Descentrando el populismo

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6Sobre el particular, invitamos a leer el capítulo 1 de este volumen.
7Señalamos solo algunas críticas célebres, como la de Juan Carlos Portantiero y Emilio de Ípola (1988 [1981]). Estos autores consideraron errónea la línea de continuidad que Laclau establecía entre populismo y socialismo, sosteniendo que este último se basa en una concepción pluralista de la hegemonía, la cual se diferencia de manera radical del proceso populista. En palabras de los autores, los populismos “realmente existentes” parten de una concepción organicista de la hegemonía (en oposición a la concepción de hegemonía pluralista del socialismo) y procesan las demandas nacional-populares desde lo nacional-estatal, con lo que generan una suerte de “fetichización del Estado”, por la cual “lo nacional-estatal” usurpa “lo nacional-popular” (Portantiero e Ípola 1988 [1981], 205). Esta crítica sería replicada recientemente por Modonesi (2012) y Svampa (2016), por ejemplo. Para estos autores, el populismo representaría una “revolución pasiva” que, pese a sus esfuerzos progresistas, no logra transformar radicalmente la sociedad. Como resulta evidente, el parámetro de comparación de estas posturas es una idea particular de revolución socialista, prisma desde el cual se desestiman experiencias políticas populistas tanto clásicas como —según estos autores también— contemporáneas.
8Como The Oxford Handbook of Populism (Rovira et al. 2017). Esta extensa obra recoge tres abordajes teóricos sobre populismo, para luego plantear análisis empíricos que abarcan regiones, períodos y temáticas muy diversas alrededor del globo.
9Es común colocar el origen del concepto a fines de siglo xix en Rusia, contexto en el cual emergió una corriente filosófica y política que proponía a los intelectuales “descender” hasta la base social: “ir hacia el pueblo” (Narodnichestvo). A la vez que se venía produciendo el llamado narodnik en Rusia, durante el siglo xix, en Estados Unidos, también se identificaba como populista al Partido del Pueblo (“People’s Party”), el cual contaba con una fuente de apoyo de sectores agrícolas del sur y medio oeste del país. En su libro más reciente, titulado Le Siècle du populisme, Pierre Rosanvallon (2020) añade, a la trayectoria anterior, el ingreso de Francia al debate sobre el populismo, hacia 1929, a través de la literatura, y advierte el carácter inconexo entre estos tres contextos de discusión (Rusia, Estados Unidos y Francia). Entre los estudios que han realizado contribuciones significativas desde la “nueva historia intelectual” y la historia conceptual se encuentran: el libro de Claudio Ingerflom (2017), centrado en el pensamiento leninista y en el papel que en él ocupa el concepto de populismo; el artículo de Nora Rabotnikof, “Populismo: conceptos, vocabularios y experiencias” (2018/2019), y algunos trabajos de Magrini (2018; 2019).
10Posiblemente la mirada más sistemática de este enfoque se encuentra en los trabajos de Pierre Ostiguy (2009; 2014), quien autodenomina a su teoría del populismo como “relacional-cultural”.
11Hacemos aquí alusión al libro compilado por Luciana Cadahia, Valeria Coronel y Franklin Ramírez (2018), titulado A contracorriente: materiales para una teoría renovada del populismo. Dicho trabajo propone tomar distancia de “los típicos abordajes sobre el populismo”, los cuales, por lo general —según sus autores—, “oscilan entre un historicismo o sociologicismo positivista demasiado apegado a los hechos y una teoría formal poco proclive a mancharse con los procesos políticos realmente existentes” (Cadahia, Coronel y Ramírez 2018, 14).
12El debate en torno a la constante definición (o indefinición) del término “populismo” puede caracterizarse por tres personajes literarios o épicos: la Cenicienta, Penélope y Sísifo. Como lo sugirieron Mackinnon y Petrone (2011 [1998]) al retomar las reflexiones de Isaiah Berlin, el populismo adolece del “complejo de la Cenicienta”; en analogía al cuento de hadas, sus múltiples reenvíos conceptuales hacen del “populismo” un término que deambula, como el príncipe y su zapato de cristal, en búsqueda de una experiencia política pura con la cual “calzar”. Posteriormente, Gerardo Aboy Carlés (2004) ha descrito el dilema conceptual del populismo como uno semejante al de Penélope. En similitud a la tarea propia de ese personaje de la Odisea de hacer y deshacer un tejido como estrategia para prolongar un desenlace, para Aboy Carlés, en las usuales definiciones sobre el fenómeno se suele soslayar precisamente el “inestable juego entre el borramiento y la reinscripción de su propio origen”, lógica primigenia del populismo como tal (Aboy Carlés 2004, 121). Más modestamente aquí, por nuestra parte, sugerimos que el interminable dilema conceptual que enfrenta el populismo es muy parecido al eterno y abrumador castigo de Sísifo en la mitología griega: el de cargar por una pendiente cuesta arriba una pesada roca, que antes de llegar a la cima, vuelve a rodar hacia abajo.
13La idea de “hecho maldito” asociado al peronismo ha tenido una potencia simbólica significativa no solo en el discurso político, sino también en el académico. John William Cooke, activista político e intelectual de la denominada “tradición nacional y popular argentina”, sostuvo que el peronismo había sido “el hecho maldito de la política argentina” (2010 [1972], 103). En un magistral estudio historiográfico sobre peronismo, Acha y Quiroga argumentaron que “[l]a frase [de Cooke] ya no tiene referencia, ya que ha abandonado su momento de enunciación para ganarse un lugar en los manuales peronistas, posee […] una impronta que puede introducirse en las melodías académicas” (Acha y Quiroga 2012, 12). Recientemente, Alejandro Grimson (2019) ha proporcionado lúcidas interpretaciones sobre la actual vigencia de esta idea en Argentina. Parafraseamos aquí la famosa frase para visibilizar que el populismo —en su acepción generalizada— ha servido como vehículo conceptual y explicativo de esa suerte de maldición asociada a la experiencia peronista. Sobre este punto, véase también Acosta Olaya y Magrini (2017).
14En alusión al 9 de abril como mito fundacional de la Violencia. El magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán, producido el 9 de abril de 1948, ocasionó un gran levantamiento popular, en el que se produjeron disturbios, saqueos, destrozos e incendios, principalmente en Bogotá, aunque también en el resto del país. Luego los enfrentamientos entre liberales y conservadores se radicalizaron y adoptaron nuevas dinámicas. De allí que la Violencia (en mayúscula inicial) remite a un período histórico y a un proceso bastante específico en Colombia. Sobre el debate por la nominación del acontecimiento como “Bogotazo” o “9 de abril” y los sucesos desarrollados en el interior del país, remitimos al conocido trabajo de Gonzalo Sánchez, Los días de la revolución. Gaitanismo y 9 de abril en provincia (1983). Otras referencias sobre el tema se encuentran en los capítulos 1 y 8 de esta obra.
15Las operaciones de lectura intentan, así, sortear comparaciones vis a vis entre presencia y ausencia de variables frecuentemente referenciadas en el ámbito de las ciencias sociales sobre cada experiencia histórica. Los argumentos generalmente esgrimidos por investigadores y académicos para marcar las distancias y a veces el carácter incomparable entre cada comunidad son: 1) la mayor diversificación cultural y fragmentación territorial que presenta Colombia; 2) la temprana formación de un Ejército nacional en Argentina y la temprana inclusión del Estado en el ideario moderno; 3) la presencia de movimientos migratorios masivos de origen europeo en Argentina, en especial hacia la segunda mitad del siglo xix; 4) la temprana formación del sistema bipartidista en Colombia; 5) la mayor presencia e injerencia política de las Fuerzas Armadas en Argentina; 6) la escasa presencia de golpes de Estado en Colombia; 7) la relativa integración de demandas sociales de sectores populares en el seno del Estado argentino a mediados del siglo xx, la emergencia del populismo y sus consecuencias venideras, y 8) el carácter fallido o inconcluso del populismo en Colombia y la herencia de esta frustración en el conflicto armado interno. Remitimos a algunas de las principales referencias bibliográficas a partir de las que construimos esta breve sistematización. Entre los estudios históricos sobre Colombia, se encuentran: Bushnell (2004), Kalmanovitz (1985), Palacios (2003), Palacios y Safford (2002) y Pécaut (2001). Sobre Argentina, valen mencionar los trabajos de Devoto (2002), Oszlak (1999), Torre y Pastoriza (2002), y la investigación comparada de López-Alves (2003), en cuanto allí se realiza un análisis del proceso de formación del Estado en Argentina, Colombia, Paraguay, Uruguay y Venezuela, a través del método de la analogía profunda y el de las mayores diferencias.
16En alusión al llamado “peronismo histórico” o al período que comprende los dos primeros gobiernos de Perón (1946-1955), aunque en ocasiones la expresión abarca también a algunas transformaciones sociales producidas durante el proceso de emergencia del movimiento (entre 1943 y 1945).
17Proyecto titulado “Populismos, identidades políticas y violencia(s) en Argentina y Colombia”, financiado por el FONCYT de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica. Investigadora responsable: Ana Lucía Magrini.
18Aarón Attias Basso, Cristian Acosta Olaya, David Santos Gómez, Juan Ignacio González y María Virginia Quiroga.
1Identificaciones populares y articulaciones populistasApuntes teóricos para el análisis de experiencias latinoamericanas en el siglo XX *
María Virginia Quiroga
Ana Lucía Magrini
Introducción
En América Latina asistimos a un uso cada vez más frecuente de la categoría de “identidad” y a la presencia de sentidos un tanto ambiguos para definirla. Identidad de los trabajadores, de las mujeres, de los pueblos originarios; identidades de clase, étnicas, biológicas, culturales, políticas; modos identificatorios; identidades colectivas, disidentes, subalternas, son algunas de las tantas expresiones que solemos encontrar en el vocabulario académico sobre el tema.
En general, es posible advertir el predominio de enfoques sustancialistas en los estudios identitarios, los cuales buscan dar cuenta de la esencia-fundamento sobre la que se define o construye una identidad determinada. Estas interpretaciones exhiben algunos presupuestos básicos, entre los que resultan recurrentes: 1) que las identidades constituyen un punto de llegada homogéneo y muchas veces estático; 2) que las mismas se encuentran sustentadas por una serie de principios que las autodefinen; ejemplo de ello es el caso de las identidades nacionales, que suelen delimitarse desde atributos tradicionales como la historia común, la música, la lengua, el territorio, entre otros; y 3) generalmente no se establece un análisis capaz de dar cuenta de las dimensiones conflictivas y simbólicas de los procesos de constitución y reconstitución identitarios, esto es, de la lucha por la definición de las identidades en sí mismas.1
Frente a ello, numerosas perspectivas contemporáneas (desde el campo del psicoanálisis, las teorías políticas posfundacionalistas,2 la sociología posestructuralista, los estudios culturales, entre muchos otros) han advertido la necesidad de comprender las identidades desde abordajes no sustancialistas, a partir de reconocer su carácter conflictivo, relacional e incompleto. Nos centramos aquí en uno de estos enfoques, la teoría política del discurso, de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe,3 precisamente porque, en ella, la construcción identitaria remite a procesos no esenciales y eminentemente disputados. Al mismo tiempo, dicha perspectiva postula una especial e interesante vinculación entre el abordaje de las identidades políticas y populares, y el análisis del populismo como lógica de articulación política.
La preocupación central de este capítulo gira, entonces, en torno a dos asuntos o interrogantes clave: ¿de qué modo podría relacionarse una noción no sustancialista de las identidades políticas con una conceptualización no esencialista ni peyorativa del populismo? Y ¿qué aportes puede proporcionar este enfoque para el estudio de dos experiencias latinoamericanas concretas, el peronismo en Argentina y el gaitanismo en Colombia?
Dichas preguntas ofician de guía para los apartados que componen este capítulo. La primera parte está centrada en recoger y sistematizar los aportes de la teoría política del discurso para la compresión de la mutua imbricación entre la cuestión identitaria y la cuestión populista. La segunda proporciona algunos elementos que permiten profundizar el abordaje de las identidades, las identificaciones populares y las articulaciones populistas. En tercer lugar, se ensayan algunos ejercicios analíticos sobre las dinámicas específicas del peronismo en Argentina y el gaitanismo en Colombia, a partir de las disquisiciones teóricas introducidas en los apartados previos. Por último, incorporamos una breve conclusión, que retoma los aspectos destacados del escrito y abre posibles sendas de indagación en torno a las identidades y los populismos en general.
En definitiva, las líneas que se despliegan a continuación procuran trazar una suerte de mapa de problemas y operaciones analíticas en torno a la constitución y la redefinición de las identidades peronista y gaitanista, que luego se desarrollan con mayor especificidad a lo largo del libro. Con ello se pretende contribuir a los estudios identitarios en el campo de las ciencias sociales, subrayando una idea central: que la constitución y la redefinición de las identidades remiten a procesos eminentemente políticos, relacionales, históricos y contingentes. Es desde ese entendimiento que se hace posible emprender el análisis de experiencias políticas concretas, resguardando su complejidad, heterogeneidad y dinamismo.
Aproximaciones teóricas para un abordaje no esencialista de las identidades políticas y los populismos
Conforme con los aportes de Laclau y Mouffe, un grupo social o político particular no “adquiere” una identidad única a partir de la presencia de rasgos universalmente compartidos como el género, la clase, la edad o la etnia. Por el contrario, las identidades se construyen a partir de procesos de disputa por los sentidos que esos rasgos (biológicos, sociológicos, demográficos, etc.) asumen. Ello supone que las identidades no se conforman de manera autónoma, sino que siempre están configurándose en interacción con otras; son procesos constitutivamente relacionales y políticos. En esa línea, Laclau (2000) se refiere a las “identidades políticas” como la fijación parcial de una configuración discursiva resultante de una práctica articulatoria que implicará la construcción de lazos de solidaridad y pertenencia común, como también el establecimiento de vínculos de oposición y antagonismo (operaciones que, en el lenguaje teórico laclausiano, se denominan como “cadenas de equivalencia” y “de diferencia”).
Estas premisas en torno a la cuestión identitaria y su carácter político son de suma importancia para la comprensión de los populismos desde un abordaje no esencialista ni peyorativo; es decir, tomando distancia del hiato entre nociones “apocalípticas e integradas”.4 Mientras que los primeros enfoques entienden el populismo como sinónimo de demagogia, de clientelismo político o como desvío de la democracia, los segundos reivindican el fenómeno como un proceso per se capaz de expandir los canales de participación. A contravía de estas caracterizaciones, que suponen axiomas previos al análisis de las experiencias concretas, la teoría política del discurso resalta la imposibilidad de definir de modo preestablecido el contenido de un proceso político. Habrá que indagar, para poder comenzar a analizarlas, cómo las experiencias políticas se constituyeron, qué condiciones las hicieron posibles, cuáles las limitaron, qué transformaciones, virajes, sedimentaciones, innovaciones y desplazamientos (entre otras posibilidades) se produjeron.
En esa senda, las primeras enunciaciones que Laclau desarrolló en su ensayo seminal, publicado en 1977,5 procuraron analizar el populismo dejando de lado el reconocimiento de características sustanciales establecidas de antemano. Para Laclau, el populismo designaba un tipo de discurso, caracterizado por construir
[…] a los individuos como sujetos desde formas de interpelación bajo las cuales los sectores dominados no se identifican a sí mismos en tanto clase social, sino como “lo otro”, “lo opuesto” al bloque de poder dominante, como los de abajo. (1980 [1977]: 220)
Desde la publicación de aquel polémico texto, la definición propuesta por Laclau fue variando. Básicamente, la conceptualización anterior había sido pensada para el análisis de experiencias políticas concretas, con énfasis en las dimensiones ónticas de los fenómenos populistas; mientras que en el abordaje del populismo propuesto por el último Laclau (el de 2005, con la obra La razón populista), el término remite a una forma o lógica de lo político, esto es, a una ontología política específica, basada en la construcción de un pueblo. En consecuencia, el populismo carece de especificidad histórica (no refiere a un período determinado del desarrollo capitalista), de especificidad geográfica (no es propio de los países del llamado “Tercer Mundo”, por ejemplo) y de especificidad sociológica (no está asociado exclusivamente a una clase, a un grupo social o a una ideología en particular).
Ahora bien, más allá de este desplazamiento —de lo óntico a lo onto-lógico—, tres elementos subsisten en la primera y en la última definición propuesta por el autor. Se trata de nudos centrales de su argumentación, que permiten tomar distancia de lecturas canónicas que procuraron identificar la esencia o el fundamento de los populismos latinoamericanos a partir de vincular su emergencia con ciertos estilos de liderazgo, el apoyo de determinadas bases sociales, o el impulso de un modelo económico preestablecido en el marco de una etapa específica de desarrollo del capitalismo.6
Entonces, en primer lugar, las definiciones que Laclau elaboró en 1977 y en el 2005 comparten el hecho de no anticipar una caracterización axiológica de los populismos sin analizar sus modos de constitución y sus efectos políticos concretos; por lo tanto, inicialmente, el populismo no es un fenómeno eminentemente peyorativo. En segunda instancia, persiste en estas disquisiciones la idea de que no existe una esencia capaz de definir de manera unívoca al populismo, ya que su especificidad se encuentra en el plano del discurso; de ahí que no podría producirse al margen de los procesos de construcción y de lucha social por los sentidos. Por último, los populismos guardan una especial relación con las identidades políticas, pues son fundamentalmente modos de construirlas.
Laclau se detiene a explicar el proceso de constitución de identidades políticas, y especialmente de identidades populares, en los discursos populistas, a partir de dos operaciones que ya mencionamos: la construcción de equivalencias y el trazado de fronteras políticas. La lógica de la equivalencia alude a la solidaridad que se teje entre una pluralidad de demandas diversas, pero comúnmente insatisfechas; mientras que la frontera política representa la diferenciación de esas demandas con aquello que las niega, la institucionalidad que no les hace lugar y es responsable de su insatisfacción. En consecuencia, el espacio social se dicotomiza: por un lado, el campo de la institucionalidad excluyente, el lugar de los poderosos; por el otro, el lugar de los excluidos, “los desamparados”, los que no obtienen respuesta, figuras que Laclau resume en la idea de “los de abajo” (underdogs).7 Llegados a esta instancia, estaríamos frente a la presencia de dos de las precondiciones del populismo: una articulación equivalencial de demandas y una frontera interna antagónica (Laclau 2005, 102).
El tercer requisito refiere a la consolidación de la cadena equivalencial, mediante la construcción de una identidad popular, que es cualitativamente algo más que la suma de los lazos equivalenciales. El pueblo —diferente de la masa— supone la existencia de una particularidad con pretensiones hegemónicas; es decir, una parcialidad que aspira a recomponer un orden social que califica como injusto. El populismo es precisamente el nombre de esa operación tropológica por la cual se construye, de manera discursiva, un pueblo en tanto identidad popular.
Como hemos anticipado, las identidades (individuales, colectivas, políticas, populares) no designan, para este prisma teórico, un “punto de llegada” ni la “cara detrás de toda máscara” (Arditi 2009), es decir, no son un núcleo duro ni un ethos común que subsiste a pesar de las apariencias y de los cambios circunstanciales. Aunque ciertamente tampoco se alude a una constante fluctuación, en la cual no hay ningún elemento al que aferrarse, al menos parcialmente y en momentos y circunstancias específicas.
La noción de identificación podría contribuir a zanjar ese dilema entre el permanente dinamismo y la parcial fijación de las identidades. La identificación supone el autorreconocimiento en algo, en alguien, o en algún elemento que ese algo o alguien represente, es decir, designa el momento específico de “enganche” con algún rasgo que reconocemos como propio (Navarrete-Cazales 2015). Son las sucesivas identificaciones las que estarían en la base de un proceso de construcción identitaria. Dicho en otras palabras, la pregunta por la identidad solo podría responderse a partir de las sucesivas identificaciones que nos constituyen en un momento particular y específico, y que variarán con el tiempo y en función de las diferentes circunstancias históricas y contextuales.
De modo que los actores que componen un colectivo social determinado pueden apelar a diversas identificaciones de acuerdo con el escenario en el que se desenvuelven. Por ejemplo, un movimiento u organización social podría identificarse con algún rasgo en particular (podrían reconocerse como mujeres, mestizas, ecologistas u obreras), dependiendo de las relaciones de equivalencia y alteridad que se vayan trazando. A su vez, alguno de estos clivajes podría sobredeterminar, amarrar o anudar a otros (el género femenino, por ejemplo), identificación que será “bandera” del accionar del grupo (la lucha por la igualdad en contra del sistema patriarcal), y que primará, parcialmente, sobre el resto de los atributos (la raza, la clase, la edad, entre otros posibles).
Los denominados “estudios poslaclausianos”8 han contribuido a esclarecer y especificar esta cuestión. Siguiendo los supuestos básicos de la teoría política del discurso, estos abordajes toman distancia de la búsqueda de un fundamento o esencia capaz de explicar “la identidad” de un grupo, al tiempo que no renuncian al reconocimiento de algunos —varios y cambiantes— elementos capaces de articularse en un proceso identitario y, en ciertas condiciones contextuales, en un discurso populista. La clave se halla en dar cuenta de las relaciones de poder específicas que inciden en que un elemento, rasgo o característica particular logre erigirse como un universal que pueda definir —temporal y parcialmente— la identidad de un sujeto político, ya sea un actor, un colectivo, una organización, un movimiento, entre otros.
En consecuencia, las sucesivas identificaciones (o procesos identificatorios), que están en la base de las identidades políticas, van estableciendo no solo cierta coherencia discursiva (que se hace visible en una serie de demandas y repertorios compartidos), sino también un “investimento o apego afectivo” (Schaufler y Passerino 2014), una “ jouissance” (Mouffe 2009),9 que se traduce en imágenes de sí mismo y del mundo, en proyecciones y “fantasías”10 capaces de movilizar acciones y emociones.







