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—¿Te arrepientes de haber ido al cementerio?
—No, arrepentirme no.
—Según mamá, querías visitar la tumba de papá porque te remuerde no haber venido al sepelio.
—Más que arrepentimiento, era una deuda por saldar.
—¿Y cómo se salda una deuda con un muerto?
—No era con él. Era conmigo. Esa visita me ha hecho pensar que las cosas existen solamente cuando estamos frente a ellas. Yo he estado lejos. Si uno no ve lo que le representa dolor, pues no lo siente. Pero verlo es otra cosa. Se revive.
—Si se trata de algo que no ha sido elaborado, sí.
—Puede ser que no lo haya procesado totalmente y apenas lo esté descubriendo.
—Un buen comienzo para cerrar el asunto.
—Sí, es posible que la visita al cementerio ayude a la liberación total. Quise ir para ponerme a prueba, te lo confieso. Mi papá ha sido como una ausencia que al mismo tiempo ha significado una presencia imposible de evadir. ¿Entiendes?
—Más o menos.
—He llegado a la conclusión de que fui el deshonor de mi padre y soy la tragedia de mi madre. Pero como es irrefutable que nací de ellos, eso los hace responsables, en cierto modo.
—Ja, si lo tienes claro, ¿entonces cuál es la bobada?
—Su cara de ira cuando me echó y sus insultos, eso me quedó de él y no se me olvida.
—Eso sí es bobada. ¡Seguir pegado de eso! No vale la pena. Suéltalo ya. Estás muy viejo para andar como un adolescente.
—Creí que ya no me afectaría.
—Más te vale saldar la deuda completa para que te sientas en paz. Hacer las paces siempre es conveniente. Lo supe cuando aclaré con mamá y papá por qué me les perdí sin avisarles. Por eso pude volver a vivir con ellos.
—Lo tuyo les pareció menos grave, como una travesura de juventud que podían olvidar. A mí no podían admitirme. En el fondo consideraban vergonzoso que no me gustaran las mujeres.
—Eso fue papá. De resto, ninguno se atrevió a decir nada. Nunca oí que comentaran, ni siquiera Rubén. Al contrario, él te defendía cuando en la gallada se atrevían a decir algo. Mientras que a mí me criticaron. Sobre todo Rubén y Tere que preguntaban que por qué volvían a recibirme después de todo el sufrimiento que había ocasionado.
—Es que tú te largaste y a mí me echaron. Papá me ocasionaba un sufrimiento y a ustedes seguramente yo les inspiraba lástima. Conmigo solo podían sentirse solidarios. Así lo interpreto. En cambio tú quedaste como un desconsiderado e insensible. Un irresponsable. Lógico que estuvieran enojados contigo.
—Puede ser. Sí. Fue una embarrada perderme así sin decir nada. Pero tenía mis motivos.
—Te volviste un desaparecido y tú sabes lo que eso significa, sobre todo en un país tan difícil. Yo hablaba con mamá por teléfono y le sentía la angustia. Ese año le cambió la voz. Cada día la oía cavilar en todas las posibilidades. Cuando emigré, me decía que no la llamara tanto porque me salía muy caro. Pero me daba pesar por lo que sufriría con dos hijos perdidos.
—Sentir pesar por los papás es una trampa. Cae uno en hacer sacrificios por ellos, así como ellos dicen que los han hecho por uno, aparte de haberle dado la vida. Y uno sin haber pedido nada.
—El amor tiene una dosis de sacrificio. Es su naturaleza. No hables que vas a ser papá y tendrás otra perspectiva.
—Seguramente caeré en lo mismo y me volveré un papá convencional. Yo que pensaba cambiar el mundo.
—Ya que decidiste tener una familia haz lo posible porque sea diferente. Ahí puede estar el cambio, a menor escala, claro, pero válido.
—Y tú esfuérzate por ponerte en paz con papá, a ver si puedes vivir tranquilo el resto de tu vida.
—Me mortifica más haber faltado al entierro de Luciano. Me di cuenta hoy, lo sentí en el cementerio. Es que solo era tomar un avión y en cuestión de horas estaba aquí. ¿A ti no te pesa?
—¿Pesarme? –Julián hace una mueca de fastidio y regresa al periódico–. Yo nunca he tenido remordimientos por eso –dice malgeniado. Pasa con afán las hojas del diario. No lee–. Hice lo que había que hacer, dos días llevaba salir de donde estaba, primero caminé y caminé, luego monté en bestia, después en chalupa y en bus, hasta que pude coger una avioneta, pero ya había pasado todo y Teresa me dijo que no convenía que me apareciera, que no me dejara ver, ¿qué culpa iba a tener?
—¿Tere hizo eso? Yo no me acuerdo.
—Porque no viniste, porque no fuiste capaz de montarte en ese avión como decías. En cambio yo sí hice el viaje. Apenas llegué al aeropuerto llamé a la Tere y me salió con que sería otra emoción muy fuerte, que no era el momento y que ella me avisaba cuando fuera prudente. No había casa además y ella no podía recibirme en la suya, menos Brenda y mucho menos Rubén. Tica, papá y mamá estaban repartidos. Mi aparición en vez de ser un alivio hubiera sido un problema más, así me dijo. Y me tocó devolverme.
—A nosotros solo nos contó que tenía noticias tuyas. Por lo menos eso le entendí.
—Se comprometió a avisarme cuándo podía venir. Yo le di los datos para que me ubicara y me dejó esperando el aviso. Tuve que quedarme en ese monte queriendo estar acá. Por eso no cargo remordimientos. Pero me atormenté mucho imaginando cómo había sido todo, pensando en Tica en el hospital quemada, con Iris. Imaginando a papá y a mamá en el apartamento en medio del incendio, a Luciano y su perrita muertos. Fue terrible. Unos días muy difíciles. Sabía que Tica estaba sentida conmigo por no haberle contado que me iría y haberla sometido a meses y meses sin saber dónde estaba, si estaba vivo o muerto. Nosotros nos confiábamos todo. Pero la dejé con la incertidumbre. Por eso le he venido facilitando las cosas. Me he encargado de mamá para que no la joda tanto y pueda hacer su vida. ¿Entiendes?
—Claro, claro, entiendo… Ya que lo mencionas, no entiendo la obsesión de mamá con Tica. Preocupada por su futuro a estas alturas cuando la olvidó en Campoalegre. ¿Te acuerdas cómo le rogábamos que mandara por la niña? Nosotros vamos por ella, le dije un día. Pero no hizo caso.
—No ha querido leer la historia que escribió. Pero le mandó una carta. Yo le ayudé a enviarla por el correo electrónico. –Julián estira las piernas, se mira los zapatos y se levanta del puesto del lustrabotas–. Ha rendido el día.
—Aún nos quedan cosas por hacer. –José Luis también abandona el asiento.
—Aquí dice que eso sigue militarizado allá. –Julián lee mientras camina–. Se creó un comando, un puesto de Policía. Oí los nombrecitos que los generales les ponen a sus batallas: Invierno, Verano, Lejanías, Ébano, Gorrión, Futuro, Coronel, Fortuna, Hoguera, Urano, Cóndor. Mira estos gráficos, son los últimos reportes de las operaciones en la comuna.
Los gráficos sintetizan las diez intervenciones del Ejército, seis de ellas en el barrio de Margó, el más perjudicado. En febrero, en abril, en mayo, en junio, en agosto, en octubre, en noviembre. Dice que la de mayo, sangrienta, costó la destitución a su comandante ya que para entonces se reportaban quinientos muertos en total, y que la que acaba de pasar ha sido la peor porque mil uniformados de todas las fuerzas, apoyados con mercenarios de las autodefensas, embistieron seis barrios, ocasionaron un fuego cruzado que mató un número incierto de habitantes e hirió a cientos, y como solo pudieron dar de baja a cinco guerrilleros, y en cambio perdieron a seis tenientes, apresaron doscientos civiles, todos sospechosos, según dicen. Las cifras están en el periódico. Cifras rotundas, para evaluar la magnitud de los hechos, convencerse de su gravedad, aproximarse a la realidad de un barrio que José Luis habitó y ha tenido a miles de kilómetros de distancia por décadas. Los desplazados de la violencia rural que emigraron hace más de medio siglo a la urbe ahora tienen que pasarse de un barrio a otro dentro de la misma ciudad. De esa manera esquivan las ráfagas de las armas de largo alcance de los diversos bandos, la lluvia de proyectiles de los helicópteros artillados, la llegada de la guerra ancestral del campo a la cabecera de una ciudad de renombre. Es un desplazamiento intraurbano, dicen los académicos que categorizan y nombran a su manera los fenómenos sociales. Y el mismo ocurre a pocos minutos de donde ellos se encuentran. Mientras caminan hacia la parada principal del metro comentan los sucesos.
—Los escuadrones de soldados y de policías se metieron en secreto. A los tres meses tuvieron que reconocer que estaban ahí, cuando fue atacado el vehículo donde el alcalde iba a inspeccionar la zona porque los asesores dizque le recomendaron dar la cara a los millones de ciudadanos bajo su responsabilidad. Bobos. No se han dado cuenta de que así sean Gobierno, ese es un mundo aparte, justamente porque está atrapado en el desgobierno.
A la entrada de la estación, Julián arroja el periódico en una papelera. Ya es basura, aunque no ha sido basura lo leído. Los dos pasan los torniquetes con la tarjeta de Julián. Sin afanarse, alcanzan el tren que sale y a esa hora tiene asientos vacíos.
—Claro que si el Gobierno tomó el control habrá menos peligro.
Al oír a su hermano, Julián, que es más joven, lo mira como un padre que se conmueve ante la inocencia del hijo.
—Hombre, cómo se nota que no vives aquí.
—Lo que recuerdo de ese barrio y sus alrededores es que todos los días la gente salía a trabajar cuando apenas estaba amaneciendo. Como mi papá, como mi madrina. Ella no tenía obligación pero estaba esclavizada con sus obras de caridad. Me decía “es que con tanto necesitado al lado cómo se queda uno tranquilo”. Llegaba agotada, a veces llorando y sin ganas de comer por las historias que se encontraba. Un día, al verla así, le cuestioné su aventura. Entonces me llevó con ella, que para ayudarle, y me hizo cambiar de idea.
—Tanto altruismo y abnegación y de nada le sirvió. Es que uno se equivoca en la vida. Mejor dicho, se la juega y a veces pierde. Yo empecé a dudar cuando vi que por hacer el bien se hacía el mal. No te imaginas cómo se abusaba de los campesinos. Eran los que pagaban pues quedaban en la mitad de guerrilleros y Ejército. Y la guerrilla les hacía daño, así fuera sin intención. Por eso me decepcioné… Claro, también me dio rabia la manera como me abandonaron cuando me quebré el pie. Tú sabes esa historia.
—A medias. Por boca de otros. Creo que nunca te la oí.
—Creí que te la había contado… Tuvimos que salir corriendo. Me tiré por un despeñadero, como de diez metros, que iba a dar a un charco. Fue tremenda la sensación de caer en esa agua cristalina. Más intensa que el susto de la persecución y el rumor del helicóptero del Ejército que sobrevolaba el campamento. Solo después me di cuenta de que un pie dio contra una roca adentro. No sentí dolor. Me acordé de la finca y de cuando Iris nos enseñaba a saltar desde la piedra alta en La Hundida… ¿A vos también te enseñó?
—Claro, hacía lo mismo con todos. Primero nos advertía que no le contáramos a mamá. Por eso creíamos que éramos los únicos.
—El agua me salvó, haberme tirado al charco. El dolor en el pie vino después, cuando salí y empecé a correr. Como a los veinte metros me cogió un dolor tenaz. Me metí en un matorral y me quité el zapato. Cuando volví a ponérmelo no me servía, ya el pie estaba hinchado. Un compañero que fue capaz de tirarse al agua conmigo llegó y me sirvió de muleta. El comandante solo me dijo: “Como usted es de familia de plata, que ellos le paguen los gastos porque nosotros no podemos, váyase a que lo cuiden allá”. Me sentí traicionado. Pero me dieron la posibilidad de no volver. De alguna manera me habían echado. Me facilitaron las cosas porque yo ya tenía la sensación de estar metido en algo que no iba por el camino que había imaginado. Pero era solo una sensación. No sabía cómo explicar lo que me pasaba y así no podía hablar con los comandantes. Con ellos había que tener razones de peso, argumentos, y no los tenía. Era como si ellos fueran por una ruta y yo por otra. Fue difícil reconocerlo, implicaba aceptar la derrota, después de haber apostado todo. Dejé empezada la universidad, abandoné la familia, una novia…, ¿te acuerdas de Lina?…, y todo para nada. Para sentirme vigilado todo el tiempo, sin un peso en el bolsillo y sin saber cómo salir vivo. Estuve a punto de desertar. Y me pasó el accidente. Me costó este pie que me hace cojear a veces, pero no la vida. Siquiera, porque al poco tiempo el comandante del frente nuestro tuvo que entregarse a las autodefensas. Lo tuvieron preso varios meses dudando si lo mataban o no, y al final no se la perdonaron.
—Hasta ahí llegó tu lucha revolucionaria.
—Iba a terminar de todos modos. Un año se demoró el pie para sanar. Qué pesadilla. Yeso, operación, muletas, tornillos, que ponerlos, que volverlos a sacar. Y nunca nadie del movimiento preguntó por mí ni se interesó en saber cómo estaba. Los únicos que estuvieron ahí para ayudar fueron mamá y papá. Con eso tuve para olvidarme. El viejo serio, refunfuñando, pero contento por tenerme de nuevo en la casa.
—Claro, como ya me había echado a mí, perder dos hijos era demasiado. Llegaste, te cuidaron y te premiaron con el trabajo en el almacén.
—¡Valiente trabajo! ¡Todos los problemas que tuve con Rubén! Que porque siempre me hacía de parte de los trabajadores. Cómo fue de mal administrador. Un día le estaba organizando un paro.
—¿Qué te dijo papá cuando llegaste?
—“A mí no me cuente que no quiero saber”. Así dijo. Y mamá lo mismo. “Eso es mejor olvidarlo, hacer de cuenta que no pasó”, decía ella.
—Has sido de buenas.
—Sí, siquiera… Lo más difícil fue la actitud de Tica. Nos distanciamos. Es rencorosa, le cuesta perdonar.
—Vio sufrir demasiado a papá. Se adoraban.
Luego de un silencio y una mirada al interior del vagón y los otros pasajeros, Julián vuelve al tema de la situación en el barrio.
—El control no se ha recuperado del todo. Hay bandos que llevan mucho rato peleando y resisten. Te aseguro que eso nunca se acabará. Salen unos y entran otros, se generan nuevos grupos.
—Pero el Ejército es el Ejército. Los irregulares no pueden contra sus armas.
—Las armas no solucionan tanta inequidad, necesidades y crueldad. También el Ejército y la Policía abusan. Ahora es que se están conociendo las violaciones de derechos humanos. Ya salió la primera condena a la nación por la muerte de nueve personas. Había tres niños. Son unos ineptos. Lo malo es que trabajan de la mano con los paras.
—Yo creo que las cosas cambiarán después de esa marcha. Por algo la hicieron. Si no, la gente vuelve a rebotarse.
—Dudo que una multitud con pañuelos blancos tenga tanto efecto. Eso es en países civilizados. Este es salvaje. Yo antes me acostaba pensando que al otro día las cosas podían haber cambiado, que habían derrocado al presidente, que les habían quitado el poder a los militares, que los ricos dejaban de ser ricos y los pobres dejaban de ser pobres. Pero qué va. Matarnos y vivir maluco es lo que sabemos hacer. Siempre ha sido así. Si no, mira esto aquí. Combates en medio del asfalto.
—Sí, es demasiado.
—Yo creí en los ideales revolucionarios y no me arrepiento, uno necesita tener sueños cuando está joven y yo tenía derecho a los míos. También a equivocarme. Quién iba a imaginar la enrarecida que iba a pegarse esto con esa mezcla tan desastrosa de paras, narcos y guerrilla. Tuve que convencerme de que aquí es imposible y que esta mierda no hay que cambiarla sino ignorarla porque no tiene arreglo.
—Te convendría más optimismo. Vas a tener un hijo. Ayer me dijiste que la paz aquí hay que verla como una victoria y no como una derrota. Tú sabes de eso.
—Pero ya estoy viendo que son capaces de volver derrota una victoria… En fin, ya veremos cómo será para mi René. Espero que le toque algo mejor. Si no, allá te lo mando, prefiero que viva en otra parte.
Por las ventanillas del vagón ellos ven pasar la ciudad, un sector, otro. A medida que avanzan, el paisaje urbano luce más desprovisto de árboles y jardines, más atiborrado de construcciones. Julián obliga a decidir.
—Entonces, ¿nos arriesgamos y vamos por ese baúl ya? Tendríamos que bajarnos en la siguiente estación y cambiar de línea.
—Pues… siempre y cuando no nos dejemos coger de la noche.
—Sí, vamos. Por ahí derecho sabemos por qué Flor no contesta ese puto teléfono.
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