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Por último le preguntó si creía que Álvaro podía tener motivos para asesinarla. Él levantó la vista por primera vez y, mirando fijamente a los ojos de Inmaculada, le dijo con voz segura:
—Álvaro es mi primo, señoría. Lo conozco bien y sé que es absolutamente imposible que matara a Lola; aunque ustedes, por lo visto, piensan lo contrario.
Despidieron al testigo e hicieron pasar a Ana. Esa mañana iba muy arreglada y olía a una mezcla de perfume floral y productos cosméticos. No se parecía a la mujer desmadejada que habían visto el día anterior.
La jueza le recordó su obligación de decir la verdad y a continuación le preguntó:
—¿Está usted completamente segura de que Lola en ningún momento le reveló la identidad del padre de su hijo?
—Completamente segura, señoría —contestó Ana en voz baja.
—¿Y tampoco le dio ningún dato ni ningún indicio?
—No. Le juro que no sé quién es el padre. Eso para Lola era sagrado.
—Explíqueme con detalle lo que sucedió la noche del dos de mayo desde que se subieron en el coche de Álvaro. Todo lo que usted recuerde: de qué hablaron, si se cruzaron con otros coches, si Álvaro conducía deprisa o despacio, todo.
Ana empezó a contar que en el coche iban hablando de Gran Hermano y, en menos de un minuto, se derrumbó. Rompió a llorar con grandes sollozos diciendo que no era verdad que Álvaro le hubiera llevado primero a ella a su casa y después a Lola, que había sido al revés. Álvaro y ella salían juntos, pero no lo sabía nadie, ni siquiera Lola, y por eso había tenido que mentir en su primera declaración.
La jueza reaccionó indignada.
—Pero ¿se da usted cuenta de la gravedad de lo que ha hecho?
Ana no contestaba, solo lloraba. Inmaculada optó por hacer un descanso de cinco minutos. La testigo salió y, a solas con Julián, ella se desahogó paseando por el despacho:
—Pero ¿esta mujer es idiota? ¡Me dan ganas de detenerla por cretina!
Julián le escuchaba en silencio asintiendo de vez en cuando.
—No sé qué es más estúpido —continuó Inmaculada mientras iba y venía—, si mentir en una investigación por asesinato para ocultar un adulterio o mentir para encubrir a un amante pensando que es un asesino.
—Lo malo es que no sabemos en cuál de las dos ocasiones ha mentido. Si fue en la primera, entonces, Álvaro decía la verdad.
Les interrumpió el teléfono. Inmaculada descolgó y la encargada de la centralita le informó de que la forense preguntaba por ella.
—Sí, sí, pásamela... Hola, Mary Jo, gracias por llamar —dijo, quedándose de pie al otro lado de su mesa.
—Hola, de nada. Supongo que quieres saber cómo va la autopsia de tu caso, pero todavía no hemos terminado. Ya sabes cómo es esto, tenemos poca gente y demasiado trabajo.
—Ya me lo imagino. ¡Todos estamos igual! Pero si me puedes adelantar algo...
—Sabemos seguro que la causa de la muerte fue el atropello, sé que puede parecer una obviedad, pero hay que descartar cualquier otra. El coche era grande, posiblemente todoterreno por las marcas de las ruedas, y, desde luego, no fue un accidente, le pasó por encima por lo menos dos veces, puede que tres. La hora de la muerte se establece entre las cinco y las seis, quizá podamos afinar más. Ah, y no hay indicios de agresión sexual.
—Y con esos datos, si tuvieras que hacer una sugerencia sobre el perfil del asesino, ¿qué dirías?
—Pues diría que es prematuro, pero, puestos a especular, creo que estamos ante un asesinato muy chapucero.
—¿Chapucero?
—Sí, inexperto. En mi opinión, el que lo hizo no está acostumbrado a la violencia. Alguien violento elige un método más directo, no le importa tener contacto físico con la víctima ni ver su sufrimiento. Además, atropellarla dos veces era innecesario; murió al instante con el primer impacto, que creo que fue en la espalda, pero con el estado del cuerpo no puedo asegurarlo.
—O sea, que no crees que fuera un asesino profesional.
—No, ni creo que sea un psicópata, son muy metódicos con sus rituales. Pienso, más bien, que fue algo improvisado, impulsivo.
—Bueno, muchísimas gracias. Da gusto trabajar con alguien tan experto.
—De nada, mujer, no exageres, espero poder darte datos concluyentes cuanto antes.
Se despidieron e Inmaculada se quedó más tranquila. Datos concluyentes, ¡eso era lo que necesitaba! Le resumió a Julián la conversación y ordenó que Ana volviera a entrar al despacho.
Ya un poco más calmada, Ana retomó el momento en el que iban hablando de Gran Hermano. A ella y a Lola les encantaba, pero a Álvaro le parecía una chorrada. Dejaron a Lola en su casa y luego Álvaro le llevó a ella. Por el camino intentó convencerle de que subiera un ratito, pero él se negó. Decía que esa noche había demasiada gente en la calle y le podía ver cualquiera.
—¿Cuando empezó su relación? —preguntó Inmaculada.
—Hace dos años, más o menos —contestó Ana.
—¿Sabe usted si Álvaro tiene otras amantes?
—Claro que no. Álvaro no es un mujeriego. Me quiere de verdad.
—¿En dónde se encontraban?
—Tiene un apartamento en Cádiz. Nos veíamos allí.
—¿Vio alguna vez indicios de que hubiera estado otra mujer en ese apartamento?
—No, señoría. Además, yo tengo llaves y puedo aparecer por ahí cuando quiera.
—¿Y la mujer de Álvaro, no puede aparecer?
—Es que tienen varios pisos. No creo que su mujer sepa cuales están alquilados. Ella no se ocupa de esas cosas, y además no le importa ni un comino lo que haga él. Siguen casados para mantener las apariencias.
—Hábleme de la relación de Álvaro con Lola.
—Bueno, Álvaro estuvo muy enamorado de ella hace años, pero se enteró de que Lola se veía en secreto con otro hombre y no se lo perdonó.
—¿Quién era ese hombre?
—Chus, el dueño del hotel, que, encima, es primo de Álvaro. Chus y Lola salían juntos en Sevilla cuando eran estudiantes. Cortaron, ella volvió aquí y se hizo novia de Álvaro. Pero, luego, volvió también Chus y la cosa se lió.
—Lola engañó a Álvaro con Chus y acabó saliendo de nuevo con Chus.
—Sí, aunque no duraron mucho, un par de años. Acabaron bien, seguían siendo amigos.
—Ya. ¿Y no cree usted que Lola pudiera ver a Álvaro en secreto? ¿Cree que es posible que sea el padre del niño?
—Eso es lo que dicen las malas lenguas, que Lola fue tonta por dejarle escapar y luego se arrepintió. Pero yo no creo que sea verdad.
—¿Por qué?
—Pues porque ninguno de los dos me lo ha contado nunca y dese cuenta de que Lola era mi mejor amiga y Álvaro, el hombre de mi vida.
—Pero usted tampoco le contó a ella que salía con Álvaro.
—No, señoría —dijo Ana en voz muy baja—. No me atreví.
Cuando Ana se marchó eran ya las cuatro de la tarde. Inmaculada pidió a Julián que preparara la orden para registrar el piso de Álvaro en Cádiz.
—Tendremos que mandar a la policía de allí —contestó Julián.
—Que Ramírez hable con ellos. Nos interesan las huellas y los restos de ADN. Tenemos que saber si es verdad que Ana frecuentaba ese piso o se ha inventado toda esa historia y, por si acaso, si hay rastros de que Lola haya estado allí. Con testigos que un día declaran una cosa y al día siguiente la contraria, lo único que podemos hacer es comprobarlo todo. Ana también ha dicho que su relación empezó hace dos años, igual que el comienzo de los pagos. Puede no ser coincidencia.
—Es que, en realidad, la segunda versión de Ana tampoco contradice nuestra tesis del chantaje —dijo Julián—. Aunque sea verdad que Álvaro llevó a Lola primero, tuvo tiempo de volver y matarla, aunque no entiendo qué pudo pasar para que Lola volviera a salir y fuera andando por la carretera casi a medio kilómetro de su casa.
—Lo que a mí no me encaja con el chantaje —dijo Inmaculada— es que todos los testigos han coincidido en que Lola era una buena persona.
—Bueno, los que han declarado hasta ahora eran muy cercanos, es lógico que hablen bien de ella. Además, la gente cuando declara habla mucho más de sí misma que de lo que les están preguntando, se lían, mienten, se equivocan… Veremos lo que nos aclaran las otras pruebas.
Inmaculada pensó que, una vez más, Julián tenía toda la razón. Era una suerte tenerlo de secretario.
—Si quieres vete a comer —le dijo— y mándame al auxiliar que yo voy a seguir con las declaraciones. Por cierto, ¿qué sabemos de la otra amiga, la irlandesa?
—Habrá que esperar a que vuelva de Londres para hablar con ella. Casi mejor, porque nos puede volver locos —contestó él desde la puerta.
—¿Por?
—Es peculiar. Dice que es vidente y seguro que tiene premoniciones y esas cosas.
—¿Y crees que es prudente limitarnos a esperar a que vuelva, teniendo en cuenta que se ha marchado coincidiendo justo con el asesinato?
—Es una chiflada, pero, yo diría que inofensiva. De todos modos, pediré a Paco que compruebe la lista de pasajeros de su vuelo. Si tomó ese avión desde Sevilla, ni siquiera podía estar en el pueblo cuando sucedieron los hechos.
Julián se marchó e Inmaculada se preparó para la declaración del siguiente testigo.
Tampoco esta vez había venido Remedios como ella esperaba. Su sobrino repitió la misma explicación del día anterior: la señora estaba muy mal. Le aseguró que el médico podía confirmárselo.
Contrariada porque le parecía esencial hablar con esa mujer, decidió tomarle declaración a él. Aunque no aparecía en la lista de los que se quedaron hasta última hora, sí había estado en la feria y, además, era primo de la víctima.
Fran no sabía quién era el padre del niño ni si Lola tenía problemas económicos ni creía que tuviera enemigos. Y se resistía a aceptar que Álvaro fuera el asesino.
Hablaba con chulería. Al referirse a su prima, lo hacía con un deje de desprecio que a la jueza le sorprendió. La consideraba una pirada en el sentido peyorativo del término. Pensaba que había tenido un montón de oportunidades y había echado su vida a perder porque le había dado la gana.
Censuraba la actitud de Lola hacia su tía Remedios: había sido una ingrata aprovechándose de su cariño sin apreciar verdaderamente todo lo que había hecho por ella.
Declaró que había estado solo en la feria, a su mujer no le gustaban estos saraos; que no había visto a Lola irse con Álvaro porque se marchó antes que ellos; y que no había vuelto a su casa directamente, había pasado por el club de la carretera de Cuevas Negras. Añadió que no le daba vergüenza reconocerlo: si preguntaba en el club, comprobaría que le estaba diciendo la verdad, le conocían porque era cliente habitual.
Cuando terminó, Inmaculada bajó un momento al bar de al lado, se compró un bocadillo y una Coca-Cola, que se tomó en su despacho, y aprovechó para llamar a su novio. No quería que se le hiciera tarde otra vez.
—Hola, Inma, ¿qué tal andas? Vi tu llamada de anoche y te iba a llamar en un ratito. ¿Sigue todo tranquilo por ahí?
—¿Tranquilo?, tú no sabes el follón que tengo montado —le hizo un resumen de todo lo que había pasado en esos dos días sin extenderse en los detalles. Él era fiscal en la Audiencia de una ciudad castellana y tampoco necesitaba muchas explicaciones, aunque no pudo evitar contarle la tremenda impresión que le había producido el cadáver.
—Ya, es terrible —contestó él comprensivo—. ¿Y tú qué tal estás, mi vida? ¿Muy agobiada?
—Fíjate si estaré agobiada que esta noche he soñado que un armario gigantesco que hay en mi despacho se me caía encima y me aplastaba. Mi cuerpo parecía el de la pobre mujer asesinada. Ha sido horrible. No hace falta ser Freud para entender que me sobrepasa el peso de la responsabilidad.
—Te entiendo, pero no te agobies que, además, no sirve para nada. Tú intenta resolverlo rapidito a ver si el fin de semana de San Isidro podemos vernos en Madrid. Me muero de ganas de verte.
Se dio cuenta de que intentaba animarla, pero no creía que quitarle importancia al asunto fuera la mejor forma.
—Yo también, pero lo veo difícil. Ya veremos —contestó algo molesta.
—Bueno, preciosa, tengo que colgar porque he quedado a cenar con mi primo y todavía tengo que ducharme. Me ha invitado a su casa nueva. ¡Qué envidia! Tenemos que hablar seriamente de ese asunto y buscarnos también tú y yo, un sitio para instalarnos. Igual en su urbanización si está bien. Mañana te cuento. Un beso.
—Adiós, cariño, pásatelo bien.
Inmaculada colgó bastante desanimada. Esperaba que él se hiciera cargo de su situación y, en cambio, le hablaba de comprar una casa a ochocientos kilómetros de donde ella vivía.
Dedicó toda la tarde a las cartas de Lola. Esta vez, con la ayuda del fiscal y muchísima paciencia, consiguieron clasificar y leer todas, excepto unas que descartaron por ser muy antiguas, escritas con una caligrafía infantil muy pulcra que a Inmaculada le enterneció. Estaban firmadas con la fórmula: «Tu prima que te quiere, Conchi». Se figuró que la prima de Lola debió de ser una niña muy aplicada.
Encontraron solamente dos de Álvaro. Eran de la época de su noviazgo y su contenido, el típico de las cartas de amor, no reveló nada nuevo. De Chus, en cambio, había un montón: cartas y postales enviadas desde distintos lugares, llenas de dibujos, viñetas y acrónimos. Muy originales y creativas pero, desgraciadamente, irrelevantes.
Las que Remedios escribió a Lola cuando estudiaba en Sevilla coincidían con la descripción que Ramírez le había dado de la mujer. Eran frías y, aunque no contenían reproches directos, sí pretendían que Lola se sintiera culpable por la soledad de su tía.
El resto eran felicitaciones de cumpleaños, christmas y un montón de postales de diferentes remitentes.
—Casi toda esta correspondencia termina en el dos mil —comentó Inmaculada mientras iba guardando fajos de cartas en sobres etiquetados—. Justo el año que nació el niño.
—Sí —contestó el fiscal, levantando la vista de lo que estaba leyendo—, y también la época en la que todo el mundo se acostumbró al correo electrónico.
—Tienes razón. Pero Ángel ha dicho que en casa de Lola no había ningún ordenador. Igual sí recibió más cartas y no las conservó, o puede que estén en algún sitio que no hayamos encontrado.
—Es posible, pero yo no me haría muchas ilusiones. Si supo guardar tan bien sus secretos, dudo que los dejara por escrito.
—Bueno, creo que deberíamos registrar también la tienda por si aparece algo.
Inmaculada tenía ya casi todo ordenado, menos el montón que aún leía el fiscal. Se levantó y cogió la caja de la que habían sacado las cartas, ya medio vacía, y volcó en la mesa lo que quedaba dentro. Era un revoltijo de documentos, algunos en carpetas y la mayoría sueltos, que parecían impuestos, garantías y cartas del banco. Luego revisó el contenido de las otras cajas buscando algún diario, pero solo encontró álbumes y fotografías.
A pesar que eran casi las diez de la noche, se presentó Ramírez en su despacho. Les comunicó, en tono grave, que en ninguno de los dos coches de Álvaro habían aparecido restos de sangre.
—Empezaron antes con el todoterreno, por lo del golpe, pero está totalmente limpio. Luego han repasado el otro y tampoco han encontrado nada. Es materialmente imposible que, con esa carnicería, no aparezca ni una gota de sangre en el coche. Por muy bien que se quiera limpiar, siempre queda algo… con esos coches no ha sido, seguro.
Julián se había reunido con ellos y escuchaba también al sargento, preocupado.
—Pero he pensado que don Álvaro también tiene a su alcance los coches de la fábrica —siguió Ramírez—. En esta lista están todos los que aparecen a nombre de la empresa —dijo, tendiéndole el papel a Inmaculada—. Hay cinco, aparte de los camiones. Si le parece nos ponemos con ellos.
—Por supuesto —contestó ella y, felicitando a Ramírez por su eficacia, le pidió que hablara además con el gerente y con el vigilante de seguridad para concretar los movimientos de esos vehículos la noche del crimen.
Por fin, dieron la jornada por terminada.
***
Lucía se despertó en el coche al anochecer con el olor inconfundible de una almazara. Miró por la ventanilla y se quedó ensimismada viendo pasar hileras interminables de olivos. Parecía que se movieran como un holograma: paralelas, diagonales, otra vez paralelas...
—¿Sabes? —dijo, volviéndose hacia Jorge— yo creo que existen las descasualidades. Son cosas que podrían haber sucedido y no fueron. Mira, por ejemplo, tú y yo, los dos somos de Bilbao, pasamos en Sevilla el año 92 y vivimos ahora en Barcelona: eso es casualidad. Pero si nos hubiéramos conocido en Sevilla, que es algo que podría haber pasado perfectamente, nuestra historia hubiera sido muy distinta: eso es descasualidad.
—También nos conocimos por pura casualidad. Si no hubieras ido a esa conferencia, ahora no estaríamos aquí.
—No te creas —le dijo cariñosa—. Lo que pasó esa noche no tuvo nada de casual. A los cinco minutos de escucharte, yo lo tenía clarísimo.
Jorge se rio y ella siguió hablando:
—No, en serio, déjame que te explique. Es como cuando vas a un sitio y, al día siguiente, alguien te cuenta que también estuvo allí a la misma hora. Es una pena que no podamos verlo todo desde arriba como en el PacMan. O, por lo menos, que saquen una aplicación de móvil que te avise cuando hay cerca alguien que conoces.
—¿Y si no te cae bien?
—No me haces caso, pero te aseguro que vivimos rodeados de descasualidades e influyen en nuestra vida mucho más que las casualidades. Lo malo es que se descubren cuando es demasiado tarde y la mayoría de las veces, nunca. Hay montones de cosas que nos pasan cerca y no nos damos ni cuenta y, solo por un poquito, se convertirían en casualidad. Si las supiéramos, sería todo mucho más fácil.
Él sonrió escéptico y ella movió la cabeza con gesto de sentirse incomprendida.
Le escribió un mensaje a Carmen: «Todo se normaliza. Con Jorge fenomenal es impetionante. Soy muy feliz. Besos».
Su amiga le contestó: «lo que et impetionante es que ahora escribas ati. Tanto amor te está reblandeciendo el cerebro. Besos».
Lucía se rio al leerlo. Alejarse del pueblo y del drama del asesinato había sido un acierto. Le había encantado la visita a la Mezquita. Se habían pasado horas paseando y fijándose en los detalles, que él le explicaba fascinado. Aquel lugar transmitía bienestar.
Besó a Jorge y se dedicó a hacerle mimos intentando no distraerle mucho mientras conducía. Subió el volumen de la radio cuando escuchó la canción de moda y se puso a cantar el estribillo:
—Nada de esto fue un error, oh, oh, oh, nada fue un error…
En el hotel encontraron una carta del juzgado citándoles para declarar como testigos al día siguiente. Lucía vio que todo el buen rollo del día se esfumaba en ese instante.
Se tumbaron descalzos en la cama, en su habitación.
—¿Por qué no volvemos a Barcelona justo después de declarar? —propuso ella—. Lo mejor es que le cuentes a tu mujer que has estado aquí, por si más adelante nos vuelven a llamar para el juicio. Te puedes inventar alguna excusa sin necesidad de explicarle que estabas conmigo.
Jorge prefería no volver. Decía que era mejor quedarse unos días para ver si, con suerte, se solucionaba todo rápidamente y nadie en Barcelona se enteraba de nada.
Lucía tenía la impresión de que, hicieran lo que hicieran, se sentía metido en un lío horrible. En ese momento parecía absorto en contemplar las vigas redondas de madera pintadas de blanco, que soportaban el techo abuhardillado del cuarto. Tenía que ayudarle.
Le empujó cariñosamente para que se pusiera boca abajo y empezó a darle un masaje en la espalda.
—Jorge, mi vida, nada de lo que hemos hecho hasta ahora es tan terrible como para que no tenga remedio. Tú no has querido hacer daño a nadie, lo único que has elegido es no renunciar a la felicidad en un momento de tu vida en el que no tenías ninguna ilusión, eso no te convierte en peor persona. Todo el mundo en tu situación, hasta el más sensato, hubiera hecho lo mismo.
Jorge seguía en silencio.
¿Por qué cuando se trataba de hablar de sentimientos se volvía tan hermético? A ella, que lo amaba incondicionalmente y aprovechaba cualquier ocasión para hacérselo saber, le desesperaba y llegaba a plantearse si no sería que él, en realidad, no sentía nada.
***
Las descasualidades influyen en nuestras vidas mucho más que las casualidades, pero, como son cosas que no suceden, pocas veces llegamos a enterarnos.
Ana estaba muy angustiada. No sabía si había hecho lo correcto contándole a la jueza la verdad sobre su relación con Álvaro y temía la reacción de él cuando se enterara. Pero ¿qué podía hacer? Al principio, le pareció que era mejor mentir y decir que le había llevado a ella primero para disimular y, ahora, ¡estaba detenido por asesinato!
MIÉRCOLES CINCO DE MAYO DE 2006
Inmaculada comenzó la mañana preparando el dispositivo de vigilancia para el entierro, previsto para las doce. Ramírez le había explicado que la costumbre local era celebrar una misa de cuerpo presente, a la que solía asistir todo el pueblo, pero al entierro iban solo los allegados. La jueza quería asegurarse de que quedara todo grabado con varias cámaras tanto en la iglesia como en el cementerio.
Hasta que no estuvo organizado no se ocupó de las declaraciones. Tampoco esperaba ninguna revelación importante ya que solo quedaban testigos accidentales: unas cuantas personas que estuvieron en la feria hasta última hora, pero que no parecía que tuvieran nada que ver ni con la víctima ni con el caso. Estaba segura de que, si alguien hubiera visto algo, a estas alturas ya lo sabría todo el pueblo.
Fueron pasando a declarar, uno por uno, una serie de chicos y chicas que Inmaculada tenía clasificados en su esquema como «panda de los jóvenes», sin darse cuenta de que la mayoría eran de su edad o mayores que ella.
Todos habían declarado lo mismo. Conocían a Lola perfectamente. Esa noche iban bastante borrachos y se quedaron hasta que cerró la feria, más o menos las cuatro y media o las cinco, excepto uno que declaró haberse marchado un poco antes. Antes de irse habían tomado chocolate con churros en el puesto de la entrada y luego cruzaron la carretera para coger los coches, que tenían aparcados en la explanada de enfrente. Pero no habían visto nada raro, coincidían en que el atropello tenía que haber sido después de que se marcharan. Las frases de sus declaraciones eran tan parecidas que Inmaculada pensó que, en los dos últimos días, en esa pandilla no se habría hablado de otra cosa.
Luego les tocó el turno a los dos forasteros.
Él pasaba de los cincuenta y vestía muy formal, con traje y corbata. Dijo que era catedrático de Bellas Artes en Barcelona. Era amable, muy correcto y algo distante.
Declaró que estaban en aquel pueblo de vacaciones porque eran amigos del dueño del hotel. Que conoció a Lola en Sevilla muchos años atrás, cuando era novia de Chus, y que no había vuelto a verla hasta la noche de la feria.
Acto seguido entró su pareja, mucho más joven que él. Tenía unos ojos grandes y claros que le daban un aire algo ingenuo. Le formuló las mismas preguntas que al resto de los testigos: a qué hora había llegado a la feria, a qué hora se había marchado, si vio algo al salir, etc. Ella respondía muy respetuosa poniendo verdadero interés en colaborar. Al preguntarle por su coche, contestó que no tenía carnet de conducir y que habían ido en el coche de Jorge.
«¡Alguien a quien podemos descartar como autora material!», pensó Inmaculada. Inmediatamente le resultó simpática.
Lucía, por su parte, se acordó del comentario del camarero que había llamado niñata a la jueza. Como era tan menuda, con el pelo con flequillo recogido en una coleta y el cuello de la camisa blanco asomándole por debajo de la toga, le recordaba a las fotos de la orla del colegio. Aunque en su forma de actuar no le pareció una niñata, en absoluto, daba la impresión de saber muy bien lo que hacía. Cuando le indicó que ya habían terminado y podía marcharse, salió pensando que se le había hecho más corto de lo que esperaba.
Inmaculada estaba intranquila desde que la Policía científica había dictaminado que el coche de Álvaro no era el arma homicida. Aunque cabía la posibilidad de que hubiera cometido el crimen con alguno de los coches de la fábrica, empezaba a temer haberse precipitado en la detención y el hecho de que él se hubiese prestado sin la menor oposición a hacerse la prueba de paternidad no hacía sino confirmar su temor.




