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Al día siguiente, hicieron los preparativos para ir a Basapú a visitar a su tía para comprarle frutas y hortalizas. Llegaron al punto de encuentro de donde salía el Renault 10 que hacía la ruta interpueblos. Reservaron su sitio de ida y vuelta y se sentaron a esperar.
Akin vio a una joven conocida y fue a hablar con ella. Se dio cuenta de que a quien quería ver era a Eyang, así que salió corriendo como un animal cegado por su instinto. Pasó primero por el mercado y dio varias vueltas, pero no la vio, así que corrió de lado a lado, inquieto. Quería verla y quedar esa noche para estar con ella, lo necesitaba. Sintió gusanos en su estómago producidos por el nerviosismo de pensar que podía perder el coche y de que iba a volver a ver a su Eyang.
Entre el tumulto, reconoció a la madre de su amada, se acercó un poco más y se quedó observando. Al cabo de un rato, se dio cuenta de que su madre estaba sola, por lo que Eyang estaría en casa haciendo las labores y podría hablar con ella. Salió disparado mientras los olores de carne y pescado podrido del mercado le llenaban los pulmones.
Llegó a la chabola y se quedó espiando desde una distancia prudente. No parecía haber nadie, así que se aproximó un poco más. La hermana pequeña de Eyang estaba fuera desnuda, jugando en el suelo con dos piedras. La ventana se encontraba abierta, y dentro diferenció dos siluetas.
¿Tal vez era alguno de sus hermanos? No, la silueta era demasiado grande. Su cuerpo se estremeció y su corazón empezó a golpearse contra las paredes del tórax, como un loco en una habitación acolchada. Unos segundos después, un militar adulto salió de la casa. Era el capitán de las Fuerzas Armadas Populares. Akin permaneció escondido hasta que el capitán se alejó lo suficiente. Se llenó de rabia y angustia. Fue hasta la puerta, indeciso, aturdido, vacío. Tras unos segundos, se abrió y vio salir a Eyang con la cabeza gacha. Cuando esta lo vio, dio un pequeño grito y se le cayó la palangana que llevaba entre las manos. Akin desvió la mirada a la palangana que acababa de caer y descubrió la forma esférica de su barriga. Sus ojos se abrieron como dos almejas en agua hirviendo. Eyang le gritó entre sollozos:
—¡Márchate de aquí! ¿A qué has venido? ¡Márchate, desgraciado! —Sus lloros se hicieron más intensos y le arrojó la palangana—. ¡Te he dicho que te vayas, bastardo, no quiero volver a verte jamás!
Akin fue alejándose poco a poco como un zombi. No fue capaz de protegerse ante el golpe de la palangana en la espalda. Su cabeza giraba como mareada, su vista no era capaz de discernir. La hermana pequeña había dejado de jugar y observaba la escena. Eyang fue a coger otra vez la cubeta y volvió a lanzarla, pero fue directa al suelo y ella, detrás. Se quedó tirada llorando con fuerza. Akin no derramó ni una lágrima por fuera. Siguió recto sin mirar atrás, prefería no ver nada más y olvidarse de todo cuanto antes.
Cruzó el mercado como un alma perdida. Se chocaba con la gente y esta le gritaba, pero él ni sentía los golpes ni escuchaba los gritos. Llegó al punto de salida del Renault 10. Pitú lo regañó por tardar tanto. Él asintió y se sentó contra un árbol. Al poco, el conductor dejó de discutir con una persona y dio la voz de salida. Viajaban siete personas más el conductor y, encima del coche, una torreta de maletas y objetos. Akin seguía ausente, pues conocía a ese capitán, formaba parte de la cúpula del régimen. «Hablaré con Borico para que le eche un conjuro. ¡Cállate, no digas tonterías! La culpa de todo la tiene su madre por obligarla a estar con ese vejestorio. ¿Qué puedo hacer? Déjala en paz, es lo mejor que puedes hacer».
El camino estaba encharcado y al coche le costaba avanzar, las ruedas se hundían y se resbalaban. El conductor y el copiloto subieron las ventanillas para no mojarse y la atmósfera se hizo pesada. Las ventanillas de atrás estaban rotas y no bajaban. Los ocupantes del taxi comenzaron a sudar a borbotones. A cada segundo que pasaba, Akin se arrepentía más de haber hecho ese viaje. El auto paraba en los pueblos y casas de camino para cargar o descargar las mercancías que transportaba.
Llegaron a Basapú a primera hora de la tarde. Una mujer, a lo lejos, caminaba con el cesto lleno de leña subido a la cabeza. El pueblo solo guardaba el recuerdo de la época gloriosa que tuvo cuando los primeros nativos en hacer riqueza, llamados fernadinos debido al antiguo nombre de la isla, habitaban en unas casas elegantes de las que solo quedaban las ruinas. Se imaginaron que el coche no regresaría ese mismo día. A Akin le molestó la idea de tener que quedarse en el pueblo, le hubiese gustado salir por la ciudad y emborracharse. Era su última noche libre y necesitaba evadirse; además, no sabía cuándo volvería a tener dos días libres. Su estado anímico pasó de la tristeza al enfado. Seguía lloviendo, pero con menos intensidad. Encontraron a su tía Ino trabajando en la finca, cosa que les extrañó. Nunca la habían visto en esa situación, siempre había tenido a un jefe de campo que le organizaba a los trabajadores. La observaron hasta que llegaron a su lado. Ino les gritaba a unos braceros que estaban frente a ella. Ellos la miraban con cara de disgusto. Cuando su tía los vio llegar, se asombró y les dio cuatro órdenes más a sus trabajadores para que se mantuviesen ocupados.
—¡Kawele8! ¡Cuánto tiempo sin veros, qué contenta estoy! —Ino los abrazó y los besó—. Vamos para casa, que allí se está mejor. ¿Qué tal el viaje?
—Umum, un poco lento —contestó Pitú.
—Cada vez tardas más en venir, sis (hermana). ¿Qué pasa? ¿Has encontrado a alguien más barata? Os quedáis a dormir esta noche, ¿no? No creo que ese taxista pase hasta mañana.
En la chabola de su tía el fuerte olor a yuca fermentada lo inundaba todo. Cenaron y se pusieron a charlar. Ino se lamentaba de la bajada de las ventas y les explicó que se había visto obligada a subir los precios porque le cobraban más impuestos y porque había tenido que poner más vigilancia. Estaba angustiada porque los militares venían cada vez con más frecuencia y exigiendo más recaudación. Su capataz no aceptó la bajada de sueldo y se marchó. Desde entonces, tenía que ser ella la que organizase a los pocos trabajadores que le quedaban. Cenaron y se quedaron charlando.
—Encima, ahora quieren quitarme la mitad de mis tierras —añadió Ino con resignación—. Resulta que los blancos nos repartieron las tierras y ahora van a ser los fang quienes nos las quiten.
Akin se sentía avergonzado de su condición de militar y decidió salir fuera para evadirse. El cielo se había despejado, una luna creciente asomaba brillante entre las negras nubes. Se alejó de la casa y se adentró en la selva. Se acordó de un viejo lugar al que solía ir cuando era niño. El sitio tenía una charca de aguas termales y una pequeña cueva que se hundía hacia el centro de la tierra. Los bubis la denominaban la Cueva del Dios del Mal Morimó y, sobre la charca, corría la leyenda de una mujer bellísima llamada Mamiwata que salía del agua para seducir a hombres y mujeres y ahogarlos en ella.
Fue adentrándose en la espesura. De repente, escuchó unos susurros y permaneció callado. La selva por la noche tenía su propia voz, pero ahí había alguien más. Siguió acercándose a la cueva. Cuanto más se aproximaba, más se escuchaba. Akin se estremeció, dudó entre marcharse y descubrir qué estaba ocurriendo. No tardó en visualizar una llama y un corro de gente. Se agachó y continuó con sigilo. Le pareció un ritual funerario por el fallecimiento de alguna persona del pueblo.
El interés lo empujó más y más hasta que llegó a una distancia lo bastante corta como para escuchar y ver lo que ocurría. Había gente demasiado bien vestida como para ser gente del pueblo. El chamán tenía la cara pintada de blanco con unas rayas rojas. Cantaba y tocaba la mpotótutu, esa trompeta de calabaza que se utilizaba para convocar a los miembros del poblado o para transmitir mensajes de los espíritus. Había tres vigilantes de pie uniformados de negro, con el fusil de asalto colgado del hombro y mirando a todos lados. Uno de ellos se alejó del círculo y se adentró en la maleza. Akin se tumbó en el húmedo suelo para que no lo viera y, enseguida, empezó a temblar. El brujo levantó el cuerno `nlàk-ngit sin mèkóra, utilizado en ritos de magia blanca, dijo algo de un espíritu poderoso y su voz se convirtió en una voz espectral como procedente del mundo de los muertos.
Akin siguió callado, espiando. El guardia pasó cerca, pero no lo vio. Levantó un poco más la cabeza para contemplar bien el ritual. La cara de uno de los asistentes le pareció conocida, se fijó bien en él y no dio crédito. Aquella persona era el presidente de su país, no cabía duda. ¿Qué estaban haciendo allí? El chamán retomó su voz y dijo: «De aquí obtenemos su fuerza, su sabiduría y sus poderes». Levantó un trozo de carne que parecía un corazón y lo repartió entre los asistentes. Volvió a bajar la mano y la levantó con una cabeza de humano degollada. La respiración de Akin se aceleró y pensó en salir corriendo. Su cuerpo empezó a agitarse sin su control. Temió que, si no se calmaba, lo descubrirían, así que trató de tranquilizarse. Su temblor se hizo más fuerte y se le pasó por la cabeza que tal vez lo habían poseído a él también para comérselo.
El escolta que hacía el pase de reconocimiento no escuchó a Akin, en la selva había muchos ruidos y movimientos de animales. El chamán le cortó la lengua y los labios a la cabeza degollada y los repartió entre los asistentes. Todos ellos se lo comieron sin vacilar. Por la boca de Macías cayó un chorro de sangre humana. Luego, el brujo partió con un machete el cráneo, que se abrió como un coco. El hechicero sacó los sesos, repitió unas palabras sobre la inteligencia de aquel hombre y los repartió entre los asistentes. Akin empezó a marearse, creyó perder el conocimiento; por un momento, dudó si lo que estaba viendo era verdad o una pesadilla. Sus nervios se dispararon. Luego sintió como si se metiera en un túnel y todo se oscureció.
CAPÍTULO 3
Su abuela Elé miró la herida que le estaban haciendo las larvas de mosca a Armengol en el omoplato. Cogió un ascua del fuego con dos ramas, la avivó soplando y le quemó la zona mientras Menbeng le agarraba los brazos. Después, se hizo con el antílope que les había traído su padre y lo miró de arriba abajo con escepticismo, comprobando que no estuviera podrido.
Menbeng recogió los platos y fue a lavarlos al cubo de agua. Su abuela le preguntó si la acompañaba a por leña, pero le contestó que no porque quería ir a leer. Su abuela siguió insistiendo, y ella aceptó a regañadientes, impulsada por su sentimiento del deber.
Ambas se fueron con el cesto en la mano por el camino que iba dirección a Midyobo. La lluvia era suave y el sol se veía a lo lejos. Menbeng se quedó mirando la flaqueza y fortaleza paradójica de su abuela, parecida a la de los esclavos, con ese instinto de supervivencia sobrehumano. De camino, vieron a una prima de Menbeng de diecisiete años con el popó9 roto y un niño en brazos. Su mirada era seca y decidida.
—¡Ambolano10! —dijo la prima.
—¡Ambolo, Eyala! ¿Qué tal tu niño? —preguntó la abuela.
—Muy bien. ¡Mira qué gordito está!
Ambas lo miraron. Menbeng esbozó una leve sonrisa, y la abuela le hizo carantoñas.
—Dile a tu mamá que ayer cogí muchas bananas y que luego le llevaré a casa.
—Umum.
—Nos vamos a por madera. ¡Dale recuerdos a tu familia!
Menbeng y su abuela siguieron su camino. Por unos minutos, ninguna dijo nada, hasta que la abuela rompió el silencio.
—¿Cuándo piensas juntarte con un hombre y tener hijos?
—¿Qué? —Menbeng la miró extrañada—. ¿Para qué? ¿Para que enseguida se marche con otra y me deje con los niños a mí sola?
—En esta vida hay que tener hijos y ser mujer trabajadora. —La abuela se agachó, cogió un tronco y lo metió en su cesto.
—¿Acaso no trabajo yo en la maldita finca para traer dinero a casa? Eso deberías decírselo a Armengol, que está todo el día tirado sin hacer nada —contestó Menbeng con enfado.
—¡Ven, vamos por este camino! Los hombres son diferentes, nosotras tenemos que atenderlos y ellos nos dan hijos.
—Pues si eso es lo único que nos pueden dar, prefiero que no me den nada. Yo estoy muy bien sola. Si el día de mañana estoy con un hombre, será porque me quiere de verdad, no porque quiera que lo mantenga. ¡Para eso, que se quede con su mamá!
Elé esbozó una sonrisa y luego añadió:
—¡No seas cabezona! Eso son tonterías, tú tienes que cuidar a los hijos… y trabajar en la casa para que no falte de nada. Esa es nuestra función. Eres muy rebelde, como sigas así, nadie pagará una dote por ti —afirmó la abuela con contundencia, y añadió con un tono más suave—: Ondó Mayie te iría muy bien como marido.
—¿Ondó Mayie? ¡Es un niñato! Yo no quiero trabajar solo en casa, quiero trabajar de maestra —dijo con mala cara.
—La niña eres tú, que no quieres madurar. Olvídate de trabajar de maestra, la escuela no va a volver a abrirse, está prohibida. Ya eres muy mayor, deberías darle hijos a la tribu. Cuanto mayor seas, más complicado será que un buen hombre quiera casarse contigo y pagar una dote. ¡Así es la vida! —dijo la abuela a la vez que le pegaba un machetazo a una rama.
—¿La vida? ¡Será tu vida, no la mía! ¡Qué me vas a decir tú sobre hombres! Ya veo lo bien que te ha ido a ti.
Elé bajó el machete y la miró a la cara con enfado.
—Si yo no hubiese estado con tu abuelo, ahora tú no estarías aquí. ¡Haz lo que quieras! Esos pensamientos tuyos te harán desgraciada y solitaria. Y de eso sí que puedo hablarte. Cuanto antes aceptes nuestra tradición, antes podrás ser feliz.
—Quizá me toque aceparlo, pero nunca seré feliz así.
Cogieron una papaya y se detuvieron a comérsela; luego, reanudaron el viaje. Se acordó de Engonga, el único hombre con el que se imaginaba una vida feliz a pesar de la diferencia de edad. Se enfadó consigo misma por vivir anclada a un hombre del pasado, que tal vez ya estuviese muerto. Además, él nunca mostró el mínimo interés por ella. A fin de cuentas, no era más que una flacucha arrogante que no le gustaba a los hombres. Un picatartes de cabeza roja se posó en uno de los árboles a su paso. Era un bonito pájaro de plumaje blanco en el pecho, morado en la espalda y granate en la cabeza. Según la creencia fang, si un picatartes de cabeza roja se cruzaba en tu camino, era señal de buena suerte. La belleza del pájaro y su leyenda le subieron el ánimo.
—Se está haciendo de noche, mejor será que nos demos prisa… ¡Que el bosque es muy peligroso! El otro día encontraron al ñu de mamá Adaha muerto con unas heridas raras en el cuello. Dicen que ha podido ser el espíritu del bosque.
Menbeng miró a su abuela con incredulidad y siguió hasta casa sin desviar la mirada del encharcado suelo para no tropezar.
Se despertó con las gotas de agua que caían sobre su cuerpo. Era su día libre, así que intentó seguir durmiendo, pero el viento y la lluvia se lo impidieron. Pensó en aprovechar la luz del día para ir a casa de Engonga a leer, pero, al salir, se encontró en la puerta a su padre. Estaba sobrio y con ganas de comenzar a construir la chabola. Menbeng se sorprendió ante su actitud, pero le dijo que no quería emplear su día libre en aquello. Su padre le insistió en exceso y ella no encontró excusa con la que zafarse.
Fueron al lugar donde su padre había pensado construir la casa. Menbeng se abstrajo y proyectó su vida en un futuro, yendo de esa casa al trabajo y del trabajo a casa; una sensación de ahogo le hizo volver a la realidad. Su padre le explicó cómo quería hacerla y lo que le había costado conseguir el permiso para construirla.
Tuvieron que ir hasta la otra punta del pueblo a por los tablones que formarían los cimientos. Cuando llegaron, el maderero les dijo que no tenía todas las maderas que le había encargado porque había tardado mucho en ir a recogerlas. Llevaron a mano los pocos tablones que les dieron. Una vez allí, se dieron cuenta de que no tenían azada para cavar los fosos. Seguían mojándose. Menbeng le reprochó su falta de preparación y discutieron.
Fueron a la choza de Obon para que les dejase una. Los recibió con mala cara y, en mitad de la conversación, le dieron unas arcadas que la hicieron apoyarse contra la pared. Les dijo que su madre era la única con las llaves del almacén de herramientas, pero que no sabía dónde estaba. Hasta la tarde no encontraron una pala para hacer agujeros en la tierra, pero el mango se rompió y solo pudieron poner una de las vigas. Menbeng lo miró con desagrado. Seguía lloviendo y los árboles de la selva se agitaban. Parecía un mar embravecido con una pared de olas a punto de caerle encima. Como ya estaba atardeciendo, decidieron continuar otro día.
Se fue de allí apretando fuerte sus mandíbulas. Le enfadaba haberse dejado llevar por su padre y haber empleado su único día libre en algo que no quería en realidad. Luego pensó en buscar una vela o un poco de aceite para poder leer y relajarse y terminar bien el día, pero ¿a quién le podía pedir?
Entre unas chabolas, vio a un grupo de niños en corro. En el medio, había dos peleándose. El resto los vitoreaban y animaban a uno de ellos para que le pegase más fuerte al otro. Se oían gritos como «Traidor, opositor, malnacido…». En otra época, ella los hubiese separado; ahora, proteger a un subversivo podía costarle muy caro. Los miró con pena y frustración, ya no había nadie que los educase, estaban sumidos en la barbarie. Todos se alegraron al ver caer al supuesto opositor de ocho años. El grupo empezó a disolverse, pero aún se escuchaban gritos como «Púdrete, maldito traidor… No nos gusta la gente como tú…».
Menbeng se detuvo, le pareció conocida la cara desfigurada del niño que yacía en el suelo dolorido y decidió ir en su ayuda. Era su antiguo alumno Esono, el nieto de Blenda, la costurera con las piernas rotas a la que daba clases particulares. Decidió llevarlo a su casa y, de paso, pedirle una vela o aceite a la anciana. No conocía con exactitud los hechos, pero sabía que sus abuelos habían tenido problemas políticos con el Gobierno. Observó al niño dolorido, llorando y se vio a sí misma maltratada, llorando también por dentro. Lo ayudó a levantarse y lo acompañó.
Llegó a casa de Blenda, pero, antes de entrar, miró a todos lados para comprobar que nadie la observaba. La anciana estaba sola, sentada en una esquina cosiendo a la luz de una pequeña hoguera. La chabola olía a orín y humedad, y todo estaba tirado por los suelos. Ya era casi de noche, pero aún se apreciaban sus ojos negros, vidriosos y con una circunferencia azul alrededor del iris. Sus párpados estaban caídos y su boca, en forma de media luna apuntando hacia abajo. Su cuerpo tenía aspecto de botijo y su cabeza no estaba muy poblada, la mayor parte del pelo era canoso. Tenía las piernas cubiertas por el popó. Ella y la casa eran similares. La máquina de coser la movía con la mano girando una polea.
—¡Mbolo, Blenda!
—¡Aaah, Menbeng! ¿Cómo tú por aquí? ¿Vienes a seguir con las clases particulares? ¿Qué te ha pasado, Esono? —preguntó al ver a su nieto.
—Nada —contestó el niño marchándose directo al dormitorio.
Blenda miró a Menbeng buscando una explicación, pero ella no supo qué decir.
—¡Ya! Lo de siempre, ¿verdad? —Se calló unos segundos, dio dos puntadas y luego añadió—: A menudo, pienso que debería haberme marchado cuando aún podía… Me hubiese ahorrado mucho sufrimiento, ¿sabes? Macías se llevó a mi marido, pero a mí y a mi familia nos condenó a la peor de las miserias.
Menbeng no contestó nada, se limitó a comprobar que la puerta y la ventana estaban cerradas. La abuela también se aseguró de que la puerta estaba cerrada, luego la cogió de la mano y la atrajo. Menbeng se inclinó acercando su cara, y la abuela le dijo en voz baja mirándola a los ojos:
—Seguro que tú has oído hablar mal de mí. —Menbeng asintió tímidamente—. Lo único que hice fue votar a Ondo Edu en las elecciones que hubo a finales del 68. —Blenda volvió a mirar hacia la puerta y le tiró de nuevo de la mano para acercarla—. Mi marido estaba metido en política, tenía dinero, era inteligente, mucha gente lo envidiaba. Formaba parte del MUNGE, que era el partido opositor liderado por Ondo Edu. Macías asesinó a todos sus contrincantes políticos y a muchos de sus votantes. Un día, llegaron los militares, se llevaron a mi marido y a mí me rompieron las piernas para que no fuese tras él. —Los ojos de la abuelita se humedecieron, los de Menbeng estaban abiertos como latas de conservas—. Seguro que Macías y sus brujos se comieron a mi Adugu para llevarse su sabiduría. Desde entonces, en el pueblo me han marginado. Lo peor es que mi hija y mi nieto siguen sufriendo las consecuencias. Vivimos en un mundo gobernado por demonios. Yo sé que viniendo aquí te estás arriesgando mucho, no deberías seguir dándome clases.
Las lágrimas de Blenda cayeron en la mano de Menbeng. Ella la miró, pero no le salieron las palabras. La abuela se recompuso y añadió:
—Tú eres diferente a los demás, se te ve en la mirada. Eres la profesora guineana más joven que he conocido jamás. Tienes el conocimiento de los blancos y la cultura de los africanos. Debes tener cuidado o acabarás mal. Un pez en la tierra se ahoga. ¡Busca el río que te dé la vida antes de que sea demasiado tarde!
Menbeng le apretó la mano con fuerza. En ese momento, sonaron dos golpes fuertes en la pared que la hicieron soltarla de inmediato. Ambas se asustaron y miraron a la pared de donde había procedido el ruido. Sonó otro golpe fuerte, como de un proyectil. Menbeng no era capaz de entender qué había pasado. Blenda bajó la cabeza y, como si fuera algo habitual, dijo resignada:
—Creo que nos han tirado unas piedras.
Menbeng no dijo nada durante un rato hasta que escuchó el lloriqueo contenido del niño desde la habitación y decidió irse.
—Bueno, yo me marcho, mamá Blenda. Nos vemos en unos días para seguir con lo nuestro.
—Muy bien. No olvides lo que te he dicho y recuerda que aquí estoy para lo que necesites.
Menbeng, que ya se dirigía a la puerta, se paró y se dio la vuelta.
—¿No tendrás una vela o algo de petróleo?
La anciana llamó a Esono y le dijo que buscase en la esquina de los trastos. Removió entre unas cacerolas y unos utensilios de cocina hasta que encontró una vela blanca del tamaño de un dedo índice. Se la dieron y salió. Quería ir a leer, pero estaba demasiado intimidada por la historia de Blenda, así que fue directa a su casa. Le tenía mucho aprecio y le extrañaba que no se lo hubiese contado antes, ni que tan siquiera le hubiese hecho mención de ello. Al acostarse, se imaginó a sí misma en la situación de Blenda y pensó que tenía muchas probabilidades de acabar igual si no se marchaba enseguida. Una sensación de miedo y opresión le estranguló el pecho.
Al día siguiente fue arrastrando los pies hasta la plantación de Yuca. No llovía, pero el cielo estaba lleno de nubes grises. La primera vez que se agachó, sintió el dolor en los lumbares. Al terminar de trabajar, decidió ir a leer a casa de Engonga. Sintió una mezcla de excitación y miedo, por fin iba a leer. Estaba tan entusiasmada que no comprobó que no la estuviesen observando.
Una vez en el quicio con la puerta abierta, miró hacia atrás. Sus nervios se dispararon cuando vio a lo lejos a Sima Nsang, hermano de Biwolo y representante del Gobierno en el pueblo. Estaba quieto y la miraba fijamente. Menbeng se quedó paralizada con la llave en la mano. Al cabo de unos segundos, entró deprisa, cerró la puerta y se apoyó en ella para mirar por los huecos de las maderas. Su pulso se aceleró Miró en dirección a Sima y vio cómo seguía con la mirada fija en la puerta hasta que se perdió entre las casas. Se maldijo por su estupidez y su falta de naturalidad. Se golpeó la frente con el puño repetidas veces. Se sentó con las rodillas encogidas y con las manos en la cabeza. «¿Cómo he podido tener un despiste así? Si me ven leyendo estos libros, podrían encarcelarme».
Dudó entre quedarse o marcharse, pero las ganas que tenía de leer la vencieron. Esperó un poco más mirando por las ranuras y se aseguró de que la puerta estaba cerrada con el candado. Se metió en la biblioteca secreta y sacó el libro que tenía a medias. Colocó la vela cerca de ella y volvió a ver el nombre misterioso en la primera página. Nfum Adaha.




