- -
- 100%
- +
La habitación no se siente tan segura como creí. No veo las paredes y, si no puedo verlas, ¿cómo sé que siquiera están allí? Me siento como si estuviera flotando en el espacio, desanclada. Mareada. Perdida.
No puedo dormir.
No puedo dormir.
No puedo dormir.
En el silencio peculiar de la oscuridad absoluta, me siento en la cama con las piernas cruzadas, preguntándome si fue un error venir aquí. Preguntándome si, quizá, esta oscuridad tampoco me ayudará a escapar de mí misma.
Estoy tan sumida en estos pensamientos que me toma unos minutos notarlo: la oscuridad respira. La oscuridad está respirando.
O…
Alguien más está respirando en la oscuridad. No sé qué me asusta más.
Es exactamente como en mi sueño, salvo que ahora estoy despierta, aguantando la respiración y pidiéndole a Gabrielle que haga lo mismo. La oigo una vez más: una inhalación larga, una exhalación corta.
Otra vez…
Y otra vez…
Y otra vez.
Gabrielle gruñe y se queda en silencio. Por un segundo absurdo, se me ocurre que puede ser la respiración de un pájaro pequeño que quedó atrapado en esta parte de la casa, desesperado por salir: el susurro de las alas, el aleteo de las plumas, los ojos pequeños entrecerrados, el chasquido de un pico que se cierra.
Pero no, no es un pájaro. Tal vez sea la casa misma, como si las paredes, el techo y el suelo de madera se estuvieran acomodando o asentando. Como yo, quizá la casa también tiene inquietud con los labios azules y mucho insomnio, y está plagada de pesadillas de viento y fuego, habitaciones destruidas y ventanas quebradas como huesos.
Pero tampoco es eso.
Me quedo mirando hacia la oscuridad inquebrantable. Quiero darle un nombre para que no sea tan monstruosa, tan oscura y destructora. Pero no se me ocurre nada.
Quizá sea solo mi hermana que viene a pedirme que regrese a la habitación porque me extraña. Porque no puede dormir sin mí cerca. Y quizá, quizá, yo tampoco puedo hacerlo sin ella.
–¿Rose? –susurro. Mi corazón se queda en silencio, atento.
–No –responde una voz, cortando la oscuridad. Una voz que no es mía y mucho menos la de mi hermana. Una voz que suena como una jeringa que atraviesa la piel, rápida, limpia, profunda. La voz de un chico–. No soy Rose –agrega.
Un grito implosiona en mi garganta y me ahoga. Un terror sinuoso corre por mis venas, eléctrico. Estoy parada a un lado de la cama, tambaleándome, buscando el interruptor de la lámpara, cuando de repente una mano humana me toca la muñeca sutilmente. Unos dedos calientes rozan mi pulso salvaje.
–Espera –dice la voz, el chico, la oscuridad–. Por favor.
Enseguida aparto la muñeca de su mano cuidadosa y mi corazón empieza a latir con más fuerza, mientras espero quieta tan cerca de él que puedo sentir su aliento sobre mi piel. Gabrielle se acurruca sobre mi pierna y gruñe, lanzando algunas mordidas al aire en señal de advertencia. Oigo el chasquido de sus dientes y estoy segura de que, si el chico no se aparta, Gabrielle lo morderá hasta que lo haga.
–Debo pedirte que no te vayas –me dice tranquilo y su aliento me rosa una vez más la mejilla desde arriba. Doy un paso hacia atrás, alejándome de la que debía ser la lámpara, aunque no pueda verla bien. Al cabo de un instante, suspira aliviado y me alejo hasta que me choco con la puerta de la escalera. Sujeto el picaporte por detrás de mi espalda. Incluso aunque estemos en paredes opuestas de la habitación, estamos cerca.
–Por favor, mi cielo –dice con más urgencia.
–¿Qué quieres? –pregunto entre dientes–. ¿Quién eres?
–¿Quién soy? –pregunta el intruso lentamente, sin sonar alterado–. Ah, creo que ya lo sabes, Rhea Ravenna.
Pronuncia mi nombre como un hechizo, como una maldición. Vacío mis pulmones, exhalo.
–¿Te conozco?
–Ah, sí –se detiene–. Y no. Sí y no.
–Bueno –digo y Gabrielle gruñe–. ¿Qué está pasando?
Empieza a reír: rabioso, cautivado, un sonido que deambula entre una elegía y un aleluya.
–Ya nos vimos miles de veces antes, tú y yo. Pero no creo que lo recuerdes.
–Por supuesto que no lo recuerdo –grito–. No eres…
Real. Iba a decir real.
Porque es un sueño; tiene que serlo. Él era el que estaba respirando al otro lado de la puerta. Pero…
Pero su mano caliente en mi muñeca. Su voz aguda y punzante. Su aroma, leve pero presente, en el aire estancado y pesado: una manzana fresca arrancada de la copa de un árbol.
–¿Cómo entraste aquí? –sujeto el picaporte, lista para salir corriendo en cualquier momento.
–¿No se te ocurre pensar –comienza a decir el niño–, que ya estaba aquí cuando entraste?
Niego con la cabeza, pero ya es demasiado tarde cuando comprendo que él tampoco me puede ver.
–El cuarto estaba vacío.
–¿En serio?
–No había nadie –digo, aunque mi respiración queda atrapada en la última palabra. Otro gruñido se forma en la garganta de Gabrielle.
–¿Estás segura? ¿Buscabas a alguien?
Me llevo una mano hacia el rostro con las mejillas sonrojadas. Podría marcharme, podría irme corriendo. ¿Me atraparía? ¿Me seguiría?
–Bueno, está claro que no te estaba buscando a ti –digo después de algunos segundos–. Ni siquiera te conozco.
–Antes sí –dice–. Pero ahora ya no.
–¿En dónde estás? –parpadeo rápido, pero sigue muy oscuro, tal como yo quería–. ¿Qué estás haciendo?
–Estoy sentado sobre el aparador, si quieres saberlo, con las piernas cruzadas y los codos sobre mis rodillas. Tengo la barbilla inclinada unos, mmm, digamos, quince grados…
–Basta. Deja de hablar, por favor.
Me hace caso, pero en el silencio parece esbozar una sonrisa. Puedo sentirla, como dientes de acero que atraviesan mi corazón.
La Oscuridad. Eso es lo que creo que es. Una sombra hambrienta en un esqueleto de vidrio negro con una sonrisa cristalina.
–¿Eres un fantasma? –le pregunto a la Oscuridad sonriente.
–No –responde–. No soy un fantasma.
–Entonces, ¿qué eres?
Su sonrisa destella y crece, puedo sentirla más que verla.
–Creo que lo sabes, Rhea Ravenna.
–¿Cómo sabes mi nombre? –le pregunto con un tono inquisidor–. ¿Y cuál es el tuyo de todos modos?
–Tus huesos temblaron y suspiraron mi nombre anoche, cuando finalmente abriste la puerta del ático –empieza a hablar más bajo, por lo que tengo que acercarme para escucharlo bien–. Escúchalos. Dile a tu corazón que se calle. Silencia tu respiración. Solo por unos segundos. Solo para que puedas escuchar. Tus huesos lo saben, aunque tu mente no.
–¿Qué saben? –pregunto, girando el picaporte–. Abriré esta puerta y dejaré que entre la luz para asegurarme de que no estoy hablando con un fantasma.
–¡No! –oigo sus pies caer en el suelo. Luego, más suave, agrega–: Si haces eso, no me volverás a ver nunca más. Te lo juro, no me volverás a ver nunca más.
–Quizá no quiera volver a verte –esbozo una sonrisa triunfante al ganar la delantera. Inflo el pecho, incluso aunque no pueda verme. De todos modos, estoy bastante segura de que puede sentir mis movimientos del mismo modo que yo lo siento a él–. Quizá con una vez ya sea suficiente.
–Por favor.
Vacilo por un momento, aunque sé que no debería. Me detengo y no abro la puerta. El chico, esta Oscuridad, no es más que una inoculación que me llena las venas de miedo y fascinación. Gabrielle frota su cabeza contra mi barbilla, avisándome que quiere irse, correr, esconderse.
–Si no te molesta –le digo con el que espero sea un tono imperioso, pero racional–. Me gustaría irme a dormir ahora.
–Como gustes –dice la Oscuridad, relajando la tensión en su voz–. No me molesta para nada.
–No me entiendes, quiero que te marches. Ahora, por favor. O voy a abrir esta puerta y no podrás detenerme.
El aire tiembla. El silencio nos traga por completo y luego nos escupe.
–Está bien –dice finalmente–. De todas formas, las sombras no duermen –con un tono de voz mucho más bajo, agrega–: Y los sueños, bueno… te ocurren siempre cuando estás despierta, ¿verdad?
Se oye un suspiro, una exhalación larga. Una brisa pegajosa roza mis mejillas, mi cabello. El chico, de algún modo, supuestamente, se va de la habitación. Espero, inmóvil.
¿En verdad se ha ido?
No. Entierro mis uñas en la carne sudada de mis palmas.
Aún puedo oírlo, olerlo, sentirlo. La Oscuridad.
Sonriendo.
Respirando.
Lentamente.
Junto a mi almohada y mi zorra y abro la puerta de golpe, pero aún está muy oscuro. Con Gabrielle a mi lado, bajo por las escaleras hacia un claro de luz tenue en el pasillo. De pronto, no puedo tolerar más la idea de dormir en esta casa, por lo que me aferro a mi almohada con más fuerza y camino por el corredor hacia la escalera principal por donde bajo hacia la planta baja. Una vez allí, busco una vieja bolsa de dormir que tenemos guardada en el armario de los abrigos. En puntillas de pie, me escabullo por el vestíbulo y salgo por la puerta del frente. Cruzo la carretera descalza y me voy lejos, lejos, lejos de la casa y la habitación habitada, infectada y contaminada por la Oscuridad, lo suficientemente lejos en la playa, donde esa cosa, él, no pueda atraparme. Y eso es lo que me digo. Aquí afuera estoy a salvo.
Por un largo rato, me quedo acostada boca abajo en mi bolsa de dormir sobre una montaña suave de arena con los codos extendidos sobre la almohada y las manos debajo de mi barbilla. Gabrielle descasa sobre mi cuello y ambas quedamos de cara al ático sin ventanas. Alertas, expectantes, listas para cazar al cazador.
De pronto, aparece un coche por la carretera e ilumina todo con sus luces fluorescentes espectrales, pero no a nosotras. Me quedo mirando a la casa, una caja blanca de dos pisos con persianas verdes, macetas de geranios que manchan de rojo sangre el porche y un buzón torcido con una bandera roja rota que apunta hacia el suelo. Por un momento, en un abrir y cerrar de ojos, las paredes parecen retazos de piel que se sacuden al viento cálido del verano como ropa en una soga.
Luego de un minuto, una hora, una vida entera o diez, volteo. Salvo por algunas estrellas perdidas que parecen pústulas y las verrugas de la luna menguante, el cielo está oscuro. Pero es una oscuridad común, una que no habla. Ni respira.
Mi único deseo ahora es dormir. O quizá no precisamente dormir, sino despertarme: el reinicio natural de una noche sólida de descanso seguida de la luz fresca del sol sobre mi pijama suave de algodón y un desayuno caliente. Si tan solo pudiera dormir, creo que todo estaría bien. La Oscuridad, quizá, ya se haya ido para ese entonces. Quizá me despierte riendo de esta pesadilla.
Quizá.
Cierro los ojos y repito una plegaria, una súplica: no tengo miedo.
No tengo miedo.
No tengo miedo.

3
En el bosque
Ella dijo, “Despierten”
Ella dijo, “Síganme”.
Ella dijo, “Vengan a jugar”.
La bruja sonrió, borrando de su memoria a los visitantes extraños del día anterior. Acarició a los zorros por detrás de sus orejas antes de llevarlos a dormir, cantándoles suave mientras masajeaba sus costillas con sus pies, un canto alegre que hacía que las hojas vibraran y la brisa soplara. Los zorros no necesitaban nada de la Bruja de los Deseos y por eso ella les estaba agradecida. Dormían alrededor de su trono, formando un anillo de pelaje cobrizo que adornaba el lugar, pero cuando los llamó, se levantaron y estiraron sus patas. La siguieron hacia el claro, donde había un altar repleto de ofrendas de las cuales tomó la sombra de un niño y la retorció con fuerza entre sus manos, quitándole toda la oscuridad que tenía acumulada. Cuando no quedó nada de ese polvo, comprimió la luz remanente de un orbe que arrojó hacia el aire tan alto que quedó atrapado en el cielo. Los zorros bostezaron, lanzaron algunas mordidas al aire y parpadeando repetidas veces ante la luz tenue del sol en sombras. Inclinaron la cabeza hacia un lado al ver a la Bruja de los Deseos girar en el claro y, al cabo de un rato, se unieron a ella en un vals salvaje.
Los zorros aún no lo habían aprendido, pero las estrellas ya lo sabían y, consecuentemente, la bruja también: el grito ardiente en nuestro interior duele menos cuando nos movemos, cuando avanzamos, cuando buscamos sin parar, de todas las formas posibles.
Así trabajaba la bruja y así lo había hecho siempre: bailando bajo el resplandor cálido de un sol en tránsito. Al menos, hasta la mañana, cuando estaba contemplando a los zorros en el claro y notó a un extraño entre ellos.
Al principio, ignoró a este intruso de pelaje negro brilloso que olía a manzanas, canela y secretos. No le gustaba que hubiera aparecido justo después de la visita del par de adolescentes curiosos, y tampoco al resto de los zorros, quienes mantenían distancia; solo la zorra de pelaje rojizo se acercó y le gruñó. La bruja le pidió a su guardiana que regresara, incitando al resto de los zorros a que la acompañaran en su celebración del mediodía como si nada extraño hubiera pasado. En medio de un baile rápido, la bruja saltaba y reía, mientras la luz del sol se reflejaba en su cabello oscuro. Miró hacia atrás para ver si los zorros la seguían con devoción.
Todos salvo uno.
De inmediato, se detuvo y varios zorros se chocaron con sus piernas, haciendo que sus hocicos húmedos se golpearan con fuerza contra ella. Giró abruptamente hacia el extraño y se acercó a él con las manos sobre su cintura.
Dijo, “Baila”.
Dijo, “Ahora”.
Dijo, “Usaré tus huesos para marcar el ritmo de nuestra canción si te niegas a acompañarnos”.
Pero el zorro extraño solo levantó la cabeza y sonrió.

4
En la oscuridad
Una colonia de gaviotas desveladas grazna sobre mí, sobrevolándome con sus plumas blancas brillantes bajo la luz de un sol que parece estar en todas partes: arriba, abajo, en la carretera, en la piel ondulante del mar.
¿Era real la Oscuridad? Si vuelvo al ático, ¿la volveré a encontrar allí?
Gabrielle se pone de pie, arquea su espalda y se recuesta nuevamente sobre mi almohada. Giro la cabeza hacia un lado y casi grito cuando veo otro cuerpo envuelto en una sábana sobre la arena. Está mirando hacia otro lado y su cabello dorado yace disperso sobre una almohada rosada. Algunos granos de arena manchan una de sus mejillas y la punta de su nariz.
Rose.
Exhalo, aliviada. Levanto la mano para cubrirme los ojos y una mujer que pasa corriendo por la carretera confunde el gesto con un saludo. Levanta la mano y me saluda, mientras su cabello largo y castaño recogido en una coleta se mueve de un lado a otro sobre su cabeza, acompañado por el vaivén del cable de sus audífonos conectados a un aparato en su brazo. El viento parece arrancarle todo el cabello y, por un momento, se ve calva; su cuero cabelludo brilla como un segundo sol.
Salgo de mi bolsa de dormir y me acuesto de espaldas con las manos por detrás de mi cabeza. Gabrielle también se levanta y deja a la vista el pelaje aplastado de su hocico. Cuando me mira, veo que tiene las pupilas contraídas.
La siente primero, una milésima de segundo antes que yo: una brisa fresca que sube por mi espalda hacia mi nuca. No, una brisa no. Una respiración.
Está aquí, pienso.
No, no puede ser.
Pero tiene que serlo. En algún lugar, al otro lado de toda esa luz. Quita al sol del cielo como la costra de una herida y allí la encontrarás. La Oscuridad, la noche.
–¿Ree? –dice Rose, girando, y luego se levanta, con las sábanas alrededor de su cintura, dejando al descubierto una camiseta roja arrugada con el cuello estirado. Luego de bostezar por un largo rato y de estirar los brazos, esboza una sonrisa–. Buen día. ¿Cómo dormiste?
Me encojo de hombros.
–Como siempre.
–¿En serio? –dice, acercando su hombro al mío–. ¿No pasaste la mejor noche de tu vida aquí afuera junto al mar y bajo las estrellas?
Pretendo mirar en todas direcciones, buscando algo.
–¿Qué estrellas? –señalo al sol–. ¡Ah, espera, ahí hay una!
Ríe y me guiña el ojo.
–Supongo que estamos demasiado cerca de la ciudad como para ver muchas por la noche. Pero el mar… el mar es lindo.
Rose acaricia a Gabrielle detrás de las orejas y cierra los ojos agradecida. Nos quedamos sentadas en silencio por un momento, cómodas. Luego de un rato, la miro y le pregunto.
–¿Cómo supiste que estaba aquí?
–Te escuché bajar corriendo del ático. No viniste a la cama y no estabas en el sofá –saca un elástico de su muñeca, inclina la cabeza hacia adelante y se ata el cabello–. Me asusté, pero después vi que el armario estaba abierto y faltaba la bolsa de dormir. Pensé en Renata y sus escondites y te encontré –levanta la cabeza, pero no me mira a mí, sino al mar–. No quería que estuvieras sola.
Gabrielle se sienta, completamente alerta, y una vez más siento el aluvión de miedo que se había apoderado de nosotras cuando supimos, por primera vez, que la oscuridad del ático respiraba, que estaba viva.
–¿Recuerdas cuando me dijiste –empiezo, eligiendo las palabras con cuidado–, que la belleza necesita luz para existir y las cosas feas no? ¿Cómo los colores y eso?
Asiente y se frota un ojo.
–Bueno –bajo la mirada hacia mis uñas mordidas que ningún esmalte puede salvar. Luego de unos segundos, lo digo–. ¿Qué tal si te digo que hay un chico en el ático? ¿Y que dice conocerme, aunque yo no sepa quién es? ¿Y que no sé de dónde salió ni cómo llegó allí?
Lo único que quiero es que me diga que no existen las cosas feas o los monstruos, que solo existen en metáforas y en la mente. Incluso, en sueños lejanos, fuera de nuestro alcance, fuera de la vista. Intangibles.
Pero…
No dice nada.
No dice nada y siento que no puedo aguantar la respiración por mucho más tiempo. Le toco la mejilla con un dedo y noto que su piel pálida está fría.
–¿Qué dices de eso? Si fuera verdad.
–Diría que suena un poco sospechoso.
Volteamos al oír a Raisa, quien se estaba acercando tan sigilosamente que ninguna la escuchó. Lleva unos pantalones cortos y un bikini a juego con su cabello azul peinado con dos colas de caballo. Con los ojos entrecerrados detrás de sus gafas rosadas, se sienta a mi lado y estira las piernas hacia adelante.
Al cabo de un rato, Renata se acerca saltando con un atuendo parecido, pero con un traje de baño amarillo de una pieza y un sombrero de ala ancha sobre sus risos castaños sueltos. Esboza una sonrisa y se acuesta boca abajo en la arena.
–Ehm, ¿qué tanto escucharon? –les pregunto y me sonrojo ante la idea de que seguramente escucharon algo de lo que le acabo de contar a Rose.
–Ah, todo –dice Renata con un tono burlón, mientras dibuja sus iniciales en la arena con la punta de su dedo, ignorando por completo mi vergüenza–. Se te escucha por toda la playa.
–No puedo creer que hayan dormido aquí afuera –dice Raisa, abriendo los ojos bien grandes mientras flexiona sus pies descalzos–. Deberían haber dejado una nota por lo menos. Mamá y papá estaban muy preocupados hasta que las vieron por la ventana. O sea, ¿tienen una idea de todas las desgracias horribles que le pueden pasar a una mujer sola? Ladrones, asesinos, porquería de ave en la cabeza, activistas por los derechos de los hombres…
En ese instante, cinco chicos con pantalones cortos aparecen en sus bicicletas. Los reconozco enseguida. El que está al frente tiene cabello largo y castaño, y lleva un gorro de béisbol. Se detiene y el resto hace lo mismo, y se nos quedan mirando.
–Amigos, miren. ¡Son las Locas Ravennas! ¿Cómo les va hoy, señoritas? ¿Hay lugar para que las acompañemos en su fiesta de té alocada?
Raisa bufa y les levanta el dedo del medio, y luego voltea hacia nosotras como si estuviera diciendo, “¿Ven? Desgracias horribles”.
Tengo la reputación de ser una especie de bicho raro entre mis pares. Ya sea por escapar de buzones vivos mientras grito o por quedarme mirando fijo a la gente cuando mis visiones les crean pico en lugar de boca. Sin mencionar el hecho de que tengo una zorra como mascota. Mis hermanas me defienden siempre que pueden, pero todos los chicos del pueblo se burlan de nosotras. Creen que tenemos secretos y quizá sí los tengamos. Secretos que ni siquiera nosotras conocemos y que están encerrados en los rincones más desesperados de nuestros corazones, envueltos a nuestras almas. Secretos jugosos. Esa es la palabra que usa la gente: jugosos.
Pero pienso, en especial luego de mi encuentro con la Oscuridad, que, si tenemos secretos, no son para nada jugosos. Sino más bien sangrientos.
–Aw, solo estoy bromeando –le dice a Raisa, los demás ríen disimuladamente.
–Cierra la boca, Brett –dice Raisa–. Esta fiesta es muy exclusiva. Solo para brujas.
–Vamos, muchachos –dice otro y se encoge de hombros–. Larguémonos de aquí antes de que invoquen a algún demonio o algo que nos coma.
–¿Quién dijo algo de invocar a un demonio? –grito, antes de que Raisa les conteste–. Somos muy capaces de comérnoslos nosotras mismas.
Brett ríe, llevando su cabeza hacia atrás y haciendo que los músculos de su estómago bronceado se tensen. Coloca los pies nuevamente sobre los pedales de su bicicleta.
–Oigan, tengan un buen día. Nos vemos.
–Sí, diviértanse con su sesión espiritista o lo que sea que estén haciendo –agrega otro–. Mándenles saludos a los fantasmas.
De inmediato, pienso: Nosotras somos los fantasmas.
No sé qué quiero decir con eso, pero creo que es verdad.
Sin dejar de reír disimuladamente, los niños se marchan en sus bicicletas. El lugar queda en silencio una vez más, o lo más silencioso que pueda estar, con las olas repetitivas sobre la orilla y las ráfagas de viento cálido.
Raisa mastica una punta de su cola de caballo, mientras mira a los niños marcharse.
–Bueno –dice, eventualmente–, ¿qué decías? ¿Algo sobre un niño en el ático? No pudo ser uno de esos idiotas. Son demasiado estúpidos como para conquistar a una chica, mucho menos para abrir una puerta cerrada.
De repente, todo se siente seco: mi boca, mi piel, mis ojos. La arena, la brisa, el cielo. No esperaba que me interrogaran cuando nombré a la Oscuridad; solo quería que Rose dijera que no era real, que me quedé dormida sin darme cuenta y eso sería todo. Así podría dejarlo todo de lado, olvidarlo, y terminar con todo esto de una vez. Pero eso no pasó y ahora mi balanza interna cae completamente hacia un lado.
–No sé qué fue –digo.
–¿Era lindo por lo menos?
Levanto un poco de arena y la dejo caer sobre mis rodillas, mis piernas y empiezo a enterrarme viva.
–No le vi la cara.
Renata también agarra un poco de arena y la suelta sobre mis pantorrillas, ayudándome sin prestar mucha atención.
–Ah, seguro vino a besarte.
–Bueno, por supuesto –dice Raisa, inclinando la cabeza para que Renata no pueda ver que pone los ojos en blanco–. ¿Rose? ¿Tú qué opinas?



