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El trabajo que presento a continuación es, sencillamente, el análisis narratológico de un texto. Las razones por las cuales he seleccionado éste son estrictamente personales, explicarlas no debe aportar nada a quien tenga que emitir una evaluación sobre mis conocimientos. Sobre la cuestión de si es un cuento o no, vale la pena explicar que el texto está indisolublemente ligado al contexto. María, que así es como llamaremos a la obra objeto de análisis, es un cuento en el contexto en que se escribió, y conocer este es lo que nos permite analizarla como tal.
Esto podía leerse en la primera hoja de mi trabajo final del posgrado de Técnicas de la Narrativa. Cuando Alexis comenzó a hojearlo, sentado frente a mí en la sala de mi casa, intentó una sonrisa tímida. Yo imaginé a la profesora rubia acomodada en su sofá, preparándose para leer. Un cigarrillo en la mano derecha y la música saliendo del tocadiscos.
Para el estudio literario de cualquier texto narrativo es necesario hacer una serie de abstracciones que permitan el análisis por separado de todas y cada una de las categorías narratológicas que interactúan simultáneamente en el mismo. Es por esto que tomaré la licencia de dividir en dos partes el trabajo: primeramente, el plano ideotemático y, luego, el plano estructural.
El análisis del plano ideotemático de este texto, como el resto del estudio que de él se hará, tiene el encanto de una investigación policial, y no solamente porque la fábula que nos narra sea una historia negra, marginal, sino porque toda pesquisa científica siempre tiene este matiz.
María —sobre el título de la obra ya se profundizará cuando se analice el plano estructural— nos cuenta una historia ubicada en el cercano contexto de la Cuba actual, tan cercano que el escenario geográfico es nuestra ciudad (La Ciudad) durante una de las noches del último carnaval (1999).
Es importante destacar que el autor del texto, Eusebio Ramírez Portal (1964-1999), era natural de La Ciudad. Poeta y narrador, perteneció al taller literario Leopoldo Ávila y durante su carrera literaria fue galardonado con diversos premios a nivel municipal y provincial.
La historia de María es intensa y llena de sugerencias, con cientos de aristas ocultas que conforman un misterio descifrable sólo fuera de ella misma. Este cuento es una vigorosa fotografía que quiebra sus propios límites, que irradia una energía más allá del texto escrito, más allá de la apropiación que el lector haga del argumento.
Un hombre es apuñalado una noche de carnaval en una esquina de La Ciudad. Este hombre, en el momento de la muerte, escribe con su propia sangre un nombre en la pared: María.
María había sido su novia. ¿Es éste el centro de la fábula? Podría tenerse en cuenta también que el asesino, un conocido marginal con antecedentes penales por varias causas, se entregó casi inmediatamente. Que confesó haber matado al hombre porque un rato antes le había negado un cigarro en público. ¿Queda algo más de esta historia? Queda más, mucho más. Lo que ocurre es que la anécdota no está explícita en el texto. Pero puede suponerse la traición de María, el desencanto del hombre que busca la muerte como una bendición —como en los más tremendos boleros— y que la enfrenta, estoico, en una esquina oscura de La Ciudad, una noche de carnaval.
—Eso lo sabes tú porque vives en La Ciudad y conocías a Eusebio. ¿Tú crees que una persona de Camagüey, por ejemplo, pueda darse cuenta de todo eso con sólo leer el nombre de María escrito en la pared? —fue la reacción de Alexis.
—Un lector profano, no. Claro. Acuérdate de que estoy haciendo un análisis narratológico de un texto y lo que más abunda por las calles no son gentes que se preocupen por la narratología. De hecho, María es una obra para cierta élite, no es un cuento popular. A pesar de la violencia de la historia, por sus códigos interiores, es un cuento que podría inscribirse, según la división de Arturo Arango, entre los exquisitos: códigos enrevesados distantes del alcance de la media de los lectores, ausencia aparente de la anécdota y oscuridad del superobjetivo. Sin embargo, es posible, si ese lector de Camagüey tiene buena vista y conocimiento sobre análisis de un texto, que se apropie de alguna parte importante de la historia que le permita construir su propio cuento. Eso es la polisemia, ¿no? En definitiva, ¿cuántas cosas querría decir Cervantes en el Quijote que ahora nosotros nos estamos perdiendo simplemente por lo alejados que estamos de aquel contexto?
La filóloga garabateó algo sobre la página tres de mi evaluación final, colocó el cuadernillo sobre la mesita, se puso de pie y caminó hasta el tocadiscos. Nuevamente se hizo la música. Prendió otro cigarrillo y de vuelta al sofá continuó la lectura. Ahora sentada.
Tema, asunto y argumento; estas categorías generalmente definibles una de las otras, en el texto que nos ocupa se superponen ocultándose como la misma historia. ¿Es María un cuento que tiene como tema la traición? ¿El asunto es cómo puede morir alguien una noche cualquiera de carnaval? ¿Es el argumento ése que expuse anteriormente, o lo referido es sólo una parte de él?, ¿o simplemente no es ése?
La insuficiencia del análisis del plano ideotemático es evidente. Sobre todo cuando se trata de una obra literaria de estas características. Y es que un cuento, en última instancia, se mueve en ese plano donde la vida y la expresión escrita de esa vida libran una batalla fraternal. El resultado es el cuento mismo. Resulta entonces imprescindible el estudio de las categorías internas del texto.
María es una obra sui géneris. Una sola palabra: MARÍA, escrita (en mayúsculas) sobre una pared. Sin título. Si nos atreviéramos a transcribir el texto sería solamente esto: MARÍA. Obviando, lógicamente, la caligrafía trémula. Sin punto final.
Hay una cosa cierta. Eusebio no tenía otra pretensión al escribir el nombre de María en la pared que no fuera dejar testimonio de algo. Resulta bastante difícil creer que en el momento de la muerte alguien esté preocupándose por cuestiones estilísticas. Además, su literatura siempre fue así. En los debates literarios generalmente se le criticaba su distanciamiento de lo formal en busca del mensaje. Sin embargo, ¿cuál es el mensaje del cartel?
Elemento fundamental para dar respuesta a la pregunta anterior es descubrir una nueva superposición de categorías en el texto. Autor, narrador y personaje protagónico son una misma voz. Eusebio se convierte en una triple entelequia. Una triple angustia lo conduce a escribir el nombre de María en la pared en el momento de su muerte.
A los pocos minutos de encontrar el cadáver, ya una historia andaba en las bocas de las viejas de La Ciudad. “Pobre muchacho, en el momento de la muerte escribió el nombre de su novia en la pared, ¡cuánto la quería!”. Las viejas de barrio son así, su formación estética no pasa más allá de las novelas que trasmiten a las diez de la mañana por la emisora provincial, sus mentes no pueden generar otro tipo de historia. Tampoco pueden tener lucidez para hacerse las preguntas siguientes: ¿si amaba tanto a su novia, por qué no estaba con ella en la noche de carnaval? ¿Por qué andaba borracho y perdido por una calle oscura y solitaria? Contestarlas les podría causar un gran desencanto, además de un derrame cerebral.
Lo cierto es que quienes conocían a Eusebio, y a María, sabían que ése no podía ser el mensaje. Algunos se preocuparon durante un rato. ¿Sería una acusación? ¿El nuevo novio de María sería el acuchillador de Eusebio? Todavía estaba fresco en la memoria de la gente el escándalo de Eusebio frente a la Casa de la Cultura el día que María le dijo que no podía seguir con él, que no aguantaba más sus bebederas con el grupo en la esquina, hablando basura, y mucho menos las broncas con cualquiera y por cualquier motivo. Que ella lo que quería era tranquilidad.
Inolvidables las borracheras depresivas de Eusebio y la golpiza que le dio a María cuando se enteró de que ella andaba con Yoelito, el instructor de teatro. La gente estuvo esperando la bronca de los dos, pero se sabe que María le pidió a Yoelito que no le hiciera caso a Eusebio. Por el bien de los tres.
Pero Eusebio continuaba, y aquella ofensa se convertía en un lugar común: ¡María, puta! Al pasar frente a la casa de ella: ¡María, puta! Cruzándose en la calle: ¡María, puta! De un extremo a otro del parque de La Ciudad: ¡María, puta! Interrumpiendo el programa de la radio base de la Casa de la Cultura: ¡María, puta! Y el comentario permanente en cada tertulia: ¡Esa puta me pegó los tarros...! ¡María, puta! ¡María puta! Y la primera noche de carnaval, gritándole por toda la Calle Central junto a la carroza donde ella bailaba: ¡María, puta! ¡María, puta! Como una idea fija. Un motivo permanente. ¡María, puta!
Por eso en los primeros instantes la gente relacionó la muerte de Eusebio con María. Pero cuando el asesino se entregó y explicó todo, pocos continuaron haciéndose la pregunta: ¿por qué su nombre escrito en la pared? ¿Cuál sería, entonces, el mensaje?
Es que la gente sólo tiene ojos para ver las relaciones directas, las vías amplias y despejadas. ¿Pero son çstas las que pueden conducirnos a la luz?
Tema, argumento, personajes, acción, conflicto, ambiente y contexto. De cierta manera he ido vinculando estas categorías que, al decir de Grove y Bauer, son las que definen al cuento moderno y gracias a ello se han descorrido algunos de los múltiples velos que envuelven en el misterio a éste, como a todo cuento que se respete. (Un cuento sin esos velos simplemente no es un cuento).
Pero decía al inicio que este tipo de análisis se me antoja semejante a una investigación policial. Entonces uno vuelve al principio: el nombre de María escrito en la pared. Y aunque el investigador va teniendo alguna luz sabe que algo falta por analizar.
Estilo. Ahí está la clave. Usted podrá pensar que me contradigo. Si ahorita explicaba que el texto póstumo de Eusebio tenía el super objetivo de dejar un testimonio y que en el momento de la muerte es bastante improbable que alguien se esté ocupando de cuestiones estilísticas, ¿cómo voy ahora a apoyarme en el estilo como la categoría que me abrirá las puertas al análisis final? Es que yo también tengo mi estilo y la literatura policial me atrae como una tentación. Aquella pista falsa, o insignificante, es la que generalmente en las buenas novelas policiales conduce a la verdad. Sin engañar al lector. Le garantizo, profe, que yo tampoco lo haré con usted.
Eusebio no tenía tiempo para ocuparse del estilo, pero el estilo es circunstancial. María fue un texto circunstancial. Eusebio tenía que dejar un mensaje. Escribió el nombre del destinatario. En estos tiempos es muy común sustituir las palabras por signos más rudimentarios: Eusebio podía haber dibujado en la pared un corazón en lugar del nombre de María. No lo hizo, sabemos que ése no era su mensaje. También pudo haber dibujado otra cosa, escrito otra cosa. Pudo no haber escrito nada y hubiese sido lo más normal. Pero Eusebio quería dejar un mensaje escrito, nunca pensó en dejar un enigma. De haberlo pensado entonces hubiese escrito: MARÍA... (con esos tres puntos). Por lo tanto es evidente que Eusebio iba a continuar escribiendo, pero... ¿No cree usted, profe, que ya es bastante?
La filóloga sonrió mientras apagaba el cigarrillo en el cenicero. El tocadiscos sonaba con música brasileña; ella había regresado unos meses antes de Río Grande do Sul donde trabajara como cooperante. Garabateó un cinco en la portada de mi cuadernillo y comenzó a cantar con el tocadiscos Mañana de carnaval.
—¿Y entonces, qué era lo que iba a escribir Eusebio? —me preguntó Alexis.
—Ustedes los policías no saben nada de análisis de texto, negro —le contesté.


UN CASO DE RODRÍGUEZ
– EDUARDO DEL LLANO –
Vinieron a buscarlo al tercer día. Una señora del CDR lo había visto entrar y avisó a las autoridades. No lo denunció antes porque primero tenía que resolver unos trámites en la embajada de España.
Lo atendió el mayor Rodríguez, un tipo alto y achinado con cara de buena gente que lo miró diez largos minutos en mudo reproche.
—Que no seas revolucionario, va y pase —dijo al fin—, pero ¿tú no eres patriota?
—Me considero bastante patriota, sí.
—Entonces explícame por qué hiciste lo que hiciste.
Nicanor suspiró.
—Creo que se explica por sí solo.
—No, no se explica para nada —gruñó el oficial—. Si el porqué de robarse una pieza del camión de Fast Delivery que usaron los estudiantes el 13 de marzo del 57 para asaltar el Palacio Presidencial es algo tan obvio y no está en abierta contradicción con el patriotismo, entonces yo debo ser un imbécil. ¿Me estás llamando imbécil?
—No —dijo Nicanor con suavidad.
El mayor hizo una mueca y siguió mirándolo sin hablar. El detenido le sostuvo la mirada hasta que se aburrió. El otro sonrió, satisfecho de su victoria.
—Tengo que admitir que tienes cojones. Ni siquiera te esfuerzas en negarlo.
—¿Y por qué lo negaría? Me vio Georgina, la del CDR. Es una señora seria. La conozco bien, incluso he estado en su casa. El nieto me vendió langosta un par de veces.
Rodríguez tomó nota. Mental.
—¿Y para qué lo hiciste?
—Tengo un Ford del 54. Se me rompió hace dos semanas. Con una pequeña adaptación, el alternador que me robé le sirve.
—O sea, que antepones los intereses personales a la salvaguarda de la honra y la gloria de la nación.
—No sé si hago eso. Pero el carro apenas lo uso para mí. Vaya, en los últimos cinco años sólo lo he usado para llevar a la vieja al médico. Tiene el sistema inmunológico muy bajo y coge infecciones de na. Como está la gasolina, no puedo permitirme sacar el carro pa otra cosa.
—No sabía lo de tu madre.
—Pues sí, es por la vieja. Muy amiga de Georgina.
Rodríguez desvió la mirada. Creía conocer la ciudad y sabérsela toda. Creía conocer a los seres humanos, delincuentes o no. Pero mentira, siempre encontraba situaciones que lo sorprendían.
Este Nicanor era de poca monta, eso se veía. Un ladrón curtido tendría mejor montado su número. Como Angelito, aquel hijo de puta al que se la tenía jurada y que llevaba años tratando de agarrar, pero el muy tarrú siempre se escabullía. Angelito era el Lupin local.
—A nivel humano puedo hasta solidarizarme contigo, vaya —confesó—; por otra parte, soy un mayor de la policía, y tú has robado propiedad estatal que, además, tiene valor añadido por ser parte del patrimonio histórico. Tenías que haber pensado en eso antes de cometer el delito.
—No, si yo lo pensé —dijo Nicanor—, pero no tenía opción. No tenía.
—No me jodas con eso. La gente les adapta partes de Lada a los carros americanos, canibalea vehículos estatales, revende piezas. Aquí mismo en la estación, tenemos… pero bueno, eso no te importa. No me digas que tu carro necesita un alternador tan específico.
—Necesita un alternador muy específico. El único carro que conozco que tenía uno igualito era el camión de los héroes, así que era ése o nada. Y aunque hubiera aparecido por la izquierda, no tengo dinero para comprarlo.
—Claro —bufó el policía—, no hay dinero, y qué rico, a robar.
—Bueno, por eso es precisamente que se roba.
Rodríguez decidió cambiar de táctica.
—Lo que trato de explicarte es que hay toda una gradación de robos posibles, incluyendo algunos frente a los cuales podría hacerme de la vista gorda. También soy un ser humano. Y mi vieja también está jodida.
—¿De la circulación?
—No. Vive en Niquero. Pero es que coño, tú has ido a lo más grave. Ese camión ya no es un camión, sino un símbolo. Y nos pertenece a todos.
—Bueno, pues yo fui y cogí mi pedacito.
—¡Es que ese alternador no era tuyo, nadie te dijo que te tocaba! Todo el camión es de todos. Representa la rebeldía nacional.
—Y la sigue representando sin alternador. Nadie se va a fijar en eso. Si me hubiera llevado, qué se yo, el chasis, la carrocería, las ruedas, incluso el timón, bueno. Pero sigue teniendo el aspecto de un camión bueno para asaltar palacios presidenciales.
—Contigo no se puede discutir —dijo Rodríguez, y salió. En realidad fue al baño, pero no explicó lo que hacía para que el otro se pusiera nervioso. El dominio de sí mismo que mostraba Nicanor resultaba casi obsceno.
Bien mirado, no es autoconfianza, sino resignación, se dijo el mayor mientras orinaba, virilidad en mano, cuidando de no rozar el inodoro. Resignación. La gente como Nicanor delinque hoy día no porque tenga alma criminal, sino porque los hemos llevado a ver el delito como una opción normal, práctica, una estrategia de supervivencia cotidiana. Nadie subsiste en este país sin comprar carne en el mercado negro, sin revender el café, sin cemento robado. Yo mismo azulejeé el baño de Xiomara con lo que me vendió Estrada, el prieto del Barrio Obrero. Me dijo que los azulejos se los dejó en herencia un tío de Nueva Gerona, así que tenían valor sentimental, y me clavó con el precio. Qué hemos hecho, concluyó Rodríguez, sacudiéndose el miembro para escurrir las postreras gotas, y por qué empleo el plural si en definitiva yo no hago más que cumplir órdenes.
Nicanor seguía sentadito en la silla, mirando a la pared.
—Eres periodista.
—Trabajo para un periódico. Soy fotógrafo, aunque he escrito alguna que otra cosita.
—O sea, que eres una persona instruida. Un profesional. Y, por lo que veo, también un profesional del robo. ¿Cómo te las arreglaste para sacarle el alternador al camión, a la vista de todos?
—Me disfracé de fumigador contra el mosquito, y dije que se había detectado un foco dentro del camión.
Un buen truco, admitió Rodríguez para sí. Y volvió a pensar en Angelito. Su archienemigo no tendría ese refinamiento, pero es que en primer lugar no se robaría el alternador del camión. Resultaba mucho más probable que se robara el camión entero para venderlo por piezas, o a algún millonario de afuera, coleccionista y excéntrico.
—¿Qué hago contigo, Nicanor O’Donnell? —se preguntó Rodríguez, histriónico—. Mira, devuelve el alternador y vamos a hacer como que no pasó nada. Eres un buen tipo, no tienes antecedentes, y al hombre que se equivoca hay que darle una oportunidad…
—Sí, pero si me hace devolver la pieza, volveré a robármela —advirtió O’Donnell lealmente—, tengo que garantizar los turnos de la vieja con el médico…
Rodríguez pestañeó con incredulidad, y soltó una risa que parecía un jadeo.
—No seas bruto, coño. Si te meto preso, igual te quitaría el alternador, y ahí sí que no podrías hacer nada por tu señora madre.
—Es que no hay nada que hacer. El único alternador que me sirve es ése, ya le dije. Si me ayuda a encontrar otro en La Habana, le prometo que no vuelvo a tocar el camión de José Antonio Echeverría.
—Pero ¿tú te piensas que yo no tengo nada mejor que hacer que resolverte un alternador? —rugió el mayor, elevándose ante el detenido como un genio encabronado ante Aladino—. ¿Qué carajo tú te piensas que soy yo, chico, un negociante, un merolico, uno que trafica con la propiedad del Estado? Mira, alégrate…
Asomó Bolaños, el sargento de guardia. Cuadrado. Es decir, se cuadró militarmente al entrar.
—Permiso, mayor. Hay información urgente, que…
—Hable.
—Le traigo una noticia buena y una mala —clasificó Bolaños, con cierta satisfacción—, usted me dirá…
—Primero la buena.
—Hemos localizado a Angelito. El agente Montero lo encontró en Arroyo Arenas, en casa de una querida, una tal Xiomara.
Rodríguez palideció. Xiomara. Arroyo Arenas. No podía ser. Esa mulata no podía ser tan singá… Claro, con razón Angelito no aparecía. Es lo jodío de la quinta columna, viene a ser como un parásito que te come por dentro. No se te puede olvidar proponer a Montero para un ascenso, se dijo.
—Vamos ahora mismo.
—Y ahí cae la mala noticia —continuó el sargento—. El capitán Artiles se llevó todo el parque automotriz de la unidad, para otra operación en gran escala. Órdenes superiores.
Rodríguez soltó un gemido. Era demasiado bueno para ser cierto. Angelito y Xiomara no podían caer junticos, el mismo día. Podía cazarles la pelea, claro, pero lo rico era cogerlos ahora, mansitos, y partirles los cojones. A los dos.
—Yo tengo mi Ford parqueao afuera —dijo Nicanor.


FANTASMA
– EMERIO MEDINA –
I
La fiesta en la facultad, el título nuevecito con mi nombre en letras doradas, José Ignacio Villafruela Villavicencio, licenciado en Derecho. Todo el mundo sonriente, música, bailes, algo de alcohol, el mejor amigo del hombre en cualquiera de sus formas, aunque hay quien dice que es el perro, Eso es porque nunca se han emborrachado bien, doscientos pesos reunidos, las mujeres contentas, se aprietan sin prejuicios, se dejan manosear, las tetas moviéndose, nosotros sin pena ninguna, que agarro aquí, aprieto allá, todos somos licenciados, abogados, entiéndase, doctores en Leyes, las nalgas se mueven delante, los cuerpos sudados, sin ajustadores, el decano también se ha puesto a bailar, alguien pide rumba y le dan rumba, dicen hasta abajo y hasta abajo todo el mundo, todos abogados, último día del curso. Último día, una rubia se me pega, yo borracho, es Ninette, la del Vedado, la verdadera rubia, toda sudada, Arnoldo la está halando y ella que no, se despega y viene hacia mí, Hasta abajo, dice, y yo hasta abajo, después no puedo subir, ella me hala, sin ajustadores, estamos en verano, pulóveres blancos, me besa en la boca, empiezo a ver claro, Mañana hay una fiesta en mi casa, Mañana entonces, Mañana, están llamando a los graduados. El decano va a decir unas palabras, todo el mundo borracho, Ninette borracha en el descansillo de la escalera, pero no tanto, No tanto. El decano terminó de hablar, llaman para la guagua, Los albergados tienen que irse ya, se va la guagua, Ninette me da un beso, Mañana, me dice. La guagua coge por Línea, el albergue, mi cama está ahí mismo, el título lo pongo en cualquier parte, dormir, dormir, dormir.
Hubiera dormido toda la noche, toda la noche y el día siguiente, pero no puede ser, algo me despierta, una claridad al lado de la cama, los contornos del cubículo delineándose, los ronquidos de los orientales suenan lejos, y esa luz en el cuarto, miro al piso. No lo puedo creer, me pellizco tres veces, cierro los ojos y los abro despacio, está allí, un hombre, un muerto, porque se ve que está muerto, tirado en un charco de sangre, en esa claridad que deja ver cada detalle, las botas con hebillas brillantes, nunca las he visto así, los pantalones con tirantes, la camisa blanca manchada de sangre, mangas largas con ribetes de encaje en los puños, un hombre joven, el pelo negro y lacio, el rostro vuelto hacia mí, los ojos cerrados. Tengo que asustarme, y me asusto, pero no tanto como yo mismo quisiera, me levanto de la cama, despacio, hacia el interruptor, el muerto está ahí, el clic tan fuerte, como un chasquido de carne abriéndose, de sangre brotando a chorros, las lámparas tardan en encenderse, parpadean y se hace la luz. El muerto ha desaparecido, ni gota de sangre en el piso, pero hay algo, un pergamino, letras doradas, algo conocido, Qué hace mi título aquí, qué broma es ésta, mi título en el lugar del muerto, no recuerdo bien dónde lo puse, se me cayó tal vez cuando entré. El muerto era otra cosa, un fantasma, el alcohol se sube a la cabeza, Juro no tomar más.
Alguien despierta, Qué haces, Ignacio, qué le voy a decir, Vi un fantasma, Estás borracho, acuéstate, Lo vi de verdad, estaba aquí, Un muerto dices, Bien muerto, Por dónde se fue, No lo sé, encendí la luz y desapareció, Tenías que haber visto por dónde, Qué tiene que ver, Ya es tarde, las cuatro, acuéstate que mañana vemos lo del muerto, tienes que recordar por dónde se fue, Te digo que lo vi, estaba aquí mismo, Apaga la luz y no jodas más, para eso tomas. Qué puedo hacer, apago la luz y me siento en la cama con el título apretado sobre el pecho, Un fantasma, quién lo hubiera creído, el primer fantasma de mi vida, dicen que el primero nunca es malo, quién sabe si éste se traía algo entre manos.



