El día que murió Kapuscinski

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—¿Estás bien? —preguntó ella.
Le miró los pechos. Si estaba muerto, nadie le reprocharía robar aquella imagen para el final de su vida. Si estaba vivo, podría aducir que había sido consecuencia de la conmoción. Delphine le acarició el pelo. Estaba lleno de virutas de escayola y polvo, y más despeinado que nunca.
—Debes de estar bien, porque llevas un buen rato hablando de tus padres y del viaje a Vietnam.
Tobias se fijó en unas figuras desenfocadas que merodeaban por la habitación. Unas iban enfundadas en chalecos blancos, otras eran milicianos armados. Vio a varios periodistas conocidos. Apenas quedaban restos en suspensión. El mar seguía en su sitio, exudando aromas de la infancia. Le dolían los oídos y la cabeza. Esta vez consiguió mover las manos y llevárselas a los ojos. Las giró sobre las muñecas e inspeccionó la palma y el dorsal, contó los dedos. Después las depositó en el suelo y volvió a mirar el pecho de Delphine. Alzó la vista en busca de unos ojos verdes que sonreían. Respondió arrugando los párpados. Ella tomó una de sus manos y se la llevó al busto. Sus dedos parecían ordeñar.
—Veo que estás bastante vivo, Puta Esperanza. Bienvenido de nuevo a Beirut.
—¿Mayo? —preguntó él.
—Está bien. Todos estáis bien. Os van a llevar al hospital para averiguar cuántas vidas os quedan.
—¿Qué día es hoy?
—¿Para qué quieres saberlo?
—Es la fecha de mi segundo nacimiento.
—1 de marzo de 1985. Ahora eres piscis.
—¿Crees en esas cosas, Delphine?
—Tanto como tú en los segundos nacimientos.
Tobias se incorporó auxiliado por un voluntario de la Media Luna Roja. Le temblaban las piernas. Delphine le pasó un brazo por la cintura. Vio a su amigo hacer el signo de la victoria recostado en una camilla. Le habían colocado un vendaje que duplicaba el tamaño de su cráneo. Tuvo ganas de reírse, pero le dolían las costuras. Al llegar al hospital Fouad Khoury los introdujeron en dos salas diferentes. A Tobias le dieron el alta a media tarde; a Mayo le obligaron a pasar tres días en observación. En la puerta esperaban los fieles Hazim y Ali, sus ojos y oídos en Beirut, que hacían de intérprete y conductor. La explosión no había dañado órganos ni huesos. Tenía una contusión en la pierna derecha y varios moratones en la espalda. Le recomendaron reposo.
En la recepción del hotel Cavalier lo recibieron como a un héroe que retorna herido del campo de batalla. Sin consultar a Delphine, pidió que le cambiaran a una suite durante dos noches para que su enfermera pudiera estar cerca en el periodo de observación. El conserje asintió:
—Hacen bien en no correr riesgos. Las primeras cuarenta y ocho horas son decisivas, señor Hope.
En la habitación intentó besarla y quitarle la camisa, pero se atrancó en los botones. Ella le dejó hacer, convencida de que no llegaría lejos. Después le ayudó a desnudarse. Giró a su alrededor, «buen culo en un fotógrafo tan esquelético y buenos moratones en el hombro». Fue un acto sexual fugaz: él se corrió en cuanto Delphine colocó el miembro entre sus pechos. Tobias cayó como un fardo en la cama. Ella lo tapó y apagó la luz. Después se dio un baño. Pese a tener los ojos verdes más hermosos del mundo, en palabras recién pronunciadas por Tobias, no tenía éxito entre los hombres. Le fallaba la nariz, demasiado grande para su gusto, la confianza y un carácter retraído que parecía hosco. Vestía ropa ancha. Sentirse no deseada le daba seguridad.
«Le gusto, es evidente desde hace tiempo», se dijo acariciándose el sexo escudada en la necesidad de la limpieza. «Ha estado bien que se corriera. Evita dar explicaciones de mis problemas. Se lo debo a los tres hijos de puta que me violaron a los dieciséis años. Se turnaban y reían. Uno me metió la polla en la boca y empezó a moverse. Yo estaba aterrorizada. Conocía a dos porque habíamos ido juntos al colegio. Me dejaron tirada en el campo. Tenía sangre en las piernas. Antes de largarse me advirtieron: “Si nos denuncias, te mataremos”. Aquel acto repugnante me dejó mutilada. Acabo de cumplir veintitrés años y he tenido tres novios. Les daba largas, les decía que quería llegar virgen al matrimonio y esas cosas de los pueblos. Solo cedí ante el último, ya en París, que no dejaba de suplicar. En cuanto me penetró lo eché de mi vida. Beirut me ha ayudado a relativizar. Pienso en las historias de Sabra y Chatila que he oído contar a Tobias Hope en la oficina, de cómo los falangistas se divertían con los palestinos, de cómo obligaron a una abuela a arrojarse desde un balcón si quería salvar a su nieto de siete años. La mujer se tiró, y antes de rematarla en el suelo le dispararon al nieto en la cabeza. De cómo metían las bocachas de sus fusiles en las vaginas de las más jóvenes. ¿Dónde sitúo mi desgracia en medio de esta barbarie? Hice bien en dejar el pueblo e instalarme en la capital. Fue otra manera de contextualizar. Mi mente ordenó olvido, pero mi cuerpo se resiste a perdonar. Tobias Hope no es guapo, tampoco feo, y es tímido y dulce pese a esa máscara de tipo duro que lo protege. Parece escapado de un cuadro de El Greco. Al menos sé que le gusto. Y me gusta. Me ronda en silencio en sus visitas a la oficina. La explosión le ha ayudado a romper el hielo.»
—Buenos días, señor dormilón —dijo Delphine tras besarlo en la frente—. Aquí tiene su majestad el desayuno.
Él se incorporó entre quejidos:
—Tengo excusa, acabo de sobrevivir a un ataque. Creo que he pasado la noche boxeando con George Foreman. Estoy peor que ayer.
—Son las agujetas. Se te pasarán en unos días.
—No sé si lo he soñado, pero creo que anoche hice el ridículo. No dio tiempo a nada.
—Lo soñaste, Puta Esperanza.
—Parecía tan real... Soñé que me corría en tus tetas.
—Tetas, Foreman... No está mal para tu primera noche de tu segundo nacimiento.
Beirut fue la primera guerra de Roberto Mayo tras vivir la caída del sha en Teherán y el inicio de la guerra del Chat el Arab entre Irán e Irak. Su idilio no empezó bien. Llegó dos días después del atentado contra la embajada de Estados Unidos ocurrido en abril de 1983. Murieron sesenta y tres personas. Lo reivindicó la Yihad Islamiya, germen de lo que sería Hezbolá. Tobias Hope le confesó que él también acababa de aterrizar. Su primer vínculo fue la sinceridad. Se hicieron amigos. Era fotógrafo, divertido y tenía contactos. Había pasado cuatro meses en Líbano en el verano de 1982 y entrado el primero en los campamentos palestinos masacrados. De madre judía, se sentía desconectado del Israel posterior a 1967, y conmovido hasta los tuétanos por un Holocausto que le robó a un abuelo y dos tíos, sentimientos que consideraba compatibles. A Mayo le gustaron sus dotes de imitador. Podía expresarse en un árabe apócrifo, deformar el francés y el inglés en diversos acentos, reales o de dibujos animados, y reproducir el habla de personajes famosos. Tenía talento.
Al intensificarse los secuestros de franceses, británicos y estadounidenses, Tobias Hope decidió cambiar su identidad por segunda vez. Ser francés y tener origen judío podía costarle la vida. Un falsificador de Beirut Este, de quien fue amigo toda la vida, le fabricó tarjetas, pases de prensa, credenciales de todos los bandos y un pasaporte que podría haber pasado por auténtico en el resto del mundo si no hubiese sido por la nacionalidad elegida. Su nuevo nombre era Puta Esperanza, escrito en castellano. Fue la elección más lógica, debido a su manera de hablar. Sentado en el taller de El Falsificador, en el barrio de Tarik al Jadid, cerca de la Línea Verde, descartó ciudadanías estimulado por su vis cómica. «¿Ruso? ¡Jamás! Demasiado vodka, y además odio al puto Stalin.» Al final se decantó por la ficción: ser ciudadano de Blefuscu, enemigo de Lilliput, que en la obra de Jonathan Swift correspondía a Francia enfrentada a Inglaterra. El motivo de la antipatía entre Blefuscu y Lilliput ayudaba a cruzar controles. A los milicianos, ya fueran chiíes o suníes, libaneses, sirios, iraníes, iraquíes o libios, les parecía razonable el motor de la pelea entre ambos estados, pero nunca consiguieron averiguar si favorecían el cascado del huevo por los polos o por el ecuador. En los países arruinados por dictaduras y guerras, la indefinición salva vidas.
El atentado contra la embajada de Estados Unidos había puesto a Líbano en el mapa informativo. Charles Langer, jefe de la oficina de Associated Press en Beirut Este, contrató a Hope como fotógrafo y a Mayo como ayudante local. No pagaba mucho, pero les permitió quedarse seis meses. Firmaron buenos trabajos sobre la retirada en julio de los israelíes, a quienes acompañaron hasta el río Awali, al norte de Sidón. El 21 de octubre decidieron pasar el fin de semana en Damasco. Necesitaban desconectar. El domingo se produjo el doble ataque suicida contra las tropas de Estados Unidos y Francia. Murieron 241 estadounidenses y 58 paracaidistas franceses, la mayor matanza de marines en un solo día desde la Segunda Guerra Mundial. Regresaron esa misma mañana a Beirut. Nadie se había dado cuenta de su ausencia, ni siquiera Langer:
—¿Venís de la calle? —preguntó al verlos.
—Sí, claro, pero tenemos que volver a salir. Hope se ha quedado sin película —respondió Mayo.
—Bien. Tú quédate y escribe una nota. Tú, coge todos los carretes que puedas. Quiero las mejores fotos.
Mayo dudó si debía confesar la verdad y jugarse el trabajo o darle al jefe lo que pedía. Tobias le musitó al oído:
—A la mierda los principios, tío. Esto es un puto agujero moral. Considéralo una excepción.
Escribió una crónica garciamarqueziana, rica en descripciones y datos. Tuvo suerte de que los aparatos de televisión que había en la oficina estuvieran emitiendo imágenes de lo ocurrido. Un par de cables que pudo leer a hurtadillas, los controles militares que vieron al regresar por la carretera y las conversaciones de Langer con la sede de Nueva York le permitieron armar un texto de dos mil quinientas palabras que recibió numerosos elogios. Las siguientes crónicas, ya en la calle, resultaron estremecedoras. Se publicaron en cientos de periódicos suscritos al servicio de la agencia. Gracias a ese trabajo, empezó a colaborar en el 60 Minutes de Don Hewitt. Meses después recibió una llamada de Jon Barnard interesándose por su situación.
—Me ha dicho Sal Lefrak, un viejo amigo, que estás lo suficientemente cuerdo como para confiar en ti, y lo suficientemente loco como para esperar un material de primera. Me gusta lo que haces en CBS. Hewitt me da permiso. Te compartiremos, al menos durante un tiempo. Puedo ofrecerte cien dólares diarios, el pago de un alquiler razonable y algunos gastos que no incluyan bebidas alcohólicas. A cambio quiero tres crónicas cojonudas a la semana y un gran reportaje cada dos meses. Si estás de acuerdo, firmaremos un contrato que te haré llegar.
Cuando colgó, Mayo lanzó un aullido, las piernas flexionadas y los brazos en alto como si acabara de marcar el gol de la victoria en la final de un Mundial.
—De puta madre, tío —dijo Tobias tras escuchar la noticia—. Necesitarás un fotógrafo.
—¿Se te ocurre alguien?
—Hay uno por aquí a quien todos llaman Puta Esperanza. Además, habla cualquier idioma. Es un chollo, te ahorrarías el traductor.
—Pero si no hablas árabe, solo te lo inventas.
—Por cierto, ¿quién es ese Sal Lefrak? Le debes el trabajo.
Mayo se quedó mirando el whisky que se acababa de servir, maldijo la tacañería de los minibares y respondió:
—Lefrak es un espía.
5. Beirut, 1985-1989
Les costó dejar el Cavalier. Había sido su hogar, mientras que el hotel Commodore se mantenía como oficina-bar. Mayo alquiló un piso en el edificio Saad, donde vivía David Henne. Era económico porque estaba cerca de la Línea Verde. Aún no sabía que las milicias chiíes capturarían a su amigo cerca del portal en enero de 1987 y que lograría escapar a los sesenta y dos días de cautiverio. Los secuestros eran una preocupación sumada a los obuses y a las balas. No existía un patrón, porque el objetivo era que todos se sintieran vulnerables. Ciento dos extranjeros de veintiuna nacionalidades fueron apresados en Beirut Oeste entre 1982 y 1992. Entre ellos hubo periodistas, profesores de universidad, espías y mediadores, como el arzobispo anglicano Terry White, además de miles de libaneses de los que nadie hablaría después.
Mayo y Hope estaban obsesionados tras lo ocurrido a Langer, su antiguo jefe de Associated Press, que se esfumó de las calles de Beirut dos semanas después de que ellos sobrevivieran al ataque contra un centro de prensa. Estuvo desaparecido casi siete años, 2.454 días metido en un sótano en el que jugaba al solitario a la luz de una vela. Cuando lo liberaron en diciembre de 1991 seguía siendo el mismo bromista, pero tenía los dientes podridos, el pelo escaso y la sensación de que ya no pertenecía a ninguna parte.
Se impusieron un objetivo: no kidnapping. Lo escribieron en mayúsculas en varias cartulinas que clavaron en las paredes. En la de la puerta principal añadieron una palabra: remember, no kidnapping. Acordaron medidas de seguridad que incumplieron reiteradamente: no salir a la calle sin un objetivo definido, modificar los horarios y las rutas, no hablar de sus planes por teléfono o en lugares públicos, moverse de día, no comer fuera de casa ni beber en el Commodore. Si no acabaron en un zulo se debió al aspecto árabe de Mayo, que podría pasar por miliciano, y a la suerte.
Con Jon Barnard mantuvo una excelente relación telefónica. Casi nunca hablaban de las crónicas; esa era la tarea de Marcela Thompson, la mejor jefa de Internacional que jamás tuvo. El director se interesaba por su vida: «¿Cómo es tu casa? Bueno, nuestra casa, porque creo recordar que la paga el periódico. ¿Te sientes seguro en ella? ¿Necesitas contratar a alguien más?». O preguntaba qué había desayunado, si hacía él la compra o mandaba al fixer; también si seguía bebiendo como un cosaco, información que debía de proceder de Lefrak. Resultaba motivador que una leyenda del periodismo se preocupara del bienestar de sus colaboradores. Solo le sugirió dos reportajes:
—Me gustaría saber cómo viven las personas que permanecen a ambos lados de la avenida de Damasco. Es la que sirve de frente, si no me equivoco. Una historia repleta de gente normal, que a los cabrones ya les damos demasiado espacio. Debe de haber héroes que hacen cosas imprevistas fuera de la tribu. No sé, salvar en vez de matar.
Se tituló «Voces de la Línea Verde»; recibió varios premios y acabó en un documental de la CBS. El segundo fue un capricho de viejo sabueso:
—Lefrak me ha hablado de un restaurante que no ha cerrado ni un solo día desde 1979. Se llama Barbar. Creo que su kebab es delicioso, y está en tu barrio. Escribe sobre él, y aprovecha para comer bien.
Allí conoció a Mohamed Ghaziri y a su hijo Ali, dueño y codueño de ese paraíso de la comida popular libanesa. En sus mesas realizaron contactos que, sin saberlo, les ayudaron a mantenerse libres y vivos. Su plato favorito era el shawarma de pollo adobado de cardamomo y canela. Podía comerlo a mediodía y por la noche, siete días por semana. Mayo era un animal de costumbres.
Salió de Líbano cinco veces antes de mudarse a Israel en 1990. La primera fue a Londres, por invitación del periódico. Barnard y Marcela Thompson querían conocerlo en persona y sentar las bases de una colaboración más ambiciosa y estable. Saludó a Cabeza Rapada, que aún no había ascendido a Kampcommandant de Recursos Humanos, y a Mengele, siempre en primera línea del poder. Estaba convencido de que su mala relación arrancó en aquel encuentro, pero era incapaz de recordar nada concreto más allá de sus maneras serviles y su cara de pánfilo.
Las otras cuatro escapadas tuvieron como destino Roma, la ciudad en la que se sentía resucitar. Cada cuatro meses se escapaba a Damasco para refrescar fuentes y descansar. Eran más frecuentes los saltos de fin de semana al sector cristiano beirutí, repleto de cafés y bares de alterne. Nunca le había gustado pagar a cambio de sexo, pero una pesadilla recurrente le atormentaba: llegaba al paraíso y, debido a su falta de entrenamiento, le retiraban las setenta huríes y le obligaban a ver a Puta Esperanza en una orgía con las de los dos.
El secuestro de Langer tuvo consecuencias en la agencia en la que trabajaba Delphine Thitges. La sede central ordenó a su equipo evacuarse de inmediato al Este. Destruyeron archivos, eliminaron referencias a fuentes, empaquetaron ordenadores, teléfonos y radios. Solo dejaron el material esencial para que Walid Marjan, el periodista local que se quedaba al frente de la oficina, pudiera transmitir.
—Nos vamos al Este —le dijo Delphine por teléfono a Puta Esperanza—. No he podido avisarte antes porque la decisión de París ha llegado esta mañana. Ya estamos cargando la furgoneta.
—Consígueme diez minutos, por favor.
Delphine retrasó el operativo todo lo que pudo. Tobias Hope apareció acompañado de Hazim y Ali. No hubo besos, solo un abrazo vigilado.
—Intentaré ir lo antes posible.
—Todo por Foreman.
—¡Joder! Es que no podemos dejarlo así.
Mayo y Hope se desplazaban por el Oeste en un automóvil discreto y viejo. Ni demasiado sucio ni demasiado limpio, y los cristales en su sitio para no llamar la atención. Hazim y Ali estaban bien relacionados, tenían familiares en los principales movimientos armados suníes y chiíes. Antes de llegar a un control, Hazim gritaba «Amal, Amal», «Hezbolá, Hezbolá», «Jammoul, Jammoul», o el nombre de cualquier subgrupo o facción, ya fuera suní, de izquierda, prosirio o palestino. Los periodistas preparaban los permisos de la milicia anunciada y escondían los otros. Los controles legales eran reconocibles porque estaban protegidos por sacos terreros y tenían una señal de Stop escrita en árabe y una bandera del dueño circunstancial del puesto. Eran frecuentes los cambios de alianza y las luchas entre los grupos, por lo que era necesario informarse antes de salir. Hazim lo llamaba «el parte meteorológico». En los días de aguacero permanecían en el piso, escuchaban rock and roll, jugaban al backgammon, fumaban el narguile y bebían té.
Tobias pudo cruzar al Este casi un mes después de la evacuación de Delphine Thitges. Estaba tan nervioso que le temblaban las manos. Parecía un colegial en su primera cita. Caminaron por las calles más seguras del barrio de Ashrafiyeh, se besaron en un callejón y comieron falafel y berenjenas en un bar clandestino al que se accedía desde el portal. No hubo tiempo para más, porque debía regresar al Oeste antes de las tres. Después podría ser peligroso.
El tránsito de un lado a otro de la Línea Verde se realizaba a través de seis mâabir. El paso dependía de la situación y del estado de ánimo del jefe del puesto. Tobias prefería el mâabir del Museo Nacional porque conocía a los milicianos. Les regalaba baratijas y tabaco, y los entretenía con alguna imitación. Les encantaba la de Michael Jackson.
En el sector cristiano conseguía carretes, papel de impresión y líquidos de revelado. Todo lo compraba a través de El Falsificador, su intermediario más fiable. Conversaban sobre la guerra civil y el papel de Siria, pero nunca de asuntos personales. No solo era capaz de crear cualquier tipo de documento —suya fue la obra de arte del pasaporte de Belfescu—, también le ayudaba a enviar a Londres los negativos de color destinados a la revista dominical. Tenía amigos en Middle East Airlines, la única compañía que operaba desde Beirut. Según el humor ambiental, tenía vuelos a Londres, París y Atenas, o bien a ningún sitio. Hope le facilitaba el material en un sobre acolchado que llevaba escrita la dirección de destino. Una azafata era la encargada de entregarlo en mano. El periódico pagaba por el servicio puerta a puerta.
Las fotos en blanco y negro de la edición diaria no exigían tanta calidad de impresión. Podía transmitirlas desde la oficina de France-Presse. Había sellado un pacto con Marjan: «Si me dejas enviar, además de apuntar los minutos por si tus putos jefes reclamaran el pago, te regalaré una de las mías. Así la puedes mandar como tuya».
El secuestro el 14 de junio del vuelo 847 de la TWA les estropeó una semana de fiesta. Disponían del apartamento de una amiga de Delphine que había emigrado a Canadá, harta de esperar la paz. La siguiente oportunidad llegó en julio. Tenían tantas ganas de verse que olvidaron la comida. Al llegar a la cama ya estaban desnudos y excitados, pero en el momento en que ella se acercó el pene al pecho, él se corrió. La escena se repitió al día siguiente. Tobias estaba desconcertado. Propuso vendarse los ojos para no verle el cuerpo. En el nuevo intento, Delphine toleró la penetración porque tenía miedo a perderlo. No sintió placer, apenas se movió. Antes de que él empezase a dudar de su virilidad, ella le reveló las razones de su frigidez. Al terminar, Tobias exclamó: «¡Qué hijos de puta!». Entonces le narró su infancia de malos tratos, el enfrentamiento, el juicio, el viaje a Vietnam, el cambio de apellido, la muerte de la madre, olvidando que ella conocía parte de la historia desde el día de la explosión:
—Si estás bloqueada, como parece, habrá que buscar la manera de engañar a tu cabeza.
Fue una terapia doble, porque Hope tenía dificultades en dejarse querer. Empezaron por renunciar al pene. Él le acariciaba la espalda, los glúteos, el ombligo, el pecho. Decía: «¿Sientes? Entonces no eres frígida». En otras ocasiones deslizaba un hielo por sus piernas o le lavaba los pies y después los chupaba. «¿Sientes? Pues si sientes no eres frígida.» Ideó juegos en los que uno debía interpretar el papel de pasivo. Eran sorteos amañados para que ella fuese la inmóvil. Ganaba si lograba arrancarle una risa o un movimiento. A Delphine le sorprendió que fuera tan tierno y que no dijera «puta» ni «tía» en su presencia. Tras una quincena de encuentros, Delphine Thitges gritó en francés:
—¡Fóllame, Puta Esperanza! ¡Fóllame de una puta vez!
No se sabe si fue la necesidad de recuperar el tiempo perdido, pero Delphine pasó de la frigidez a la ninfomanía. A Tobias le preocupaba que estuvieran tan concentrados en el sexo, sin trabajar otros aspectos. Ella temía que la relación solo fuese posible en una ciudad en guerra en la que cada minuto podía ser el último.
Así estuvieron cerca de cuatro años, incluidos los descansos debidos a las vacaciones de Delphine, que tenía derecho a un mes en París por cada dieciséis semanas en Beirut. Idearon una rutina para exprimir el tiempo. Tobias dedicaba el día en el Este a adquirir lo necesario. El Falsificador le aportaba lo necesario para su trabajo, contexto y noticias de los grupos armados. Por la tarde quedaban en la puerta de la agencia, cenaban en alguno de los restaurantes y se encerraban en el apartamento a follar hasta el día siguiente.
En tres ocasiones, Hope estuvo más de dos meses sin cruzar. Sin el respiradero de Delphine parecía un león enjaulado. Su lenguaje se reducía a blasfemias e insultos, reales e inventados en varios idiomas. Si los soltaba cerca de Mayo, tenía la deferencia de informar. «Esto es turco», decía; «esto, albanés», «esto, hebreo», «esto..., no me acuerdo».
Una tarde, Tobias Hope regresó del Este preso de una gran excitación. Subió las escaleras de dos en dos hasta el cuarto piso, abrió la puerta y gritó:
—¿Dónde estás, tío?
—¡Cagando! —bromeó Mayo mientras salía de la cocina con un whisky en una mano.
—Mira. El Falsificador me ha hecho otro pasaporte.
—¡No me jodas! ¿Bolivia? —protestó.
—Así simplificamos las cosas, tío.
—¿Nacido en La Paz?
—Claro. Dos de Cochabamba iba a cantar.
—Pues le había tomado cariño a Blefuscu y al rollo del huevo y Lilliput.
—Nada ha cambiado tío, sigo siendo blefuscuense. Solo que ahora tendré dos pasaportes, además del francés, que no se puede llevar encima por motivos de seguridad.
—Si te pillaran los dos nos cortarían los huevos.
—¡Coño, Mayo! Pareces tonto: ¡doble nacionalidad!
Desde el principio, Tobias se negó a servir de camello de Juanito Caminador. Solo transportaba tabaco destinado a los controles y material de trabajo, además de las libretas de Mayo, que no eran fáciles de encontrar porque las quería de tapa dura y con las hojas en blanco. Como el whisky no entraba en la lista de la compra en el Este, se las tuvo que ingeniar para obtener sus dosis en zona musulmana. Cada dos o tres días llegaba un chico con cuatro botellas de Johnnie Walker etiqueta negra. Lo acompañaba una cuadrilla de imberbes armados. Los llamó «la banda de San Johnnie». Les dijo que carecía de dinero en metálico porque su periódico no podía enviárselo. Anotaba lo adeudado en uno de sus cuadernos. San Johnnie aceptó unirse a la lista de acreedores porque le daba igual el pago aplazado. No tenía gastos, se limitaba a robar la mercancía dándose importancia: «Incautación por razones militares». Mayo anotaba la deuda delante del chico: «Tres dólares por botella son doce dólares». Le anunció que al superar los mil tendría de forma automática un visado a Bolivia. Si la guerra se prolongaba y él se esforzaba podría obtener visados para toda su familia —compuesta por cincuenta y tres personas entre abuelos, padres, hermanos, tíos y sobrinos— e iniciar una nueva vida en Cochabamba. A San Johnnie se le iluminaban los ojos, pedía que le contara historias de su país. Le prometió que si la deuda llegara a cubrir los cincuenta y tres permisos iniciarían otra cuenta con los milicianos que lo acompañaban, sus familiares y amigos. «Crearemos una colonia libanesa en Bolivia», decía.



