- -
- 100%
- +
La consideración de las fuerzas contradictorias que operan en el campo literario encuentra asidero en el modelo planteado por Itamar Even-Zohar, quien inscribe el estudio de la literatura dentro de su teoría de los polisistemas,7 en la que retoma ciertas aproximaciones de Boris Eichenbaum, uno de los formalistas rusos más insatisfechos con los acercamientos excluyentemente autónomos al texto literario. Para el desarrollo de sus planteamientos, Even-Zohar toma prestado el esquema de la comunicación diseñado por Roman Jakobson, haciendo la salvedad de que mientras el punto de partida de este “es el enunciado aislado observado desde el punto de vista de sus constricciones” (Even-Zohar, en línea), lo que él busca “está pensado principalmente para representar los macro-factores implicados en el funcionamiento del sistema literario” (5). Con todo, Even-Zohar reconoce como fundamental en Jakobson —y en ello radica el interés en su propuesta— la visión de que “el lenguaje debe investigarse en toda la variedad de sus funciones” (6). A partir de ello, sustituye los términos que Jakobson utiliza en su esquema por otros que le resultan más pertinentes: “productor” por “emisor”, “consumidor” por “receptor”, “institución” por “contexto”, “repertorio” por “código”, “mercado” por “canal” y “producto” por “mensaje”. Señala al respecto que “la diferencia más importante reside quizá en mi introducción de la ‘institución’ donde Jakobson tiene ‘contexto’”.8
Sobre el concepto de “institución”, Even-Zohar indica que “consiste en el agregado de factores implicados en el mantenimiento de la literatura como actividad socio-cultural” y que “incluye al menos parte de los productores, ‘críticos’ (de cualquier clase), casas editoras, publicaciones periódicas, clubes, grupos de escritores, cuerpos de gobierno (como oficinas ministeriales y academias), instituciones educativas (escuelas de cualquier nivel, incluyendo las universidades), los medios de comunicación de masas en todas sus facetas, y más” (11). El resultado, anota el crítico, no puede verse como “un cuerpo homogéneo, capaz —por así decirlo— de actuar armónicamente y con éxito seguro a la hora de imponer sus preferencias. Dentro de la institución misma hay luchas por el dominio, de modo que en cada ocasión uno u otro grupo logra ocupar el centro de la institución, convirtiéndose en el estamento rector” (11).
Otro aspecto interesante en la propuesta de Even-Zohar radica en que su teoría de los polisistemas invita expresamente a atender a los sistemas literarios de sociedades con una profunda heterogeneidad cultural y a los conflictos, fisuras y posibilidades que esto implica. En sociedades bilingües o plurilingües, por ejemplo, esto se manifiesta “en una situación en que una comunidad posee dos (o más) sistemas literarios, como si de dos ‘literaturas’ se tratase” (4). Este planteamiento puede relacionarse, sin duda, con la noción de totalidad contradictoria acuñada por Antonio Cornejo Polar (1989) para el estudio de la(s) literatura(s) en el Perú. Señala Cornejo Polar que en la literatura peruana coexisten al menos tres sistemas: el culto, el popular y el de las literaturas étnicas, cuyo alto grado de autonomía tiene como una de sus bases la oposición “entre oralidad y escritura que recorre e impregna la totalidad de la vida social y cultural del Perú” (191). Dicha oposición, añade, que “hace crisis en el espacio de nuestra literatura”, puesto que
[...] no solo implica dos modos incompatibles de producción literaria; implica también, en el sector de la literatura culta que quiere trascender sus límites originarios, revelando o reproduciendo lo que Ciro Alegría llamó ‘la sabiduría de los ignorantes’, una tensión extrema que bien podría condensarse en esa imposible nostalgia de oralidad que nutre, con su utopía, a lo mejor de nuestra literatura (1989: 191).
Los conflictos, tensiones y luchas dentro del campo literario o la institución literaria, mencionados tanto por Bourdieu como por Even-Zohar, permiten traer a colación otra muy útil explicación sobre la dinámica del sistema literario y el proceso de la formación, en este, del centro o los centros hegemónicos en un determinado estadio y una determinada sociedad. Nos referimos al concepto de metatexto abordado por Iuri Lotman (1976), quien señala que el mecanismo de la vida activa de la literatura necesariamente conlleva la presencia de dos tendencias en conflicto (122) y, además, propone que “la literatura nunca es una suma amorfa y homogénea de textos: es no solo una organización sino también un mecanismo que se autoorganiza” y que el “más alto escalón de la organización, segrega un grupo de textos de un nivel más abstracto que el de toda la masa restante de textos, es decir, metatextos” (115). El concepto de metatexto es a su vez explicado por Susana Reisz (1986) como un “sistema de designación, clasificación y evaluación reconstruible a partir de todos los textos que lo manifiestan en forma explícita o implícita (escritos técnicos, artículos críticos, artes poéticas, manifiestos, declaraciones públicas de artistas o lectores competentes, etcétera” (44, énfasis nuestro), que es “variable según los diferentes sistemas literarios y los distintos estadios de un mismo sistema” (44). Es importante no perder de vista el carácter reconstruible del metatexto apuntado por Reisz, pues ello implica que dicho punto de referencia para la aceptación, clasificación y valoración de un texto como literario (el metatexto) es una abstracción por definición inestable. Dependerá tanto de las modificaciones en el sistema a partir del paso del tiempo o del reajuste en las posiciones y correlaciones de fuerza entre los participantes del juego literario, como de cada nueva intervención que explícita o implícitamente apunte a su definición y redefinición. Pero también ostentará características diferentes —en un mismo momento, una misma cultura y un mismo sistema— para cada actor o grupo de actores del campo literario, en función de su conocimiento de los textos pertinentes, así como de su ideología y de su ubicación en la dinámica del sistema.
El concepto de metatexto propuesto por Lotman —y desarrollado por Reisz— resulta de suma utilidad para entender el carácter discontinuo y heterogéneo de la producción y recepción de nuestro “campo poético” y, ciertamente, complementa las falencias del modelo de Bourdieu en relación con la inestabilidad de criterios tales como la “competencia estética” en la asignación de valor del texto poético. El metatexto se constituye en una herramienta dúctil en la medida en que se adapta mejor a los requerimientos de un campo en el que la valoración y, en última instancia, la codificación de un texto literario está permanentemente signada no solo por las relaciones de conflicto y lucha que establecen entre sí poetas, textos, poéticas, editores o críticos sino, además, por la precariedad propia de las condiciones que marcan la producción y recepción de los textos poéticos que ya hemos mencionado. De hecho, el concepto de metatexto resulta fundamental para poder examinar de cerca las preferencias a las que llegan quienes han participado en la encuesta que hace posible esta antología, pues ciertamente estas nos proporcionan una lectura transversal y consensual de cómo las fronteras que regulan la inclusión o exclusión de nuestro campo literario —y poético, en última instancia— se han sometido a una serie de transformaciones en el periodo que abarca esta antología. Es de esperarse que, como señala Bourdieu, “[e]l incremento del volumen de la población de los productores es una de las vías principales a través de las cuales los cambios externos afectan a las relaciones de fuerza en el seno del campo” (1995: 334), de ahí que pueda deducirse que el interés de una antología consultada como la que se propone en este trabajo radique no en plantear una homologación en los criterios de selección de los encuestados —lo cual la llevaría a constituirse exclusivamente en una herramienta de consolidación y canonización de un conjunto predeterminado de poetas— sino más bien lo contrario, es decir, una indagación acerca de cómo se constituye el llamado el “espacio de los posibles” dentro de nuestro campo literario, esto es, aquello que Bourdieu llama “lagunas estructurales”:
Para que las osadías de la búsqueda innovadora o revolucionaria tengan posibilidades de ser concebidas, tienen que existir en estado potencial en el seno del sistema de posibilidades ya realizadas, en forma de lagunas estructurales que parecen estar esperando y pidiendo ser colmadas, en forma de direcciones potenciales de desarrollo, en forma de vías posibles de búsqueda (1995: 349, énfasis del autor).
Estas “direcciones potenciales de desarrollo” estarían en cierto modo inscritas en las respuestas de un número significativo de los opinantes de esta muestra, pues, como se ha visto anteriormente, todo campo literario se caracteriza, sobre todo, por un “grado de codificación muy débil”, y es de presumir que estas direcciones estén presentes —en particular, pero, como es obvio, no exclusivamente— entre los “recién llegados” al campo:
Bien es verdad que la iniciativa del cambio pertenece casi por definición a los recién llegados, es decir a los más jóvenes, que también son los que más carecen de capital específico, y que, en un universo donde existir es diferir, es decir ocupar una posición distinta y distintiva, solo existen, sin tener necesidad de pretenderlo, en tanto en cuanto consiguen afirmar su identidad, es decir su diferencia […] (Bourdieu 1995: 355).
Creemos, por lo tanto, que uno de los aspectos más relevantes de esta antología ha de radicar en el hecho de contribuir a convocar un espacio de encuentro en el que un conjunto significativo de fuerzas —a través de las relaciones objetivas que establecen sí las posiciones y tomas de posiciones representadas en el voto emitido por cada consultado— genera identidades y diferencias que dan cuenta de las dinámicas de inclusión y exclusión del campo en su totalidad y que involucra la (re)definición de categorías tales como lo “literario” —o, más exactamente, “lo poético”—, así como las de “escritorpoeta”, “lenguaje poético”, entre otras, dinámicas por las cuales nuestra poesía ha atravesado en años recientes y, como es de suponer, continuará atravesando.
2. La antología consultada y el campo literario
Fue a partir de las consideraciones anteriores que diseñamos la consulta que nos llevó a la elaboración de la presente antología. Como quedó señalado, la propuesta era indagar acerca de la opinión de un número significativo de miembros calificados de nuestro campo literario —incluidos algunos extranjeros conocedores del proceso de nuestra poesía reciente— sobre quiénes eran para ellos los autores, entre los que comenzaron a publicar poemarios después de 1968 y nacieron hasta 1978, cuyo trabajo poético reconocían entre lo más destacable o representativo.
Esta delimitación inicial nos enfrenta a un universo vasto y múltiple cuya valoración supone inclusiones y exclusiones necesariamente discutibles. Como se verá en el siguiente apartado, varias de las antologías que han cubierto el mismo ámbito y periodo que el propuesto por nuestro trabajo —o que lo incluyen o corresponden a una parte de él— han pretendido ofrecer una mirada ajustada únicamente a la calidad poética, como si aquello que se suele calificarse como lo “exclusivamente literario” pudiera desprenderse de otros criterios que inevitablemente se ponen en juego en toda evaluación. Entre dichas antologías, sin embargo, es posible reconocer algunas que han dejado claros sus presupuestos o coordenadas de lectura,9 mientras que otras han dado, al menos, algunos indicios respecto a la posición desde donde se establecieron las decisiones que dieron lugar al corpus presentado.10 Otras, finalmente, han declarado el sesgo que las llevó a privilegiar ciertas producciones por encima de otras.11
A diferencia de todas las antologías existentes de poesía peruana, la nuestra se propuso desde un inicio no representar la mirada particular (preferencias y valoraciones) de un antologador o un reducido grupo de estos, sino de ser “consultada”, es decir, registrar una suerte de consenso dentro de la dinámica de tensión y lucha del campo literario. Esto, si bien no elimina los sesgos operantes en la opinión de cada consultado, sí permite limitar los efectos de la primacía de un modo de leer sobre otros. No obstante —como se puede intuir—, los resultados arrojados por esta consulta, aun cuando puedan ayudar a delinear aquello que podría identificarse entre “lo más representativo” del periodo mencionado, no pueden ni deben, en ningún caso, llevarnos a suponer que equivalen a una valoración definitiva. En tal sentido, creemos que una de las mayores ventajas del método adoptado en esta selección consiste en demostrar precisamente el carácter provisorio y proteico, por definición, de toda selección: a pesar de que puede resultar paradójico formular un juicio de tales alcances en una “antología consultada”, es necesario recordar que toda antología se define precisamente por su carácter antinómico, esto es, por la naturaleza cambiante de aquellas elecciones que realizan el o los antologadores. La posición estratégica de quien selecciona resulta entonces ser el producto de una operación contradictoria que habla más bien acerca de su propia imposibilidad de dar un juicio permanente y perdurable acerca de aquello que conoce, pues quien elige no hace más que afirmar el carácter provisional de su propia configuración como sujeto, construcción que a su vez se enmarca dentro de un determinado periodo histórico.
Nuestra consulta, sosteniéndose como está en una lista referencial de autores peruanos que han publicado poemarios en un lapso determinado, considera específicamente —a partir de un recorte inicial en el concepto de “poesía peruana”— la producción poética desde el soporte fundamental de la escritura, dejando de lado la poesía oral en castellano o lenguas indígenas, o las más recientes búsquedas en las posibilidades de la poesía registrada en soporte audiovisual, electrónico o sonoro. Haber incluido estos caminos hubiera supuesto un trabajo y unos objetivos claramente diferentes de los que propusimos, y necesariamente supondría otros marcos teóricos y referenciales más allá de los utilizados, además de otros sujetos participantes de la consulta y la consideración de otros sistemas de difusión de los productos. Incluso, a partir de todo ello, implicaría un cuestionamiento radical sobre las fronteras de lo que acostumbramos llamar género poético. Si bien sería interesante, como lo han intentado algunos proyectos,12 una exploración como la mencionada, que incluya dentro del corpus de la poesía peruana toda su amplitud y complejidad cultural y discursiva, e indagar en las fracturas producidas en la relación entre los diversos sistemas literarios —como los llamó Antonio Cornejo Polar— que coexisten en nuestro país, sus comunicaciones e incomunicaciones, era evidente, desde el diseño de nuestro proyecto, que no apuntábamos en esa ambiciosa dirección.
Lo que buscábamos, entonces, era obtener un consenso que pudiera representar una aplicación posible —en el terreno de la poesía peruana de las últimas décadas y dentro del “sistema literario culto” (Cornejo Polar 1989)— del metatexto vigente. Una aplicación posible, insistimos, y no la única, pues pensar en una sola es obviar la dinámica de tensiones y fricciones de todo campo literario referida en las páginas anteriores. Además, en tanto esta aplicación es el resultado de una consulta realizada a partir de una selección particular de opinantes (establecida por nosotros, lo que supone inevitablemente también decisiones de carácter subjetivo y marcadas ideológicamente) que bien podría haber sido diferente, con la consecuente variación, mayor o menor, de resultados.
Para lograr lo señalado, se contó con la opinión de un conjunto de ciento veinticinco miembros del campo literario peruano (incluidos algunos extranjeros, como lo explicamos) conocedores de nuestra poesía escrita de las últimas décadas. Tratamos en lo posible de acoger dentro de lo uniforme —esto es, el interés que suscita entre los encuestados la producción poética del periodo señalado— la heterogeneidad que atañe, principalmente, a las diferentes posiciones que ocupan estos sujetos dentro del campo. Se puede reconocer, así, entre nuestros opinantes la presencia tanto de investigadores académicos como de críticos literarios, periodistas y promotores culturales, así como creadores de diverso origen cuyas preferencias estéticas, perspectivas ideológicas, pertenencias grupales y procedencias geográficas varían significativamente.
De los ciento veinticinco opinantes, ciento catorce son peruanos y once extranjeros. Entre los primeros, ochenta y ocho son poetas, la mayoría de ellos integrantes del periodo establecido por la consulta. De estos, entre setenta y cinco y ochenta, además de poetas, son o han sido investigadores académicos, periodistas culturales, promotores o gestores culturales, editores de revistas o directores de editoriales. Obviamente no todos realizan en la actualidad dichas tareas, pero las han realizado y por periodos extensos en muchos casos, lo que los ubica como agentes dinámicos del proceso y nos permite suponer en ellos un conocimiento sistemático de la poesía del periodo o de parte de ella, incluso más allá, si cabe, de la que demanda por sí sola la actividad creativa. Algo semejante se puede decir de los veintiséis consultados peruanos que no escriben poesía, sino narrativa o exclusivamente crítica o estudios literarios, además de que varios de ellos fueron, incluso, compañeros de ruta de poetas o de grupos poéticos en diversos momentos durante las últimas décadas. Queda claro, con lo anotado, que la consulta no pretendía convocar exclusivamente a los especialistas académicos en poesía peruana contemporánea (que, además, pudieran demostrar tal condición con diversos ensayos o estudios publicados), sino a quienes, por su participación activa en el proceso, desde diversas posiciones, forman parte del conglomerado que implícitamente determinó o determina las valoraciones en la poesía peruana reciente. Por su parte, entre los doce extranjeros consultados, siete han elaborado antologías de poesía peruana o hispanoamericana contemporánea; los cuatro restantes, estudiosos de la literatura, han publicado trabajos diversos sobre poesía peruana como parte destacada de sus intereses académicos.
De lo anterior se desprende que no pretendíamos que todos nuestros consultados tuvieran un conocimiento relativamente exhaustivo e integral del proceso poético peruano de los últimos cuarenta años y que —aunque respetamos las opiniones de quienes se excusaron de responder la consulta aduciendo desconocimiento de una parte significativa del corpus propuesto (porque, en esa medida, pensaban que su respuesta partiría necesariamente de un universo recortado que dejaría de lado involuntariamente voces probablemente valiosas y, quién sabe, más valiosas que otras sí consideradas)—, a nuestro juicio, un conocimiento profundo aunque parcial de este era no solo suficiente para responder cabalmente la consulta, sino la condición de la mayor parte de nuestros opinantes. Por ello nuestro interés en abarcar un número significativo de actores del proceso, cuyas opiniones, al complementarse y contraponerse, permitieran que los resultados reflejaran cierta diversidad de pareceres existente sobre aquella poesía que, como señala Bourdieu, está “socialmente instituida como obra de arte por unos espectadores dotados de la disposición y de la competencia estéticas necesarias para conocerla y reconocerla como tal” (Bourdieu 1995: 339).
Cabe señalar que esa misma información profunda aunque parcial ha sido el punto de partida de diversas antologías de poesía peruana contemporánea, en las que los antologadores han buscado apoyarse en consultas informales hechas a unas pocas personas con el objetivo de acceder a un corpus mayor. Pensamos que una consulta como la nuestra puede ofrecer —como creemos que efectivamente lo ha hecho— un resultado que reduzca limitaciones de este tipo y que conlleve un mayor margen de inclusión y consideración dada la multiplicación de las perspectivas y pautas de los encuestados, todo lo cual redundaría en la posibilidad de ofrecer un panorama más completo del estado actual de la opinión de nuestro campo literario sobre lo más relevante de la producción poética contemporánea. Aun así, tal como se verá más adelante, se ha podido constatar la presencia de otros factores condicionantes que contribuyen a explicar mejor el desconocimiento aludido por algunos de los convocados y que trascienden su interés particular o la imposibilidad individual de conocerlo todo.
Con relación al número de poetas incluidos entre los consultados y, sobre todo, poetas participantes del mismo proceso en evaluación, alguien podría hacer un reparo afirmando que eso supone un sesgo peligroso por el hecho de que muchas de las opiniones brindadas por ellos corresponden a algo que directamente les compete, lo cual a su vez podría traslucir ciertos intereses personales o de grupo. Creemos, sin embargo, que existen dos razones fundamentales para desvirtuar esta objeción. La primera reside en el hecho de que difícilmente podría haberse logrado una consulta seria y exhaustiva si se hubiera dejado de lado a quienes están directamente involucrados con el quehacer poético. Como bien se sabe, desde el surgimiento de aquello que solemos llamar “modernidad poética”, a mediados del siglo XIX, y su configuración en las múltiples manifestaciones de la poesía contemporánea, han sido muchas veces los propios poetas quienes se han dedicado más esforzada y lúcidamente a la reflexión acerca del fenómeno poético, no solo a través de un sinnúmero de poéticas y manifiestos, sino también directamente del ensayo, la crítica y los estudios literarios. Esto, como se conoce, es lo que ocurre —y no solo en nuestro país— con la reflexión acerca de la poesía contemporánea (y en especial la más reciente), por lo general desatendida por la crítica académica ejercida por autores dedicados exclusivamente a la investigación. Bastaría un registro de los libros más recientemente publicados sobre poesía peruana para darse cuenta de ello. El trabajo de los poetas sobre la poesía, en ese sentido, ha resultado fundamental no solo para entender el alcance y valor de sus respectivas obras, sino la de aquellos que han compartido o, incluso, enfrentado sus posiciones o tomas de posición (Bourdieu). Pensamos, por tanto, que el deslinde entre “creadores” y “críticos” en este caso no parece redundar en una aproximación más objetiva al problema que nos ocupa, sino que, creemos, obedece más bien a una visión bastante estereotipada acerca de cómo se produce el proceso de la comunicación literaria. Si asumimos que hoy en día la tarea del lector de un texto literario, sea un crítico o investigador o no, implica la necesidad de producir un conjunto de lectura(s) que contribuyan a darle vida al texto dentro de una sociedad o periodo determinados, resulta claro que no existe lector que no se haga responsable de la representatividad de un texto: todo texto reclama un lector y todo lector ha de ser considerado copartícipe del texto que enfrenta en la medida en que este no existe sino a través del acto de la lectura.
En segundo lugar, con relación a la presencia de cierto tipo de intereses que obliguen a desvirtuar la respuesta de un creador en una encuesta de este tipo, tampoco creemos que exista una lectura desinteresada. De hecho, la posición que ocupa el crítico, ya sea como reseñista de un medio de comunicación o como académico universitario interesado en nuestro proceso poético, necesariamente se vincula con ciertos intereses personales o de grupo o ciertos presupuestos ideológicos de lectura que de algún modo determinan sus juicios estéticos. No debemos olvidar que en ambos casos se trata de instituciones desde las cuales el crítico/estudioso ejerce una influencia muy importante en el reconocimiento de una determinada obra o autor: no existen, en tal sentido, críticos “puros”, “imparciales” u “objetivos” que ejerzan desinteresadamente la función de consagrar a tales autores u obras. Existen, más bien, críticos cuyas lecturas obedecen a criterios establecidos de antemano a través de ciertas valoraciones de lo que ideológicamente consideran “literario” o no. En esta medida resulta evidente, una vez más, que los textos literarios existen siempre en función de aquellas subjetividades que establecen contacto con ellos y, en tal caso, la tarea más productiva para el crítico ha de consistir en determinar cómo se han configurado esas subjetividades y a qué condiciones sociales o históricas responden.




