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Dos horas después, empezó a levantarse un aire que chocaba con las maderas y emitía un zumbido abrumador. Al rato, el silbido tomó protagonismo. La llama de la vela parpadeó y a Menbeng le vino el recuerdo de Engonga. «¿Estará bien? ¿Seguirá vivo? ¿Será su espíritu, que me está llamando?». El silbido se hizo más fuerte hasta que se apagó la vela. Se quedó todo oscuro, los animales de la selva enmudecieron. Según una creencia fang, los vendavales arrastran a los espíritus perturbados. El frescor de la corriente le puso la piel de gallina y se encogió sobre sí misma. Intentó encender la vela, pero no pudo. Su corazón latió más deprisa y el miedo se hizo más fuerte. El ventarrón, que se colaba por todas partes, se acentuó. Sintió como si la abrazasen y le hablasen. «¿Dónde estás, Engonga?», preguntó en voz baja. El viento paró dos segundos y luego azotó con más intensidad. De repente, escuchó por fuera algo raspando la pared en la que estaba apoyada, como si alguien estuviese rascando con las uñas la tabla. Soltó un pequeño grito y se levantó. Cogió la vela, se guardó el libro debajo del popó, abrió la puerta y salió corriendo.
Oteó a su alrededor para cerciorarse de que no la perseguían, pero no había nadie, solo el aire. Las palmeras y los árboles se inclinaban hacia ella, parecía que el vendaval la quería llevar consigo. Llegó a casa y su abuela todavía estaba despierta, sentada frente al fuego. Giró la cabeza despacio hacia ella y le preguntó:
—Traes mala cara, parece que te persigue alguien. ¿De dónde vienes?
—Nada, de por ahí.
Su abuela lanzó una mirada escudriñante.
—Todo el día por ahí… Yo no sé qué haces…
Menbeng entró en el cuarto y dejó el libro escondido debajo del colchón de hojas de platanero. Cenaron juntas y a Menbeng le vino la incertidumbre. «Tengo que sacar los libros y llevármelos a otro lado. Pero ¿cómo vas a sacar todos esos libros? ¡No tienes dónde meterlos! ¡Además, le prometiste a Engonga que no los sacarías del escondite! Sima estará preguntándose qué hacías allí, si le da por investigar, estás acabada. Ya no puedo retrasar más la salida».
—Casi no has probado el cocodrilo en salsa de cacao. ¡Con lo que a ti te gusta!
Menbeng observó el plato con la salsa marrón y espesa. Se lo comió y se fue a dormir. Le hubiese gustado leer, pero sabía que su abuela se escandalizaría si la viese con un libro. Estuvo un rato con los ojos abiertos mirando al techo cubierto por ramas y ramas de nipa. Se puso las manos en la nuca, y le sobrevino una mezcla de tristeza, agobio y miedo que la acompañó hasta que se durmió.
Por la mañana, cuando se adentró en la selva para hacer sus necesidades, vio un faisán en la rama de un egombegombe11. El ave desplegó sus plumas e hizo alarde de su arcoíris personal. Menbeng se quedó obnubilada ante ese bello regalo que le hacía la naturaleza. Un ruido cercano hizo que el faisán cerrase su cola y se marchase.
La lluvia era leve y su amiga Obon estaba muy activa corriendo de un lado a otro de la plantación. Menbeng se fijó en
el camino que salía del pueblo. Nunca había viajado más lejos de Evinayong. La mera idea de marcharse la estremecía porque sabía que todo el mundo iba a estar en su contra. No tenía muy claro lo que quería. Dudaba entre irse a otro país, intentar un levantamiento, ir en busca de Engonga o de una vida mejor en la capital. Lo único que tenía claro era que necesitaba marcharse porque no quería acabar como su abuela o como Blenda.
Por la tarde, su amiga estaba cansada, inapetente y con mala cara. Incluso vio cómo se alejaba del cultivo y se escondía entrando en la jungla para vomitar. En ese momento, se escuchó el sonido de camiones. La gente empezó a agitarse y a ponerse nerviosa. Por el camino, aparecieron dos camiones: uno lleno de militares y el otro, con todo tipo de objetos y gente atada a él. Sima Nsang habló con el que llevaba el mando y fueron casa por casa registrándolas y llevándose cualquier artículo de origen occidental. Los soldados iban vestidos de forma diferente, pero todos tenían una AK-47. Eran jóvenes y muchos tenían los ojos rojos cargados de odio.
El carpintero salió corriendo con la sierra en la mano, tres militares le gritaron y abrieron fuego contra él hasta dejarlo abatido. Se oían gritos por todas partes. A una anciana la sacaron de casa por los pelos y le dieron una paliza. Menbeng, al presenciar todo eso, fue a su chabola a ver a su abuela. Al llegar, aparecieron cuatro milicianos con Sima Nsang. Dos de ellos registraron la casa. Al mover el colchón de hojas de platanero, el libro se deslizó por una ranura del suelo y no lo vieron. A su abuela le arrancaron el capazo para comprobar qué llevaba y la tiraron al piso del empujón. A Menbeng la bloquearon agarrándola del pecho. Sima le preguntó:
—¿Dónde está la llave de la casa de Engonga?
—¿El qué? —contestó sin pensar, aturdida por el miedo.
Sima miró a uno de los soldados y le hizo un gesto. Este asintió, le dio con la culata en la cara a Menbeng y le abrió una brecha en la ceja. Nsang repitió la pregunta y ella le dio la llave que tenía colgada del cuello.
—Sabes que hace tiempo que encontraron huyendo a tu amiguito, ¿no? Acaban de informarme de que estaba buscado por la ley y que se quedó aquí utilizando una identidad. ¿Qué hacías tú en casa de un subversivo?
—Nada, yo no sabía que era subversivo. A mí me dejó la llave para que le cuidase la casa.
Sima la miró inquisitivamente y respiró hondo. Luego les hizo un gesto a los soldados para marcharse. Más tarde reunieron a todo el pueblo alrededor de la casa de la palabra —recinto techado en el medio del pueblo llamado àbáá en el que se reúne el consejo de ancianos—. A Menbeng le flaquearon las piernas, así que se apoyó en un poste de la àbáá. Con una mano se apretó la cabeza, que sentía que se le iba a partir en dos, y con la otra se agarró a la columna de bambú. Un grupo de soldados apareció con tres hombres maniatados.
Sima Nsang estaba al lado de ellos con cara seria. Se escuchaban los lloros de tres mujeres y cuatro niños. El jefe miliciano del distrito y comisario político dijo:
—¡Compatriotas! Tenemos que sacar todo lo que era de los españoles. No podemos tener recuerdos de esa gente que nos robó y nos esclavizó. Nos llevamos todas las cosas de la antigua colonia, todo eso está prohibido. No necesitamos nada de ellos. Tampoco se puede tener ningún libro de los españoles, eso es «propaganda subversiva». Nosotros tenemos nuestra propia cultura y nuestro libro, escrito por «el ilustrísimo» Macías, Formación política anticolonialista para que recordemos la verdadera historia de Guinea Ecuatorial y no vuelvan a esclavizarnos nunca más. Tenemos que volver a nuestras raíces africanas y vivir así. No podemos permitir que haya enemigos contra nuestro Gobierno libertador. Esa gente tiene que estar en la cárcel o bajo tierra. Si conocéis o veis a alguno, debéis informar a las autoridades. Este hombre de aquí planeaba un golpe de Estado contra Macías. ¿Sabéis qué hacemos nosotros con los opositores?
El acusado negaba todo con la cabeza e imploraba piedad. Un militar lo agarró de los pelos y le cortó la cabeza con un machete. Los milicianos miraban con desafío, apuntando con sus metralletas a todos. Dejaron el cadáver y subieron los artículos incautados y a los dos condenados al camión. Menbeng conocía a los tres, pero le sorprendió la acusación porque esas personas nunca habían mostrado su descontento con el gobierno.
Ella había acumulado demasiadas papeletas y podía convertirse en la siguiente ajusticiada.
CAPÍTULO 4
Se despertó asustado y temblando de frío. Miró a su alrededor y no reconoció dónde se encontraba. La selva cargada de árboles, plantas y helechos se amontonaba sobre él. Estaba amaneciendo, todavía no se veía el sol, pero el cielo comenzaba a pintarse de tonos naranjas y azules. Se levantó angustiado y húmedo por todos lados; se había meado. La boca la tenía pastosa y con mal sabor. Ojeó al suelo donde había estado tumbado y distinguió un poco de vómito marrón tiñendo las hojas verdes. Alzó su mirada al frente y vio la cueva que se adentraba en el corazón de la tierra. Empezó a recordar dónde estaba y por qué. No había nadie, solo una estela de humo que salía del resquicio de una hoguera apagada. Le dolía la cabeza, y le vinieron ráfagas del rito necrófago. Se dio la vuelta y salió corriendo.
Cuando llegó a casa de su tía, su madre lo estaba esperando hecha una furia.
—¿A ti te parece bueno esto que has hecho? Ni en el pueblo de tu tía puedes estar tranquilo. Yo pensaba que habías madurado. Tu tía se ha ido preocupada a trabajar, le has hecho pasar mala noche. Y tú bebiendo por ahí ¿has visto cómo vas? Estas vomitado y meado. Tú no estás bien de la cabeza. —Su madre se le acercó con cara de enfado—. ¡Akin!
La cara de Akin parecía de cera, su mirada estaba perdida, su gesto era serio y su cuerpo aún temblaba. Intentó hablar, pero tenía la lengua hinchada por sus propias mordeduras.
—No…, no he… bebido nada, creo que me han embrujado.
Pitú dio un suspiro. El cuchillo y el plátano se le cayeron al suelo.
—Pero… ¿qué dices, hijo? —Le puso la mano en la cara.
—No… sé, no… ¡Vámonos de aquí, mamá!
Se bañó con el agua recogida de la lluvia que había en un barril y fueron a despedirse de su tía. Le contaron lo ocurrido y ella lo corroboró diciendo que, últimamente, se estaban escuchando rumores de muchos ritos por la zona. Entre las dos mujeres examinaron a Akin. Al ver que no aparentaba tener nada, se quedaron un poco más tranquilas. Le sugirieron que fuese a ver a Borico cuando llegase a Malabo para que le quitase cualquier maldición que pudiese tener. Cogieron la mercancía y fueron a la carretera a esperar al coche. Pasaron las horas y el coche no aparecía. Akin se impacientó por salir de allí. Tenía una necesidad imperiosa de llegar a su hogar. Cuatro horas después, apareció el Renault 10 destartalado. La madre de Akin se puso a discutir con el conductor por el precio del viaje. Quince minutos después, ya habían colocado la mercancía por el coche y estaban de camino a casa. Una de las cestas la llevaban dentro y le aplastaba a Akin la cabeza contra la ventanilla.
Se puso a llover con fuerza. Al coche solo le funcionaba el limpiaparabrisas del copiloto. Iban lento, las ruedas se deslizaban por el barrizal. Akin se quedó dormido un instante, pero el coche pilló un bache y su cabeza chocó contra el cristal de la ventanilla, despertándolo de un susto. Se sentía mareado, con escalofríos. El bochorno que se creó dentro al estar todos apretujados y llenos de cosas le produjo claustrofobia. Chorros de sudor le caían por la cabeza. Tuvo que abrir la puerta y devolver. Su madre se escandalizó, el conductor lo regañó y parte del vómito se quedó dentro del coche.
Horas más tarde, llegaron a Malabo. Se puso la ropa militar y se abrigó por encima. Borico no estaba en casa, por lo que no pudo hablar con él. Al hacer la bolsa para ir al cuartel, se encontró las tres botellas de vino y la de coñac, entonces se acordó de que también tenía una bolsa grande de marihuana escondida. Cogió todo y lo metió en su petate. Se despidió de su madre y se fue al campamento militar. Los compañeros le hicieron algún comentario sobre la cara que traía, pero él no pudo ni contestarles. Guardó sus cosas en la taquilla con llave y se metió en la cama. Al día siguiente, cuando sonaron las trompetas a las seis de la mañana, le costó despertarse. Desayunó un par de buñuelos que le había dado su madre y se fue al patio a comenzar con los ejercicios matutinos y las arengas anticolonialistas.
A lo largo de la semana fue recuperándose, pero, por más que lo intentó, no pudo hablar con el resto de los compañeros. La visión de la gente del ejército metida en el ritual que había presenciado le hacía desconfiar de todos. El recuerdo de la ceremonia le revoloteaba por la cabeza como un mosquito. Diez días después, le dieron permiso de un día. Se fue directo a su casa. La calle olía a chamusquina, pero Akin estaba acostumbrado a ello y casi no lo percibía. Por el camino, le pareció ver menos gente de lo habitual. Al sol le quedaba poco para desaparecer. Pasó por la montaña vertedero que había cerca de su casa, donde un mendigo rebuscaba y otro estaba tirado con moscas revoloteando a su alrededor. El que estaba hurgando entre la basura hablaba y se reía solo. Él siguió de largo hasta llegar a su chamizo.
Al llegar, su madre estaba con su cara de triste simpatía en su pequeño puesto con papayas revenidas y pimientos de colores. Se puso de pie para recibirlo, y Akin vio detrás a Borico con su gesto impasible. A Akin se le cambió la cara, por un momento, se trasladó al ritual, y un escalofrío le recorrió el cuerpo entero hasta que sintió el calor del abrazo de su madre. Entraron en casa, Akin le hizo un saludo respetuoso a Borico, que le respondió con un gesto de complacencia. Su madre hizo un comentario sobre lo delgado que estaba y se puso a hacer la cena. Dos hijos de su hermano estaban en casa. Su madre le dijo que Baubiyo estaba pasando una mala época y por eso le había traído a dos de sus hijos. Se sentaron todos en la mesa y cenaron plátano frito con aceite de palma y pangolín. Pitú sacó el tema del ritual.
—Estuvimos hablando Borico y yo de lo que te pasó en Basapú. Dijo que no nos preocupásemos. Que si te hubiesen echado una maldición, ya lo habríamos notado y que no te podrías ni levantar. Aun así, te hizo una limpieza de espíritu. ¿Verdad, Borico?
Su tío estaba comiendo con tranquilidad sin quitarle la mirada al plato. Levantó la cabeza y cerró los ojos afirmando lo que decía Pitú. Akin se quedó mirándolo. Era tan misterioso como desagradable. Tenía un gesto y una fisonomía incómoda, su cara le recordó a la del chamán del ritual necrófago. Entonces Akin escuchó un susurro en su oreja derecha, como una leve ráfaga de viento que le acarició el oído con el seseo que se utiliza para callar a las personas, y giró la cabeza, exaltado. Se asustó un poco, miró al resto de los comensales, que seguían a lo suyo, y eliminó los pensamientos fantasmagóricos.
—¿Sabes algo del tío Bienede? —le preguntó Akin a su madre.
—¿Del tío Bienede? ¡Qué más te da si ese ya no es nada nuestro!
—Es mi padrino.
—¡Olvídate de la familia de tu padre! Ellos se olvidaron de nosotros hace mucho.
—Bienede fue el padre que yo nunca tuve. Sé que no se ha olvidado de mí, lo que pasa es que trabaja mucho. Nosotros tampoco vamos a visitarlos.
Pitú se calló y puso cara de indiferencia. Akin no se sentía capaz de ver a su padrino. Si casi no tenía fuerzas para ver a su madre, ¿cómo iba a visitar a su tío, que era un hombre idealista y brillante que luchaba por el bien de la minoría? Sin embargo, cada vez que Akin salía del campamento con el ejército, estaba extorsionando a sus paisanos, haciendo cumplir las absurdas leyes de su dictador, amenazando a gente e, incluso, siendo testigo pasivo de homicidios. Bienede estaba arriesgando su vida por los demás. Era extraño que aún mantuviese su puesto de secretario del ministro de Comercio. Akin sabía que tarde o temprano terminaría cayendo. Deseaba ver a Bienede, pero se imaginaba que estaría disgustado con él por haberse alistado en el ejército y por no haber sido lo suficientemente valeroso para haber seguido sus pasos.
Millones de gotas golpeaban contra todo lo que se ponía a su paso y sonaban como una orquesta tocando una canción tropical. Se quedó sentado mirando por la ventana del salón, hipnotizado por la lluvia. El día estaba oscuro y los riachuelos deformaban las calles. Fue en dirección al mercado, pasó por la montaña de basura y vio al mendigo tirado en la misma postura del día anterior. La lluvia caía sobre él y un par de ratas sobre la axila le desgarraban la piel. Siguió. La gente corría de lado a lado intentado esquivar el agua. Al cruzar la calle, se topó con su amigo Bee. De primeras, pasó de largo; pero, segundos después, se dio la vuelta. Su amigo se había quedado parado. Akin no lo había reconocido, su rostro estaba muy deteriorado y su postura, mucho más encorvada.
—¿Bee?
—¡Akin! ¡Cuánto tiempo! —le dijo en pichinglis intentando mostrar entusiasmo.
—¿Desde cuándo estás aquí en Malabo? ¿Por qué no has pasado por casa o por el cuartel para verme?
—¿Por el cuartel? —La cara de Bee reflejó sorpresa.
—Sí, me hice militar… Tenemos muchas cosas de qué hablar, may fren. ¡Venga, te invito a un vaso de tope por los viejos tiempos!
—Umum —contestó de forma afirmativa moviendo un pelín la cabeza.
Bee iba arrastrando los pies, dando pasos de tortuga. Por un momento, no dijeron nada. Akin fue observándolo y sacando conclusiones sobre qué tal le habría ido la vida trabajando en las plantaciones de su dictador. Su imagen era tan deplorable que le daba miedo preguntar. Llegaron a un bar y Akin pidió un par de vasos de tope. Al cabo de un rato, viendo que su amigo no comenzaba la conversación, le preguntó:
—Bueno… y ¿qué tal todo este tiempo?
Bee lo miró de lado, intentando que su mirada respondiera por él.
—A no de fain (no estoy bien). Me han dejado volver a casa porque creen que me voy a morir.
—Ustin yu de tok? (¿De qué estás hablando?) —dijo Akin sobresaltado.
Bee afirmó con una sonrisa forzada. Fue a coger el vaso de tope y su mano le falló dejándolo caer al suelo, aunque no se rompió y solo se derramó el líquido. Akin se quedó desconcertado al ver que su amigo no era capaz de agarrar el vaso ni de agacharse para recogerlo. Bee tenía los párpados caídos como si estuviese borracho.
—Tranquilo, te saco otro. ¿Qué te ha pasado?
—A no sabi (no sé), dicen que a lo mejor tengo la enfermedad del sueño.
—Pero ¿cómo has cogido eso?
—No lo sé. Nos llevaron a trabajar en Mongomo a las plantaciones de Macías…
—¿Mongomo? ¿Usay e de? (¿Has dicho Mongomo?) —le cortó Akin.
—Es el pueblo del presidente, está en Río Muni, pegado a Gabón.
Akin se levantó y le llevó otro vaso de tope.
—¿Os llevaron hasta la Guinea continental? —Bee afirmó con la cabeza—. Yo pensaba que estarías en algún pueblo de esta isla. Bueno… ¿y qué pasó?
—Allí debe de haber mucha mosca tse-tsé, que es la que pasa la enfermedad.
—Yo tenía entendido que ya casi no había.
—Sí, cuando estaban los blancos aquí, casi no había. Pero ahora que no tenemos su magia, ha vuelto.
—¿Qué magia? Los blancos no utilizaban magia, lo que pasa es que tenían muchas medicinas que lo curaban todo.
Bee cogió el vaso con las dos manos e inclinó la cabeza para beber de él. Akin se sintió culpable, si le hubiese dejado el dinero para pagar la instrucción militar, no estaría así. Macías ordenó que todos los jóvenes que no eran capaces de pagar la instrucción militar se fueran a trabajar a sus plantaciones de cacao y café por una comida al día. Decidió apaciguar la culpa con placer. Miró a su amigo, que se había quedado dormido con la cabeza sobre la mesa.
—¡Venga, vamos a comer! Seguro que no has comido nada en todo el día.
—Um um —negó con la cabeza su amigo.
—Voy a llevarte al Panáfrica. Vas a ver lo bien que se come, es el mejor restaurante de toda Guinea Ecuatorial. Y luego vamos a ir de waka waka.
Akin agarró a su amigo y lo ayudó a levantarse. Bee sonreía y sus ojos se iluminaron. Lo agarró de la mano y fueron hasta el Panáfrica sin soltarse.
A la tarde noche, fueron al club de alterne más conocido de todo Malabo, el Anita Wau. Akin tenía que sujetar a su amigo del hombro para que no se cayera. Se tomaron dos vasos de whisky y Akin buscó un par de miningas dispuestas a prestar sus servicios. Akin disfrutó del sexo sin sentimiento y luego fue a buscar a su amigo.
—¡Bee! ¿Yu de? (¡Bee! ¿Estás ahí?)
—¡Yes, masa (sí, señor), quiero más whisky!
—¡Vamos, may fren, que yo me tengo que ir al cuartel! ¿Dónde está tu «busca blanco»?
—Se marchó hace tiempo, no he podido hacer nada… Si no puedo ni estar de pie yo solo, ¿cómo quieres que haga algo con unos vasos de whisky?
Akin ayudó a su amigo a levantarse y se fueron. Llegaron a casa de Bee y lo dejó tumbado en el suelo donde dormía.
—Yo tenía que haberme marchado en Paña12. Yo podía haber sido el siguiente Pelé. ¿Te acuerdas de aquel seleccionador
que me quería llevar en Paña, Akin? Yo era el mejor jugador de toda Guinea.
—Ya sabi, Bee (Ya lo sé, Bee) —contestó Akin complaciente pese a haber escuchado repetidas veces esa historia.
—Mi padre no me dejó ir, decía que eso no podía ser cierto, que del fútbol no se podía vivir, que ese blanco quería engañarme y aprovecharse de mí. Y fíjate ahora, cualquier cosa hubiese sido mejor que esto.
—Descansa, Bee. El próximo día que libre, te haré otra visita.
Volvió a casa, cogió unos buñuelos, ñames y unas piñas, lo metió en la bolsa, se despidió de su madre y se fue al cuartel. Estuvo hablando con unos compañeros sobre mujeres y eso le recordó a Eyang. Le dieron ganas de verla a pesar de que estaba embarazada de otro hombre. De repente, escuchó un susurro en su oreja derecha y sintió un soplido suave que le erizó la piel. La conversación de sus amigos quedó en un segundo plano. Miró asustado a su derecha, pero no había nadie.
Fueron pasando los días en el campamento militar. El negocio le iba bien porque sus compañeros fumaban marihuana y podían permitirse comprarla, pero solo los altos mandos podían acceder a las botellas de alcohol español. Cuando emprendió el comercio, en sus ratos libres iba tocando las puertas de los superiores con los que tenía algo de trato y les ofrecía buñuelos o verduras para romper el hielo, luego les dejaba caer la posibilidad que tenía de conseguir productos prohibidos. Así, se hizo su propia clientela y aumentó con el boca a boca. Fue donde el cabo mayor, que les hacía la formación por la mañana, con un cesto de tubérculos y fruta por encima cubriendo las botellas. El cabo era un tipo alto y delgado, tenía unas ojeras como de acabar de despertarse. Su pequeño apartamento estaba medianamente ordenado y limpio. Le compró una botella de vino. Al salir, pensó que necesitaba un lugar en el campamento donde guardar la mercancía. A menudo se quedaba sin botellas o marihuana y perdía ventas porque no siempre podía acercarse a donde Lory a comprar más. Necesitaba ampliar el negocio, y en su taquilla cabían muy pocas; además, no era nada segura, había mucha gente que sabía a lo que se dedicaba y no tardarían mucho en robarle. Su soltura y sus años de venta ambulante de fruta con su madre le habían hecho un buen vendedor y por fin estaba recibiendo su recompensa.
Acudió al apartamento del teniente Obama para suministrarle otra botella de vino español. Desde que estuvo en el pico Basilé de maniobras y tuvo la charla sobre la antena, había tratado con él otras dos veces y siempre se había mostrado muy amigable. El teniente tenía un cuerpo lozano, entrado en carnes y un gesto entre bondadoso e inquietante. A Akin le agradaba mucho, pero le desconcertaba. Parecía una persona demasiado simpática e inteligente como para estar a favor del régimen, pero casi siempre estaba con el sargento Ndó, que tenía fama de fiel servidor de Macías y despiadado castigador de opositores. Tocó la puerta y le abrió enseguida.
El cuarto era espacioso y limpio. Tenía una cocina al fondo y la sala principal, con una cama con colchón de espuma sobre un somier de muelles a un lado y un escritorio con tres sillas al otro. Detrás, había un armario con baldas llenas de papeles y archivadores. En la esquina de la habitación, al lado del escritorio, había un radio-tocadiscos Grundig apagado.
—¡Mbolo, Obiang! ¿Me traes lo mío?
—Sí, señor, aquí lo tiene. ¿Va a querer algo más? Tengo Anís del Mono si quiere y la próxima semana tendré un orujo fabuloso a muy buen precio.
—¡Je! Te va bien, ¿eh? ¡Toma tu dinero! Me gusta cómo trabajas, chico. ¿No necesitarás un socio? —dijo Obama con tono sarcástico.




