La teoría de la argumentación en sus textos

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¡Empezaba a ponerse interesante!”.
¿Qué quería decir yo con esto, que puede parecer no muy cuerdo? Pues lo siguiente: que tendrá que venir alguna vez una época en que los filósofos sabrán que no lo saben todo y lo dirán; que del mismo modo que un hombre de ciencia, al hablar, por ejemplo, de los satélites de Neptuno, puede decir, como la cosa más natural del mundo: “He observado un satélite, pero no sé si habrá otro”, o puede decir: “En tal época me pareció que observaba un satélite; pero después en otra observación me pareció que había sido una ilusión de óptica”; que alguna vez los filósofos puedan también hablar así; que se les ocurra hacerlo y que se decidan a ello; que nos den su pensamiento, no artificialmente falseado, sino tal como realmente es. Que un filósofo pueda, por ejemplo, decir: “Al llegar a este punto de análisis, ya no puedo pensar con claridad” y nos dé su pensamiento confuso cuando sea realmente confuso; que pueda decir: “La simetría me llevaría aquí a sostener que…; pero…” —¿comprenden?—. Sin perjuicio de tener sus convicciones a veces (“sobre la otra cuestión, sí, me parece evidente…”). Que pueda también cambiar ante una objeción, ceder ante un argumento, que pueda hacer lo que hace un hombre de ciencia cuando otro hombre de ciencia ve el satélite que él no habían visto: confesar que existe. Que pueda decirnos que hay puntos sobre los cuales oscila, sobre los cuales no tiene opiniones hechas.
E indicaba, en el resto de esta fantasía, la conveniencia también de otra cosa. Muchas veces, comparando los apuntes que sirven para la preparación de las obras, los cuales son hechos sincera y naturalmente, se ve que hay algo, sin duda, que se gana, de los apunes a la obra; pero que hay también algo que se pierde: toda esa parte de sinceridad, de dudas, de ignorancia; las oscilaciones del autor, sus mismos cambios de opinión, los argumentos contra ciertas opiniones, aun cuando él se decida por los argumentos favorables; todo eso se pierde de los apuntes a los libros (y ya se habrá perdido en parte de la mente a los apuntes).
Y pensaba yo que la filosofía será completamente distinta, habrá nacido de nuevo —o habrá nacido, sencillamente— el día en que los filósofos sepan darnos toda su alma, todo lo que piensan y hasta lo que sienten, todo lo que psiquean, diré, para emplear un verbo más comprensivo.
Imagínense ustedes que un Kant no nos hubiera dado solamente su sistematización: imagínense que pudiéramos hoy saber no solo de las divisiones que hizo Kant, cómo separó el espíritu en compartimientos, cómo puso tabiques y dijo que A era esto, que B era lo otro y que C se dividía en primero, segundo y tercero, sino que hubiéramos sabido lo que Kant dudaba y lo que Kant ignoraba; y, sobre todo, cómo ignoraba; cuán provechoso nos sería esto para fermento pensante. Las teorías de Kant han hecho su bien; han hecho también su mal; y ha llegado un momento en que han dejado tal vez de ser útiles a la humanidad; pero aquel fermento pensante habría sido de utilidad eterna. Si pudiéramos ver la franja psicológica, la penumbra, el halo, lo que hay alrededor de lo absolutamente claro; si pudiéramos saber hoy, por ejemplo, cómo piensa un Bergson, qué dudas tiene, en qué contradicciones se ve a veces envuelto (de las que se salva con tal o cual artificio de lógica…). Ese era el “libro futuro”; y eso ha de comprender la filosofía futura…
Pero solo he hablado incidentalmente de los sistemas; mi interés era sobre todo hacer estudiar el proceso psicológico por el cual el espíritu va cayendo en ciertos estados. Sobre todo, no quería tratar de los sistemas clasificados, sino, como se diría en la terminología jurídica, de los sistemas innominados. En derecho, además de los contratos que tienen nombre, hay otros: los contratos innominados. Pues, en la Psico-lógica, hay los sistemas innominados: esos que, en cada espíritu, flotan vagos, imprecisos, y se forman a cada momento, como nebulosidades mentales, e impiden ver y pensar con justeza.
Noten quizá lo más importante que hay que observar a este respecto. Cuando se piensa como yo les he recomendado, por ideas para tener en cuenta, no por sistemas, aparecen, en la inmensa mayoría de los casos, las cuestiones de grados. Mientras se piensa por sistemas, no: se tiene un sistema hecho y se lo aplica en todos los casos, porque solo se tiene en cuenta una idea y se piensa con esa idea sola; pero cuando se piensa con muchas ideas, cuando se piensa con todas las ideas posibles, entonces surgen inmediatamente las cuestiones de grados.
¿Es bueno (un ejemplo sencillo de la vida corriente), es bueno elogiar a los escritores incipientes, aun cuando lo que hacen valga poco? ¿Es bueno, al contrario, criticarlos severamente?
Fíjense con qué facilidad podría yo hacer un pequeño sistema para probar cualquiera de esas dos tesis. Razonaría así: “Es bueno elogiar a los escritores que recién empiezan; cierto es que lo que producen a veces vale poco, pero lo que importa en estos casos es, sobre todo, el estímulo; la mayor parte de los grandes escritores han empezado por producir obras débiles; quizá si se los hubiera criticado con severidad, se los hubiera inhibido y se los hubiera interrumpido en su carrera, tal vez…”. Por aquí puedo seguir indefinidamente. Ahora, puedo hacer el razonamiento opuesto, también con igual facilidad. “Se debe criticar con la mayor severidad posible a los escritores que se inician: de esta manera impedimos que, en esa época de la juventud irreflexiva, se extravíen muchos por sendas erradas, o se figure cualquiera tener una vocación que realmente no tiene, o se adquiera una facilidad excesiva o viciosa, o tendencia a no observarse, a no concentrarse; es conveniente que sean corregidos en la edad en que la corrección puede todavía producir efectos…”. Puedo seguir razonando todo el tiempo que quiera.
En realidad, ¿cómo hay que pensar? Hay que tener en cuenta todos esos efectos posibles, buenos y malos, de la crítica benevolente o de la severa, para apreciar, en los casos y los momentos, según el juego libre de estas dos ideas, los efectos del elogio.
En seguida, pues, surge la cuestión de grados; y la cuestión de grados no se puede resolver de un modo geométrico. Lo único formulable es esto: “En pro, hay tales razones; en contra, hay tales otras; hay que tenerlas en cuenta, a unas y a otras; pensar y proceder sensatamente según los casos”.
Se nos ocurre cualquier otro problema práctico análogo: Los Liceos, ¿deben ser muy exigentes en los exámenes de ingreso de los alumnos o, al contrario, deben ser benévolos?
Pensando con una sola idea, yo puedo probar aparentemente cualquier cosa. Con gran facilidad probaría que es bueno ser rigurosamente exigente en esos casos: “Resultarían inconvenientes para todas las clases, si las instituciones de enseñanza recibieran alumnos mal preparados: esos mismos alumnos, en primer término, estorbarían a todos los demás, impedirían que las clases siguieran su curso regular, harían retardarse al profesor en explicaciones inútiles; en segundo término, los mismos alumnos sufrirían un grave mal, nunca podrían aprovechar la enseñanza en las condiciones en que la aprovecharían normalmente, etc.” —y sigo así todo el tiempo que quiera—. Con igual facilidad podría probar lo contrario: “En esa edad, las aptitudes que se manifiestan poco tiene que ver con las reales que se manifestarán más adelante; sería sensible que una institución de enseñanza rechazara, porque no ha sabido bien o porque no ha sabido algo, a un niño que tal vez puede ser infinitamente más inteligente que otro niño que en ese momento lo parezca. Además, hay que tener en cuenta que en esa edad el niño está indefenso, depende de la expresión del rostro del examinador, de un gesto de este, de la manera como se le hable, de la manera como lo interroguen: si no se le plantean las preguntas en la forma en se las planteaba su maestro, no contestará; no es como un alumno de años superiores que sabe defenderse; el miedo produce mucho más efecto en el niño pequeño…” —también puedo seguir indefinidamente—.
En realidad, lo que hay hacer, y esto es lo difícil, es equilibrar esas ideas; y para esto nadie es capaz de dar una fórmula; la solución más o menos justa, más o menos sensata, se encuentra, en los casos de la vida práctica, tomando en cuenta todos los razonamientos; por ejemplo, los que hicimos en uno y otro sentido en el caso general anterior. No puede eximirse nadie de la tarea de pensar; no se puede dar un sistema hecho donde hay cuestión de grados.
Y estas cuestiones de grado tienden siempre a tomar parecida forma: ¿Es conveniente bañarse, por ejemplo, enjabonándose el cuerpo? Yo me puedo poner a razonar en esta forma: “Los poros son utilísimos…” (explico la función de los poros); “la transpiración es utilísima…” (explico la función de la transpiración. “Por consiguiente, es necesario quitar a la piel todo lo que en ella se acumule e impida que sus funciones se verifiquen de la mejor manera posible; hay, pues que bañarse lo más frecuentemente que se pueda”. Pero ¿no podría llegarse a la exageración, aun con esta idea tan razonable? Sería posible, sin duda, que ciertas sustancias que segrega la piel desempeñaran una cierta función protectora; sería posible que, si las quitáramos demasiado frecuentemente, si una persona se bañara o se friccionara demasiadas veces…”. Llegará, pues, un grado en que esa práctica tan razonable podrá hacerse exagerada; pero, ¿cuántas veces son esas “demasiadas”? Cuestión de grado, para la cual no hay fórmula.
¿Se debe proceder siempre de acuerdo con lo ideal? Es un problema, y un gran problema: si se ha de obrar siempre teniendo en cuenta lo que debería ser o si se han de tener en cuenta las circunstancias reales. Aquí hay dos exageraciones temibles: Yo puedo hacer un sistema: “Siempre y en todos los casos debo proceder como si todos los hombres fueran buenos y como si todos los hombres fueran inteligentes. O pidiendo siempre lo mejor que se puede obtener. Supongamos que un pueblo, por ejemplo, quiere reformar su sistema electoral: debe pedir el sistema más perfecto; prescindamos de si las circunstancias lo permiten o no lo permiten, de si los hombres están o no dispuestos a darlo”. Esta es una teoría sistemática; con ella voy a dar una exageración puesto que, a veces, por pedirlo todo, no se consigue nada. Ahora podemos hacer la teoría contraria: “No, no pensemos en ideales; lo que hay que pedir es lo que se puede obtener en un momento dado; hay que tener en cuenta solo las circunstancias prácticas y la psicología de los hombres”. En este caso, me voy a otra teoría, aún peor que la primera, porque el pedir y el buscar y el ansiar los ideales es lo que modifica la misma práctica; y en muchísimos casos si no se pidiera todo, no se conseguiría siquiera algo. ¿Qué hay que hacer, pues? Sin duda, tener en cuenta los ideales y tener en cuenta también las circunstancias prácticas; y equilibrarlos. Pero ¿en qué grado? ¿De acuerdo con qué fórmula? Nadie la puede dar: eso se piensa y se siente en cada caso.
Ahora, ¿qué se deduce de aquí?
Se podría deducir una especie de apología del buen sentido; pero no del buen sentido vulgar o, mejor dicho, del buen sentido entendido vulgarmente, sino de otro buen sentido más elevado: del que yo llamaría buen sentido, no infralógico, sino hiperlógico. El sentido común malo, ese que con tanta razón ha sido objeto del estigma de la filosofía y de la ciencia, el que ha negado todas las verdades y todos los descubrimientos y todos los ideales del espíritu humano, es el sentido común inconciliable con la lógica; el que no admite el buen razonamiento. Pero hay otro buen sentido que viene después del razonamiento o, mejor, junto a él. Cuando hemos visto y pesado por el razonamiento las razones en pro y las razones en contra que hay en casi todos los casos; cuando hemos hecho toda la lógica (la buena lógica) posible, cuando las cuestiones se vuelven de grados, llega un momento en que una especie de instinto —lo que lo llamo el buen sentido hiperlógico— es el que nos resuelve las cuestiones en los casos concretos. Y sería bueno que la lógica no privara a los hombres de esa forma superior de buen sentido.
El día en que se pensara más así, muchas disciplinas del espíritu humano tomarían un aspecto diferente. Una sería la Metafísica, como dijimos. Otra sería la Moral.
La Moral ha sido hecha hasta ahora por sistemas cerrados, cada uno de los cuales se ha condenado a no tener en cuenta más que uno solo de los factores posibles de conducta. Una teoría ha decretado: “El único factor que hay que tener en cuenta es la simpatía”. Otra: “No: el único factor que hay que tener en cuenta es el placer personal”. Otra todavía: “El único factor que hay que tener en cuenta es la utilidad colectiva”. Y nos ha dicho Spencer: “El factor que hay que tener en cuenta es el progreso”. Y Guyau: “El factor que hay que tener en cuenta es la expansión de la vida”. Entre tanto, todos esos factores, y otros muchos más, tienen valor; y si pensamos, no por sistemas, sino por ideas para tener en cuenta —¡vean ahora cómo se nos agrandó nuestro asunto!— entenderemos que el hombre sobre la tierra tiene que tener en cuenta el progreso, la expansión de la vida, el placer personal, la utilidad colectiva, etc., y todavía todas las hipótesis, posibilidades o esperanzas que se relacionan con lo desconocido. Ahora, ¿cómo se combina esto en la moral viva? Nadie es capaz de presentárnoslo formulado con números o con letras; pero, quien sepa pensar así, aunque sin fórmulas, será quien tenga más probabilidad de que la moral le ahonde en el alma.
Otra observación sumamente interesante es esta: el hombre se defiende tan mal de la falacia de falsa sistematización que hasta hay una especie de gloria —no la mejor gloria, pero sin duda una forma de ella: una causa de persistencia en la memoria de los hombres— que depende de esa misma falacia. Es un fenómeno muy curioso. En nuestros programas de enseñanza, o en las historias del pensamiento humano, figuran con bastante preferencia ciertos grandes sistemas de tal naturaleza que no que ha impedido su disolución —su olvido— es, podría decirse, una especie de indigestibilidad. Supongamos —ya cité este caso— que un Rousseau, por ejemplo, hubiera hecho una serie de reflexiones prácticas, sensatas, bien observadas, moderadas y exactas, sobre el papel de la voluntad en el orden de las sociedades o sobre el papel que debemos dar a la naturaleza en la educación; esas observaciones habrían sido estudiadas y utilizadas; habrían sido probablemente devueltas en acción para los hombres que las hubieran asimilado; y, —¡cosa interesante!— es posible que, entonces, el nombre de Rousseau no se recordara tanto hoy. Pero era este Rousseau un exagerador formidable; arremetía con cada idea y se llevaba todo por delante. De manera que construyó su teoría del “contrato social”, según la cual la sociedad no tiene otro origen que la voluntad humana; construyó su teoría de la educación “natural”, donde figura aquel Emilio a quien su educador prefería muerto antes que verlo entrar en la tienda de un vendedor de bujías porque no es natural la luz de estas… Pues bien, la mente de los hombres es tal que eso asegura a su autor una forma de gloria: gloria negativa, si ustedes quieren; pero el hecho es que no hay un programa en que no figuren tales teorías de Rousseau, aunque sea para hacer su “refutación”. Y la humanidad no ha podido “eliminar” esas teorías. Y ello se parece a una digestión difícil. Una sustancia alimenticia y fácilmente asimilable se convierte en el organismo en fuerza y energía, y esa fuerza y esa energía son utilizadas y la sustancia desaparece. Otras no se pueden resolver y quedan. Y, como ellas, ciertas teorías: las citadas de Rousseau, la ley de Malthus, las utopías de Fourrier y una gran cantidad de sistemas de reorganización social son, vuelvo a repetirlo, algo así como formidables bolos ideológicos que se le hubieran indigestado a la humanidad.
Habría de que resumir todo esto y el resumen es muy simple. Lo que yo procuro enseñarles, esto es, pensar con todas las ideas que se pueda, teniéndolas en cuenta todas, tomándolas como tendencias, en cada caso, equilibrándolas, adaptándolas, es muy fácil de comprender. Si es difícil de aplicar es, sobre todo, porque cuesta al espíritu humano libertarse de la impresión de abandono en que le parece encontrarse una vez que lo dejan libre.
Supónganse ustedes una generación de maestros de escuela formados única y exclusivamente con la teoría “naturalista”. Se les habría enseñado que hay un criterio absoluto: la vuelta a la naturaleza; y tendría reglas fijas, hechas, infalibles, que los llevarían, por ejemplo, hasta impedir que sus alumnos encendieran luces, porque alumbrarse con ellas no es natural. Supongamos que una persona de buen sentido aparece en esa escuela y les dice: “Señores, a ustedes los han acostumbrado a pensar mal. Indudablemente, hay que tener en cuenta la naturaleza y las indicaciones naturales; pero eso no es todo lo que hay que tener en cuenta, aunque no sea sino porque vivimos en condiciones que son en parte artificiales, en que lo que fue artificial tal vez se está convirtiendo en natural, en que no se sabe bien lo que es natural y lo que es artificial, en que tal vez estas palabras no tengan un sentido claro… y porque, a veces, lo artificial es bueno”; en fin, les enseñará a pensar: “Tengan ustedes en cuenta una y otra cosa: lo que es la naturaleza, lo que fue antes el hombre, pero también lo que puede ser, lo que debe ser y lo que quiere ser…”. Lo interesante es esto: que esos maestros se sentirían a primera vista como desamparados. “Bien, este señor nos quita nuestra regla; pero, y ahora, ¿qué hacemos?, ¿qué nos da en cambio?”. Si es difícil pensar como yo les recomiendo es porque es difícil libertarse de la impresión de que aquel a quien le quitan sistemas universales, o la costumbre de hacerlos, pierde algo. Lo importante es sentir entonces lo que se gana.
Apéndice
Ampliación y corrección al capítulo
“Pensar por sistemas y pensar por ideas
para tener en cuenta”
Creo que el texto hace efecto de que yo creyera y enseñara que pensar por sistemas es siempre malo. Debió explicarse bien en él que pensar por sistemas es malo en los casos en que no se debe pensar así. (Ese capítulo era el estudio de otro paralogismo más: “El paralogismo de falsa sistematización”; y este debió ser el subtítulo).
Hay casos en que pensar por sistemas es legítimo y conveniente. Y, sin refinar demasiado, los casos más comunes, por ejemplo, de las matemáticas o de la mecánica: para multiplicar enteros, para extraer raíces, para trazar una perpendicular o para hallar la superficie de un triángulo, se aplica una regla encontrada y establecida de antemano, y esta es precisamente la característica de pensar por sistemas, o sea aplicar en los casos particulares que se van presentando una regla de conducta general ya de antemano establecida. Razonar en cada caso, en ejemplos como esos, podrá ser útil de cuando en cuando para refrescar el razonamiento, para mejorar la comprensión, tal vez para impedir que los procedimientos se vuelvan demasiado reflejos (aun cuando esto último, desde otros puntos de vista, es en esos casos muy útil); pero ni es necesario, ni alterará el resultado. Y no solo en matemáticas y en mecánica se encontrarán los casos, sino en otras ciencias; especialmente entre las ciencias que tratan de la materia inerte; y también hasta para algunos hechos de la vida. No se puede decir de antemano cuáles sean esos casos, aunque abunden más en ciertos órdenes de conocimientos. Si en general se quisiera establecerlos, se diría que, en grueso, en esquema, se puede pensar por sistemas (esto es: es legítimo y conveniente hacer el raciocinio antes y una vez por todas, y en cada caso aplicarlo sin razonar de nuevo para ese caso), se puede pensar, digo, en esa forma allí donde, primero, se sabe todo, lo de hecho y lo de principio, esto es, cuando se poseen bien todos los datos de la cuestión, y todos los principios que han de ser aplicados; y segundo, cuando todo esto es puede combinar, integrar —diremos— en el sistema. (Podría ocurrir, entre paréntesis, lo primero sin que ocurriera lo segundo: en posesión de todos los datos y principios, podríamos ser incapaces de integrarlos, sea por la naturaleza misma de los hechos y principios, o de unos o de otros, o por impotencia especial de la nuestra). Pero esa manera de pensar por sistemas, o sea por razonamientos hechos de antemano, se va haciendo cada vez más difícil y peligrosa a medida que se trata de cosas más complejas; y en los órdenes de la moral y de la psicología, y en la literatura, en la filosofía, en lo social, y en muy amplio grado en lo práctico, entonces… lo del texto: esto es, los peligros de pensar por sistemas y la conveniencia de pensar por ideas para tener en cuenta y con ellas examinar cada cuestión y del modo más amplio.
Más completo aún lo anterior
La posibilidad de pensar convenientemente por sistemas se manifiesta en los casos en que se realizan dos condiciones: primera, saber todo, lo de hecho y lo de principio, y todavía poder integrarlo en un razonamiento general; y segunda, que los casos se repitan iguales, como ocurre, por ejemplo, en matemáticas. En esos casos es cuando puede razonarse una vez por todas y cuando hay pocos peligros, a veces ninguno, en aplicar ese razonamiento sin renovarlo para cada caso particular.
Habría el caso extremo opuesto: aquel en que los casos particulares fueran tan diferentes y contuvieran tanto de inesperado y supiéramos tan poco o nos fuera tan difícil integrar lo que sabemos que fuera imprudente todo razonamiento anticipado, y en que conviniera reservar, para cada caso particular, el razonamiento entero.
Ahora, entre esos dos extremos, está el más común en que se aplican sobre todo nuestros consejos para pensar por ideas para tener en cuenta, esto es: razonamiento previo sobre las tendencias de cada idea, ventajas e inconvenientes, etc.2; pero reservándonos siempre la complementación y corrección para cada caso particular.
Teniendo esto en cuenta se puede comprender y utilizar mejor el texto.
1 Estamos prescindiendo de los espejismos de la ciencia…
2 Un colega me plantea esta interesante sugestión: “pensar por sistemas para tener en cuenta”. Dejo el desarrollo al lector.
Falacias
Extractos de los caps. 1 y 8
Charles L. Hamblin
Fallacies. London: Methuen & Co., 1970. Newport News, VA: Vale Press, 2004.
Falacias. Traducción de Hubert Marraud. Lima: Palestra, 2016.
Capítulo 1
El tratamiento estándar
Habrá pocos temas más persistentes o que hayan cambiado tan poco a lo largo de los años. Después de dos mil años de estudio activo de la lógica y, en particular, transcurrida más de la mitad del más iconoclasta de los siglos —el siglo XX d. C.— las falacias siguen clasificándose, presentándose y estudiándose básicamente a la vieja usanza. La lista principal de Aristóteles de trece tipos de falacias de su Sobre las refutaciones sofísticas —el título latino de De sophisticis elenchis (del griego Περὶ tôv σοφιστικῶν ἐλέγχων) que ha hecho que a veces se las llame ‘sofismas’ y a veces ‘elencos’— sigue apareciendo, normalmente con una o dos omisiones y un puñado de añadidos, en muchos manuales de lógica. Aunque ha habido muchas propuestas de reforma, ninguna ha conseguido más que una aceptación temporal. Los contratiempos que sufrió el tratamiento de Aristóteles deben tanto a vicisitudes históricas irrelevantes como a las críticas de sus defectos. Así, aunque corriente en el mundo antiguo en Atenas, Alejandría y Roma, estuvo “perdido” en Europa occidental durante siglos del periodo monástico. Pero fue redescubierto con entusiasmo hacia el siglo XII, cuando empezó a ser parte del curriculum de lógica de las nacientes universidades. Desde entonces hasta nuestro siglo los manuales de lógica sin un breve capítulo dedicado a las falacias han sido la excepción. Y como durante la mayor parte de ese periodo todos los estudiantes cursaban lógica, el bagaje de los hombres de negocios europeos solía incluir una versión estándar de la doctrina de Aristóteles como una necesidad rutinaria en pie de igualdad con el conocimiento de la tabla de multiplicar. Bastantes, de hecho, escribieron tratamientos de las falacias: por lo menos un Papa, dos santos, multitud de arzobispos, el primer canciller de la Universidad de Oxford y un Lord Canciller de Inglaterra. La tradición ha demostrado en repetidas ocasiones ser demasiado resistente para los disidentes. En el siglo XVI Ramus encabezó un ataque contra Aristóteles negándose a considerar las falacias como un tema propio de la lógica, alegando que el estudio del razonamiento correcto bastaba por sí mismo para aclarar su naturaleza. Pero pocos años después sus seguidores ya habían reintroducido el tema y uno de ellos, Heizo Buscher, llegó a publicar un tratado titulado La historia de la solución de las falacias… deducida y explicada a partir de la lógica de P. Ramus1. Bacon y Locke también rechazaron el tratamiento aristotélico, pero solo para reemplazarlo por un tratamiento propio que a su debido tiempo se fundió con aquel. Aunque en el siglo pasado algunos de los lógicos de mentalidad más matemática, empezando por Boole, suprimieron el tema de sus libros, en aparente acuerdo con Ramus, se puede apreciar un reflujo.






