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Es una obra monumental no solo por su extensión sino también por los varios modos en que Barth aborda los temas teológicos. No se reduce a exponerlos sistemáticamente, como en toda obra de esa naturaleza, sino que incluye exégesis profunda de los textos bíblicos. José Míguez Bonino ha sugerido más de una vez que, cuando leemos la Dogmática de Barth, debemos tomar muy en serio “la letra chica”, es decir, los espacios de letras más pequeñas a la que se utiliza en el texto general de la obra, porque allí está la mayor riqueza de la obra.
¿Qué es la teología para Barth?
En el primer volumen y primer tomo La doctrina de la palabra de Dios, Barth se explaya sobre el tema al cual se consagró toda su vida: la teología. Allí define lo que es la teología, cómo se hace y cuál es su finalidad. La primera tesis –porque justamente su obra se articula a partir de una tesis o afirmación que luego desarrolla– dice: “Como disciplina teológica, la dogmática es la propia examinación científica de la Iglesia cristiana respecto al contenido de su distintivo hablar de Dios”.19 Lo primero es que la dogmática es una disciplina que está dentro del amplio campo de la teología, la cual, como sabemos, se puede desarrollar como teología bíblica, teología histórica, teología pastoral, entre otras modalidades. Esta disciplina que llamamos dogmática la realiza la Iglesia cristiana como propia examinación científica, analizando el contenido de su especial y distinguible modo en que habla de Dios. Más adelante, Barth se refiere a la teología como investigación y como un acto de fe. Al ser una ciencia, la teología es investigación y presupone la posibilidad de que el ser humano pueda conocer a Dios. Pero a su vez, la teología también está vinculada a la fe, es un acto de fe. “La dogmática es parte de la obra humana del conocimiento. Pero esta parte de la obra humana del conocimiento se mantiene bajo una decisiva condición.”20 Esa condición, para Barth, es la fe. Ya que “la dogmática es una función de la Iglesia cristiana”21 y para ser Iglesia hay que responder al llamado de Cristo, “Actuar en la Iglesia es actuar en obediencia a ese llamado. Esta obediencia al llamado de Cristo es fe”.22
Por supuesto, el volumen citado no es el único en que Barth se refiere a la teología. Por eso, de esa primera aproximación al tema de la Dogmática, pasamos a su Introducción a la teología evangélica, el otro extremo cronológico, ya que reproduce las clases que el maestro expuso en Basilea en 1961 cuando ya estaba jubilado y le pidieron que enseñara un semestre más porque todavía no se había designado a su sucesor. En esta joya, que Barth denominaba “el canto del cisne”, vuelve al tema de la teología, su carácter científico, su relación con la Palabra, la comunidad, el Espíritu y la existencia teológica como asombro, conmoción, compromiso y fe. En la aclaración inicial dice:
La teología es una de aquellas empresas humanas tradicionalmente llamadas “ciencias” que buscan percibir un objeto o el ámbito de un objeto por el camino que éste señala como fenómeno, comprenderlo en su significado y enunciarlo en todo el alcance de su existencia. La palabra “teología” parece indicar que en ella, como en una ciencia especial (¡muy especial!), se trata de percibir a Dios, de comprenderlo y enunciarlo.23
Barth ubica a la teología dentro de esas “ciencias” humanas que definen un objeto de estudio a modo de recorte de la realidad para estudiarlo. Al escribir “ciencias” y “teología” entre comillas, está indicando un uso general y amplio del término, al punto de reconocer que en este caso se trata de una ciencia muy especial dado que intenta percibir a Dios, comprenderlo y enunciarlo, un Dios que nunca será objeto sino siempre un Sujeto supremo y soberano. Porque dado que hay muchos dioses, argumenta Barth, hay también muchas teologías en tanto son discursos sobre Dios. Para que no queden dudas, Barth denomina a su teología como “teología evangélica”. Debemos tener mucho cuidado cuando leemos esa nomenclatura ya que muchas veces remite desde el inconsciente colectivo a pensar en teología “de los evangélicos”. Barth dice sin ambages:
No toda teología “protestante” es teología evangélica. Hay teología evangélica también en el ámbito romano, así como la hay en el ámbito ortodoxo-oriental y en los ámbitos de las variaciones mucho más recientes, como hay también deformaciones en el empeño renovador de la Reforma. Con la palabra “evangélica” queremos describir objetivamente la continuidad “católica”, ecuménica (para no decir “conciliar”) y la unidad de toda aquella teología que busca, en medio de la variedad de todas las demás teologías (sin querer hacer un juicio de valores) y en contraposición con todas ellas, percibir, entender y enunciar al Dios del Evangelio, es decir al Dios que se revela en el Evangelio, que les habla a los hombres y actúa sobre ellos, por el camino que él mismo señala. Allí donde él llega a ser el contenido de la ciencia humana, siendo al mismo tiempo su origen y su norma, allí hay teología evangélica.24
Nadie puede adueñarse del evangelio como si fuera su propiedad privada. El Evangelio es de Dios y hay teología evangélica solo allí donde se revela el Dios del Evangelio, que es origen y norma de esta teología que, insiste Barth, sigue siendo siempre una ciencia humana. Más adelante va a aclarar con gran precisión que esta teología evangélica trabaja con tres suposiciones que están subordinadas, a saber: primero, el hecho de la existencia humana en la dialéctica entre ella y el Dios del evangelio; segundo, con la fe de las personas que están dispuestas a reconocer esa revelación de Dios; y tercero, con la razón, “es decir, con la capacidad de percibir, discernir y expresarse de todos, o sea, también de los que creen, que es la que técnicamente permite que ellos participen activamente en el esfuerzo teológico de conocer al Dios que se revela en el Evangelio”.25
En otro texto Barth pondera a la teología como una de las ciencias más hermosas, pero a la vez, advierte sobre sus peligros. Dice:
Entre todas las ciencias, la teología es la más hermosa, la que toca más profundamente a la inteligencia y al corazón, la que se aproxima más a la realidad humana y ofrece las visiones más claras de la verdad que persigue toda ciencia, más cerca también de todo lo que quiere significar en el cuadro de la vida universitaria […] ¡Pobres teólogos y pobres épocas en la teología los que no se han dado cuenta de toda esta belleza! Pero entre todas las ciencias, la teología es también la más difícil y la más peligrosa; la que conduce rápidamente a la desesperación, cuando uno se inicia en ella o, lo que es casi peor, al orgullo; la que perdiéndose en acrobacias aéreas o calcinándose en abstracciones, puede transformarse en la cosa más horrible que exista: su propia caricatura.26
La teología es hermosa por tocar tanto la inteligencia como la emoción y por su capacidad para aproximarse a la realidad humana, pero el peligro radica en que puede conducir a la desesperación o al orgullo y transformarse así en una mera caricatura de su original. Se percibe también la nota de humor de Barth en la descripción de una teología que se pierde en “acrobacias aéreas” como si fuera un trapecista que solo se dedica a entretener a la gente.
En un reciente artículo, el teólogo checo Milan Opoĉenský, luego de citar ese párrafo donde Barth pondera a la teología por su belleza y su carácter científico, dice:
La teología dialéctica (de Barth y otros) trató de puntualizar que la teología tiene su justificación entre las ciencias solo si comienza con la revelación y con la realidad histórica de la iglesia, la cual es la reacción a la revelación. De otra manera, cualquier ciencia asumiría la responsabilidad de la reflexión teológica. Si hablamos acerca del carácter eclesial de la teología esto no significa que se quiera crear un espacio protegido en donde no tomaría lugar la confrontación con los resultados de otras ciencias. La teología no tiene como su tarea llevar a cabo la actividad proclamadora de la iglesia.27
Finalmente, para Barth la teología no es un fin en sí mismo; es más bien un servicio que presta a la Iglesia. Por eso Barth destaca el papel de la comunidad cristiana como el espacio donde se hace teología. Dice: “El lugar de la teología frente a la palabra de Dios y sus testigos no está situado en alguna parte del espacio vacío, sino muy concretamente en la comunidad”.28 Esta es definida por Barth como communio sanctorum y congregatio fidelium, es decir: comunión de los santos y congregación de los fieles. Su papel en el mundo es decisivo ya que:
Ella no habla solamente con palabras. Habla por el mero hecho de existir en el mundo, también su actitud específica hacia los problemas del mundo, y especialmente en su servicio mudo para con todos los postergados, débiles y necesitados. Finalmente habla al orar por el mundo.29
La teología entonces es una sierva de la Palabra de Dios. Sirve a la Iglesia sirviendo a la predicación de la Palabra. Apelando a la división de oficios que había introducido Calvino y donde el diácono ocupaba el cuarto y último lugar, después de los presbíteros gobernantes y los presbíteros maestros o pastores, Barth dice que con tal división Calvino no tenía la intención de hacer una rígida división de tareas, y agrega: “No obstante, habría que aconsejarle al doctor ecclesiae, al teólogo, a convertirse –como lo indica el Evangelio– rápidamente del primero en el último, un siervo de todos los demás, en su servidor y diácono”.30 Y todo ello, porque ser teólogo o teóloga no es para Barth algo que ocurre naturalmente, que surge de la nada, por pura inspiración o decisión, sino que, como dice de modo rotundo:
Ser o llegar a ser teólogo, en el sentido más estricto o más amplio de la palabra, es algo que “no ocurre” (no se da) sino precisamente a la luz del asombro radical y fundamental que es lo único que lo puede provocar. Es una manifestación concretísima de la gracia.31
Por último, reflexionemos sobre las nomenclaturas que ha recibido la teología de Barth y juzguemos cuál de ellas es la más representativa.
¿Cómo se denomina a la teología de Barth?
Hugh R. Mackintosh32 denomina su teología como teología de la crisis, teología dialéctica y teología de la palabra. Seguiremos esa orientación ampliando lo que cada una de ellas quiere expresar y enriqueciendo el planteo con otros textos.
a. Teología de la crisis
El término “crisis” hay que entenderlo en dos sentidos: como el punto culminante de una enfermedad y como cambio de dirección en el pensamiento, una especie de “giro”. Pero como bien dice Mackintosh, hay un tercer sentido mucho más profundo: “crisis” en tanto juicio de Dios.
Según esta teología, tanto el hombre como el mundo, la religión y la Iglesia están bajo el juicio y la exigencia de la Palabra de Dios, de la que el Nuevo Testamento afirma que es “penetrante hasta separar el alma del espíritu,” y también que “escudriña hasta los pensamientos del corazón”. Para comprender la Revelación, el hombre debe escucharla, sabedor de hallarse ante el juicio de Dios.33
No debemos olvidar el contexto histórico en que surge la teología de Barth: se comienza a gestar dentro del liberalismo europeo cuyo talante era el optimismo, pero luego se convierte en juicio con la tragedia de la Primera Guerra Mundial. Por otra parte, la religión y la Iglesia caen bajo el juicio de Dios. En su texto “La revelación como abolición de la religión” Barth reflexiona sobre el lugar desde el cual puede venir una crítica de la religión. Dice:
Solo puede haber una crítica decisiva de la Religión si se hace desde fuera del círculo mágico de la Religión. El punto de partida debe estar esencialmente fuera, esto es, debe estar fuera del hombre mismo, de las realidades y posibilidades del hombre. El juicio sobre la Religión solamente se puede hacer desde un lugar “completamente otro”. No desde la Religión y las posibilidades humanas. ¡Este juicio solo se puede hacer a partir de la fe!34
Dios enjuicia a la religión por su incredulidad, idolatría y autojustificación. Dentro de ese juicio cae también el cristianismo y la Iglesia, ya que fácilmente pueden tornarse en espacios de idolatría.35
b. Teología dialéctica
Como bien observa Gómez-Heras,36 bajo la nomenclatura de “teología dialéctica” se distinguen dos escuelas: la de Barth y sus discípulos; y la seguida por Gogarten, Bultmann y Tillich, entre otros. Mientras Barth propone una “dialéctica de la revelación”, la otra escuela intenta una “dialéctica de la existencia” inspirada en la filosofía de Heidegger. Ambas escuelas coinciden en su repulsa al liberalismo teológico y ensayan un retorno a la Reforma protestante, especialmente a Lutero y Calvino. Dicho esto, centremos nuestro análisis en Karl Barth. En su profundo análisis de su teología y, sobre todo, su método, dice Jacob Taubes: “Su trabajo agrega un nuevo capítulo a la historia del método dialéctico. El método y el programa de Barth son quizás el aporte más significativo a la conciencia general de nuestro tiempo; resulta necesario, por lo tanto, analizar su obra desde la filosofía”.37 En ese análisis Taubes descubre que, para Barth, solo es posible la teología como diálogo, como discurso humano de pregunta y respuesta sobre Dios.
Solo en este encuentro entre pregunta y respuesta se realiza el carácter tético-antitético de la teología. La teología es “pensamiento dialéctico”. Si se considera seriamente el carácter dialéctico de la teología, ella debe entonces seguir siendo discurso abierto y no debe cerrarse en un sistema autorreferencial. La propia “palabra propia de Dios”, su “teología”, sería entonces, como Karl Barth observó una vez, “teología no dialéctica”. Pero el hombre es mortal y no puede reclamar para sí la “última palabra”.38
Hay dos filósofos que influyen decididamente en la forma en que Barth desarrolla su teología: Kierkegaard y Hegel. Del primero, dice Taubes: “El hecho de que Barth destaque tanto el hiato entre Dios y el hombre, la diferencia entre creador y creación, es resultado de la influencia de la ‘dialéctica negativa’ de Kierkegaard”.39 En cuanto a Hegel, Taubes destaca el hecho de que su filosofía se desarrolla a partir de la idea del Logos del capítulo 1 de Juan, que era en el principio, que estaba con Dios y que era Dios. De ese modo, el Logos es la lógica, la lógica es la verdad y la verdad es el espíritu de vida. De ese modo, “Hegel desarrolla un esquema de tesis, antítesis y síntesis sobre la base de las ecuaciones de Juan”.40 La conclusión a la que arriba Taubes es la siguiente:
Hay, por lo tanto, otro tema fundamental en la dialéctica teológica de Karl Barth: debe describir la reconciliación entre Dios y el hombre de manera tal que supera la dialéctica hegeliana de la reconciliación. El fantasma de Hegel deambula del principio al fin durante el desarrollo de la teología de Karl Barth.41
Todas estas observaciones de Taubes no son producto de la mentalidad afiebrada de un filósofo, sino que están plenamente respaldadas en la obra de Karl Barth y su énfasis en dobles opuestos de sí vs. no, creador vs. criatura, justicia de Dios vs. justicia humana, presente vs. futuro, tiempo vs. eternidad. Solo en Jesucristo, para Barth, esos opuestos pueden ser superados. Dice en un tramo de su exposición a Romanos:
Al separarse nítidamente en Jesús tiempo y eternidad, justicia humana y justicia divina, el más acá y el más allá están unidas con nitidez. […] todo ser-ahí y ser-así del mundo y, en cuanto tal, es también carencia, insuficiencia, cavidad y nostalgia. Pero, al reconocer esto como tal, resplandece sobre ello la fidelidad de Dios que absuelve condenando, da vida matando y dice Sí donde tan solo es audible su No. En Jesús se conoce a Dios como Dios desconocido.42
c. Teología de la Palabra
La tercera nomenclatura que recibe la teología de Karl Barth es “teología de la palabra”. Esta designación sea acaso la más importante y la que está mejor expuesta por el propio Barth en su Dogmática. Precisamente, en el volumen I, tomo I de su Dogmática, el tema que recibe el tratamiento más profundo por parte de Barth es la Palabra de Dios. Mackintosh reconoce que esta designación es la más adecuada y explica:
El contenido de los prolegómenos a la teología, y de hecho el contenido de la teología misma, es esa Palabra. La teología surge de la predicación y sirve de medida para la predicación; pero, como él mismo afirma, “el supuesto que hace que la proclamación sea proclamación, y que por ello la Iglesia sea Iglesia, es la Palabra de Dios.43
Y tan apegado quiere estar Barth a la palabra de Dios que él mismo dice en palabras recogidas por Mackintosh: “No buscamos a Dios en otro sitio que en su Palabra, no pensamos de Él sino con su Palabra, no hablamos de Él sino mediante su Palabra”.44
Ahora bien, ¿qué entiende Barth por “palabra de Dios”? No se trata de la mera identificación con la Biblia, independientemente de Cristo y del Espíritu Santo. Básicamente, la expresión “palabra de Dios” adquiere en Barth una triple designación: Jesucristo, palabra de Dios encarnada, la Biblia como palabra de Dios que da testimonio de Jesucristo y, finalmente, la predicación de esa palabra de Dios por parte de la Iglesia. Refiriéndose a la triple forma de la Palabra de Dios, en la Dogmática Barth distingue entre la palabra de Dios predicada, la palabra de Dios escrita y la palabra de Dios revelada. Dice: La verdadera proclamación significa palabra de Dios. Comparándola con Cristo es similar, ya que “Como Cristo llegó a ser hombre y permanece verdadero hombre por toda la eternidad, la verdadera proclamación llega a ser un evento en el nivel de los otros eventos humanos”.45 Ya que la Biblia registra la acción de Dios en la historia y esa acción es un evento:
La Biblia, entonces, llega a ser palabra de Dios en este evento, y en la declaración de que la Biblia es palabra de Dios, la pequeña palabra “es” se refiere a este ser en tanto llegar a ser. No llega a ser palabra de Dios por causa de nuestra fe sino en el hecho de que llega a ser revelación para nosotros.46
La revelación, para Barth, no difiere de la persona de Cristo, sino que “decir revelación es decir: ‘la Palabra fue hecha carne”.47 La triple forma de la palabra de Dios tiene en Barth una analogía con la Trinidad. Barth dice que cuando afirmamos que la palabra de Dios fue hecha carne y habitó entre nosotros estamos diciendo algo que tiene que ver con las relaciones intratrinitarias sobre la base de que el Padre envía al Hijo y al Espíritu Santo. Barth encuentra una analogía para la palabra de Dios en la trinidad y se anima a afirmar: “Esta es la doctrina de la trinidad de Dios. En el hecho de que nosotros podemos sustituirla por los nombres de revelación, Escritura y proclamación, por los nombres de las personas divinas del Padre, Hijo y Espíritu Santo y viceversa […]”48
Conclusión
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