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―Magali, si me casé con su hija, usted sabe positivamente por qué lo hice, no puede reprocharme nada, cuando yo la conocí a usted, usted ya estaba casada, y bien casada con don Farid, era obvio que no tenía cómo acercarme a usted, hasta que vi a su hija, sabía que era la forma de hacerlo.
―¿A qué estás jugando, Aldo?
Aldo se puso nervioso, se levantó y fue hasta el refrigerador, tomó una jarra de agua, llenó un vaso para su esposa y agregó:
―¿A qué juego? Por Dios, Magali, sabe positivamente que me encantan las mujeres mayores que yo, usted me gusta, pero es obvio que vivimos bajo el mismo techo y tenemos que controlarnos. Además, son las tres de la mañana, no es ni la hora ni el lugar adecuado para hablar de esto. La espero mañana en mi oficina, llegue a las diez, a esa hora todos van a su refacción, podremos hablar tranquilos ―y diciendo eso salió de la cocina dejando a doña Magali sola allí en medio de la nada. Envuelta en una nube de confusiones.
Aldo subió rápidamente las escaleras y entró a su cuarto, pero no encontró a Rania allí, la esperaba ver acostada, aguardándolo, pero no fue así.
―¿Rania? ―preguntó mirando a su alrededor. Puso el vaso de agua en la mesita de noche y fue al baño. Allí estaba enconchada dentro de la tina.
―Amor, ya pasó, vamos a la cama ―dijo él tomándola del brazo.
―Fue horrible. No puedo dejar de pensar en ese sueño ―musitó llorando.
―Fue un sueño, solo un sueño mi vida ―indicó él, ayudándola a salir de la tina.
―Vamos, tómate un poco de agua y volvamos a la cama.
El cálido beso que Aldo le dio en la boca le recordó a Rania que ya no estaba sola, que tenía la obligación de ser fuerte, más fuerte que sus temores.
―No quiero dormir, no quiero volver a soñar eso.
―Nadie puede reanudar un sueño, mi vida, vamos, fue una pesadilla, ya amanecerá.
Se acercaron a la cama y Rania tomó un sorbo de agua, y casi obligada por Aldo, se acostó a su lado, este la abrazó fuertemente mientras ella se sentía confundida.
La alarma despertó a Aldo a la mañana siguiente, quiso abrazar a su esposa, pero no estaba allí, se levantó asustado y poniéndose la bata salió de su cuarto corriendo.
―¿Rania? ―preguntaba por el pasillo.
Maité al oírlo salió de su cuarto, aún la joven llevaba su ropa de dormir, Rania siempre terminaba asustando a todo mundo y eso hizo que ella se alarmara.
―¿Qué pasa, cuñado?
―¿Has visto a Rania?
Maité sonrió y le hizo una señal con la mano:
―Entra ―dijo en un tono tranquilizador, los dos entraron al cuarto de Maité y miró a su esposa en la cama de su hermana completamente dormida.
―¿Tan mala compañía eres, cuñadito, que mi hermana me prefirió a mí esta noche? ―preguntó ella burlándose de él descaradamente.
―Deja tus ironías, Maité, por favor, voy a darme un baño y me voy al trabajo.
―¿Quieres compañía? ―propuso ella susurrándole al oído.
―Voy a bañarme… solo ―sentenció Aldo dejándola allí parada junto a la cama mientras Rania permanecía dormida. No pasó mucho tiempo para que la hermana de Maité despertara.
―¿Maité? ¿Qué hago aquí en tu cuarto? ―preguntó extrañada, enderezándose lentamente.
―¿Cómo que qué haces aquí?, esta madrugada viniste llorando que querías quedarte aquí. ¿No lo recuerdas?
―Sí, ya recuerdo, me duele la cabeza. ¿Ya se levantó Aldo?
―Sí, vino a buscarte, pero te encontró dormida, fue a darse un baño. Dime una cosa hermana, ¿no amas a tu marido?
―Claro que lo amo, lo adoro, Aldo es el amor de mi vida, anoche tuve una horrible pesadilla y tenía miedo porque Aldo es de los hombres que cae a la cama y se queda dormido como un tronco, al final siempre me quedaría sola en la cama, aunque él estuviera a mi lado.
―Ve, date un baño con tu marido y luego vamos a desayunar, quiero que vayamos a Santa Rosario a comprar ropa; Gabriel nos ha invitado a una cena hoy.
―Estoy cansada, ¿quiénes vamos a ir a esa cena?
―Todos: papá, mamá, Aldo, tú y yo.
―Está bien, voy a darme un baño y después de desayunar, vamos de compras.
Rania entró al baño y vio la silueta perfecta de su marido, era un hombre atlético y muy guapo, se quitó ella la toalla, a pesar de estar embarazada tenía un cuerpo envidiable.
―Nada como un baño contigo… ―comentó su joven esposo, dándole así la bienvenida a la regadera. Con sus fuertes brazos la jaló y la obligó a recibir los cálidos y diminutos chorros de agua que caían incesantemente sobre su desnudo cuerpo. Se colocó detrás de ella e hizo a un lado su pelo para poder besar su apetitoso cuello, probó su piel con agua, agua que tragaba excitado por la ocasión, deslizó sus manos alrededor de los pechos desnudos de Rania y los acarició con morbo excesivo, mientras ella cerraba los ojos dejándose caer en la trampa morbosa de su marido. Dándose la vuelta se envolvió en los besos mojados de su amante y marido, este la tomó por la cintura y la obligó a que enredara sus piernas alrededor de su cintura atlética, así la hizo suya mientras el agua acariciaba sus cuerpos extasiados por el placer.
Eran quizá las cinco de la tarde cuando todos salieron de la mansión Tafur. Aldo empujaba la silla de ruedas de Sidi Farid. Y este, incrédulo, gruñó:
―No entiendo porque vamos tan temprano a la casa de Gabriel, si nos invitó a una cena supongo que deberíamos llegar más tarde, ¿no?
Maité sonrió, iba caminando al lado de su padre, vestía un hermoso atuendo rojo, elegante y atrevido, escandaloso para el gusto de su religioso padre.
―Sí, papi, pero Gabriel quiere pasar una tarde con nosotros, la cena es solo el pretexto ―explicó la hermosa Maité.
Rania llevaba un hermoso vestido color gris, ajustado al cuerpo, en su muñeca una lujosa pulsera de plata con piedras preciosas, una discreta cartera que hacía verla como una princesa, en su cuello un hermoso collar de piedras blancas; era una mujer en exceso hermosa, mientras que doña Magali lucía un vestido negro con perlas blancas y una cartera plateada muy elegante; por su parte Aldo iba un poco informal, pero sin excederse, el viejo Farid había preferido ir con saco y sin corbata. Subieron al hermoso auto grande que utilizaban para salir toda la familia, y Aldo se encargó de conducirlo. Desde la ventana, Marlen vio cómo se alejaban de la mansión.
Se acercó a los empleados y exclamó entusiasmada:
―¡Perfecto! ¡Ya se fueron, ya saben qué hacer, tenemos tres horas para armar todo!
Los empleados escuchaban atentamente las instrucciones que les daba aquella muchacha que parecía haber olvidado el incidente de su patrona y el esposo de su querida niña Rania.
Era una casa hermosa, al otro lado de Costa Asunción, con jardines grandes y con una fuente justo frente a ella, dos leones custodiaban la entrada. Y fue justo allí donde Maité llevó a todos los integrantes de su familia. Un sirviente elegantemente vestido salió a recibirlos.
―¿La familia Tafur? ―preguntó haciendo una reverencia.
―Sí, la familia Tafur ―confirmó Maité.
El hombre, esbozando una sonrisa, los invitó:
―Por favor, adelante.
Bajaron a don Farid y lo colocaron en su silla de ruedas y procedieron a entrar a la mansión. En la entrada estaba esperándolos Gabriel, vestido de acuerdo a la ocasión.
―Bienvenidos todos ―saludó sonriendo―. Gracias por aceptar mi invitación.
Maité, que era una mujer muy expresiva, se acercó casi corriendo a él y lo abrazó fuertemente, le obsequió un beso en la boca y sonrió a su familia, parecía tan dichosa. Sidi Farid en cambio prefirió echar un vistazo a la lujosa mansión de su futuro yerno, sí, le gustó lo que veía, era lo que siempre había soñado para su amada hija, “el dinero siempre trae consigo la felicidad, aunque los pobres lo nieguen” pensó.
―Gracias por invitarnos ―dijo doña Magali.
―Muy hermosa casa ―comentó Sidi Farid, echando un segundo vistazo relámpago al lugar.
―No se queden allí parados, entren por favor.
Los llevó a una hermosa sala donde los invitó a sentarse, era una verdadera joya arquitectónica aquella inmensa mansión. Maité, por supuesto, se sentó orgullosa al lado de su novio; Gabriel intentó no sentirse incómodo ante la farsa que había montado con su novia, aunque temía hasta por su vida cuando el telón de aquel fraudulento teatro cayera.
―¿Y dónde están sus padres? ―preguntó doña Magali, quien estaba sentada cerca de su marido.
―Mis padres están de luna de miel, en realidad están celebrando 25 años de matrimonio y se fueron de viaje, por eso no están aquí ―respondió el joven farsante mirando a su novia.
Rania permanecía al lado de Aldo mientras este levemente miraba a doña Magali. Gabriel ordenó a uno de los empleados que estaban cerca:
―Tráeles algo de tomar, deben tener sed.
El empleado no dijo ni media palabra y se retiró del lugar para llevarles algo de tomar.
―¿Y para cuando es la boda? ―interrogó Sidi Farid, mientras su esposa lo miraba perpleja.
―En realidad, no tenemos una fecha definida, Sidi.
El empleado llegó con una botella de champaña y unas copas, se puso a repartirlas, pero cuando llegó a Sidi Farid, dijo este:
―Qué pena, no puedo tomar alcohol, pero si me traes una limonada te lo agradeceré.
El sirviente miró a Gabriel, esperando alguna instrucción.
―¿Qué esperas? Tráele lo que pide.
La tarde se esfumó en la casa que Maité había alquilado para hacer pasar a Gabriel como un muchacho rico ante su familia. Cuando el reloj estaba por marcar las siete de la noche y después de entretenidas pláticas entre los allí reunidos, Gabriel se puso de pie y expuso con alegría:
―Bueno, señores, ahora sí viene la cena y una pequeña fiesta.
―¿En serio? Pues yo no veo donde vaya a haber fiesta ―señaló Sidi Farid, pues en la casa parecía tan tranquila y solo ellos estaban allí, no había invitados, y sin invitados no existe fiesta.
―La cena y la fiesta no serán aquí en mi casa, Sidi, la fiesta y la cena serán en su casa.
La familia Tafur se quedó sorprendida mirándose las caras unos a otros mientras Maité dibujaba una pícara sonrisa en su rostro.
―¿Qué? ¿De qué estás hablando muchacho? ―preguntó la Señora Tafur.
Maité, quien había fraguado el plan, se levantó y sonriendo explicó:
―Vamos a la casa, es una pequeña sorpresa que les tenemos preparada a todos.
Fue Sidi Farid el que entró a su mansión empujado por Maité, y detrás todos los demás incluyendo a Gabriel; el viejo árabe se quedó sorprendido al ver su casa adornada al estilo árabe, con bailarinas y con música de su tierra natal. Había alrededor de 100 invitados llegados del centro de la ciudad. La música árabe le hizo volver al viejo Cairo, su barrio lleno de especias y aromas. La bella infancia y la hermosa juventud parecían volver a su mente como una vieja proyección en la pared. Nadie jamás puede olvidar los momentos más hermosos que de niño se viven.
―Por Alá, jamás pensé que fueran a sorprenderme así ―exclamó soltando una carcajada.
Las bailarinas danzaban frente a él mientras doña Magali sonreía al verlo feliz. Maité cerró la puerta detrás de todos los que venían de la supuesta casa de Gabriel. Luego ella misma se puso en el centro de la sala y exclamó:
―¡Alto a la música! ―Los músicos marroquíes se callaron y las bailarinas dejaron de danzar―. Esta fiesta árabe tiene su significado y es que a esta fiesta ha venido alguien muy especial ―dijo sonriendo―, por favor pido un aplauso porque hoy regresa a su casa ¡Omar!
Cuando dijo esto, apareció Omar en la escalera que daba de las habitaciones a la sala, traía consigo un traje árabe, mientras a sus padres se les llenaban los ojos de lágrimas.
―¡Qué pasa! ¡Esto es una fiesta! ¡Música! ¡Música! ―dijo él bajando lentamente las escaleras. Doña Magali corrió a los brazos de su hijo. Lo abrazó y lo besó mil veces.
―Mi amor, ¡qué sorpresa!
―Volví, mamá. Qué bella te ves ―exclamó abrazándola, sabiendo que no existe lugar más seguro que los brazos de una madre, que no existe lugar donde reine la paz más limpia que el regazo de la mujer que nos dio la vida.
―Salam, padre ―saludó caminando lentamente hacia su orgulloso papá.
―Salam, Omar, que Alá multiplique días como este, días de felicidad por tu regreso ―diciendo esto puso su mano sobre su cabeza y luego le dio un abrazo fraternal.
Omar miró a Maité y le guiñó el ojo, la sorpresa había salido tal cual la habían planeado.
Luego su mirada se detuvo en Rania y caminó lentamente a donde estaba ella. La sonrisa del hijo menor de los Tafur se había esfumado, el corazón de Rania empezó a acelerarse, su peor pesadilla se hacía realidad, su hermano estaba en casa, quizá listo para su venganza…
―Que… ¿no le darás un abrazo a tu hermano? ―preguntó mientras una sonrisa aparecía como un relámpago en el rostro del muchacho.
A pesar de su sonrisa, no logró calmar los nervios ni la ansiedad de su hermana, los dos se abrazaron fuertemente. Omar quería dejarle claro a Rania que las viejas rencillas habían terminado.
―Qué bueno que ya volviste.
Fueron las palabras frías de Rania, cosa que extrañó a Omar, pero no era el momento para preguntar qué sucedía.
―Todo va a cambiar en esta casa con mi llegada Rania, ya lo verás.
Con todo su corazón Rania deseó que fuera para bien, los viejos demonios semejaban aparecer nuevamente en su vida con la repentina venida del consentido de la casa. La mirada de Omar se posó sobre su cuñado Aldo.
―Cuñado, ¿no hay un abrazo para mí?
Amablemente Aldo extendió su mano para saludarlo y después ambos se unieron en un abrazo.
―Bienvenido a tu casa, cuñado, no esperábamos tu llegada tan pronto.
―Planeamos la sorpresa con Maité. Volví y esta vez será para quedarme.
―Tú debes ser…
―Gabriel, novio de Maité.
Omar estrechó la mano del joven, era todo tan distinto a aquella mañana de enero cuando había dejado la mansión para internarse en aquel aburrido instituto al otro lado de la ciudad. Su hermana ya tenía novio y recordar que la pequeña Maité se había quedado ahogada en llanto porque su hermano menor ya no jugaría con ella en los extensos jardines de su casa. Así es la vida de fugaz.
―Mira, nada más parece que todo mundo está en pareja menos yo, ¿eh? Espero que salgamos una noche de estas a buscar una mujer para mí.
A Gabriel le pareció agradable la presencia del hermano de la mujer que tanto amaba, era fresco y parecía tener un sentido del humor muy marcado, era agradable, quizá podrían llegar a ser amigos.
―Claro que sí. No puedes quedarte solo ―aseguró Gabriel sintiéndose extrañamente más cómodo con la llegada de su futuro cuñado.
La casa se llenó de música, de olor a comida, se llenó de vida, la cena fue una delicia, nadie se quedó con hambre, incluso todos los invitados calificaron de hermosa la fiesta que los millonarios árabes habían preparado. Fue una de las noches más felices para el viejo Farid, su amado hijo volvía y esta vez para quedarse.
―Te cuento que mañana mismo me incorporo a la Procesadora, quiero que me enseñes el eje y maneje de la Fábrica, cuñado.
Las palabras de Omar hicieron recordar a Aldo que la hora cero había llegado, era el momento de instruirlo para pasarle el mando de la Procesadora, pero era lógico, ese puesto no sería para siempre suyo.
―Por supuesto, ya tu padre me pidió que te enseñara y con gusto te muestro todo lo relacionado con la procesadora.
Omar sentía la lejanía de su hermana, aunque ella estaba justo frente a él en la mesa, su conducta le daba la idea de que no era bien recibido, por lo que intentó romper un poco el hielo con ella.
―¿Qué tal Egipto, Rania? ¿Te gustó la tierra de mi padre?
―Muy hermosa, me encantó El Cairo, nos lo pasamos bien, ¿verdad mi vida? ―preguntó intentando hacer partícipe a Aldo de la conversación.
―Por supuesto, mejor no pudo estar, conocimos las pirámides de Egipto, el Mar Mediterráneo es una belleza.
―Tú pronto visitaras Egipto, ¿no, Maité? Supongo que será la misma travesía que harás con tu prometido en la luna de miel, ¿no?
La pregunta de Omar hizo que Maité soñara conocer la tierra de sus antepasados, aunque en honor a la verdad hubiera dado su vida por conocerla con Aldo, pero este se le había adelantado con Rania, quizá jamás le perdonaría lo que su cuñado le había hecho, pero en un santiamén despertó del trance e intentó seguir la conversación en la mesa.
―Pues, claro que sí, nos casaremos, esperamos tener unas lindas vacaciones como las de mi cuñado y mi hermanita.
―Aún estoy esperando ver las fotos que tomaron ―argumentó Sidi Farid―, ni siquiera hemos tenido tiempo de verlas, mi hija ha de verse hermosa con velo.
―Hermosa, muy hermosa, ¿qué les parece si después de la cena vemos todas las fotografías que nos hicimos mi esposa y yo en nuestra luna de miel? ―propuso Aldo entusiasmado.
Omar estaba entusiasmado con la idea de volver a la mansión que lo había visto nacer, entró en su habitación, y luego de echar un ligero vistazo, se sentó en la orilla de la cama, había sido un día agotador. No quiso levantarse cuando escuchó que alguien tocaba a su puerta, así que autorizó a que entrara fuera quien fuera; su madre entró lentamente, y al verlo como si fuera un niño bueno sentado en su cama, se acercó y se acomodó a su lado.
―Está como la dejaste ―dijo refiriéndose a su recámara.
―Ya veo, ¿les gustó la sorpresa?
―Nos encantó, mi amor, estamos felices de que hayas vuelto.
―¿Por qué Rania está tan rara?
―Está embarazada, el doctor le quitó los medicamentos, por eso está tensa, nerviosa…
―Si no te molesta, mamá, quiero descansar, esta fiesta me dejó agotadísimo.
―Que descanses, mi vida, hasta mañana.
El beso en la frente hizo recordar a Omar cuánto había extrañado a su madre esos largos años en el internado, pero esa etapa había terminado por fin.
―Hasta mañana, mamá, por favor cierra la puerta al salir.
Aldo se había recostado en su cama, el regreso de Omar había puesto sin querer de cabeza el mundo de la feliz pareja, a Rania le molestaba que su hermano menor volviera y por su parte él automáticamente se sentía reemplazado por su cuñado en la Procesadora. Rania estaba parada junto a la ventana, miraba con tristeza el hermoso jardín.
―¿Qué te pasa? ―preguntó él extrañado.
―Te parecerá raro, pero… me incomoda la presencia de Omar en la casa, tengo miedo que él sea el autor de las bromas pasadas, si fue capaz de hacer una fiesta sin que nadie se enterara, ¿por qué no podría haber entrado en la casa y jugar conmigo?, ¡claro! Los guardias, las sirvientas…, todo el mundo aquí lo conoce bien, tengo miedo que quiera hacerme algo.
―Por Dios, mi vida, no seas paranoica, es solo producto de tus nervios, debes relajarte, más ahora que no podrás tomar tus calmantes debes mantenerte tranquila por el bien del bebé.
Marlen cerró la puerta tras ella.
―¿Estás segura que nadie nos vio? ―preguntó doña Magali, sentándose frente al escritorio de su marido, habían entrado sigilosamente en el despacho de Sidi Farid para tener aquella reunión clandestina con la única testigo del amor prohibido que sostenía con su yerno.
―Nadie ―dijo ella sentándose frente al escritorio del viejo árabe.
―¿Qué demonios quieres? ¿Por qué tanta la urgencia de verme? ―preguntó la señora, mirándola seriamente a la cara.
―Necesito que me ayude doña Magali, un aumento, lo que gano no me es suficiente.
―¿Un aumento? ¿Estás loca?, pero si de todos los empleados eres la que más gana, no pretenderás que te pague más si no haces mayor cosa aquí ―alegó doña Magali poniéndose de pie. Y continuó diciendo―: Si para eso me hiciste venir, pierdes tu tiempo.
―Doña, por favor, no quisiera que mi niña se enterara de que usted y don Aldo se entienden, sería fatal, ¿entiende?
―Maldita, ¿me estás chantajeando?
―Solo voy a pedirle 200 dólares más mensuales, ¿es eso tanto para alguien que se está pudriendo en dinero? Por favor.
―Ni un centavo más, maldita mal agradecida, ve a la cocina, hoy mismo te voy a liquidar esos asquerosos 200 dólares, no quiero que nadie nos vea aquí, si con 200 dólares te tapo la boca, está bien, hoy mismo empiezas a ganar más. Ahora lárgate, voy por tu dinero y que no se hable más, en la cocina, en cinco minutos te veo ―sentenció enojadísima.
Rania se había puesto su bata para dormir, unas chanclas muy cómodas y se dispuso a bajar a la cocina por un poco de agua, bajó lentamente las escaleras, la casa estaba semioscura. Al llegar al último escalón se percató que en la cocina había luz, así que fue lentamente hacia ella. Se dispuso a entrar, pero al inicio no vio a nadie.
―¿Hola? ―preguntó con miedo, automáticamente pegó un enorme grito al ver a Marlen bañada en sangre, con una enorme cortada en el cuello, estaba muerta. Su grito resonó por toda la mansión Tafur.
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