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Me animé y apoyé la palma de mi mano sobre su cuádriceps izquierdo; Martín no dijo nada; lentamente la fui deslizando hacia su paquete y comencé a franeleárselo. El hermoso cilindro que esa mañana había tenido por breves segundos dentro de mi boca, se marcaba a través de su pantalón.
–Uy, papito… mirá cómo la tenés –dije, y pregunté– ¿me dejas?
Martín no emitió respuesta, solo se acomodó en el sillón, abrió sus piernas, apoyó su espalda en el respaldo y se quedó quieto.
Medio temeroso por lo acontecido al mediodía, pero tentado por la situación y empujado por su silencio, me animé y bajé el cierre de su bragueta, desabroché la cintura y busqué con mi mano ese tronco tan necesitado de afecto.
Me quedé mirando ese caño, que lo tenía a centímetros de mi cara… grande, grueso y largo, imaginé que era similar al mío, sin depilar, al natural, como a mí me gusta.
Pegué su pija a mi cara, elevé la mirada para verlo a los ojos y sin más trámite, poniendo la mejor cara de depravado, la introduje en mi boca y comencé a mamársela lentamente. Estaba dispuesto a regalarle la mejor mamada que jamás hubiese tenido.
Uf –fue la única exclamación que emitió Martín.
La saqué de mi boca, cargué saliva y la escupí sobre su pija. Comencé a mamársela como si me estuviese comiendo lo más rico del mundo y ciertamente, para mí, en ese momento, su pene era el más codiciado manjar.
Noté que, lentamente, Martín se iba relajando y que emitía sonidos de placer. Elevó sus glúteos, permitiendo que deslizara su bermuda hacia el piso, dejando su verga absolutamente expuesta y entregada.
–No te la puedo creer; sos un recontra comilón guacho, como me la estás mamando –dijo.
Atrapé su glande con mis labios y tomé con una mano su tronco. Intercalaba succiones con lengüetazos y con escupidas, mientras que lo pajeaba con la mano. Descendí hacia sus bolas y comencé a lamérselas, metiéndome un huevo y después el otro, sin dejar de masturbar su pija.
Martín comenzó a elevar su pelvis para cojerme la boca.
–Que pija divina tenés papá; parejita, igual de ancha en la base que en el glande… Me encantan las pijas así ¿imagino que estás sanito no? –pregunté.
–Si nene, despreocupate –respondió.
Mi única preocupación, era que Martín se había comido a muchas minas, pero como hacía poco que se había separado, imaginé que, seguramente, para cuidar a su mujer, siempre había tomado los recaudos pertinentes como para no correr riesgos.
–Uy, boludo, tenías razón… la mamás más rico que la más puta… –dijo casi susurrando y con voz entrecortada.
Tomó mi cabeza con ambas manos y empujó, impidiendo que su pija saliera de mi boca. Incrementó el ritmo y comenzó a gritar:
–Sí, sí, cométela, me vengo, que placer boludo, me vuelvo loco, me vengo.
Rápidamente, sentí que un litro de leche invadía mi boca; tragué una parte y el resto se escurrió por la comisura de mis labios; pocas veces había visto a un macho largar tanta leche.
Saqué su pija de mi boca para refregármela por la cara, viendo que su glande continuaba despidiendo leche. Martín emitía gritos acompañando cada eyaculación. Cerré los ojos y continué mamándosela, mientras que sentía los espasmos y las contracciones que continuaban invadiéndolo.
Martín quedó tirado sobre el respaldo del sillón, con las piernas estiradas y completamente relajado.
–Veo que estabas un poco cargado, man, nunca vi salir tanta leche de una pija –dije.
Uf, en mi vida había acumulado tanto, ni había pasado tanto tiempo sin garchar… Tremendo, man, ¡flor de mamada que me pegaste! –dijo.
Limpié el semen que tenía desparramado por mi cara. Recolectándolo con los dedos y mirándolo a los ojos, comencé a llevarlo hacia mi boca para no desperdiciar ni una gota.
–Uy, man, sos muy puto, como disfrutás tragando guasca… Hay muchas minas que no quieren hacerlo y vos lo disfrutas como loco… Tan machito y flor de trolo resultaste –dijo Martín.
Volví a meter su pija en mi boca y noté que rápidamente volvía a ponerse dura. Este pibe necesitaba descargar por un buen rato como para quedar mansito y relajado.
Me incorporé y aunque creí que se negaría, lo invité a ir al cuarto para estar más cómodos. Para mi sorpresa, se incorporó, se subió su bermuda y me siguió sin decir nada.
Entramos al dormitorio y lo invité a que se pusiera en bola. Tímidamente lo hizo y se sentó en el borde de la cama, cual principiante y sin saber cómo actuar.
Mi pija hacía carpa por debajo del bóxer. Me saqué la remera y luego bajé mi bóxer para quedar completamente en pelotas.
–Ah, bue… ¡cómo venís equipado!, flor de pija tenés, man. –exclamó Martín.
Tras sonreír sin decir nada, me acerqué a la cama, me arrodillé y comencé a mamársela nuevamente.
Que rico, que rico la mamás nene –dijo Martín, que apoyaba sus brazos sobre la cama para quedar recostado y con los ojos cerrados.
Mientras que se la seguía chupando, estiré el brazo hacia la mesita de luz, agarré un frasco de lubricante y una caja de preservativos; unté mi mano libre y con los dedos, comencé a lubricarme el ano, dejándolo listo para el paso siguiente. Martín continuaba con los ojos cerrados y disfrutando de la tirada de goma que le estaba dando; yo tenía miedo de hacer las cosas rápido, logrando que se arrepintiera.
Noté que comenzó a acelerar los gemidos y que se estaba poniendo colorado. Rápidamente saque su pija de mi boca, calcé un preservativo en su pene y antes de que se diera cuenta de lo que estaba sucediendo, me paré en la cama y comencé a bajar en cuclillas, embocando su pija en mi ano. Bajé hasta sentirla apoyada y ahí me dejé caer lentamente, metiéndomela entera, sin tiempo de juego previo como para dilatármelo, ya que hubiese corrido el riesgo de que se arrepintiese y que se fuera.
Martín abrió sus ojos y exclamó:
–No, no te la puedo creer.
Era yo el que no lo podía creer; tres años viendo a este macho en el gym, imaginándome todo tipo de cosas, y finalmente lo tenía tendido en mi cama, clavándome hasta el fondo su deliciosa poronga.
–Sos un hijo de puta, salía, levantate –dijo.
Haciendo caso omiso a su pedido, cerré mis ojos e intenté relajarme, para hacer que el dolor de haberme enterrado ese caño sin juego previo, diera paso al placer. Lentamente, comencé a darle ritmo a mis movimientos, subiendo y bajando cada vez más rápidamente, mientras que le tocaba el pecho, jugando con mis dedos entre sus vellos.
Finalmente, sus prejuicios y conceptos fueron superados por la necesidad y por la calentura que tenía. Sentía su caño como un mástil dentro de mí y apreté mi ano como para atraparlo firmemente, haciendo que su placer fuese mayor.
Para mi sorpresa, tomó mi cintura con ambas manos para manejar el ritmo de mis movimientos.
Arriesgándome a que todo terminara ahí, pregunté:
–¿Querés probar otra posición?
Martín abrió los ojos y no contestó.
Me incorporé, haciendo que su poronga saliese de mi ano y me puse de rodillas en el borde de los pies de la cama, dejando mi culo bien parado, dispuesto a que me embistiera por detrás. Martín se incorporó y observé a través del espejo que se paraba detrás de mí. Hermoso ver su cuerpo armonioso y peludo reflejándose en el espejo, con sus músculos no exagerados, con su pene erecto y con una cara de morbo total, que jamás le había visto. Nos miramos a los ojos a través del espejo, sin decir una palabra y diciéndonos todo.
Sin hablar, me estaba diciendo “Vos querías pija, ahora aguantate lo que se viene.”
Se lubricó nuevamente la punta de su chota y la apoyó sobre mi ano; con ambas manos tomó mi cintura por detrás y empujó su pelvis hacia adelante. Sentí como se me abría el orto nuevamente y me lo llenaba por completo con su miembro.
Hice un gesto de dolor, que pronto se convirtió en uno de placer. Martín comenzó a bombearme con un ritmo lento, mientras que yo giraba la cabeza y veía en el espejo como sus nalgas musculosas y peludas se contraían con cada embate que me daba, cosa que me excitaba aún más. Dejé que tomara su ritmo y que controlara los movimientos; supo llevarme a un punto en el que comencé a moverme más y más, suplicando por pija y por más pija. Continuó con ambas manos apoyadas en los costados de mi cadera y agarrándome firmemente.
Noté que comenzó a aumentar la potencia de las embestidas; había logrado llevarme a un estado de éxtasis difícil de explicar. En ese momento, hubiese cedido a cualquier reclamo.
–No aguanto más –dijo Martín.
–Dame leche papá, llename –contesté.
Inmediatamente, comenzó a gritar y a tener espasmos, mientras que largaba semen dentro de mí. Sentía sus espasmos que no hacían más que incentivar mi deseo por pedir más y más; me lo quería comer entero.... ¡Qué lindo macho!
Finalmente, sacó su caño de mi orto, se quitó el preservativo y quedó desplomado boca arriba sobre la cama.
Vi su cara colorada y empapada, con las venas de las sienes marcadas y latiendo... Comenzó a sonreír, emitiendo sonidos entrecortados por la agitación.
No lo puedo creer –dijo.
Yo me sentía en el límite de la excitación, pensando en lo que acababa de suceder; viendo a Martín exhausto, tirado sobre mi cama.
Me acerqué a su cara completamente sudada y dije:
–¿Estás más relajado ahora?
–Sos un hijo de puta –respondió.
Comencé a bajar por su pecho peludo, mordí sus tetillas, pasándole la lengua por todos lados, hasta llegar a su pija semi erecta. Por la punta de su glande, asomaba una gota de semen, que limpié con la punta de mi lengua.
Volví a engullirme su pene, notando como comenzaba a ponerse firme nuevamente.
A pesar de los meses que llevaba sin tener sexo y de su estado físico, me llamó la atención que luego de dos polvos, tan rápidamente se le estuviese parando.
Man, pará, ¿no tenés límites? Me la vas a gastar. ¿No te cansaste de chupármela? –dijo Martín.
Lo miré a los ojos, saqué su pija de mi boca y respondí:
–Con un papi como vos, no me puedo cansar nunca; puedo continuar toda la noche. ¿Para qué crees que entreno en el gimnasio? –dije sarcásticamente.
Continué mamándosela dulcemente, metiéndomela hasta donde podía y sacándola, hasta que quedé besando solo la punta. Comencé a chuparle las bolas y me animé a descender más cerca de su ano. Note que Martín comenzó a hacer unas muecas de placer, como no entendiendo que le estaba haciendo, o no conociendo que podía sentir placer en esa zona, que, evidentemente, nunca había sido explorada.
–¿Nunca te chuparon el orto? –pregunté.
–No, nunca y no creo que alguna vez me lo hagan –dijo.
Pensé “Eso vamos a descubrirlo ahora mismo.”
Puse foco en su perineo; comencé a recorrer con mi lengua desde la punta de su glande, hasta la puerta de su ano y permanecí en esa área, lamiéndolo de un lado al otro, apretando y pasando la lengua desde las bolas hasta cerca de su orificio. Me engullí nuevamente su pija, que estaba nuevamente como un tronco y comencé a bajar hacia sus bolas. Pasé mis brazos por debajo de sus piernas y las coloqué sobre mis hombros para disponer de su culo a mi voluntad.
Martín permanecía con los ojos cerrados y con los brazos cruzados por detrás de su cabeza.
Bajé y fui con mi boca directo a su orificio; se lo escupí bien, llenándoselo de saliva y comencé a lamérselo, introduciéndole lentamente la punta de la lengua. Martín comenzó a retorcerse de placer.
–Que flor de hijo de puta que sos nene –exclamó– jamás imaginé que se pudiese sentir tanto placer en esa zona.
Tomé el frasco de lubricante y comencé a embadurnar bien su culo, mientras que ponía un preservativo en mi pija, que ciertamente, no tiene el tamaño ideal como para desvirgar a nadie.
En verdad, estaba seguro de que, cuando Martín notara lo que estaba por hacer, me lo impediría y hasta se enojaría, pero estaba dispuesto a correr el riesgo e intentarlo.
Acomodé bien sus piernas por sobre mis hombros y apoyé mi glande en su ano. Recién ahí, se dio cuenta de lo que estaba pasando, abrió los ojos e intentó incorporarse, pero no pudo; cruzándole los brazos por detrás de sus piernas, lo tenía dominado. Presioné levemente mi glande sobre su ano.
–Para, hasta acá llegué, ni en pedo me cojés –dijo enojado.
Pude ver su cara de temor.
Ayudado con los brazos, deslizó su cuerpo hacia atrás para alejarse de mí, e intentó bajar las piernas para incorporarse. Yo siempre pensé que las cosas debían hacerse con el consentimiento de las partes y a pesar de que estaba descontrolado, me di cuenta de que necesitaba laburarlo más como para lograr que cediese. Realmente, tenía el deseo de violarlo, pero, claramente, no era la manera.
Dejé que bajase sus piernas y me tiré a su lado.
–¿Te gustó la chupada de orto que te di? –pregunté.
–Increíble, man, pero cojerme no; eso sí que no –dijo.
–Relajate, no va a pasar nada que no quieras que pase –dije.
Martín dejó sus brazos peludos tendidos al lado de su cuerpo. Su pene continuaba erecto como tronco, por lo que me dirigí hacia allí para pegarle otra mamada.
Descendí hacia su ano para comenzar con el mismo trabajo que le había hecho previamente, elevando nuevamente sus piernas y apoyándole mi glande.
–¿Qué parte no entendiste? Tenés la idea fija querido… –dijo Martín.
Claramente, no cedería a ser penetrado y si mi meta era esa, debería buscar otra estrategia.
–Estoy con la chota a punto de explotar boludo –dije.
–Y bueno, pajeate, pero en mi orto no entra –respondió.
–Al menos ayudame, pajeame vos –dije.
–Ni en pedo, man.
Estaba todo dicho; Martín no se dejaría cojer, no me la tocaría y menos aún me la mamaría, por lo que me tiré a su lado sin tocarme y permanecí a la espera de que se me fuese la erección. No quería descargar, por si llegase a producirse algún milagro que me permitiese avanzar hacia mi objetivo.
Le pregunté si quería darse una ducha y aceptó. Me quedé tirado en la cama, pensando en que movida podría hacer como para mantener a Martín en casa... Algo se me ocurriría, pero debería ser rápido. Ya estaba cerrando las llaves del agua y en breve saldría del baño, se vestiría y se marcharía…
Capítulo III
Noche gloriosa
Me incorporé y fui hacia el baño para cepillar mis dientes y para tomar una ducha. Martín aún permanecía dentro de la bañera y estaba terminando de secarse.
–Uf, ahora es otra cosa –dijo.
–¿Te referís a la descarga o a la ducha? –pregunté sarcásticamente.
–A ambas cosas –respondió.
Su comentario me estaba dejando en claro que, “El Señor” muy macho, muy firme y violenta su reacción del mediodía, tan reacio a que se la mamara, pero, finalmente, estaba aceptando que el sexo era sexo y que una boca era una boca.
–Me doy una ducha rápido y salgo –dije.
–Dale, me visto y te espero abajo –contestó Martín.
Salió del baño y yo me metí bajo el agua pensando en que hacer para retenerlo.
Me sequé, me puse un short, una remera y bajé las escaleras. Vi que Martín estaba sentado en una reposera cerca de la piscina, lo que me hizo imaginar que no debería tener ningún programa ni apuro por irse.
La noche se presentaba espectacular, el cielo completamente despejado y estrellado; la temperatura había descendido bastante, por lo que se podía ver el vapor en la superficie del agua, ya que siempre dejaba la caldera encendida para mantener la temperatura agradable; sea invierno o verano.
–Hermosa noche –dije.
–Sí, un poco fresca, pero realmente espectacular. Veo que mantenés el agua templada –dijo Martín, que había notado el vapor en la superficie.
–Sí, me gusta nadar, así que intento mantener el agua templada la mayor cantidad de meses al año; al no estar cubierta, salvo que la temperatura ambiente este por debajo de los 10º C, se mantiene bastante bien. ¿Querés meterte? –pregunté.
–No, no, estaría bueno, pero me da paja tener que cambiarme nuevamente –contestó Martín.
Mi comentario no había sido premeditado, surgió espontáneamente, pero imaginármelo en pelotas, dentro de la piscina, realmente, resultaba una imagen digna de un spot publicitario.
–Che, ¿tenés planes para esta noche? –pregunté.
–No, nada de nada, ¿por? –dijo Martín.
–Si tenés ganas, pedimos unas pizzas o unas empanadas y cenamos acá, al aire libre –dije.
–Dale, estaría bueno, acepto –contestó.
Nos decidimos por un par de pizzas y para hacerla completa, pedimos 1 kg de helado.
Nos quedamos conversando al borde del agua, esperando que llegase el delivery.
Sonó el timbre y me levanté para ir a la puerta.
–Bancá que te doy dinero –dijo Martín.
–Dejate de joder, yo invito –respondí.
Fui hacia la puerta y por un instante, se me cruzó la imagen de esas escenas cliché que uno ve en las películas, del delivery boy que termina garchando con el dueño de casa, y me imaginé un trío con Martín y con ese pibe…
Rápidamente regresé a la realidad, agarré las dos cajas de las pizzas y pagué. El delivery se estaba yendo y simultáneamente llegaba el del helado… En mi cabeza, había comenzado a escribir el guion de una película porno…
Entré a la casa cargando los pedidos. El helado y una botella de espumante al freezer, pizzas sobre la mesada, y Martín, que se acercaba para ayudar.
–¿Vino?, ¿cerveza? –pregunté.
–Si a vos te da igual, para acompañar pizzas prefiero cerveza –respondió Martín.
–Dale, agarrá de la heladera que hay varias botellas –dije.
–¿Cubiertos o con la mano? –pregunté.
–Dejate de joder, con la mano –respondió Martín.
Agarré un par de platos, servilletas y vasos que puse sobre las cajas de las pizzas y fuimos hacia el jardín.
–Me voy a quedar en patas che –dijo Martín.
–Hace lo que quieras, pa, sentite como en tu casa –dije.
Pasamos un momento realmente agradable y distendido, en el que nos contamos un poco sobre nuestras vidas. Martín se explayó sobre la historia de su matrimonio, me contó sobre los problemas que venían teniendo y sobre la reciente separación.
La situación sí que había virado hacia un rumbo sumamente extraño. El tipo que tanto me calentaba en el gym, estaba sentado frente de mí, en mi jardín, clavándose una pizza, tomando cerveza, charlando como si fuésemos amigos, cuando, al mediodía, se había ido enojado por mi intento frustrado. Finalmente, se la había mamado y me había empomando… Todo muy raro y surrealista.
Sin darnos cuenta, de a poco y distendidos, entre porción y porción, nos habíamos bajado dos botellitas de cerveza cada uno. Yo no estaba acostumbrado a tomar tanto y me sentía afectado por el alcohol. Por el brillo en los ojos de Martín, imaginé que él tampoco debería estar acostumbrado.
–No doy más boludo, estoy que exploto –dijo Martín, recostándose en el respaldo de la reposera y estirando sus piernas.
–Yo tampoco, pa, comí, tomé y cojí mucho, pero acordate que queda el helado –contesté.
–No hablemos más de sexo, que se me pone nuevamente la pija dura, y con lo entregado que estoy, no sé cómo puede terminar la noche –dijo Martín.
Sin decir nada, aunque decodificando su comentario, copié lo que había dicho Martín; me recosté en la reposera, y permanecí boca arriba, relajado, mirando el oscuro cielo estrellado y disfrutando de su amena compañía.
Abrí los ojos y me di cuenta de que me había quedado dormido por un rato. Martín tenía la cabeza girada hacia mi lado y estaba plácidamente dormido; respiraba profundamente y tenía dibujado en su rostro una cara de placer indescriptible.
Claro, pensé; le había sacado dos tremendos polvos, sumado a la tensión previa, a la comida y al alcohol… Combo perfecto como para que cayera en un profundo sueño.
Fui hacia la cocina para preparar café, pensando en que, si Martín no se despertaba, para no interrumpirle el sueño, lo dejaría durmiendo allí.
Los perros de la casa vecina comenzaron a ladrar. Miré hacia el jardín y vi que Martín se estaba desperezando y que, lentamente, se incorporaba. Caminó hacia la cocina, aún con los ojos semi abiertos.
–Buenas noches –dije sonriendo.
–Uy, boludo… me quedé profundamente dormido –dijo.
–¿En serio?, no me había dado cuenta –dije riéndome.
–Me pegó mal la cerveza –dijo.
–Si, pa, yo también me quedé dormido, recién me desperté –dije.
–Creo que, de no ser por esos perros de mierda, hubiese seguido durmiendo hasta mañana –dijo Martín.
–Sí, me imagino que sí. No es frecuente que ladren. ¿Café? –pregunté.
–Dale, así me despierto para manejar hasta casa –respondió Martín.
–Che, falta el helado y el espumante que esperan en el freezer –dije.
–Naaa, man… ¿vos me querés matar? –respondió Martín.
–No, en verdad te quiero emborrachar –dije bromeando.
–Boludo, tengo que volver a casa –dijo Martín.
–Pero ¿tenés que fichar o te espera alguien? –pegunté.
–No bolas –contestó.
–Entonces, ¿cuál es el problema? El auto lo tenés adentro, te quedas a dormir y mañana disfrutamos de un día de pileta –dije.
Martín me miró sorprendido por la propuesta, pero no dijo nada. Creo que no se lo esperaba y, a decir verdad, yo tampoco lo esperaba, ni tenía planeado hacerle semejante invitación.
Serví café y nos quedamos sentados en la barra de la cocina.
–¿Helado? –pregunté.
–Bueno… dale, ya que estamos, hagámosla completa; mañana a correr 10 km para al menos compensar algo –dijo Martín.
–Dale, mañana vamos juntos al río… de todas maneras, no te olvides que el sexo ayuda a quemar calorías –dije.
–Tenés la idea fija, man –dijo Martín.
–No, ¿por qué?, ¿no es verdad lo que digo? –respondí.
En verdad, Martín estaba en lo cierto… Yo tenía la idea fija y pretendía continuar garchando con él; de ser posible, toda la noche y lo que quedaba del fin de semana.
Saqué el helado y la botella de espumante del freezer, agarré dos cucharitas, dos bowls, dos copas y regresamos al jardín.
–Pará boludo, en serio, el alcohol me pega fuerte, no estoy acostumbrado –dijo Martín.




