedras. Estudiaron las molduras de las paredes y las chimeneas, los marcos de las ventanas y las vigas de los techos. A la luz de las antorchas, examinaron las bóvedas inmensas donde los amos del Malaquis apilaron en otro tiempo sus municiones y provisiones. Sondearon las entrañas de las rocas. Todo en vano. No descubrieron el menor vestigio de un subterráneo. No había un pasaje secreto.
–Está bien –se decía por todas partes–, pero los muebles y los cuadros no se desvanecen como fantasmas. Se sacan por puertas y ventanas. ¿Quiénes son esos maleantes? ¿Cómo se introdujeron? ¿Cómo escaparon?
Las autoridades de Rouen, convencidas de su incapacidad, pidieron ayuda a los agentes de París. Monsieur Dudouis, jefe de la Seguridad, envió a los mejores detectives de la brigada de hierro. Él mismo hizo una visita de cuarenta y ocho horas al castillo, de la que no sacó ningún provecho. Entonces mandó llamar al inspector Ganimard, pues muchas veces había tenido la oportunidad de agradecer sus servicios.
Ganimard escuchó en silencio el informe de su superior. Luego, sacudió la cabeza y dijo:
–Creo que insistir en registrar el castillo es seguir una pista falsa. La solución está en otra parte.
–Pero ¿en dónde?
–Con Arsène Lupin.
–¡¿Lupin?! Suponerlo equivale a admitir su intervención.
–Yo la admito. No solo eso, sino que la considero como algo seguro.
–Vamos, Ganimard, es absurdo. Arsène Lupin está en la cárcel.
–Concedo que Arsène Lupin está en la cárcel. Concedo que está vigilado. Pero necesitaría tener grilletes en los pies, ataduras en las manos y una mordaza en la boca para que yo cambiara de opinión.
–¿Y a qué se debe esa obstinación?
–Porque únicamente ese bandido tiene la capacidad de maquinar algo de esta envergadura y echarla a andar de forma tal que le resulte tan bien... como le ha resultado.
–¡Pura habladuría, Ganimard!
–Que constituye la realidad. ¡Vamos! Dejen de buscar un subterráneo, piedras que giran sobre goznes y otras tonterías de ese calibre. Este individuo no emplea procedimientos tan anticuados. Está al día o, para decirlo mejor, está adelantado al día de mañana.
–¿Y qué concluye usted?
–Concluyo que quiero pedirle nada menos que su permiso para estar una hora con él.
–¿En su celda?
–Así es. Durante la travesía de regreso de Estados Unidos trabamos excelentes relaciones y me atrevo a decir que siente alguna simpatía por quien pudo detenerlo. Si puede darme informes sin comprometerse, no dudará en evitarme un viaje inútil.
Poco después del mediodía, Ganimard fue introducido en la celda de Arsène Lupin, el cual, desde la litera donde estaba echado, levantó la cabeza y lanzó un grito de alegría.
–¡Ey, mira! Vaya qué sorpresa. ¡Mi querido Ganimard aquí!
–El mismo.
–Hay muchas cosas que quisiera tener en este retiro que escogí, pero ninguna con tantas ganas como volverte a ver.
–Qué amable
–¡Para nada! Siento por ti un gran afecto.
–Y me siento orgulloso de ello.
–Siempre he dicho que Ganimard es nuestro mejor detective. Es casi, y lo digo con toda franqueza, como Sherlock Holmes. Pero, de verdad, no sabes cómo me apena no tener más que este banquillo para ofrecerte. ¡Y nada que tomar! ¡Ni siquiera un vaso de cerveza! Discúlpame, pero solo estoy de paso.
Ganimard se sentó sonriendo. Y el prisionero continuó, feliz de poder hablar:
–¡Dios mío! Qué alegría poner mis ojos en el semblante de un hombre honesto. Estoy harto de todos esos espías y soplones que diez veces al día pasan revista a mis bolsillos y a mi humilde celda para asegurarse de que no preparo un escape. ¡Caray, cómo se preocupa el gobierno por mí!
–Y con razón.
–¡Claro que no! Sería feliz si me dejaran vivir en mi pequeño rincón.
–Con las rentas de los demás.
–¿Verdad? ¡Qué fácil sería todo así! Pero estoy hablando mucho, no digo más que tonterías y seguramente tú tienes prisa. Vamos al grano, Ganimard, ¿a qué debo el honor de tu visita?
–Al caso Cahorn –dijo Ganimard sin rodeos.
–¡Espera! Dame un segundo... tengo tantos asuntos pendientes. Déjame primero traer a mi memoria el expediente del caso Cahorn... ¡Oh, sí! Listo. Caso Cahorn, castillo de Malaquis, Sena inferior... dos Rubens, un Watteau y algunos objetos menudos.
–¿Menudos?
–¡Oh, desde luego! Todo es de un valor mediocre. Hay cosas mejores. Pero es suficiente como para que el caso interese... Habla, pues, Ganimard.
–¿Necesito explicarte en qué punto estamos de las investigaciones?
–No hace falta, ya leí los periódicos de la mañana. Por lo demás, me tomaré la libertad de decirte que no avanzan con suficiente rapidez.
–Justo por eso apelo a tu gentileza.
–Estoy completamente a tus órdenes.
–Lo primero que quiero saber es si este caso es obra tuya.
–De cabo a rabo.
–¿Y la carta de amenaza? ¿Y el telegrama?
–Son de tu servidor. Incluso debo tener los recibos del envío por aquí en alguna parte.
Arsène abrió el cajón de una pequeña mesa de madera blanca que constituía, con la cama y el banquillo, todo el mobiliario de la celda, y sacó dos trozos de papel que tendió a Ganimard.
–¡Ah, caray! –exclamó este último–. Yo creía que no te quitaban la vista de encima y que te registraban por todo. Y resulta que lees los periódicos y coleccionas recibos.
–¡Bah! ¡Estas personas son tan tontas! Descosen el dobladillo de mi saco, examinan las suelas de mis zapatos, investigan las paredes de esta celda, pero a ninguno se le ocurre que Arsène Lupin pudiera tener un escondrijo tan inocente. Claro que contaba con eso.
Ganimard, divertido, exclamó:
–¡Vaya contigo! Me desconciertas. Vamos, cuéntame la aventura.
–¡Oh, no! ¿Qué te pasa? Quieres que te inicie en todos mis secretos, que te revele mis pequeños trucos. Eso es grave.
–¿Me equivoqué al contar con tu amabilidad entonces?
–No, Ganimard, pero ya que insistes...
Arsène Lupin recorrió dos o tres veces el lugar y entonces se detuvo:
–¿Qué opinas de mi carta al barón?
–Me parece que querías divertirte y, como siempre, escandalizar al público.
–¿Escandalizar al público? La verdad, Ganimard, te creía más informado. ¿Acaso yo, Arsène Lupin, pierdo el tiempo en esas niñerías? ¿Para qué escribiría esa carta si podía desvalijar al barón sin avisarle? Entiendan, tú y los demás, que la carta es el inicio indispensable, el recurso que puso en marcha toda la maquinaria. Mira, vamos en orden, y repasemos juntos si quieres el robo del Malaquis.
–Te escucho.
–Bueno. Tomemos un castillo perfectamente cerrado, atrancado, como el del barón Cahorn. ¿Voy a abandonar la partida y a renunciar a los tesoros que codicio solo porque el castillo que los resguarda es inaccesible?
–Evidentemente que no.
–¿Voy a tratar de asaltarlo, como en otros tiempos, a la cabeza de una banda de aventureros?
–Sería infantil.
–¿Voy a colarme con disimulo?
–Imposible.
–En mi opinión, el único medio que queda es hacerme invitar por el dueño de dicho castillo.
–Es un recurso original.
–¡Y muy fácil! Supongamos que un día, dicho propietario recibe una carta en la que se le advierte de lo que trama en su contra un conocido ladrón. ¿Qué va a hacer?
–Le enviará la carta al procurador.
–Que se burlará de él, porque el sujeto Lupin está tras las rejas. Por lo tanto, el buen hombre pierde la brújula y está listo para pedir ayuda al primero que se le aparezca. ¿No es así?
–Sin ninguna duda.
–Y si por casualidad llega a leer en un periodicucho que un famoso policía está de vacaciones en una localidad vecina...
–Se dirigirá a ese policía.
–Tú lo has dicho. Pero, por otro lado, admitamos que anticipando esta gestión inevitable, Arsène Lupin le rogó a uno de sus amigos más capaces que se instalara en Caudebec, que entrara en tratos con un redactor de Le Réveil, el diario al que está suscrito el barón y que le revelara que él es el famoso policía. ¿Qué sucedería entonces?
–El redactor publicará en Le Réveil la noticia de la visita de dicho policía.
–¡Perfecto! Y una de dos: o el pez (me refiero a Cahorn) no pica y no pasa nada, o bien, y esta es la hipótesis más verosímil, corre excitado tras el anzuelo. Y he aquí a mi buen Cahorn suplicándole a uno de mis amigos que lo ayude en mi contra.
–A cada momento es más original.
–Por supuesto, el falso policía niega al principio su ayuda. En ese punto llega el telegrama de Arsène Lupin. El barón se asusta y suplica de nuevo a mi amigo y le ofrece un pago por vigilar su seguridad. Mi amigo acepta y lleva a dos compinches de nuestra banda. Y así, durante la noche, mientras Cahorn es vigilado por su protector, pasan por la ventana cierto número de objetos y los deslizan por medio de cuerdas en una pequeña embarcación rentada a propósito. Tan sencillo como Lupin.
–¡Simplemente maravilloso! –exclamó Ganimard–. No exagero si elogio la audacia de la idea y el ingenio de los detalles. Pero no me imagino a un policía tan famoso como para que su nombre haya podido atraer y sugestionar al barón hasta ese grado.
–Claro que hay uno y solo uno.
–¿Quién?
–El más célebre, el enemigo personal de Arsène Lupin, el inspector Ganimard.
–¡Yo mismo!
–Tú mismo, Ganimard. Y fíjate en este detalle genial: si te presentas y el barón se decide a confesar, descubrirás que tu deber es detenerte, así como me detuviste en Estados Unidos. ¿Qué tal? Es una revancha de comedia: hago que Ganimard detenga a Ganimard.
Arsène Lupin se rio de buena gana. El inspector, ofendido, se mordía los labios. No le parecía que la broma ameritara esa explosión de alegría.
La llegada de un guardia le concedió un respiro para recuperarse. Traía la comida que Arsène Lupin, por un favor especial, mandaba pedir a un restaurante cercano. Puso el plato sobre la mesa y se retiró. Arsène se acomodó, partió el pan y dio dos o tres mordidas.
–Pero no te inquietes, querido Ganimard, no irás a la cárcel. Te voy a revelar algo que te sorprenderá: el caso Cahorn está a punto de cerrarse.
–¿Cómo?
–Lo que te digo: están a punto de dar carpetazo.
–¡No te creo! Vengo de estar con el jefe de la Seguridad.
–¿Y qué? ¿Acaso monsieur Dudouis sabe más que yo de mis asuntos? Sabrás que Ganimard, perdón, el seudo Ganimard quedó en muy buenos términos con el barón. Y este es el motivo fundamental de que no haya confesado nada, porque le encargó la delicada misión de negociar un trato conmigo. Para este momento, es probable que a cambio de cierta suma el barón haya recuperado la posesión de sus amadas pertenencias. Y al tenerlas de nuevo, va a retirar su denuncia. Ya no hay robo. Lo que sigue es que las autoridades se retiren...
Ganimard examinó al preso con gesto de estupefacción.
–¿Y cómo sabes todo eso?
–Acabo de recibir el telegrama que esperaba.
–¿Acabas de recibir un telegrama?
–En este instante, amigo mío. Por cortesía, no quise leerlo en tu presencia, pero si me lo autorizas...
–¡Te burlas de mí, Lupin!
–Hazme el favor de romper con cuidado el cascarón de este huevo. Así constatarás tú mismo que no me burlo.
Maquinalmente, Ganimard obedeció, rompió el huevo con la hoja de un cuchillo y enseguida dejó escapar una exclamación de sorpresa. Era el puro cascarón y contenía un papel azul, que el inspector desdobló a petición de Arsène. Era un telegrama o, más bien, un trozo de telegrama al que habían arrancado las señas postales. Leyó:
Acuerdo concluido. Cien mil balas diparadas. Todo en orden.
–¿Cien mil balas? –dijo él.
–Sí, ¡cien mil francos! Es poco, pero finalmente vivimos tiempos difíciles... ¡y tengo tantos gastos fuertes! Si conocieras mi presupuesto... ¡qué caro es vivir en una ciudad grande!
Ganimard se puso de pie. Se había disipado su mal humor. Reflexionó unos segundos y ponderó someramente todo el asunto, tratando de encontrar algún punto débil. A continuación, con un tono que dejaba traslucir a las claras su admiración de experto, dijo:
–Afortunadamente no hay muchos como tú. De otro modo, tendríamos que bajar la cortina.
Arsène Lupin adoptó un aire de modestia y respondió:
–¡Bah! Es necesario ocuparse en algo, cultivar las aficiones personales... además de que no hubiera podido dar el golpe sin estar en la cárcel.
–¿Cómo? –exclamó Ganimard–. Tu proceso, tu defensa, la acusación y todo eso, ¿no bastan para tenerte entretenido?
–No, porque tomé la decisión de no presentarme a mi proceso.
–¿Ah, no?
Arsène repitió pausadamente:
–No me presentaré a mi proceso.
–¿De verdad?
–Mi querido amigo, ¿te crees que voy a pudrirme en esta pocilga? No me insultes. Arsène Lupin se queda en la cárcel solo el tiempo que quiere, ni un minuto más.
–Habría sido más prudente empezar por no terminar en prisión –objetó el inspector con un tono irónico.
–¡Ah, monsieur! ¿Se está burlando? ¿Olvidas que tuviste el honor de detenerme? Sepa, usted, respetado amigo, que nadie, ni siquiera tú, hubiera podido echarme el guante encima si un interés considerablemente mayor no se me hubiese impuesto en ese momento crítico.
–Me asombras.
–Una mujer me observaba, Ganimard, y yo la amaba. ¿Entiendes lo que significa ser observado por la mujer que amas? Nada me importaba más, te lo juro. Y por eso estoy aquí.
–Desde hace ya mucho tiempo, permíteme decirlo.
–Primero quería olvidar. No te rías. Había sido una aventura encantadora y todavía guardo el recuerdo enternecido de ella. Además, soy un poco neurasténico. ¡La vida de hoy es tan agitada! Hay ocasiones en que uno tiene que saber retirarse a eso que llaman una cura de aislamiento. Este lugar es magnífico para ese fin. Se aplica la cura de la Santé con todo rigor.
–Arsène Lupin –señaló Ganimard–, ¿me quieres tomar el pelo?
–Ganimard –afirmó Lupin–, hoy es viernes. El próximo miércoles iré a fumar contigo a la calle de Pergolèse a las cuatro de la tarde.
–Allá te espero.
Se dieron un apretón de manos como dos buenos amigos que se aprecian por lo que valen. Y el viejo policía se encaminó hacia la puerta.
–¡Ganimard!
El hombre dio media vuelta.
–¿Qué pasa?
–Se te olvida el reloj.
–¿Mi reloj?
–Sí, se cayó en mi bolsillo.
Y se lo devolvió diciendo:
–Perdóname... es una mala costumbre... pero no es porque me quitaran el mío que tomé el tuyo. De todos modos, tengo un cronómetro que no me parece mal y que sirve perfectamente para lo que necesito.
Sacó del cajón un enorme reloj de oro, grueso y cómodo, adornado por una pesada cadena.
–¿Y eso de qué bolsillo procede? –preguntó Ganimard.
Arsène Lupin examinó con indiferencia las iniciales.
–J. B... ¿Quién diablos puede ser? ¡Ah, sí! Ya me acuerdo. Es Jules Bouvier, mi juez de instrucción… un hombre encantador...
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