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En el capítulo 1 señalé que Dios dio a los ángeles y a los seres humanos inteligencia: la habilidad de razonar, reflexionar, debatir y hacer preguntas, incluyendo la habilidad de interrogarlo. También nos dio otra cualidad: las emociones, que hacen posible que experimentemos sentimientos como la alegría y la tristeza, el amor y la ira, la paz y el miedo. Además, nuestras emociones y nuestra inteligencia interactúan. Lo que sabemos puede influir en cómo nos sentimos, y lo que sentimos puede influir en lo que pensamos y creemos. Por ejemplo, si me informan que conseguí un trabajo que solicité (un hecho intelectual), me sentiré feliz (una respuesta emocional).
Cómo se originó el mal
He aquí un concepto crítico para entender el origen del mal: nuestras mentes; nuestros poderes intelectuales, se supone que están a cargo de nuestros sentimientos. Pero es posible que nuestros sentimientos anulen lo que nuestro intelecto nos dice que es cierto. Por lo tanto, si alguien más consigue el trabajo para el cual me entrevisté, mis sentimientos de desilusión pueden hacerme creer que el posible empleador tiene algo personal contra mí; pero si reflexionara por un momento, me daría cuenta de que esta conclusión carece de fundamento. Mis sentimientos están por encima de mi intelecto.
También recordarás que en el capítulo 1 compartí cuatro características del Reino de la Luz: amor, ley, autoridad y libertad. El pecado surgió a través de la distorsión de Lucifer de cada una de estas características. Centrémonos en la libertad por un momento.
La libertad genuina significa que podemos hacer preguntas, incluyendo preguntas acerca de Dios y sus decisiones y acciones, sin ningún temor a represalias. Y Lucifer hizo preguntas sobre el segundo miembro de la Deidad. Elena de White nos dijo exactamente cuál fue esa pregunta: “¿Por qué –se preguntaba el poderoso ángel– debe Cristo tener la supremacía? ¿Por qué se le honra más que a mí?”27 Ten en cuenta que esta es una pregunta perfectamente razonable: “Dios, ¿hay alguna razón por la cual Miguel tenga autoridad sobre mí? ¿Puedes explicar por qué él puede asistir a tus concilios divinos y yo no?” La respuesta fue muy simple: Cristo (Miguel) tenía supremacía sobre Lucifer y fue honrado sobre Lucifer porque Cristo era un miembro de la Deidad, mientras que Lucifer era un ser creado. La Biblia deja muy en claro que Cristo es un Ser divino: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios” (Juan 1:1). Elena de White dijo que “Cristo el Verbo, el Unigénito de Dios, era uno con el Padre Eterno –uno en naturaleza, carácter y propósito–, el único ser en todo el universo que podía entrar en todos los consejos y propósitos de Dios”.28
El problema no era la pregunta de Lucifer. El problema radicaba en la motivación que lo llevó a preguntar. Fue el orgullo lo que motivó la pregunta de Lucifer. Ezequiel lo dijo claramente: “Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor” (Eze. 28:17).
Lucifer preguntó por qué Cristo tenía una posición superior a la suya ya que estaba celoso de Cristo y codiciaba la posición más elevada de autoridad sobre los ángeles. Como Isaías lo dijo, Lucifer quería ser “semejante al Altísimo” (Isa. 14:14). Elena de White dijo que, “codiciando la gloria con que el Padre infinito había investido a su Hijo, este príncipe de los ángeles aspiraba al poder que solo pertenecía a Cristo”.29 Ella también dijo que Satanás y los otros ángeles “se rebelaron contra la autoridad del Hijo”, y “Satanás sintió celos de Jesús”.30
Anteriormente señalé que Dios tiene la intención de que nuestro intelecto y nuestra razón controlen nuestras emociones. Pero según Ezequiel, Lucifer dio marcha atrás a esos dos. El orgullo por su belleza (emoción) le hizo corromper su sabiduría (intelecto).
Pablo dio consejo sobre este tema a los cristianos en Roma. Dijo: “Por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura” (Rom. 12:3). Imaginar que eres importante puede sentirse realmente bien. Sin embargo, ese es un pensamiento emocional, que es exactamente lo que Lucifer se permitió tener. Pablo aconseja: “Que piense de sí con cordura”. En otras palabras, ¡usa la cabeza! Deja que tu intelecto esté a cargo de tu autoestima. No permitas que tus emociones anulen su buen juicio. Ese es un consejo muy sabio para cada uno de nosotros hoy.
Desafortunadamente, Lucifer no se contentaba con reflexionar sobre sus sentimientos en su propia mente. “Salió a difundir el espíritu de descontento entre los ángeles”.31 El desafío de Lucifer a la autoridad de Cristo “despertó un sentimiento de aprensión cuando fue observada por quienes [ángeles] consideraban que la gloria de Dios debía ser suprema. Reunidos en concilio celestial, los ángeles debatieron con Lucifer. El Hijo de Dios [Miguel] presentó ante él la grandeza, la bondad y la justicia del Creador, y la naturaleza sagrada e inmutable de su ley”.32 Sin embargo, Lucifer rechazó el consejo.
“Pero la amonestación, hecha con misericordia y amor infinitos, solo despertó un espíritu de resistencia. Lucifer permitió que su envidia hacia Cristo prevaleciese, y se volvió más obstinado. El propósito de este príncipe de los ángeles llegó a ser disputar la supremacía del Hijo de Dios, y así poner en tela de juicio la sabiduría y el amor del Creador”.33
En el capítulo 2 señalé la evidencia bíblica de que Miguel es Cristo, y en el capítulo 3 obtuve la conclusión tentativa de que en su ambición de ser “semejante al Altísimo” (Isa. 14:14), Lucifer aspiraba tener la posición de Cristo, no la de Dios Padre. Elena de White confirmó esto cuando escribió que Lucifer permitió que sus celos por Cristo prevalecieran, volviéndose más firme en su decisión de disputar la supremacía de Cristo,34 y ella repitió el hecho muchas veces en varios de sus relatos sobre el origen del mal.35 Además, Lucifer no solo desafió la posición de Cristo mismo, trató además de conseguir que tantos ángeles como fuera posible se pusieran de su lado.
Dios interviene
El celoso desafío de Lucifer a la posición y la autoridad de Cristo finalmente se desarrolló hasta el punto de que Dios el Padre intervino para aclarar quién es Cristo realmente. “El Rey del universo convocó a las huestes celestiales a comparecer ante él, con el fin de que en su presencia él pudiese manifestar cuál era la verdadera posición de su Hijo y mostrar cuál era la relación que él mantenía con todos los seres creados [...]. Alrededor del trono se congregaron los santos ángeles, una vasta e innumerable muchedumbre”.36
No tenemos idea de cómo es el salón del Trono de Dios, pero debe ser enorme, porque Daniel vio “millares de millares” y “millones de millones” reunidos ante el Trono de Dios (Dan. 7:10; ver también Apoc. 5:11). “Ante los habitantes del cielo reunidos, el Rey declaró que ninguno, excepto Cristo, el Unigénito de Dios, podía penetrar plenamente en sus designios, y que a este le estaba encomendada la ejecución de los grandes propósitos de su voluntad. El Hijo de Dios había forjado la voluntad del Padre en la creación de todas las huestes del cielo, y a él, así como a Dios, debían ellas tributar homenaje y lealtad”.37
Imagina que tú eres Lucifer escuchando estas palabras mientras estás de pie entre esa enorme reunión de ángeles. Has desafiado la posición de Cristo y has reclamado igualdad con él. ¿Cómo te sentirías? ¿Qué estaría pasando por tu mente? “Los ángeles reconocieron gozosamente la supremacía de Cristo y, postrándose ante él, le rindieron su amor y adoración. Lucifer se inclinó con ellos, pero en su corazón se libraba un extraño y feroz conflicto. La verdad, la justicia y la lealtad luchaban contra los celos y la envidia”.38 Ponte en el lugar de Lucifer por un momento. Aquellos cuya lealtad habías buscado están dando su lealtad sincera a tu enemigo. Sin embargo, Dios el Padre ha hablado. Él ha revelado quién es realmente Miguel, de quien tú habías pensado todo este tiempo que era simplemente otro ángel como tú. Y te enfrentas a una elección: creer en Dios Padre o seguir tus propios instintos.
¿Alguna vez has experimentado un conflicto como ese, en el que tus deseos te arrastran hacia un lado, y la voluntad revelada de Dios te arrastra hacia otro? La respuesta es ¡por supuesto! Todos lo hemos vivido, si tomamos en serio nuestra relación con Dios y con Cristo. ¡Podemos entender exactamente lo que estaba pasando por la mente de Lucifer!
Elena de White continuó escribiendo que “la influencia de los santos ángeles pareció por algún tiempo arrastrarlo con ellos [a Lucifer]. Mientras en melodiosos acentos se elevaban himnos de alabanza cantados por millares de alegres voces, el espíritu del mal parecía vencido; indecible amor conmovía su ser entero; al igual que los inmaculados adoradores, su alma se hinchió de amor hacia el Padre y el Hijo”. Desafortunadamente, Lucifer otra vez “se llenó del orgullo de su propia gloria. Volvió a su deseo de supremacía, y una vez más dio cabida a su envidia de Cristo [...]. Él [Cristo] compartía los designios del Padre, mientras que Lucifer no participaba en los propósitos de Dios. ¿“Por qué -se preguntaba el poderoso ángel- debe Cristo tener la supremacía? ¿Por qué se le honra más que a mí?”39
El verdadero problema
El punto crítico aquí son las emociones de Lucifer. Se había enorgullecido de su belleza y de la alta posición que ocupaba como querubín protector que estaba junto al Trono de Dios. Después de todo, él, Lucifer, hizo importantes mandados para el Dios Todopoderoso, ¡el Anciano de días y el Creador de todo lo que existe! Él, Lucifer, era el querubín protector que estaba junto a Dios en su Trono. Él, Lucifer, estaba bellamente decorado con muchas joyas que estaban engastadas en oro. Cómo debió de hincharse su pecho al pensarlo. ¡Cómo debió de pavonearse al mirar su reflejo en el mar de cristal!
El orgullo es una emoción, y si se usa correctamente es una buena emoción. Completar una tarea difícil se siente bien, y debería ser así. Crear una obra de arte hermosa se siente bien, ¡y debería ser así! El éxito se siente bien, y debería ser así. Todos estos son motivos poderosos. Lucifer seguramente tuvo esta buena clase de orgullo durante años, quizá siglos o incluso milenios, antes de su caída. Y estaba bien. Dios nos creó para tener estos sentimientos satisfactorios acerca de nuestros logros.
Pero entonces Lucifer observó que Miguel tenía privilegios que iban más allá de los suyos. Todos los ángeles adoraban a Miguel. Miguel asistía a los concilios de la Deidad. Miguel tenía mayor autoridad sobre los ángeles que Lucifer. ¡Miguel incluso tenía la autoridad para dar órdenes a Lucifer! Sin embargo, Miguel parecía ser un ángel como los otros ángeles. Al principio, Lucifer probablemente sintió una punzada de resentimiento: ¿Quién es él para mandonearme? Con cada orden que Miguel le daba, el resentimiento de Lucifer aumentaba. Luego comenzó a comparar su propia apariencia y su propia posición con la de Miguel, y llegó a la conclusión de que en realidad era más grande que Miguel. De hecho, puesto que la humildad es una de las características más particulares de Cristo (Fil. 2:5-11; Juan 13:2-17), es completamente posible que su apariencia fuera más simple que la de Lucifer. Pero aun así los celos se apoderaron de él.
Ahora, por favor, presta mucha atención a lo que estaba ocurriendo. Elena de White dijo que Dios el Padre había explicado muy claramente por qué Cristo tenía una posición más elevada que Lucifer. Esto significa que Lucifer tenía la información que necesitaba para entender por qué Cristo gozaba de una posición superior a la suya. Y “la influencia de los santos ángeles pareció por algún tiempo arrastrarlo con ellos [...]. El espíritu del mal parecía vencido; indecible amor conmovía su ser entero; al igual que los inmaculados adoradores, su alma se hinchió de amor por el Padre y el Hijo”.40 Lucifer no solo entendió el papel de Cristo, sino también por un tiempo se regocijó en él. Sin embargo, “en su corazón se libraba un extraño y feroz conflicto. La verdad, la justicia y la lealtad luchaban contra los celos y la envidia [...]. Pero luego se llenó del orgullo de su propia gloria. Volvió a su deseo de supremacía, y una vez más dio cabida a su envidia de Cristo”.41 Así que, Lucifer tuvo que tomar una decisión: seguir lo que él sabía que era verdad o seguir sus sentimientos. Desdichadamente, como todos sabemos, eligió seguir sus malos sentimientos.
Lucifer intensifica su rebelión
Habiendo escogido seguir sus sentimientos en vez de seguir aquello que sabía que era verdad, Lucifer abandonó “su lugar en la inmediata presencia del Padre, [y] salió a difundir el espíritu de descontento entre los ángeles [...]. La exaltación del Hijo de Dios como igual con el Padre fue presentada como una injusticia hacia Lucifer, quien, según alegaba, tenía también derecho a recibir reverencia y honra. Si este príncipe de los ángeles pudiese alcanzar su verdadera y elevada posición, ello redundaría en grandes beneficios para toda la hueste celestial; pues era su objeto asegurar la libertad para todos. Pero ahora, aun la libertad que habían gozado hasta ese entonces llegaba a su fin, pues se les había nombrado un Gobernante absoluto, y todos ellos tenían que prestar obediencia a su autoridad”.42
Nota la intensificación de los sentimientos de Lucifer. Aparentemente, antes de la gran reunión a la que Dios el Padre llamó para explicar el verdadero papel de su Hijo, los ángeles no habían entendido completamente quién era Cristo. Dios tuvo que explicarles eso a ellos, y Lucifer disputó la explicación. También, antes de la aclaración de Dios, Lucifer ostensiblemente acababa de hablar acerca de su insatisfacción con la autoridad de Cristo; pero después de que Dios había hablado, Lucifer comenzó a volverse hacia una rebelión total. Al principio, sin embargo, se esforzó por no encontrarse en ese camino con los demás ángeles.
“Trabajó con misterioso sigilo, y por algún tiempo ocultó sus verdaderos propósitos bajo una aparente reverencia hacia Dios [...]. Mientras aseveraba tener perfecta lealtad hacia Dios”, a la vez “secretamente fomentaba discordia y rebelión, con pericia consumada aparentaba que su único fin era promover la lealtad y preservar la armonía y la paz”.43
Desgraciadamente, “muchos ángeles fueron cegados por las supercherías de Lucifer”.44 Afortunadamente, no todos los ángeles fueron engañados por las astutas falsedades de Lucifer. “Los ángeles leales podían ver solo terribles consecuencias como resultado de esta disensión, y con férvidas súplicas aconsejaron a los descontentos que renunciasen a su propósito y se mostrasen leales a Dios mediante la fidelidad a su gobierno”.45
Los ángeles no eran los únicos que buscaban sacar a Lucifer de su rebelión. “Para convencerlo de su error, se hizo cuanto esfuerzo podían sugerir la sabiduría y el amor infinitos. Se le probó que su desafecto no tenía razón de ser, y se le hizo ver cuál sería el resultado si persistía en su rebeldía. Lucifer quedó convencido de que se hallaba en el error. Vio que [...] los estatutos divinos son justos, y que debía reconocerlos como tales ante todo el cielo”.46
“Lucifer mismo, al principio, no entendía la verdadera naturaleza de sus sentimientos”.47 Eso nos sucede a todos nosotros. En un repentino destello de perspicacia, reconocemos dónde hemos sido egoístas, irritables o celosos. De repente, entendemos algo que no sabíamos antes. Y ahora tenemos que tomar una decisión. ¿Seguiremos nuestra nueva percepción, que sabemos que es la elección correcta, o seremos guiados por nuestros sentimientos? Desafortunadamente, Lucifer eligió ser guiado por sus sentimientos.
Para entonces, había ganado un gran número de seguidores entre los ángeles del cielo; hasta un tercio de la “vasta e innumerable muchedumbre” de la que hablaba Elena de White.48 Apocalipsis 12:4 sugiere que alrededor de un tercio de los ángeles se pusieron del lado de Lucifer, y eso fue suficiente para convencerlo de que, si persistían, podría ganar. Él declaró a sus leales seguidores que si “se mantenían firmes de su parte [...] podrían conseguir todo lo que deseaban [...]. El gobierno de Dios incluía no solo los habitantes del cielo sino también los de todos los mundos que había creado; y Lucifer llegó a la conclusión de que, si pudiera arrastrar a los ángeles celestiales en su rebelión, también podría arrastrar a todos los mundos”.49
¡Lucifer realmente tenía grandes ambiciones!
En ese momento, Lucifer “defendió persistentemente su conducta, y se dedicó de lleno al gran conflicto contra su Creador”, y declaró que “nunca más reconocería la supremacía de Cristo”.50
Los ángeles leales advirtieron a Lucifer y a sus seguidores que “el que los había creado podía abatir su poder y castigar severamente su rebelde osadía”.51 Tenemos que preguntarnos cómo Lucifer pudo ser tan insensato para pensar que podría oponerse con éxito al gran Dios del cielo, el Todopoderoso, el Anciano de días, en cuya presencia había estado y cuyos mandatos había llevado a cabo. Pero él se negó a doblegarse. Tal es el poder de una fuerte emoción que se niega a escuchar la lógica y la razón.
Esa es una característica del deseo y la emoción de la cual también debemos estar atentos. Podemos pensar que no permitiremos que nuestras emociones dominen tan fácilmente lo que sabemos que es verdad. Pero día tras día, cada uno de nosotros se enfrenta a elecciones, a menudo muy pequeñas y que parecen insignificantes. Pero a medida que cedemos a nuestros deseos en lugar de nuestro conocimiento en estas situaciones menores, establecemos gradualmente un patrón. Ceder al deseo se vuelve más fácil cada vez; y cuando llega la gran elección, cedemos una vez más. Eso es lo que les sucedió a Lucifer y a sus seguidores.
El amor, la ley y la autoridad
Señalé en el capítulo 1 que es fácil para nosotros, los seres humanos, en nuestra manera de pensar, tener miedo a la autoridad. Eso es en parte porque a menudo se abusa de la autoridad en nuestro mundo. A escala nacional y mundial, piensa en Hitler, Corea del Norte e ISIS. En una escala doméstica, piensa en el abuso conyugal e infantil. Cuando una figura de autoridad nos ordena, ¿temblamos por dentro, quizá nos encogemos de miedo o atacamos con ira (una respuesta que también se desencadena por el miedo)? ¿O podemos mantenernos firmes? O, por otro lado, ¿tenemos una presencia dominante y la utilizamos para liberarnos de las personas tímidas? De cualquier forma, estamos permitiendo que nuestras emociones controlen nuestro comportamiento, en lugar de seguir lo que sabemos que es correcto.
¿Cómo crees que se sienten los ángeles leales en el cielo respecto a la autoridad? Puedo asegurar que no tienen miedo de eso. Por el contrario, ¡creo que lo aceptan! Estoy bastante seguro de que aprendieron a apreciarlo aún más viendo el caos que la rebelión de Lucifer causó en el cielo cuando se rebeló contra la autoridad de Cristo. Pablo fue un firme defensor de la autoridad gubernamental. Aconsejó a los cristianos en Roma: “Sométase toda persona a las autoridades [...] por Dios han sido establecidas” (Rom. 13:1). La única vez que la Biblia nos da permiso para desobedecer a la autoridad gubernamental es cuando entra en conflicto con nuestro deber de obedecer a Dios (Hech. 5:29).
El propósito principal de la autoridad es hacer cumplir las leyes. Esto incluye la autoridad de los funcionarios gubernamentales para exigir que los ciudadanos obedezcan las leyes de la tierra; la autoridad de las empresas para exigir que los empleados obedezcan sus políticas; y la autoridad de los padres para exigir que sus hijos obedezcan las reglas familiares. El respeto a la autoridad es una de las claves de una sociedad ordenada y pacífica.
Dios ha establecido leyes en el cielo, y usa su autoridad para hacerlas cumplir. Dios también delega a algunos de los ángeles la autoridad para hacer cumplir sus leyes. Él delegó especialmente esta autoridad a Lucifer antes de su caída. Señalé en el capítulo 1 que Elena de White habló acerca de que los ángeles estaban “bajo sus órdenes [de Lucifer]” y que “los ángeles se deleitaban en cumplir sus órdenes”.52 Esto, de hecho, puede ser lo que causó problemas a Lucifer en primer lugar. Disfrutó de la autoridad que tenía sobre los otros ángeles, y le molestaba el hecho de que Cristo, que en lo que a él concernía era simplemente otro ángel como él, tuviera mayor autoridad sobre los ángeles que él (Lucifer). De hecho, Cristo tenía autoridad sobre Lucifer, ¡y a Lucifer realmente le molestaba eso! Y ahí es donde comenzó su rebelión contra Dios y sus leyes.
La rebelión de Lucifer
Es importante entender que Lucifer se rebeló contra algo más que un código moral escrito. La Ley de Dios se basa en el amor; un principio que involucra todos los aspectos del ser: mental, físico, emocional y espiritual. Es lo que una persona es, no solo el modo en que se comporta. A eso se refería Jesús cuando dijo que el primer mandamiento es “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas [...] [y] a tu prójimo como a ti mismo” (Mar. 12:30, 31).
El amor tiene que ver con nuestras actitudes. Es una forma de pensar y sentir. Es una mentalidad. En el sistema de la Ley de Dios, las acciones amorosas surgen de una mentalidad amorosa. Hablando a través de Jeremías, Dios dijo que escribiría sus leyes en las mentes y los corazones de su pueblo (Jer. 31:33). Cualquiera que haya cursado el segundo o tercer grado de escuela puede leer los Diez Mandamientos, pero eso no significa que los apreciará y querrá obedecerlos. Es razonable suponer que Dios creó a Lucifer con la Ley del amor escrita en su mente y corazón. Así que, cuando Lucifer se puso celoso de Cristo, violó su propia mente, su propio corazón y sus propias emociones; al hacerlo, violó el principio más fundamental de las leyes de Dios.
Uno de los argumentos que Lucifer hizo en su esfuerzo por ganar a los ángeles a su lado fue que “aunque las leyes pudieran ser necesarias para los habitantes de los mundos, los ángeles, siendo más elevados, no necesitaban semejantes restricciones, porque su propia sabiduría bastaba para guiarlos. Ellos no eran seres que pudieran acarrear deshonra a Dios. Todos sus pensamientos eran santos; y errar era tan imposible para ellos como para Dios mismo”.53
Es un argumento muy interesante. Es el mismo que sugerimos cuando preguntamos por qué Dios no hizo seres inteligentes de tal manera que no pudieran pecar. Podríamos desear que él hubiera hecho a los ángeles y a nosotros de esa manera. Pero Lucifer dijo que Dios hizo a los ángeles de esa manera. Esa es una mentira muy sutil y, a la vez, muy peligrosa, porque inculca en las mentes de los seres inteligentes la idea de que no tienen que proteger sus mentes y emociones. Pueden hacer lo que quieran, porque cualquier cosa que quieran hacer está bien. Lucifer trató a las leyes de Dios como si fueran un mero código moral externo. No se dio cuenta de que sus celos por Cristo eran en sí mismos una violación del principio de amor que yace en el fundamento de la Ley de Dios. No hay tal cosa como la obediencia a una ley divina si la mente y el corazón no está en ella.
La autoridad en el Reino de la Luz está fundada sobre el amor. Los ciudadanos del Reino tienen que apreciar sus relaciones de autoridad y someterse a ellas con gusto. Y su aprecio tiene que ser dado libremente. Dios puede, y a veces ocurre, hacer cumplir sus leyes como un código moral externo que controla el comportamiento (como el diluvio, Sodoma y Gomorra, y los ejércitos de Egipto en el Mar Rojo), pero se niega absolutamente a forzar a sus criaturas inteligentes a amar sus leyes y su autoridad. Las criaturas tienen que elegir; no obstante, él les da la libertad de no elegir amar sus leyes y su autoridad. Lucifer tomó esa decisión y, en todo nuestro mundo, los seres humanos todavía la están tomando.




