Conflicto armado y organización campesina

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Otra de las huellas profundas dejadas por el territorio en la memoria de los colonos está vinculada con las enfermedades tropicales. La salud y la enfermedad estuvieron estrechamente relacionadas con las incursiones en nuevas áreas de colonización, pues aumentaban los accidentes y riesgos de contraer enfermedades. Las endemias, como paludismo, fiebre amarilla y hepatitis, se sumaban a las mordeduras de serpientes como la patoquilla o patoco, la coral negra, blanca, amarilla, la veinticuatro, la boga, la mapaná o mata gota, el verrugo y la talla xx. Para hacerle frente a estos problemas de salubridad, los colonos manejaban una amplia variedad de especies nativas de flora y fauna para contrarrestar los efectos mortales de las afectaciones que experimentaban. De estas plantas se destacan las siguientes: guaco, escubilla, mataandrea, caña, limón criollo, valdivia, raíz de limón, la fruta del cedro, la cascara de quina, el caldo de mico, la hiel de guagua, doncella y dorada.
Si bien es cierto que el territorio del que venimos hablando posee una gran riqueza humana y de recursos naturales, no es menos cierto que los procesos económicos capitalistas, sus ciclos y enclaves han estado estrechamente relacionados con la deforestación de los bosques, ocupación de humedales y ciénagas, contaminación de las aguas, desarrollo de sistemas agrícolas intensivos y pérdida de la biodiversidad. Sin embargo, el territorio campesino del valle del río Cimitarra está definido no solamente por las zonas descubiertas en el largo proceso de colonización, sino también con las zonas que no han sido colonizadas ni ocupadas13.
Esta doble condición es una de las particularidades que distinguen el valle del río Cimitarra y que desde las memorias de los campesinos se hace evidente su dimensión geográfica, biodiversidad, prácticas de uso de la tierra y riquezas naturales:
Para mí, el valle del río Cimitarra significa un territorio amplio, lógico, de vida, de vida para muchos años, o sea muchos años, y de vida porque es que el valle del río Cimitarra tiene muchos elementos de vida, como el agua, o sea las partes hídricas, todavía tenemos riquezas naturales como las mismas montañas, ¿cierto? En este caso bosques, porque es que a veces uno habla de montañas y entonces algunos entienden que es una cordillera altísima por allá con rocas y eso. No, hablamos de bosques, de quebradas, y esto significa un centro, un territorio para vivir en un futuro no lejano, porque ya estamos trabajando sobre ello, que el pueblo y las comunidades vivamos una vida digna (León, D. Entrevista 19 con líder de la ACVC. 24 de febrero, 2018).
En conclusión, las tierras baldías en el valle del río Cimitarra fueron refugio y alternativa para muchos campesinos que migraron de antiguas zonas de poblamiento, a mediados del siglo xx, y se fue intensificando hasta comienzos de los años ochenta. Esto se tradujo en la formación de diferentes focos de colonización campesina, donde se reunieron conocidos y desconocidos, para «tumbar monte» y volver cultivables las tierras; inicialmente sobrevivieron con los recursos naturales de la región (pescado) y sembrando plátano y yuca, para después ir recreando los conocimientos agrícolas y la herencia cultural de sus lugares de origen y poco a poco crear una economía campesina que contribuyó al desarrollo de la región. Así, boyacenses, tolimenses, santandereanos, antioqueños, chocoanos y caribeños, entre otras colonias, llegaron para quedarse y, aun en medio de condiciones extremamente difíciles, aferrarse a una tierra con un gran potencial de producción, rica en madera, agua y pescado, con la cual se identifican y defienden.
La recolonización: perdimos y aprendimos
Aunque el proceso de colonización no se dio al mismo tiempo y en los mismos espacios geográficos, los agricultores recuerdan que la migración y desplazamiento en toda la región fueron en gran medida por motivos políticos y económicos. Una buena parte de los colonos llegó en búsqueda de tierra y mejores condiciones de vida, o bien escapando de la expansión del latifundio, los proyectos de infraestructura y la violencia, aspecto que ha marcado la vida de los colonos. Hombres y mujeres llegaron con fuerza de trabajo para «tumbar montaña» y sembrar, pero sin perder los vínculos culturales con sus lugares de procedencia y labores, lo que, unido a la rápida adaptación a los nuevos lugares, les permitió apropiarse del paisaje y construir poco a poco una identidad con el territorio, en medio de las adversidades y el conflicto.
La expansión de los ganaderos desde la década de los setenta explica la llegada de colonos desde Puerto Berrío (Antioquía) y La Dorada (Caldas). Por un lado, un número reducido de propietarios con capital controlaban la compra y venta de ganado; por otro, se comenzó a valorizar y ampliar las tierras con pasto. Finalmente, estos ganaderos organizaron a hombres armados que tenían a su cargo la seguridad privada de los hacendados y terratenientes; y así se fueron ampliando los linderos sobre tierras habitadas por familias de colonos que vivían de cultivar maíz, arroz, ajonjolí, plátano, cacao y de la cría de cerdos. Estos primeros grupos armados, según los testimonios, fueron creados para proteger la propiedad privada y los intereses de los ganaderos:
Se juntaban cuatro o cinco grandes ganaderos terratenientes; entonces ellos pagaban, un ejemplo, cinco por cada hacienda: cinco haciendas igual a veinticinco personas que eran contratados única y exclusivamente para revisar los linderos, es decir, las colindancias con las demás regiones, buen caballo, con pistolas, o escopetas de cinco tiros, las famosas «changones» [...] y un radio, un radio pequeño de comunicación con la hacienda [...] entonces tenía dos funciones: una que era permanecer vigilante a la cantidad de animales que se tenía o la cantidad de bienes que tenía la hacienda, estar siempre pendiente de lo que llamamos los linderos con las demás personas que ya no eran hacendados, mantener vigilancia, porque hay que recordar que en ese entonces la mayoría de dueños de las haciendas vivían en las haciendas (Páez, 2015, p. 272).
Los terratenientes en Puerto Berrío actuaron de manera violenta contra los campesinos desde finales de la década de los setenta. Los intereses de ampliar el territorio, de aumentar el número de cabezas de ganado, el acceder a tierras ya descubiertas, llevaron a un ambiente de inseguridad colectiva, lo que provocó incertidumbre, desconfianza y amenazas contra los colonos que ya se habían alejado de Puerto Berrío. Este fenómeno ocasionó una ruptura del tejido social y cultural que se había construido durante más de treinta años, expulsando a la gente en dirección hacia el río Ité, Tamar y San Bartolomé, abajo hasta el Cimitarra y el Magdalena, para ubicarse en sitios como Puerto Nuevo Ité, Jabonal, entre otros.
Para los colonos, la recolonización fue la «semilla» que creció con los acumulados de experiencias anteriores y generó elementos políticos, económicos y sociales que se integraron en la construcción de un nuevo territorio. Antes de ser desplazados, los colonos que vivían por los lados de Ciénega Barbacoas, límites entre Yondó y Puerto Berrío, recuerdan que el proceso de colonización que estaban viviendo en ese lugar fue acorde con las necesidades del campesino, es decir, debido al fácil acceso a recursos naturales: buena tierra, caza y pesca. Fue una colonización que se guiaba por el «ánimo de tener un patrimonio en el ámbito del núcleo familiar, con una solidaridad normal y la hospitalidad del campesino», pero con la particularidad de no contar con la suficientemente organización para resistir. Como recuerda uno de los campesinos, a modo de aprendizaje: «Creo que esa parte de no haber concebido un contexto económico y político de la defensa del territorio nos jodió y nos puso a reflexionar [...] perdimos y aprendimos» (León, D. Entrevista 4 con líder de la ACVC. 5 de septiembre, 2017).
A comienzos de la década de los ochenta, los terratenientes «amparados» en el apoyo del batallón Calibío de Puerto Berrío entraron en esa zona «masacrando y aplicando la política de tierra arrasada». Unos se quedaron, otros se desplazaron para la ciudad y otros continuaron hacia el río Cimitarra, un territorio que no conocían, dejando atrás tierras, animales, cultivos y una historia para muchos de más de 15 años:
… entonces llegar al río Ité sobre la altura de un punto que llama la Troja y ahí nos quedamos. Nos quedamos, digo: decidimos descansar. No conocíamos tampoco muy bien el terreno. Decidimos descansar sobre ese río, que había mucho pescado y se encontraba tal vez por esas épocas antes que decían que antes de la violencia había habido unas explotaciones de caoba y que habían quedado algunos espacios de campamento de aserradores. Recuerdo que en esas primeras partes de salidas había unos rastrojos grandes que no eran montañas, que se veía que habían sido talados, pero había, por ejemplo, popochos, había plátano, que le llamamos manzano, y entonces había forma de tener de ahí y ajustar con pescado y comer. Eso ya era un alivio inmenso, porque sobre ese río, tal vez porque era río, ya una ribera, porque tal vez habían bajado mucha madera, en eso antes de la violencia, por el río como una vía y madera embalsada, y tal vez entonces habían dejado esos espacios. Ya luego nos dimos cuenta que más abajo había gente colonizada y entonces empezamos ahí con los pocos colonos. Creo que eran tres no más que vivían muy solos, que subían desde Barranca y entraban por el río Cimitarra; pero no había mucha tronquera, el transporte era a palo, a pura canoa de remo y palo, y duraban tres días para subir las cosas desde donde lograban mercar y nos echaban todos esos cuentos; entonces decidimos recolonizarnos ahí, y ese es como el nuevo momento que parte la historia hoy (Páez, 2016, p. 219).
Adicionalmente, otros focos de colonización se formaron por la entrada de gente río arriba. Un caso en este proceso está representado por la vereda Concepción o la Concha, que a comienzos de los años de 1980 mantuvo una junta de acción comunal con familias que venían del sur de Bolívar, San Pablo, Simití, Caldas y algunas familias del Chocó. Desde Barrancabermeja salían canoas hasta La Rompida, por donde se podía entrar al río Cimitarra, y de ahí, a un día de camino, se llegaba a los sitios conocidos como Bagre y la Concha. Se trabajó en tierras productivas «tumbando» montaña, sembrando maíz y arroz en medio de abundante pesca y cacería. Era, como decía una de las colonas, «un paisaje hermosísimo, eso había especies de todo, tanto de aves como de animales, abundaba la danta, el venado, toda una suficiencia de alimentos, por eso la gente fue acabando con las mismas especies porque con eso se sostenían» (León, D. Entrevista 35 con lideresa de la ACVC. 23 de abril, 2018).
De esta forma, a orillas del río se fueron dando nombres a lo recién descubierto. Muchos colonos atraídos por la biodiversidad bautizaron las veredas con nombres de especies nativas como El Bagre, Coroncoro, La Raya, Nutrias, La Poza, San Miguel del Tigre, Los Mangos, Cagüí, Guamo y Bijao. Otros reivindicaban un sentimiento religioso que se ligaba indudablemente a fiestas o santos patronos propios del imaginario rural: San Francisco, Concepción, Santa Clara, San Luis Gonzaga, San Lorenzo y Santo Domingo. Tras los nombres de las veredas también aparecen, en parte, las historias de personas y procesos surgidos en el territorio, referentes en la memoria que ayudan a contar los aciertos, esperanzas, apuestas políticas y dificultades vividas por las familias en busca de mejores condiciones y participación: Puerto Nuevo Ité, Puerto Matilde, La Cooperativa, La Y de los Abuelos, No te Pases, Jabonal, Lejanías, La Congoja y Vietnam. Estos nombres retienen y congelan múltiples aventuras, sensaciones y experiencias.
El empuje de la colonización (con ritmos diferenciados en términos de poblamiento y configuración territorial) permitió que los esfuerzos de los colonos encontraran intereses y desafíos comunes ante las contradicciones que se venían presentando. A diferencia de las experiencias anteriores, esta forma de combinar la «solidaridad» tenía un «criterio», es decir, un objetivo común que trascendía el bienestar de la familia y el patrimonio y se dirigía hacia la lucha por el territorio. Los comienzos de la década de 1980 marcan una nueva fase en ese sentido, en el ámbito local se fortalecieron los comités de tierra, las juntas de acción comunal y una cooperativa desde donde se definían acuerdos y se hacían esfuerzos para la «distribución cualitativa de la tierra», la comercialización y el suministro de alimentos. Se compartieron alimentos, semillas, herramientas y la cría de animales domésticos, así como el trabajo para levantar los primeros ranchos de madera y palma. En palabras de los colonos, «todo eso era casi que un compromiso de los colonos, que ya existíamos con el colono que llegaba, y el que llegaba y ya al año tenía esa garantía, entonces se comprometían también [...] esa solidaridad surgió en la recolonización, por la necesidad de la distancia, la soledad, la falta de los productos, la falta del dinero para comprar los productos». Gilberto de Jesús Guerra, líder fundador de la ACVC, insiste en la forma como se dio este poblamiento:
El primer año usted recibía de los campesinos que ya estaban en la frontera que iba la colonización yuca, plátano, pie de cría en aves, en cerdos no vieron esas condiciones siempre, y luego, semillas de ese mismo producto para que usted sembrara donde estaba. La solidaridad que se merecía el compañero que llegaba, el espíritu de la solidaridad, es uno de los tantos temas del criterio, y al año, en la asamblea siguiente usted ya con un año de convivir con esta colonización tenía derechos a decidir si se quedaba o se iba. Si en ese año decidía que me quedo estaba totalmente comprometido con el criterio, y ya el criterio tenía el decir que un objetivo en común para la región era que yo no solo iba a trabajar por el bienestar de mi familia y mi patrimonio, sino iba a comprometerme con la lucha por el territorio y la defensa del mismo. Ese es el criterio, independiente de [...] la forma de pensar de la persona, ahí no tenía que ver, yo podía venir a desplazado, podía haber sido liberal, conservador, bueno, casos sucedieron (León, D. Entrevista 20 con líder de la ACVC. 25 de febrero, 2017).
Desde aquí hacia afuera y empezamos: cooperativa, comités de tierra y juntas de acción comunal
Después de 1982, las relaciones de cercanía entre los colonos se fueron asumiendo como un «criterio» fundamental para fomentar un proceso colonizador dirigido a fortalecer el territorio, siempre con un compromiso de amor por la tierra; por lo tanto, los líderes buscaban estrategias adecuadas para que los recién llegados permaneciesen en los lugares colonizados: cultivar la tierra. Muchos de los que habían llegado a la zona habían pasado por el ciclo «migración-colonización-conflicto-migración» (Fajardo, 2015, p. 7), dejando atrás tierras, familia, amigos, trabajo y proyectos, para tener que hacerlo una vez más, al poco tiempo de haberse establecido en otro lugar. Ante esta experiencia, se dieron nuevas relaciones, actividades y un proceso organizativo que buscó transformar la realidad y construir un orden deseado. La capacidad de los campesinos residió en mantenerse con lo básico —es decir, colonizar y «producir para el consumo familiar y el de sus animales domésticos»—, pero, además, crear una expectativa colectiva frente a la colonización.
Así en 1985, entre las capacidades y las habilidades de los colonos fue tomando fuerza la idea de convertir Puerto Nuevo Ité no solo como foco de entrada y salida de colonos, sino también en la sede de una cooperativa:
… ya estamos en esta región Puerto Nuevo Ité, la cooperativa, concretamente ahí: todo baldío; pero sobre el río ya teníamos asentamiento, empezaron entonces una serie de ideas que empezaron a concertarse ya por medio del Partido, y ya empieza a plantearse desde la orientación del Partido Comunista una realidad, que quizás es la que no logramos concretar antes, y se crea entonces la posibilidad de empezar a crear una economía propia y así surge entonces la Cooperativa de Pequeños y Medianos Agricultores, Coopemantioquia [...]. Esa iniciativa que trabajaron los que estaban aquí porque cuando llegamos al río los que venimos de Berrío, ya hay algunos que están ahí sin mucha organización, entre otras muy pocos [...] nosotros veníamos desplazados en esos dos años. La gente está aquí tratando de reagruparse, tienen miedo por lo que nos está pasando y no les está pasando a ellos todavía, todavía en ese momento no, se sentían igual como nosotros estábamos allá, tranquilos, solo trabajando; pero cuando escuchan todo lo que se escucha y lo que se conoce, las masacres y todo, llegamos nosotros a contarles y a decirles lo que venimos viviendo y dicen: ¡no joda! Entonces empezamos a organizarnos con ese fin, entonces todo mundo circuló, mejor dicho, se comprometió y empezó a circular alrededor de la economía: la cooperativa (León, D. Entrevista 20 con líder de la ACVC. 25 de febrero, 2017).
Puerto Nuevo Ité y la cooperativa se convirtieron en un referente político, económico y organizativo. En torno a la cooperativa se fortaleció un grupo importante de líderes, algunos militantes del Partido Comunista y otros que venían desplazados de zonas liberales o conservadoras, quienes en asambleas de socios de base fueron construyendo los propósitos de las zonas de colonización. Como parte de esta estrategia organizativa, la cooperativa económicamente buscó atender el problema de los intermediarios, la comercialización de madera, oro y el suministro de alimentos, medicinas e insumos.
Los comités de tierra en algunos casos surgieron antes de las juntas de acción comunal. Su importancia, según los propios colonos, fue facilitar la creación de acuerdos comunitarios sobre «alinderamiento» de las tierras colonizadas, tamaño de los terrenos para las familias; reglas para el aprovechamiento de los recursos naturales y ubicación de tierras baldías disponibles. Los comités jugaron un papel fundamental en la distribución de tierras para los colonos en las zonas rurales de los municipios de Yondó, Remedios, Cantagallo, la parte media del nordeste de Antioquia y en menor proporción en San Pablo, entre 1988 y 1993.
En cuanto a las juntas de acción comunal, su historia desde los años sesenta está presente en la memoria de los colonos. Su doble carácter de asociación comunitaria e institucional facilitó la reconstitución de las comunidades y la posibilidad de una relación más directa entre las demandas específicas del territorio y las administraciones públicas (Londoño, 1997). Fue a través de sus líderes que se crearon redes de vínculos sociales y políticos con los que se canalizaban ayudas y se negociaba para trabajar en las veredas. Las juntas son consideradas como una «herramienta», un derecho y «una representación legal» para gestionar proyectos y «recursos para el beneficio social de las comunidades». En la práctica las juntas de acción comunal, ante las condiciones en el territorio y la ausencia del estado, potencializaron colectivamente una serie de tareas y acuerdos, es decir:
Primero que todo el abandono estatal: aquí había, y hay que decirlo, todavía hasta hace poco seguía habiendo presencia del Estado; pero en lo que tenía que ver en la parte bélica de conflicto y de guerra. Entonces [en] esta región, cuando nosotros llegamos, no había profesores, no había escuelas, no había carreteras, no había puestos de salud, no había nada. Desde las juntas de acciones comunales pagábamos los profesores, desde las juntas de acciones comunales montábamos un botiquín, desde las juntas de acciones comunales construíamos una escuelita para que los niños estudiaran y en ese orden y desde las juntas de acciones comunales le hacíamos mantenimiento a los caminos para transitar la gente y caminos de herradura y el mantenimiento al río como medio de transporte, que era la único que teníamos (Pedraza, A. Entrevista 26 con líder de la ACVC. 25 de febrero, 2018).
Desde estos espacios surgieron los socios que dieron vida a la Cooperativa en 1985. Además de la junta de Puerto Nuevo Ité se sumaron las de las veredas de Ojos Claros, Dos Quebradas, Campo Bijao, Caño Tigre, Camelias y La Congoja, entre otras. Su participación se tradujo en un aumento de socios y la creación de tres nuevas sedes en el sitio de La Congoja (1989), en el casco urbano de Remedios y Yondó. Productos como maíz, arroz, cerdos, oro y madera eran comercializados en los mercados de Medellín y Barrancabermeja, y con ello se accedió a productos como la panela, aceite, jabón, alambre, herramientas e inyecciones antitetánicas.
Sin embargo, después de 1989 hasta 1996 la cooperativa fue objeto de cinco ataques por parte del ejército y de los grupos paramilitares (ver capítulo 2). Situaciones que afectaron a las comunidades, pero no destruyeron los desafíos que se venían planteando desde sus asambleas; entre ellos, la defensa del territorio y su economía, una organización más amplia que «empezara a hacer la lucha legal», continuar con la colonización y su delimitación. Es decir, la colonización con un propósito.
… nosotros duramos organizaditos con la Cooperativa en el 85, 86, 87, 88. Ya en el 89 lo que viene es la aplanadora contra cooperativa y no solo la madre sede, sino también sucursal: Congoja, que ya era una cooperativa que abastecía hasta esa zona de Berrío [...] los mismos ricos compraban ahí y entonces impactan a todo el mundo y la gente empieza a tomar como bandera de lucha de mantener su economía. Entonces se convierte en una cosa más estructurada, una bandera colectiva de lucha conjunta por mantener una economía a cuestas de lo que se diera de lo que costara, si era la misma vida; pero era su economía y la defensa del territorio. Entonces empiezan las masacres ya en esa década, ya entrada la década de los noventa y efectivamente en esos comienzos de los noventa, que fueron tan duros, fue ya en estas regiones que empieza una serie de masacres, una serie de arremetidas de controles de militares con presencia paramilitar (León, D. Entrevista 20 con líder de la ACVC. 25 de febrero, 2017).
En 1999, la ACVC comienza a reconstruir la Cooperativa de Puerto Nuevo Ité. Ese mismo año empieza a funcionar en junio una sucursal en Puerto Machete o Cuatro Bocas. Desd e estas dos sedes se continuó con el suministro de productos de primera necesidad para los pobladores y la compra de madera.
En la memoria de los campesinos la Cooperativa fue más allá de su dimensión económica. Pese a los ataques y violaciones para impedir su funcionamiento, el peso de sus asambleas, las decisiones que se tomaron y las discusiones que se dieron siguen estando vigentes en la organización. Este ha sido el caso de la experiencia reciente en torno a la defensa de la «línea o franja amarilla», que ante la expansión de economías extractivas centradas en la explotación maderera y la delimitación de la frontera agrícola, desde la cooperativa y las juntas de acción comunal la utilizaron para crear acuerdos y normas para la conservación y la protección ambiental: vedas de pesca, regulación de la caza y protección de hábitats de especies amenazadas, como las tortugas, el manatí y el jaguar; así lo recalcó uno de los campesinos:
Cuando nos queman la Cooperativa por primera vez, ya no asaltada sino incendiada, queman parte de la cooperativa y queman parte del caserío. Entonces ya empezamos a definir qué hacer, si podíamos vivir ahí o no, o si íbamos a tener recursos reservados. Pero también teníamos en cuenta que si la colonización iba a seguir hacia esa región después qué zona de reserva íbamos a tener. En ese entonces, la zona baldía la pisábamos, pero la utilizábamos era para eso, no para explotarla sino para refugiarnos. Como nos íbamos a quedar sin recursos dijimos: «no, no vamos a colonizar más, vamos a crear la línea amarilla». Entonces se propuso lo de la línea y se empezó a definir con las JAC el límite con la zona baldía (León, D. Entrevista 20 con líder de la ACVC. 25 de febrero, 2017).
Son varias cosas en ese mismo nudo: campesinos, Partido Comunista y Unión Patriótica
En 1984 se firmaron los Acuerdos de La Uribe (Meta) entre los comisionados por el Gobierno de Belisario Betancur y los voceros de la guerrilla de las FARC-EP. A raíz de estos pactos, nació el movimiento político de la Unión Patriótica (1985), como un medio para canalizar las diversas manifestaciones de protesta civil y popular y, asimismo, como un mecanismo político conducente a una eventual asimilación de las FARC-EP a la vida civil. Este proceso, que vinculó en sus inicios no solo a cuadros y dirigentes nacionales de la guerrilla, también logró atraer a diversas organizaciones sociales y sectores democráticos, donde tuvieron una participación destacada muchos dirigentes y líderes campesinos en el ámbito nacional.



