- -
- 100%
- +
Declaró que había invitado a subir en su coche a Lola y Ana al salir de la feria porque la amiga que les llevó a la ida, Sarah, ya se había marchado; que fue una casualidad que coincidieran a la salida y él se ofreció a acercarlas por mera cortesía. Había dejado primero a Lola en la puerta de su casa, que estaba a las afueras, no muy lejos de la feria, y luego llevó a Ana, que vivía en el centro del pueblo, en el mismo edificio de la peluquería. Respecto a la hora, no estaba seguro, creía que serían más de las cuatro cuando se marcharon, pero no lo podía precisar.
Inmaculada despidió a Álvaro apresuradamente cuando le comunicaron que había llegado el director de la caja con los extractos de las cuentas de Lola. Subió con Julián al ático y se reunieron allí con Ramírez y el fiscal, un joven atlético y completamente calvo que no se dejaba intimidar. Ella le había visto mantener la calma en la única situación violenta que se les había presentado hasta ese momento, durante la declaración de un yonqui el día siguiente al de su toma de posesión.
La sala de juntas del ático era fría, desangelada como el resto del juzgado y tenía un olor permanente a humedad. Por ver la parte positiva, era muy espaciosa.
Desplegaron los listados sobre la mesa enorme que ocupaba el centro de la habitación y fueron señalando los movimientos por categorías con rotuladores fluorescentes. Les llevó su tiempo, pero detectaron algo llamativo: durante los dos últimos años, el día diez de cada mes, Lola ingresaba en su cuenta siempre la misma cantidad. Una suma lo suficientemente elevada para no pasarla por alto.
—No parece que cuadre con la caja de una tiendecilla como la suya —dijo Ramírez—, es demasiado dinero en metálico.
—Y demasiado regular —dijo la jueza.
—Un chantaje —afirmó el fiscal con contundencia—. Dado que es más que probable la paternidad de Álvaro respecto al hijo de Lola…
—Eso es vox populi —apostilló Ramírez.
—… no es descabellado pensar —siguió el fiscal— que le pidiera dinero a cambio de callarse y mantener a salvo su reputación.
—Y su herencia —añadió Julián—. Álvaro tiene un patrimonio enorme y, como no tiene hijos, todo lo heredará la mujer. No creo que le hiciera gracia repartirlo con el hijo de Lola.
—Tienes toda la razón —le contestó ella—. Pero ¿por qué solo los dos últimos años?, ¿por qué callarse durante cuatro años y luego empezar a hacerle chantaje?
No tenían respuesta. Podía ser que hubiera sucedido algo entre ellos, o que Lola se hubiera visto mal de dinero, o que, simplemente, se hubiera hartado de lo injusto de la situación. Parecía clave descubrir quién era el padre, ¡alguien lo tenía que saber! Debían hablar cuanto antes con Remedios, la tía de Lola, y registrar la casa. Inmaculada ordenó que buscaran cartas, diarios, informes médicos, fotografías y cualquier papel que les pudiera dar alguna pista.
Les interrumpieron para avisarles de que había llegado la testigo Ana Abril Calvo, así que recogieron todo y dieron por terminada la reunión.
Bajando las escaleras, Ramírez le comentó:
—Por cierto, doña Inmaculada, hemos localizado al niño. Por lo visto, estaba pasando la semana de feria en Sevilla, en casa de una prima segunda de Lola que tiene un hijo de su edad. Se llama Concepción Ruiz Moreno. Ha dicho que se queda allí mientras no se decida otra cosa.
—Muy bien. Encárguese de informar a la Junta y cítela para declarar.
Ana tenía la cara enrojecida y los ojos hinchados. No paraba de llorar, sonándose de vez en cuando con un Kleenex de colores.
—Es que Lola era mi mejor amiga —dijo como excusándose—, fuimos juntas al colegio.
La jueza esperó a que se calmara un poco y comenzó las preguntas.
—¿Sabe usted si Lola mantenía alguna relación sentimental?
—Desde hace años no tenía novio, que yo sepa.
—¿Le reveló alguna vez quién era el padre de su hijo?
—No. Ese era su secreto mejor guardado. No creo que lo sepa nadie. ¡Fíjese, que fui yo quien le acompañó en el parto! Lo recuerdo perfectamente. Era el día de Nochevieja y todo el mundo andaba como loco por eso del efecto dos mil, parecía que se iba a acabar el mundo. Lola me hizo un comentario muy raro, dijo: «Si se borran todos los ordenadores esta noche, ¡mejor!».
—¿Tenía un diario?
—No. Si lo tenía, nunca me lo contó.
—¿Lola tenía problemas económicos?
La pregunta pareció sorprenderle.
—No, claro que no. No nadaba en la abundancia, pero con la tienda iba tirando. Tampoco creo que tuviera grandes gastos.
—¿Sabe usted si era adicta a alguna sustancia?
—¡No! ¡Por supuesto que no! ¿Pero qué clase de persona piensa que era? —dijo Ana molesta—. Lola se dedicaba a trabajar en su tienda y a cuidar de su hijo como cualquier madre. No era ninguna irresponsable. Lo más importante para ella era su niño, le quería con toda su alma y se desvivía por él. Antes, mientras estaba en la tienda se dedicaba a pintar, pero, desde que nació, no hacía más que leer libros de psicología infantil y esas cosas.
—¿Y sabe si tenía enemigos o alguien que quisiera hacerle daño?
—En absoluto. Era buena gente y nunca hizo mal a nadie. Sé que en el pueblo tenía fama de comehombres —dijo, haciendo con las manos el gesto de comillas—, pero eso es mentira. Tuvo algunos novios, pero ella nunca hizo daño a nadie. Más bien, al contrario.
—Explíquese.
—Bueno, no era fácil para ella saber que todos se volvían locos en cuanto la veían porque enseguida se hacía ilusiones y, cuando se enamoraba, era de verdad. O sea, que se llevó varios desengaños y lo pasó muy mal. Y es que con los tíos, a la hora de la verdad, no se puede contar.
Inmaculada tuvo la impresión de que esos pensamientos pertenecían más a la propia Ana que a Lola, así que cambió de tema.
—¿Qué hizo usted ayer por la noche?
—Fui a la feria, como todo el mundo. Estuve con Lola y con Sarah, que es otra amiga que se marchó pronto.
Ana rompió a llorar otra vez y la jueza volvió a esperar unos instantes para seguir preguntándole:
—¿Con quién concretamente?
—No podría decirle todos los nombres. Estaba allí todo el pueblo. Vas saludando a unos y a otros: María, de la farmacia y su marido; Sole, la mujer del médico, y Chus, que estaba con unos amigos de Barcelona. También estaba Marina con su panda y un montón de gente más. Bailamos un ratito y luego estuvimos en la barra charlando y tomando unas copas. Cuando nos íbamos coincidimos con Álvaro, que se ofreció a acercarnos a casa en coche.
—¿A qué hora se marcharon?
—No lo sé seguro, bastante tarde, serían las tres o las cuatro.
—¿Y él las dejó a cada una en su casa?
—Sí, señoría. Bueno, a mí me dejó primero y se marchó con Lola para llevarla a ella.
La jueza y el secretario se miraron subrepticiamente: el caballero de impecables modales había mentido en su declaración.
Despidieron a Ana, que volvía a llorar sin consuelo, y redactaron de inmediato la orden para registrar el coche de Álvaro. Julián avisó a Ramírez, que subió enseguida y al recibir las instrucciones dijo:
—Doña Inmaculada, don Álvaro tiene dos coches. Son dos Mercedes: un todoterreno y uno pequeño, que conduce su mujer. ¿Nos traemos los dos?
—Sí, los dos —contestó ella mientras rehacía a toda prisa el escrito, corrigiendo sobre el primero que tenía todavía en la pantalla. Lo firmó y se lo entregó al sargento, que salió rápidamente.
No habían pasado ni diez minutos cuando Ramírez llamó desde el patio de casa de Álvaro. El todoterreno tenía un golpe en un costado y el faro delantero derecho destrozado. Inmaculada ordenó su detención.
Mientras esperaba al detenido aplacó los nervios escuchando las excusas de un primo de la víctima, Francisco Aguilera Ramos, que se presentó en el juzgado para disculpar a su tía, Remedios Aguilera González, que no estaba en condiciones de testificar. Explicó que la mujer era muy mayor y le habían tenido que administrar sedantes, por lo que su declaración tenía que aplazarse.
Álvaro —ya en calidad de imputado, en presencia de su abogado y sin perder un ápice de su aplomo— insistió en negar rotundamente cualquier participación en el asesinato. Aseguraba que, como ya les había dicho antes, llevó a su casa a Lola y a Ana por pura casualidad, porque los tres se iban en el mismo momento y hubiera sido una grosería no ofrecerse a acercarlas, y que, desde luego, había dejado primero a Lola y después a Ana. No tenía ninguna explicación para el hecho de que la víctima hubiera aparecido en la carretera, ya que él la había llevado hasta la puerta de su casa, pero, en cualquier caso, creía que eso no le convertía en un criminal. Justificó la abolladura del coche explicando que se había dado un golpe en el aparcamiento de la fábrica hacía más de una semana, pero, como estaban de feria, no se lo habían podido arreglar en el taller del pueblo. Además él prefería llevarlo al taller oficial de la Mercedes, en Cádiz.
Cuando pasaron al tema del hijo de Lola, dijo que no sabía quién era el padre, pero que, con toda seguridad, no era suyo. Reconoció que sí había mantenido con Lola una relación sentimental en el pasado antes de casarse con Mariola. Y, al preguntarle si esa relación había continuado después, lo negó. Inmaculada fue más explícita y le preguntó si alguna vez había sido infiel a su mujer. Él se quedó pensativo un segundo y contestó:
—Con Lola, no.
Su abogado le interrumpió para ordenarle, más que aconsejarle, que no contestara a ninguna pregunta de esa índole y la jueza la formuló inmediatamente:
—¿Con quién?
—A esa pregunta no voy a responder, señoría —dijo Álvaro muy solemne.
Respecto al chantaje, lo negó todo. Aseguraba que, en primer lugar, él no era el padre del niño. Y, en segundo lugar, aunque lo hubiera sido, Lola no era esa clase de mujer. Que estaban muy equivocados, porque Lola era una buena persona. «A mí nunca me pidió un duro, ni yo se lo di», dijo textualmente.
Por último, Inmaculada le preguntó si pensaba que Lola tenía enemigos o alguien que pudiera tener algo contra ella, y él contestó:
—Lola volvía locos a los hombres. Era una bellísima persona que nunca hizo daño a nadie, pero también era una bellísima mujer y más de uno ha perdido la cabeza por ella. Estoy convencido de que esto, si no es obra de un psicópata, lo ha hecho alguien desesperado por tenerla.
—Y, usted, ¿perdió la cabeza por ella?
—A esa pregunta no voy a responder, señoría.
Pese a las protestas del abogado, el fiscal se opuso a la libertad bajo fianza. Consideraba que Álvaro tenía un móvil más que probable, ocasión de cometer el crimen, era la última persona con quien se había visto a la víctima con vida y, por si fuera poco, había mentido en su declaración. Además, la brutalidad del atropello lo desaconsejaba.
Ella se vio obligada a mantener la detención, aunque eso le valiera la enemistad de los habitantes de ese pueblo para el resto de su vida. Y es que Don Álvaro, como le llamaba todo el mundo, era una persona muy respetada y, por lo visto, bastante querida, dada la indignación general que había provocado su detención. Era una suerte que allí nadie se callara nada. Se sentía más segura sabiendo que, en cuestión de minutos, le llegaban todos los rumores y comentarios, que el sargento Ramírez le transmitía sin necesidad de preguntarle.
***
Después de una larga siesta, Lucía salió con Jorge a dar una vuelta. Fueron paseando hacia el centro del pueblo por el camino de tierra junto al arcén de la carretera. Al pasar por delante de un cortijo con un jardín muy cuidado, recordó que Chus había comentado que aquella era la casa de su primo Álvaro. No se detuvieron, pero se quedaron mirándola con aprensión. Era como si a cada paso aquella atrocidad les calara más hondo.
Jorge caminaba cabizbajo con las manos en los bolsillos y los hombros un poco levantados con un gesto que Lucía sabía que no era de frío, sino de malestar. Intentó reconfortarle abrazándolo por la cintura, consiguió que la mirara y le sonrió cariñosa, pero él solo le dio un beso distraído en la frente y siguió andando en silencio.
Subieron por la calle principal, larga y empinada, y terminaron en el Casino. Era un local con sillones corridos de terciopelo rojo, veladores de mármol y carteles de toros de hacía más de veinte años. Estaban tan cansados que no tenían ganas de andar para buscar un sitio más acogedor.
Intentaron, sin éxito, leer el periódico: los detalles del suceso se comentaban a viva voz. El camarero, un hombre mayor que secaba vasos con parsimonia sin hacer mucho caso a la clientela, criticaba a la jueza encargada del caso:
—Mandan a una niñata de Segovia que no se entera de nada y se ponen a hacer fotos en plan CSI. Dicen que ha vomitado varias veces al ver el cadáver.
El corrillo que le escuchaba dejó de prestarle atención cuando llegó una pareja que acaparó el protagonismo con la última noticia: don Álvaro estaba detenido como sospechoso del asesinato de Lola. La señora, con muchas sortijas y una voz muy chillona, contaba indignada que le habían detenido como a un criminal y que la pobre Mariola estaba deshecha porque no le habían dejado quedarse con él.
En medio de aquel drama, sonrieron por primera vez en el día. ¿Cómo pretendía que le acompañara su esposa mientras estaba detenido?
***
A las doce y cuarto de la noche, Inmaculada todavía estaba en su despacho. A solas y con la única iluminación de la lamparilla de la mesa, se fijó en el resplandor que entraba por la ventana y se dio cuenta de que la luna llena había sido precisamente la noche anterior. «¿Y si ha sido un psicópata?», pensó. El olor del cadáver se le había quedado incrustado en el cerebro y cada vez que lo recordaba volvía a sentir la sensación de náusea.
Llamó por el móvil a su novio, Luis, pero no contestó. Se imaginó, con un poco de envidia, que ya estaría durmiendo. A ella le iba a costar conciliar el sueño.
Para calmar su angustia necesitaba hacer algo útil que le devolviera la sensación de control. Lo mejor era seguir trabajando. La llegada de Ramírez le sacó de sus pensamientos, parecía que aquella noche nadie tenía la intención de irse a casa.
Venía a informarle de que dos de sus hombres habían inspeccionado el camiónchurrería y no habían encontrado nada extraño. Descartaban que hubiera podido circular la noche anterior porque era imposible mover ese trasto sin desmontar toda la instalación de la churrería y estaban seguros de que el desmontaje había sido esa mañana. Él mismo lo había visto cuando fue a citar al churrero para declarar. No obstante, la inspección había sido solamente in situ; si la jueza creía conveniente registrarlo más a fondo, podían traerlo al juzgado para que lo vieran los técnicos de la brigada científica.
Como se fiaba totalmente del criterio de Ramírez, no lo consideró necesario y le dio las gracias por atender a tantos frentes en un día tan difícil.
Cuando se marchó, ella se puso a revisar el material que Paco y Ángel habían recogido en el registro de la vivienda de Lola. Echó un vistazo y eligió una carpeta con documentos médicos. Había una mezcla de todo: informes, análisis, ecografías e incluso volantes con horas de citas. Leyó detenidamente un impreso en el que constaban todos los datos del recién nacido: fecha y hora, peso, talla, etc., pero no encontró ni la más mínima referencia al padre.
Entonces se centró en varias cajas de bombones llenas de cartas y postales guardadas sin ningún orden. Empeñada en encontrar alguna de Álvaro, comenzó a clasificarlas según el remitente, pero una hora más tarde desistió. Ordenar y examinar todo aquello le podía llevar toda la noche.
Guardó las cartas. En sobres etiquetados las que ya estaban clasificadas y en las cajas de bombones las restantes. Aseguró las pruebas bajo llave en un armario desportillado que ocupaba casi toda una pared del despacho, en el que también solía guardar la toga, a falta de un sitio mejor. Tiró a la papelera los guantes de látex, cogió su bolso del respaldo de la silla comprobando que llevaba el móvil y salió.
Al pasar por delante del despacho de Julián, se asomó a la puerta entreabierta y vio que él también estaba recogiendo para marcharse. Era un hombre físicamente enorme, atento y calmado. Cuando la acompañaba en las diligencias más desagradables, su presencia le hacía sentir mucho más segura, pero sobre todo le gustaba su buen juicio, igual era porque solían coincidir en sus opiniones.
—¿Nos vamos ya? —le preguntó—. Mañana tenemos un montón de testigos.
Fueron apagando las luces y bajaron, prácticamente a oscuras, las escaleras. Inmaculada creía que Julián no se había dado cuenta de que estaba llorando.
En la puerta, le cedió el paso y, saliendo detrás de ella, le apretó un hombro con su manaza preguntándole:
—¿Miedo, impotencia?
—Solo cansancio.
MARTES CUATRO DE MAYO DE 2006
Cuando Lucía se despertó, Jorge, ya vestido, observaba un mapa de carreteras con una taza de café en la mano sentado apaciblemente en la terracita de su habitación.
Ella se acercó, le abrazó por la espalda y le besó apreciando su olor a recién afeitado. Luego se fijó en el mapa y le preguntó:
—¿Qué estás buscando?
—Hoy vamos a hacer turismo. Ponte guapa que nos vamos a Córdoba.
—¿A Córdoba? Pero si está a más de tres horas.
—¡Qué más da, estamos de vacaciones! Vamos a la Mezquita y pasamos el día juntos, lejos de todo este lío.
A Lucía le pareció bien la idea: el día entero para ellos solos.
—¿Sabes una cosa? —le dijo cariñosa—, te quiero tanto que me gusta todo de ti.
Y lo pensaba sinceramente. Le daba lo mismo que tuviese veinte años más que ella, era el hombre más atractivo que había conocido.
Él no respondió. Sonrió complacido e hizo un gesto de asentimiento que lo mismo podía significar «yo también» que «a mí que me cuentas».
Ella recordó la escena de Star Wars en la que la princesa Leia le confiesa su amor a Han Solo a punto de morir y él responde: «Lo sé».
***
Nada más llegar a su despacho, Inmaculada se disponía a llamar al Instituto de Medicina Legal donde habían llevado el cuerpo de Lola, pero Julián le avisó de que estaba allí Mariola Domínguez, la mujer de Álvaro, y solicitaba hablar con la jueza. Colgó el teléfono sin llegar a marcar e hizo pasar a Mariola.
La mujer se sentó muy rígida en el borde de la silla repasando con la vista el despacho con tal gesto de desaprobación que se diría que le daba asco: las paredes, con tantas capas de pintura que, a pesar de que la última era muy reciente, no tapaba los desconchones; los muebles de oficina baratos y desgastados; las ventanas, que no encajaban bien... Inmaculada, que había sentido auténtica desolación el día que vio por primera vez su lugar de trabajo, en ese momento se ofendió por el desprecio de Mariola. En décimas de segundo se convenció a sí misma de lo irrelevante que era la decoración en esas circunstancias: una mujer había sido asesinada y ella era la encargada de la instrucción. No se iba a dejar intimidar por mucho botox, mechas y ropa fashion que llevara la testigo.
Mariola comenzó a hablar perdonándole la vida, sin disimular el menosprecio que sentía por ella, que no pertenecía a su clase social. Se tomaba todo aquello como un trámite burocrático, terriblemente pesado y desagradable, dejando muy claro su punto de vista: todo ese asunto no era más que un ataque personal contra su marido y, por extensión, contra ella. Pero había tomado la determinación de armarse de paciencia y colaborar para terminar cuanto antes. Por eso se había presentado en el juzgado para que le preguntaran «todo lo que tengan que preguntar y a ver si termina todo esto de una santa vez».
A pesar de semejante declaración de intenciones, cuando comenzaron las preguntas Inmaculada se dio cuenta de que no iba a sacar nada en limpio sobre los movimientos de Álvaro, que era lo que le interesaba, ya que Mariola se limitó a decir que su marido volvió tarde a casa, aunque no podía precisar la hora porque ya estaba dormida. Ella nunca iba a la feria porque «allí no se le había perdido nada».
Entonces la jueza se acordó de que el propio abogado le había dado una idea cuando demostró, sin querer, que el tema de las infidelidades era pantanoso.
—¿Sabe usted si su marido le es infiel o tiene alguna sospecha en ese sentido?
—Mi marido es un hombre excelente. En todos los años que llevamos casados jamás le he sorprendido en algo así —respondió Mariola mientras colocaba y recolocaba los flecos de su pañuelo de seda.
—Entonces, ¿puede asegurar que su marido jamás le ha sido infiel?
—Ya le he dicho que nunca he tenido ninguna prueba de eso.
—Por favor, conteste a lo que le pregunto. ¿Ha sospechado usted o ha encontrado indicios o alguna vez le ha podido parecer que su marido tenía una amante?
—Bueno claro —contestó con voz chillona—, sospechas las puede tener cualquiera. Que yo me imagine algunas veces cosas, no quiere decir que sean ciertas si no tengo pruebas, ¿no? Si no me equivoco, creo que es eso lo que dice la Constitución.
«Vale, tenía una amante», pensó Inmaculada y despidió a Mariola con toda la amabilidad que pudo.
En cuanto cerró la puerta marcó el número del Instituto, pero la forense estaba practicando una autopsia y no podía ponerse al teléfono. Colgó dando las gracias y preguntó a Julián si habían localizado a Ana. Necesitaba aclarar su contradicción con la declaración de Álvaro.
—Llegará en media hora —le contestó—. El que está aquí es Jesús, era el primero que teníamos en la lista de hoy.
—Vale, dame un minuto y le haces pasar.
Leyó rápidamente su esquema sobre las personas cercanas a la víctima: «Jesús Estrada López. También conocido como Chus. Dueño del hotel. Novio de la víctima en el pasado. Posible padre del niño, según los rumores. Primo de Álvaro, pero, a diferencia de él, es muy amigo de Lola, se les ve juntos a menudo».
Inmaculada y Julián coincidieron en que ese hombre parecía hundido. Era evidente que la muerte de Lola le había afectado profundamente. Llevaba la ropa arrugadísima, con aspecto de haber dormido con ella puesta. Desde que se sentó, fijó la mirada en sus propios pies y respondió a las preguntas con desgana, como si la investigación le pareciera una tontería comparada con la inmensidad de su dolor.
Declaró, en tono apático, que había llegado muy tarde a la feria, serían más de las once, y no sabía a qué hora se había marchado, quizá a las tres o las cuatro. Iba con una pareja de amigos que se hospedaban en su hotel y regresaron los tres juntos. No había visto nada extraño ni cuando estaban en la feria ni cuando se fueron. Tenían el coche aparcado en la explanada de enfrente y allí estaba todo normal.
Sí, había hablado con Lola y la había visto marcharse con Ana y con Álvaro, todo el mundo les había visto. Se había despedido de ella con un saludo a lo lejos. —Cuando pronunció la palabra «despedido», se le saltaron las lágrimas. Inmaculada le tendió un pañuelo de papel, pero lo rechazó y se limpió los ojos con la mano.
Chus no creía que Lola tuviera ningún problema grave ni le había extrañado nada en ella en los últimos meses y pensaba que era imposible que tuviera enemigos. Respecto a la gente que se había quedado en la feria hasta última hora, su lista coincidía más o menos con la del churrero, aunque añadió dos nombres más, los de sus amigos de Barcelona: Jorge y Lucía.
Le contó a la jueza, respondiendo a su pregunta, que había tenido una relación sentimental con Lola hacía ya muchos años. Y que la había querido muchísimo, añadió espontáneamente.
Cuando le preguntó si sabía quién era el padre del niño de Lola, contestó que no; que eso sucedió mucho después de que ellos lo hubieran dejado y en aquella época él vivía en Berlín. Había pasado allí dos años y no había tenido mucho contacto con nadie de aquí. Y respecto al motivo de que ella ocultara su identidad, lo único que se le ocurría es que lo haría por orgullo.
—Lola era una persona maravillosa, pero era demasiado orgullosa —dijo, asintiendo varias veces con la cabeza baja, como si eso le ayudara a explicarse las cosas.




