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—Dejémosla aquí mientras llega el escritorio, ¿hay algo más en el baño?
—Nada.
Margó siente el olor del fijador que Elvira se ha puesto en el pelo. Se pasa las manos por sus bucles canosos. Se espabila.
—Voy a arreglarme entonces –dice con nerviosismo–, debo estar como una muerta, no me echo labial desde esta mañana que salimos de la casa, para que nos vamos, qué bueno unos zapatos nuevos, también quisiera ropa interior, y un pijama, por si una enfermedad sobre todo…, ah, y un delantal.
—¿Delantal? ¿Vas a ponerte a hacer oficio aquí? Si estás pagando.
—Por qué no, ojalá resultara alguna actividad, en todas partes siempre hay algo por hacer, nunca he podido quedarme quieta y si me toca ayudar, pues lo hago, así sea doblando ropa en la lavandería o cosiendo ropita para los huérfanos, o también puedo ayudar con las curaciones y las inyecciones, todavía soy capaz de ponerlas.
—¡Pero te invité a mi costurero y dijiste que no!
—No es de mi gusto encontrarme con señoras que hacen de la caridad un club social…, allá hay señoras que solo van a coser chismes y a jugar cartas –contesta Margó escabulléndose para el baño con la excusa de que “voy a ensayar el gabinete que los muchachos colgaron”.
Elvira la mira impaciente.
—Bueno, compramos también el delantal. Aunque considero más urgentes los zapatos. En verdad los necesitas. Y ropa distinta. Porque, ¡qué vestiditos los tuyos! –dice Elvira en tono corrosivo. Le gustaría agregar “la ropita de dama de la caridad y los zapatos de monja que se queden en la vida que no volverá”, para desquitarse por lo dicho sobre su costurero. Sin embargo, se contiene. Margó es la hermana mayor y la respeta como si fuera su madre. Hay que tenerle consideración, por la edad y por su situación. ¿Cómo podría ofenderla?, ¿y para qué reñir? Ningún sentido tienen ya las disputas entre ellas, así sean lo natural a su condición de hermanas.
Pero Elvira tiene razón sobre la forma de vestirse de Margó y lo que le exige su naciente situación de residente de asilo privado. Le irían bien una ropa menos elemental y modesta, y unos zapatos más ligeros. Los que tiene fueron los indicados para las extensas jornadas empacando y repartiendo mercados o para hacer los recorridos por las pendientes del barrio, para bajar y subir escaleras de cien, doscientos, trescientos y hasta cuatrocientos escalones, ese escalerío contra la naturaleza, tan natural en zonas altas, única forma de transitar por la cadena de viviendas que como un rosario, y un milagro, encaraman en los cerros de las ciudades los desplazados y despojados, también los inescrupulosos que, sacando partido de la miseria y de la tierra, hacen de las invasiones un rentable negocio.
Claro que, vístase como se vista, Margó no pierde su presencia agradable y distinguida; la irradia en gestos, hablado y aspecto físico. También en el cutis, lozano por naturaleza y cuidado con método. Hasta en el aroma perfumado que siempre lleva consigo. Es una mujer de edad irreal a primera vista. De su rostro se han borrado años gracias al esmero por la salud, el gusto por el arreglo personal y el respeto a los hábitos que ello demanda. Ha sido leal a las cremas humectantes e hidratantes, a las cepilladas de dientes, al enjuague de canas, a los rulos nocturnos y al fijador de pelo, así como al maquillaje, que no pasa de un poco de polvo translúcido y toques leves de color en labios, cejas, pómulos y uñas. Tampoco abandona el collarcito de perlas, los aretes de piedrecillas preciosas y el infaltable pisargolla de oro, solitario desde que enviudó y concluyó que el anillo matrimonial no merecía el lugar que hasta entonces había ocupado.
—También me gustaría ir a la Basílica, llevo años sin entrar –dice Margó cuando sale del baño.
—Se mantiene cerrada. No le quité el ojo mientras almorzamos y nunca abrieron.
—Seguro abren para el rosario y la misa de seis.
—Sí, podemos volver. Así te encomiendas.
—O encomiendo esta nueva vida.
—Yo también quisiera verla… Quedó muy bien el espejo, ¿cierto?
—Lo que no quedó bien fue este pelo mío, cambiar de peluquera es lo peor.
—Te lo dejaste cortar demasiado.
—¿Yo?…, no sabía cómo era tu peluquera… Hablando de peluqueras, ¿para dónde se habrá ido Claudia?, la he llamado y tampoco contesta, me contó doña Amparo que le quitaron los secadores y le quebraron los espejos.
—¿Y eso?
—Empezaron a molestarla desde que abrió el salón de belleza en la casa, que porque no les pidió permiso, y a presionarla con el impuesto semanal, pero ella no quiso pagarles.
—¿Era mucho?
—Lo que ganara en un día de trabajo, pero a veces no le llegaban clientes, entonces el jefe de la banda le dijo que le pagara en especie.
—¿Recibían víveres también?
—No, Elvira, ay, cómo eres, en qué mundo vives… que semanalmente tenía que acostarse con él.
—¡Madre mía! ¿Y entonces?
—Obviamente se negó, pero empezaron a insultarla en la calle y al esposo lo cogieron un día a golpes, y al niño también se lo insultaron cuando iba para la escuela y al perro se lo patearon cuando lo sacaron a orinar…
—Salvajes. No aguanta nadie.
—Era buena peluquera, la tuya no me pareció tan profesional.
—Lo es, pero estabas acostumbrada a otra.
—¡Mira cómo me dejó de trasquilada!
—Finalmente el pelo se organiza solito con el tiempo. Y es saludable cortarlo.
—Pero no tan rapado…, eso para las monjas… Claro que a mí en el convento no me echaron tijera así, la motilada era cuando se hacía el matrimonio con Dios y se vestían los hábitos para siempre.
—Te salvaste entonces. Menos mal te saliste.
—Me salieron, dilo como es –contesta Margó. Por un instante se queda quieta con los ojos perdidos en las baldosas y se le pasan por la mente unas palabras que no pronuncia: “Echada del convento, deportada y ahora sacada de mi propia casa, espero que esto pare aquí”.
—Solo esa vez te he visto el pelo largo largo. ¿Te acuerdas de cómo llegaste?
—Supongo que caminando, no tengo memoria de esa parte, no sé muy bien cómo hice, estaba más atortolada que ahora.
—No, digo, con el pelo más abajo de la cintura. Yo estaba asomada a la ventana y de pronto vi a una mujer que no era del barrio. Quién será esa con semejante pelero, pensé. A medida que te acercabas..., porque venías por la calle en dirección hacia nuestra casa…, a medida que te acercabas te iba reconociendo.
—No nos acordemos de eso, mejor vamos.
Al salir de la habitación, las mujeres se encuentran con una muchacha que desliza la trapera de un lado para el otro, del zócalo de la pared al borde de la zanja del patio, de este al zócalo otra vez, de principio a fin del corredor, de muro a muro. Sin quererlo, sin saberlo, la muchacha hace que los recuerdos de Margó insistan, que le traigan otra vez la época de monja y la de enfermera. Cuántas veces trapeó y trapeó corredores como lo hace esa muchacha, con las mangas del hábito remangadas, el vuelo de la falda recogido con ganchitos de nodriza y la humildad que caracterizó su paso por la vida religiosa. Incontables fueron también las caminadas por corredores de hospitales, de bata y toca blancas, unas veces chequeando enfermos e historias clínicas, otras fijándose en las condiciones laborales y recogiendo firmas para cumplir los compromisos con el sindicato. Conventos y hospitales, dos espacios familiares para ella, tienen algo en común con el asilo. Cambian la vestimenta y la condición de sus moradores, pero al fin de cuentas todo se reduce a hábitos, uniformes y rutinas. El asilo, lugar ajeno, empieza a ser parte de su vida, su vida misma. De ahí, ¿para dónde? “Para los pabellones y los jardines del cementerio”, lo piensa por un instante, pero no se atreve a decírselo a Elvira; sabe que para su hermana es espantosa la idea de la muerte, indeseable, así signifique la posibilidad de encontrarse con los seres ya idos: Alfonso, Luciano, Ramón, mamá Rosita o Iris.
Un hogar de ancianos parecía ir en contra de la naturaleza de Margó. Poco a poco hermanos y sobrinos fueron aceptando lo impensable. “¿Para dónde más va a irse?”. “Se está volviendo caprichosa”. “La vida en comunidad es lo que le ha gustado”. “Ha vivido en función de los otros”. “No sabe vivir sola”. También ella fue haciéndose a la idea. Las pérdidas llegan cerrando posibilidades. En este caso, de compañía, como en los tiempos opacos del noviciado y la existencia escondida de inmigrante ilegal. Sale del barrio, se distancia de las vecinas, se priva de la criada. Obligada a dejar todo. Para Julián, la culpa la tiene el Gobierno “por su insensatez y desidia”. Margó responsabiliza a las autodefensas. La realidad es que la muerte de Kenneth determinó el desenlace, aunque la decisión final fue solo de ella. Antes de que el comandante de policía llegara a advertirla, ya había dicho “ni crean que voy a pagarles extorsiones, y tampoco les doy el gusto de matarme, prefiero desocupar”. Y cumplió su palabra.
En la puerta de salida a la calle, las dos mujeres se detienen para saludar al portero y empezar a grabarse su cara. Al ver el teléfono sobre el escritorio del hombre, Margó no aguanta la tentación y pide prestado el aparato “para una llamada cortica”. Una llamada que debe colgar sin modular palabra.
—Nada que contesta –dice saliendo de la portería.
—Todavía no lo entiendo. –Elvira ve la oportunidad para insistir en que Flor debería enterarse de la decisión de Margó de irse para el asilo.
—Ni yo, ¡por qué no me responde!
—No. Me refiero a que no entiendo por qué no le has dicho nada.
Margó se detiene antes de empezar a caminar por la acera, acerca su cara a la de su hermana y viéndola a los ojos le dice sin vacilar:
—Para qué insistes si es mejor explicárselo personalmente, sé que va a angustiarse mucho, pensaba que íbamos a seguir viviendo juntas, creía que iba a cuidarme la vejez como a Ken, se lo hice prometer, le generé la expectativa, ¿cómo salirle con un cambio de planes tan grande en una llamada telefónica?, no merece que le haga eso, una cosa así es para hablarla frente a frente, además, han sido varias decisiones a la vez, que salir del barrio, que irme para tu casa, que optar por un asilo, es difícil, necesito coger fuerzas para hacer la parte que sigue, si apenas fuera despedir a Flor, pero tengo que acabar de desbaratar mi casa, mi pieza escasamente la toqué, quedó llena de cosas, y ya con otra aquí a la que le faltan tantas, y tengo que vender esas casas, si es que algún día puedo con lo desvalorizadas que han quedado con semejante guerra que nunca se acabará, porque te acordarás de mí, Elvira, eso allá no tiene remedio mientras siga existiendo toda esta injusticia, corrupción y pobreza…, y vámonos que estamos estorbando a los peatones.
3
—¿Será peligroso ir?
—Vivir es peligroso. Y al final termina uno muriéndose de todos modos.
José Luis queda atónito con la respuesta de Julián. Se fija en cómo va la embetunada de su calzado. Ve que el hombre aplica la grasa sobre la piel del segundo botín.
Se antojaron de hacerse limpiar los zapatos al ver los puestos callejeros de lustrabotas en el pasaje peatonal adoquinado. Venían del restaurante donde con Margó, Elvira y Violeta, y una comida típica, sellaron la jornada de instalación de la tía en el asilo.
Por la mañana, cuando salieron de la casa, aún no habían llevado el periódico al apartamento. Julián lo vio en el casillero de la portería del edificio, lo tomó y lo puso en la mochila arahuaca que cada mañana se tercia al hombro. Se acuerda de que lo tiene, lo saca. Empieza a leer los informes sobre la situación en la comuna.
—Qué tal si vamos por ese baúl. Por ahí derecho buscamos una cortina –propone José Luis.
Al oírlo, su hermano deja pendiendo de un hilo la lectura.
—Hablar con Flor es más importante que un cajón viejo y un trapo –contesta sin voltear a mirar. Otra respuesta contundente que hace callar.
En realidad la cortina dejó de ser indispensable cuando Elvira evalúo la colcha en la ventana y dijo: “No se ve mal”. Entonces Margó contempló las flores del estampado y palpando los flecos por la parte inferior dijo: “En New Jersey me tocó hacer lo mismo cuando llegué y todo el mundo me admiraba las telas que ponía para tapar las ventanas”. Violeta, interesada en que el asunto concluyera y le dejara más tiempo para rebuscarse mejor el libro y los bizcochitos que deseaba llevarle a Eva, concluyó: “Si a usted le gusta, tía, no se diga más. Por ahora esa será la cortina de esta habitación. Es bobada que se ponga a comprar una nueva sabiendo que de su casa le van a sobrar. Ya las recuperará”. Así, la cortina pasó a ser lo de menos y cobró importancia el baúl, asunto imposible de resolver de forma tan práctica. Durante años Margó lo ha tenido relegado a la indiferencia, pero saberlo distante le genera inquietud. Al salir del apartamento de Elvira con el exiguo trasteo hacia el asilo, volvió a lamentarse por ese bendito cajón de madera que guarda lo desconocido, pues solo ella, si acaso lo recuerda, sabe lo que contiene. Al menos así lo cree. Culpó a Flor de no haberlo podido llevar consigo. Al fin y al cabo más resistente y sin más uso conocido que estorbar en el remate del corredor principal, a la empleada le pareció natural ponerle encima y alrededor las cajas de cartón en las cuales iba quedando empacada la casa. Lo dejó ahogado, atrapado, invisible, imposible de sacar en semejante apuro. “Deme tiempo, doña Margó”, rogó. Pero ni modo con una salida tan brava como la que tuvo que enfrentar.
José Luis se fija en los zapatos del lustrabotas, impecables, dignos de su oficio; de lo brillantes, parecen emitir destellos con el sol de las tres de la tarde que les cae encima. Parecido a las losas de mármol negro vistas esa mañana en la visita al cementerio. Su mente liga la imagen de ahora con la de entonces, la situación del cementerio con la que se plantea. Le cambia la perspectiva.
—La cortina, el baúl, si fueran lo trascendental. Es cierto, uno se muere y qué, todo se pierde. Mi madrina debería olvidarse de las cosas que se quedaron. Agradecer que pudo salir de allá. E ilesa.
—Agradecer, no sé. Pero tiene que recuperar esas putas casas. ¿Las va a dejar perder? De qué va a vivir. Si tuviera la propiedad de Estados Unidos creo que no dudaría en montarse en un avión e irse para allá, y más teniéndote cerca. Pero como Ken resultó mezquino.
—Sobre eso prefiero pensar que ocurrió algo que tal vez ni sabremos –contesta José Luis sin dejar de fijarse en el trabajo del lustrabotas.
—Y hay que sacar a Flor de allá.
—¿Le pasaría algo?
—Ojalá que no, pero todo puede esperarse en ese barrio. Lo que se vive allá es un infierno.
—O sea, hay que hacer la vuelta ya.
Julián abandona la página del diario para ver la cara de quien habla tan decidido, pero se topa con las infaltables, pequeñas y oscurísimas gafas de sol de José Luis que impiden verle los ojos. Regresa a su periódico proponiendo ir el sábado.
—Ya me comprometí con Tica para el día de campo –responde José Luis–. Vamos mañana.
—No puedo faltar más al trabajo. Hoy me declaré en calamidad doméstica, ayer tuve compensatorio y necesito una tarde para acompañar a Lorena a la ecografía.
—Pero si tú eres tu patrón. Que se encargue el socio.
—¡Valiente socio! Ya descubrí que hace negocios por su cuenta dentro del mismo negocio.
—Confróntalo.
—Se mantiene armado y es explosivo. Estoy pensando cerrar. No tiene sentido haber terminado una carrera con tanto esfuerzo para perseguir maridos infieles. El trabajo en la Fiscalía puede ser más gratificante. Y es más estable un empleo con el Estado.
—¡Otra vez en conflicto con el trabajo! Parece que no aprendiste de la experiencia en el almacén.
—Donde no quería trabajar y menos con Rubén de jefe, pero como mamá insistió…
—Agradécele. Tuviste lo que necesitabas para volver a la universidad.
—Por lo mismo, porque terminé la universidad, puedo aspirar a algo mejor que resolver casos de mujeres celosas. Qué güevonada. Les hemos hecho promoción a otros servicios pero es lo que más sale. Y ese no era el perfil que pensé para la agencia.
—Trabajo es trabajo.
—No, pero qué clientes más difíciles. Si el marido resulta bisexual, les cuesta aceptarlo, aun viendo las fotos. Para ellas sería preferible que hubiera otra mujer. Y eso afecta el pago.
—¿No haces un contrato antes?
—De nada sirve cuando no les da la gana de pagar. El otro día una señora me exigió devolverle el anticipo. Que el caso no estaba bien investigado, dijo, y que las fotos eran un montaje. ¡Atrevida! Por eso voy a aplicar a la Fiscalía. Y si paso, cierro eso.
—Piénsalo. ¿Lorena no podría administrar el negocio? Dices que es la mejor investigadora.
—Quiere cuidar el bebé en casa. Estoy de acuerdo y ya le dije que la mantengo. Por eso también debo volverme asalariado. No tengo capital.
—Algo te quedará si liquidan la agencia.
—Deudas y la cartera por cobrar… Lorena es lo mejor que me queda. –Julián descarga el periódico en las rodillas y voltea a ver a su hermano–. Tremenda investigadora. Solo tenía un curso en la Policía y otro en la Fiscalía. Cuando Pancho me la presentó y la entrevisté me pareció poco formada, demasiado joven e inexperta… Pero bueno, estábamos con lo del barrio. ¿Vamos el domingo?
—¿Víspera de viaje? Preferiría pasar el último día en casa con mamá. Se va a sentir muy sola sin mi madrina y sin ti. Además tengo que acabar de organizarles la ida en primavera.
—A veces dudo de que mamá haga ese viaje.
—Si es acompañada, sí va.
—Se hubieran ido desde ya contigo. Margó se habría ahorrado el asilo estos meses, ahora que le obliga economizar.
—El invierno no les conviene. Son ancianas.
—Lo serán más cada día. A su edad, un mes envejece… Entonces, ¿cuándo vamos?
—¿Le molesta la musiquita?
La interrupción del lustrabotas deja en suspenso la propuesta de ir al barrio.
—¿Usted sí cree que tenga sentido en este ruido tan berraco? –contesta Julián por José Luis–. ¿Sabe cuántos decibeles registra este sitio? ¡Ochenta! ¡Ochenta para que se sepa! Y las autoridades ambientales, calladas.
—Yo sin mi musiquita no podría vivir.
—Yo tampoco. Y él, menos –dice Julián señalando a su hermano–. ¿Sabe a quién le está embetunando los zapatos?
El lustrabotas alterna miradas entre los dos clientes. No atina a decir nada. Cuando Julián le informa “A un músico”, el hombre se entusiasma, “¡músico!”, exclama, “¿y en qué orquesta canta?”, indaga.
—Cantante no, señor, le dije que músico. Y en los iunais estéis –dice Julián remarcando cada sílaba.
—¿En la usa? –pregunta el lustrabotas sin dejar de mover el cepillo de crin y mirando alternadamente a José Luis y a Julián.
—Cómo le parece.
—¿Y dónde va a presentarse?
—Nada. Él no da conciertos aquí. Vino por asuntos familiares.
La boda de Julián, celebración anhelada, se juntó con el problema de Margó, drama anunciado. Por eso en la fiesta, la tía más echada para adelante acaparó tanta atención como los novios, aunque lució frágil, vulnerable, indefensa, desvalida, indecisa, amilanada, acongojada, afligida, entristecida, vencida, desengañada, desencantada. Cada cual le puso el adjetivo que mejor le pareció, todos negativos. Cada cual especuló sobre el sitio donde iría a quedarse. Todos opinaron. Que debería vender esas casas por lo que le den pero salir de ellas cuanto antes, que es mejor no venderlas, que en un barrio en guerra ni regaladas, que los paramilitares no se las dejan negociar, que con la operación del Gobierno eso se va a componer, que ya es demasiado tiempo con Flor sola cuidando la casa, que tan confiada la tía, que a Flor se le puede dañar el corazón, que qué será lo que guarda Margó en ese baúl. De Margó a Flor, de esta a aquella. Y los novios apenas despertaron los comentarios precisos aunque se casaban preñados.
Ya salieron de la boda y sigue sin resolverse del todo el problema de la madrina querida de José Luis, principal asunto que él vino a atender. Llegó hace tres semanas y le quedan tres días. Por eso, la ida al barrio es para cogerla de una vez por los cuernos. Julián lo capta y embiste con una última propuesta.
—Hay que ir hoy, no nos queda de otra.
Al oírlo tan decidido, José Luis se llena de ese frío interno que suele pasarle por los brazos cuando se siente frente a algo inevitable pero determinante. “¿Será peligroso?”, se dice en una duda fugaz y recóndita. Se queda mirando al lustrabotas que desliza con velocidad una bayetilla roja de un lado para el otro en su empeño por sacarle más brillo al cuero. Tal operación de limpieza se siente cálida y suave, como un masaje en los pies. Hay una entrega admirable en el gesto del hombre. Le evoca al hermano menor.
—Ignoraba que los restos de Luciano estaban en San Francisco. Menos mal se murió primero que mamá.
—Era lo que ella quería. Se lo oí decir desde que nació. Rezaba para que así fuera. Vivía con miedo de que lo maltrataran o le dijeran mongólico.
—Con razón. Son personas demasiado sentimentales y se dan cuenta de ciertas cosas, así otras no las capten. Luciano las percibía cuando íbamos por la calle, preguntaba que por qué la gente lo miraba raro. Se tranquilizaba y sonreía con la explicación de mamá. Ella me dejó pasmado el día que le dijo que lo miraban porque era muy guapo.
Julián vuelve a parar la lectura, descansa el periódico en sus piernas.
—No sé qué tanto pensaría Luciano sobre sí mismo y su condición, lo cierto es que hablaba muy bien. A algunos no se les entiende nada. Menos mal le enseñamos a comunicarse. –Mira a su hermano–. Ya que dices pasmado, ¡tremenda pasma te dio en el cementerio! ¿Qué te pasó?
—No sé… Es que impresiona ver tanta tumba de la familia. Todos enterrados. Todos juntos.
—Y todos vamos para allá. Ahí iremos quedando. Sin misterio. –Julián regresa a su periódico.
—Yo no. A mí me dejan en Nueva York.
—Lógico. Te han tratado mejor allá. Es un infierno distinto –Julián estira el periódico y sigue mirando las páginas extendidas–, porque qué caos tan berraco esto aquí. La cosa fue seria.
Pasa una hoja. Otra. Ve fotos de casas destrozadas, con las fachadas llenas de huecos, fotos de encapuchados armados, de uniformados también, fotos de gente que llora, de gente que carga heridos ensangrentados, de gente común atrincherada como soldados. José Luis revisa el segundo zapato, lo aprueba, baja el pie de la caja y paga por el servicio.
—Cóbrese de una vez la de él –le dice al lustrabotas que ya ha empezado a cepillar con ímpetu el primer zapato de Julián–. Este señor me hizo acordar de las embetunadas de Luciano –dice al oído de su hermano–. Cómo era de metódico con la limpiada de los zapatos. No se me quita de la cabeza, lo siento cerca, como si estuviera vivo. Será por la ida al cementerio.
—Su tumba es él de alguna manera. –Julián quita la vista del periódico y mira al frente, hacia ningún punto en especial, pensativo–. ¿Te acuerdas de que al principio se volvía mierda? Y volvía todo mierda. Tuvo que practicar mucho para convertirse en el embolador oficial de la familia.
Dolorosa llega la imagen del hermanito por cuyas manos pasaron los zapatos de la casa: los de ellos, los de Violeta, los de Rubén, los de Brenda, los de Teresa, los de la mamá, los del papá y hasta los de Iris. Los devolvía como nuevos. En retribución, cada uno hacía su aporte monetario. Así, con un gesto natural y amoroso, nació el primer trabajo remunerado del niño de la casa, aunque a él nunca se le habría ocurrido cobrar por sus servicios, que cubrían además la organizada de los clósets y la sacada de mugre acumulada de cualquier cosa.
José Luis se deja llevar por los recuerdos. Ve a Luciano metido en un overol de obrero poniéndose guantes plásticos y escogiendo las medias viejas que utilizará para lustrar. El muchacho las separa por el color, que debe ser parecido al tono del betún y estar acorde con el cuero de cada par de zapatos. Extiende los periódicos para no manchar las baldosas. Iris y la mamá sonríen encantadas con el juicio del niño. Pero el papá, Violeta y Julián se alborotan al descubrir las noticias del día forrando el piso del patio. Sentado como está en una banqueta de patas cortas con zapatos de todo tipo rodeándolo, cajas de betún y cepillos, el muchacho deja la impresión de hallarse frente a un oficio bastante tedioso. Sin embargo, se ve a gusto con su obligación, esforzándose por hacer las cosas lo mejor posible. Parece ser el más consciente de su limitación, como si la consciencia del síndrome que padece hiciera parte del mismo. Julián voltea a mirar a su hermano.




