Descentrando el populismo

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Lo que aparece claramente en el texto de Acosta Olaya es que la condición de posibilidad del gaitanismo, para funcionar como el discurso que tenía la llave maestra para abrir o cerrar las esclusas de contención de la violencia, era la presencia amenazante de un pueblo descrito como una “fuerza ciega”. Frente a la estabilidad institucional que podía ofrecer el bipartidismo, la figura del pueblo era presentada como el elemento que resistía el orden impuesto y se salía del lugar que debía ocupar en la política colombiana.
Acosta Olaya encuentra que el líder liberal jura vengar las muertes de sus seguidores con un triunfo electoral que traería “los fueros de la paz y la justicia en Colombia”. La condición de posibilidad de los desplazamientos entre la venganza, que en un contexto de violencia política como el colombiano no significaba otra cosa que tomar represalias, y el triunfo democrático popular, ¿no es también la aparición de un sujeto popular descrito como una “simple fuerza ciega”? Si la particularidad del discurso gaitanista es un regeneracionismo beligerante, porque la beligerancia era la modalidad que encausaba la violencia política por medio de la amenaza, ¿cuál es la condición de esta última si no el sobrevuelo de una presencia espectral, ciega e irracional que se encarnaba en esas nuevas subjetividades movilizadas alrededor de la idea de pueblo?
Como bien marca Acosta Olaya, son la inestabilidad y la reconstrucción constante del demos legítimo, provocadas por este sobrevuelo, lo que le dio un carácter particular al gaitanismo. Para dar cuenta de ese sobrevuelo, necesitamos revisar la manera en que procesamos teóricamente los efectos de la dislocación producida por la emergencia de nuevas demandas y subjetividades, hasta ese momento inexistentes como diferencias políticas significativas.
En este sentido, muchos de los elementos constitutivos del discurso de Gaitán, que toma Acosta Olaya, coinciden con algunos hallazgos del capítulo escrito por Rodríguez Franco. Los desafíos a los que el populismo se enfrentó en Colombia, señala la autora, fueron, por un lado, la desconfianza de las élites hacia a la organización y la movilización de los sectores populares, masas “catalogadas como irracionales”, y, por otro, el bipartidismo, que obstaculizaba la aparición de oportunidades identificatorias alternativas.
Rodríguez Franco identifica con precisión los elementos que sostienen el vínculo entre la identidad gaitanista y la rojista, entre los cuales se destacan las iniciativas por actualizar el discurso político antioligárquico. La manera teórica de encarar estas continuidades podría resaltar el antagonismo como constitutivo de toda identificación y desprender de allí las lógicas diferenciales y equivalenciales que se produjeron a partir de la emergencia de esas masas irracionales. Sin embargo, cabe preguntarnos también sobre la permanencia de la identificación gaitanista y su disponibilidad como oportunidad identificatoria. Quizás en la respuesta a este interrogante resida la precaución que Rodríguez Franco menciona en el cierre de su capítulo. La pregunta sobre la permanencia de la experiencia populista como oportunidad identificatoria contribuiría a repensar ciertos contenidos de la historiografía colombiana (y podríamos extender esto a la argentina), que, de no hacerlo, no alcanzarían a dar cuenta de la capacidad histórica de organización y expresión de las identificaciones populares.
La permanencia de las oportunidades identificatorias que ofrecen estas experiencias de populismo en Colombia y Argentina también es una de las cuestiones que atraviesa el capítulo de Azzolini. Su trabajo se orienta expresamente a revisar las marcas y los efectos políticos de la emergencia del populismo sobre las articulaciones políticas posteriores al golpe militar que derrocó al peronismo. Dichos efectos operaron de forma directa sobre la distribución de lugares sociales a las que dio lugar la articulación peronista de toda una serie de identificaciones, ya existentes o novedosas, como veremos en el capítulo de Vargas, Reynares y Barros, o el de Rodríguez Franco, y el de Díaz Jaramillo para el gaitanismo. Y de nuevo podemos entrever la manera en que el análisis empírico desnuda a la teoría y la fuerza a apropiarse de nuevas herramientas que permitan dar cuenta de aquello que la desafía.
Una de las preguntas que levantan los hallazgos de Azzolini es sobre el carácter del olvido en los estudios identitarios. Más específicamente, el punto que me interesa resaltar es el de los usos del olvido y su dimensión instituyente. ¿Se trata el olvido solo de una forma que pueden adquirir los discursos en pos de privilegiar la idea de diferencia o la lógica equivalencial? Si el uso del olvido es instituyente, ¿no opera también como un diluyente de ambas lógicas? De ser así, ¿cuál es la lógica que opera sobre el vínculo entre diferencias?
Azzolini muestra que “lo olvidable” de la cuestión peronista son precisamente los efectos de la inclusión de esas nuevas identificaciones y subjetividades que mencioné en el principio de este prólogo. El olvido aparecía como condición de la desperonización de ese nuevo sujeto y se encarna institucionalmente en las amnistías, como un recurso normativo, a la vez que operaba también como recurso identitario. El olvido es instituyente, porque muestra el conflicto acerca de la existencia de un escenario para la vida común, por lo cual es central para los estudios identitarios. Decir “olvido instituyente” implica que el borramiento que el olvido supone, en el mismo movimiento tiene que hacer lugar a una nueva ficción que reinstituya ese escenario y los sujetos que pueden ocuparlo.
La perdurabilidad de algunos contenidos identitarios es lo que les permite funcionar como oportunidad identificatoria. Esta premisa, trabajada en los capítulos de Díaz Jaramillo y Attias Basso, abre un interrogante interesante, que no ha sido muy elaborado desde los enfoques teóricos en los que nos situamos. Sabemos que la hegemonía requiere una expresión positiva, a pesar de que la totalización parcial de la comunidad que edifica se define en torno a las exclusiones que postula. En la experiencia del kirchnerismo en Argentina y en la condición de objeto de disputa de la figura de Gaitán en la nueva izquierda colombiana, se resignifican una serie de experiencias para ponerlas en sintonía con contextos novedosos. Por lo tanto, estas identificaciones perdurables, como las del peronismo y el gaitanismo, tienen que pasar necesariamente por procesos de olvido, como señala Azzolini, y por momentos instituyentes de nuevas ficciones, que les permita ser una ausencia presente en los espacios identitarios que ellos mismos dislocan. ¿Cómo podemos precisar el análisis de las maneras en que cada identificación “hereda”, por decirlo de algún modo, las modulaciones de los discursos disponibles a los que apela? En otras palabras, ¿cuál es la lógica que habilita la perdurabilidad y estructura la herencia? Creo que la idea de Ernesto Laclau de relativa estructuralidad se acerca a una respuesta que puede ayudarnos a precisar el análisis empírico.
Por último, quisiera remarcar otro efecto importante que tienen las articulaciones populistas y que se deja ver en todos los capítulos del libro. En ellos puede percibirse que, cuando ciertos significantes, como “justicia social”, “pueblo”, “oligarquía”, etc., comienzan a adquirir centralidad en el discurso político y a funcionar como puntos nodales de ciertas articulaciones, rápidamente disparan reminiscencias a los populismos. Cuando eso sucede, además, la formación política se desestabiliza, como puede percibirse en la seguidilla de golpes de Estado en Argentina, el alejamiento o acercamiento al bipartidismo en Colombia, como consecuencia de un aumento en la intensidad de la polarización. Es decir, la reactivación de las demandas identificadas con ciertos contenidos populistas, en el caso del peronismo y el gaitanismo, desestabilizan los límites del demos e intensifican la polarización y el antagonismo.
En definitiva, el interés por este libro parte de las preguntas que incita el excelente análisis de la multiplicidad de procesos que abarca la constitución de identificaciones políticas. Estos análisis nos ayudarán sin duda a complejizar teóricamente las lógicas políticas que atraviesan a toda práctica hegemónica y a todo proceso identificatorio. Un libro que despierta todos estos interrogantes no puede ser sino un libro que merece ser leído. Mi total agradecimiento a Ana Lucía Magrini por la invitación a escribir sobre él.
En mi caso, además, este libro guarda una fuerte afinidad afectiva. Mi propia formación como investigador se ha nutrido durante muchos años de diálogos e intercambios con buena parte de quienes escriben aquí. Estos textos no hacen sino continuar esas conversaciones atravesadas por aquello con lo que nos identificamos: la práctica generosamente colectiva y colaborativa de crear conocimiento.
Referencia
Glynos, Jason y David Howarth. 2007. Logics of Critical Explanation in Social and Political Theory. Londres: Routledge.
A modo de presentación: Sísifo y el problema del populismo
Ana Lucía Magrini
Cristian Acosta Olaya
La falta de un consenso conceptual frente al término “populismo” es la advertencia siempre presente al inicio de todo estudio sobre experiencias tipificadas como “populistas”. Dicha discrepancia ha llevado a creer que la palabra misma y el juicio valorativo desde la que es emitida devela per se su contenido y significado. Incluso, se ha convertido actualmente en el vocablo más conveniente para “mentar al demonio”, bautizando la ignominia acerca de un “deber ser” de la política y la democracia contemporáneas.
Dos ejemplos ayudan aquí a ilustrar lo anterior. El primero es la viralizada frase del expresidente argentino Mauricio Macri, quien en medio de la multicrisis global de carácter inédito, signada por la actual pandemia, sostuvo que el populismo era más peligroso que el corona-virus.1 El segundo, más reservado al ámbito académico, es la constante insistencia en pensar al populismo como una amenaza a la democracia moderna. Ya sea como lo expusieron Ghita Ionescu y Ernest Gellner en la frase de apertura de su conocida compilación sobre el populismo: “Un fantasma se cierne sobre el mundo: el populismo” (Ionescu y Gellner 1970 [1969], 7),2 o bien como lo propuso Margaret Canovan, quien, retomando los postulados de Michael Oakeshott, considera al populismo como un fenómeno inherente a la democracia: esta tendría dos dimensiones o dos caras (una pragmática y otra redentora) en permanente tensión, y es en la brecha entre dichas facetas democráticas que emerge “un constante estímulo para la movilización populista” (Canovan 1999, 3).3
Aunque producidas en contextos de discusión muy diferentes, estas definiciones sobre populismo refuerzan los sentidos convencionales del término, el cual devino en un insulto que remite a toda clase de anatemas políticos, que comienza por la idea de manipulación, cooptación, demagogia, reificación; pasa por el señalamiento de la heteronomía obrera (o ausencia de conciencia de clase de los trabajadores que sustentaron los populismos clásicos), y va hasta las perspectivas más recientes, como la de Canovan, que intentan “normalizar el concepto”, mostrando su condición de interioridad a la democracia, pero sin dejar de enfatizar que, al fin de cuentas, el populismo es su propia sombra o, lo que es lo mismo, una práctica política contraria a la democracia liberal.
Para entender esto, antes de presentar nuestro argumento, conviene hacer un pequeño paréntesis y precisar de manera sucinta algunos momentos clave que han atravesado las diversas definiciones sobre populismo en América Latina. No sin estar conscientes de la multiplicidad de estudios sobre el tema, así como de los problemas políticos e intelectuales a los que este concepto ha estado asociado, los distintos esfuerzos por sistematizar las variantes de investigación en torno al populismo han coincidido, en cierto modo, en la existencia de tres perspectivas de pensamiento y tres momentos del debate latinoamericano, que dieron vida al populismo como un significante del cual científicos, intelectuales y académicos podían echar mano para explicar el pasado y comprender el presente en nuestras sociedades.4 Agregamos aquí un cuarto momento, que describe el estado actual de las discusiones sobre el tema, en el que, como veremos a continuación, conviven, se yuxtaponen, contaminan y mezclan una multiplicidad de teorías, métodos y enfoques muy diversos.
Las primeras formulaciones del populismo, en clave científica, se produjeron de la mano de la renovación de la sociología a mediados de los años cincuenta. Las teorías de la modernización y la estructural-funcionalista fueron los principales enfoques que alimentaron conceptualizaciones ciertamente peyorativas sobre los procesos populistas. A grandes rasgos, desde estas teorías, el populismo era definido como un fenómeno propio de sociedades en proceso de modernización,5 de países subdesarrollados o en vías de desarrollo, producto de la rápida transición de una sociedad tradicional a una moderna, donde las masas “en disponibilidad” eran persuadidas por movimientos y líderes políticos con una fuerte ideología anti statu quo (Di Tella 1973 [1965]; Germani 1962; Stein 1980). Desde este clivaje analítico, el populismo era básicamente un proceso social anómalo y un desvío de otro (tomado como parámetro de normalidad): el modelo de integración de las masas en Europa durante el siglo xix. Para estas teorías, el problema radicaba en que la matriz modernizadora europea no habría de tomar entidad en América Latina, por lo que se supondría que sus élites, influidas por el nuevo clima histórico del siglo xx, manipularon a “las masas recién movilizadas por sus propios objetivos”; la mentalidad de dichas masas, por ende, se caracterizaría “por la coexistencia de rasgos tradicionales y modernos” (Laclau 1986 [1977], 174).
Un segundo momento de producción de las definiciones de populismo, que también se alimentó de connotaciones peyorativas, fue el enfoque de la dependencia y sus diversos vínculos con la perspectiva marxista. Si bien la llamada “teoría de la dependencia” no es en efecto una teoría unificada y homogénea, sino una hipótesis que permeó casi todo el pensamiento social latinoamericanista durante la década de los setenta, podemos sintetizar sus principales caracterizaciones sobre el populismo, como: 1) una alianza desarrollista y, en este sentido, una respuesta limitada al problema de la dependencia en la región (Cardoso y Faletto 1971 [1969]); 2) como una etapa de la contradicción capitalista que surge con la crisis del año 1929 (Ianni 1972), y 3) un producto de la crisis de la hegemonía conservadora y el surgimiento de una alianza de diversos sectores sociales, donde la lucha de clases como tal es obliterada (Murmis y Portantiero 1971; Torre 1989; Weffort 1968).
Lo que resaltan estas diversas posturas es el entendimiento del populismo como un fenómeno que solo puede ser analizado si se lo encuadra en una época determinada y en condiciones sociales, culturales, políticas y económicas específicas, donde hechos como la crisis oligárquica de principios del siglo xx y las tradiciones sindicalistas, entre otros, son la condición sine qua non para el surgimiento del populismo. En el discurso dependentista, el populismo primordialmente es entendido como período específico del capitalismo periférico y condicionado especialmente por este.
Un tercer momento de la discusión es el propiciado por el análisis político del discurso, de la ideología y por la denominada “perspectiva no esencialista del populismo”, propuesta por Ernesto Laclau. Su pensamiento tuvo, a su vez, varios giros, comenzando por su ensayo seminal sobre populismo, publicado en 1977, hasta su última obra más sistemática sobre el tema, del 2005.6
Básicamente, para Laclau, el populismo adquiere el carácter siempre precario y contingente de un discurso que, en principio, divide a la sociedad en dos campos antagónicos, “los de abajo”, el pueblo, y “los de arriba”, la oligarquía. La perspectiva sobre el populismo propuesta por el autor ha sido con frecuencia presentada como no esencialista, por varias razones: en primer lugar, porque el populismo es aquí una forma y no un contenido; una lógica, un tipo de discurso que se basa en la configuración de “un pueblo”. En segundo término, porque los contextos son relevantes, pero no determinantes, pues los procesos populistas no pueden definirse apriorísticamente o sin tener en cuenta sus condiciones de posibilidad, pero tampoco pueden ser disueltos en ellas. Al definirse al populismo como una lógica de lo político, se requiere analizar en cada coyuntura y en cada circunstancia concreta, si estamos o no ante una esa forma o lógica política, más allá de los contenidos con que esta pueda manifestarse (políticas económicas de corte keynesiano, desarrollistas o neodesarrollistas, tipos de liderazgo carismáticos, entre otros). Y en tercer lugar, si el populismo remite a una forma más que a una serie de características inmutables y reducidas a un espacio-tiempo específico, entonces este es, en definitiva, un proceso flexible y constantemente disputado, es decir, contingente.
Ciertamente, el debate sobre el populismo no terminó allí y está lejos de ser “saldado”. Numerosos investigadores retomaron algunos supuestos formulados por Laclau y críticas muy diversas realizadas a su teoría,7 para nutrir y enriquecer este enfoque. Estas disquisiciones produjeron como principal resultado el surgimiento de perspectivas no peyorativas en torno a algunos procesos populistas concretos de nuestra región.
Por último, hablamos de un cuarto momento del debate sobre el populismo, al que asistimos actualmente. Este, nuestro tiempo, es uno signado por la convivencia de todas estas perspectivas, teorías, corrientes de pensamiento, axiomas y valoraciones, juntas. La pluralidad de enfoques hoy disponibles y la lúcida intervención de las perspectivas discursivas no han contribuido a depurar las valoraciones más elementales. Es que, en definitiva, la pregunta sobre qué es el populismo resulta ser tan engorrosa, que parece preferible tomar atajos valorativos: ya sea como modo o forma general de la política o de lo político, para decirlo en términos de su autor (Laclau 2005), o como un estilo de hacer política con rasgos similares al autoritarismo (Weyland 2004, por ejemplo). Estamos remotamente distantes de haber contrarrestado los sentidos comunes que todavía prevalecen en investigadores, periodistas, actores políticos y la ciudadanía en general.
Si no resulta errado sostener que hoy el tema ha estallado a un punto casi estrafalario, llegándose a producir “manuales” sobre el populismo a nivel global,8 resulta también cierto afirmar que la amplitud del término ha conducido a cierta abdicación de la especificidad misma del fenómeno. Asiduamente se encuentran “nuevas definiciones” que utilizan, sin reparos, eclécticos mix en los que confluyen rasgos formulados por autores clásicos (como Germani, Di Tella, Ípola, Laclau, entre otros), los cuales luego son utilizados para sostener conclusiones diametralmente distantes a las tesis centrales de dichos autores. No se trata de que las definiciones y teorías no sean susceptibles de “complementarse”; lo que señalamos es que asistimos a un uso irreflexivo de los recursos y las herramientas disponibles. Frente a este dilema, algunos investigadores han optado por esquivar el término; sin embargo, cuando se trata de analizar procesos harto pensados a través del lente del populismo (como el peronismo, el varguismo, el cardenismo, entre otros), sus trabajos no pueden sino desarrollar concienzudos esfuerzos por decir lo mismo —que “populismo”— sin pronunciarlo.
En contraste con la descalificación —o su revés, la apología— y el renunciamiento definitivo al uso del concepto, otros tantos investigadores sociales provenientes de campos disciplinares muy diversos han venido destacando que el populismo puede resultar sumamente productivo para la comprensión de acontecimientos y procesos históricos y políticos de variada índole. De manera reciente, por caso, la llamada “nueva historia intelectual” y la historia conceptual han proporcionado algunos aportes para comprender los contextos de debate y las discusiones político-intelectuales concretas mediante los cuales el populismo —como concepto político polivalente— ha emergido en distintos países desde hace ya más de una centuria.9 Asimismo, desde ciertas miradas socioculturales, se han realizado valiosas contribuciones para la comprensión de las dimensiones simbólicas y afectivas involucradas en los procesos populistas.10 Por último, algunos trabajos producidos actualmente en América Latina han marcado desde un comienzo su posicionamiento a “contracorriente” de las miradas canónicas —muchas de ellas peyorativas— sobre las experiencias populistas en la región y han llamado la atención respecto a establecer un diálogo entre los estudios históricos y sociológicos y las disquisiciones propias de la teoría política.11
En este contexto de discusión, nuestra tarea (debemos decirlo) se asemeja al eterno trabajo de Sísifo: cargar la roca de reflexión del populismo una y otra vez, frente a la pendiente inalcanzable de los lugares comunes. Como la de Sísifo, la nuestra es una tarea —a todas luces— interminable.12 Por ello, no pretendemos aquí saldar o cerrar el debate, sino alivianar un poco la roca de reflexión; más que descifrar la naturaleza del populismo, nos proponemos pensarlo como una categoría analítica operativa y productiva para el estudio de procesos histórico-políticos particulares como el gaitanismo colombiano y el peronismo argentino. Y para estos fines, este libro colectivo recoge y ofrece distintas indagaciones acerca de una perspectiva sobre los populismos que, en esta presentación, llamamos “descentrada”.
Tres descentramientos. Una apuesta analítica
Este libro propone revalorizar al populismo como una categoría analítica plural, contingente y que logra aprehender la heterogeneidad propia de las experiencias históricas que busca auscultar. Claramente, ello supone modificar los ejes centrales (teóricos y epistemológicos) con los que el concepto ha sido construido en América Latina. A continuación especificamos los argumentos, aún dominantes, en torno al populismo, que lo asumen como forma anómala y desviada de la política en la región, y los tres descentramientos conceptuales y analíticos que se despliegan en los capítulos que siguen.
Lejos de haberse construido deductivamente —como podría en apariencia pensarse—, el concepto de populismo fue producido como en un “gran cajón categorial”, dentro del cual se colocó una multiplicidad de rasgos, intencionadamente seleccionados, de algunas experiencias políticas concretas. Por caso, el peronismo constituye uno de los referentes históricos que aportó gran parte de esos aspectos que luego se generalizaron en las definiciones de los llamados “populismos clásicos”. En cambio, el gaitanismo ha funcionado como ejemplo contrafactual, que permitió reafirmar la anomalía del populismo latinoamericano en un país en donde este proceso no se habría producido acabadamente, cuestión de la que podían advertirse sus consecuencias.
Cada una de estas experiencias dio vida a conceptualizaciones “ejemplares” —al decir de Acha y Quiroga (2012)— y arquetípicas del populismo latinoamericano. Ciertamente, el peronismo ha servido como uno de los principales referentes para construir una definición del populismo como un hecho anómalo, “maldito”13 y edificado desde el Estado. Esta tipología ha sido usada con frecuencia como parámetro para medir (por similitud o por contraste) cuán populistas han sido otros procesos políticos, tanto en la región como en la Argentina misma.
Por su parte, el gaitanismo es el principal caso utilizado para nutrir una conceptualización del populismo no acontecido, “fallido” o incompleto, pero, al fin y al cabo, tan anormal y amenazante como el argentino. El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948, cuando se esperaba que fuese el siguiente presidente de Colombia, dio pie a la construcción de un concepto de populismo que, sin perder su connotación de desvío histórico, colocó al país andino en el escenario latinoamericano como uno marcado por la excepción de no haber atravesado una “verdadera” experiencia populista, o bien, de haber experimentado un populismo a mitad de camino. El gaitanismo ha sido erigido, además, como el drama causal de una Violencia (en mayúscula inicial)14 e insistentemente ha sido vinculado a la emergencia de guerrillas de izquierda radicalizada durante los años sesenta y setenta en Colombia. Dicho de otro modo: las cuestiones irresueltas que dejó un gaitanismo trunco habrían marcado las huellas inaugurales del conflicto reciente.







