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Si bien ha habido un mayor enfoque en los resultados adicionales, tales como el bienestar y función psicosocial, hay una relativa escasez de investigaciones sobre la CVRS. Estos resultados de salud son de interés creciente en relación con el peso y el estilo de vida. Al respecto, varios estudios han encontrado que la obesidad, por una parte, se asocia con una menor calidad de vida percibida (Jones y Sutton, 2008; Cameron et al., 2011); y por otra, un índice de masa corporal (IMC, kg/m2) se ha relacionado con las puntuaciones más bajas en los dominios físicos, sociales y emocionales de la CVRS (Karlsson et al., 2007). Los individuos con IMC más altos tienden a reportar puntuaciones más bajas en las medidas específicas de peso (Cash et al., 2012), tales como el impacto del peso sobre la calidad de vida. Por su parte, la pérdida de peso también ha estado estrechamente vinculada a la mejora de la CVRS relacionada con el peso (Kolotkin et al., 2001).
Recientemente, la investigación se ha centrado en el cambio de comportamientos para modificar la calidad de vida, pero aún falta mucho por trabajar. Varios estudios han sugerido que la actividad física puede ser un objetivo primario. En este punto, por lo menos una revisión sistemática ha apoyado una fuerte asociación entre la actividad física y CVRS (Bize, Johnson y Plotnikoff, 2007). Aunque con la investigación de la sección transversal se ha demostrado anteriormente que la actividad física y el IMC se asocian con la calidad de vida específica de la obesidad, todavía está por verse si los cambios en la actividad física y el peso se asocian con cambios en la calidad de vida específica de la obesidad.
Otro dato interesante que sugiere la literatura es que pueden existir diferencias de género para las asociaciones de peso y de calidad de vida. Las mujeres tienden a reportar más baja la calidad de vida relacionada con el peso (Patrick, Bushnell y Rothman, 2004), y los efectos negativos de la obesidad sobre la CVRS son más pronunciados. Del mismo modo, los beneficios de un cambio de comportamiento en la CVRS pueden ser más pronunciados para las mujeres: al menos un estudio ha demostrado que existe la asociación entre mayores niveles de actividad física y una mayor CVRS solo para las mujeres (Brown et al., 2000). Sin embargo, no hay estudios longitudinales que hayan examinado las diferencias de género en las asociaciones de IMC y la actividad física con la calidad de vida relacionada con el peso.
El efecto neto de sobrepeso y obesidad en la morbilidad y la mortalidad es difícil de cuantificar. El mayor peso corporal se asocia, por una parte, tanto a un aumento de la incidencia y prevalencia de numerosas enfermedades, incluyendo hipertensión, diabetes mellitus, dislipidemia, ciertos tipos de cáncer, trastornos musculo-esqueléticos y enfermedades cardiovasculares, con un mayor riesgo de discapacidad (Kolotkin, Crosby y Williams, 2002), como con un mayor riesgo de mortalidad en general, y específicamente de la cardiovascular. Por otro lado, este aumento de peso corporal se relaciona también con algunos beneficios, incluyendo el aumento de la densidad ósea y por lo tanto una menor tasa de osteoporosis y de fracturas.
Aunque la obesidad es considerada una condición multifactorial, a menudo es vista unidimensionalmente y es descrita y estudiada como una simple cuestión de peso corporal. Siempre y desde la epidemiología tradicional, se ha prestado atención al peso corporal y al IMC. El peso corporal se mide fácilmente y se puede obtener a través de autoinforme, por lo que es factible para estudios a gran escala; sin embargo, el énfasis en el peso corporal en los estudios epidemiológicos puede ser algo engañoso. Factores de riesgo de salud no pueden ser capturados adecuadamente mediante mediciones o informes de peso corporal simple, especialmente cuando el peso se mide solo en un solo punto en el tiempo.
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CAPÍTULO 4
Entender la obesidad en México. Un acercamiento desde la perspectiva de la descolonización de los “cuerpos obesos”
claudia rocío magaña gonzález
nadia xochiquetzalli gonzález briseño
juana maría meléndez torres
fátima ezzhara houssni
Introducción
El presente capítulo aborda de una manera general la relación entre prácticas alimentarias y obesidad en México con la finalida de reflexionar sobre cómo es percibida la obesidad en un proceso que Gracia-Arnaiz (2007) denomina “la medicalización de la salud”. Particularmente, el proceso aquí descrito permite vislumbrar el origen de una serie de percepciones sociales negativas acerca de la obesidad, desvinculadas de sus significados culturales y que, en algunas ocasiones, se asume como parte de un sistema cultural homogéneo, mejor conocido como el paradigma biomédico. Para este capítulo las prácticas alimentarias son un aspecto constitutivo del sistema alimentario, por lo que se retoma el concepto que Silvia Carrasco (1992) propone:
Un conjunto de normas y creencias que un grupo de personas comparten en relación con los alimentos y su manipulación, englobando las prácticas de decisión, elección, formas de almacenaje y preparación, orden y combinación de las comidas y formas de consumo, así como las pautas de organización, intercambio y participación individual o colectiva (p. 30).
La importancia de utilizar dicha noción es que las prácticas “se construyen social y colectivamente a través de un proceso sociohistórico que distingue a cada grupo –o a cada clase– con base en su relación con el capital económico y el capital cultural que posee cada uno” (Baltazar-Rangel y Zárate, 2014: 64). Además, esta conceptualización pone de manifiesto que la alimentación contemporánea responde a una interrelación entre naturaleza y cultura, pero también incluye la variante política (Meléndez, 2014).
Más adelante, en el segundo apartado, se describen los procesos de mercantilización y mundialización de la alimentación, los cuales han coadyuvado a la perpetuación de la obesidad como una enfermedad que recae sobre la capacidad de transformación del individuo y sus recursos, descontextualizado de sus sistemas sociales, así como de sus creencias y prácticas de salud (Ibáñez y Huergo, 2012). En dichos procesos sociales, tanto la obesidad como las prácticas alimentarias asociadas a esta epidemia reproducen un sistema de creencias e ideologías de poder, que desvinculan al ser humano de su cultura, su sociedad y el medio ambiente en el que se desarrolla.
En el último apartado se propone repensar estas relaciones de poder (prácticas e ideologías de la alimentación) en el contexto de las poblaciones rurales mexicanas, a partir de entender los procesos de medicalización, mercantilización y mundialización de la salud y alimentación. Dichos procesos están interrelacionados y constituyen una paradoja en la cual los individuos quedan en medio de un entorno que estigmatiza al “obeso”, lo culpabiliza y lo considera enfermo. Aunado a ello, las políticas de salud están desarticuladas de las políticas económicas y que privilegian a la industria alimentaria (Chapela y Cerda García, 2010). A partir de algunas reflexiones propuestas por los estudios latinoamericanos sobre la descolonización buscamos repensar cómo los sistemas de creencias, prácticas, acciones, estrategias y tácticas de y sobre la salud en México, pueden articularse como sistemas integrados y complementarios, si eliminamos las dicotomías y oposiciones binarias que el modelo de pensamiento occidental propone. Como conclusión se habla de la importancia de reconciliar la mente y el cuerpo del individuo y eliminar la escisión de las colectividades y sus sistemas culturales, modelo de pensamiento que ha abordado el problema de la obesidad. La propuesta epistémica y metodológica reflexiona sobre la importancia de ubicar social e históricamente la obesidad en contextos particulares. Es posible que se puedan plantear soluciones de intervención y prevención en salud y alimentación más adecuadas para atender la obesidad en el México actual (Arispe, Mazorco y Rivera, 2007).
La medicalización de los cuerpos obesos y sus análisis contemporáneos
Hoy en día, la salud, la estética y el hedonismo, impregnan ideológicamente una parte importante del comportamiento alimentario contemporáneo (Meléndez, Cañez y Frías, 2012). Estas nociones dan cabida a una idea en la que los cuerpos obesos deben ser atendidos y modificados, ya que estos son percibidos como la antítesis de los valores orientados a la perfección corporal. Si se analiza lo anterior, podemos observar, por un lado, que en los actuales estilos de vida, tanto en los contextos urbanos como en los rurales, una gran cantidad de prácticas alimentarias y de salud que llevamos a cabo nos conducen a presentar estados de sobrepeso y obesidad; y por otro lado, están aquellas prácticas relacionadas con alcanzar y controlar un determinado peso corporal. Un tanto contradictorio.
Así pues, dentro de las prácticas alimentarias relacionadas con el sobrepeso y la obesidad, se incluye un elevado consumo de alimentos densamente energéticos, a partir de grasas y azúcares principalmente, así como de alimentos industrializados y de comida rápida; y, de manera opuesta, un bajo consumo de alimentos ricos en fibra, como cereales, frutas y verduras, y de alimentos regionales y de preparaciones tradicionales. Todo ello, enmarcado en un entorno de inactividad física.
En lo que corresponde a las prácticas alimentarias centradas en la reducción y el control de peso, destaca la restricción de uno o varios alimentos; el “eterno estar a dieta” que hace referencia a los múltiples cambios en el patrón de consumo de alimentos y el cual puede ser instruido por algún especialista en la materia, por recomendación de un amigo, familiar o conocido; o por voluntad propia, que puede incluir además el consumo de sustitutos alimenticios, así como alimentos “naturales” o producidos orgánicamente.
Ahora bien, en cuanto a la actividad física que realizan algunas personas con sobrepeso u obesidad, se puede decir que hay un auge en diversas prácticas, tales como fitness, workout o danza, las cuales son adaptadas por el individuo debido a una condición física, médica o por alguna inconformidad personal que modifica su constitución corporal.
Si bien este resumen descriptivo no es exhaustivo, sí nos muestra las tendencias generales en las cuales las personas realizan prácticas cotidianamente que les permiten controlar o no el incremento de su peso, aunado a que posibilitan vislumbrar las prácticas de decidir, elegir, almacenar y preparar los alimentos o combinar las comidas y sus formas de consumo (Carrasco, 1992). Es importante aclarar que el hecho de presentar una síntesis de esta naturaleza no permite entender del todo el significado y el contexto en el cual una persona decide, elige o prefiere realizar dichas prácticas; sin embargo, estos ejemplos de prácticas nos dan la opción de reconocer que la alimentación actualmente no está desvinculada de la salud, sino que, al contrario, existen en una relación estrecha que no puede ser separada en el individuo. Por lo tanto, para entender por qué en México se han incrementado las cifras de obesidad, es necesario conocer cómo se ha estructurado la noción de obesidad y cómo se ha visualizado desde la perspectiva medicalizada de la salud.
La caracterización de la obesidad como una enfermedad y la relación entre alimento y salud pueden remontarse varios siglos atrás. Al respecto, Foz (2005) hace una síntesis histórica sobre la misma, donde destaca que Hipócrates señalaba que “la muerte súbita era más frecuente en los obesos que en los delgados”. Menciona que Galeno concibió la obesidad como un estilo de vida inadecuado; y que en la cultura cristiana la glotonería fue señalada como pecado. Asimismo, habla de que en 1727 Thomas Short utilizó el término corpulencia, y mencionó al sedentarismo y la ingesta de alimentos dulces y grasos como causas de esta condición.1 Desde la perspectiva de Short, la corpulencia se estigmatizó al vincularse con la pereza y la glotonería. Y finalmente, el autor menciona que años después, en 1760, Malcom Fleming recomendaba moderar la cantidad de alimento ingerido, evitar la saciedad, preferir el pan negro y las verduras, evitar las grasas, además de realizar ejercicio.2 En pocas palabras, este breve recorrido histórico propuesto por Foz, permite reconocer que la obesidad no es un fenómeno nuevo y que desde su identificación entraña una serie de contradicciones morales, médicas y sociales.
Siglos después, la obesidad se ha caracterizado como una epidemia global, la cual se considera, a la fecha, como causa de 3.4 millones de muertes y la pérdida de 3.9% años de vida (Ng et al., 2014). A nivel poblacional, se utiliza el índice de masa corporal (IMC) como indicador para determinar la obesidad, de acuerdo con el sexo y la edad. Caba señalar que este no es el mejor indicador para esta condición, pero es el que ha permitido de una forma más rápida y económica detectar esta problemática, así como realizar comparaciones (Rolland-Cachera, Bellisle y Sempé, 1989). A nivel mundial, se estima que ha habido un aumento constante en la prevalencia de obesidad en adultos, pasando en los años de 1980 a 2013 de 28.8 a 36.9% en hombres, y de 29.8 a 38% en mujeres (Ng et al., 2014); el aumento de su prevalencia se mantiene constante en niños y adultos en los denominados “países en vías de desarrollo” (Ng et al., 2014).
Es en razón de lo anterior que la obesidad ha sido señalada como una prioridad de salud mundial por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Para su control se han planteado intervenciones a nivel poblacional con la implementación de programas nacionales desde una perspectiva médico-científica (por ejemplo, el Acuerdo Nacional por la Salud Alimentaria [ANSA] en México). En países de bajo y mediano ingreso, se señala su especial urgencia a partir de “determinantes” como la ingestión calórica y el sedentarismo, además de la evaluación de los ambientes obesogénicos (Ng et al., 2014).




