Antes de que hable el volcán

- -
- 100%
- +
Tuvimos una educación universal y amplia y desde muy jóvenes leíamos a los clásicos universales y vernáculos, pero solo él, a sus escasos diecisiete años, fundó un periódico donde le dedicó unos artículos al genio checo Kafka. Estos intereses intelectuales, muy por arriba de las preocupaciones cotidianas de todos nosotros, siempre me generaron un gran respeto por él. Posteriormente, la vida nos juntó en ciudades más complejas y con historias vastas: México, Washington y Ginebra. Para esas fechas, yo ya había dejado mis juegos infantiles y tenía preocupaciones intelectuales más profundas. Él, al contrario, siempre tuvo una claridad indeleble de sus intereses por el pensamiento.
Sivarnia, como un volcán, estaba en erupción. Comenzaba una guerra civil que duró más de una década. En pleno año del inicio de la guerra civil, cuando el enfrentamiento era una situación de inercia que nada o nadie podía evitarlos, la suerte estaba decidida y los grupos de izquierda habían emprendido el camino de las armas, y el ejército y la derecha la decisión también con las armas de exterminar a la oposición. Los enfrentamientos eran cotidianos. Aunque siempre había existido la violencia, el país entró en una convivencia con la brutalidad y la muerte que persistió incluso después de la finalización del conflicto. Era como una avalancha de fuego desprendiéndose de las laderas del volcán y destrozando todo a su paso, llenando de fuego y dolor a Sivarnia.
El colegio de la orden de la azucena era un estandarte de pensamiento conservador, inclusive, en un año, habíamos tenido una inmigración de estudiantes de otros colegios, porque sus padres alarmados estaban preocupados por el supuesto adoctrinamiento ideológico que recibían. Con mis amigos cercanos, sentíamos que existían situaciones y partes de la historia que no nos habían contado. Los hermanos de la orden de la azucena no tenían elementos para explicar lo que estaba sucediendo en los asfaltos de Sivarnia. La mayor parte de nuestros compañeros no tenían mayor capacidad de entendimiento y eran permeados por la ideología anticomunista prevaleciente en sus hogares de clase media, situación digna de los mejores días de las casacas negras del Duce. Otros seguían la marea por limitaciones o por complejos sociales.
Con algunos de mis amigos, decidimos que había una explicación que no estaba allí y que existía en la inmensa miseria del país un murmullo que había pasado de ser callado a tener voz. Definitivamente, que no teníamos todas las claves para entender lo que estaba sucediendo y funcionábamos más con la sensibilidad. Tuvimos la oportunidad de conocer a un arzobispo, quien, dejando las comodidades y las taras eclesiásticas, había tomado un camino diferente de búsqueda de justicia y denuncia. Nos rebelamos contra el maniqueísmo de nuestros compañeros y la pasividad llegando a cobardía de nuestros educadores. Esto nos trajo enemistades y odios y si no hubiéramos salido del país, lo más seguro es que hubiéramos engrosado la lista de la innumerable cuenta de los privados de mundo que pronto pasarían a un anonimato extremo y se convertirían en el olvido, no sin antes dejar una cicatriz imborrable de dolor en los cercanos a ellos. Años después, nos dimos cuenta lo cerca que estuvimos del peligro, más de lo que imaginábamos. Algunos de nuestros compañeros del colegio fueron miembros de los grupos de exterminio de derecha y uno de ellos tuvo la deshonra de participar en el asesinato del famoso arzobispo. Otro terminó en prisión acusado del caso de desfalco al gobierno más grande en la historia del país.
Nosotros reivindicábamos, no solamente sensibilidad social, sino también una búsqueda espiritual, misma que fue resentida con mucho odio por nuestros compañeros. Lo irónico es que muchos de los que se burlaron de nuestra ingenuidad espiritual son los que después de muchos años, se hicieron miembros activos de todo el espectro de sectas religiosas estrambóticas.
Siempre me he preguntado cómo ha sido posible que se hubiere engendrado en mi promoción personajes extremadamente infames, más allá de la normal desfachatez. La única respuesta que tengo es que fuimos la generación de la explosión volcánica. Fue a mi generación que le tocó exactamente la línea divisoria de otra erupción social en el país y las erupciones siempre generan dolor y sangre. El magma de lo más profundo agota toda su paciencia y tiene que brotar. Nos tocó vivir sin opción, arrebatados como por un torrente de lava en un conflicto que nosotros no los originamos, pero éramos víctimas que necesitábamos tomar posición. Arrasó a algunos a hechos abominables como involucrarse en asesinatos de opositores y los que no tomaron partido también fueron afectados y los que pudieron migrar lo hicieron y los que se quedaron vivieron años de temores, inseguridades y peligros.
En el año memorable del inicio del conflicto armado el dolor y la violencia, como lava sin control, estaba en nuestras aceras. La irracionalidad abundaba rampante en todos los sitios. Los jóvenes inquietos e irreflexivos fueron sumados a la inercia de dicho torbellino social. Diariamente, aparecían cadáveres de las ejecuciones sumarias del régimen militar, el cual bajo la consigna anticomunista eliminaba a sus oponentes. Por el lado de los grupos de izquierda, había también irracionalidad, resentimiento y dogma. Hubo secuestros de hombres de negocios que no tenían ningún involucramiento con la guerra. De estos grupos, tampoco había esfuerzos por detener la pérdida de vidas; al contrario, tenían la certeza de que más mártires a su favor, lejos de amedrentar aumentaban los simpatizantes en sus filas.
En un momento, me di cuenta de que yo no pertenecía a dicho medio. Me sentía tan distante, era una realidad que no podía aceptar y quería ser diferente. Las cosas no tenían sentido si continuaban así. El único escape que tuve fue por medio del estudio. Mis plegarias fueron escuchadas y en esas circunstancias en la cual todos peligrábamos salí del país. Lo dejé en sus peores momentos, con olor a sangre y sufrimiento. Salí como muchos otros, huyendo de un conflicto irracional y buscando prepararme mejor.
En ese tiempo tenía una visión fatalista primitiva, creía que aun con el libre albedrío, el universo y las fuerzas del azar eligen a algunos para participar en el engranaje exacto de causas y efectos. A estos se les da la oportunidad de convertirse en esta historia del universo y depende de su inteligencia y visión de justicia si serán parte del dispositivo o si se quedarán al margen. Muchas veces, estuve cerca de morir, pero una mano celestial intervino en los momentos precisos para librarme del peligro. Pensaba que, aunque es inescrutable la dirección de la historia, la actitud sabia de cumplir el destino hace que la historia se realice y que uno sea parte de ella.
Me establecí en una ciudad en proceso de industrializarse en un desierto del noreste, cercana a la frontera con Estados Unidos. Una ciudad con la pretensión de representar el máximo avance económico, pero atrapada en la desigualdad, violencia y corrupción características. Sin embargo, fue en las librerías de esta ciudad en donde tuve mi encuentro con los clásicos latinoamericanos y universales. Fue allí donde compré mi primera música de la nueva trova cubana.
En la universidad tomé el estudio como una religión y me separaba los fines de semana para estudiar en uno de los salones en el cual observaba a un cerro en forma de silla para versarme en los libros de mi carrera y mi alta dotación de lecturas propias. De los autores que me poseyeron a mis diecinueve años fueron Tolstoi, Hesse y Dostoievski. Leí sin tregua las principales obras de esos grandes maestros. Estas lecturas penetraron en mi sangre y en mi espíritu. Y fue allí también donde hice mis primeros esbozos de poemas, mismos que con excepción de mucha pasión, no tenían mayor profundidad o musicalidad.
La carrera que elegí estaba orientada al servicio comunitario. Sentí que eso era lo que más me acercaba a servir a los demás. Esto fue un cambio radical de lo que inicialmente había manifestado intención de estudiar: sistemas computacionales. No muy tarde, descubrí que la carrera elegida no me gustaba y la mayoría de los profesores no eran ilustrados. Hice dos buenos amigos que se salían de lo convencional. Ambos estaban completamente compenetrados con el estudio y con una visión inmensa de ayudar a los demás. La vida vindicó mi apreciación temprana, una de mis amigas fue, posteriormente, una de las principales sociólogas de la frontera norte, una de las autoridades en los aspectos de violencia en las fronteras y de las mayores líderes para que se esclarecieran los crímenes de mujeres en la frontera.
Traté de hacer ligera mi travesía por dicha ciudad. De los mejores recuerdos que me llevaría, fue mi experiencia de trabajo con un movimiento de posesionarios de tierra. Estaban organizados políticamente y el gobierno les temía. En mi trabajo con ellos pude conocer bien la vida de los suburbios pobres, sus necesidades, el olvido del gobierno de proveerlos de los servicios básicos.
Desde ese tiempo, pude percibir que, tarde o temprano, vendrían manifestaciones de violencia, producto de las pestes sociales que dicho medio poseía, compuesta por una clase política corrupta que abusaba del poder sin límites, y de policías judiciales y federales a los que nada envidiaría los más famosos gánsteres del periodo de la prohibición en Chicago. Por eso, cuando la industria del narcotráfico se fortaleció, fue fácil incorporar a sus filas a miembros de los cuerpos de seguridad y a los políticos.
Es lo que Carlos Fuentes recrea como ficción en una de sus obras. Habla de la clase política y de los principales encargados de la seguridad aliados con el narcotráfico, que atrapan a los delincuentes sin influencia y a uno que otro ladrón con dinero para dar la impresión de que hacen algo, pero que dejan pasar a los principales narcos y traficantes de armas y de violencia. Habla de lo sucio y apestoso de los encargados principales de la seguridad, quienes, precisamente, aprovechan la situación de pavor de la población para ganar más poder y privilegios. Carlos Fuentes da un desenlace sangriento a las cosas. Como epitafio, uno de los políticos importa grupos élites teutones a los que apoda los Sigfridos, para exterminar a los más altos en el poder responsables de la violencia y la corrupción. El final no es muy alentador porque termina en violencia y en la desesperanza de que no se puede hacer nada.
Terminando mi experiencia de provincia, me iría a una gran ciudad. Esto fue una presencia vital de apertura al pensamiento y a la cultura. Pasaría de un estado provincial a una ciudad de diez y ocho millones de habitantes, en donde tendría acceso a la literatura, cultura, discusión inteligente y al arte. Y qué más centro de todo esto que la universidad más grande de América. Cuando llegué a dicha urbe, ya el presidente había dicho que haría una defensa canina de la moneda y el país se encontraba sumido en una de sus múltiples crisis. Pero en los centros intelectuales, la discusión era absolutamente rica. En la facultad de Ciencias Políticas y Sociales en la cual continué mis estudios superiores, había la más interesante discusión y debate sobre los dogmas antiguos del marxismo, las teorías sociológicas latinoamericanas que tenían una fijación sobre la dependencia y las nuevas ideas en boga. Fue de los últimos momentos brillantes para las ciencias sociales y las humanidades en América Latina. Posteriormente, el letargo se apoderó de este dominio y los sociólogos y filósofos se han quedado como corifeos de los grandes pensadores del pasado. Difícilmente, se ha creado algo nuevo.
Dicha ciudad siempre la he considerado como una de esas ciudades universos, con las posibilidades de ofrecer innumerables vivencias en todas las dimensiones. Para mí, implicó una nutrición fundamental de ciencias sociales y cultura. El único aspecto difícil es el estatus de vulnerabilidad que un estudiante puede tener por las limitaciones económicas. Una enorme ciudad puede resultar aplastante ya que reafirma el sentimiento de fragilidad. Un fuerte terremoto selló este sentido de fragilidad. Viniendo del valle de las hamacas, como es conocida Sivarnia por sus frecuentes temblores, debo decir que los terremotos no me causaban pánico. El terremoto de dicha urbe me encontró en un séptimo piso de un edificio cerca de la universidad. Comenzó el terremoto y creí que no iba a terminar y observé las grietas abrirse en la pared, pero el edificio se mantuvo inamovible. Cuando salí a la calle y caminé por las diferentes áreas vi toda la destrucción: cientos de edificios de varios pisos reducidos a uno y con personas aún en su interior en los escombros. Esa misma noche, me alisté en una de las cuadrillas para dejar medicinas y comidas a los afectados. Fue una vivencia intensa ver a la ciudad frágil y sufriendo, observar las grietas en las calles y los rieles de los trolebuses completamente torcidos por el movimiento telúrico. Esto coincidía con el mismo periodo de finalización de mis estudios. Esta fragilidad que me acechaba aceleró mi decisión de cambiar de rumbo. Por el momento estaba convencido de que debería seguir una vida académica. Mis intentos de poeta habían quedado terminados cuando una editorial rechazó la publicación de mi primer manuscrito. Posteriormente, le di la razón ya que la calidad literaria era falaz y solo unos pocos poemas podrían ser salvados del olvido. Pero este rechazo me causó una crisis de mi capacidad y dudas de la posibilidad de dedicarme a la literatura. Me dediqué más a leer y dejé postergadas mis ansias literarias.
Mi último año en esa universidad inmensa en una ciudad también gigante y compleja fue un gran alimento para mi intelecto. Fue allí donde escuché a los intelectuales como Pérez Guy analizar a Weber y la escuela de Frankfurt. Nunca como en esta oportunidad me he sentido tan cerca de la eminencia y el saber. Fue allí también que mis sentidos se abrieron en su plenitud y me aprendizaje sensorial profundo.
Terminando mis estudios de historia, regresé a Sivarnia y con muchas dificultades, pero al final, con suerte, logré conseguir una plaza de profesor en la universidad. Allí conocí a mis compañeros de travesía: Licón, Chisdavindro y Canuto; con los que mantendría una estrecha amistad. Ellos eran como en las sectas antiguas, mis amigos de catacumba donde podría expresar mis intereses intelectuales y mantener una especie de hermandad que me mantenía aferrado al mundo.
Pude rentar un pequeño cuarto y mi vida era un constante devenir de la universidad a mi habitación. Mi dedicación era casi absoluta a los libros de historia. Me impuse como disciplina escribir un libro mosaico en el que recogía mis impresiones en diferentes dominios de la historia del país. Motivo por el cual me acerqué más a Chisdavindro con el que discutíamos intensamente sobre Escolástico Andrino y la importancia a finales del siglo xix de las bandas municipales que tocaban en los quioscos de los pueblos los domingos por la tarde.
Licón, había sido seminarista, pero cercano a su ordenación se había enamorado y había descubierto que su vocación no estaba en los hábitos y que su culto a los santos podría ser trocado por un amor a las mujeres. Posteriormente se había dedicado a escribir poesía y ensayos. En una revista que él dirigía, se dedicaba a dibujar mujeres a las que ornamentaba con vida marina en su interior y las acompañaba con poemas de manifiesta sensualidad. Con Licón además de conversaciones de literatura, compartíamos una profunda apreciación por la naturaleza y nos dedicamos a viajar por diferentes sitios del país y descubrir lo exuberante de la naturaleza tropical.
Canuto, lo mismo que yo, había regresado recientemente al país. Convencido de que tenía algunas claves para cambiarlo desde su posición de economista. Había regresado idealista, y al mismo tiempo, con una actitud de profundo desprecio a lo rudo, primitivo, y vulgar de Sivarnia.
Mis amigos eran posiblemente los encontrados tripulantes de la nave de Ulises, desafiando cantos de sirenas y cíclopes, pero con la sensación de que han pasado incontables años a la deriva y en una expectativa mística esperando que la emanación de lava de un volcán llegara sin anunciarse y acabara con todo.
IV.
Canuto: Bloomsbury en Santa Tecla
Canuto estudió economía, inspirado, según él, por algunos de sus antepasados que siguieron dicha disciplina. Cinco años encerrados en una de las universidades de Washington estudiando modelos matemáticos, ofertas y demandas y problemas financieros, le valieron los méritos para obtener el título de doctor en Economía.
Desde los primeros años de estudio, Canuto, sospechaba de la rigurosidad de lo que estudiaba, pero desertar de lo ya comenzado no era su opción, así que sin el convencimiento de lo que hacía, continuó y culminó sus estudios de posgrado. En su último año, aplicó para una posición en un organismo financiero internacional. Después de sobrevivir una fuerte competencia en entrevistas de trabajo, una llamada que al principio pensó que era broma le anunciaba una oferta de trabajo con salarios que no imaginaba que existieran.
Los Estados Unidos, ese gran país nacido, como toda América, del genocidio de los habitantes amerindios. Al no haber el oro o la plata de Tenochtitlán o de Cuzco, las diferentes olas de migrantes anglosajones no tuvieron otra alternativa que el trabajo fuerte. Crearon instituciones basadas en el trabajo asiduo y productivo de la tierra y no en la extracción de recursos.
Así como Europa tuvo el epicentro de la actividad intelectual y cultural en el renacimiento florentino, los Estados Unidos se beneficiaron de un grupo de pensadores y hombres de acción para la creación de un gran país. Un periodo de lucidez histórica fue la recuperación de la gran recesión en el periodo de Franklin Delano Roosevelt y su política de crear una gran clase media que prevaleciera sobre los grandes intereses económicos. Esa perspectiva permitió el desarrollo de riquezas y bienestar de la posguerra. Una sociedad fundamentada en la productividad y en las fuertes relaciones familiares y de vecindario. Aún con lo positivo había taras manifiestas como la discriminación, primero a la población de origen africano, después, a las sucesivas olas de migrantes que llegaban, y posteriormente, a los hispanos y asiáticos. Los intelectuales y grandes pensadores existen, pero no son visibles. Están perdidos en un océano de gente que ve televisión y ama la comida rápida.
Canuto logró entrar en el programa de profesionales jóvenes y fue asignado a trabajar con los países asiáticos. Después del efímero entusiasmo de entrada, se dio cuenta de que la profesión que había elegido era digna de uno de los personajes de Kafka en El Castillo o El Proceso. Juzgó que estaba en un sitio equivocado cuando conoció a su jefe y se familiarizó con el ambiente imperante. El ambiente de personajes que orbitaban toda su vida alrededor de una promoción era intolerable. Los burócratas aburridos sin más conversación que los detalles de trabajo le fortalecieron la convicción de que su destino era lejos del ámbito de corbatas y trajes oscuros.
Canuto se cuestionaba en las tardes llenas de tedio y de procesos burocráticos interminables de preparación de documentos. ¿Cómo era posible que la mayoría o la totalidad de los mejores economistas de mi tierra estuvieran trabajando allí y no en el país, tratando de sacarlo adelante? Recordaba los tiempos de universidad, cuando se acercaba la finalización de los estudios, todos los estudiantes de los países grandes y en crecimiento no dudaban en regresar. Eran extraños los casos de brasileños, mexicanos, chilenos o colombianos que tuvieran como proyecto quedarse en las tierras del norte. Sin embargo, los pocos centroamericanos y los de otros países latinoamericanos llenos de problemas, sufrían la angustia de buscar trabajo y no regresar. Este organismo era el caso típico. La mayoría de los economistas oriundos de Sivarnia laboraban allí. Este era el síntoma claro que la patria no les dio las oportunidades ni espacios y que prefirieron la seguridad laboral y financiera de la burocracia internacional a la zozobra del ambiente del país minado de envidias y débiles remuneraciones.
Canuto tenía la convicción nacida de un profundo desprecio que él no pertenecía a dicho mundo ni llegaría a identificarse con él. Un largo y tedioso año le bastaron para que desarrollara un profundo desprecio a sus congéneres. Juzgaba, por ejemplo, el caso de Enrico, totalmente patético. Un economista italiano que había trabajado más de treinta años en la burocracia y hasta el último minuto resistió a que lo retiraran. Solamente por presiones de sus superiores fue separado del trabajo. Lo patético era que Enrico, después de su retiro, continuaba llegando al edificio como si permaneciera trabajando, vestido de saco y corbata. Deambulaba por los pasillos y comía en la cafetería como parte de una rutina que jamás cambiaría.
O el caso de Philip, un estadounidense que vivió su infancia en los barrios obreros de Detroit y que llevaba las marcas de discriminación recibida en una turbulenta niñez, no era menos patético. Con admirable esfuerzo se forjó una buena educación y posteriormente entró a la burocracia. Ya dentro, como muchos otros, consideró que esa era la vida y que el objetivo principal era ser promovido. Dicho principio estaba arriba sobre la familia y sobre cualquier otro valor. Esa era su eje de órbita y su ambición principal. Su esposa sufría de una enfermedad congénita y necesitaba estar cercana a hospitales del primer mundo. Philip, como un acérrimo ortodoxo de la institución, tuvo la oportunidad de una promoción en un país recóndito alejado de los servicios básicos de salud y a pesar de la necesidad de la esposa, se desplazó a la posición para recibir la promoción. En su nueva posición, la salud de la esposa se deterioró considerablemente. Afortunadamente, no hubo consecuencias funestas, pero estaban claras las prioridades tan distorsionadas de vida: una promoción más importante que la vida de su cónyuge. Canuto razonaba: esto jamás podría ser mi sistema de valores.
Otro ejemplo del patético zoológico en los edificios de oficinas iguales era el economista latinoamericano, Libardo. Este era un caso común en muchos ámbitos, no solo en la burocracia: el típico caso del camaleón de pensamiento. En un continuo aferramiento de ideologías dependiendo de dónde estuviera. A Libardo lo había conocido, anteriormente, en la universidad del país, en ese entonces Libardo consideraba que la verdad revelada en la economía venía de los libros de Karl Marx, atacando con vehemencia los organismos internacionales. Pasados algunos años, Libardo aplicó y logró entrar con mérito propio a un organismo financiero internacional y desde que puso un pie en el edificio, era el más acérrimo convencido de la ortodoxia de su institución, recetando fórmulas leídas en reportes repetitivos.
La decepción de Canuto fue descubrir que aun los estratos que podrían parecer los más sofisticados, solo estaban concentrados en sus intereses profesionales sin un afán holístico de comprender lo que sucede a los alrededores. No saber que Mali se encuentra en el continente africano o que T. S. Eliot fue uno de los grandes poetas del siglo xx que bautizó su tiempo como «Tierra baldía», era sintomático del conglomerado.
Consideraba que el trabajo, en esta institución, era como el trabajo en una planta nuclear, que se tenía que hacer con extremo cuidado porque había el riesgo de ser contaminado letalmente con radioactividad y fallecer tarde o temprano de dicho mal. Un mal que penetraba en las venas, la mente, y el espíritu.
El Washington de Canuto era el trabajo encerrado en un edificio todos los días de semana por más de doce horas, y la vida casi inerte en su apartamento de «Crystal City». Sumido en una sociedad amorfa que perdió la capacidad de comunicarse. Aunque la oferta cultural de Washington había mejorado sustancialmente, era por excelencia una ciudad poblada de burócratas y de lobistas multiplicando su aburrimiento y apatía de todos los días. Esa ciudad masónica construida entre pantanos, Canuto la conoció cuando todavía no se podían encontrar restaurantes abiertos después de las diez de la noche. El museo Smithsonian era una maravilla, con su impresionante galería nacional de arte, regalo de Andrew Mellon para darle un baño de cultura a una ciudad de políticos. Los años mejoraron sustancialmente la ciudad. Cuando Canuto estaba por desertar, la ópera había sido instaurada por el toque artístico de Plácido Domingo. Los buenos teatros abundaban y culinariamente la urbe se había diversificado. Sin embargo, Canuto se sentía fuera de su espacio vital. Abatido por el sentimiento que los años se escapaban sin mayor relevancia. Con el crecimiento nada más de su cuenta de banco y de su estómago.



