El día que murió Kapuscinski

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Tras los primeros cañonazos desde el lado croata, Mayo recordó el Golf rojo y se lanzó a esconder su coche en los soportales de la avenida principal. Algunos de los edificios estaban en alto, sostenidos por columnas que dejaban un espacio que en tiempos de paz servía de zona de juegos infantiles. El vehículo era su salvoconducto de salida.
Bris consumió sus carretes en cuarenta y ocho horas pese a esforzarse en no malgastar fotos, un problema que desaparecería tras la irrupción de las cámaras digitales. Mayo pudo dictar dos crónicas escritas a mano desde el teléfono de Esad Humo, jefe de las unidades de élite del Ejército bosniaco. Era temido por sus enemigos y amado por sus tropas.
Bris carecía de medios de transmisión de fotos. En sus estallidos de ira juraba en alemán y lanzaba objetos al suelo:
—¡Tengo la gran exclusiva de mi vida, y me la estoy comiendo! ¡Me cago en la puta! Voy a estampar ese jarrón de mierda. ¡Sí, ese! —dijo señalando uno verde fosforescente.
—Necesito una lata. ¡Es urgente! —gritó Mayo.
Tras recibir una Coca-Cola caliente de manos de la hija del pintor, Amanda Bris la arrojó por la ventana. En esos arrebatos parecía una mujer poseída por mil diablos, escena que desconcertaba a los hombres que no esperaban tanta violencia en una mujer tan hermosa y dulce, personaje que ella cultivaba para deslizarse en las trincheras, colarse en los quirófanos o sacar fotografías en los entierros.
Aprovecharon un alto el fuego a primera hora de la mañana para salir de Mostar por el lado croata en dirección a Medjugorje. En lo alto de una colina vieron a un grupo de periodistas que seguían la situación junto a una unidad de la Legión española. Desde aquel promontorio se divisaban las dos ciudades, la croata y la bosniaca. Aún se escuchaban los disparos aislados. Mayo se detuvo a saludar al teniente al mando y a los colegas. No contó nada, los dejó masticando su derrota. Bris había tenido la precaución de colocar el primer carrete de fotos del pintor, sin valor periodístico, y esconder los demás.
Llegaron al hotel Split, reservaron dos habitaciones contiguas. Amanda organizó un cuarto oscuro en el baño ayudada de su laboratorio de campaña. Mayo se sentó en la terraza desde la que se divisaba el Adriático. Menos de cuarenta kilómetros separaban ese mar de la destrucción y el odio. La distancia lo era todo, en la vida y en el periodismo. No era lo mismo estar dentro de Mostar que en una colina; oler y tocar que mirar a través de unos prismáticos. Se quedó atrancado en sus pensamientos. Cuando se trataba de balas y explosiones surgía Líbano. Abrió el ordenador en busca de la primera frase.
Gracias a Jon Barnard tenía un buen contrato, estaba en plantilla, cobraba pagas extras y le abonaban todos los gastos, a menudo sin factura, pero echaba de menos Beirut. «Siempre anhelamos lo que no tenemos», se dijo parafraseando a Baudelaire, el poeta favorito de su madre. Recordó que debía llamar al periódico, no fuera que alguno de los periodistas de la montaña terminara por reventarles la exclusiva apoyado en un texto calenturiento. Quería ver las fotos antes de proponerle a Marcela un reportaje conjunto. Quería estar seguro del enfoque. Se imaginó que sería la complicidad definitiva que le permitiría besarla en la boca. Abrió el minibar, sacó dos botellitas de Juanito Caminador, las vertió en un vaso y aspiró el contenido antes de beberlo.
Amanda le sorprendió en plena liturgia. Le mostró los contactos. Había marcado en rojo las mejores fotos. Jamás invertía ni modificaba el contenido más allá de las mejoras de luz y contraste. Mayo utilizó la lupa deteniéndose en cada imagen. No quería que le regañara por no prestar atención. Si miraba uno seleccionado, le metía prisa:
—Así no vamos a terminar nunca. Yo soy la fotógrafa, tú solo sabes hablar demasiado.
Al terminar, llamó al periódico:
—Estoy fuera de Mostar, y estoy bien —informó—. Tengo fotos exclusivas de los combates de estos días. No, no son mías. Son de Amanda Bris. Sí, la fotógrafa de Logavina y de los niños del columpio. La crónica está medio escrita. —Mintió, porque solo tenía el primer párrafo—. La puedo enviar esta tarde. Aprovecharemos sus fotos para mear a la competencia. Y el domingo, una historia larga. ¿Cómo? ¿Seis mil palabras?
Al otro lado se escuchó la voz serena de Thompson:
—Vamos a por ellos. Si quieres mear a la competencia, como dices, necesito mil doscientas palabras antes de las ocho y media. Hora límite. Pásame a Bris, por favor.
Después de felicitarla e interesarse por los medios de transmisión de los que disponía, dijo:
—Mándame cinco lo antes posible. Las que decidas, confío en tu gusto. Más horizontales que verticales. Y piensa en la primera página. Mañana hablaremos del reportaje del domingo, pero calcula que necesitaremos entre siete y diez fotografías. Me encargaré de que te paguen bien.
Después de enviar la crónica urgente, género que dominaba tras su paso por Associated Press, Mayo comenzó a escribir la historia del fin de semana. Amanda lo había mandado a su habitación porque no quería interferencias, decía que la ponía nerviosa porque no dejaba de hablar solo. Mayo tenía la cabeza y las manos en ebullición. A las cinco de la mañana se tumbó en su cama, vestido y exhausto. Soñó que editaba el texto. Al repasar lo escrito cambiaba frases que no quería modificar, desaparecían líneas y párrafos enteros. Se despertó bañado en sudor. Había sido una alucinación. Leyó lo escrito, quitó adjetivos, consultó sus notas ilegibles en busca de olvidos y se presentó en la habitación de Bris.
Ella abrió con ojos de haber dormido poco.
—Buenos días, Amanda. ¿Podrías leer esto?
Cuando terminó, le devolvió el ordenador sin aprobar ni rechazar. Antes de meterse en el cuarto oscuro le encargó un expreso, dos cruasanes sin tostar y un zumo de naranja. A las nueve de la mañana habían acordado las diez fotos que acompañarían al reportaje. Tras desayunar, Bris regresó a la oficina de WTN, situada una planta más abajo. Debía enviarlas a Londres. Thompson llamó a mediodía, parecía feliz. Pidió a Mayo que añadiera trescientas palabras. «Las fotos son excelentes, daremos cuatro páginas.» Amanda lo abrazó. Él sintió su pecho hincharse sobre su pecho, latir y respirar, emocionarse, pero no hubo besos.
Regresaron al aeropuerto. Necesitaban reinscribirse en los vuelos a Sarajevo. El capitán noruego la reconoció:
—Se perdieron dos asientos de lujo. Ya no quedan ni de turista. Todo completo.
Les informó de que UNPROFOR, el nombre oficial en inglés de la Fuerza de Protección de Naciones Unidas, había reducido los vuelos desde Split. Les recomendaba ir a Ancona, «más aviones, menos oenegés y periodistas». Había dos opciones: barco o carretera. Mayo apostó por lo más romántico desplegando una retahíla de argumentos prácticos:
—Por carretera es una paliza, Amanda. Hasta Italia no hay doble carril. Habría que dormir en Trieste, y eso nos demoraría un día. Pero si cogemos un barco podríamos estar mañana por la tarde en Sarajevo. Sería como un crucero.
Amanda entornó los párpados:
—Me apetecía pasear por Piazza Grande y comer ragú.
Dos horas después enfilaban la carretera de la costa dálmata en dirección Zadar, Rijeka y Trieste. Mayo le dejó a Amanda Bris la responsabilidad de cruzar las aduanas. Al decirle al carabiniere «aquí tiene los pasaportes, señor agente» se esfumaron las formalidades burocráticas.
—¡Buenas tardes, bella señorita! ¡Bienvenida a Italia! ¿Sería tan amable de abrir el maletero?
Era la misma pregunta que kilómetros antes había formulado un apuesto policía esloveno. Salió del coche embutida en sus pantalones vaqueros. Sabía que el agente, al que ya acompañaban otros cuatro, solo pretendía verle el culo.
Durmieron en Trieste, cada uno en una habitación. No cenaron. En la entrada de la ciudad, ya de madrugada, Mayo creyó haber atropellado a un gato. Escuchó el golpe y un maullido agudo, y lo vio saltar zombi delante del cristal. Se detuvo, inspeccionó las aceras y los bajos de los vehículos aparcados. No encontró nada, ni herido, ni cadáver. Una manada gatuna lo vigilaba desde la otra orilla. Les gritó: «¡Si no hay cuerpo, no hay crimen!», y regresó al volante. En el desayuno ella lo llamó The Crazy Man Who Speaks to Cats.
Pararon a comer pasta con ragú en Bolonia pese a que era demasiado temprano. Querían llegar a Ancona antes del cierre de la oficina de Maybe Airlines. Obtuvieron plaza a las ocho de la mañana en un cargo de UNPROFOR. Cenaron y pasearon por el centro. La conversación no abandonó el ámbito profesional.
Ya en Sarajevo, Bris se quedó en el edificio de Associated Press en Džidžikovac, y Mayo se movió solo, sin las fotos y el manto protector de Puta Esperanza. Se hospedó en la pensión Hondo. Eran amables, y la comida era casera. Cuatro semanas después encontró a Bris en el bar Ragusa. Ella se interesó por sus planes.
—Quizá me marche este fin de semana —dijo él—. Debo recoger el coche en Ancona. —Ante un silencio que parecía demandar detalles, añadió—: Lo devolveré en Roma.
—¿Roma? Me apunto. Mantenme al corriente.
Pensó en Tobias Hope. Incluso le pareció escuchar su voz: «Lo vas a conseguir, tío. La tienes en el puto bote».
Volaron a Ancona, después condujeron por turnos hasta Roma. Llegaron sin hambre tras haberse empachado en un restaurante de carretera especializado en berenjenas. Decidieron quedarse unos días. Mayo escogió un hotel pequeño en Monti, cerca del David de Miguel Ángel. Fue un movimiento maestro. Por el escaso número de habitaciones tuvieron que acomodarse en la misma, aunque en camas separadas. Tras depositar los bultos en el suelo, Amanda movió las mesitas de noche al centro. Parecía una muralla. Entró en el baño, él se hizo el dormido de un ojo. Se la imaginó desnuda. Al salir llevaba un tanga negro y una camiseta con una frase: The brain is not an organ of sex.
—¡Dios, qué cuerpo tienes!
—A dormir, míster Hemingway.
Pasó la noche en duermevela. Cuando sonó el despertador, vio a Amanda vestida. Tenía un libro en las manos.
—Date prisa, necesito desayunar.
Casi nueve meses después de conocerla en Split había conseguido dormir en la misma habitación. Si no telefoneó a Tobias fue porque no tenía nada concreto que contar.
Bajaron a una plaza cercana. Pidieron café, huevos revueltos y zumo de naranja. Caminaron por el Trastévere. Sintió tentaciones de pasarle un brazo por la cintura. Al salir de Santa María, Amanda lo tomó de la mano.
—Quiero decirte, Roberto Mayo, que eres atractivo, un tipo que gusta. Buena planta y mucha labia. Pero es importante que se te meta en la cabeza que no vas a follar conmigo. Ni ahora ni más adelante. Eres la última persona del mundo con la que me enrollaría. Si hubiera cambios, cosa que dudo, te informaré.
Dejó la mano debajo de la suya, sintiendo fluir todo el cuerpo.
—¿Tan horrible soy?
—No, solo eres idiota. Y eso es fundamental.
8. Sarajevo, 1994 / Ruanda, 1994-1996
El año 1994 había arrancado cuerpo a tierra en el cementerio del barrio alto de Alifakovac. Fue Fox quien tuvo la ocurrencia de celebrar la llegada del nuevo año en esa posición intermedia entre el monte Trebević, ocupado por la artillería serbobosnia, y el centro de la ciudad. Allá fueron cinco fotógrafos y un reportero en un todoterreno blindado de Associated Press. Además de las cámaras, llevaban una botella de champán y seis copas de cristal. Mayo la clavó invertida entre dos tumbas nevadas. Nadie le afeó la ocurrencia, porque era lo más práctico. Sarajevo parecía un belén bajo una luna menguante. Estaban en cuclillas, recostados contra la fachada de una casa desierta. La única presencia ajena al grupo era un perro que buscaba compañía. El todoterreno había quedado a un centenar de metros, embocado en la puerta del camposanto en posición de escape. Mayo sugirió localizar un segundo emplazamiento por si ese «se ponía feo». Puta Esperanza asomó la cabeza y solo vio negrura, vacío.
—No hay, tío, esto es lo único que tenemos —respondió.
Un par de minutos antes de las doce de la noche, los serbobosnios comenzaron a disparar sobre Sarajevo, y los bosniacos a responder hacia las montañas. No había orden en la fusilería: ni carrillones, ni cuartos, ni campanadas, nada que permitiera exclamar ¡feliz 1994! El frío era tan intenso que las cámaras se bloquearon. Empezó a nevar. Los copos descendían despacio, parecían bailar. Un bosniaco disparó en dirección a los periodistas. Mayo aprovechó el cuerpo a tierra para posar su brazo en la espalda de Amanda Bris. Como ella sonrió, le dio un beso lo más cerca que pudo de la comisura de los labios.
—Es por si nos matan —dijo.
Tras reprimir una carcajada, ella respondió:
—Míster Hemingway, eres un tonto del culo.
La risa prendió en Fox, que había escuchado la respuesta, y se extendió a los demás fotógrafos, incluido Hope, cuya hilaridad era contagiosa. El alboroto despertó la curiosidad de más fusileros. Puta Esperanza recurrió a su ingenio y empezó a salmodiar algo que parecía árabe. Fox gritó: «Ne pucaj novinara!». Otro lo repitió en inglés: «Journalists. Don’t shoot!». Se arrastraron hasta las tumbas en busca de protección. La nieve derretida por el contacto humano les empapó la ropa, inyectándoles el frío en los huesos. Se oía el castañeteo de los dientes de Roberto Mayo, que maldecía y tartamudeaba a la vez. A los cuarenta y cinco minutos de 1994, bosniacos y serbobosnios decidieron aparcar la guerra e irse a beber. Los periodistas salieron a la carrera hacia el blindado. Mayo logró entrar junto a Bris.
—Si lo vuelves a intentar, te parto la cara —dijo ella.
Para romper la tensión, Tobias exclamó:
—¡Hay que regresar a por el champán!
El presidente de Ruanda, el hutu Juvénal Habyarimana, firmó en Arusha (Tanzania) un acuerdo de paz que incluía el gobierno compartido con el Frente Patriótico Ruandés, la guerrilla mayoritariamente tutsi que ocupaba el norte del país. También firmó su sentencia de muerte. Era el 6 de abril de 1994. Ese mismo día, Roberto Mayo estaba en su casa sin nada que hacer, los pies sobre el escabel, un vaso de whisky en la mano, música de fondo y la televisión sin sonido. Le gustaba el World Service Television de la BBC, pero no siempre escuchar a los presentadores. Había reemplazado su querencia por el mismo servicio en onda corta que captaba en su Sony multibandas. Era una herramienta que le permitía conocer la cotización exacta de su cobertura en un mundo de desgracias y declaraciones vacuas. Algunos utilizaban lo escuchado para dotar a sus crónicas del empaque de la última hora; otros se las inventaban. No era su caso. Mayo necesitaba pisar la calle, mancharse los zapatos de polvo. «Sin personas no hay crónica, solo farsa», decía a menudo. El servicio radiofónico que se emitía desde Londres le ayudaba a desplazarse dentro de su guerra, saber cuándo debía ir a Mostar porque era más importante que Sarajevo, o al contrario, o cuándo una crisis política en Moscú aconsejaba aplazar el envío de un reportaje y evitar que acabara amputado por falta de espacio.
De vez en cuando bebía un sorbo de whisky y ojeaba los rótulos de la BBC. En lo alto del vestidor guardaba una caja de cartón que contenía todo lo necesario, incluidos sus abalorios de la suerte. Bastaba con volcar el contenido en la maleta para estar seguro de que no olvidaba nada esencial.
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