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- 100%
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** Antecedente de lo que posteriormente sería el Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF).
*** Antecedente de lo que posteriormente sería la Conasupo, creada en 1994.
Fuente: Barquera et al. (2001: 465).
Por otro lado, la noción que tiene el Estado sobre la canasta básica está lejana a las intenciones de disminuir los problemas alimentarios (obesidad, desnutrición, hambre). ¿Cómo puede considerarse que abona a la nutrición y al combate a la obesidad una cantidad impresionante de harina refinada en todas sus presentaciones (galletas o leche en polvo de baja calidad, por señalar algunos productos)? Lo anterior sin mencionar el problema que representa para la población el hecho de que debe apegarse a una de alimentación balanceada que no toma en cuenta las características socioculturales y ambientales del lugar en que se pretende aplicar.
El resultado de ello es que a pesar de la evolución presentada por las políticas y programas de alimentación y nutrición en México, la desnutrición y las enfermedades asociadas con deficiencias de ciertos nutrimentos persisten, en tanto que toman fuerza nuevas enfermedades relacionadas con la alimentación que antes no representaban problema alguno en nuestro país, tales como la obesidad (Barquera et al., 2001).
¿Y la función activa del Estado?
En el combate a la obesidad, la función activa del Estado ha sido totalmente errática, actuando en favor de las empresas productoras de comida con alto contenido calórico y bajo contenido nutricional y en contra del consumidor. Así, en estos años de apertura comercial, la industria de alimentos procesados ha crecido de manera importante. En 2012 su producción ascendió a 87 mil 790 millones de dólares, con una tasa promedio anual (TMCA) de 7.8% entre 2007 y 2012, contribuyendo con 22% del producto interno bruto (PIB) manufacturero y 7% del PIB nacional (Inegi, 2014). Se estima que su producción crecerá a una TMCA de 6.3% en el periodo 2011-2020 (ProMéxico, 2012).
En lo que respecta al consumo, este fue de 121 mil 712 millones de dólares en 2011 y se espera crezca a una TMCA de 6.1% (ProMéxico, 2012), que aunque es inferior a la proyección del consumo mundial (TMCA de 8.1%), sigue siendo dinámico, sobre todo si se considera que el crecimiento del PIB en México no ha superado el 4% anual en los años más recientes (1.06% en 2013).
Por otro lado, la inversión extranjera directa en esta industria ascendió a 21 mil 722 millones de dólares entre 2002 y 2011; 99% de esta provino de Holanda, Estados Unidos y Suiza, con Danone, Nutreco, Kraft, Unilever, Coca-Cola, Nestlé, Pepsico, Tyson y Mars como los principales inversionistas extranjetos. Los principales inversionistas mexicanos son Bimbo, Embotelladora Arca, Lala, Bachoco, Femsa, Gruma y Sigma. Cabe señalar que existe un constante proceso de concentración industrial en cada vez menos empresas, muchas de ellas de capital extranjero.
Uno de los factores que mayor influencia han tenido en el crecimiento económico en México de varias de las más grandes empresas alimentarias, los intermediarios minoristas y las cadenas de comida rápida, ha sido la política económica favorable a sus intereses, pues durante varios años fueron considerables las transferencias económicas y los privilegios fiscales a embotelladoras, fábricas de jugos y empresas cuyo giro era la elaboración de alimentos poco nutritivos.
En contraparte, estos subsidios tuvieron un efecto distorsionante en la alimentación de los mexicanos (en particular, aquellos de menores ingresos) y un impacto negativo en su nutrición, pues el incremento en el consumo se orientó principalmente a las llamadas comidas chatarra.6 Según Carla García (2011: 172), haciendo uso de estadísticas de la Secretaría de Salud, en México se gastan alrededor de 240 mil millones de pesos al año en la compra de este tipo de comida, por apenas 10 mil millones para comprar alimentos básicos. De igual forma, se estima que en 2012 los mexicanos adquirían 29.3% menos frutas y verduras que en 1988, 26.7% menos leche y 18.8% menos carne, mientras que aumentaron en 6.3% la compra de hidratos de carbono refinados y en 37.2% la adquisición de bebidas azucaradas (Secretaría de Salud, 2013). Por ello, durante estos años los mexicanos se convirtieron en los mayores consumidores de refrescos azucarados en el mundo, con 163 litros anuales por persona (55 litros más que en los Estados Unidos [Oxfam México, 2012]), además de que el consumo de azúcar per cápita se incrementó a entre 42 y 50 kilogramos (García Chávez, 2011) más del doble del promedio mundial.
Se puede decir entonces que la política económica del gobierno desde la década de 1980, ha sido en beneficio de los grandes consorcios de la alimentación, mientras que el sobrepeso y la obesidad se disparan a niveles alarmantes, perjudicando a los consumidores (especialmente las familias de menores ingresos que ven una gran merma económica por la morbilidad o mortalidad asociadas a estos males), a las finanzas públicas y a la economía del país.
Conclusiones
El título de este trabajo planteaba la pregunta de si tenemos los consumidores la culpa de los problemas de obesidad que hoy afecta a siete de cada diez mexicanos.
De acuerdo con los argumentos presentados en el texto, la respuesta parece obvia: No tenemos la culpa, pues la obesidad de ninguna manera puede verse ya como una consecuencia de decisiones individuales que la persona tiene que asumir; por el contrario, es resultado de un sistema alimentario fraguado en arenas muy distintas a su entorno, donde la obtención de utilidades monetarias está por encima de cualquier otra cosa. En este sistema, los grandes conglomerados transnacionales han explotado en contra de la nutrición humana, su genética que hoy lo predispone a la obesidad. Esto lo ha hecho con la complacencia de Estados permisivos, que lejos de obligar a las empresas a que asuman sus responsabilidades, se conforman con programas superficiales que no atacan de fondo el problema.
La complicación actual es que el sobrepeso y la obesidad se han convertido en pandemia mundial que amenaza la estabilidad económica de los países, de los gobiernos y de las mismas empresas que lo han provocado. Desgraciadamente, la mayoría de los gobiernos, en particular el de México, han respondido de manera restringida para combatir la enfermedad, limitándose a medidas paliativas que no tocan los intereses de las empresas. Estas por su parte, intentan realizar acciones de empresa social, más como estrategia mercadotécnica, que intentando combatir de fondo el problema; de hecho sus acciones van encaminadas en delegar en el consumidor y en la sociedad la responsabilidad de las acciones.
Pero analizando bien la problemática, debemos reconocer que sí somos de alguna forma culpables de nuestra obesidad; en primer lugar, porque permitimos como sociedad que alguien externo a nuestro entorno sea el que decida qué, cuándo y cómo comemos; segundo, porque no exigimos con nuestro poder como consumidores, que las empresas asuman una visión distinta respecto a la prioridad entre nutrición y lucro, y que nuestros gobiernos protejan ante todo a su ciudadanía; y, tercero, porque habiendo alternativas de alimentación tradicionales y mucho más sanas, las hemos despreciado en aras de lo fácil y que está de moda.
Por eso, claro que somos corresponsables de lo que nos pasa, de manera que si seguimos sin alzar la voz para exigir nuestros derechos, el problema de la obesidad no será solucionado de fondo, sino que al contrario, se convertirá en una enfermedad cada vez más grave, donde los principales perjudicados seremos nosotros y nuestras familias.
Notas
1 El IMC se calcula dividiendo el peso de una persona en kilogramos entre el cuadrado de su talla en metros; por ejemplo, si pesa 55 kg y mide 1.60, se hace la siguiente operación: 55/(1.60 x 1.60), lo que da como resultado 21.48, que equivale a un peso normal.
2 Su poder es tal, que existe una creciente participación de funcionarios de estos consorcios agroalimentarios entre los representantes de gobierno de las potencias económicas para las negociaciones multilaterales del comercio agroalimentario internacional (Duch y Fernández, 2010: 13-14).
3 Por ejemplo, en este programa se promueve una receta de palitos de verduras, para fomentar su consumo, pero se sugiere incorporar un dip elaborado a base de yogurth o crema sin azúcar, donde la empresa es líder proveedora (http://www.nestle-sentirsebien.com/articulo.php?idnutricion=125&t=Tips-para-que-los-ninos-coman-mas-verduras-y-frutas).
4 Soledad Barruti (2013: 215) señala que los detractores de la ractopamina denuncian que esta puede generar hipertensión y pr acos en el ser humano. En el caso del clembuterol son varios los casos de intoxicación humana por comer hígado con esa sustancia, que han sido denunciados en México durante los años más recientes.
5 Por poner algunos de los más destacados ejemplos, la cadena Waltmart, líder mundial en comercio minorista, llegó al país en 1991. En cuanto a las principales empresas de comida rápida, McDonald´s lo hace en 1985; pocos años después lo hace Kentucky Fried Chicken, mientras que Burger King llega en 1991.
6 Se llama comida chatarra a aquella que tiene de bajo valor nutritivo, pero altos contenidos de azúcares, harinas o grasas. Entre ellas se encuentran las botanas, refrescos, pastelillos, dulces o cereales (García, 2011: 172).
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CAPÍTULO 3
Aspectos epidemiológicos de la obesidad y su relación con la calidad de vida
josé guadalupe salazar estrada
josé maría martínez selva
Introducción
En la actualidad las preocupaciones sociales y científicas relacionadas con la epidemia de obesidad en todo el mundo han crecido de forma continua. Los científicos y agentes involucrados en el ámbito de la salud pública y la ciencias sociales en general no solo tienen como objetivo la evaluación de la magnitud del problema; también se esfuerzan por comprender mejor los aspectos subjetivos del sentido de sobrepeso y de obesidad por la propia persona y desde la propia persona, lo que hace posible abordarlo a través de dos perspectivas: la epidemiología social versus la epidemiología tradicional, con el propósito de tener una visión crítica de la obesidad.
En este capítulo se contextualiza y presenta, en un primer momento, el panorama epidemiológico tradicional del caso que nos ocupa y, en un segundo momento, se plantean algunos aspectos conceptuales del abordaje desde la perspectiva de una epidemiología social.
El sobrepeso y la obesidad. Definiciones
La obesidad se define como un exceso de grasa corporal poco saludable, que se produce por ingerir mayor cantidad de energía de la que se gasta, y como consecuencia este exceso aumenta el riesgo de padecer enfermedades y de una mortalidad prematura (Kitzinger y Karle, 2013; Villareal et al., 2005). De 1980 a la fecha, la prevalencia de la población con obesidad se ha triplicado a nivel mundial. Por su parte, la Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoció, en 1998, a la obesidad como un problema de proporciones pandémicas, al llamarla “la epidemia del siglo XXI” (WHO, 2000; OMS, 2013). Se calcula por la misma OMS que para el año 2015 habrán aproximadamente 2 millones 300 mil adultos con sobrepeso, más de 700 millones con obesidad y más de 42 millones de menores de 5 años con sobrepeso. De acuerdo con proyecciones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), se estima que más de 2 de 3 personas tendrán sobrepeso u obesidad en el año 2020 (Franco, 2010).
Según la definición anterior, la obesidad se explica como el exceso de grasa en el cuerpo, aunque hay que señalar que la definición de exceso no es clara. La adiposidad es un rasgo continuo no marcado por una clara división de lo normal y lo anormal; además, es difícil medir la grasa corporal directamente. Por lo tanto, la obesidad a menudo se define como el exceso de peso corporal, más que como el exceso de grasa. En los estudios epidemiológicos, el índice masa corporal (IMC), calculado como el peso en kilogramos dividido por la altura en metros al cuadrado, se utiliza para expresar el peso justo para la altura de una persona (Franco, 2010; Villa, Escobedo y Méndez, 2004); el peso y la altura medidos son más precisos que los datos autorreportados. Cabe mencionar que en los estudios epidemiológicos, por consideraciones de costo, a menudo utilizan las encuestas; sin embargo, las precisiones están sujetas a la persona informante de su altura y su peso en un autorreporte, ya que no es medido en el acto. Estimaciones imprecisas pueden obtenerse porque los encuestados tienden a sobreestimar su altura y a subestimar su peso. Un dato importante relacionado con lo anterior es que la sobreestimación de la altura se incrementa con la edad y es mayor en hombres que en mujeres, mientras que los datos de subestimación del peso son mayores entre las mujeres que entre los hombres (Olaiz-Fernández et al., 2006).
Generalidades
Los estudios que se han hecho sobre el sobrepeso y la obesidad como un problema actual de salud pública y de las ciencias sociales, han pronosticado que si la tendencia continúa, la mayoría de la población adulta del mundo tendrá sobrepeso u obesidad para el año 2030 (Kelly et al., 2008). En un análisis reciente de la transición epidemiológica en México, se reveló que las enfermedades crónicas no transmisibles provocaron 75% del total de las muertes y 68% de los años de vida potencialmente perdidos. En los países de América Latina, la prevalencia general de síndrome metabólico en la población es de 24.9% (rango 18.8-43.3%), la cual es ligeramente más frecuente en mujeres (25.3 %) que en hombres (23.2%), y el grupo de edad con mayor prevalencia son los mayores de 50 años de edad. En suma, el incremento paralelo de los índices de la obesidad y del síndrome metabólico es un fenómeno mundial, donde México no es la excepción, y viene acompañado del aumento de la expectativa de vida y de la reducción de las tasas de mortalidad en diferentes grupos de edad para la mayoría de las enfermedades infecciosas.
Como ya se mencionó, el indicador utilizado más comúnmente para medir la obesidad es el IMC; una aportación del estadista belga Lambert Adolphe Quételet. La fórmula exacta para medirlo es la siguiente: kg/m2, que se traduce en el peso en kilogramos dividido por la altura en metros al cuadrado, y el cual, según la clasificación de la OMS, se considerará sobrepeso cuando el IMC esté ubicado entre 25.0 y 29.9 kg/m2 y obesidad, cuando esté en un rango de 30.0 y 39.9 kg/m2. La obesidad mórbida se supone a partir de un índice de masa corporal de ≥ 40 (OMS, 2013). Sin embargo, cada vez más evidencia sugiere que la obesidad abdominal, en lugar de la grasa corporal total, es también un predictor útil, independiente de diversas enfermedades cardiovasculares y los resultados relacionados con el cáncer. Una de las medidas para dictaminar la obesidad abdominal es la medida de la circunferencia de la cintura en relación con la medida de la circunferencia de la cadera (Kitzinger y Karle, 2013; Nguyen y El-Serag, 2010). La progresión de la obesidad en todo el mundo se registra por la OMS a través de la base mundial de datos sobre el IMC.
En América Latina y el Caribe, en 1995 había alrededor de 6 millones de niños menores de 5 años con déficit de peso para su edad. Esa cifra (11% del total de la población en ese grupo de edad), es una de las manifestaciones más visibles de la pobreza (OPS, 1998). Según los últimos datos de 2008, 1.5 millones de adultos mayores de 20 años de edad tenían sobrepeso, incluyendo 200 millones de hombres y 300 millones de mujeres clínicamente obesos. En 2010, 43 millones de niños menores de 5 años de edad ya tenían sobrepeso. La OMS también proyecta que en 2015 habrá aproximadamente 2.3 billones de adultos con sobrepeso y, entre ellos, más de 700 millones con obesidad. Vale la pena decir que la prevalencia de la obesidad en todo el mundo es muy variable. En Vietnam es de menos de 1% y en las islas del Pacífico puede alcanzar hasta 80% en algunas regiones (OMS, 2013).
Tradicionalmente la obesidad se consideraba como un problema exclusivo de los países con altos ingresos y de países en proceso de industrialización; no obstante, el sobrepeso y la obesidad están aumentando en países de bajos y medios ingresos, países que enfrentan una “doble carga” de la enfermedad. Mientras continúan para hacer frente a los problemas de las enfermedades infecciosas y la desnutrición que no han logrado superar como países de tercer mundo o en aparentes “vías” de desarrollo, están experimentando además un rápido aumento de las no transmisibles enfermedades como la obesidad y el sobrepeso, particularmente en los entornos urbanos y condicionado por las exigencias culturales, hábitos alimentarios y cambios en la forma de trabajar. No es raro encontrar la desnutrición y la obesidad existente de lado a lado en el mismo país, la misma comunidad o el mismo hogar (OMS, 2013).
Adicionalmente, la obesidad aumenta el riesgo de contraer enfermedades concomitantes, especialmente diabetes, hipertensión, enfermedad coronaria y cáncer (Lyznicki et al., 2001; Calle et al., 2003). Debido a la pérdida de peso, también se han demostrado problemas cardiovasculares y otros factores de riesgo metabólicos (Lyznicki et al., 2001; Brochu, Poehlman y Ades, 2000).




