Antes de que hable el volcán

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En una de las invitaciones de Chisdavindro a dirigir sinfónicas de otros lugares del planeta, fue invitado a una ciudad del Japón. Mientras estaba ausente, el Gordo Amaya, Barba Félix y el mulato Mario, se las ingeniaron para hacer llegar información a uno de los principales periódicos para burlarse de Chisdavindro. El editor que conocía muy poco de música aceptó información sin cuestionarla. La nota que apareció en la sección cultural del periódico decía lo siguiente:
«El maestro Chisdavindro Celestino llena de gloria de nuevo al país al aceptar recibir el premio de los Cerezos en Flor otorgado por el gobierno de Japón a personas destacadas en las artes. El premio fue recibido de las manos del ministro de cultura del Japón, que, en un comunicado, expresó que el maestro Chisdavindro ha sido elegido por su infatigable labor con la sinfónica y sus producciones autóctonas basadas en sus conocimientos profundos de los ritmos ancestrales pipiles.
El maestro Chisdavindro recibió el premio con un vestido típico de carbonero, símbolo de su identificación con las tradiciones patrias. Su indumentaria incluye el tradicional pañuelo rojo, el pantalón de tela de manta y una guayabera con bordados típicos de La Palma.
Como agradecimiento, el maestro Chisdavindro, ejecutó una pieza titulada: “El llamado a la atolada”, basada en variaciones de guitarra del doctor Peyote. Posteriormente, al agasajo asistió a una competencia de sumo, deporte al cual el maestro es asiduo admirador.
El premio consistente en cincuenta mil dólares, de acuerdo con declaraciones del maestro Chisdavindro, lo distribuirá equitativamente entre todos los músicos de la sinfónica, a quienes agradece su gran apoyo y colaboración durante todos estos años».
Cuando dicha noticia, antagónica a todos los principios estéticos e intenciones de Chisdavindro salió publicada en los periódicos, él se encontraba todavía en Japón. Nada más los familiarizados con el clan musical pudieron discernir la mofa en la noticia. La mayoría de la audiencia del periódico que la leyó se sintió orgullosa o envidiosa de Chisdavindro. A su regreso, al recibir felicitaciones de conocidos por su premio, tuvo que desmentir la noticia. El mismo periódico publicó otra nota en la sección cultural disculpándose por haber sido sujeto de una broma y refiriéndose muy fuerte a los anónimos que habían dado la falsa información.
Chisdavindro me decía:
—Estos no son músicos, sino una estampida de burdos mediocres que no tienen amor a la música.
También me dio la buena noticia que había progresado mucho en su sinfonía, y sacando el manuscrito me lo mostró. Mi escasa formación musical no me permitió ofrecer una opinión, pero escuché con interés las explicaciones de Chisdavindro sobre las relaciones que hacía entre las notas musicales y las matemáticas. Y me dijo que le faltaba poco para terminar la sinfonía.
Chisdavindro pudo darle el último toque que como arquitecto del arte precisaba su obra. Terminó la sinfonía el mismo día de la clausura de la jornada de la sinfónica. Y, como era ya tradición, llevó el manuscrito con él. Esa noche el teatro estaba más lleno que de costumbre y la obra de clausura sería la novena sinfonía de Beethoven, con la particularidad que uno de los tenores invitados no llegó y Chisdavindro tuvo que tomar la decisión de ejecutar la obra prescindiendo de su canto. Esto le produjo al director del coro un principio de síncope, pero al final, el sufrimiento solo fue para los músicos entendidos de lo que sucedían, porque el público no captó la diferencia.
Después de este severo estrés, Chisdavindro acompañado de Garnacha, el Gordo Amaya, Barba Félix y el mulato Mario, fueron a celebrar el fin de la temporada y a reducir la tensión a la pupusería «No te olvides de Paganini».
Ordenaron la comida típica del país con el nombre más desagradablemente onomatopéyico: pupusas. Sin duda alguna el consumo generalizado de ellas por la población tiene como resultado que los hombres tengan estómagos prominentes en la temprana madurez y que las mujeres, después del primer parto, posean un cuerpo deforme hasta el resto de sus días. Y ordenaron las respectivas cervezas locales que son de modesta calidad, pero que los oriundos con un fatuo nacionalismo las consideran las mejores del mundo.
La cena de dos docenas de pupusas y varias rondas de cerveza tuvo como fondo musical los cuentos de Hoffman. Chisdavindro narraba un sueño recurrente que tenía en donde se visualizaba en un hospital como paciente de una enfermedad terminal y que la muerte llegaba lentamente hasta que todo se apagaba.
Continuaron diversas rondas de cerveza y Barba Félix contaba lo interesante del compositor ruso Shostakovich, quien, para sobrevivir y complacer al régimen, introducía temas panfletarios de realismo socialista y alabanzas a Stalin, pero que esa era una valiosa estratagema para enmarcar una música de gran calidad lejana de patrones políticos que rompía muchos cánones clásicos. Barba Félix dijo que Shostakovich le había tomado el pelo, o mejor dicho, los bigotes a Stalin y produjo música completamente opuesta al burdo realismo socialista. Continuaron las rondas de cerveza. Chisdavindro sacó su manuscrito y lo puso sobre la mesa como símbolo de culminación de su trabajo, sin dar a conocer que se trataba de la composición que le había llevado años de trabajo, ansias y desvelos.
Garnacha hablaba sobre sus andanadas y relató lo verídico que se podría escribir en un cuento, cuando en lo álgido de la guerra tuvo un encuentro en una noche de estado de sitio con un joven nieto de uno de los notables escritores del país. Dada la situación de seguridad imperante, se quedaron encerrados en una cervecería en la cual conoció a este joven que le relató durante toda la noche la inconformidad de vivir en el país y la rebeldía contra todo. Como corolario del relato, el joven decidió partir en la madrugada, lo cual Garnacha trató de impedir a causa de la prohibición de circulación por las calles antes de las seis de la mañana. En una reacción absurda se fue y a los minutos escucharon disparos y después se dieron cuenta de que el fallecido era quien les había relatado las penumbras de su vida la noche anterior.
Ya eran cerca de las tres de la mañana y los sopores de la embriaguez habían hecho sus efectos. El gordo Amaya y el mulato Mario no podían articular bien las palabras y hablaban como si la lengua se les hubiera paralizado. El Gordo Amaya anunció que podrían continuar con las rondas de cerveza, pero que lamentablemente, ya no podrían prepararse más pupusas porque se necesitaba poner leña de nuevo al comal y calentarlo. Chisdavindro que ya estaba roncando y con momentos intermitentes de lucidez, le dijo al gordo Amaya que quería más pupusas. El cocinero colocó leña nueva para encender el comal y necesitaba papeles como combustible. Pero anunciaron que no había el papel periódico necesario para el primer impulso de la fogata. Garnacha, en una acción espontánea, en un momento en que Chisdavindro dormía, le dijo al mulato Mario que tomara los papeles que había dejado Chisdavindro sobre la mesa para el impulso vital del fuego del comal. El mulato Mario tomó el manuscrito y se lo dio al cocinero; este, estrujando casi todas las hojas, las insertó en el corazón del comal y procedió a encenderlas. El comal se calentó de nuevo y continuó la producción de las pupusas, y, otra docena llegó finalmente a la mesa. Chisdavindro despertó del sopor pesado, sintiendo el olor a queso y se engulló tres pupusas con curtido escuchando el aria de “La canción de Olimpia”. Después de la degustación expresó a los otros:
—Colegas, dado que no puedo brindar por la música o los músicos de este país, esta es la primera oportunidad que brindaré por el adefesio culinario que nosotros llamamos pupusas. Las que he degustado esta noche son las mejores que he probado, dignas de la taberna de Hoffman.
Chisdavindro, embriagado y compungido a las tres de la madrugada, buscaba su partitura, nadie le pudo dar una explicación y con la pérdida de la razón hermana de la borrachera logró convencerse de que era su imaginación. Hasta el doloroso y pegajoso despertar del siguiente día, en el cual se dio cuenta de que había perdido su obra y como Empédocles, concluía que, el mejor subterfugio era saltar adentro del cráter de un volcán.
III.
Plantel querido jardín de la infancia
Como erupciones necesarias, tengo que decir algo de mí y mis acompañantes de travesía Canuto, Chisdavindro y Licón. Como lava emergente de los interiores contaré algo de mi infancia y adolescencia para llegar a mi momento actual que es de algunos temores y desesperanzas. Esos son ritos obligados de la memoria, como presagios antes de que la lava de un volcán venga y nos haga olvidar todo, como un naufragio necesario para alguien como los tripulantes en el barco de Ulises que han pasado perdidos por lustros. Esperando que dicho final épico sea menos doloroso que la continuación a la deriva sin rumbo y, sobre todo, sin esperanza.
Todos tenemos nuestros íncubos que debemos extinguir de alguna forma. En mi caso, había una maldición familiar que había que revertir. Yo era la séptima generación de un inmigrante que, por confusión o purgando alguna culpa, había decidido establecerse en estas tierras. Aquel llegó repudiado por su clan a albergarse a un insignificante pueblo en el siglo xix. Lo más seguro era que tenía cuentas que pagar de índole emocional y económica, y había llegado a refugiarse a un sitio perdido de mundo. Tenía que limpiar de mi descendencia esa maldición que venía de episodios oscuros y de muerte. Mis ancestros estuvieron agobiados por problemas económicos e intrigas y, algunos fueron fulminados por rayos exterminadores. Perecieron en tragedias inauditas, ahogados en lagos misteriosos, en tormentas oscuras vengadoras. Historias de violencias y muertes absurdas solo podrían ser lavadas después de siete generaciones. Posiblemente, ese era el aferramiento que poseía hacia algo místico. Mi inclinación hacia realidades que no tenían explicación y el poder de las palabras para modificar lo físico. Para lograr aferramientos secretos a este lado del universo.
Pero continuemos, con los recuerdos que me han dejado huella. Hay días especiales, por ejemplo, los de las primeras memorias de ser parte de un ente social. Ese instante en que damos el verdadero inicio de la consciencia, cuando comenzamos a estar activos intelectualmente. Como las tortugas o los elefantes que regresan al lugar en donde tuvieron la primera noción de ser. Ese día está grabado en mi memoria que hasta lo puedo tocar: cuando comencé el colegio. Había la sensación de un tiempo que tardaba mucho en ocurrir en un país que tenía un aura de misterios escondidos y de alejamientos de la razón, con laceraciones múltiples que convenía ignorarlas.
Allí estaba yo, posiblemente en mis iniciales niveles de percibir y entender esa compleja red de interacciones llamada sociedad: en el colegio de los hermanos de la orden de la azucena. En el patio alineado con otros niños, lugar desde el cual se observaba la majestuosidad del volcán.
Tengo tan presente ese primer día de clases. Era una mañana soleada cuando en Sivarnia, el sol no destilaba calor y una brisa con olor a árbol de sombra de cafetal se extendía por todo el valle verde; era un paraje permanente de niebla y llovía constantemente sin anunciarse. Nos formaron en las canchas de baloncesto del jardín. Había dos niños de mi clase llorando por la primera experiencia de solemnidad que estaban experimentado. Después de ese día, mi dimensión del tiempo cambió y mis años de colegio se pasaron volando.
Recuerdo que cada línea la teníamos que repetir diez veces hasta que aprendiéramos de memoria el himno de nuestro colegio. A los mal portados nos habían aislado en un lado del salón por mala conducta, y nos hacían repetir, incansablemente, dicha cacofonía. El himno del colegio, junto con el aprendizaje del Yo pecador, el Credo y los siete pecados capitales y las siete virtudes.
Cantábamos:
Plantel, querido jardín de la infancia
y fresco oasis de la juventud…
Que es el colegio, preciado tesoro
glorioso alcázar de Sivarnia.
A diferencia de otras agrupaciones que le daban mayor relevancia a lo intelectual, los hermanos de la orden de la azucena eran más relajados en el pensamiento y más aferrados a dogmas y con rezagos de la falange. Los hermanos de la orden de la azucena tenían que contratar a un capellán para que oficiara las misas ya que dicha prerrogativa les estaba vedada y estaban en desventaja con respecto a otras denominaciones cuyos miembros tenían la potestad de impartir la eucaristía.
De pensamiento católico retrógrado, mezclaban una teología casi nula con un acendrado anticomunismo de los periodos más álgidos de Franco. El hermano, a quien llamábamos perico pelón, relataba que al generalísimo lo protegía directamente la virgen. Sufrió varios atentados, pero la virgen lo defendía. En uno de ellos, la bala penetró la camisa a la altura del corazón, pero como portaba la biblia en la bolsa izquierda, la bala perforó, pero se detuvo en la última página sin tocar el cuerpo del generalísimo.
Aunque mi madre con su vocación católica, en momentos de comunicación profunda, nos decía: hijos, si alguno de ustedes se siente llamado a la vocación, déjenme saberlo, yo los apoyaré. Aún con esas invitaciones honestas y sencillas de una madre, nada estuvo tan alejado de mis intereses que la decisión de hacerme sacerdote y menos aún, un juramentado de la orden de la azucena.
A esto se sumaba mi repulsión sobre las conductas desviadas de algunos miembros de la congregación. El hermano que enseñaba el alfabeto, a los que consideraba los más destacados, les decía que los premiaba con darles dulces. Los cuales se metía en la bolsa de la sotana y les decía a mis compañeros que se los sacaran de la bolsa. A una temprana edad, todo es inocencia e ingenuidad, y el premiado metía la mano en el bolsillo de la sotana. Así, muchos sin saberlo tocaban algo de la humanidad del pedófilo. El vaticano contemporáneo tendría material suficiente para llenar anaqueles de juicios sobre pedofilia si esculcara a algunos de la orden en dicho periodo.
Rezábamos el rosario. Nos hacían participar en misas y, el mes de mayo, participábamos en una cofradía dentro del colegio. En la misma portábamos azucenas y transportábamos la imagen de la virgen, cantando coros importados desde la madre patria España como el del 13 de mayo que bajó la virgen a «Coba de Iría» y el de «Venid y vamos todos con flores a porfía».
En ese mismo tiempo, en los recreos, nos escapábamos con algunos a una sección del colegio que nos estaba prohibida a los de primaria. Nos íbamos en los recesos y en ejercicio imaginativo decíamos que se aparecía la virgen, pero que también la Siguanaba —un personaje maligno de la mitología indígena—. Era tanto nuestro poder de convencimiento, y, al mismo tiempo, ingenuidad de nuestros amigos que se creó el rumor que en la parte alta del colegio había apariciones de la virgen. Uno de mis compañeros, que había nacido con la limitación congénita de no poder hablar y yo, éramos los que inventábamos las historias, y los demás las seguían. Nos mandaron a llamar los profesores y nos confrontaron a que dijéramos la verdad, porque había niños crédulos que estaban asustados. Mi silencioso amigo indicó por gestos que se le había aparecido la virgen, llorando como a Juan Diego del cerro del Tepeyac y había abierto su manto, brotando flores del lienzo. A mí, me interrogaron sobre la veracidad de la visión de la Siguanaba y les dije que habíamos visto unas sombras y escuchado unos gritos y que preferimos salir corriendo. Hasta allí terminaron nuestras apariciones, cuando nuestros profesores nos amenazaron con acusarnos con nuestros padres si seguíamos mintiendo. Para mí, esto no se clasificaba como mentira, era parte de un mundo inventado que era válido y que, si alguien lo creía, existía.
El pasaje por las aulas de nuestro plantel, querido jardín de la infancia, no fue sin algunos golpes y castigos. Un sistema educativo basado, principalmente, en la memorización, tenía necesariamente que ser complementado por el castigo físico. Sería interesante hacer un inventario similar a las cámaras de tortura de la edad media con los instrumentos utilizados para castigar a los de mala conducta; casta inmemorable que, por afinidad, necedad, injusticia, o rebeldía me correspondió pertenecer. ¡Qué decir de la famosa chasca!, instrumento infame de madera con el que se podía infligir golpes en la mano o en la cabeza, pero con el uso también de ser marcador con su sonido, por una delgada pieza de madera atada con un elástico, de los cambios de tiempo de actividad. O de las reglas de madera, a una le dábamos el sobrenombre de la negrita por su color proveniente de su origen de las maderas más fuertes del trópico. El fin de la negrita era obvio: la palma abierta del que precisaba disciplina. Un profesor al que apodábamos con el sobrenombre de una variedad del banano: Majoncho, por su complexión de baja estatura y grosor excedente, era de mayor creatividad en sus instrumentos de tortura y había inventado que quien llegaba con el cabello considerado insolente tenía como castigo el repello en su cabeza de la vaselina más barata del mercado. El mismo Majoncho, que todos los lunes llegaba con los ojos rojos y aliento propio de los que han abusado del alcohol durante el fin de semana, practicaba también la innovación de aplicar al que no se sentara bien levantando las extremidades, amarrarle los pies al pupitre para que aprendiera compostura en la utilización de una silla de estudio.
Hasta ya pasada mi adolescencia, pude tener un pensamiento más independiente y analítico. Una de mis deficiencias fue el dejarme llevar por la presión de algunos de mis compañeros de juego. Tenía una atracción de seguimiento innata por los que tenían humor, lo que nunca tenía una correspondencia con el tener buenos valores. Por ejemplo, Tantor era el cuarto hijo de una típica familia de clase media. Las actividades comerciales del padre les permitían tener a sus hijos en el colegio de los hermanos de la orden de la azucena. La familia, aunque honrada, no se caracterizaba por el refinamiento ni cultura. Tantor era el característico maleducado, que divertía a la clase con sus improperios y bromas cargadas de injurias y lenguaje soez. En una oportunidad, sustrajo del negocio de su padre dos bolsas de los lapiceros que el padre comerciaba y en una repartición convertida en piñata los distribuyó a la clase. Como dulces lanzados al aire, nos disputábamos los lapiceros cortesía de Tantor. La fiesta terminó cuando perico pelón llamó al padre de Tantor y todos tuvimos que retornar nuestros regalos, mismos que a empujones y saltos ágiles habíamos ganado.
Lo que apreciaba de Tantor es que me hacía reír, lo cual, a esa edad, yo consideraba como un talento extraordinario más importante que ser el más fiel devoto religioso o de ser estudiante ejemplar. Además, coincidíamos con Tantor en jugar en el mismo equipo de fútbol en el cual él era el guardameta y yo me destacaba en el medio campo.
Mi asociación con él me generó problemas relacionados con amores infantiles. Había una niña vecina del colegio, que llamaba nuestra atención aunque nunca le hubiéramos hablado. Decidimos un día enviarle cartas de amor. Yo escribí una carta con sentimientos infantiles y Tantor tuvo la idea de escribirle una carta soez atribuyéndosela a otro de nuestros compañeros, quien según escuchamos, podría ser nuestro rival en amoríos. Tantor fue a dejar las dos cartas en la ventana. No pasó ni un día para que la familia llegara a quejarse con perico pelón. Dada que las misivas habían sido escritas con papeles pertenecientes a una libreta de la cual yo era propietario, fui injustamente acusado de escribir la carta soez sin otorgarme la posibilidad de defensa.
Fue un tiempo pleno de aventuras intensas como para llenar páginas insólitas de anecdotarios. Sin lugar a duda, uno de los momentos más álgidos era en las tarimas del Gimnasio Nacional, apoyando al equipo de baloncesto.
Dentro de este anecdotario, recuerdo la oportunidad en que lo habíamos planificado con dos meses de anticipación. En la final de baloncesto de nuestro querido y campeón colegio, con mis compañeros, saldríamos vestidos de las mascotas de los equipos rivales en los deportes: uno saldría vestido de gato, otro de alacrán, y otro, de mucho peso, tendría el honor de representar al león de nuestro colegio, y yo iría vestido de gallo. Habíamos sido exitosos en conseguir nuestros trajes deportivos. Tramamos el plan, saldríamos antes de la gran final a la cancha y enardeceríamos a las barras de los colegios, haciéndoles creer que representábamos sus estandartes. Después de este teatro barato, nos postraríamos ante el león y lo alzaríamos en hombros, dándole su corona y cetro de campeón.
Llegó el día esperado y salimos a la cancha del gimnasio, cada uno tratando de movilizar a su bando. Yo me acerqué a la barra que me correspondía, y con gesto de mis manos les incité a que aplaudieran, aunque alguien discernió que era una farsa y con mucho tino me lanzó un objeto que hizo impacto en mi cabeza, pero no pasó de dejarme una leve hinchazón. Todo nuestro plan marchaba de maravillas, cuando salió el león, continuamos la comedia y primero lo atacamos entre los tres, para que después reaccionara y nos subyugáramos al león campeón. Y aunque todo marchaba bien, había un detalle, que nuestro espíritu intempestivo y poco analítico no había previsto: el león pesaba más de doscientas libras. Cuando entre los tres, el alacrán, el gato y el gallo lo intentamos levantar y lo llevamos a casi un metro de altura, no pudimos resistir el peso y el león cayó en descenso libre en la tarima del gimnasio, por poco se fractura la columna vertebral. Nuestro colegio quedó campeón, pero nuestro aprendiz de león resultó sufriendo un profundo dolor de espalda.
Mis experiencias más intensas de esos años fue hacer paseos al volcán y observar Sivarnia y el mar no lejos de allí. El mar fue algo íntimo que me permitió, por primera vez, tener la sensación de una naturaleza enérgica que me ampliaba un espacio de libertad que no tenía en la cotidianidad. Fue mi tiempo de surfeador durante el colegio una experiencia maravillosa. Mi indumentaria, mi calzoneta de baño y mi tabla para las olas. Ni las experiencias más intensas en múltiples viajes, podrían sustituir esos pocos minutos y segundos de deslizarme en una ola. Segundos tan intensos como un éxtasis con olor de algas marinas. Grabados permanentemente en mi inventario de experiencias más intensas. Levantarnos temprano para entrar al mar con la primera claridad. Navegar hasta donde se originan las olas, evitando cortinas de olas como tsunamis, y después esperar con todos los sentidos alertas la pared de tres metros que nos permitirá el embelesamiento máximo de la felicidad. En el silencio insólito del mar, observar la costa desde el nacimiento de las olas. Momento sublime de libertad suprema. Integrado absolutamente con la naturaleza, movido por la fuerza vital de una ola gigante. Lo más lejano a la cotidianidad. Ninguna ola es igual ni llegará a serlo. Es Heráclito a la quinta potencia: ¡Si nadie se bañará en el mismo río, mucho menos en una ola traviesa en un mar majestuoso! Cada ola tiene su propia personalidad, su tipo particular de formación, velocidad y soltura. Y los olores y sabores, olor a fino musgo marino y a sal de vida. Es la experiencia sensorial más completa, ni siquiera la ópera ya que le falta lo papilar. Aquí, cada sorbo de agua sabe a todos los viajes marinos y a todos los animales más exóticos del fondo del mar. Definitivamente, jamás cambiaría mis años de surfeador. Experiencia altiva y máxima de amor por lo húmedo, por lo fugaz, o sea por la vida.
El acercamiento al mar fue mi refugio en años de confusión. Me escapaba por las mañanas para poder estar de regreso en Sivarnia. El mar me otorgaba plenitud y libertad en años de búsqueda de genuinidad. La dinámica con mis compañeros cercanos era interesante y cada uno de ellos, un planeta o una isla al estilo de Donne. Uno de ellos era alguien totalmente diferente a los demás. Interesado en estudiar y con un halo que presagiaba que sus años de juegos escolares ya habían pasado. En fin, diferente a nosotros, preocupados nada más por divertirnos y pasarla bien. Aunque Sivarnia era una olla de ebullición, y en el ambiente había como neblina, la certeza, más que presagio, que una hecatombe social como la erupción del volcán se acercaba. A nosotros no nos interesaba el futuro. Sin embargo, él tenía sus aspectos mundanos que hacían transparentar en esa áurea aparentemente hermética una naturaleza viva, que, a veces, entraba en contradicción con su rigidez de objetivos. Él me contaba su experiencia de cuando sirvió de edecán de un campeonato de softball femenino organizado por esas fechas en el país. Además de ser eficiente en su labor, tuvo romances furtivos con alguna de las jugadoras, quienes querían aprovechar también la experiencia de tener un muchacho exótico. Lo cual, él también aprovechó, botando todas sus barreras, como el profesor Fausto tocado por la tentación de la carne.



