- -
- 100%
- +
Comencé a saber de Karl Barth en mis primeros años de estudio de la teología. Fueron dos los profesores que de alguna manera incipiente me sembraron la inquietud de conocer la obra de Barth: uno, el doctor Miguel Ángel Zandrino, bioquímico y antropólogo físico, y otro, el doctor Samuel Escobar, educador y teólogo peruano. En muchas de sus clases mencionaban frecuentemente a Karl Barth y no dudaban en considerarlo uno de los más importantes teólogos protestantes del siglo XX. Zandrino consideraba a Barth como el más grande teólogo del siglo. Recuerdo que varias veces señaló que Barth consideraba a la Biblia como “la palabra humillada de Dios”. En cuanto a Samuel Escobar, su conocimiento de la teología protestante de ese siglo se ponía de manifiesto en sus exposiciones en las que destacaba a Karl Barth y a los hermanos Reinhold y Richard Niebuhr. De este último citaba muchas veces su notable obra The Kingdom of God in America que analizo en el libro Reino, política y misión (Ediciones Puma, Lima, 2011). Pero en aquella primera etapa de estudios teológicos las referencias a Barth no pasaban de ser simplemente eso: referencias. No hubo estudios y ni siquiera lectura de sus textos. Posteriormente, en el Seminario Teológico Centroamericano, estudié formalmente la obra de Barth, casi exclusivamente en las clases del Dr. Emilio Antonio Núñez, con quien tenía el privilegio de platicar fuera de las aulas sobre los teólogos europeos, americanos y, sobre todo, latinoamericanos. Habiendo culminado mi carrera de bachillerato en teología en el Seminario Evangélico Presbiteriano de Guatemala y de profesorado en el Seteca, regresé a la Argentina. Tuve el privilegio de continuar estudios en el Seminario Internacional Teológico Bautista de Buenos Aires, y allí se produjo un kairós en mi estudio de la teología contemporánea, ya que los cursos del doctor Guillermo Stancil me permitieron profundizar en teólogos como Paul Tillich, Emil Brunner y, sobre todo, Karl Barth.
En los años 1990 alcancé cierta decantación de mis estudios barthianos al profundizar la lectura de la Church Dogmatics, Bosquejo de dogmática, La oración, Introducción a la teología evangélica, La predicación del Evangelio y The Epistle to the Romans que, a la sazón, todavía no estaba traducida ni al castellano ni al portugués. En esa década, cuando ejercí el rectorado del Instituto Teológico Bahía Blanca de la Unión Evangélica de la Argentina, invité al pastor David Baret, de la Iglesia Valdense de esa ciudad. Baret nació cerca de La Paz, norte de Entre Ríos, estudió en la antigua Facultad de Teología Metodista –posteriormente ISEDET e Instituto Universitario ISEDET– período en que fue influido por la teología de Barth. También realizó estudios en el Instituto Ecuménico Bossey de Suiza.3 El pastor Baret era un “barthiano de ley” que gentilmente accedió a mi invitación para dar una charla sobre Barth y las Tesis de Barmen en el Instituto de referencia. Fue un fértil y ameno diálogo que se extendió a otras oportunidades. Fue él quien comentó que, en la redacción de esas Tesis, Barth disfrutaba de un café brasileño mientras redactaba el texto.
He publicado varios artículos sobre la teología de Barth, entre otros: “La importancia del comentario de Karl Barth a la Carta a los Romanos”, “Carácter dialéctico de la justicia y praxis sociopolítica en Karl Barth” y “El círculo hermenéutico en las teologías de Juan Calvino y Karl Barth”, todos incluidos en el libro Reino, política y misión.4 Más recientemente, publiqué el ensayo “El comentario de Karl Barth a la Carta a los Romanos como un modelo preliminar de hermenéutica de texto”.5 He dictado el curso de teología contemporánea en el Instituto Bíblico Bahía Blanca, el Instituto Bíblico Buenos Aires, el Seminario Internacional Teológico Bautista (una vez) y en el Instituto Teológico Fiet. Las clases sobre Karl Barth siempre suscitaron mucho interés de parte de los estudiantes y en todos los casos he sido enriquecido con sus discusiones y aportes.
Datos sobre el origen de los textos: el capítulo 1, titulado: “Karl Barth: de la crisis a la teología de la Palabra” ha sido escrito para la presente obra con la intención de ofrecer una semblanza del teólogo suizo, destacando sus orígenes en una familia reformada, su vocación para dedicarse a la teología, sus estudios en Alemania y los cambios que se produjeron en él a su regreso a Suiza. También expongo lo que Barth entendía por “teología”: una “ciencia extraña” pero a su vez, hermosa como ciencia humana. Finalmente reflexiono sobre los modos en que se ha denominado a la teología barthiana y su importancia como “teología de la Palabra”.
En el capítulo 2 nos preguntamos si a Karl Barth se lo puede considerar como un teólogo existencialista. La pregunta surge al tomar conocimiento de un diálogo que se suscitó entre Barth y Emilio Castro cuando éste estudiaba con Barth en Basilea. En un momento, el teólogo uruguayo comentó a Barth que cierto filósofo argentino había publicado un libro en el cual lo incluía a él como un pensador existencialista y que, en su presentación, el filósofo decía que Barth no había escrito nada acerca del destino de los animales. A lo cual Barth le respondió que seguramente no habrá leído toda su Dogmática, porque en ella hay referencias puntuales al destino de los animales. Mi investigación me condujo a buscar ese libro hasta dar con él. Se trata de la obra de Vicente Fatone: La existencia humana y sus filósofos6, en la cual el filósofo y místico argentino interpreta a Barth junto a pensadores de la talla de Heidegger, Jaspers, Berdiaev y Sartre, entre otros. Grande fue mi sorpresa cuando advertí que en el capítulo que Fatone consagra a Barth pone de manifiesto haber recorrido toda su obra, lo cual me condujo a elaborar ese capítulo donde planteo si es posible definir a Barth como un teólogo existencialista y, en todo caso, a qué tipo de existencialismo se lo podría asociar.
El capítulo 3, referido a la contradicción entre revelación y religión según Karl Barth, es el primer texto que escribí, en noviembre del año 1990 en Bahía Blanca, para un curso que dicté en el Instituto Bíblico de esa ciudad. Unos pocos años antes, mi hijo David, casi a hurtadillas, pasaba por la puerta del aula para escuchar la exposición. Con ligeras actualizaciones, el texto reproduce lo que elaboré para el curso de referencia.
El capítulo 4, “Iglesia, sociedad, Reino de Dios y política”, expone la importancia de la relación entre Iglesia y sociedad respecto del Reino de Dios y la política. Para su elaboración no solo fueron importantes los textos que ya conocía, y el texto base fue escrito para mis clases de teología contemporánea que desarrollé en el recordado Seminario Antonio de Godoy Sobrinho en Londrina, Brasil, durante los hermosos años 1999 a 2001 en que viví allí junto a mi esposa Emilia. Sin embargo, el contenido del capítulo ha sido enriquecido con una obra de más reciente publicación: Karl Barth in conversation7 que adquirí en Boston durante la Annual Meeting of Society of Biblical Literature, a la cual fui invitado para exponer las más recientes tendencias de la escatología en América Latina. En esa obra podemos ver a un Barth que responde apasionadamente a muchas preguntas que le formularon estudiantes y colegas en varios seminarios e instituciones teológicas de Europa y Estados Unidos sobre el papel político de la Iglesia en el mundo, la centralidad del Reino de Dios y el involucramiento cristiano en esa área decisiva de la vida humana. Creo que muchas de las definiciones de Barth en esos diálogos tienen una relevancia notable en el presente de los protestantes y evangélicos en América Latina hoy y su participación en la vida política concreta de nuestros pueblos.
Casi como una continuación del tema político, en el capítulo 5 analizo el posicionamiento decidido y crítico de Karl Barth frente al nazismo, y su participación en la elaboración de las Tesis de Barmen en las que la Iglesia confesante se pronuncia en contra de la hegemonía de Adolf Hitler y su política de exterminio de los judíos. El texto es una actualización –con el recurso de nuevas fuentes– de un tema que hemos abordado en otras ocasiones.8
El capítulo 6 está consagrado a hacer un recuento de la recepción de Barth en el ámbito latinoamericano, destacando su influencia en el movimiento Iglesia y Sociedad en América Latina (ISAL), luego en la Fraternidad Teológica Latinoamericana (FTL) y finalmente en la Teología de la Liberación. Pongo de manifiesto que fueron tres los latinoamericanos que estudiaron con Karl Barth: el metodista uruguayo Emilio Castro, el bautista Rolando Gutiérrez-Cortés de Nicaragua y con un amplio ministerio pastoral en México y, finalmente, Juan Stam –estadounidense que adoptó la nacionalidad costarricense–, destacado biblista a quien tuve el privilegio de hacerle una entrevista.
El capítulo 7 recrea un trabajo que, inicialmente, escribí para la cátedra de teología contemporánea que tomé con el doctor Guillermo Stancil en mayo de 1982 en el Seminario Internacional Teológico Bautista de Buenos Aires. El texto se ha modificado (mutatis mutandi) y se puede aplicar la ley de Lavoisier: “nada se pierde, todo se transforma”. En efecto, de un estilo académico ha devenido en el cuento que escribí en mayo de 2017, titulado “Karl Barth, Emil Brunner y Paul Tillich: café brasileño.” Pese a su carácter ficcional –acaso por influencia borgesiana– los contenidos medulares son estrictamente históricos, sobre todo en lo que se refiere a las cuestiones teológicas. Confieso, también, que para elaborar este diálogo “ficticio”, me inspiró la lectura del filósofo italiano Sergio Givone que inicia su Historia de la nada justamente con una introducción que subtitula entre paréntesis: “(en forma de diálogo entre el autor y un lector hipotético)”.9
La obra se cierra con la memorable entrevista que en mayo de 2017 realicé al colega y amigo, doctor Juan Stam, en San José de Costa Rica. La doctora Ruth Padilla tuvo a bien concertar esta entrevista histórica a quien, con gran emoción, denomino “el último discípulo” por ser testimonio vivo de Karl Barth como estudiante latinoamericano del gran teólogo reformado.
Los lectores advertirán que el contenido del libro responde a una diversidad de géneros literarios que van desde la exposición académica a la ficción en el capítulo 2 y la entrevista en el último capítulo. Parto de la afirmación de Todorov que afirma: “Un libro no pertenece ya a un género, cualquier libro depende solamente de la literatura”.10 En la presente obra, la elección de cada género estuvo en relación directa con el contenido de cada capítulo.
El presente libro se abre con un “umbral”, puerta de acceso a toda la obra. Se incluye allí una oración pronunciada por Barth antes de una predicación sobre Levítico 26.12. Lo he incluido porque creo firmemente que allí está, in nuce, toda la teología de Barth en una oración, ya que destaca a Dios como Padre nuestro y la gracia de Jesucristo, su amado Hijo. Además, esa oración está atravesada por la clásica dialéctica barthiana: hombres de buena y de mala conciencia, hombres satisfechos e insatisfechos, cristianos por convicción, a medias o directamente incrédulos, parientes, amigos y conocidos, de familias ordenadas, tensas o destrozadas. Pero todos, delante de Dios para oír su Palabra desde la cual, por la cual y para la cual existimos en el mundo.
Hago propicia esta presentación para dejar constancia de mi gratitud a LOGOI Inc. (1980-1993) –a la memoria de su fundador, el Rev. Les Thompson– y a la Presbyterian Church USA (1999-2001) –por gestiones del Rev. Eddie Soto–, instituciones que en Argentina y en Brasil, respectivamente, me hicieron sentir un profesional de la teología en todo el sentido del vocablo y me permitieron dedicarme de lleno a mi vocación.
Mi gratitud más profunda a Juan Stam, que gentilmente accedió a ser entrevistado en Costa Rica; a la profesora Mabel Cámara, que desgrabó esa entrevista; a Leopoldo Cervantes-Ortiz que ennoblece mi texto con su esmerado prólogo; a mis hijos Myrian, David y Gerardo, que representan el legado más importante que puedo dejar en este mundo y, como siempre, a mi amada Emi que me ha acompañado fiel y amorosamente en la larga trayectoria teológica que hemos vivido juntos en Argentina, Guatemala y Brasil.
Soli Deo gloria.
Alberto F. Roldán
Ramos Mejía, Cuaresma de 2019
1 Edmund Husserl, Meditaciones cartesianas, trad. José Gaós y Miguel García-Baró, Fondo de Cultura Económica, México, 1986.
2 Jean-Luc Marion, Cuestiones cartesianas, trad. Pablo E. Pavesi, Prometeo Libros-UCA, Buenos Aires, 2012.
3 Datos proporcionados por el pastor Álvaro Michelin Salomón en comunicación por email, 21 de marzo de 2019.
4 Alberto F. Roldán, Reino, política y misión. Sus relaciones en perspectiva latinoamericana, Ediciones Puma, Lima, 2011.
5 Alberto F. Roldán, Hermenéutica y signos de los tiempos, Ediciones Teología y Cultura, Buenos Aires, 2016, capítulo 7.
6 Vicente Fatone, La existencia humana y sus filósofos, Editorial Raigal, Buenos Aires, 1953. Recientemente, por influencia una vez más de mi amigo Leopoldo Cervantes-Ortiz, descubrí al narrador estadounidense John Updike, en cuyas novelas aparece en nítido relieve Karl Barth, su teólogo predilecto, según confiesa. En una de esas novelas, La versión de Roger, el personaje central echa mano de la obra de Barth para refutar y dejar casi en ridículo a un personaje que viene a él para demostrarle la existencia de Dios a partir de la teoría del Big Bang. En un momento del diálogo, la voz narradora dice: “aproveché el momento para repasar una cita de Barth. Recordé que contenía una serie de vías conducentes a Dios. Estaba casi seguro de que era de La palabra de Dios y la Palabra del Hombre. […] Con solo hojearlo, sentí la fuerza soberbia de los párrafos de Barth, su magnífica y cabal integridad y su energía en el reino de la prosa, concretamente de la prosa cristiana, que suele caracterizarse por la flojedad intelectual y su falta de sinceridad. ‘El hombre es un enigma, y su universo, aunque vívidamente visto y sin sentido, es una pregunta… La solución del enigma y su respuesta a la pregunta, la satisfacción de nuestra necesidad, es el acontecimiento absolutamente nuevo…” John Updike, La versión de Roger, trad. José Ferrer, Plaza & Janes Editores, Barcelona, 1986, p. 39. Cursivas originales.
7 Karl Barth, Eberhard Busch, editor, Karl Barth in conversation, volume 1, 1959-1962, Westminster John Knox Press, Louisville, 2017.
8 Cf. Reino, política y misión, Ediciones Puma, 2011, pp. 117-123.
9 Sergio Givone, Historia de la nada, 2da. Edición, trad. Alejo González y Demian Orosz, Laura Hidalgo editora, Buenos Aires, 2009, pp. 7ss.
10 Tzvetan Todorov, Los géneros del discurso, trad. Víctor Goldstein, Waldhuter, Buenos Aires, 2012, p. 58
Capítulo 1
Karl Barth: de la crisis a la teología de la palabra
Ser o llegar a ser teólogo, en el sentido más estricto o más amplio de la palabra, es algo que “no ocurre” (no se da), sino precisamente a la luz del asombro radical y fundamental que es lo único que lo puede provocar. Es una manifestación concretísima de la gracia.1
Karl Barth
¿Por qué es importante estudiar a Karl Barth? ¿En qué consiste su aporte decisivo a la teología cristiana del siglo 20? Estas son las preguntas que guían nuestra búsqueda. Como bien dijera Karl Adam en imagen rotunda: el comentario de Karl Barth a la carta a los Romanos fue una bomba de tiempo que cayó en el terreno de los teólogos. A cien años de la publicación de ese comentario, corresponde preguntarnos por qué constituyó un giro copernicano de la teología cristiana. Se podría decir que la teología cristiana en el siglo 20 se divide en “antes de Barth” y “después de Barth” ya que esa disciplina que, para Barth es “ciencia”, no queda indemne luego de su monumental obra. Solo con mencionar su Kirchliche Dogmatik que consta de 9.000 páginas nos daremos cuenta de la dimensión de su trabajo teológico al punto de que su obra lo constituye como un Tomás de Aquino protestante. ¿Quién fue Barth? ¿Dónde se formó? ¿Cuáles fueron sus maestros? Y, finalmente, ¿por qué podemos afirmar que su teología es una teología de la Palabra?
Ámbito familiar de Karl Barth
Karl Barth nació en Basilea, Suiza, el 10 de mayo de 1886, dentro de una familia protestante, más específicamente, reformada. Su padre –Fritz Barth– era pastor de la Iglesia Reformada Suiza y profesor de la escuela de predicadores en Basilea. El ámbito de su familia estaba impregnado del pietismo al punto que, según comenta Mark Galli2, Fritz creía en cuatro rasgos positivos: a. La prioridad de la vida sobre la doctrina; b. La necesidad de un nacimiento espiritual; c. La íntima conexión entre fe salvífica y su consecuencia en la vida de fe y d. El énfasis en el venidero Reino de Dios.
Sobre su personalidad de Karl, David I. Mueller dice que “fue marcado por un intelecto inusual, una gran capacidad de trabajo, seriedad de propósito, espíritu democrático, un aprecio por las artes –especialmente la música– y finalmente, por gestos que suscitaban un sentido del humor”.3 Respecto a la música, su autor preferido era Mozart, en tal medida que dice en un libro consagrado a este músico: “Tal vez los ángeles, cuando desean entonar loores a Dios, ejecuten la música de Bach, pero tengo mis dudas; de una cosa, sin embargo, tengo certeza: en sus momentos de esparcimiento, ciertamente tocan a Mozart, y entonces hasta el Señor se complace en oírlos”.4
El ámbito en que se formó teológicamente fue el de la teología reformada o calvinista. Más allá de las críticas que a veces formula al reformador francés, admiraba a Juan Calvino al punto que en una ocasión tuvo que suspender su clase de teología por haberse quedado toda la noche leyendo a Calvino cuya teología, dice, es una catarata, algo chinesco, algo caído del Himalaya y del cual le era imposible sustraerse.5
Años de formación y estudios en Alemania
A los dieciséis años Karl Barth es confirmado dentro de la Iglesia Reformada, mostrándose como un gran conocedor de las confesiones de la Iglesia. Simultáneamente decide hacerse teólogo. “Durante su temprana educación, Barth estaba interesado en la historia y el drama, mientras las matemáticas y las ciencias le producían poca atracción.”6 En sus años de formación, Barth estudió algunos semestres en la Universidad de Berna y otro semestre en la Universidad de Berlín, que se había tornado en un bastión del liberalismo y el lugar donde enseñó nada más y nada menos que el padre de la teología moderna: Friedrich Schleiermacher. En Berlín, Barth aprovechó las clases que impartía Adolf von Harnack sobre historia de la Iglesia. En forma gráfica, Galli sentencia: “Si Barth fue bautizado en la teología liberal en Berlín, fue confirmado en ella en Marburgo”.7 Ni Harnack ni Schlatter –erudito en Nuevo Testamento– le causaron el impacto que sí le produjo el profesor Wilhelm Hermann. Dice Mueller: “El deseo de Barth de estudiar con Hermann en Marburgo fue concretado en el otoño de 1908. Pasó tres semestres escuchando a Hermann, de quien después se refirió como ‘el teólogo de mis años de estudiante’”.8 Los años 1909 a 1922 constituyen lo que Mueller denomina “La transición hacia la teología dialéctica”. Habiendo culminado sus exámenes de ordenación, comenta Muller, Barth no se sentía todavía preparado para asumir el ministerio pastoral. Y agrega: “Esto, debido en parte, al repetido énfasis de Hermann de que toda verdadera predicación debe crecer desde la experiencia del predicador”.9
De vuelta a Suiza: el comentario a Romanos
Los primeros años de su regreso a Suiza provocan su ruptura con la teología liberal. Se hace amigo de colegas como Eduard Thurnesysen y Johann Christoph Blumhardt, con quienes se involucra en las cuestiones sociales y políticas, concretamente en “un movimiento suizo religioso-socialista”.10
Pero el gran cambio o “su conversión” al mensaje del Evangelio se produce en su ensayo “The Strange New World Within the Bible” que data de 1916. Como ya hemos comentado en otra obra11 Barth explora lo que hay dentro de la Biblia y entiende que “dentro de la Biblia hay un extraño, nuevo mundo, el mundo de Dios. Esta respuesta que tuvo el primer mártir Esteban, cuando dijo: Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la diestra de Dios”.12 Ese descubrimiento le conduce casi inmediatamente a su comentario a la carta a los Romanos.
Como resultado de sus exposiciones sobre Romanos en la Iglesia, Barth fue elaborando su comentario, que finalizó en 1918. El problema fue, como señala Mueller,13 que no encontraba editor alguno que quisiera publicar ese comentario. Finalmente dio con un editor en Berna en 1919 que se animó a publicar 1.000 copias del libro, el famoso Der Römerbrief. En otros textos nos hemos abocado a profundizar tanto en el contexto como en el mensaje de este comentario de Barth sobre Romanos. Aquí solo queremos puntualizar dos aspectos: el primero es el método que utiliza Barth para exponer la carta paulina y, en segundo lugar, la hermenéutica que privilegia. En cuanto a lo primero, como ya hemos expresado en otro trabajo:
La exposición que Barth hace de la Carta a los Romanos implica un método que podemos denominar dialéctico-crítico-paradójico. Barth no pretende hacer el comentario definitivo a la obra sino que, como bien señala en el prólogo a la primera edición, “su aportación no quiere ser más que un trabajo preliminar que pide a gritos la colaboración de otros”. 14
Y en cuanto a la hermenéutica que Barth privilegia es, deliberadamente una hermenéutica de texto, tan ponderada hoy por pensadores como Paul Ricoeur. No faltaron críticas al trabajo exegético de Barth por parte de teólogos que privilegiaban exclusivamente el método histórico-crítico. Barth no desconoce su importancia, pero les responde que su interés no es saber lo que Pablo quiso decir a la gente de su tiempo, sino descubrir el mensaje para el ser humano del siglo 20. Por eso les dice provocativamente:
Los histórico-críticos deberían ser más críticos conmigo. Porque comprender “lo que hay ahí” no se logra mediante una valoración de las palabras y grupos de palabras del texto esparcidas al azar o determinada por un casual punto de vista del exegeta, sino solo se puede conseguir mediante un sumergirse obsequioso y receptivo en la tensión interna de los conceptos ofrecidos con mayor o menor claridad por el texto.15
En resumen: es una hermenéutica que, aunque toma como punto de partida el método histórico-crítico, no se queda allí, sino que ejercita una dialéctica entre la comprensión y la explicación y se constituye en una dialéctica circular en el ser-ahí (Dasein) de tan rico y profundo desarrollo en la filosofía de Heidegger. Para Barth, el texto es autónomo por sí mismo de las intenciones del propio autor: San Pablo. Por eso nos obliga a redescubrir su mensaje para el ser humano del siglo 20. Y no solo eso:
Todavía más llamativo es el hecho de que Barth refleja una hermenéutica del texto, expuesta con mayor sistematicidad tanto por Gadamer como por Ricoeur. Y, en el plano estrictamente bíblico, utilizando las categorías de Croatto, se trata de una búsqueda del “delante” del texto, o sea, lo que él nos quiere comunicar más allá de las intenciones del autor, en ese caso San Pablo.16
La Dogmática de la Iglesia
En 1927 Barth publica su Bosquejo de dogmática y en 1931 su análisis del principio de San Anselmo: Fides quarens intelllectum (La fe que busca comprensión = creo para comprender) pero es en los años 1932 a 1968 que desarrolla su obra magna: Die Kirchliche Dogmatik. Gómez-Heras define adecuadamente el sentido del título de la obra: “Dogmática eclesial no es otra cosa que exposición de la palabra de Dios en función de la predicación de la Iglesia”.17 La obra solo está traducida al inglés y al francés, desde el original alemán, y consta de cinco volúmenes que a su vez se desglosan en varios tomos, a saber:
La doctrina de la Palabra de Dios (dos tomos)
La doctrina de Dios (dos tomos)
La doctrina de la creación (cuatro tomos)
La doctrina de la reconciliación (cuatro tomos)
Índice (con ayudas para el predicador)
Georges Casalis, en su hermosa biografía Retrato de Karl Barth, describe elocuentemente cómo ha de quedar quien se someta al esfuerzo de leer cuidadosamente esta obra majestuosa:
Maravillado, deslumbrado, colmado, ya no puede abandonar estos gruesos volúmenes de arquitectura rigurosa bajo la abundancia de los detalles y de los paréntesis; se arraiga en este pensamiento y lo habita, suscitando por lo demás no una imitación servil, sino un eco rico en armónicos originales y en resaltos inesperados. Sin la menor duda, es una suma teológica, la suma del pensamiento evangélico en el mundo de hoy: los paralelos históricos son siempre peligrosos y nos faltaría la suficiente perspectiva, pero para quien ahora aborda la Dogmática, Barth ocupa un lugar en la raza de los más grandes doctores de la Iglesia: Agustín, Tomás de Aquino, Lutero, Calvino…18



