Las griegas

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Repetimos la rutina anterior. Primero le saco fotos a ella sola y luego con el perfume. El sillón nos permite probar nuevas situaciones aunque no me interesa la originalidad de la pose, sino la originalidad del gesto. Paramos cinco minutos, bebemos, volvemos a empezar, decenas de fotos, agotar situaciones, nuevo descanso, cambiar las luces, arrojar lejos los guantes, incorporar el perfume, otra botella de champagne, nuevas fotos. Claudia se arroja al piso, abre los brazos y queda como crucificada con el perfume sobre su vientre. El efecto es magnífico.
Ya he perdido el sentido del tiempo y no quiero mirar el reloj. Debemos llevar más de tres horas de trabajo continuo. Hacemos un nuevo descanso y le pido que se cambie el body por el juego de dos piezas de Dolce & Gabbana. Okay, dice, y ya borracha y cansada (más cansada que borracha) va al otro cuarto y se cambia. Vuelve al minuto. Disimula maravillosamente bien su estado.
―Sigo siendo un helado de crema.
―No solo de crema ―le digo señalándole los pezones que se dibujan en la semitransparencia del corpiño. Claudia se pone colorada. Es la primera vez que consigo intimidarla en esta sesión y no puedo dejar de sentirlo como una victoria.
Claudia parece querer resarcirse de su rubor y a pesar de las horas y el champagne posa con toda la energía. Si alguien pudiera verla en este momento pensaría que recién ha comenzado a trabajar.
Claudia vuelve a repetir su pose de crucificada en el piso. Yo fotografío. Tiene puesto el perfume por debajo de los pechos y por sobre el ombligo. Clic. Claudia está dispuesta a demostrar que la adrenalina invasora no era una muestra de vergüenza o timidez. Baja el perfume hasta que la argolla queda sobre el ombligo. Clic. Levanta un poco la pelvis, entreabre las piernas y el frasco comienza a deslizarse hacia abajo. Clic. Antes de que caiga al piso lo aprieta con los muslos. Clic. Sus piernas y su pelvis han sido más elocuentes que una mirada.
Toma el frasco y en un gesto inesperado lo pone dentro de la bombacha. Afuera queda la tapa rodeando justo el ombligo.
Apenas se reconocen las letras verde crema de Photo, pero no importa, sigo sacando fotos. Toma el perfume y se pone de pie. Tambalea apenas, pero enseguida se recupera. e sienta en el sillón, cruza las piernas y mira a cámara. Clic. Un par de fotos más. Nuevo descanso. Que beba otra copa o no, no cambia su estado. La toma, a medias, pero la toma. Más fotos. Se vuelve a sentar en el sillón. No está conforme. Se sienta en el piso en posición yoga. Esconde el perfume, lo vuelve a mostrar. Mira la lente como anunciando algo distinto. Y lo hace. Aproxima el frasco a un pecho y apoya la argolla contra el pezón como coronándolo. Clic. Se me ocurre una idea. Voy hacia la mesa de trabajo y tomo unas tijeras. Me acerco a ella, que no pregunta ni dice nada. “A ver” digo simplemente y corto un triángulo del corpiño, dejando en libertad ese pecho que se insinuaba detrás de la tela.
―Repetí la pose anterior.
Claudia vuelve a apoyar el frasco sobre el pezón. Clic.
Ella permanece totalmente en silencio. “Veamos” digo y con las tijeras voy a cortar la parte media del corpiño para dejar los dos pechos al desnudo.
―No.
Me detengo. La miro. Baja la vista. Corto el corpiño. Queda partido en dos y sus tetas me recuerdan absurdamente su risa. Son pequeñas, sin embargo es inevitable no pensar que están en constante crecimiento, tal vez sea su agitación producto de la fatiga o los latidos de su corazón los que consiguen este raro efecto. Claudia no se saca el corpiño roto que cuelga de sus hombros.
―Levantate y ponete el perfume entre los pechos.
Clic. Con un solo movimiento se desprende del pedazo de tela. Se tapa una teta con una mano y la otra con Photo. Perfecto. Clic. Toma el perfume por la tapa y el frasco cae al piso. El perfume estalla en miles de pedacitos de vidrio. Claudia grita. Un aroma a sándalo invade de golpe todo el estudio. Claudia se queda quieta. Sin soltar la tapa y sin bajar la vista, Claudia se pone a llorar.
―Creo que me corté la pierna.
Retrocede varios pasos y sin mirar se arroja sobre el sillón. Me acerco y le reviso la pierna derecha. En efecto: un pequeño corte producto de un vidrio que saltó hacia ella. Le limpio la sangre con mi pañuelo. Voy hacia el bar tratando de no pisar los vidrios.
―Para el susto.
Claudia bebe unos sorbos de la copa que le acerco. Sigue llorando. Mojo con champagne su herida.
―Evita infecciones emborrachando los virus.
La poca sangre que todavía mana se vuelve rosada cuando se mezcla con la bebida. No puedo resistir la tentación. Acerco mi boca a la herida y la limpio con la lengua. Una combinación perfecta para un nuevo perfume: el sándalo de Photo, champagne, sangre y la piel de Claudia.
Tomo la botella y tiro lo que queda sobre su bombacha. Claudia ahoga un grito por la sorpresa y el ardor. La sombra del pubis que se insinuaba en su Dolce & Gabbana es ahora un triángulo oscuro, húmedo y con una textura tan increíble como deseable. Tomo la cámara de fotos.
―Acostáte. No te preocupes que acá no llegaron los vidrios.
Claudia ―con sus catorce o quince años, con su fatiga y su borrachera― es, ante todo, una profesional. Se acuesta a lo largo y agita las piernas tratando de sacarse el champagne que corre por su piel. Clic. Y otra foto. Clic. Mira a cámara. Ya no llora. Clic. Su mirada, su rostro, su cuerpo cruzaron los límites de la belleza humana. Clic. Clic.
Pero de a poco, como una tormenta que vuelve sin nunca haberse ido, se pone de nuevo a llorar. Se tapa la cara con los brazos y sus pechos se ponen tensos. Clic. Sigue llorando. Dejo de fotografiar. Claudia no se saca los brazos de la cara. La siento balbucear en su idioma. La siento lloriquear. Ella siente mis manos bajándole la bombacha. Ella siente primero mi lengua entre sus piernas y después todo mi cuerpo sobre el suyo. Vuelve a gritar.
Claudia ya no llora. Se ha dormido. Mañana cuando despierte se va a sentir mal, va a volver a llorar, pedirá por su madre. Entonces yo le voy a mostrar las fotos, se va a ver hermosa como nunca. En una milésima de segundo va a vislumbrar todo lo que yo le voy a explicar mientras le acaricio el pelo y la abrazo como un padre protector: esa mujer que está ahí en las fotos es ella, esa mujer de las fotos se va a convertir en la mujer más deseada por todos los hombres del planeta, esa mujer de las fotos se convertirá en centro de atención de todo el mundo, esa mujer de las fotos es invencible. Ella dejará de llorar, desayunaremos, le volveré a sacar más fotos, tal vez la vuelva a violar o no. Otra vez llorará o no. Volverá a pedir por su madre, o tal vez no. Le contará todo, llorarán juntas, pero no va a pasar nada. Lo aceptarán como lo aceptaron todas. Como todas, esta Claudia se jurará abandonarme y despreciarme. Mientras tanto, todo seguirá igual: hará lo que yo le pida, seré todo para ella como lo fui de las demás. Ninguna nunca se quejó. Ni la otra Claudia, ni Cindy, ni Linda, ni siquiera Tatjana cuando hubo que internarla debido a algunos excesos, ni Naomi a pesar de la inesperada participación de Mark y sus amigos, ni Stephanie que aún llora cuando está sola (eso me escribe en sus cartas, pero no es un reproche, es solo la descripción minuciosa de su vida como quien cuenta las buenas y malas acciones a su Creador). Pero nadie se queja. Porque todo es un juego y estas son las reglas. Porque todo es un juego de apariencias y de olvidos. Hoy todas usan chaquetas ceñidas con lazos, mañana nadie se va a acordar de estas prendas y las femeninas pieles corruptas de sudores, olores y pelos en constante crecimiento se cubrirán con un palazzo superlargo en crepé de gasa que pasado mañana ya nadie recordará. La vida es como mis diseños y mi perfume: un fugaz engaño que pronto se convierte en desvanecimiento y olvido.
Claudia va a despertarse. Saldrá de este hotel siendo una mujer invencible. Los hombres que quieran conquistarla van a ser derrotados, destruidos, masacrados de la manera más sutil y cruel. Y esa derrota masculina es mi victoria. He creado un nuevo ser tan poderoso como el paso del tiempo, porque eso es Claudia a partir de ahora: fugacidad. Qué importa que después me abandone y que algún día nadie luzca este tweed con ribetes negros. Ya aparecerán nuevas Claudias. Siempre aparecen. Lo importante, me diré entonces una vez más, es volver a empezar.
A Karina Galperín.
Hecha una Furia
Las Furias o Erinias son la memoria,
inexorable e inflexible.
Jan Kott, El manjar de los dioses
Tragedia griega y púdica, querida mía:
el gesto definitivo termina entre bastidores.
Jean Genet, Los negros
Buenos Aires, 1996
I- Jean Paul Gaultier
La noche en la que Marina vio por primera vez a Gonzalo fue la del cumpleaños de Helena Salgado. Lo festejaban en la VIP de Pachá y estaban todas las chicas de las dos agencias y los mejores hombres de Buenos Aires. Ella estaba feliz en su vestido Jean Paul Gaultier que Max le había regalado cuando estuvieron juntos en Nueva York el otoño pasado. Era de seda y cuero negro (una combinación, por lo menos, arriesgada) que se ajustaba deliciosamente a su cuerpo y que otorgaba, a la vista de todos, un diabólico escote. Max también le había regalado el perfume que se había puesto esa noche: Escada, de Margaretha Ley. Por primera vez en seis meses abandonaba el Chanel Nº19 y se sentía exultante: como siempre cuando terminaba con una fidelidad. Apenas estaba maquillada (un poco de base Revlon compacta) y sus labios llevaban su lápiz labial favorito: Maybelline Moisture Whip, color Mocha Ice. Su ropa interior era un conjunto negro Dolce & Gabbana bastante discreto. Unas sandalias mexicanas (regalo de su madre, de su última visita al país en el que Marina había vivido su infancia y parte de su adolescencia) completaban su vestuario.
Gonzalo (ella todavía no sabía que se llamaba así) apareció como una imagen divina. Un flash los había encandilado a ella y a Max (abrazados después de un beso) y detrás del fotógrafo estaba Gonzalo, de perfil. Fue verlo y sentir que su corazón se detenía por un segundo para luego volver a sonar al ritmo de Mc Solaar. Gonzalo hablaba con Ana Paula y Lucía, que lo miraban como a un dios y parecían dispuestas, se les notaba en la mirada, a cualquier sacrificio para terminar esa noche en los poderosos brazos de ese adonis nacional. O extranjero. Tenía que averiguarlo.
—Max, ¿te gusta ese sweater que tiene el chico que está hablando con Ana Paula?
—¿Quién, Gonzalo?
Así supo su nombre y no mucho más: que había sido novio de María Vannini (como casi todos los hombres de esta tierra), que Max lo había visto jugar al rugby en Pucará o en Pueyrredón, y que se lo había cruzado en Le King Club, una disco de París. Marina no podía averiguar mucho más sin despertar sospechas, y si bien Max era poco celoso y mucho menos perspicaz, tampoco había por qué delatarse tan pronto. Porque ella no dudaba de que tarde o temprano se iba a delatar.
Y de pronto, lo esperado: Gonzalo giró la cabeza y su mirada se cruzó, se detuvo y acarició los ojos verdes de Marina. Sintió un fuego que le subía por los pies y que se detenía por debajo de la cintura. Sin pensarlo, como provocación y como calmante, besó largamente a Max. Cuando terminó el beso no solo descubrió que Gonzalo ya no la miraba, sino que ya no estaba ahí. Se había ido. No lo volvió a ver en toda la noche. Tampoco a Ana Paula ni a Lucía. Esa mañana, Max y Marina cogieron con una furia desacostumbrada en ella.
II- Moschino
Marina podía recordar perfectamente la forma, el estilo y la marca de todos sus corpiños, podía recordar sin equivocarse el nombre de todos los fotógrafos, los asistentes, las maquilladoras y las peinadoras con las que había trabajado, podía enumerar todas las calles de todas las ciudades en las que había vivido (el Córdoba de su primera infancia, el México de su adolescencia, el Buenos Aires actual), podía recordar el nombre de todas las discos de Europa y de Estados Unidos en las que había estado, pero se olvidaba muy rápidamente de los hombres que la habían calentado sin que llegara a ocurrir nada más. Tal vez porque habían sido muchos, tal vez porque creía que solo merecían recuerdo aquellos con los que sí había pasado algo, lo cierto es que a Marina le resultaba imposible recordar a aquellos hombres que, en su momento, habían despertado algún tipo de furor. Por esa razón, al día siguiente del cumpleaños de Helena ya no pensó más en Gonzalo.
Y probablemente nunca habría vuelto a pensar en él si no se lo hubiera vuelto a cruzar en el estudio de Vicky Levín, cuando iban a realizar la publicidad de Moschino. Esta vez sin luces confusas, sin estridencias, sin la locura de la disco, sin Lucía ni Ana Paula, sin Max. Ahí, a dos metros, estaba Gonzalo.
III- Vivienne Westwood
El día que Marina volvió a ver a Gonzalo comenzó muy temprano. Se levantó a las siete de la mañana porque tenía que estar a las nueve en el estudio fotográfico de Vicky Levín y le gustaba alimentar su fama de modelo puntual. Hacía una semana que no veía a Max (había viajado a Chicago para comprar el nuevo software de su empresa), pero no tenía tiempo de extrañarlo con todo el trabajo pendiente: el lunes, shooting para la cover de Para Ti; el martes, desfile de Laurencio Adot en el Hall Buenos Aires; el miércoles, producción para Elle; y hoy, el fitting y la primera sesión de fotos para la publicidad de Moschino. Para colmo, esa noche se reunían en la Age para festejar Halloween. Va a estar lleno de brujas, se dijo pensando en sus amigas.
El propio Moschino la había elegido para ser una de las imágenes de la nueva campaña que se iba a difundir no solo en Argentina sino también en Europa y Estados Unidos. El diseñador había visto sus fotos en el composit de la agencia Ford y la pidió inmediatamente. Que el resto del equipo (fotógrafa y demás modelos) también fuera argentino era una muestra de extravagancia de Moschino o un intento de reducir los costos de producción.
Pero a Marina no le interesaba demasiado la razón. Sabía que este podía ser su trabajo más importante hasta el momento y lo iba a saber aprovechar. Ese día había amanecido fresco y resolvió no llevar el vestido floreado Azzedine Alaïa que había pensado ponerse. Dudó un instante y finalmente se decidió por un tailleur Chanel de pantalón y saco gris elefante que el propio Lagerfeld le había regalado cuando modeló para Chanel en el Palace Montfleure de París.
Desayunó un café, dos tostadas con queso untable, un jugo de naranjas y dos aspirinas. Se miró al espejo: estaba demasiado formal. Se sacó el tailleur y se puso un vestido estilo Morticia largo hasta los pies pero colorado, bastante escotado y de mangas largas, con una pequeña cruz bordada a la altura del abdomen. Era un vestido Vivienne Westwood que a ella le gustaba especialmente. Pero cuando se acordó de que pensaba ir caminando desde su departamento al estudio (apenas cinco cuadras por la avenida Libertador) pensó que iba a ser más cómodo y menos llamativo el tailleur Chanel. Volvió a cambiarse y dejó el Vivienne Westwood para la Noche de Brujas.
Salió de su casa a las ocho y media pasadas sin una gota de maquillaje y con unos zapatos Maud Frizon que tenían una hebilla en forma de rosa. Caminó por la avenida con la fuerza de quien va con viento a favor. Era un breve trayecto: el estudio de Vicky Levín quedaba en Callao, a pocos metros de Libertador. Al llegar a esa esquina no pudo evitar recordar su primera visita a Buenos Aires, cuando tenía cinco años y la abuela la había llevado al ahora inexistente Italpark. Se habían pasado todo el día en el tren fantasma y en el laberinto de los espejos con su hermana Eva y su abuela Teresa. Fue su último (y casi único) recuerdo de Buenos Aires. Esa misma noche viajaron hacia la ciudad de México.
A Marina no le gustaba recordar su infancia. No creía en la nostalgia de esos tiempos. Agradeció tener veintidós años y poder vivir todo lo que estaba viviendo. Relacionaba la infancia con el no comprender lo que ocurre, con el tener que depender de los demás, con todos los terrores que la habían acosado. La adultez era para ella lo más parecido al paraíso que se podía concebir: todos y cada uno de los placeres comenzaron una vez que fue desarrollando su cuerpo tan admirado y envidiado.
En el estudio solo estaban Vicky, sus asistentes y el equipo de producción de Moschino en Buenos Aires. Todavía no habían llegado ni el peinador ni los otros modelos. Junto con la productora y la vestuarista revisaron la ropa y en menos de quince minutos ya tenían decidido qué iba a usar en la primera tanda de fotos. No era mucho realmente: unas bermudas y una remera ajustada Moschino, unas medias bucaneras Dim, unos zapatitos J. M. Weston, y un juego de ropa interior Scandal. Cuando ya estaba vestida para la foto aparecieron los otros tres modelos: dos adolescentes de no más de quince años (un chico y una chica que entraron riéndose a carcajadas) y Gonzalo.
IV- Gianni Versace
Ella sabía cómo iban a ser las fotos pero nunca imaginó que su compañero sería Gonzalo. Vicky y la productora le habían explicado que la idea de Moschino era que ella y el modelo aparecieran abrazados. Él solo con un jean y ella solo con sus bermudas. ¡Sus tetas contra el pecho enorme de Gonzalo! Por suerte, Marina estaba sentada. La sola idea le producía mareos y pensó que si Vicky los dejaba demasiado tiempo en esa pose, ella iba a empezar a refregarse contra el cuerpo de Gonzalo y que no tardaría en acabar.
Se saludaron con la indiferencia que indicaba la ocasión. Gonzalo llevaba un jean negro Versace, una remera negra Versace, un cinturón negro Versace (por lo visto le gustaba la ropa negra y Gianni Versace), zapatos desconocidos para ella, olía a Carolina Herrera pour homme (un punto en contra, pensó, era el mismo perfume que usaba Max) y con particular interés esperó a que se cambiara para descubrir que llevaba un bóxer de..., no, imposible concentrarse en la marca del bóxer de algodón blanco que quedó al descubierto cuando se sacó el jean para ponerse el Moschino. Palpitaciones. Marina sintió palpitaciones.
Decidió concentrarse en el maquillaje y la maquilladora. Una manera bastante efectiva para volver a ser la modelo profesional que todos conocían y respetaban. Ella sabía que llegado el momento se iba a comportar a la altura de las circunstancias.
V- Revlon
Ante todo la base y el polvo, luego el necesario toque de rubor para resaltar los pómulos y darle un aporte mínimo de iluminación. El paso siguiente era delinear y darle color a los ojos; la maquilladora eligió un tono natural para los párpados de Marina. Casi lista. Le agregó un toque de polvo translúcido; solo faltaban los labios. Marina reconoció, como una gourmet de lápices labiales, el sabor del Revlon Outrageous, en tono beige; el favorito de Claudia Schiffer. Finalmente, la maquilladora le quitó los excesos de artificio con un hisopo. Su rostro ya estaba preparado para la lente de Vicky Levín.
—Vos no necesitás maquillaje, estás preciosa —le dijo la maquilladora cuando terminó su trabajo. Se conocían desde hacía un par de años y siempre se habían llevado bien. Se llamaba Liliana y era cordobesa como ella. Los años en Buenos Aires no le habían quitado la tonada provinciana que ella había perdido (o transformado) en México. Marina sonreía mientras se observaba en el espejo. Realmente, por unos segundos, había conseguido olvidarse de Gonzalo.
Ahora era el turno del peinador. Liliana, mientras tanto, luchaba para que la adolescente se quedara quieta y se dejara maquillar. La chica parecía más interesada en llamar la atención del otro adolescente y no paraban de molestarse mutuamente mientras reían. Niños, pensó Marina con algo de fastidio. Gonzalo, ya vestido, esperó su turno para ser maquillado. El peinador le desenredó el pelo lacio y le aplicó un fijador para dar un efecto mojado.
La maquilladora terminó con la adolescente y comenzó a trabajar con Gonzalo, que se sentó al lado de Marina. Ella lo miró por el espejo. Pensó: está fuerte, muy fuerte.
Los adolescentes ya resultaban insoportables. Liliana, fastidiada con el bullicio de los chicos, los retó un par de veces pero no le hacían mucho caso. Estaba empolvando el rostro de Gonzalo cuando los volvió a retar.
VI- Gonzalo Videla
—Quietos, chicos, parecen bebés. Compórtense como adultos. ¿O hay que estar retándolos a cada rato? Hay que ser Videla con ustedes.
Los adolescentes hicieron como si no la hubieran escuchado, pero igual se tranquilizaron y se quedaron hablando en un rincón de las publicidades que ya habían hecho. Gonzalo miró a Liliana por el espejo.
—¿Qué tenés en contra de Videla? —le preguntó.
La maquilladora hizo un gesto de indiferencia, restándole importancia a sus palabras. Sin dejar de maquillarlo le contestó:
—Nada. Dije Videla como pude decir Galtieri. Qué sé yo.
—Pero lo dijiste como con asco.
Liliana parecía no entender. Marina tampoco entendía. Los miraba a uno y a otra y trataba de descubrir hacia dónde iba Gonzalo.
—No sé qué querés decir; estoy enojada pero con estos mocosos, nada más. Dije Videla, pude haber dicho Franco, Mussolini...
—Porque yo soy hijo del General Videla y no me gusta que insulten a mi padre.
Ni los adolescentes ni el peluquero parecían escuchar la conversación de Gonzalo y Liliana. Solo Marina estaba atenta.
—Me estás cargando —le dijo Liliana.
—Yo soy hijo del General Videla.
—Vos me estás cargando.
—No, Liliana —intervino Marina—. No ves que no te está cargando.
VII- Scandal
Los dos adolescentes miraban la ropa que les había tocado para la sesión de fotos. El peinador seguía con los cabellos de Marina, ajeno a todo. Liliana no había atinado a nada, salvo a seguir trabajando en el rostro de Gonzalo, que se había callado y mantenía una mirada de arrogancia e indignación. Marina hubiera querido seguir hablando pero no pudo continuar. Sentía como si un rayo le hubiera partido el alma.
No podía seguir hablando. No podía mantenerle la mirada a Gonzalo a través del espejo. Cerró los ojos y temió que la estuviera observando, que en su rostro (tan expresivo según todos los fotógrafos con los que había trabajado) se reflejara el terror que se había apoderado de ella. Un terror descontrolado, ilógico, desubicado. Sintió cómo se ponía colorada de vergüenza y de miedo. Trataba de calmarse concentrándose en el peine y en las manos del peluquero. Trataba de imaginar que esas manos eran las manos de su madre tranquilizándola; las manos de su padre acomodándole las trenzas en la siesta cordobesa, en aquellos días, cuando lo vio por última vez.
Era estúpido tener miedo. Tener miedo de un muchacho que vivía para seducir y sonreír frente a una cámara de fotos. Era estúpido tener miedo de alguien que solo había defendido el honor de su familia de la ocurrencia de una maquilladora. ¿Habría sido capaz de enojarse con Max, que era tan grandote y musculoso como él? La ventaja de Gonzalo era que a Max nunca se le iba a ocurrir hacer un comentario como el de Liliana. Gonzalo podía estar tranquilo. Pero ella no, ella estaba aterrada.
Era estúpido tener miedo del hijo de un asesino. Un hijo no es un padre. Una hija tampoco es un padre. O sí. Por qué no pensar que sí. Que Gonzalo cargaba con su padre como quien hereda los ojos claros o la aversión por las matemáticas. Gonzalo no era su padre, pero en ese instante banal e intranscendente, Gonzalo significaba su padre. De la misma manera que ese miedo que sentía ella no era exclusivamente suyo.




