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―No pasa nada, bebé, quería verte, no creo que pase nada si cierras unas dos horas, no creo que te mueras del hambre.
Gabriel se enojó y tomándola del brazo exclamó:
―¡Pues fíjate que sí, si me muero si cierro!, ¿qué no te das cuenta que de esto dependo? Maité, no tengo que recordarte cómo me conociste, ¿verdad? Jamás te engañé.
Entonces un hombre de aproximadamente unos 56 años se acercó a Gabriel y tocándole el hombro dijo:
―Relájate, Gabriel, ve con la joven, yo te cuido el negocio.
Gabriel soltó a Maité y volteó a ver a su compañero.
―Me da tanta pena con usted don Aureliano.
―Si no confías en mí…
Gabriel lo interrumpió diciendo:
―Claro que confío en usted, pero…
El viejo sonrió de nuevo y comentó:
―Hijo, ve con la señorita, un caballero, aunque sea el más pobre del mundo, si es caballero, jamás deja plantada a una dama y menos si es tan distinguida como la señorita.
―Espérame un segundo, voy a lavarme la cara y a ponerme una camisa vieja que tengo aquí en el negocio, ya vuelvo ―suplicó el joven enamorado a su amada Maité.
Maité le guiñó el ojo y solo se recostó en su auto. Mientras el viejo se quitó el sombrero y se lo volvió a poner como un saludo y se retiró de allí diciendo:
―¡Se acabó el show, todos a trabajar! ―Se refería a todos los hombres que se habían congregado allí para admirar la belleza de la joven.
El doctor Ilario se sentó frente a su escritorio y dijo a la joven pareja:
―No me recuerdo que tuviera cita con usted doña Rania.
Aldo tomó la palabra:
―Doctor, mi mujer no tiene cita con usted hasta dentro de unos meses, pero hemos venido porque parece que las pastillas que le ha recetado no han dado el efecto esperado, ha tenido insomnio, pesadillas. Necesitamos que le recete algo más fuerte u otras pastillas.
El doctor miró a Rania con intriga.
―Muy bien, doña Rania, veamos, por favor, acomódese en la camilla.
―Relájese, doña Rania, no pasará nada ―lo dijo porque al recostarse, Rania parecía sentirse inquieta, el corazón le palpitaba más fuerte y un minúsculo sudor apareció en su frente―, tiene demasiado estrés doña Rania, debe de controlar eso. ¿Aparte de no poder dormir y tener pesadillas, ha sentido otra cosa?
―No, la verdad no, doctor, no estoy segura si lo que me ocurrió en realidad han sido pesadillas o fue real, pero me siento mal, a veces me levanto tarde, cansada, cuando yo he sido la primera en levantarme en mi casa ―dijo mirando al techo.
―Bien, veamos― el doctor puso el estetoscopio en sus oídos y amoldando el calibrador de tensión en el brazo de Rania. Guardó silencio, luego puso el estetoscopio en el estómago de su paciente y nuevamente guardó silencio.
―¿Cómo está con su periodo doña Rania?
―Pues soy irregular, doctor, hasta ahora no me he preocupado por eso, ya me bajará.
―Puede levantarse, doña Rania.
―Don Aldo, temo que no podremos seguir recetando a su esposa ningún medicamento, ni más fuerte ni más débil, en realidad lo único que puedo recetarle son vitaminas, vitaminas para que su bebé nazca muy sanito, pues su señora está embarazada.
Gabriel se tomó un sorbo de agua, estaba sentado frente a su novia, en un comedor de Costa Asunción. La forma en que vestía era completamente diferente, ahora si era él, el muchacho pobre de aquel barrio marginado de Costa Asunción que había puesto los ojos en una de las muchachas más ricas de la zona, él mismo había escogido el mediocre comedor, quería hacerle saber con simples gestos a Maité a que se enfrentaría si seguía con la idea de casarse con él.
―¿Por qué tan callado, mi amor? ―preguntó ella, mientras lo miraba a los ojos.
―No me parece bien que seas tú la que siempre me invita, Maité; me obligaste a hacerme pasar por un muchacho rico ante tu familia, ¿qué va a pasar cuando tus papás se enteren que no soy Gabriel Izaguirre, sino Gabriel López? Este tipo de mentiras no duran siempre.
―Mi padre jamás hubiera aceptado que yo me fijara en alguien que no tiene dinero, es un hombre muy prejuicioso…
―Me estás utilizando, siempre he pensado que no me amas como dices ―agregó Gabriel en un tono de decepción.
―Amor, ¿sabes cuantos chicos ricos hay en Costa Asunción? Muchos, pero todos son unos señoritos, ¿no entiendes? Me encantas, amo el olor a sudor de hombre, eres el chico más guapo de toda la zona, eres fuerte, ¿para qué quiero yo a mi lado a alguien que quiera quitarme mis pinturas de uñas? Y lo digo por esos hijos de riquillos, consentidos que truenan los dedos y sus deseos se cumplen, yo no quiero un muñeco a mi lado, yo quiero un macho, un hombre, un compañero. Tú, tú llenas todas mis expectativas, y no te estoy utilizando amor.
―Nunca jamás te podré dar un nivel de vida como al que estás acostumbrada, Maité ¿Lo entiendes?
―Amor, ¿cuántas veces vamos a hablar de lo mismo? Tú no tienes que mantenerme a mí, los dos vamos a trabajar por hacer nuestro propio patrimonio y si mi padre me deshereda, pues iniciamos de cero, ¿cuál es en sí el problema? No me hagas creer que eres tú el que no me ama.
―Claro que te amo, y te amo más que a mi vida, solo quiero que seas feliz.
―Solo déjame estar a tu lado, así seré feliz. Amor, necesito que me hagas un favor, y para eso vamos a tener que hacer algo que quizá no te guste mucho.
―¿De qué se trata, Maité?
Aldo entró feliz a la mansión, acompañado de su esposa.
―¡Sidi, Sidi Farid! ―gritó desde la puerta.
Al oírlo, el padre de Rania salió de su estudio apresurado en su silla de ruedas, muy asustado.
―Por Alá, ¿qué pasa? ―exclamó.
Aldo corrió a su lado y acurrucándose ante él dijo:
―Va a ser abuelo, ¡estamos embarazados!
―¡Por Alá! ¿Es verdad, Rania?
―Sí, papi, estoy esperando un hijo.
Aldo se extrañó al ver en el rostro de su suegro una expresión de desagrado, la noticia lejos de alegrarle parecía enojarle, no era normal que un futuro abuelo tomara esa actitud, por lo que el muchacho se atrevió a decir:
―No entiendo su expresión, Sidi, lejos de estar feliz parece que está apenado o peor aún, enojado.
―No, no, claro que no, estoy feliz, solo que la noticia me tomó por sorpresa, esperaba esta noticia, pero no tan pronto. ― El tono con el que habló aún era de desconcierto, ¿eran tan inconscientes los jóvenes de no cuidarse y traer a un niño al mundo tan pronto?
Aldo se puso de pie y fue a donde estaba su esposa y acariciando su aún oculto vientre preguntó:
―¿Dónde está mi suegrita? quiero darle la noticia.
―Está en la cocina ―indicó el viejo Farid en un tono frío.
―¿Vamos a darle la noticia? ―preguntó el entusiasmado futuro padre a Rania con una sonrisa rebosante de felicidad.
―¿Puedo hablar contigo, hija?
La pregunta de su padre hizo que Rania se sintiera un poco nerviosa, siempre que su padre pedía hablar a solas con ella no era para cosas buenas.
―Ve con él, yo le daré la sorpresa a tu mamá ―aconsejó Aldo a su esposa y diciendo esto se fue a la cocina, mientras Sidi Farid invitaba a su hija a su despacho.
Aldo, entusiasmado, entró en la cocina y vio a su suegra ocupadísima, no le importó, le dio la hermosa noticia. “Va ser abuela” le dijo sin ningún preámbulo.
Doña Magali frunció el ceño, en su rostro solo podía leerse rabia y desconcierto; su joven yerno no pudo esquivar la bofetada que su suegra le propinó.
―¡Estúpido! ―Fueron las palabras llenas de ira de doña Magali, dejando a su yerno paralizado por sus acciones.
III
A mi manera
Sidi Farid pidió a Rania que cerrara la puerta después de que ambos entraran a su despacho. Ella lo hizo y lo siguió hasta su escritorio, se sentó frente a él, mientras este se acomodaba al otro lado.
―Hija, durante estos años te hemos estado tratando de los nervios y sabes perfectamente que te ha costado mucho superar esa gran crisis nerviosa que te afecta, ahora estoy preocupado porque, como es lógico, no podrás continuar con tu tratamiento, necesito que trates de relajarte y controlarte, todo lo que hagas le afectará al bebé.
Rania entrelazó sus manos, tenía un semblante tranquilo, parecía que durante años había estado esperando el mágico momento de quedar embarazada.
―Sí, papi ―contestó―, ahora que suspendió mi tratamiento, el doctor me advirtió que tengo que estar más relajada. Y pues solo espero poder aguantar estos largos nueve meses que están por venir.
―Alá lo permitirá, mi amor, te lo aseguro. Alá no abandona a sus fieles.
―Gracias por amarme tanto, papá, sé que eso de “fieles” lo dices por el gran amor que me tienes.
―Alá ama más que yo, mil veces más que yo. Es fiel y es infinitamente perfecto, él te dará las fuerzas para continuar sin medicamentos, mi amor. Ahora regresa con tu marido ―sugirió guiñándole el ojo.
―Alá, perdóname por lo que estoy haciendo. Perdóname, oh Dios, rico en misericordia ―exclamó en voz alta el viejo árabe al verse solo en su despacho, su suplica estaba llena de aflicción, pero también tenía la esperanza de que Dios escuchara sus oraciones.
Al no poder evadir la cachetada, se abalanzó sobre doña Magali y la besó en la boca apasionadamente, esta se resistió al inicio, pero al no poderse zafar de los labios de su yerno, se dejó caer en las garras de la pasión que tiempo atrás ya los había consumido. Noches que juntos habían pasado fuera de la mansión cuando Aldo aún era novio de Rania, pero cuando se toman riesgos tan grandes como este generalmente trae consecuencias. De pronto y sin previo aviso entró en la cocina Marlen y al ver la escena se tapó la boca para no gritar. Pero fue inútil, doña Magali y Aldo la vieron y la sirvienta salió corriendo de la cocina:
―¡Marlen! ¡Marlen! ―gritó la dueña de la mansión Tafur, pero no logró detenerla.
Marlen corrió cruzando por la sala, pero se estrelló contra Rania.
―¡Marlen! ¿Qué te pasa?
―Nada, mi niña, yo, yo…
En ese momento llegó doña Magali seguida de Aldo, los dos no podían ocultar su excitación, una mezcla de pánico y miedo envolvía los rostros de ambos.
La criada se sentía acorralada, ella no era nadie y aunque llevaba años al servicio de los Tafur su cabeza rodaría por la imprudencia de haber entrado en la cocina y darse cuenta que la señora de la casa no era realmente tan respetable como se pregonaba en toda Costa Asunción.
―Doña Magali, voy a ir por la ropa sucia ―anunció en un tono pausado y lleno de miedo.
―¿Pasa algo, mamá?
―No pasa nada, hija, solo que Marlen y yo necesitamos hablar, pero después lo haremos.
―La sirvienta está nerviosa porque ocurrió un accidente en la cocina, ya lo solucioné yo, pero salió corriendo y por eso veníamos a tranquilizarla, por un poco hace explotar la estufa… ―explicó Aldo mientras clavaba su mirada amenazante en la sirvienta.
Doña Magali se retiró del lugar argumentando que iría a la lavandería de la casa para tranquilizar a la joven empleada.
Aldo dio un cálido beso a su esposa y se retiró a la Procesadora, dejando a su esposa, quien, entusiasmada, acariciaba su plano vientre.
Maité dejó a su enamorado justo donde lo había recogido, frente al viejo mercado de Costa Asunción, mientras avanzaba en su auto lo veía a través del retrovisor, sí, estaba enamorada, era un muchacho pobre, sí, pero la hacía sentir completa, no tenía ni la más mínima idea de cómo haría para que su padre lo aceptara después de que descubriera el engaño que ambos habían fraguado haciéndolo pasar por un muchacho rico; ese problema lo solucionarían cuando llegara, por lo pronto ella se sentía infinitamente atraída por aquel muchacho sudoroso y trabajador.
Doña Magali entró a la lavandería, la cual estaba ubicada en la parte trasera de la mansión; era un cuarto relativamente pequeño, allí tenían las máquinas de lavado y secado, generalmente solo las sirvientas entraban a ese lugar, era tanta la ropa que se lavaba en la mansión que el viejo Farid tuvo que comprar 5 lavadoras y 5 secadoras para dar cumplimiento a las demandas de todos los que bajo su techo se cobijaban. ―¿Marlen?… ―curioseó doña Magali dando un paso dentro de la lavandería. Su voz advirtió a la criada que la señora de la casa estaba dispuesta a todo para llegar a un acuerdo con ella.
―Señora… ―contestó, dejando la ropa a un lado y colocándose a un lado de la secadora, tenía pánico de lo que doña Magali le dijera; siempre la dueña de la casa tenía la razón, así tendría que ser siempre.
―Marlen, necesitamos hablar…
―Yo me tengo que ir de aquí señora, no es necesario que me despida.
―No, claro que no te vas a ir, lo que viste puedes callarlo, no necesitamos llegar a los extremos, si tú te callas yo te puedo dejar en tu puesto, por Dios, Marlen, llevas más de 5 años trabajando aquí, sé que es un tiempo relativamente corto, pero eres parte de la familia.
―Por lo mismo, señora, no podría verle la cara a mi niña Rania y ocultarle que usted y don Aldo, se, se entienden…
Doña Magali se arrojó sobre ella y apretándole el cuello dijo en un tono amenazador:
―¡Está bien! ¡Lo vamos a hacer a mi manera! ¡Te vas a quedar aquí y vas a mantener la maldita boca cerrada, si dices lo que viste, te arranco la lengua, y te estoy hablando literalmente Marlen, si le cuentas a alguien lo que viste, yo misma te juro que me encargo de cavar tu tumba y enterrarte como se entierra a un perro! ¡Que conste que te lo advertí!
La señora de la casa soltó el cuello de la muchacha, mientras en su rostro se borraba la rabia que sentía. Luego salió de la lavandería como si nada hubiera sucedido, mientras Marlen asimilaba las palabras amenazadoras de la señora Tafur; no tenía más opción que cerrar la boca o terminaría en una tumba fría… Explotó entonces, se recostó sobre la lavadora y lloró como si hubiera sido una niña de 3 años regañada severamente por su madre.
Cuando Maité entró en su habitación encontró a su hermana sentada en la orilla de la cama.
―¿Rania? ¿Qué haces aquí? ¿Te pasa algo? ―interrogó mientras colocaba su cartera en la mesita de noche que estaba a un lado de la puerta al lado derecho de su cama. Rania estaba de espaldas y no contestó las preguntas que su hermana menor formulaba. Maité se acercó lentamente y se sentó a su lado, allí descubrió que su hermana estaba llorando.
―Rania, por Dios, empiezas a asustarme, ¿qué te pasa?
―Estoy preñada.
Al escuchar esa frase Maité empezó a sonreír y su alma se llenó de ilusión, un sobrinito, trató de entender el llanto de su hermana y rodeó los hombros de Rania con sus brazos.
―Sé que ser madre no es una tarea fácil, pero un hijo siempre es una bendición, no quiero que estés triste por eso.
―Maité, temo por mi bebé, no quiero hacerle daño.
―Por Dios, Rania ¿de qué hablas?
―Para nadie es un secreto que tengo una enfermedad nerviosa, temo que pueda dañar a mi bebé, si tomando medicina me pongo como me pongo, ¿te puedes imaginar si no tomo nada?, por lo mismo el doctor me suspendió el tratamiento.
―Hermanita, relájate, justamente es lo que necesitas, relajarte y no pensar en eso. Ser madre ha de ser algo hermoso, disfruta esta etapa, ¿Aldo ya lo sabe?
―Sí, recién hoy nos enteramos juntos, fuimos a ver al doctor y él nos dio la noticia.
―Bueno, relájate, tómate un tecito y recuéstate un rato, apenas estas empezando una carrera que durará nueve meses, yo le pido a cualquiera de las sirvientas que te suba tu té, quédate aquí en mi cuarto. Yo voy a salir…
Diciendo esto tomó su bolsa de nuevo, mientras lentamente Rania se recostaba en la cama de su hermana.
―Vuelvo al rato, y te felicito hermana ¡qué emoción vas a ser madre!
Aldo estaba nervioso, miraba su computadora y no se podía concentrar, estaba en su oficina en la Procesadora de Mariscos, la que estaba ubicada en el último nivel del edificio.
―Señor, su cuñada lo busca ―dijo su secretaria por el teléfono.
―Hazla pasar ―ordenó el aún presidente de la empresa familiar. En efecto, Maité entró a la oficina, cerrando tras ella la puerta. Dejó su bolsa sobre la silla que estaba frente al escritorio de su cuñado y se acercó lentamente a él, y sin que este pudiera esquivarlo, le dio una cachetada, luego, sin que tuviera chance, le dejó ir otra de vuelta. Éste se puso de pie para contenerla.
―¡Maldito estúpido! ―le gritó enojadísima―, hiciste que yo abortara a tu hijo, ¿vas a hacer lo mismo?, ¿vas a hacer que mi hermana aborte el hijo que le hiciste?
Aldo detuvo a Maité, pues esta estaba dispuesta a seguir golpeándolo, con sus manos aprisionó las de la joven furiosa y trató de calmarla:
―Maité, cálmate, no es el lugar.
―¿No es el lugar?, ¿olvidas cuántas veces me hiciste el amor sobre este maldito escritorio? Entonces sí era el lugar, ¿no?
―Maité, ya supéralo, yo no voy a estar contigo nunca.
―Te maldigo, Aldo, eres el hombre más infeliz que pude conocer en mi vida. No sé cómo no se me soltó la lengua y le conté todo a mi hermana, eras mi novio Aldo, eras mi novio, nos íbamos a casar, claro, al conocer a mi hermana la elegiste mejor a ella ¿y yo?, ¿y yo qué? ¿Dónde quedaba mi amor por ti?
―Te he pedido perdón mil veces, mil veces, en el corazón no se manda.
La chica empezó a llorar de dolor, de rabia, de impotencia, aún seguía sintiendo ese amor apasionado por su cuñado, en el pasado Aldo la había marcado y esa marca ni Gabriel ni nadie la borraría, los primeros amores, siempre los primeros amores son los más destructivos cuando se vuelven imposibles.
―Te enamoraste de la estúpida enferma cretina de mi hermana. A veces pienso que debí matarte, infeliz. Tú no te mereces un hijo, no mereces que nadie te diga papá, maldito asesino, nunca debí aceptar abortar, maldito el día que te conocí.
―¿Puedes retirarte? O ¿quieres que llame a seguridad?
Maité se le soltó y arrojó a su cuñado con todas sus fuerzas para quitarlo de donde estaba, entonces se sentó en la silla que Aldo ocupaba y ahogada en histeria reclamó:
―¿Tú?, ¿tú me vas a echar de la fábrica de mi padre, maldito estúpido?, a ver, eso sí lo quiero ver, llama a tus achichicles y que me saquen y te juro que, si me ponen una mano encima, no solo ellos saldrán despedidos, sino que tú también. Esta empresa es más mía que tuya, imbécil, así que aquí me voy a quedar el tiempo que se me dé la gana.
―Por Dios, Maité, no hagas esto más difícil.
La joven suspiró, intentaba calmarse, inhalo y exhaló fuertemente y su temperamento cambió de histeria a calma en un santiamén, entonces se levantó de la silla y acercándose a él, dijo sensualmente:
―¿Estás seguro que quieres que me vaya? ―Se secó las lágrimas con delicadeza y levantándose la falda, añadió:
―Apuesto a que quisieras revivir viejos tiempos, ¿recuerdas los gemidos de placer que pegaba sobre este escritorio? ¿No quieres que los revivamos?
―Es mejor que te vayas cuñada.
―Uf, que sexi sonó eso de “cuñada”, me puso más ardiente, ¿seguro quieres que me vaya?
Aldo se abalanzó sobre ella y la besó apasionadamente. Se fueron pegados besándose apasionadamente hasta la puerta y Aldo cerró con llave, la llevó a su escritorio tirando todos los papeles los cuales volaron por los aires, la desnudó y como en aquellos viejos tiempos los dos se entregaron a sus bajas pasiones.
Doña Magali entró al cuarto de Maité, llevaba en sus manos una bandeja con una taza de té.
―Matilda me dijo que necesitabas un té, te lo traje personalmente ―dijo cerrando la puerta tras de ella.
―Deja eso allí, mamá, abrázame, necesito un abrazo tuyo.
Doña Magali dejó la bandeja en la mesa de noche que tenía cerca de la cama y se acostó al lado de Rania.
―¿Qué te pasa mi vida? ¿Por qué te pones así?
―No estoy preparada para ser mamá, no sé cómo serlo.
―Nadie nace lista para ser mamá, mi amor, eso se aprende en el camino y ¿sabes qué?, el instinto hace todo el trabajo, ya lo verás, es lo que de menos debes preocuparte.
Marlen entró a la mansión, venía de la lavandería y tenía los ojos como si hubiera llorado sin parar, entró secándoselos, sabía positivamente que estaba en grandes problemas. A lo largo de los años se había dado cuenta que su patrona era una mujer de carácter, no vacilaría en hacerla a un lado si le estorbaba, era evidente que la había dejado en su puesto de trabajo para poderla controlar. Fue Sidi Farid quien la vio y la detuvo. Intentó actuar como si nada sucedía, hubiera querido borrar por completo su semblante de aflicción, pensó que sus ojos estarían irritados por el llanto y en efecto así era, el viejo Farid se habría dado cuenta de inmediato, pero quiso mantener la calma.
―¿Y a ti que te pasa, mujer? ¿Por qué has estado llorando?
―No, Sidi, más bien, sí Sidi, problemas de mujer. ¿Puedo seguir?
―Claro, sigue con tus quehaceres.
“Problemas de mujer, sí, cómo no” ―murmuró acariciando su barba, intrigado. Los años lo habían coronado de experiencia, no solo en los negocios si no en el arte de intentar entender a las mujeres, pero tenía tantas cosas en que pensar, tantos problemas que solucionar que no tardó en desaparecer la intriga que la joven sirvienta había provocado en él.
La noche llegó de nuevo, más oscura que de costumbre, la luna había sido resguardada por espesas nubes y el frío era insoportable; eran las tres de la mañana cuando Rania sintió una mano en su hombro. Era un hombre vestido completamente de negro. Ella intentó gritar, pero no lo logró, no podía hacerlo, miraba a su lado a Aldo, profundamente dormido, pero no podía moverse. El hombre llevaba una gran capa negra con un gorro que cubría su cabeza. De pronto un niño de unos dos añitos salió del baño, estaba semidesnudo, parecía envuelto en pena, su rostro lleno de lodo y su diminuta ropa interior harapienta, de él emanaba un olor horrible, sus pies descalzos y maltratados, provocando en Rania una pena terrible. El infante clavó su mirada en la joven angustiada.
―Mami. ―Su tono triste hizo pensar inmediatamente a Rania que el niño pedía auxilio, era él, era su hijo.
El hombre le quitó la mano del hombro y le permitió a Rania que se acercara al pequeño, los labios de Rania parecían cosidos con un hilo invisible, le fue imposible pronunciar palabra alguna, pero tenía terror de que el hombre de negro le hiciera daño; el hombre sacó de su capa negra un cuchillo grande, y lo acercaba al cuello del niño.
―Mami ―dijo el niño llorando del miedo, mientras Rania no podía moverse; frente al niño nuevamente se encontraba paralizada y en un instante el hombre lo degolló frente a ella… el enorme grito de horror que Rania pegó no solo la despertó a ella de la terrible pesadilla sino también a su esposo.
―Mi amor, por Dios, ¿qué te pasa?
―Una pesadilla ―exclamó fatigada, con su mano secó el sudor frío que tenía en todo el rostro, su corazón palpitaba a prisa y su cuerpo estaba completamente invadido por la adrenalina y la desesperación.
―Por un poco y me da un infarto del susto, estaba completamente dormido ―argumentó su marido encendiendo la luz, iluminando de una sola pieza la habitación.
―Una horrible pesadilla ―explicó la chica intentando calmarse y procurando calmar su agitado corazón.
―Ya, ya pasó, voy a ir a la cocina por un poco de agua para ti ―dijo, poniéndose de pie y cubriéndose con una bata. Rania se volvió a acostar.
Aldo bajó por las escaleras hasta la sala y cruzó a la derecha en dirección a la cocina, al entrar en la estancia se percató que la luz estaba encendida, y vio allí sentada frente a la mesa a doña Magali.
―¿Qué hace a estas horas aquí?
―No puedo dormir, no después de enterarme que vas hacerme abuela.
Aldo caminó lentamente y jaló una silla, se sentó frente a su suegra, no entendía como la vida lo había enredado de tal manera, pero ahora tenía que asumir su papel como esposo de Rania, los días de pasión al lado de la señora Tafur habían quedado en el pasado, más valía que así fuera.




