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Siguieron el curso del río. Si el frío había sido mal compañero en su trayecto anterior, ahora, las continuas hordas de mosquitos que machacaban su piel, convertían las horas en insufribles pesadillas. Hacían frecuentes paradas e ingerían alimentos con regularidad, mas a pesar de ello, cada vez se sentían más agotados.
Después de tres días de extremas penalidades comprobaron que el terreno se tornaba más transitable. Avistaron, a lo lejos, un inconfundible rebaño de cabras que pastaban plácidamente; junto a ellas se distinguía una figura humana ―sin duda, su pastor―, que cubría sus ojos con una mano a modo de visera dirigiendo la mirada hacia donde ellos se encontraban. Alzó la otra mano y los saludó.
Cuando Okhchen ―el pastor―, comprobó el deplorable estado en el que se encontraban debido a las heridas infectadas y a una alimentación no adecuada, les invitó a su vivienda.
―Para adentrarse hacia donde pretenden ir, han de continuar siguiendo el curso del río Chamb’e ―dijo avivando el fuego del hogar y ofreciéndoles unas tiras de carne de oso ahumadas―. Les aconsejo que substituyan los caballos por renos para continuar el viaje. Están mejor adaptados a estas zonas.
El descanso en aquella cabaña les devolvió las fuerzas. Por la mañana, nada más nacer el día, cerraron el trato con el cabrero; a cambio de un precio pactado en rublos, se quedaría con los caballos y les entregaría unos robustos renos más idóneos para desplazarse en aquel abrupto terreno.
Con nueva montura y una alforja cargada con carne de oso, cortesía del pastor, reanudaron la búsqueda, bajo la atenta mirada del gran astro, que lucía radiante en el lejano horizonte. Durante un par de días siguieron por el margen del río Chamb’e hasta alcanzar el río Makirta. A partir de ese punto, con el agotamiento de nuevo instaurado irremisiblemente en sus cuerpos, vieron las primeras señales de la devastadora explosión de 1908. Tomaron, entonces, camino al norte de la misma, siguiendo los indicios que Kulik había conseguido reunir con arduos esfuerzos.
La gran extensión de árboles derribados, las ramas y raíces de estos, constituían un verdadero laberinto casi insalvable. El avance era lento y tortuoso. Kulik, en un primer análisis, dedujo que los árboles habían ardido de arriba hacia abajo, dándole el convencimiento absoluto de que tuvo que ser un repentino foco de calor el que, desde la altura, había provocado el fuego.
El profesor imaginó un enorme e incandescente meteorito, empujando y creando una gigantesca bolsa de aire caliente que, al llegar a una determinada altura, incineró todo lo que halló a su paso.
Los tres hombres viajaron por aquella insufrible encrucijada de ramas secas que, como una alfombra de espinos, obstaculizaba su camino. Su conversación era casi nula y Potapovich se estaba transformando, a pasos agigantados, en un hombre cada vez más huraño. Durante dos días avanzaron hacia un terreno árido y baldío, allí parecía que la vida no tenía cabida. El silencio solo era roto por los constantes crujidos de las ramas secas bajos sus pies.
―Viejo, ¿es normal este silencio? ―preguntó Alekséi sobrecogido. Potapovich simplemente asintió. Entonces se detuvo en seco, sudando copiosamente y no pudo contener el llanto por más tiempo. Todo su cuerpo temblaba.
―¿Está bien? ―dijo Kulik apoyando su mano sobre el hombro del abuelo.
―No puedo seguir, lo siento ―repetía entre sollozos cubriendo su rostro con las manos.
―¿Cómo…? ―preguntó Alekséi sorprendido.
―Que no puedo seguir… Miren a su alrededor, camaradas ―dijo, girando sobre si mismo para indicarles todo el área que les rodeaba―. No hay vegetación, no se escucha ni un solo animal, ni un pájaro… Nada. Esto solo puede haberlo causado un Dios y su ira.
―Amigo. Esto lo ha producido un meteorito. ¡No sea tonto! No crea esas patrañas que cuentan por ahí.
―No Kulik, no. Ustedes, los de la ciudad, no creen en cuentos, pero yo le aseguro que a veces los cuentos son reales. ―Sus ojos denotaban un terror absoluto―. Escuche. Ni un animal en muchos kilómetros a la redonda. ¿Le parece esto normal? ¿Y si realmente los dioses del inframundo están esperándonos? ¿Y si nos devoran?…
El hombre se puso en cuclillas, escondió su rostro nuevamente entre sus enormes manos y se derrumbó en un llanto inconsolable. Los dos científicos estaban exhaustos, aquello claramente marcaba el fin.
―¿Aquí acaba todo, Kulik? ―protestó Alekséi enojado.
―No, querido amigo. No hemos llegado hasta aquí para nada, pero tampoco podemos avanzar sin un guía y a este pobre hombre le ha vencido la superstición.
―¿Qué hacemos entonces, profesor?
―No nos queda otra opción que volver sobre nuestros pasos a Vanavara y empezar de nuevo.
Si avanzar había sido duro, retroceder lo fue mucho más. Cada paso los alejaba un poco más del gran cráter. Kulik empezaba a desesperar; tanto esfuerzo para nada. Habían estado tan cerca que, por un momento, incluso se había planteado continuar sin el guía. Pero él era un hombre sensato, y como tal, no podía poner en juego la vida de Alekséi y la suya propia arriesgándose a no saber encontrar el camino de vuelta. Miró a Potapovich, parecía un hombre veinte años mayor de lo que era. Daba la impresión de ser un anciano vencido por el tiempo. Le infundía un sentimiento entrelazado de odio y lástima. Aquel desdichado repetía, en una incansable letanía, que el Dios Odgy los esperaba agazapado en el horizonte para atrapar sus almas.
―¡No se callará! ―se quejó Alekséi―. Cada vez que miro a ese abuelo me dan ganas de golpearlo. ¿Cómo es posible que sea tan poco profesional?
―Alekséi, debe aceptar las cosas tal y como son. No se trata de falta de profesionalidad, sino de pánico. He visto esa mirada en innumerables ocasiones cuando fui partícipe en diversas incursiones militares contra los japoneses. Hombres fuertes como osos, llorando como niños ante el enemigo; a veces por miedo a morir, a veces por miedo a matar… El miedo, amigo mío, es nuestro peor enemigo y muchas veces no nos da tregua.
Capítulo 5
El 30 de abril, coincidiendo con la salida del sol, reemprendían, nuevamente, la expedición desde Vanavara, acompañados por su nuevo guía, un joven llamado Petrov que aseguró no tener miedo a nada si la paga era buena. La experiencia del infructuoso viaje anterior les había hecho aprender de los errores. Esta vez la odisea prometía no ser tan dura, por lo menos en un gran tramo. Kulik había adquirido unas balsas acordes a sus necesidades; en ellas avanzarían por el río Chamb’e y el Khushmo hacia su destino.
Las crecidas de los ríos, ocasionadas por el deshielo primaveral, hacían que estos guardaran alguna que otra sorpresa en forma de rápidos, pero el guía se desenvolvía con destreza, de manera que los salvaron sin demasiada dificultad. A lo largo del trayecto admiraban la increíble belleza de aquel rudo rincón de la Tierra.
Cuando arribaron al punto elegido para el desembarco, atracaron las balsas cuidadosamente y las ocultaron colocando algunas ramas sobre ellas. Alekséi se preguntaba si sería necesaria dicha tarea, pues por aquellos lares no había ni un alma. Pero más valía ser precavido.
De nuevo en tierra firme, pusieron rumbo al norte. No tardaron en alcanzar el punto en el que Potapovich les había fallado, retrasando, así, el ansiado momento de desvelar el misterioso suceso. Esta vez, conociendo de antemano las adversidades del terreno, iban preparados con las herramientas necesarias para avanzar menos trabajosamente. Al mirar atrás podían contemplar el pequeño sendero que crecía tras ellos. El regreso no les reportaría gran dificultad.
El 19 de mayo llegaron a un extenso y desolado bosque. Hasta donde alcanzaba su vista, se extendía un territorio completamente exento de vida, ni una brizna de hierba, ni un pequeño roedor, ni un ave, ni siquiera un minúsculo insecto… El único signo de que antaño hubiera habido vida en aquel lugar se ocultaba parcialmente bajo infinidad de montículos de nieve. Una gran maraña de árboles caídos, con sus secas ramas, conformaba aquel gigantesco campo de madera muerta.
―¡Dios mío! ―exclamó Petrov perplejo―. Avanzar por aquí no va a ser tarea sencilla.
―Hasta el momento, nada ha sido sencillo en esta expedición. Nos hemos encontrado con diversos contratiempos pero… ¿Sabe una cosa, amigo Petrov? Nada importa cuando uno es perseverante en su propósito. Absolutamente nada ―dijo Kulik con gran seriedad.
―¡Qué gran orador sois, señor! ―bromeó Alekséi haciendo una reverencia a su camarada. Los tres hombres rompieron a reír y un nuevo sentimiento de energía renovada desahució el agotamiento de sus rostros.
Aquel día acamparían allí mismo al pie de los árboles caídos. Amontonaron leña y encendieron una gran hoguera; ante sus cálidas llamas comieron carne seca de oso y conversaron animadamente. Las risas resonaban, extrañas, ante aquel absoluto silencio que los envolvía. Sentían tan próximo su objetivo, que ansiaban que las horas de oscuridad pasaran rápidamente para reemprender su incursión hacia el epicentro de lo que quiera que fuese que hubiera ocasionado semejante exterminio.
La fría mañana del 20 de mayo, a golpe de machete, se fueron abriendo camino por aquel intransitable bosque de obstáculos. Sus manos sangraban por las heridas y arañazos que ocasionaban las ramas secas. A pesar de los guantes, las astillas se clavaban en su piel como infectos aguijones.
―Nunca pensé que diría esto ―Alekséi masajeaba cuidadosamente sus doloridas manos―, pero ahora mismo cambiaría esta maraña de árboles por hordas de insectos.
―No desespere, amigo. Según mis cálculos, en pocos días veremos algo grandioso, algo que nadie, jamás, ha visto antes.
―Espero que así sea. Si no les parece mal, caballeros, nos detendremos para curar las heridas y retirar las astillas antes de que se infecten. ―Los dos científicos estuvieron de acuerdo.
Media hora después se pusieron nuevamente en marcha, siempre siguiendo el itinerario contrario a las copas de los árboles que parecían alineados y amontonados en el suelo como si un inesperado y contundente ciclón los hubiera tumbado, sin remisión, en una misma dirección.
Cuando alcanzaron la desembocadura del río Churgina, pusieron rumbo hacia la zona del pantano del sur. Kulik tomaba notas durante todo el viaje. Fue delimitando y cartografiando el linde de los árboles que yacían en el suelo, viendo que formaban una extensísima superficie circular y que todas las raíces apuntaban hacia un hipotético centro.
Siguiendo la dirección que marcaban dichas raíces, se fueron adentrando hacia el núcleo. La primera prueba de que estaban llegando al epicentro eran los árboles del suelo; ahora ya no formaban un abanico, sino uno doble. Era como si un gigante hubiera soplado dando vueltas sobre sí mismo derrumbando los troncos. Continuaron caminando lo más rápido que les era posible; la curiosidad vencía al cansancio. Estaban seguros de que, en breve, se hallarían ante un gran meteorito y podrían esclarecer el misterio.
De forma repentina, Petrov se detuvo. Kulik y Alekséi, que caminaban mirando hacia el suelo para no tropezar, chocaron contra él. Al alzar la mirada, vieron que Petrov permanecía derecho, contemplando un gran conjunto de árboles carbonizados y sin ramas que, milagrosamente, estaban en pie.
Kulik pensaba con rapidez; era evidente que, lo que quiera que fuera que había explotado, lo había hecho en el aire, a una determinada altura y justo encima de aquellos postes. Era evidente que la onda expansiva los había alcanzado con una presión tan repartida a su alrededor que había imposibilitado su caída.
Kulik miraba todo aquel torturado paisaje, absorto en los detalles. El suelo parecía tamizado de miles de agujeros circulares de diversos tamaños y una profundidad variable. La tierra formaba olas alzadas y estáticas en el aire, claramente vitrificada por el intenso calor que había sufrido la zona.
Tan absorto estaba en el análisis de todo aquello que no había reparado en un hecho mucho más peculiar…
―¡Kulik! ―llamó Alekséi, que junto a Petrov había detenido sus pasos y miraba hacia el cielo con cara de asombro.
―¿Qué hace ahí pasmado, Alekséi? ¡Venga, hombre! Este es el punto que buscábamos, pero no hay un cráter. Realmente esto es muy extraño. No entiendo… No encaja nada con lo que esperaba encontrar… Esto es… ―Kulik hablaba atropelladamente por la emoción, pero Alekséi no lo miraba, seguía mirando hacia arriba.
―¡Mire sobre usted, profesor!
―¿Qué…? ―Alzó su cabeza en la dirección que Alekséi indicaba―. ¡Dios mío! ―No podía dar crédito a lo que veían sus ojos.
Justo encima de los árboles que seguían en pie, a unos trece metros de altura, había un objeto discoidal de unos ocho metros de diámetro suspendido en el aire. Desde su posición solo podían ver la parte inferior de aquel disco. Parecía manufacturado y de una tecnología imposible. Su color era gris plomo, y oscilaba estático como si una mano invisible lo meciera suavemente.
―¡¿Qué diantres es eso?! ―preguntó Petrov asombrado.
―¡Que me aspen si lo sé! ¡Nunca había visto nada igual! ―Kulik miraba fascinado hacia aquel objeto.
―Parece algún tipo de nave voladora.
―¡Uf, amigo! Eso está a años luz de la tecnología más avanzada que podamos encontrar en la Tierra ―Kulik estaba hipnotizado.
―Cierto, profesor. Es increíble. ¿Quizá se trate de algún prototipo del ejército?
―No creo que seamos capaces de crear algo así, pero en el hipotético caso de que lo fuéramos, ¿lo dejaríamos ahí, sin más? ―dijo señalándolo―. ¡No, claro que no! Por su posición deberíamos haberlo visto hace mucho. El paisaje es una alfombra de árboles…
―Tiene usted razón, pero fíjese bien, es como si su color fluctuara. Según cómo, da la sensación de que desaparezca y vuelva a aparecer. Debe de desprender algún tipo de energía extraña, o tal vez posea una especie de pantalla de invisibilidad, quizá…
―¿Y si fuera el causante de la devastación…? ―interrumpió Alekséi―. ¿Quizá fue lo que vieron los lugareños en 1908? Sí, tiene que serlo ―se contestó a sí mismo. Si no hay meteorito, no hay otra explicación para todo este destrozo.
―¿Se da cuenta de lo que dice? ¿Insinúa que eso lleva suspendido en ese punto ―volvió a señalarlo― desde 1908?
―Podría ser, profesor. ¿Qué otra explicación puede haber?
―No lo sé. Si sé que eso no parece de este mundo y no conozco ninguna ley física que pueda mantener un objeto de esa envergadura suspendido en el aire, para ello se necesitaría algún tipo de tecnología que desconocemos por completo en la actualidad. Tan solo digo que eso, sea lo que sea, no puede ser de este mundo.
―¿Qué hacemos ahora?
―No lo sé, Alekséi. ¿Qué se suele hacer cuando alguien se encuentra un artilugio volador vinculado a la destrucción masiva de una zona aproximada de unos 2000 km. cuadrados? ¿Comunicarlo a las autoridades? ¿Correr y simular que no hemos visto nada? ¿Rezar para que no vengan más?… No lo sé, Alekséi, no tengo ni idea. ¿Se le ocurre algo?
―Camarada ―dijo Petrov dirigiéndose a Kulik―, deberíamos volver a Vanavara y poner esto en conocimiento del Kremlin. Ellos son quienes deben decidir.
―Tiene usted razón, no tenemos otra alternativa.
Capítulo 6
El 23 de junio, tras documentar todos los detalles del hallazgo y argumentar por escrito las diversas hipótesis que barajaban, partieron hacia la civilización con el único deseo de que aquel extraño objeto no se hubiese hecho invisible ante el objetivo de su pequeña y ligera cámara Leica. De ser así, no sabían muy bien si la historia tendría la suficiente credibilidad como para que su juicio no fuera puesto en duda.
No se habían alejado ni veinte metros cuando se giraron para echar un último vistazo a aquella maravilla que quedaba atrás, mas lo único que vieron fueron aquellos árboles convertidos en postes quemados que luchaban contra la naturaleza para continuar manteniéndose en pie. Ni rastro de aquel engendro imposible, nuevamente era invisible a sus ojos.
El camino de vuelta, tal y cómo esperaban, fue mucho más sencillo. El rastro que dejaron en su anterior paso marcaba un extrecho sendero que los guió hasta las ocultas balsas, que continuaban tal cual las habían dejado. Desde allí a Vanavara llegaron en un abrir y cerrar de ojos, o eso les pareció, pues, absortos en la conversación, perdieron la noción del tiempo y el peligro. Decidieron guardar, recelosamente, en secreto, todo lo que allí habían visto. Lo último que necesitaban era llamar la atención de algún excéntrico dispuesto a pagar lo que fuera necesario por conseguir aquel objeto único en el mundo. Así, Kulik, Alekséi y Petrov juraron solemnemente que, bajo ningún concepto, revelarían a nadie, excepto a su gobierno, lo que en aquel lugar habían descubierto.
Capítulo 7
Kulik se había quitado un gran peso de encima al revelar las fotografías y comprobar que el disco se había dejado captar por la cámara. Vistiendo su mejor traje, cogió la vieja cartera en la que guardaba todas las pruebas y documentos de la expedición, y se dirigió hacia la academia. El estado de nervios crecía a cada paso que lo aproximaba a su destino.
De sobras sabía que no sería sencillo hablar directamente con Joseph Stalin, líder comunista de la Unión Soviética, pero estaba decidido a conseguirlo.
Ya en la academia, entregó una copia de las fotografías y de toda la documentación sobre la expedición, omitiendo todo dato que hiciera alusión al extraño disco. Pidió audiencia con Stalin, alegando como motivo ciertos conocimientos imposibles de revelar a ninguna otra persona, y que podían poner en peligro la seguridad del Estado.
Genrij Grigorienich, ayudante de Menzhinski y verdadero director en la sombra de la temible OGPU, la policía más oscura del régimen, lo recibió en el Kremlin. Pero Kulik no se rendía fácilmente e insistió en que debía hablar en persona con el mismísimo Secretario General del PCUS.
―Exponga su problema ―ordenó con autoridad Grigoriennich.
―Le pido respetuosamente que ponga en conocimiento de Stalin que tengo información vital para la seguridad del Estado ―repitió nuevamente―. No se ofenda, nada más lejos de mi intención ofenderlo, pero, por favor, entiéndame, es muy importante, debo hablar directamente con él.
Kulik aguardó respuesta, manteniéndose firme, con porte militar, ante aquel temible personaje. Genrij se puso en pie, rodeando la elegante mesa, avanzó hacia él, dejando que el gran ventanal lo enmarcara. Se detuvo a un palmo de su cara, analizando fríamente su semblante. El pobre profesor sudaba copiosamente, pero supo mantener el temple. Sin mediar palabra, Grigoriennich abandonó la sala cerrando el doble porticón tras él. Kulik suspiró aliviado, relajándose de aquella tensa situación.
Instantes más tarde, la puerta se abrió a su espalda. De nuevo, la tensión se apoderó de él. Escuchó unos pasos que se acercaban; al pasar junto a él, aquel hombre colocó la mano sobre su hombro derecho, ejerciendo una ligera presión a modo de saludo. Stalin se dirigió hacia la silla de haya, exquisitamente labrada, y se sentó indicando con un gesto que ocupara la silla que se encontraba frente a él.
―Bien, señor Kulik, tengo mucho trabajo, así que, si no le parece mal, iremos al grano. ¿Puede usted exponer ese asunto tan importante que no puede explicar a mis hombres de confianza?
―Verá, señor… ―comenzó con voz vacilante―. Mi colega Alekséi y un servidor acabamos de regresar de una expedición a Tunguska. El viaje ha sido…
―Por favor, evite los detalles ―interrumpió―. Como ya le he dicho estoy muy ocupado.
―Está bien… ―dijo Kulik rebuscando en su vieja cartera de piel, ajada por el tiempo―. Juzgue usted mismo ―dijo deslizando sobre la mesa las reveladoras fotografías.
Stalin cogió las instantáneas que le ofrecía sin muestras de interés. Kulik pudo observar como la expresión de su rostro cambiaba en un segundo al contemplar la imagen del disco oval suspendido en el cielo de Tunguska. Incorporándose en la silla, las estudió atentamente.
―¡¿Qué diantres es esto?! ―observó brevemente a aquel hombrecillo sentado frente a él, pero su mirada se resistía a apartarse de aquellas fotografías que, ahora sí, captaban toda su atención. Descolgó el teléfono sin dejar de mirarlas y dijo:
―Cancele todas mis citas de hoy.
Stalin se levantó y se dirigió hacia el mueble bar. Sirvió dos copas de vodka y ofreciendo una a Kulik, le dijo:
―Creo que tiene usted una historia que explicarme, camarada.
Capítulo 8
De la anterior expedición había aprendido que ir a Tunguska antes de la primavera era un suicidio. Durante los siguientes meses todo parecía haber vuelto a la normalidad. Kulik desempeñaba su trabajo como profesor de mineralogía, en Tomsk. Moría de ganas por desvelar el secreto a sus alumnos, pero había dos razones de peso para no hacerlo: primera y más importante, el pacto que había hecho con Alekséi y Petrov. Había dado su palabra, y un caballero jamás la incumple; y de la segunda, pendía su vida. Stalin le había advertido de que todo cuanto había explicado allí era confidencial, y se consideraba, a partir de aquel momento, secreto de estado, con las consecuencias que conlleva traicionar a la patria. Habían localizado a Alekséi y a Petrov; tras interrogarlos para asegurarse de que nadie más conocía los hechos, habían sido advertidos de la misma manera.
A principios de abril de 1928 se iniciaba una nueva expedición a Tunguska, pero en esta ocasión respaldada por el Kremlin. Con la documentación aportada por Kulik, el viaje había sido meticulosamente organizado, sin escatimar gastos. El grupo, compuesto por los dos científicos, el guía y diez ingenieros, iba escoltado por quince militares de élite pertenecientes a la RKKA.
El día 15, como marcaban las previsiones, llegaron a la que, desde hacia un tiempo, denominaban Zona Cero, donde, supuestamente, aguardaba el extraño artefacto. Estático, en el aire, se evidenció ante ellos al aproximarse. Los ingenieros exclamaron impresionados por la extrañeza y perfección de aquel aparato.
Montaron sus tiendas en el mismo lugar donde Kulik y sus compañeros acamparan hacía casi un año. Al igual que entonces, encendieron una hoguera para guarecerse del frío. Al calor del fuego, especulaban sobre la procedencia del objeto y los materiales de los que podía estar compuesto. Sus mentes divagaban imaginando formas de vida inteligente en otros mundos. Si aquella cosa era un artilugio experimental de algún ejército, los militares allí presentes, lo ignoraban. Muchos de ellos ocultaron su temor tras la coraza creada por la férrea disciplina.
Al despuntar el día, organizaron el trabajo entre el equipo de ingenieros y los soldados. En poco tiempo vieron crecer de la nada una torre de madera bajo aquel objeto. Así, madero a madero, clavo a clavo… aquella estructura de diez por diez fue ganando altura hasta alcanzar los trece metros que los separaban de su objetivo.
―¡Camarada Kulik! ―gritó Nicolay Smirnov, el ingeniero que ostentaba el mando, desde lo alto de la plataforma―. Ha llegado el momento. ¿Quiere hacer los honores y ser el primero en tocarlo? ―dijo señalando la majestuosa nave que se hallaba a escasos centímetros de su cara.
―Por supuesto ―respondió de inmediato, y dejando su cuaderno de notas a un lado, se dispuso a trepar por la sólida torre. Smirnov quedó sorprendido por aquella reacción. Realmente, aquel pequeño hombre tenía agallas. Sin demora escaló hasta la cumbre que lo situaba junto al ingeniero.
―¡Espere, señor Kulik! Puede ser peligroso ―le advirtió Smirnov.
Sin hacer caso de aquella recomendación y nada más llegar a lo alto de la torre, se quitó el guante de la mano izquierda y, con mucho cuidado, se dispuso a apoyarla sobre la nave. Pero su propósito no pudo llevarse a cabo; entre aquel aparato y su mano quedaba un espacio insalvable, como si un finísimo escudo protector impidiera el contacto directo con cualquier agente externo, conservando, de esta manera, una carrocería que se percibía inmaculada y pulida. Probó a ejercer una pequeña presión para llegar a la superficie, pero únicamente consiguió que aquel objeto se balanceara suavemente. Kulik, fascinado, permaneció en aquella postura, analizando sus propias sensaciones, durante varios minutos.




