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Me sonrojo levemente al oír lo del beso y la idea de besarlo a él en particular. ¿Será como besar a un fantasma, a una sombra? ¿Sentiría siquiera sus labios?
Pero luego recuerdo su mano, su mano cálida, real.
Me concentro en Rose, mientras la arena cae entre mis dedos. Se lleva un pulgar a la boca y muerde la piel de sus uñas en silencio.
–No, Ren, estaba muy oscuro y no quería que encendiera la luz –entierro mis manos en la arena caliente para que dejen de temblar–. Esa cosa… él… era muy aterradora. Aterradora y… bueno, dijo que me conocía. Dijo que ya nos habíamos visto antes.
Raisa estira los brazos sobre su cabeza.
–Y bien, ¿por qué no lo buscas? –se encoge de hombros, como si fuera algo sencillo. Se pone de pie y se acerca saltando hacia la calle, sin molestarse en mirar hacia atrás para ver si la seguimos.
Gabrielle se pone de pie al igual que yo y me dispongo a levantar mi bolsa de dormir y mi almohada.
–¡No! –grito, corriendo tras Raisa como si estuviera en cámara lenta, mientras la arena me quema los talones y los dedos de los pies. Por el rabillo de mi ojo, veo que Rose levanta sus sábanas y me sigue, Renata por detrás. Raisa se detiene al otro lado de la carretera, esperándome.
–¿Qué tal si es peligroso? –pregunto, respirando con dificultad, deteniéndome–. ¿Qué tal si…?
–Los sueños no pueden hacerte daño, Ree –me dice Raisa y sacude la cabeza de lado a lado. Estira la mano y toma la almohada que llevo entre mis brazos–. Los sueños no son peligrosos. Y estoy segura de que eso es este niño sin rostro. Solo un sueño tonto.
Esto era exactamente lo que quería que dijera Rose.
Pero…
No me siento mejor y no entiendo por qué.
Sujeto con más fuerza mi bolsa de dormir sobre mi pecho y trago saliva, pasando el peso de uno de mis pies hacia el otro, sintiendo la arena por todas partes. Creo que, de hecho, se equivoca: algunos sueños sí son peligrosos, aquellos que intentamos olvidar con todas nuestras fuerzas porque después se tornan filosos y sombríos, y emergen desde lo más profundo de tu garganta.
–Igualmente, quiero verlo –dice Raisa mientras el resto se acerca–. Vamos, ¿está bien?
–Espera…
Y una vez más, se va saltando, por lo que ya está a mitad de camino de la casa cuando termino de quejarme. Renata se encoge de hombros y esboza una especie de sonrisa, y Rose se queda en silencio. ¿Por qué no dice nada? Corremos en puntillas de pie sobre el pavimento ardiente y luego sobre el césped húmedo del jardín que nos moja nuestros pies sucios. A un lado, el jardín de mamá exhibe su colección ecléctica de las primeras flores del verano: hortensias coloridas como lunas rosadas; peonías descoloridas por el sol; lirios de temporada con lenguas violetas; y caléndulas de un naranja fuego cremoso.
Intento ignorar que las paredes de la casa erizan como piel fría cuando entramos por el porche. Mantengo la puerta abierta para Gabrielle y arrojo mi bolsa de dormir hacia el sofá antes de acercarme corriendo a Raisa.
–¡Niñas, hice wafles! –grita mamá cuando pasamos por la cocina. Está parada orgullosa frente a la waflera en la isla del centro con una espátula en la mano. Un tazón casi vacío con restos de la mezcla descansa junto a una botella de jarabe de maple y un plato con una pila de wafles dorados. A un lado hay otra bandeja con una pila más pequeña de tiras de tocino bastante chamuscadas. El aroma a azúcar y carne quemada se mezclan en el aire–. Hay fresas frescas en el refrigerador para ti, Rose. El tocino está crujiente, Ree, como a ti te gusta.
–Por crujiente –agrega papá, quien se encuentra sentado en la mesa de la cocina con un crucigrama y una taza de café–, se refiere a quemado.
–No –dice mamá–. Crujiente. Super extracrujiente.
–Claro, eso dije, quemado –agrega papá y mamá hace un gesto como si le pegara en la cabeza con la espátula.
–Ah –me detengo en el arco junto a Rose–, suena gen…
–¡Ya volvemos! –interrumpe Raisa a los pies de la escalera, fuera de la vista de mamá y papá–. Estamos en medio de una misión muy importante que no puede esperar.
–Bueno, está bien –dice mamá, justo cuando papá gira en la silla y golpea la espátula de mamá con su pluma. Ella ríe e intenta golpearlo una vez más, pero esta vez de verdad. Papá la bloquea y levanta una cuchara de la mesa con la otra mano, mientras se pone de pie con la rodilla doblada. Quiero seguir mirando, pero estoy indecisa, al igual que Renata, quien aplaude y salta mientras los observa como toda una espectadora entusiasta. Sin detener el duelo en la cocina, mamá agrega–. Solo calienten un poco los wafles en el microondas cuando terminen con su misión, ¿está bien? Su padre y yo iremos de compras en un rato.
–Está bien –murmura Rose, pero no creo que la hayan escuchado. Me sujeta de la muñeca y dejamos a mamá y papá con la alegría de su duelo.
–¿Qué están haciendo? –pregunta Raisa, con las cejas levantadas y una pierna en el tercer escalón.
–Duelo de espada –le explico.
–Son tan raros.
–Son tiernos –dice Renata, riendo entre dientes.
Avanzamos por el pasillo del primer piso, todas en silencio hasta que Raisa se detiene.
–¡Aquí estamos! –dice como una guía de turismo, deteniéndose con un pie sobre el primer escalón–. ¡La tierra de las sombras del niño invisible! Ahora, damas y caballeras, por favor, mantengan sus brazos y piernas cerca del cuerpo en todo momento. Estos niños salvajes son feroces y se los conoce por devorar todo que tenga carne y sea una mujer. ¿Están listas? –sonríe y asentimos–. ¡Síganme!
Rose me sujeta de los hombros a medida que comenzamos el ascenso corto, como si fuéramos un grupo de niñas que hacen el trencito para no perderse. Tiene las manos frías, como siempre. Pongo las manos sobre los hombros de Raisa, pero resopla y me las quita. Renata viene última, pero no volteo para ver si sujeta a Rose como ella me sujeta a mí.
Aguanto la respiración. Hasta que duele. Hasta que arde. No exhalo hasta el último minuto, ese momento previo al desmayo absoluto. Y así entramos al ático que está iluminado solo por una pequeña luz que proviene de la escalera. Raisa desliza sus pies sobre la madera crujiente, buscando la lámpara a tientas.
–¿Hola? –pregunta y, casi de inmediato, maldice. Al parecer se golpeó el dedo gordo del pie con una de las patas de la cama, lo único con lo que alguien podría golpearse, vaya suerte la suya–. Venimos en paz, ¿okey? Queremos saber por qué estás aquí en nuestro viejo… –de pronto, la lámpara se enciende y la pequeña habitación se llena de luz–, ático.
Con los ojos entrecerrados, miramos a nuestro alrededor. No hay nadie más que nosotras.
Renata se agacha para mirar debajo de la cama y no encuentra nada, por lo que se levanta y se encoge de hombros.
–Bueno, ese es el único escondite aquí.
–Tienes que apagar la luz –digo y Gabrielle se frota sobre mi pantorrilla–. Tiene que estar completamente a oscuras.
Raisa inclina la cabeza hacia un lado, cierra un ojo y me mira, como si me fuera a entender mejor si me mirara desde otro ángulo, desde una perspectiva torcida.
–Pero entonces, ¿cómo lo veríamos, genia?
–No podríamos –susurra Rose por detrás de mi espalda.
–No quiere que lo veamos –digo–. No creo… O sea, no creo que exista en la luz. Sé que puede parecer una locura, pero allí es en donde está. Eso es lo que es –me corrijo de inmediato.
–Okey, está bien –dice Raisa y, si bien presiona sus labios con escepticismo, obedece y apaga la luz. Rose suelta mis hombros y la tomo de las manos por detrás de mi espalda. Con los dedos entrelazados, siento su pulso a un lado de sus nudillos. Se siente algo irregular, rápido al principio y lento al cabo de un rato, suave, fuerte, una y otra vez. Y casi en perfecta sincronía con el mío.
Esperamos.
Cuatro chicas y una zorra en medio de la oscuridad.
Siento una especie de cosquilleo en mi cabeza, como si me hubieran arrancado un cabello, pero gradualmente se convierte en una sensación más agradable. Es como si alguien me estuviera haciendo una trenza con sus dedos, como el hilo en un carrete, vuelta tras vuelta, sin parar.
Lentamente.
Sutilmente.
En la oscuridad.
–¿Rose? –susurro–. ¿Me estás…?
Pero sus manos aún están sujetas a las mías y, por lo que sé, Raisa y Renata aún están al otro lado de la habitación cerca de la lámpara, la cama de por medio.
–Tengo… que… irme –giro y me choco con Rose, quien se tropieza hacia atrás, pero no se cae. De algún modo, a pesar de la oscuridad, extiende la mano y me sujeta por la muñeca, y me lleva hacia la escalera con ella. Siento las uñas de Gabrielle raspando el suelo de madera por detrás. Últimas, vienen Renata y Raisa, quienes bajan a toda prisa respirando con dificultad. Cuando estamos todas en el pasillo, nos quedamos mirándonos atónitas.
–Okey –dice Raisa, encorvada hacia adelante con las manos sobre sus rodillas y sus colas de caballo hacia adelante–. ¿Qué fue lo que te asustó tanto? ¡No había nada!
–Tú… ¡Tú también te asustaste! –digo. La mano calma de Rose aún está aferrada con fuerza a mi muñeca.
–¡Pero solo porque tú te asustaste primero! Tú me asustaste más que nada –se endereza–. ¿Qué piensas, Rosi?
Pero Rose no dice nada, simplemente se queda mirando fijo por detrás de mi hombro izquierdo. Hacia el ático. Siento un cosquilleo en la cabeza. Exactamente allí, sobre mi oreja derecha y en ningún otro lugar.
–¿Rose? –digo rápido y alterna su mirada entre nosotras dos. Finalmente, se encoge de hombros, voltea y se marcha a toda prisa hacia nuestra habitación.
–Yo no me asusté –murmura Renata, con los ojos vidriosos–. Pero definitivamente había algo allí.
No estoy segura de qué hacer con todo esto; miro a Raisa y sonríe con satisfacción. Dividida entre pedirle a Renata que se explaye más y entender la razón por la que Rose se marchó, eventualmente me encojo de hombros y sigo a Rose hacia nuestro cuarto. La encuentro sentada al borde de mi cama con la cabeza baja. Por un largo rato, no se mueve y, cuando estoy por acercarme para asegurarme de que aún respira, levanta la cabeza. Sonríe y luce como si no tuviera miedo de nada, en toda su vida, mucho menos de lo que acecha en la oscuridad del ático.
–Rhea –dice con firmeza–. No te preocupes.
Así su exterior fresco y dorado empieza a ondular, su fachada inmaculada empieza a ser un mero espejismo y la veo como algo más, como algo espectral y suave, algo terrible que en cualquier momento se puede desgarrar: su piel se derrite como plata fundida y cae por su esqueleto como gotas de estrellas.
En un abrir y cerrar de ojos, la entropía más elegante que jamás haya visto termina.
Inconsciente de mi visión, se acerca a mí. Me abraza, pasando sus brazos por debajo de los míos sobre mis costillas. Sus manos forman un puño por detrás y presionan mi columna.
–La belleza es venenosa para los monstruos –dice sin soltarme. Recuesto mi cabeza sobre su hombro–. Aman la belleza, la codician, pero no pueden tenerla. Así que, como verás, estás a salvo de cualquier peligro. Estás a salvo, Rhea. De verdad.
Me suelta y da un paso hacia atrás. Intento sonreír, pero no puedo y mantengo una expresión de confusión tensa. Empiezo a sentir un gran ardor en mi cabeza, como si mil dientes pequeños estuvieran atravesando mi cráneo.
Pero, a pesar de la incomodidad, llego a la conclusión de que tiene razón. La Oscuridad tiene que ser un sueño. No, más que eso: una pesadilla. Porque no puedo pensar en nada más aterrador que un sueño como este, uno que solo está en tu corazón y no puede hacerte daño. Hasta que, de repente, extiende una mano y te toca.

5
En el bosque
La bruja se acercó al zorro de pelaje negro con un pétalo recién arrancado de su corazón en la palma brillante de su mano. Nunca ningún zorro había comido de su corazón y ni siquiera la bruja sabía qué ocurriría cuando este lo hiciera.
La reina atemporal e infinita del castillo de dientes y árboles se había cansado de que el zorro misterioso se rehusara a bailar, noche tras noche, ignorando sus órdenes. Ningún tipo de amenazas perversas o palabras suaves de coerción lo hacían obedecer. Ahora, el zorro desobediente se encontraba sentado en el claro, donde la bruja dejó caer el pétalo justo por delante de él. Cayó lentamente hacia el suelo, reflejando la luz del sol.
–Come –le dijo–. Come.
Durante un segundo, el zorro vaciló y no se movió. Luego bajó la cabeza y levantó el pétalo con su lengua. La bruja esperó mientras masticaba y un hilo de sangre brotó de sus labios cuando tragó.
–Ahora, baila –dijo–. Baila.
El zorro parpadeó una vez, dos veces, tres veces. Y luego bailó. Saltó con sus patas lastimadas por espinas y se retorció una y otra vez, sacudiéndose y suspirando, mientras su cuerpo de zorro se deshacía en mechones ensangrentados de pelaje negro, bigotes marchitos y garras sucias; todo quedó en el suelo áspero del claro.
Donde antes había un zorro, ahora yacía un joven de prendas desgarradas.
Pero no era cualquier joven, sino uno familiar, de tez pálida y cabello tan oscuro que avergonzaba al espacio que separaba a las estrellas, con un par de labios que competían con la manzana más roja del árbol y algunas heridas en el dorso de sus manos.
–No eres un zorro –dijo la bruja, entre dientes, con desdén–. Y ya estuviste aquí. ¿Qué clase de magia maligna usaste para engañarme?
El joven, recostado de espalda con la respiración agitada, parpadeando incontrolablemente, levantó la vista hacia ella. La bruja se sonrojó cuando vio su barbilla y mandíbula húmeda y brillosa con el icor del pétalo de su corazón, ahora en su estómago humano burbujeante. Era tan íntimo ver los vestigios de una comida sagrada sobre su piel y dientes. La había engañado, le había robado. Se agachó frente a él, con una mano sobre la tierra a sus pies.
–No fue magia –logró decir sin aliento–. Simplemente me transformé y me dejaron entrar.
La bruja lo miró y presionó su puño con más fuerza sobre la tierra, irritada cada vez más por su descuido.
–No eres un zorro –repitió–, y tampoco un niño. No tienes ningún propósito aquí. Márchate.
–Tienes razón –dijo con la voz entrecortada–. No soy ninguna de esas cosas. Pero sí tengo un propósito aquí. Tú eres la Bruja de los Deseos, ambos lo sabemos. Pero, aun así, ¿quién te concederá un deseo a ti? ¿Quién más, salvo yo, que he logrado entrar al Bosque, una y otra vez, aunque solo los zorros puedan hacerlo?
–Yo no necesito deseos –dijo la bruja, negando con la cabeza y poniéndose de pie, mientras su falda y su cabello se mecían al viento. Se quedó parada delante del zorro que no era zorro y agregó–. Yo lo tengo todo y tú… no eres nada. Solo un estafador, una mentira, un beso seco de labios cerrados. No eres bienvenido aquí.
–¿Te desharás de mí con tanta facilidad? –le preguntó, haciendo una mueca de dolor. La bruja sabía que estaba dolorido: dolía nacer y dolía renacer, incluso aunque fuera simplemente una regeneración de la verdadera piel de uno–. Puedo ayudarte a dejar este lugar, este sueño, este sufrimiento largo y eterno. Yo puedo despertarte.
La bruja se lamió los labios y miró al resto de los zorros reunidos al borde del claro, casi inmóviles, apenas respirando.
–Hay una forma –agregó–. Y yo la conozco.
–Mentiroso –dijo la bruja–. No me importa porque te equivocas. Yo no deseo nada.
–Al menos, déjame contarte una historia. Una historia del mundo exterior. ¿No te gustaría escuchar la historia de un país que se encuentra más allá de tus bosques, en donde viven los niños cuando no están dormidos? ¿Nunca te preguntaste cómo es ese mundo?
La bruja miró al cielo y las estrellas incrementaron su luz como un humano que levanta la barbilla y pretende no estar escuchando, desinteresadas de lo que la Bruja de los Deseos tenía para decirle a su zorro que no era zorro. Los zorros reales abrieron grande los ojos y los árboles encogieron sus hombros de madera, mientras el viento soplaba por el claro meciendo el cabello largo de la bruja y dándole un cosquilleo en la cabeza. Durante un segundo exacto, el corazón de nuestra bruja se detuvo, como un latido perdido en una procesión de miles de contracciones de músculos y sangre. Se llevó una mano al pecho, repasando con sus dedos la cicatriz que le había quedado luego de coserse la piel una y otra vez.
–Está bien –dijo finalmente y lo acompañó hacia el castillo–. Puedes contarme sobre el mundo exterior. Pero… –levantó un mano justo cuando el joven empezaba a esbozar una sonrisa de victoria–, si decido que no quiero escuchar más, ¿me prometes que te detendrás?
Asintió enseguida.
–Lo prometo –dijo, presionando ambas manos sobre su corazón–. Ahora, comencemos.
El zorro que no era zorro se sentó frente a la plataforma mientras la Bruja de los Deseos escuchaba desde su trono las descripciones del Otro Mundo más allá del Bosque. Si bien había muchos mundos, le explicó, él solo conocía uno, el mundo de donde él venía, un mundo lleno de magia. Provenía del país del reino de cristal y fue de esa porción diminuta de un mundo igual de diminuto, entre otros miles, miles, miles de mundos, que le contó su historia, desde los detalles más pequeños, pero importantes: las estaciones, las luces de la ciudad, las tazas humeantes de té de canela, los piñones tostados al fuego y las moras agrias de los arbustos más espinosos. Un juego popular conocido como Brujita, en el que los jugadores ganaban o perdían juntos. Un cielo nocturno que en los lugares más al norte estaba tan saturado de estrellas sedosas que incluso la medianoche era igual de brillante que el mediodía. Había academias de enseñanza superior y todos podían estudiar en estas escuelas… Menos las máculas.
–¿Quiénes son las máculas? –preguntó la bruja con un susurro, sintiendo a la palabra extraña liberándose de su garganta y quemando sus labios. El zorro que no era zorro se acercó, ansioso por explicarle, pero en ese instante la garganta de la bruja empezó a arder aún más y no se atrevió a repetir la palabra. Ni siquiera a pensar en ella–. No importa. Habla de otra cosa.
La miró por un largo momento y notó que no lo podía mirar fijo. Finalmente, asintió y le describió el fenómeno de los tornados resplandecientes y huracanes lluviosos, cuyos vientos arrancaban raíces y derribaban árboles como cabello de una cabeza. Le advirtió del Fuego de las Estrellas, llamas tan potentes que podían quemar acero, magia en su estado más puro.
–¿Eso viene de las estrellas? ¿Cómo? –preguntó la bruja–. Incluso con magia parece algo muy difícil.
–Lo es. Primero le ordenas a una estrella que caiga –dijo el zorro que no era zorro–. Luego la atrapas entre tus manos y la matas.
–Tienes que ser muy poderoso para siquiera tocar a una estrella –dijo la bruja, levantando la vista hacia las suyas–. Para tocarla sin quemarte.
–Sí –dijo y le habló de los desastres, del dolor. Le habló de las guerras y la esclavitud. De disparos de magia que atravesaban huesos y cerebros como un arma de fuego, cuyo impacto era el despertar de un sueño, pero a la inversa. De fantasmas con cuencas vacías y gargantas secas.
Y justo antes de quedar sumidos en el resplandor violáceo del atardecer, antes de que la bruja juntara las manos para atrapar el sol de sombras que caía desinflado desde el cielo, el zorro que no era zorro se acercó a ella.
–¿Deseas que me quede?
–No –le contestó la bruja de los Deseos.
–¿Deseas que regrese?
Y luego de la pausa más breve, la bruja le contestó.
–Sí.
–Hasta mañana, entonces.
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