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―Señor ―llamó Smirnov preocupado―, ¿está usted bien? ―Pero no hubo respuesta―. ¡Kulik! ―gritó el militar. El profesor dirigió una breve mirada al ingeniero y de inmediato la volvió a posar sobre la nave, magnetizado por su belleza.
―Está agradablemente cálida ―dijo sin apartar la mano―, produce una increíble sensación de paz ―añadió pensando en voz alta.
Poco después, varios de aquellos hombres se encaramaban hacia el punto más alto de la improvisada torre. Uno tras otro, fueron tocando el objeto.
―Parece liviano, señor ―dijo uno de los ingenieros mientras lo mecía sin esfuerzo.
―¡Bajémoslo! ―ordenó Smirnov―. ¡Con mucho cuidado! No debe sufrir ni un rasguño, así que asegurense de sujetarlo debidamente.
Los hombres ocuparon rápidamente sus puestos, circundando la nave. De extremo a extremo, fueron lanzando cuerdas y afianzándolas con experimentados nudos.
De forma eficaz, fueron desmontando la base más alta de la torre. Después tensaban las cuerdas para hacer descender aquel disco gris plomizo. Repitieron el procedimiento una y otra vez hasta hacerlo descansar sobre la base más baja de la plataforma, situada a unos tres metros del suelo.
―De momento lo dejaremos ahí. En unos días llegará el transporte.
Capítulo 9
Desde el cómodo asiento de un camión, Alekséi recordaba la primera vez que vio aquel entorno, silencioso y exento de vida. Ahora, un séquito de personas corría y vociferaba intentando dirigir un gran convoy de vehículos. Al frente de la expedición, dos tanques T-18, último modelo, abrían camino apisonando y reduciendo a polvo todo lo que encontraban a su paso. Tras ellos, un camión oruga GAZ-AA 4x2 1500 kg, cuya “bañera” había sido modificada para que el extraño hallazgo pudiera ser trasladado de la forma más desapercibida posible.
Cargar el disco en el camión había sido coser y cantar. Manejarlo era tan sencillo que un solo hombre hubiera podido hacerlo. A pesar de la dureza que aparentaba, era liviano como un globo cargado de helio, así que la operación fue simple y rápida. Acercaron el camión a la torre, y con precisas maniobras, lo colocaron de canto, como si de un juego con una moneda se tratase. Entre la curiosa nave y la manta en la que debía de reposar, quedaba un ínfimo espacio que los separaba. Lo aseguraron para que no sufriera ningún daño durante el transporte, aunque estaban convencidos de que aquella capa protectora amortiguaría hasta el más mínimo golpe. Aquel objeto tendría unos dos metros y medio de altura en la parte central y poco a poco se estrechaba hasta morir en un ángulo romo de unos 40 cm. En un primer análisis visual no se observaba ni una sola ranura, tampoco había ventanas, ni rendijas, ni remaches, ni siquiera una protuberancia que indicara manufacturación; daba la sensación de estar construido de una sola pieza. Aquel material plateado y deslucido, de tanto en tanto, desaparecía de la vista en un extraño fluctuar. A ningún elemento conocido hasta entonces se le atribuía dicha propiedad.
Una vez finalizada la tarea, eliminaron todo rastro que pudiese indicar interés por aquel lugar. Como única prueba de su paso tan solo quedó un enorme laberinto de huellas de ruedas impresas en el terreno.
Capítulo 10
Poco después de partir, los vehículos se detuvieron repentinamente. Los militares corrían obedeciendo las órdenes de su superior. Kulik miró por la ventana y pudo distinguir, a lo lejos, una figura humana. En poco tiempo, aquel adiestrado grupo de soldados había franqueado al individuo que, bajo el punto de mira de las ametralladoras AP-28, levantaba sus manos sin oponer resistencia. Sin dejar de apuntarle, lo llevaron ante su comandante.
―¿Cual es su nombre, anciano?
―Iván, señor.
―Bien, Iván. ¿Hay alguien más con usted?
―No, señor, ya no. Todos murieron y nadie se atreve a venir por aquí.
¿Y usted qué hace aquí? ―se dirigió bruscamente al intruso.
―Les observaba ―dijo con sinceridad―. ¿Puedo preguntar a dónde llevan la nave celeste?
―Eso no es asunto suyo. Aquí las preguntas las hago yo, así que limítese a responder. ¿Sabe alguien más que existe la nave celeste, como usted la llama?
―No, señor. Todos temen venir a este lugar. Piensan que está maldito.
―¿Y usted? ¿Usted no cree que pueda estar maldito? ¿No la teme? ―dijo señalando el camión que transportaba la nave.
―Gracias a ella sobreviví a la explosión. Vino del cielo y se situó sobre mí para protegerme del fuego y el odio de los enfurecidos dioses. Ella me salvó, aunque no pudo hacer lo mismo por los de mi clan. Todos murieron―. Una expresión de tristeza ocupó el arrugado y curtido rostro del anciano.
―¿Dice usted que se encontraba justo bajo la nave cuando algo explotó y destruyó a todo ser vivo a cientos de kilómetros a la redonda, pero que a usted no le ocurrió nada? ¡Venga, viejo loco! No me haga reír ―se mofó el comandante.
―Perdóneme, señor ―dijo Kulik acercándose a los dos hombres e interrumpiendo al militar―. Permítame que me presente como es de debido. Soy el profesor Leonid Kulik, responsable de investigar la explosión de 1908 e identificar la causa. Quisiera hacerle unas preguntas, si es usted tan amable. Comandante ―dijo dirigiéndose al militar―, creo que es innecesario que sus hombres continúen apuntándole.
Con una leve inclinación de cabeza, ordenó que obedecieran la petición del científico. Inmediatamente todos bajaron sus armas.
―Mucho mejor así. ¿Podría usted contarme, con todo detalle, qué recuerda de aquel día?
―Sí, amigo, soy viejo, pero mi memoria es buena. ―Todos, sin excepción, estaban atentos a las palabras de aquel anciano―. A menudo, sueño con lo que ocurrió y despierto empapado en sudor. Aquel fue el día en que perdí a todos los miembros de mi clan, como ya le dije a ese grandullón. ¿Sabe una cosa? No me gusta ese hombre ―dijo bajando la voz, aunque todos oyeron claramente sus palabras―. Me vi obligado a vagar en soledad por estas yermas tierras, repudiado por el resto del mundo, puesto que, al ser el único superviviente, me consideran tan maldito como el lugar. Van a ser ustedes los primeros a los que cuente lo que vi, nadie más se ha acercado a mí desde entonces…
Un fuerte ataque de tos hizo que interrumpiera su relato. El anciano parecía cansado y desnutrido. Alguien le ofreció una cantimplora metálica con agua de la que bebió ruidosamente a grandes sorbos.
―Dígame una cosa, Iván, ¿cómo se ha alimentado todo este tiempo? Aquí no hay animales, ni siquiera hay vegetación. ¿Cómo ha podido sobrevivir en este lugar?
―La primera semana creí que no lo conseguiría. Es cierto que intenté huir de aquí, lo admito, pero solo porque no había alimento. Creía que todo el mundo había muerto y que yo era el único superviviente de la Tierra, porque el destino así lo había querido. Me dirigí hacia el río, pero conforme me alejaba de aquí y dejaba atrás los árboles derrumbados por la explosión…
―Háblenos de la explosión ―interrumpió el comandante.
―Todo a su tiempo, señor. Bien… Como decía, conforme me acercaba al río, empecé a descubrir vegetación y de ella me alimenté. Si allí había vida, estaba seguro de que en el río también, así que continué y no me equivoqué. Recogí todo aquello que fuera comestible y volví a aquí, a la tierra donde permanecen los espíritus de mi gente. De tanto en tanto, vuelvo en busca de más alimentos.
Kulik empezaba a sentir simpatía por aquel viejo Evenki de nombre ruso.
―Es usted un hombre con recursos, amigo ―dijo Petrov soltando una carcajada.
―La causa de la explosión fue la nave celeste. Aquella mañana el sol brillaba en el cielo, que se mostraba completamente despejado ―empezó a narrar gesticulando exageradamente―. Nosotros… Quiero decir… Mi clan y yo, estábamos allí ―dijo señalando con mano temblorosa hacia el lugar donde, poco antes, se encontraba la nave―. Aunque no quede ni rastro, están ustedes sobre las tierras que habitábamos, por aquel entonces. ―Un brillo de perdida empañó sus pequeños ojos.
―Continúe, amigo ―lo instó Alekséi, dando unos golpecitos de consuelo en su escuálido hombro.
―Oímos un gran estruendo continuado y creciente. Todos cubrimos nuestros oídos. Los pequeños lloraban y corrían asustados buscando la protección de sus madres. Entonces lo vimos. Desde allí ―dijo señalando un punto lejano en el cielo―, se acercaba a gran velocidad, dejando una estela de humo a su paso. No se apreciaba más que una masa de un rojo ardiente, envuelta en llamas. Aquello se detuvo en seco y, por un instante, pudimos verlo… Era un gran objeto redondeado y alargado, como el tronco de un árbol… Sí, eso es, como un enorme tronco de unos 50 metros de largo y, por lo menos, 10 o 15 de ancho, pero no sabría precisar. Estaba muy alto en el cielo, a unos 1.000 metros. ―El viejo Evenki se movía continuamente, señalando aquí y allá―. Durante un instante, se mantuvo estático en el aire.
―¿De forma cilíndrica? ¿Cómo esto? ―Alekséi esbozó a grandes trazos un dibujo de la supuesta nave en su libreta de campo.
―Eso es… Y más o menos por aquí ―dijo señalando el dibujo―, había una gran compuerta y de ella surgió la nave celeste y se posicionó justo sobre mí, donde ustedes la han encontrado… Desde entonces ha permanecido allí.
―¡Dios mío! ―exclamó uno de los militares.
―Pero eso no es todo. De la nave celeste se abrió otra compuerta más pequeña y por ella salió algo despedido a gran velocidad, pero no pude verlo. Podría decirse que lo percibí, era como cuando esta nave desaparece… ¿Saben a qué me refiero?
―¿Quiere decir que parecía invisible?
―No exactamente, profesor, más bien, como si fuera transparente ―puntualizó―. Ya le digo que no pude apreciarlo demasiado bien. Piense que todo sucedió en un instante.
…Entonces, aquel cilindro enorme ―retomó la narración―, empezó a desprender una luminosidad que crecía y crecía hasta convertirse en un brillo cegador, imposible de mirar directamente. Entornando los ojos, los cubrí con mis manos, y entre el pequeño espacio que separaba mis dedos, miré hacia la gran nave. Esta aumentó de tamaño para después hacerse más pequeña, como si se expandiera y volviera a comprimirse. La inmensa luz dejó paso a un túnel en el espacio que había ocupado aquel enorme cilindro, y entonces todo fue luz a mi alrededor; al principio sin sonido, luego, casi al momento, un ruido atronador, como si una montaña se desplomara… Pero yo sabía que allí no había ninguna montaña. Aún así, caí de rodillas protegiéndome de aquellas supuestas piedras que se abalanzaban sobre mí ―el viejo escenificaba esta parte de la historia como si la volviera a vivir―. Me vi envuelto en una extraña luz que manaba de la nave y me protegía del caos que se desarrollaba a mi alrededor. Desde aquel lugar presencié cómo el bosque era devastado, y cómo mi mujer y mis cuatro hijos se desintegraban y desaparecían. Recuerdo gritar y gritar desesperadamente hasta perder el conocimiento. Al despertar, todo había cesado. Quizá estuve allí días, quizá semanas… No tengo manera de saberlo, solo sé que al despertar todo mi mundo había desaparecido para siempre.
Se hizo un silencio general que parecía querer ser un respetuoso homenaje hacia el mundo muerto del Evenki.
―¿Asegura usted que fue el único superviviente? ―preguntó el comandante.
―No exactamente. Durante un tiempo, me cruzaba de vez en cuando con alguna persona o animal. ¡Parecían cadáveres resucitados! ¡Eran repugnantes! Sus cuerpos se encontraban cubiertos de pústulas infectas ―Iván escupió al suelo para demostrar el asco que le producía el solo recuerdo―. Algunas hembras habían dado a luz bebés deformes que lloraban sin cesar; bebés monstruosos… Se arrastraban pidiendo ayuda, implorando perdón… Pero, poco a poco, fueron muriendo y desapareciendo. Al principio, la gente de los poblados cercanos venía a curiosear, pero también enfermaban y morían de la misma forma, así que empezó a correr el rumor de que Odgy había maldecido este lugar de manera que nadie osaba acercarse por estas inmediaciones. Y aunque no lo crean, también me temen a mí ―rio a carcajadas―. Precisamente yo que sigo sano, soy aquel al que repudian. En fin, supongo que así debe ser, así está escrito. Todo ello hace que yo sea el Sempiterno buscador ―así me llaman―, alguien anclado al dolor del pasado y sumido en la pesadilla de la devastación.
Kulik sintió un escalofrío al ser consciente de que tanto él como todos los hombres de aquella misión habían quedado expuestos a lo que quiera que fuera que había causado todas aquellas muertes.
―Iván, ¿cree usted que el otro objeto cayó por aquí cerca?
―No solo lo creo, sino que lo sé con certeza. Conozco el lugar exacto ―Iván bajó la voz, adoptando un tono misterioso―. Se encuentra más allá del agua, en las profundidades de la tierra, donde nadie le puede dar alcance. La nave celeste quiso que así fuera.
La traumática experiencia y los años de soledad habían trastocado la mente del anciano, pensó Kulik. Pero era su única fuente de información, así que continuó interrogándolo:
―¿Podría llevarnos hasta a él?
―Ya lo creo que podría, pero no ahora. Si no se dan prisa en salir de aquí, el tiempo los atrapará irremediablemente. En este lugar la muerte está al acecho de los más sutiles despistes. Además, no les servirá de nada. Nadie lo encontrará hasta que la nave así lo quiera. ―Su risa se vio interrumpida por un fuerte ataque de tos.
Kulik entendió que aquel hombre, a pesar de sus delirios, tenía razón en algo: ir en busca del objeto en ese momento haría que se desviaran de su ruta, poniendo en peligro la efectividad de las rigurosas previsiones que hasta el momento habían seguido a rajatabla, con excelentes resultados. Sería como ponerse en manos del azar. Indudablemente, sería necesaria otra expedición, y para ello tendrían que esperar la llegada de la siguiente primavera.
Kulik se alejó del anciano e hizo un gesto al comandante para que se reuniera con él en privado.
―Comandante, no sabemos si lo que este hombre cuenta es cierto o no, pero después de ver lo que transportamos, estoy seguro de que Stalin no querrá dejar cabos sueltos. Seguramente se preparará otra expedición para buscar el objeto. Para ello es imprescindible que Iván nos acompañe. Es el único que conoce la ubicación.
―¡Subidle al camión! ―ordenó de inmediato a sus hombres.
Iván no esperaba que la situación diera un giro tan drástico; al fin y al cabo, él había colaborado explicando todo cuanto recordaba. Incluso les había aconsejado marchar por la proximidad de las heladas… No acababa de entender que aquellos hombres le obligasen a subir a uno de aquellos vehículos para alejarlo del lugar donde él deseaba pasar el resto de sus días. El pobre viejecillo luchaba en vano por liberarse, mientras gritaba a sus captores. Minutos más tarde volvían a reemprender el viaje de regreso, llevando consigo una prueba viviente de lo que antaño aconteció.
Capítulo 11
Kulik ocupó el asiento junto a Iván. No le habían permitido hacerlo, hasta que estuvo completamente calmado.
―¿Esto ha sido idea suya? ―preguntó decepcionado―. Me pareció distinto a los demás, pero veo que me equivoqué.
―¿Le gustaría conocer al mismísimo Stalin? ―Cambió de tema Kulik desoyendo el reproche del viejo.
―¿Quién demonios es ese?
―Iván, veo que aquí las noticias tardan en llegar. Es nuestro nuevo dirigente.
―¿Nuestro nuevo Zar?
Kulik rio con ganas.
―No, amigo. Se acabó ser siervo de nadie. Ahora somos ciudadanos de una nueva Rusia donde todos somos iguales, aunque le confesaré que, como siempre, existen distintos grados de igualdad.
Los tanques blindados encabezaban la marcha abriendo paso al resto de vehículos. Tras ellos, el camión que transportaba el enorme objeto oval, fuertemente anclado y cubierto meticulosamente con lonas militares. A escasa distancia circulaba el camión donde viajaban Iván, Kulik, Alekséi y Petrov, todos ellos escudados en la retaguardia por dos camiones AMO F-15 de tonelada y media que cerraban la extraña comitiva.
El enorme tamaño de la nave respecto al camión, convertía al conjunto en algo extrañamente desproporcionado. Parecía imposible que pudiera permanecer encanterada. Pero su liviandad hacía que no sucumbiera a la fuerza del equilibrio y cayera de lado como un vulgar borracho, ebrio de vodka.
Iván, Petrov, Alekséi y Kulik pasaron a ser meros observadores durante todo el trayecto hacia el río Yeneséi. Avanzaban salvando las adversidades del camino, a un ritmo tan lento que alguno de ellos lo hacía a pie.
Varios días después llegaron junto al río. No se cruzaron con nadie en su camino, como era de esperar. En poco tiempo las huellas dejadas atrás habrían sido absorbidas por la naturaleza, y hasta llegado ese momento nadie las vería.
―¿Y ahora qué, camarada…? ―preguntó Kulik. No tenía ni idea de cómo pretendían trasladar la nave y los vehículos por aquellas aguas―. ¿Los llevaremos en barcazas? ¿O, tal vez, hemos de esperar la llegada de un buque?
―Bueno, esa era mi primera idea, pero he cambiado de planes. Usted limítese a no interferir en mi trabajo―. El tono autoritario empleado dejaba claro que debían acatarse sus órdenes.
Kulik sabía que discutir con un militar de alta graduación podría acarrear la muerte. Aquellos prepotentes eran de gatillo fácil. Además, sabía que era un hombre muy cualificado, de hecho, todo su equipo daba esa sensación. Así que, simplemente, se sentó a esperar.
Un grupo de militares, bajo las órdenes de aquel tipo, comenzó a desatar el objeto colocándolo en posición horizontal. Este se mantenía en suspensión, levitando.
―Kulik ―llamó el militar―: ¿Se hace una idea de cómo llegaremos a la desembocadura? ―Soltó una carcajada exenta de humor―. Ahora iremos por río hasta el Golfo de Yeniséi, allí nos esperan para transportar esto ―dijo señalando el objeto―, hasta unas instalaciones militares. Permanecerá escondido en un hangar hasta que los altos mandos decidan qué hacer con él.
Antes de continuar debo hablar muy seriamente con ustedes ―dijo dirigiéndose a los dos científicos, al guía y a Iván, que permanecían sentados a una distancia prudencial para no molestar.
―Bien, usted dirá, señor…
―Sabe tan bien como yo que no puedo revelarle mí nombre, profesor.
―Sí, lo intuía.
―Como les advirtió Stalin, esta misión se ha convertido en secreto de Estado. ¿Son conscientes de ello?
―Por supuesto, haremos todo cuanto esté en nuestras manos para que así sea.
―¿Tengo su palabra, entonces, de que no desvelarán ni un solo detalle de lo que han visto u oído hasta el momento?
―Puede contar con ello ―respondió Kulik en nombre de los cuatro que, a su vez, asentían con la cabeza.
En una fracción de segundo, el militar extrajo su revólver, apuntó a Petrov a la cabeza y disparó, sin más, ante la indiferencia de sus subordinados. Petrov, con los ojos completamente abiertos, se desplomó hacia un lado, quedando tendido en el suelo mientras su cuerpo se convulsionaba.
Kulik y Alekséi se levantaron de un salto con la certeza absoluta de que serían los siguientes en caer. Iván, en cambio, presa del pánico, se limitó a cerrar los ojos y esperar. El escuálido cuerpo del anciano temblaba de pies a cabeza.
―Lamento darles una prueba tan explícita de lo que pasará si se van de la lengua, pero esta muerte solo forma parte de mis órdenes. El guía ya no nos es necesario y hombre muerto, calla por siempre. Stalin en persona los espera en el Kremlin. Alguno de mis hombres los acompañará de vuelta a la estación de Taishet, desde donde irán hasta el mismo Moscú.
―¿Y la nave…? ―se atrevió a preguntar Alekséi.
―¿La nave? ―repitió el militar―. Veo que usted ya ha sacado sus conclusiones. No se preocupe por ella, a partir de ahora es cosa nuestra. Ustedes tienen una cita con nuestro líder; él decidirá su suerte ―dijo con una sonrisa diabólica en los ojos, antes de darse la vuelta para marchar.
―¡Perro asesino! ―espetó Alekséi.
El militar se giró de nuevo hacia ellos y disparó a la rodilla del científico. No hacía falta tener un doctorado en medicina para saber que, si salía de esta, jamás volvería a andar con soltura.
―Tengo órdenes de llevarlos a Moscú vivos; aunque nadie me dijo en qué estado. Así que, camaradas, les aconsejo que no sean demasiado impertinentes. ¡En marcha! ―ordenó a sus oficiales, que rápidamente saltaron sobre aquella peculiar balsa.
Alekséi estaba blanco y a punto de desmayarse de dolor, pero no gritó. «¡Qué se joda ese cabrón si cree que voy a llorar como una nenaza!», se dijo así mismo mientras sujetaba su maltrecha rodilla con ambas manos.
Junto a ellos quedaron cinco hombres encargados de custodiarlos y llevarlos frente a Stalin. Tras hacer una improvisada cura en la rodilla de Alekséi, montaron en un camión e iniciaron la lenta vuelta a la civilización. El resto de camiones, tanques, ingenieros y soldados tomaron una ruta distinta a la suya. «Seguramente su misión había finalizado y regresaban a la base militar», pensó Kulik.
Mientras el camión los alejaba del curso del río, contemplaban, fascinados, como maniobraban aquellos hombres sobre el hallazgo oval. Con la simple ayuda de unos remos y una pértiga, se deslizaban torrente abajo a gran velocidad. La improvisada barcaza flotaba sobre el agua. La habían cubierto con una gran lona que colgaba por los laterales; con ella, mantendrían su navío a salvo de ojos extraños.
Capítulo 12
Los tres hombres esperaban en la estación para embarcar en el Transiberiano, escoltados por cinco soldados vestidos con ropas de calle, para no llamar la atención.
―¿Cómo se encuentra, Alekséi? ―preguntó Kulik una vez subieron al tren y tomaron asiento.
―Mejor, ya casi no me duele ―mintió el profesor.
―Es usted un joven demasiado impetuoso ―le reprochó―. Ha tenido suerte; su descaro podría haberle acarreado unas consecuencias mucho más nefastas. Será mejor que descanse, está pálido como el mármol.
―Al menos le pude decir a ese malnacido lo que pienso de él, no como Petrov.
Kulik miró hacia la rodilla de Alekséi, e irremediablemente volvieron a atormentarle los recuerdos de aquellos tiempos en los que participó en la guerra. Había visto decenas de heridas semejantes a la de su compañero e incluso había curado alguna de la misma forma en que lo había hecho aquel militar. En primer lugar, ató fuertemente un trozo de trapo en la parte superior de la pierna para detener la hemorragia; tras limpiar la herida con alcohol, retiró los fragmentos de metralla con un cuchillo esterilizado con fuego. Volvió a utilizar el cuchillo para cortar el tejido muerto de toda la cavidad de la herida y con una lima raspó la zona afectada para eliminar así cualquier resto de piel muerta o infectada. Después volvió a verter una generosa cantidad de alcohol y cosió la herida. Por último colocó una venda… Había visto hombres fuertes como toros gritar de dolor, sin embargo, aquel hombrecillo había apretado fuertemente los dientes y no había emitido ni un solo quejido. Admiraba esa faceta de Alekséi, realmente, era un hombre valiente.
El trayecto fue tedioso y monótono. Iván parecía mucho más viejo que hacía unos días, sumido en el silencio miraba a través de la ventana. Aquel giro inesperado en la actitud del comandante había despertado un justificado temor por su futuro más próximo, al fin y al cabo, según había dicho, tan solo se limitaba a cumplir órdenes de Stalin. Tal vez para ellos también guardaran algún abrupto desenlace; en pocas horas se disiparían sus dudas.
Cuando bajaron del tren, les aguardaba un vehículo oficial que los trasladó, sin dilación, hasta el Kremlin, donde el hombre que ostentaba el poder en el nuevo régimen ruso esperaba impaciente su llegada.
Capítulo 13
―¡Camarada Kulik…! ―saludó Stalin cordialmente al verles entrar en su despacho. Se levantó y se dirigió hacia sus tres invitados―. Está usted mucho más delgado que la última vez que nos vimos. ―Su tono de voz era amistoso y su sonrisa parecía franca, pero Kulik no se quiso dejar engañar por ello, sabía lo que aquel tipo podía ocultar tras esa amable fachada―. Tomen asiento, por favor. ¿Han tenido un buen viaje?




