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Finalmente, hay una lista larga de escritores, de heterogéneas edades, en proceso de construcción o afirmación de una obra propia, que han aprovechado al máximo los nuevos soportes tecnológicos en comunicación para difundir sus obras y tender redes globales. Varios de ellos apuntan a consolidarse durante los años venideros.
Entre ellos, es pertinente mencionar a Alfredo Dammert, Carlos de la Torre Paredes, Luis Bolaños, Alberto Casado, Luis Arbaiza, Luis T. Moy, Carlos Vera Scamarone, César Anglas, Carlos Saldívar, Hans Rothgiesser, Jorge Casilla, Carlos Scotto, Raúl Quiroz, Francisco Bardales, Alberto Benza, Miguel A. Vallejo, Aland Bisso, Jorge Ureta, Benjamín Román Abram, Antoanette Alza Barco, Jeremy Torres-Montero, Luis Zuñiga, Horacio Vargas, Juan José Cavero, Enrique Kawamura, Jesús Salcedo, Carlos Bancayán, Aurora Seldon, Víctor Coral, Amador Caballero, Fernando Luque, Sandro Bossio, Augusto Murillo, Francisco Bardales, Giulio Guzmán, Jim Rodríguez, Alejandro Neyra, Carlos Echevarría, Andrea Rivera, Manuel Antonio Cuba, Iván Bolaños, José Dellepiane, Antony Llanos Sánchez, Doménico Chiappe, Bianca Miosi, Sebastián Esponda, Giuseppe Albatrino, Fred Guerra Velásquez, José Manuel Balta, Ethel Bazán Vidal, Antonio Castro Cruz, Arturo Delgado Galimberti, Miguel Franco Ulloa, Abram Jara Támara, Zózimo Roberto Morillo, Paul Muro Lozada, Pablo Nicoli Segura, Martín Palma Melena, Iván Paredes Córdova, Andrés Paredes, Jorge Revilla, Isaac Robles, Luis J. Torres, Pablo Salazar Calderón Galliani y Carlos Yushimito. Es evidente que la lista no se agota aquí y debe ser revisada constantemente.
El tiempo dirá quiénes se integran a un canon o bien persisten en la escritura dentro de estos parámetros, siempre sometidos a los vaivenes del cambio y las dinámicas propias de cada periodo.
Capítulo 3
Nota introductoria
Es un lugar común establecer justificaciones que sustenten los criterios de una antología. Una reunión de textos como la que sigue a esta nota estará, como siempre se ha dicho, circunscrita a una serie de factores. Y, además, sometida a las críticas de los especialistas y conocedores en relación con su particular configuración.
A diferencia de una muestra, como lo ha hecho saber el escritor y editor José Donayre Hoefken a propósito de Se vende marcianos (2015) —ejercicio que supone una visión amplia y no rigurosa de un determinado instante de producción narrativa de la CF peruana—, las antologías se desplazan en dirección contraria: se proponen construir, con objetivos más o menos canónicos, una selección lo más exigente y rigurosa posible en materia del corpus trabajado.
En este caso no hay novedades: nuestro propósito, luego de demostrar que efectivamente contamos con una tradición de larga data en el género, es destacar las contribuciones valiosas de autores que llegaron a los linderos de la ciencia ficción por una serie de afinidades electivas. Estas fueron consecuencia de la época en que escribieron (incluso, cuando ni siquiera se había acuñado el término, lo que ocurriría solo en la década de 1920), pasando por aquellos interesados en aprovechar algunos aspectos de esta práctica, hasta desembocar en autores contemporáneos que se asumen a sí mismos, en mayor o menor medida, como escritores a tiempo completo de estos terrenos, compartidos en más de un caso con el ejercicio de la narrativa fantástica propiamente dicha. Obviaremos la discusión sobre si la CF es parte o no de esta literatura. En el primer capítulo hemos intentado realizar los deslindes correspondientes.
Pretendemos brindar una visión panorámica de los textos más representativos de la CF peruana; sin embargo, también es necesario defender una postura estética y el aporte particular a la construcción de un sistema literario que por muchos años fue casi invisible, más allá de la escasa y hasta peyorativa atención que se le dispensaba en diversos ámbitos. En el panorama del segundo capítulo hemos seguido una línea evidentemente cronológica, que ha dictado finalmente la configuración de esta antología.
La separación en seis grandes periodos tampoco agota el asunto o anula la posibilidad de pensar en otras maneras de organizar los textos y autores. Sin embargo, la coincidencia con investigadores del nivel de Elton Honores o Daniel Salvo es un buen punto de sustentación, aunque existan naturales diferencias en cuanto a los autores propuestos. Por ejemplo, no se ha tomado en cuenta la novela del poeta y artista plástico Jorge Eduardo Eielson, Primera muerte de María, porque consideramos que su propósito —cuando utiliza ciertos tópicos del género— es distinto al que plantean autores decididos a escribir clara y explícitamente desde las convenciones o códigos argumentados por Darko Suvin acerca del novum o extrañamiento cognoscitivo. Estos, de acuerdo con lo expuesto en el primer capítulo, son condiciones sine qua non para considerar una obra dentro de la denominada ficción científica o no.
Hemos procurado adecuarnos a los instrumentos de Suvin, puesto que, por ahora, su obra Metamorfosis de la ciencia ficción sigue constituyendo el más importante estudio teórico a la fecha. En consecuencia, nuestra elección también se ha visto determinada por la necesidad de adecuar el conjunto a ciertas herramientas indispensables en la búsqueda de una identidad para los textos canónicos del género en el Perú.
Examinando la lista de creadores incorporados y por todo lo expuesto anteriormente, es sencillo concluir que, desde el siglo XIX hasta la década de 1970, la ciencia ficción de raigambre nacional cuenta con una reducida lista de representantes. Al mismo tiempo, la escasez de nombres revela la colocación periférica de este particular dominio narrativo, cuyo germen habita en el mundo industrial europeo, la consolidación del capitalismo y el ascenso de la racionalidad como paradigma, desde el siglo XVIII.
Entre 1843, año de la aparición de Lima de aquí a cien años, y mediados del siglo XX, la CF peruana atraviesa por su gran periodo formativo o, como sugiere Roman Gubern al explicar la evolución del género, “ingenuo”, sin que ese vocablo implique una calificación despectiva. En otras palabras, hasta Eugenio Alarco (y esto se puede ampliar a José M. Estremadoyro), quien publica sus novelas a fines de la década de 1960 —el segundo no figura en la antología, pues fue infructuoso obtener la cesión de derechos—, la primera ciencia ficción cultivada en el país se caracterizaría por su carácter naif, sin preocupación por la llamada verosimilitud objetiva de los presupuestos narrados. Es imaginativa y a veces tenuemente crítica (los casos disímiles de Palma, Valdelomar o Velarde son muy gráficos), y ostenta ribetes particulares, como el humor negro o la ironía, que otros escritores recorrerán más tarde.
No le interesa la comprobación fehaciente de las leyes científicas en las situaciones, aunque parta del discurso u objetos propios de esa forma de conocimiento de la realidad como elemento impulsor. Se trata de coincidencias o apropiaciones de gran parte de la producción de Verne y Wells, cuyas obras gozarán de gran difusión desde fines del siglo XIX, a través de su inclusión en colecciones destinadas a un circuito masivo y en varios formatos.
La primera ciencia ficción escrita en el Perú, más que la proyección directa de esos autores sobre la narrativa del momento, está mediatizada por los intereses temáticos y estéticos del modernismo, sin que aún los mass media y sus referentes dejen una huella significativa. No obstante, hacia la década de 1920, con el asentamiento de la vanguardia y de su apertura a otras plataformas —el cine, por ejemplo, o la radio—, este periodo formativo, quizás influido por la presencia de la cultura de masas y sus productos representativos —de raigambre norteamericana—, parece tornarse un tanto más complejo que sus precedentes, sin perder ese carácter intuitivo, débil o blando. Así sería denominada la CF que se interesa no tanto en los detalles técnicos comprobables al milímetro, sino en las atmósferas o en los efectos que las innovaciones o los experimentos provocan en los contextos sociales.
En efecto, en las obras de Vallejo y Bedoya se desliza una tímida orientación hacia la problemática contemporánea: la posibilidad de que el ser humano involucione, la lucha contra la medicina entrevista como negocio perverso o las consecuencias nefastas de la creación de la vida en laboratorio. Resulta evidente que se han operado transformaciones en la búsqueda de contenidos y, sobre todo, en la mirada de los escritores que deciden elaborar estas historias no como proyectos exclusivos dentro de su escritura, sino como una de tantas manifestaciones expresivas. Es un aspecto también presente en la obra humorística de Héctor Velarde. La ciencia y sus aristas absurdas ingresan al cúmulo de sus inquietudes. Es un observador agudo de una realidad —la limeña— en un momento específico: la década del odriismo, marcado por la dictadura militar y el ingreso del Perú e Hispanoamérica a una modernidad contradictoria, compleja, irresuelta, todavía anclada con firmeza en las jerarquías estamentales, en los complejos de casta y en una severa brecha socioeconómica y cultural.
Hacia 1968, el género parece encontrarse anquilosado, diluido entre obras dispersas o curiosas, o la escasísima atención de críticos interesados en una producción de carácter local que se asume o bien excéntrica, o bien inexistente. El retorno de Aladino, un clásico moderno de José B. Adolph publicado aquel año, marcará el inicio del momento, siguiendo otra vez a Gubern, “adulto y problemático” de la ciencia ficción peruana. Los cuentos que lo integran, que destilan una perspectiva sombría no exenta de sarcasmo, humor negro y tragicomedia, constituirán un cambio de paradigma en todos los órdenes: cosmovisión, desarrollo de los temas y sentido de pertenencia a una tradición.
Adolph será el primer escritor en el Perú que no llega al género por mero divertimento o exploración estética, sino que desplegará una autoconciencia y una voluntad deliberada de inscribirse en una específica forma de practicar un uso literario. Actuaría, en consecuencia, como una bisagra o puente.
Muy cerca de Adolph en esta manera emergente de encarar la especificidad de esta narrativa desde sus propias codificaciones está Rivera Saavedra. Este autor, en Cuentos sociales de ciencia ficción (1977), elige el formato breve y utiliza el sustrato del pensamiento marxista en la edificación de un mundo plagado de tecnología, que se usa para la explotación salvaje de seres humanos por parte de quienes llevan las riendas y el control político de la sociedad. Su contribución, pese a que no volvió a cultivar el género, es tan esencial como la de Adolph. Con ambos, la CF peruana cuenta con dos figuras que se identifican plenamente con esta literatura y concentran en ella sus quehaceres. Otros autores, más identificados con lo fantástico en términos clásicos y parte del canon reconocido por la institución literaria, también postularán una CF más personal, con apropiaciones de ciertos motivos propios de la cultura massmediática, difundida ampliamente por la televisión y el cine desde la década anterior. Entre ellos, es indudable la mención a Harry Belevan. Estos abrirán el camino para la gran explosión, suscitada desde 1980 hasta nuestros días.
Lo ocurrido desde el retorno a la democracia aún espera sondeos profundos. Desde ese año, en sincronía con los acontecimientos políticos que golpearon al país —la violencia subversiva en contra del Estado peruano—, la ciencia ficción experimentó un crecimiento significativo. Esto llevó al género a un cambio en su posición dentro del sistema cultural y literario. Las razones ya han sido expuestas en la sección precedente. Pero, no está de más enfatizar en algunos hechos importantes: primero, que escritores pertenecientes a otras generaciones comenzaron a desarrollar un interés por la CF en tanto es núcleo central de su producción; por ejemplo, Adriana Alarco de Zadra.
En segundo lugar, son los escritores nacidos a fines de la década de 1950 y durante la década de 1960 quienes fortalecen la existencia de una línea, gracias a su lectura y conocimiento de la tradición y el diálogo con los productos de consumo masivo, con los cuales crecieron.
En tercer término, es destacable la importancia de la globalización, en la que se da el crecimiento exponencial de nuevas tecnologías comunicativas; no solamente en el campo de nuevos temas, sino en el protagonismo de las plataformas virtuales de reciente data. Esto hará factible que muchos autores jóvenes, sobre todo los nacidos desde la década de 1970, dada su condición de nativos digitales, ya no encuentren obstáculos para difundir su producción fuera del libro clásico.
En cuarto lugar —quizás el fenómeno más relevante—, la emergencia de una escritura femenina de CF, paralela a la de las autoras reconocidas dentro de las poéticas fantásticas, como Carlota Carvallo, Pilar Dughi, Viviana Mellet o Yeniva Fernández. Son los casos de Alarco de Zadra, Tynjälaä, Pulliti y P. Demarini, quienes integran la punta de lanza de un movimiento que en la actualidad se asocia casi mayoritariamente a los circuitos de los blogs, las páginas web o redes sociales. Ellas, con una obra que ya excedió esos límites, confirman que en el Perú ya se está produciendo otro cambio de gran significación: la CF no es patrimonio exclusivo de los varones, y las escritoras, con su sensibilidad, inteligencia y mirada crítica, tienen mucho que aportar al canon en los próximos años. Esto ya ocurre en Argentina, Cuba, Chile o México, por citar casos del mundo hispanoamericano. En esas sociedades, las prácticas en torno de la CF no se comprenderían sin la participación de sus autoras de renombre y de las jóvenes que dan sus primeros pasos, con originalidad y sentido del riesgo, en estos predios.
Igualmente, debe destacarse la existencia de autores nacidos en provincias, como Bisso, Salvo, Novoa y Herrera. Es cierto que se hallan afincados en el circuito capitalino, centralista y absurdamente aislado del dinámico interior del país; no obstante, y por lo menos como hecho simbólico, demuestra en pequeña escala que en diversas ciudades del Perú existen creadores que una nueva antología estará obligada a difundir, con los mismos criterios aplicados a la producción comentada. Será un intento justo por desentrañar la madeja de una ciencia ficción regional que está aguardando su momento, muchas veces mejor conectada que su par limeña con las redes internacionales, congresos y revistas especializadas.
Ciencia ficción peruana: ¿blanda o dura?
El diálogo de la ciencia ficción peruana con la tradición universal ha sido fructífero y no puede aislarse de las grandes problematizaciones surgidas desde la década de 1960, cuando el género comenzó a interesar a la esfera académica desde la semiótica, los estudios culturales e, incluso, las escuelas de impronta psicoanalítica y marxista. Ya se ha descrito el proceso formativo y la consolidación del género. La pregunta que encabeza el apartado responde a conceptos teóricos atendidos por diversos especialistas. Aclaremos, una vez más, que no son términos peyorativos, sino categorías que permiten colocar a los textos en territorios que se definen por los intereses y el tratamiento de los escritores, a propósito de los temas. O bien, de tendencias a acentuar, con suma atención por los detalles, el sustento científico de las historias.
Verne, desde sus primeras novelas, es uno de los iniciadores de esta corriente basada en el conocimiento exhaustivo y en la información comprobable, de modo que ello garantizara la verosimilitud. Con el tiempo, a esta perspectiva se le llamó, con los matices, respectivos, “ciencia ficción dura” (Pringle, 1995). Su fuente principal era, es obvio, la rigurosa formación de los escritores en algún dominio o campo de la ciencia. Asimov, Hoyle y Clarke (entre otros) formarían posteriormente la columna vertebral de esta orientación, dados sus quehaceres especializados.
Por su parte, Bradbury, un autodidacto, se encuadró en otro tipo de escritura, no tan interesada en las certezas, sino en una suerte de tono especulativo y poético situado más cerca de la reflexión y de las contradicciones humanas. A esa línea se le denominó “ciencia ficción blanda” (Pringle, 1995). Lo mismo puede afirmarse de Vonnegut o Lem. Sin embargo, ello no es obstáculo para hablar también de campos intermedios entre ambas actitudes. Muchos autores de ciencia ficción dura desarrollan también miradas subjetivas e imaginativas en torno del impacto de la ciencia y la tecnología en las sociedades y, por su parte, los creadores afiliados a la CF blanda también poseen un conocimiento amplio de la ciencia, sin el cual los textos no podrían adscribirse de ningún modo al género.
En el Perú, la balanza parece inclinarse hacia esta última por varias de las razones expuestas en el panorama del segundo capítulo. En una sociedad todavía premoderna, débilmente institucionalizada y poco democrática, paupérrima desde el punto de vista industrial y del desarrollo humano, proclive a las posiciones conservadoras o autoritarias, homofóbica, machista —que solo a cuentagotas ha ingresado al manejo de ciertas claves de la modernidad (y de la posmodernidad apenas como un saber y una visión fragmentaria y dispersa)—, la CF no podía desarrollarse igual que en otras latitudes.
En un contexto de contornos incluso semifeudales en cuanto a la tenencia y uso de los medios de producción, con escasa atención por las ciencias formales en los dominios escolares y universitarios, la mayor parte de autores optó por el autodidactismo y el apoyo en lo imaginativo, más que en el conocimiento pormenorizado de las leyes de la física, de la robótica o de la biología. No obstante, al producir sus obras en un contexto signado por desajustes estructurales muy visibles y escandalosos, esa misma realidad precaria también nutrió una heterogeneidad crítica y una visión irónica en un número significativo de autores.
Muchos de los proyectos particulares se sostienen sobre las bases de un universo peruano absurdo, ilógico, que va a contracorriente de aquello que Popper llamó “sociedad abierta”. La modernidad no se ha completado en el país, solo se han adaptado algunos de sus síntomas más cosméticos; ello no garantiza la conquista de una República superior o que se hayan alcanzado los ideales de bienestar y libertad para todos los ciudadanos, sin importar diferencias culturales o sociales. De ahí que al escritor peruano de CF le atañan mucho más los efectos de la tecnología y del pensamiento científico en las colectividades que la exposición pormenorizada de los diversos contenidos u objetos del conocimiento científico.
Autores como Arbaiza, Vera Scamarone y Anglas representarían esa línea dura en ciertos aspectos —dada su formación académica—; aun así, hay un elemento idiosincrático y local en cada uno que impide colocarlos en el mismo territorio de sus pares norteamericanos, ingleses, japoneses o rusos, puesto que en aquellas comunidades la ciencia sí logró transformar la vida de las personas, para bien o para mal. Ello porque en todos los casos devino eje de los proyectos de edificación de identidades nacionales y de institucionalidad, así como del progreso material (no necesariamente mental, pues se trata de sociedades posindustriales que han derivado en el hedonismo y la soledad autodestructiva del sujeto).
En el Perú, la impresión predominante es la de una tradición a la que le ha costado mucho, primero, la visibilidad y, con posterioridad, tomarse en serio a sí misma. Parece que un grueso de autores recaló en el género de un modo “ancilar”, citando al mexicano Alfonso Reyes en El deslinde. Prolegómenos a la teoría literaria, o resignados a la condición periférica. En otras palabras, arribaron a ella no porque sintieran una inmediata afinidad o tuvieran un interés envolvente en este género, sino que la consideraron un medio o instrumento para expresar en realidad otros propósitos, como el de la más o menos velada crítica a las carencias mencionadas.
Y esta sería, al fin y al cabo, una de las marcas características que, con el transcurso del tiempo, cristalizó en las ideas de los contemporáneos: que los anhelos utópicos de la modernidad, desde sus inicios en el siglo XVI, están condenados a la imperfección y a lo fallido. Prevalece, por lo tanto, una visión fatalista y escéptica acerca de que los grandes paradigmas de la revolución científica, desde Kepler y Galileo, sean instrumentos eficaces para alcanzar un nuevo nivel de conciencia con respecto a las relaciones entre los humanos y su posición en el mundo.
Tematología
Para terminar, ¿cuáles son los temas preferidos por los escritores peruanos de ciencia ficción desde el siglo XIX hasta nuestros días? Hemos decidido cerrar esta investigación con una tentativa clasificatoria que no agota, por supuesto, otras perspectivas. Se ha elaborado en exclusiva con los materiales seleccionados.
Lo interesante es descubrir en el inventario tendencias, adscripciones, disensos o ensayos de otras rutas creativas por las que nuestros autores se desplazarán en años próximos. Consta de siete grandes zonas. Algunos se instalan en dos o más dominios simultáneos: el futuro utópico o distópico; la inteligencia artificial; la existencia de vida alienígena; experimentos genéticos; viajes espaciales; anomalías o singularidades en el continuum; por último, el cuestionamiento del discurso de la ciencia y de la tecnología como certezas irrebatibles.
a. El futuro o anticipación (utópico / distópico): Del Portillo, Palma, Alarco, Tynjälaä, Salvo, Stagnaro, Arbaiza, Novoa, Polliti, Saldívar, Donayre, Anglas, Vera Scamarone, Valenzuela.
b. Inteligencia artificial: Bedoya, Rivera Saavedra, Adolph, Saldívar.
c. Vida alienígena y colonización del espacio: Alarco, Alarco de Zadra, Freire, Anglas, Novoa, Bisso, Stagnaro, Prochazka.
d. Experimentos genéticos: Bedoya, Vera Scamarone, Demarini.
e. Anomalías o singularidades en el continuum: Vallejo, Herrera, Salvo.
f. Viajes espaciales: Stagnaro, Anglas, De La Torre Paredes.
g. El cuestionamiento del discurso de la ciencia y de la tecnología como certezas irrebatibles: Valdelomar, Velarde, Belevan, Adolph, Prochazka, Iparraguirre, Valenzuela.
¿La predilección por el futuro que una breve revisión del listado señala debería ser explicada por la simple asimilación, por parte de los sistemas subalternos o periferias, de los principales temas de la CF desarrollados en las metrópolis culturales hegemónicas? No es tan simple la respuesta. En las sociedades que incorporaron tan precariamente los emblemas de la modernidad capitalista, la imagen del futuro siempre fue la panacea de los políticos demagogos y expoliadores desde la fundación de la República. En colectividades signadas por la desigualdad, desarticulación y la escasísima movilidad social, el porvenir es asumido con un filtro escéptico y fatalista respecto de sus promesas.
En cuanto a la vida alienígena, la preocupación por la otredad o por el otro ajeno o desconocido también es bastante clara en el rol tematológico. La producción de CF peruana, a propósito de este tema, revelaría esa disgregación cultural entre sujetos heterogéneos que no son capaces de entender al próximo, entrevisto como diferente e indigno de confianza, o de construir proyectos nacionales a gran escala que acepten esa unidad dentro de la diversidad. Los cuentos que plantean una coexistencia entre seres de diversas especies, unidos por ciertos objetivos comunes, pueden leerse a la luz de un anhelo ciertamente utópico de que aquello estigmatizado por las diferencias de cultura o clase se transforme en una aceptación de principios inalienables dentro de un sistema democrático: la igualdad ante la ley y el derecho de todos los ciudadanos a ejercer su libertad sin discriminaciones o exclusiones que en el Perú son cotidianas y sublevantes. No nos extendemos hacia los demás apartados de la lista, no porque sean de menor interés o importancia, sino porque exigen sus propias instancias de aproximación. Sin embargo, estamos seguros de que también habrán de reflejar que una ciencia ficción de impronta local se aproxima a ellos con la misma capacidad inquisitoria en torno de una realidad tan caótica como indigna para un gran segmento de esta colectividad, que apenas entrevé un rumbo.




