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C24 Mejora de la calidad de vida y la sociabilidad
• En 2015, un informe de la Asociación Mundial de Psiquiatría, elaborado a partir de 3000 estudios sobre la relación entre espiritualidad y salud psicológica, afirmaba que la calidad de vida y la sociabilidad mejoran con la práctica espiritual, al combatir el estrés causado por las pérdidas, la depresión y la tendencia suicida.
Para alcanzar a ser, precisamos del prójimo, con quien compartir fraternidad.

EL FUTURO DE LOS JÓVENES
Tenemos a jóvenes de 25-35 años que viven en casa de sus padres, bien por problemas económicos, bien por separaciones recientes, y que se enfrentan a una nueva crisis económica. Esto genera, por tanto, frustración, y el riesgo de que esta se cronifique y conduzca a sentimientos y comportamientos similares a los de la indefensión aprendida.
Hablamos del futuro de los jóvenes, de la crisis y de sus secuelas. Más paro, peores sueldos. Recesión de 2008 y pandemia de 2020.
Precariedad estructural, salarios más bajos, riesgo de que un despido temporal al inicio de un desempeño laboral se transforme en paro de larga duración.
Desde el año 2008, los jóvenes perciben sueldos más bajos que sus mayores.
La destrucción de expectativas de los jóvenes y el horizonte de precariedad dominante suponen una quiebra social.
Y es que es difícil incorporarse al mundo laboral en épocas de recesión. Tanto es así que está estudiado: la inseguridad económica reduce la fertilidad.
Precisamos un tejido industrial robusto, debemos independizarnos de una estructura económica de servicios.
Tendríamos que —deberíamos— hacer un ejercicio de equidad, generosidad intergeneracional.
Fijémonos en que las decisiones actuales influyen hasta en los que aún no han nacido. Se trata de una generación que vive en la incertidumbre sin saber cómo serán en 10 años las relaciones, el trabajo, el consumo.
Un entorno muy volátil que deja a un gran número de jóvenes sin expectativas.
Los jóvenes son los menos afectados por el virus, pero están más expuestos a las consecuencias económicas de la pandemia.
Jóvenes, sí, con vidas aplazadas.
Cierto es que estos jóvenes actuales están adaptados a los cambios estructurales, pero los jóvenes ven zarandeadas sus expectativas de futuro ante el seísmo que ha ocasionado la pandemia del coronavirus.
Pérdidas de salarios y de posibilidades de empleo para los jóvenes, mientras que los trabajadores de más edad quizás intentarán trabajar durante más tiempo.
Situación de déficit de talento por desperdicio de conocimiento, dado que los jóvenes preparados optan por la emigración.
Los jóvenes ya viven peor que sus padres, y así seguirá siendo si no se adecúan aspectos esenciales, como los educativos y los laborales, y si no se potencia la política de empleo juvenil al tiempo que se dota de tamaño y musculatura la estructura empresarial.
Jóvenes que forman parte del paro estructural, del desempleo crónico.
Que no se nos olvide.
En Madrid, a 5 de junio de 2020
Javier Urra
Prof. Dr. en Psicología y Dr. en Ciencias de la Salud Académico de Número de la Academia de Psicología de España Primer Defensor del Menor

INCERTIDUMBRE
Una sociedad que elude reconocer su vulnerabilidad, su culpabilidad, que busca desconocer la muerte, ha comprobado que los problemas globales exigen soluciones globales. Asimismo, ha confirmado que el supuesto equilibrio entre seguridad y libertad tiende a vencerse en favor de la seguridad.
Es hora de compartir enunciados negativos como aviso para las personas que no deseamos pasar por alto datos e impresiones negativas, pero no desesperanzadoras.
Afrontemos la escapista realidad como lo hace el héroe español don Quijote, sin superpoderes.
Abordemos el síndrome posUCI, que afecta aproximadamente a un 40 % de los pacientes que abandonan los cuidados intensivos, que pueden tardar meses en recuperar sus capacidades motoras y cognitivas.
Además, la medicación puede inducir delirios y, en el caso del coronavirus, los pacientes han sufrido aislamiento de sus familiares. Sí, habrán de apreciarse posibles lesiones o daños neurológicos en quienes, cuando estuvieron hospitalizados, tuvieron que ser intubados.
La ciudadanía ha sufrido, y más de lo que muchos perciben; la colectividad está desorientada. El esperado crecimiento postraumático no aflora, cuesta entusiasmarse, apasionarse con esta aletargada vida de mascarillas, rebrotes, hidrogeles, cuarentenas.
Los clínicos estamos atendiendo a quienes muestran los síntomas de estrés postraumático y a quienes conviven con lentitud cognitiva, fallos de memoria, angustia, depresión, crisis de pánico.
Se percibe una acallada tristeza generalizada, una melancolía del alma, una difícil elaboración de lo acontecido y de lo que queda por vivir. Y es que nuestro cerebro, nuestra mente, nuestras conductas siguen siendo, y en gran medida, un misterio.
Respecto a convivir con un vulnerable, por edad o por patologías previas, esta convivencia obliga a extremar la prudencia, las medidas de seguridad, a decir no a muchas actividades en el exterior del hogar, a comprometerse desde la renuncia y la generosidad por amor. En todo caso, los vulnerables habrán de aislarse en gran medida y llevar a cabo un confinamiento voluntario, no impuesto, más difícil, pues el resto disfruta de la libertad que dota a la vida de color. Su esperanza está en esos congéneres a los que no conoce y que seguro que descubrirán la vacuna. Cuestión de tiempo, de amor a la vida.
Tiempos de zozobra, de duelo, de miedos, de búsqueda de una seguridad inexistente. La especie humana ha comprendido su vulnerabilidad, su intrascendencia para el planeta, para el universo, para otras especies.
Humanos que nos desconocemos, pero percibimos la capacidad de cooperación, de solidaridad, de adaptación, de supervivencia.
En Madrid, a 7 de julio de 2020
Javier Urra
Prof. Dr. en Psicología y Dr. en Ciencias de la Salud Académico de Número de la Academia de Psicología de España Primer Defensor del Menor

SECUELAS
Pareciera que lo que va a permitir es un mayor contacto entre los miembros familiares. Se irá más a los pueblos y a residencias de nuestro país. Lo cual, como todo en la vida, tiene distintas lecturas. Por un lado, seguiremos conociéndonos más, apreciándonos más y disfrutando de la proximidad. Pero, por otro, los jóvenes pierden la posibilidad de ir a otros países, de conocer a otros iguales, otras lenguas, otras historias y otras culturas. Sin embargo, como bien sabemos, el estar en contacto permanente conlleva, sin duda, conflictos relacionales, por espacios, por molestias, por frases, por silencios, etc.
Y dicho lo anterior, proveámonos de una actitud positiva, relajada, de aceptación, de perdón, de diálogo, de puesta en común. Sí, es más fácil decirlo que obrar con constancia en el día a día. Habrá malas interpretaciones, algún gesto poco amable, quizás alguna palabra altisonante; pero lo esencial es saber que nos queremos mucho más allá de que nos necesitemos.
La vida es atractiva, pero no es fácil. La imaginamos preciosa, agradable, pero no siempre es así; tiene mucho de cotidianidad, de aburrimiento, de incomprensión, de una fantasía que no se convierte en realidad.
Insisto en la importancia de la actitud, de transmitir que se quiere, aunque se discuta; de demostrar que se perdona, aunque duela; de dar lo mejor de uno mismo; de mostrar la cara más amable; de sonreír aun cuando se llore en el alma.
Concluyamos que la existencia es breve, no creemos problemas donde no los hay. Relativicemos las pequeñas disputas, disfrutemos de la vida, de las cosas humildes, sencillas, naturales, bien hechas.
No intentemos que el otro sea como nosotros. Exijámonos más a nosotros mismos y a los demás.
Sabíamos, y la pandemia nos lo ha recordado, de nuestra vulnerabilidad. No sobreactuemos, no seamos rencorosos, no busquemos el conflicto, no tiremos el tiempo del que se compone la vida.
Las situaciones de dolor y sufrimiento han sido muy diversas. Por ejemplo, el duelo pospuesto por el fallecimiento generalmente de un abuelo, ya que la situación no ha permitido despedirse de manera próxima; es más, tampoco se ha podido acompañar fácilmente en el entierro.
Esta lamentable situación genera dolor y desconcierto.
Otra situación lamentable es la de los familiares sanitarios que se han puesto en riesgo y que, además, han tenido un gran sufrimiento por el denominado «trauma por compasión»; es decir, han sido ellos los encargados de despedir a la víctima, ya que esta no podía estar acompañada de los suyos. Además, los sanitarios no solo enfrentaban la muerte de cerca, sino que tenían miedo de ser portadores de esta a sus hogares.
Asimismo, ha habido distanciamientos atroces, pues las circunstancias han llegado de improviso, sin permitir el acercamiento en estos fatídicos días, y esto ha golpeado la sociedad.
No podemos olvidar a las personas más sensibles, como son las de educación especial, las afectadas por enfermedades mentales, los alcohólicos y drogodependientes, los ludópatas, los afectos de espectro autista, los que son presa de obsesiones compulsivas, los diagnosticados de hiperactividad, y muchos otros.
En conclusión, son muchos los grupos, las personas, que han sufrido, que sufren, que sufrirán. Hay mucho trastorno por estrés postraumático. Sin embargo, de estas virulentas realidades rebrota la empatía, la compasión, la generosidad, el altruismo.
El ser humano, como especie, dejó huellas desde tiempo inmemorial de dar tierra a sus muertos, y aún de ayudar en lo posible a los heridos o a quienes tenían más dificultades desde el momento del nacimiento.
No olvidemos que la historia se ha escrito con guerras, pandemias, hambrunas, desastres naturales y, sin embargo, hemos llegado hasta aquí con una memoria colectiva que se duele por el sufrimiento padecido y se ilusiona con la esperanza de un futuro mejor.
Enseñemos a nuestros hijos y aprendamos nosotros que, más allá del desarrollo tecnológico, seguimos siendo muy frágiles, que nos es muy difícil prever lo que acontecerá mañana. Aprendamos humildad de esta lección que nos ha venido impuesta. Y activemos los recursos que tenemos basados en la solidaridad y el compromiso.
Hemos de pensar no solo en nosotros, sino en los otros y en los que sufren la enfermedad, en los que todavía no se han recuperado de las secuelas neurológicas o de otros tipos de la COVID-19.
Luchemos colectivamente para apoyar a quienes más lo necesitan, por intentar que el paro laboral no nos supere y que la desigualdad social no se cronifique.
En Madrid, a 22 de julio de 2020
Javier Urra
Prof. Dr. en Psicología y Dr. en Ciencias de la Salud Académico de Número de la Academia de Psicología de España Primer Defensor del Menor

APRENDIENDO DÍA A DÍA
Hemos pasado un tiempo de perplejidad que se inició con la sorpresa, el miedo y la angustia. Dio paso a la aceptación de la situación y a la acomodación.
Ahora se nos dice que estamos en la nueva normalidad, pero no deja de ser un eufemismo, si bien todos entendemos lo que significa.
Es difícil para el ser humano acostumbrarse a la distancia social, a la pérdida de contacto (los besos, el piel con piel), porque somos un animal eminentemente social, y aún más en los países latinos.
Por otro lado, el ser humano como especie ha llegado hasta aquí gracias a su capacidad de adaptación y, por lo tanto, todos y cada uno de nosotros podemos aceptar el llevar la mascarilla, el reunirnos en lugares exteriores, el mantener una distancia. Estamos hablando de responsabilidad, de asunción de lo que es vivir en sociedad.
Hemos comprobado que el mundo es uno, que realmente para un ser microscópico las fronteras, las banderas, las ideologías, las creencias... no existen.
Cierto y verdad es que cada uno es un ser único e individual. Algunos somos más mayores o más vulnerables; otros, más jóvenes y, por sus características etarias y de la propia pandemia, se sienten invulnerables o, en todo caso, no preocupantemente afectados. Y llegados aquí, es responsabilidad de las familias, de los representantes políticos, de las fuerzas de seguridad, intentar que se cumplan las normas; pero, como digo, la responsabilidad máxima es de todos y de cada ciudadano.
La presión de grupo, colectiva, es esencial para la conducta de cada sujeto.
Las dificultades son muchas: grietas emocionales no fácilmente perceptibles ni por quien las sufre. Asimismo, existen disociaciones cognitivas y dificultades de interrelación, dada la subjetividad, la percepción de las circunstancias.
Por otro lado, la crisis económica pareciera atenuada por los ERTES y por la lluvia de euros procedente de Europa, pero la realidad es más bien otra: muchas empresas cerrarán, muchos autónomos no podrán continuar con su función, y todo ello genera un desequilibrio emocional, existencial.
Estamos conviviendo con la incertidumbre, una sombra que nos acompaña y que genera una profunda ansiedad en la ciudadanía. Bien es cierto que este es un momento para aprender a manejarse en la duda, para afrontar psicológicamente las dificultades y hacerlo no solo a título individual, sino familiar y social.
En el programa recURRA-GINSO hemos vivido una experiencia inmejorable. Tanto los jóvenes que residen en nuestro centro terapéutico en Brea de Tajo como sus padres han mostrado lo mejor de la persona en momentos de tensión.
Los chicos, en número de ochenta y cuatro, han pasado día a día este encierro con una actividad colaborativa, gustando de aprender, de compartir, de emitir los mejores mensajes a sus familiares, puesto que estos, y por videoconferencia, les han hecho llegar su ternura, su cariño, su amor.
Créanme cuando les digo que el confinamiento, y desde luego sin haber sido buscado, ha resultado para padres e hijos profundamente terapéutico.
En Madrid, a 27 de julio de 2020
Javier Urra
Prof. Dr. en Psicología y Dr. en Ciencias de la Salud Académico de Número de la Academia de Psicología de España Primer Defensor del Menor
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