Tennessee Williams y la Norteamérica de posguerra

- -
- 100%
- +
La misma paradoja tiene lugar con la conceptualización de la libertad de culto, ya que se establece como normativo un único tipo de creencia, puesto que Roosevelt habla de “God” cuando hace alusión a esta libertad, omitiendo así las otras religiones que no comparten esta deidad. En la película The Young Lions (1958), adaptación cinematográfica de la novela homónima de 1948 de Irwin Shaw, tenemos un ejemplo del sentimiento antisemita provocado por esta normativización del culto. Uno de los protagonistas, Noah Ackerman, es judío. Noah se alista en el ejército para combatir durante la Segunda Guerra Mundial, y mientras realiza la instrucción militar sufre abusos por parte de otros soldados, a quienes acaba enfrentándose en varias peleas. Finalmente estos reciben su castigo por parte de un superior, y de esta manera se da a entender que si alguien tiene sentimientos antisemitas tendrá que sufrir las consecuencias; sin embargo, el simple hecho de que estos soldados antisemitas existan es una prueba de que el antisemitismo era una parte importante de los valores ideológicos existentes en los Estados Unidos.
Una tercera contradicción surge en lo que atañe a la tercera libertad, la libertad de escasez. Según el presidente, nadie tendría que pasar hambre o necesidad, todo el mundo tendría casa, comida y un trabajo. Roosevelt eligió sus palabras cuidadosamente con el fin de apaciguar a cualquiera que pensara que entrar en la guerra podía tener consecuencias negativas para la economía; pero además, se aventuró a describir una sociedad de iguales, obviando que Estados Unidos adolecía de una desigualdad que se cebaba con aquellos cuyo género, orientación sexual, color de piel, y/o etnia les mantenía en los márgenes de la sociedad y en posiciones oprimidas. El presidente también dejó en el tintero la fascinación que, en un pasado no muy lejano, prácticas como la eugenesia y figuras fascistas como la de Mussolini habían causado en Estados Unidos.
Finalmente llegamos a la cuarta paradoja que estas libertades suponen, la libertad de temor por la que, según Roosevelt, ningún país tendría que sufrir el miedo a ser atacado por otro. A pesar de que este discurso tuvo lugar en 1941, es inevitable observar la posición cínica de estas palabras al revisar las maneras en las que se construyó la nación desde su llegada a las costas de Nueva Inglaterra, y en todo lo acontecido después.
Lejos de tranquilizar a los oyentes con su explicación de las libertades como base de la nación, el mensaje de Roosevelt se perfila como una estrategia para acrecentar el miedo a la guerra y a sus consecuencias. Generar miedo para deshacerse de él parece ser una lectura de este discurso. Con sus palabras, Roosevelt asienta en las mentes de sus ciudadanos la razón y la motivación para adoptar una actitud y estrategia defensivas que, tarde o temprano, les llevarán a meterse de lleno en la guerra.
Es en la difusión de estas “Cuatro Libertades” donde aparece la figura del dibujante Norman Rockwell, ya que fue él quien les dio forma sobre el papel en su colección de imágenes titulada The Four Freedoms For Which We Fight (1943); para cada libertad el artista creó una ilustración protagonizada por familias o personas en escenas de la vida cotidiana.
En la ilustración dedicada a la libertad de expresión se puede leer el siguiente texto en la parte superior del dibujo, “Save freedom of speech”, y en la parte inferior, “Buy war bonds”. En ella vemos a un ciudadano participando en una reunión de lo que, según explica la socióloga Karen Engle en “Putting Mourning to Work: Making Sense of 9/11” (2007), podría ser una representación de una asamblea de vecinos de un pueblo (64), y por su indumentaria se intuye que es una persona de clase obrera. Además, es evidente que este hombre y el resto de los asistentes que le escuchan son todos de raza blanca. Habría sido demasiado controvertido y arriesgado incluir en esta ilustración a alguien con un color de piel diferente, ya que podría haber tenido el efecto contrario al deseado, puesto que identificarse con las personas representadas en el dibujo habría sido más difícil para el ciudadano que realmente podía beneficiarse de todas estas libertades, y cuyo apoyo era esencial para llevar a cabo la defensa del país ante la amenaza del Eje.
Sin embargo, en la ilustración sobre la libertad de culto, al fondo en la esquina superior izquierda, una mujer afroamericana parece estar rezando, puesto que tiene las manos en posición de orar al igual que las otras personas a su alrededor. De nuevo se puede leer un texto en la parte superior de la ilustración que dice “Save freedom of worship”, e inmediatamente debajo “Each according to the dictates of his own conscience”, y una vez más, en la parte inferior, figura el texto “Buy war bonds”. La presencia de esta mujer en la ilustración no parece poner en peligro el mensaje de luchar por la libertad de culto, ya que al contrario que en la ilustración correspondiente a la libertad de expresión, la comunidad afroamericana no responde a una posición enfrentada, dado que las protestas de este sector de la sociedad nunca tuvieron como objeto luchar por una religión propia. Por otra parte, en la misma ilustración, en la esquina inferior derecha, se perfila la imagen de un hombre que lleva puesto un fez o tarbush. Su presencia tampoco supone un conflicto, dado que, como expone Laura Claridge en Norman Rockwell: A Life (2001), el individuo en cuestión es claramente extranjero, por lo que no resulta ofensivo (312). Alternativamente, en “The New York Times, Norman Rockwell and the New Patriotism” (2003), Francis Frascina señala que los elementos religiosos que se observan en la ilustración son cristianos, igual que la indumentaria de la figura de la derecha, la cual coincide con aquella de la Iglesia ortodoxa griega (105).
En lo que respecta a la tercera libertad, nos encontramos con la ilustración sobre la libertad de escasez, que también cuenta con sendos textos, uno en la parte superior que reza “Ours…to fight for”, y otro en la parte inferior donde se puede leer “Freedom from want”. Aquí los protagonistas son los miembros de una familia tradicional y blanca que celebran una cena típica de Acción de Gracias, donde todos se muestran felices y expectantes ante el abundante festín que les aguarda. A ojos de los portavoces del patriotismo, este modelo de matrimonio y familia era uno de los pilares que necesitaba ser defendido para poder seguir sustentando el orden y la moral en Estados Unidos.
Finalmente, llegamos a la ilustración que hace alusión al derecho a vivir sin miedo. En el encabezado reaparece la frase “Ours… to fight for”, y al pie de la imagen podemos leer “Freedom from fear”. Analizándola, esta ilustración parece ser la que mejor logra representar ese miedo que Roosevelt transmitió en su discurso, ya que apela al observador de una manera personal e íntima al mostrar una escena cotidiana que se habría repetido cada noche en millones de hogares a lo largo del país, y con la que padres y madres se habrían sentido identificados de inmediato; Frascina además hace hincapié en el titular que se puede leer en el periódico que el padre sujeta, el cual va acompañado de una noticia sobre la Segunda Guerra Mundial y reza “Horror”, “Bombings”, y “Women and Children Slaughtered by Raids” (99).
Parte del poder de esta imagen reside en la capacidad de acercar la seguridad de la nación a la seguridad del hogar, poniendo en evidencia que una familia no puede estar a salvo en un mundo tiranizado por el totalitarismo. Por lo tanto, defender el país no es solo una misión que está al alcance de los políticos y militares, sino que se convierte en una tarea que corresponde a todos y en la que los ciudadanos de a pie también pueden, y deben, tomar parte. Por otra parte, Francis Frascina ofrece una interpretación diferente de esta misma imagen, aludiendo a la seguridad de la que los estadounidenses podían disfrutar, puesto que no se encontraban cerca de aquellos países donde la guerra estaba teniendo lugar. Frascina expone que durante la Segunda Guerra Mundial esta ilustración dio lugar a lecturas distintas; en Europa sirvió para confirmar que este derecho a vivir sin miedo no era universal, y en Estados Unidos sirvió para establecer una distancia física entre los ciudadanos y la guerra, distancia que llegó a convertirse en una característica de las intervenciones militares estadounidenses posteriores (105).
Según Karen Engle, a pesar de que inicialmente el Gobierno no quiso usar las ilustraciones de Rockwell, finalmente vio el potencial de las mismas a la hora de recaudar fondos (66). Por su parte, Frascina critica que tanto las imágenes creadas por Rockwell como el uso que de ellas hizo la Oficina de Información de Guerra llegaron a convertir la complejidad en estereotipo, dado que la obra de Rockwell se rinde a la normatividad blanca y heterosexual de familias cristianas, además de mostrar individuos que representan un grupo que se enmarca dentro de una visión muy cerrada de lo que es Estados Unidos (105).
En cualquier caso, dichas ilustraciones pasaron a formar parte del imaginario estadounidense, y lejos de quedar relegadas a un lugar lejano en la memoria, hay que señalar que la ilustración de Freedom From Fear fue usada de nuevo, aunque modificada, después del ataque a las Torres Gemelas (Engle 66).
Volviendo al discurso de Franklin D. Roosevelt, y manteniendo en la mente los dibujos de Rockwell, se perfila entonces el escenario perfecto para comenzar a preparar la entrada en la guerra, ya que no solamente el Congreso tendrá que ceder en su política aislacionista, sino que los ciudadanos también se verán en la necesidad de aferrarse a su patriotismo y así poder defender su derecho a estas libertades.
Roosevelt tuvo pericia al evitar mostrarse como una persona de carácter belicista cuando expuso que eran las circunstancias las que estaban poniendo a Estados Unidos en una posición que, de ser atacados, desembocaría en el involucramiento absoluto del país en la guerra. Como previsión ante tal supuesto, era mejor que la nación estuviese preparada por lo que pudiese pasar. De este modo, el mensaje del mandatario encendió la llama del miedo, la cual se mantendría prendida incluso después del conflicto, tal y como se hace evidente en el período de la Guerra Fría.
Finalmente, la ofensiva se produjo el 7 de diciembre de 1941 sobre la base naval de Pearl Harbor, tras la cual Estados Unidos entró oficialmente en la guerra.
Estados Unidos y sus veteranos: problemas de adaptación a la vida civil en la sociedad de posguerra
En “The Making of the Modern Congress” (2010), Richard A. Harris recoge la aprobación del Servicemen’s Readjustment Act en 1944, también conocido como G.I. Bill of Rights, el cual estipulaba el derecho de los veteranos a percibir una serie de ayudas para facilitarles la vuelta a la vida como civiles (249). Entre estas prestaciones se encontraban los préstamos bancarios, el apoyo al empleo, la asistencia sanitaria, y las ayudas por desempleo y para estudios. El Gobierno promulgaba la oportunidad de beneficiarse de estas ayudas, para de este modo animar a los veteranos a emprender su integración en la sociedad después de regresar de la guerra.
En uno de los videos producidos por el departamento de información del ejército tras la aprobación de la ley, y titulado G.I. Bill of Rights (año desconocido), se explica lo que la G.I. Bill of Rights ofrecía a los veteranos. En esta grabación el narrador comienza hablando de la situación de los veteranos de la Primera Guerra Mundial, para a continuación aclarar que la de los veteranos de la Segunda Guerra Mundial será distinta y mejor. Nos informa de que la primera de las ayudas destinadas a estos veteranos era la recompensa económica que el soldado recibía al final del servicio prestado en la guerra, una cantidad que dependía de la duración del mismo. Seguidamente, el narrador se centra en el empleo, y explica que el veterano debía acudir a su centro de reclutamiento con el fin de saber qué pasos tenía que seguir para recuperar el puesto de trabajo que había desempeñado antes de marcharse. Si por algún motivo su antiguo jefe no quería devolverle su trabajo, entonces el veterano tenía derecho a un abogado, quien gratuitamente tramitaba la recuperación de su puesto de trabajo, y en el caso de que no fuera posible recuperar exactamente el mismo puesto que había tenido antes de la guerra, entonces el veterano tenía derecho a recibir un trabajo con el mismo sueldo y posición dentro de la empresa o negocio. Del mismo modo, el video también detalla el procedimiento a seguir tanto por los excombatientes que habían estado en situación de desempleo antes de ir a la guerra como por los que al volver decidían emprender su propio negocio, o tenían el deseo de mejorar con respecto al puesto de trabajo que habían tenido en el pasado. En el primero de los casos, es decir, si había estado desempleado antes de su marcha, entonces el veterano en cuestión hablaba con un representante de empleo para veteranos, quien intentaba encontrarle un trabajo; el mismo procedimiento tenía lugar si deseaba ascender en su puesto. Si en ambos casos la búsqueda de empleo era infructuosa, entonces tenía derecho a recibir una ayuda por desempleo de veinte dólares a la semana, hasta un máximo de un año, dependiendo de la duración del servicio prestado en la guerra. Ahora bien, si un veterano quería abrir su propio negocio, solamente percibía apoyo económico si ganaba menos de cien dólares al mes, en cuyo caso recibía un cheque por la cantidad que faltase hasta llegar a cien dólares.
Por otra parte, según la información ofrecida en la grabación, los excombatientes que habían estado cursando sus estudios antes de alistarse para participar en la guerra tenían la posibilidad de continuar estudiando, siempre y cuando demostrasen que no eran mayores de veinticinco años cuando comenzaron el servicio militar o que su educación fue interrumpida. Podían por lo tanto continuar con su formación académica tanto en institutos como en universidades, ya que el Gobierno se hacía cargo de pagar los gastos derivados de los estudios que estuviesen cursando y de su manutención, aunque esto también dependía de la duración del servicio prestado por el veterano en cuestión. Igualmente, existían cursos de reciclaje disponibles para cualquier veterano de esta guerra que los solicitase, sin importar su edad.
Respecto a la vivienda, el video nos informa de que The Veterans’s Administration en Washington respaldaría a cualquier excombatiente que quisiese conseguir un préstamo bancario para comprar una vivienda. Sin embargo, debían cumplir ciertos requisitos, y sin especificar exactamente cuáles eran, el narrador solamente hace hincapié en la condición de que el veterano tenía que demostrar que era un ciudadano de confianza.
Finalmente el narrador nos advierte de que la G.I. Bill of Rights no es ni una limosna, ni una recompensa, sino la forma americana de brindar a cada hombre la oportunidad de recuperar su lugar dentro de la sociedad, de conseguir un trabajo o emprender un negocio, y de obtener una educación.
Esta grabación nos muestra una solución eficaz, sencilla, y sin inconvenientes para volver a la vida como civil, además de ofrecer siempre una salida ante cualquier problema. Desde luego, parece obviar intencionadamente las trabas a las que los veteranos debían enfrentarse, y silencia las claras discriminaciones que sufrían tanto las mujeres que también eran veteranas de guerra como los veteranos afroamericanos. En To Hear Only Thunder Again: America’s World War II Veterans Come Home (2001), Mark David Van Ells expone que los veteranos pertenecientes a minorías se beneficiaron en menor medida en comparación con los blancos. Según Van Ells, las ayudas destinadas a la vivienda no sirvieron de mucho a los afroamericanos, puesto que su color de piel los excluía automáticamente de las comunidades de los suburbios. Del mismo modo, prosigue Van Ells, las mujeres también eran discriminadas, y su discriminación se vio además exacerbada por la cultura popular de la época, la cual promovía el regreso de las mujeres al hogar (247). Sin embargo, desde la perspectiva que el video nos ofrece, si un soldado regresaba de la guerra y no conseguía adaptarse a la vida en sociedad, no era por falta de medios, ya que aparentemente lo tenía todo a su alcance y simplemente bastaba con que lo pidiese.
Si bien las intenciones del Gobierno tenían como fin apoyar a los veteranos que cumplían los requisitos para beneficiarse de la G.I. Bill of Rights, no se podía obviar que otros colaboradores, como los bancos, también tenían en su poder el facilitar la reintegración del veterano. A modo de ejemplo, la película The Best Years of Our Lives (1946), dirigida por William Wyler, nos permite ser testigos de los obstáculos que un excombatiente tenía que superar a la hora de ir a solicitar un crédito para comprar una casa. Uno de los personajes principales, el veterano Al Stephenson, consigue que le readmitan en el banco en el que trabajaba antes de la guerra, y no solo eso, sino que además el puesto que le ofrecen como vicepresidente de préstamos es superior al que tenía anteriormente, ya que dada su experiencia como empleado del banco y como excombatiente, Al es el más indicado. Cabe destacar que después de ofrecerle el puesto, el director del banco (Sr. Milton) menciona explícitamente la G.I. Bill of Rights y los préstamos para los veteranos.
Concretamente, en la escena en la que somos testigos de los inconvenientes para obtener un préstamo, Al está hablando con un cliente, un veterano que viene a pedir un crédito porque quiere comprar una granja donde poder vivir con su familia. Al le pregunta si tiene algo con que avalar el préstamo, el cliente le responde que no y añade que precisamente por eso quiere pedir el préstamo, para tener algo propio. Además, el veterano dice que no está pidiendo una limosna, sino que es su derecho. Al procede a explicarle que el banco facilita la mitad de los seis mil dólares que está pidiendo, y eso conlleva una serie de riesgos. Sin embargo, a pesar de sus dudas, Al finalmente le concede el préstamo. Más adelante el personaje tiene que responder ante el director del banco por la concesión de dicho préstamo, Al le explica que en la guerra aprendió a distinguir a los hombres que tenían el valor y el coraje necesarios para salir adelante, y por esta razón se lo concedió. El Sr. Milton acepta su explicación pero le recuerda que el dinero que está en juego es el de los accionistas, y le advierte que debe ser más cuidadoso en el futuro. En este caso el obstáculo es superado gracias a la benevolencia y empatía de Al, y no gracias al respaldo del Gobierno y sus colaboradores.
Producciones como esta sirven de ejemplo del papel que Hollywood jugó en la interpretación del proceso de la reintegración del veterano en la sociedad. Películas como la citada anteriormente lograron hacer visibles las vicisitudes de acostumbrarse a vivir de nuevo en sociedad, las cuales nada tenían que ver con la propuesta utópica del documento gubernamental, el cual necesitaba de una sensibilidad hacia el veterano que ni la Administración ni los banqueros tenían. De manera que producciones como The Best Years of Our Lives (1946) apelaban a la comprensión y empatía del público para con los excombatientes de la guerra, intentando contrarrestar así la actitud crítica de una parte de la sociedad, puesto que existía cierto recelo con respecto a las ayudas y los beneficios económicos de los que los veteranos podían disponer. Van Ells hace un inciso sobre este punto, y señala que los estadounidenses estaban dispuestos a pagar por los programas de reinserción para veteranos, pero se mostraban descontentos ante el abuso de estas ayudas por parte de los beneficiarios (247). Van Ells añade que estos programas también encontraban resistencia cuando afectaban, por ejemplo, a los intereses personales de los poderosos (247). Por su parte, en The Veteran Comes Back (1944), el sociólogo Willard Waller abogó por la creación de un programa para rehabilitar al veterano, en vez de ofrecerle ayudas en forma de pensiones o prestaciones por desempleo (304).
En cualquier caso, es evidente que las medidas destinadas a reintegrar a los veteranos tenían como fin facilitar el acceso al empleo y la vivienda, para que así pudiesen formar una familia o seguir manteniendo a la que ya tenían. En películas como The Best Years of Our Lives (1946) o Till the End of Time (1946), podemos observar que el trabajo es uno de los pilares primordiales sobre los que se asienta este proceso de volver a integrar al veterano en la sociedad. No obstante, regresar al mismo puesto que habían desempeñado antes de su marcha no parecía justo en algunos casos, dada la magnitud del sacrificio de estos hombres, quienes habían puesto sus vidas en peligro por defender a su país. The Best Years of Our Lives (1946) ofrece otro ejemplo que pone en evidencia este problema, a través del personaje del veterano Fred Derry. Fred no quiere volver a servir bebidas y helados, oficio que desempeñaba antes de su servicio en la guerra. Cuando vuelve al lugar en el que trabajaba, ve que la tienda ha sido absorbida por una empresa aún mayor y ahora es una gran superficie. Fred habla con el nuevo jefe, quien le dice que al haber cambiado de dueño, no está en la obligación de devolverle su trabajo. Finalmente, le ofrece trabajar en un puesto de la misma categoría y en el que ocasionalmente tendrá que servir bebidas, tal y como hacía antes. Fred rechaza esta propuesta, ya que piensa que se merece algo más, pero al ver que no hay posibilidades de obtener un trabajo mejor en ningún otro lugar, termina aceptando la oferta. Además, cabe destacar que durante la escena en la que va a buscar trabajo y a continuación lo rechaza, uno de los supervisores que solía ser su asistente expresa su preocupación por el ingente número de soldados que demandan un puesto de trabajo. Aunque el comentario es breve y podría pasar desapercibido, es poderoso en cuanto a que refleja las preocupaciones de la sociedad con respecto a los veteranos.
Por otra parte, el matrimonio y la familia también representan pilares fundamentales sobre los que cimentar la vuelta a la vida en sociedad. Muchos hombres tuvieron que separarse de sus esposas o novias para ir a la guerra, otros estaban solteros pero deseaban casarse e iniciar una vida familiar en su regreso a casa. Sin embargo, lo que en principio parecía el camino lógico a seguir, y para el que el Gobierno había dispuesto las medidas necesarias, se terminó convirtiendo en un reto difícil de superar para aquellos que no lograban encontrar la felicidad dentro de esos parámetros.
La realidad era que, durante la participación de estos hombres en la guerra, la nación había necesitado diseñar una propaganda de celebración del poder de las mujeres para sostener a la patria, de manera que ellas habían estado haciendo el trabajo que los combatientes habían dejado de realizar, por lo que en cierto sentido se produjo una especie de abandono de la conceptualización de la familia como pilar básico de la nación. Esta realidad es la que encuentran los veteranos: no solamente ellos han experimentado un tipo de vida totalmente diferente a la que habían tenido antes del conflicto, sino que al llegar a casa, las vidas de las mujeres que se habían quedado también habían sufrido cambios profundos.
En este sentido, la vuelta de los combatientes produjo un giro radical en la interpretación de las identidades masculina y femenina, adoptando una renovada ideología de la separación de las esferas que retornaba a celebrar las condiciones femeninas y masculinas como opuestas en un eje binario, una ideología que se encargaron de expandir los productos de Hollywood junto a la literatura y otros discursos no literarios de la época.
Prosiguiendo con los cambios a los que los veteranos tuvieron que adaptarse, hay que prestar especial atención a la recuperación de la individualidad. En Soldier to Civilian: Problems of Readjustment (1944), libro escrito por el médico y especialista en psiquiatría George K. Pratt, el autor expone que uno de los propósitos del servicio militar es despojar al individuo de, precisamente, su condición de ser único, capaz de tomar sus propias decisiones. Pratt habla de tres cambios que el civil tiene que sufrir cuando comienza su instrucción militar, el primero habla de adaptarse a la pérdida de la individualidad, el segundo alude al abandono de los hábitos y las relaciones personales que haya podido mantener hasta entonces, y el tercero hace referencia a la adaptación a un tipo de vida en la que no podrá gozar de la libertad que la vida de civil le otorgaba (35). De repente, el civil pasaba a un régimen de vida en el que no se le permitía pensar por sí mismo ni en sí mismo, obedecía órdenes, nunca estaba solo, y formaba parte de un grupo, algo que por otra parte, tal y como explica Pratt, servía para compensar la pérdida de la individualidad (38).








