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–Dejate de joder… Nada más placentero, además del sexo, que un buen helado y un rico espumante bien frío –dije.
El café y el aire fresco comenzaban a despejar nuestras mentes, aunque rápidamente, las burbujas del espumante nos fueron sumergiendo en un estado de somnolencia, de relajación y de entrega.
Me incorporé y me acerqué a Martín; me senté en el borde de su reposera y acerqué mi cara a la suya… Noté que estaba perdido en sus pensamientos, quien sabe por dónde. Me animé y le clavé un profundo beso de lengua. Pude percibir la fusión de sabores del café, del helado y del espumante. Era la primera vez en la que nuestras lenguas por fin se cruzaban.
Casi susurrando dijo:
–Me querías tener entregado así turro… sabés que despierto y en mis cabales, no te dejo hacer esto –dijo.
En verdad, me había resultado llamativo que Martín no hubiese intentado alejar su cara para impedir el beso; estaba claro que, el alcohol y el cansancio, le habían bajado las defensas.
Sin responder y ex profeso, incliné mi copa de champagne para dejar caer el contenido sobre su pecho.
–Ups… y ahora ¿qué hacemos? –dije.
Martín no respondió; realmente, estaba entregado; parecía como anestesiado.
Comencé a subir su remera, dejando su abdomen y su pecho descubierto y empapado en alcohol. Recorrí con mi lengua su anatomía desnuda como si fuese un helado. Volqué unas gotas sobre sus tetillas; Martín, a través de dos espasmos, hizo acuse de recibo del contacto de su templado cuerpo con el frío líquido. Elevé sus brazos y le saqué la remera, dejándolo solo con la bermuda.
Tomé su mano y lo invité a que se incorporase. Lo abracé, lo besé y agarrándolo de la mano, lo guie hacia la casa; subimos la escalera y nos dirigirnos nuevamente hacia mi cuarto.
Ingresamos y ayudé a Martín para que se acostara en mi cama. Desabroché la cintura de su bermuda, bajé la cremallera y lo deslicé hacia sus pies. Martín yacía boca arriba, solo con un bóxer blanco ajustado que cubría su sexo.
Me desvestí y me acosté a su lado. Martín solo hacía movimiento acomodando su cuerpo sobre la cama, como buscando la posición más cómoda como para quedarse dormido.
Tomé la cintura de su bóxer y lo deslicé por sus piernas, para dejarlo completamente desnudo. Quedé sentado, contemplando la espectacular imagen de tenerlo tendido en mi cama, desnudo y entregado. Mi chota era una roca, ya que aún no había descargado y había guardado mi esperma a la espera de poder utilizarlo con Martín. Tuve un sentimiento ambiguo de deseo y de remordimiento, que no me permitía discernir si dejarlo dormir tranquilo o si aprovechar la situación para avanzar y someterlo a mis deseos más primitivos.
Comencé a recorrer su cuerpo con mis manos y estando muy atento a su reacción. Martín solo dibujaba una expresión de placer con sus labios, lo que me alentó a continuar. Toqué cada parte de su anatomía; me acosté sobre él y comencé a besarlo y a recorrerlo con la lengua, desde la frente hasta sus pies, concentrándome en percibir la mezcla de aromas a macho, mezclado con el olor del espumante que aún impregnaba su boca y su pecho.
Tomé su pija con mi mano y comencé a masturbarlo; bajé con mi boca y se la chupé tiernamente. Martín continuaba inmerso en un limbo de relajación y de placer.
Tomé el frasco de lubricante, lo sostuve sobre sus bolas y dejé caer un delgado hilo. Percibí su espasmo cuando el gel frío hizo contacto con su cuerpo y comencé a desparramárselo con ambas manos por sus bolas, por su pija, por su perineo, por sus nalgas, hasta llegar a su ano.
Su pija se había puesto firme, como si hubiese pasado mucho tiempo sin que la usara. Metí mi lengua entre sus piernas y comencé a subir por su chota, lamiéndole el ombligo, el pecho, las tetillas, las orejas… Noté que Martín aceleraba su respiración.
Muy morbosamente, con mi boca al lado de su oído le pregunté:
–¿Te gustó la cojida que me pegaste hoy?
–Seeee –respondió, casi imperceptiblemente.
–Macho, después de llenarme el orto, te la mamé y seguías largando leche, sos un semental –dije.
–Muchos meses sin ponerla, pa –contestó sonriendo.
Muy despacio, acerque mis labios a los suyos y comencé a besarlo bien despacio; comí su boca como si fuese una frutilla y pensando en el próximo movimiento por hacer.
Bajé por su barbilla, lamí su nuez de Adán y continué bajando con mi boca hasta llegar a su pene; giré mi cuerpo posicionándolo como para hacer un 69. Vi a través del espejo, que tenía mi poronga al lado de su cara y la suya la tenía agarrada firmemente con mi mano. Decidí que lo mejor era no hablar, comenzar a hacer lo mío y quedar a la esperar su reacción.
Comencé a mamarle la pija con sumo placer y los astros se alinearon a mi favor, ya que Martín se animó y metió mi poronga en su boca, que, en ese momento, estaba firme como tronco.
Se la sacó y dijo:
–¡Qué pedazo de caño tenés turro!
–No es más grande que el tuyo nene –contesté.
Ni en mis más osadas fantasías podría haber imaginado que Martín, alguna vez pudiese llegar a hacer lo que estaba haciendo en ese momento.
Con su pija nuevamente en mi boca y con su culo cerca, tomé nuevamente el frasco de gel y comencé a masajearle bien las bolas y los glúteos, entrando por su raya, subiendo y bajando; haciendo círculos con los dedos alrededor de su ano. Noté que, sin sacarse mi pija de su boca, comenzó a emitir gemidos. Lentamente, logré introducir un dedo en su estrecho ano y no opuso resistencia, solo apretó más fuerte mi pija.
Yo sabía que no tenía mucho margen antes de acabar; estaba demasiado caliente y aún no me había venido nunca.
Siempre lograba mantener el control de mis eyaculaciones, pero esta vez, aunque intenté demorarla, ya había cruzado la línea del no retorno. Le avisé a Martín que me venía; sacó mi miembro de su boca y comenzó a pajearme.
Ya sin control, comencé a largar leche frenéticamente, mientras que veía a través del espejo, como la cara de este hermoso potrazo se llenaba de semen.
Esa imagen me invitó a incorporarme inmediatamente y comencé a limpiarle la cara con mi lengua, hasta tragar la última gota de mi propio esperma... Martín, ante el desenfreno de la situación, estaba como entregado.
–Me llenaste la cara de guasca y ahora me la lames… No podés ser tan asqueroso, man –dijo Martín, que continuaba con su caño erecto.
Yo sabía que el mío, rápidamente también lo estaría.
–¿Querés ver cuánto más asqueroso puedo llegar a ser? –dije.
Con la intención de que probara mi crema, pasé mi lengua por sus labios. Martín, poniendo cara de repulsión, los apretó, intentando que no ingresara a su boca ni una sola gota. La imagen me descontroló y prácticamente lo obligué a que la abriera, dándole un beso blanco y profundo, logrando que una buena cantidad de esperma ingresara en su boca.
–Saborealo papito, saboreá mi semen –dije.
–Es un asco, sos un asqueroso pervertido –dijo Martín.
Sin más palabras, regresé a su poronga y a jugar nuevamente con su orto.
–Si guacho, cómo me estás haciendo gozar, la concha de tu madre –dijo Martín.
Comenzó a mover el culo, empujando, como buscando más, por lo que me animé y muy lentamente, le introduje un segundo dedo. Martín emitió un gemido, pero no dijo nada. Sin demoras, fui directo a buscar su próstata para masajeársela y exacerbar su excitación.
Observé como su cara se había puesto colorada y como las venas de sus sienes latían; lo había llevado a un grado de placer que jamás había experimentado con una mina.
Puso una mano sobre mi cabeza y comenzó a ejercer presión para llevarla hacia su pija.
–Me vengo, boludo, me vengo… va mi tercer polvo del día –dijo, con voz entrecortada.
Continué engulléndome su poronga, a la espera de que fluyera el más delicioso dulce.
Escuché un grito ahogado y sentí que mi boca nuevamente se llenaba de leche, que tragué en su mayoría, mientras que, otra parte, se deslizaba por la comisura de mis labios. Parecía que no pararía más de salir fluidos de su glande.
No quería largar esa pija, estaba disfrutando como jamás en la vida lo había hecho y para Martín, era el inicio a una nueva dimensión en el universo del goce sexual. Continué subiendo y bajando con mi boca, hasta hacer que no quedara una sola gota por salir.
Su miembro comenzó a achicarse. Martín ya iba por su tercer polvo y mi pija estaba nuevamente erecta.
Nos quedamos tirados un rato, sin decir palabra, ambos exhaustos por lo acontecido, los dos sorprendidos; imagino que él más que yo.
Pusimos las almohadas en el respaldo de la cama y nos recostamos relajados. Comenzamos a conversar, mientras que, con una mano, comencé a recorrer su brazo, continuando por su panza y por su pierna.
–Imagino que tenés mucha experiencia en camas con hombres ¿no? –preguntó Martín.
–Sí, realmente sí y lo disfruto mucho; para mí, la única condición es que sean bien machos, bien hombres, tipos de barrio... –dije.
–Ni travas ni maricas –dijo Martín.
–Tal cual, vuela una pluma y se me va el morbo; tampoco me calienta el tipo súper producido, con exceso de musculatura y de cremas, como algunos que hay en el gym –contesté.
Yo continuaba con las caricias y noté que su pija nuevamente se estaba poniendo dura.
Giré hacia él; comencé a besarlo y a lamerlo dulcemente. Volví a levantar sus piernas para tener disponible su culo que estaba embadurnado de gel y saliva y comencé a trabajárselo. Martín cerró sus ojos y se deslizó un poco hacia mí.
Continué trabajándole el orto muy despacio y sorpresivamente, Martín cruzó ambas manos por detrás de sus piernas, llevando las rodillas hacia su pecho y dejando absolutamente expuesto su ano. Tomé su actitud como señal de luz verde.
Apoyé nuevamente la punta de mi pija en su ano y llevé sus piernas sobre mis hombros, porque quería verle la cara. Me incliné hacia él, hasta llegar con mi boca al lado de su oído, haciendo que nuestros pechos peludos se rozaran.
–¿Estás bien? –pregunté.
–Si –respondió, casi imperceptiblemente.
Noté su respiración profunda, su agitación; imagino que mezcla de calentura y de temor, su cara colorada y nuevamente, las venas de sus sienes hinchadas.
Quedándonos en esa posición y muy despacio, aflojé mis brazos como para que mi pija comenzara a dilatar su ano. Martín aceleró su respiración y dijo entrecortado:
–Pará varón, no sé si me animo, no sé si quiero… muy despacio, despacito, hacerme gozar, pero no me lastimes. –dijo Martín.
Creí que, en ese preciso momento, me explotaría la poronga. Me detuve y quedé a la espera de que Martín se relajara.
Lamí sus orejas, sus labios, sus ojos. Percibí que su ano lentamente cedía y que mi glande, suavemente se abría camino. Quedé inmóvil a la espera de su reacción.
Martín, repentinamente me abrazó.
–Me estás cojiendo turro! –exclamó.
Comencé a morderle el cuello y a abrazarlo; me dejé caer lentamente, lo que produjo que mis veinte centímetros de carne terminasen de enterrarse dentro de él.
–Pará, pará, es muy grande… –gritó Martín.
Ya era tarde; mi miembro completo lo estaba llenando y finalmente, el ano virgen de ese potrillo estaba siendo taladrado por mi pene. Ese hombre, que desde hacía meses se había convertido en mi meta inalcanzable, estaba siendo sodomizado por mí.
A pesar que se trataba de su desvirgue anal, imaginé que no podría estar sintiendo mucho dolor, ya que le había hecho una previa prolongada y magistral.
–Me llenaste entero; no puedo explicarte lo que estoy sintiendo –dijo.
–Sé perfectamente lo que sentís; relajate y concentrase en disfrutar al máximo –dije.
Comencé a moverme muy despacio, sacándosela y metiéndosela, pero siempre con el glande adentro. Martín no dejaba de abrazarme y emitía una exclamación acompañando cada embestida que le daba. Yo quería que gozara a full, porque mi intención era tenerlo de compañero de trampa, por lo que tuve mucho cuidado de no lastimarlo, ni en hacerle sentir dolor.
Lo mantuve así por un largo rato, penetrándolo, cojiéndolo amablemente; sintiendo como su estrecho orificio apretaba mi miembro, hasta que decidí sacársela completamente y me quedé tirado boca arriba.
–Macho, finalmente, perdiste la virginidad de tu orto -dije.
–Realmente, sos un hijo de puta, me aflojaste con el alcohol para poder sodomizarme… –dijo Martín.
–Pero me pareció que estabas gozando –dije.
–Me dio miedo, me dolió un poco, pero se sintió extrañamente lindo; sensación ambigua de dolor y de placer; creí que tu pija no terminaría de entrar nunca –dijo Martín.
–Bueno nene, mirá como tengo la chota… dura como roca; relájate, continuá experimentando y disfrutando de mi pija –dije.
–No, no, no sé si quiero más… suficiente para mi orto por hoy y creo que por siempre –dijo Martín.
–No seas tonto, ya estás desvirgado y te gustó; ahora subite y probá de manejar vos el garche –insistí.
Martín se incorporó; quedando en cuclillas sobre mi poronga y mirándose en el espejo, comenzó a bajar. Ambos pudimos observar como mi miembro desaparecía entre sus nalgas. No podía creer tenerlo a Martín sentado frente de mí, introduciéndose mi pija en su ano y por propia voluntad. Me hizo enloquecer de calentura el ver su lomo peludo, con los ojos cerrados y con el gesto de placer al subir y al bajar, mientras que se enterraba mi caño profundamente.
Franeleé su peludo pecho, su cara rasposa, agarré su pija… Me lo quería comer entero y de un solo bocado.
–¿Lo estás disfrutando? –pregunté.
–Esto es un placer inmenso, no puedo creer estar gozando así con una pija en mi orto –respondió Martín.
Noté que comenzaba a incrementar el ritmo. Veía sus cuádriceps marcados por el laburo de subir y de bajar, luciendo su miembro totalmente erecto.
–Me vengo –dijo Martín.
Sin siquiera tocar su miembro, largó un chorro de semen que llegó hasta mi cara, lo que me produjo una calentura extrema.
–Yo también me vengo –dije.
Martín se incorporó y para mi sorpresa, metió mi pija en su boca y me la mamó hasta hacerla explotar adentro. Rápidamente se tiró sobre mí y comenzó a comerme la boca, mezclando su leche, que yo tenía depositada en mi cara, con la mía, que él tenía dentro de su boca… Nos lamimos y lengüeteamos bocas, caras y lenguas, como si fuesen helados.
Nos quedamos callados y tirados boca arriba. Por mi parte, ni ganas de hablar. Martín, creo que estaba en un grado de relajación supremo, que no le permitió más que quedarse tirado e inmóvil.
Luego de uno diez minutos, dijo:
–No lo puedo creer… necesito procesar todo lo que sucedió hoy… tengo que replantearme veintiséis años de actividad sexual; a mis cuarenta y seis años, vengo a descubrir que me gustan las pijas y que disfruto garchando con hombres…
¡Encima, me eché cuatro polvos en un día, como si tuviese veinte años!
–Increíble tu carga sexual, man y no te des máquina con el tema; lo rescatable e importante, es que lo hayas disfrutado y que lo hayamos pasado bien. No te enrosques en ponerle rótulos a lo que sucedió, ni en ponértelos a vos.
Tomé las copas de espumante, las llené nuevamente, brindamos, terminamos de beber y luego de un húmedo y frío beso, caímos profundamente dormidos.
Capítulo IV
Nuevo vecino
Fin de semana largo y el inusitado y cambiante clima de Buenos Aires nos regalaba otro día templado, con el termómetro rondando los 26º C en pleno mes de junio. Era sábado, me levanté temprano y pensé en terminar de colgar unos cuadros nuevos para dar por concluida la mudanza, pero decidí irme a correr al río y dejar los cuadros para después, si es que me quedaban ganas.
Por el horario, pensé que estaría solo, pero para mi sorpresa, no pude creer la cantidad de gente que se había juntado para practicar roller, andar en bicicleta, correr, o simplemente, para caminar. Luego de haberme cruzado con tanto macho lindo, varios de ellos corriendo en cuero por la temperatura reinante, regresé al departamento caliente como pava.
Camino a casa, recibí un mensaje de mi mujer diciéndome que se iría a pasar el día a lo de su vieja. Mi hijo se había quedado en casa de unos amigos, por lo que yo quedaba liberado por el resto del sábado. Llegué, me hidraté bien y me fui a bañar. Como me quedaba solo, me puse un bóxer de tela bien suelto y me quedé en cuero, tirado en la cama, haciendo un rato de zapping.
Me sobresaltó el timbre, ya que no era frecuente que llamasen directo a la puerta del piso, sin que previamente sonase el timbre de la calle. Observé a través de la mirilla y pude ver que, frente a mi puerta, estaba parado mi nuevo vecino, a quien aún no conocía personalmente, pero a quien ya había relojeado cuando se estaba mudando, porque me había resultado atractivo.
Como el hall es compartido solo por dos departamentos y sabiendo que únicamente él podría verme, exprofeso, bajé la cintura de mi bóxer por debajo de la cadera y medio desnudo, abrí la puerta.
El flaco vestía una bermuda blanca tipo cargo, lo que me permitió escanear rápidamente sus patas peludas; vestía una remera de manga corta ajustada y estaba descalzo. La imagen perfecta para como para hacer que mi pija saltase como resorte.
–Hola –dije.
–Hola, disculpame que te moleste, soy tu nuevo vecino, Gastón –dijo, presentándose.
–Que tal Gastón, Gonzalo es mi nombre –respondí.
Nos estrechamos las manos y me di cuenta de que el flaco se había quedado medio cortado al verme en bóxer, descalzo y sin remera.
–Disculpame que te atienda así, recién llego de correr, me duché y estaba tirado en la cama boludeando –dije.
–Uy, no, discúlpame vos, no te quiero joder –respondió Gastón.
–No hay problema, bienvenido al edificio; ¿te puedo ayudar con algo? –pregunté.
–Te iba a pedir si me podías ayudar a poner un LCD sobre un mueble; la turra de mi jermu se fue y me dejó solo con la mudanza. Recién enchufo la heladera para tener algo fresco, porque ni siquiera fue capaz de hacer eso –dijo.
–No hay drama, pasá y bancame que me pongo algo, porque no voy a ir así… –respondí, haciendo una seña con el dedo apuntando hacia mi chota, pero refiriéndome a que no iba a ir en bóxer.
Noté que Gastón siguió con su mirada mi dedo y no dijo nada.
–Pasá, ponete cómodo, ¿te doy algo fresco? –pregunté.
–Dale, te agradezco –respondió Gastón.
Tomé una jarra de agua con hielo, agarré dos vasos y regresé al living.
–Tomá, ponete cómodo, me cambio y enseguida vengo –dije.
Fui hacia el cuarto, me puse un short y una remera, mientras que Gastón hacía comentarios, ponderando como tenía puesto el departamento.
–Se ve que haces mucho deporte, porque tenés muy buen lomo –comentó, cuando regresé al living.
Aunque no esperaba un comentario así, naturalmente respondí:
–Sí y por lo que veo, imagino que vos también… ¿Vamos?
Nos fuimos a su departamento y levantamos el LCD que pesaba bastante, ya que se trataba de uno de 55”. Apoyamos la parte de la base de mi lado y me acerqué a él para ayudarlo. Sin intención alguna, nuestros brazos peludos se rozaron y sentí que saltaron chispas. Me excité al instante, pero ni en pedo me daba como para encararlo, porque no tenía idea sobre cuál era la onda del flaco, más allá de la mirada obvia que le había pegado a mi chota cuando hice referencia a mi bóxer.
–¿Necesitas que te ayude con algo más? –pregunté amablemente.
–Dale, si no te jode… –respondió.
Corrimos un par de sillones y dijo:
–Que calor que hace, increíble esta época del año con una temperatura así…
Naturalmente, comenzó a sacarse la remera, que tenía una aureola de transpiración estampada en el pecho. Clavé mis ojos en su cintura, e inmediatamente comenzaron a asomar los pelos de su abdomen; la remera continuaba subiendo en cámara lenta, hasta que quedó al descubierto su firme abdomen y el esplendor de ese pecho repleto de pelos castaños claros…
¡Por Dios!, realmente no pude disimular y seguí con mi vista clavada en su lomo.
Gastón se dio cuenta; hizo una exclamación y dijo:
–Así está mejor; estoy todo chivado…
Me sentí un poco incómodo, porque mi mirada había sido un tanto alevosa y obvia.
Realmente, el flaco estaba muy bueno, portaba el tipo de lomo que me calentaba, macizo, peludo, bien de machote, tonificado, musculoso, pero no hipertrofiado y fundamentalmente, cubierto de pelos...
Me invitó a que me sentara y fue hacia la cocina para buscar algo fresco para tomar.
–¿Te va una cerveza? –preguntó.
–Dale, si ya se enfrió sí –respondí, pensando que, aunque no resultaba lo más adecuado para tomar después de haber corrido, no rechazaría ninguna propuesta.
–Sí, está bastante fría –dijo.
–Voy a tener que ducharme nuevamente, porque me chivé todo –agregué.
Mirándome de una manera muy particular dijo:
–Sí, veo, tenés todo el lomo transpirado; te estoy rompiendo las pelotas, no sé cómo agradecerte y no quiero abusar más de vos –dijo.
La verdad es que estoy al pedo, así que podés abusar todo lo que quieras –dije.
Salieron esas palabras de mi boca y mi cabeza no podía creer lo que terminaba de decir. Aunque Gastón lo podía interpretar como quisiera, ya que yo no había dicho nada explícito, sonó realmente raro... “Abusá todo lo que quieras…”
Gastón dejó su vaso sobre la mesa, se acercó y se sentó a mi lado, e inesperadamente, apoyó una mano sobre uno de mis muslos; me tensé y quedé inmóvil. Venía acostumbrado a estar con flacos con poca experiencia, por lo que, generalmente, era yo el que llevaba la iniciativa, pero este flaco, claramente era igual o más lanzado que yo.
Elevó su brazo y con un dedo, comenzó a seguir una gota de transpiración que recorría mi cara, desde la sien hasta el cuello, haciéndome quedar literalmente petrificado y sin poder creer su osadía.
–Mirá cómo estás –dijo.
Apoyando la palma de su otra mano sobre mi cara, agregó:
–Decime… ¿realmente puedo abusar de vos?
Me dejó perplejo y sin capacidad de respuesta. Gastón tomó mi falta de reacción como señal de que estaba todo ok. Acercó su cara hacia la mía y apoyó suavemente sus labios sobre mis labios.




