Sobre Víctimas y Victimarios

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La horca ha sido el método de ejecución más usado en el mundo. Hebreos, griegos, romanos, germanos, españoles y muchos otros pueblos recurrían a este procedimiento para librarse, entre otros, de idólatras, blasfemos y traidores. Los ingleses extendieron su uso por Europa y América.
Lo que contribuyó a difundir este método de ejecución son las características que posee: extrema facilidad para su aplicación y un carácter netamente exhibicionista.
La ahorcadura o colgamiento provoca la muerte por la constricción del cuello, esto se produce cuando la tracción ejercida por el propio cuerpo en suspensión actúa sobre un lazo sujeto a un punto fijo.
Los que fueron ahorcados, tuvieron, asimismo, una muerte violenta y, aunque la agonía solía prolongarse en algunos casos varios minutos, no dejaba de ser una de las alternativas de ejecución menos cruenta.
En ciertos casos el reo era izado por el propio lazo de suspensión y, cuando quedaba suspendido, el ejecutor lo tomaba por los pies, lo cual incrementaba la tracción del lazo sobre el cuello del condenado y le provocaba violentas sacudidas al cuerpo. Normalmente, el reo era lanzado al vacío desde una plataforma que superaba los tres metros de altura y quedaba suspendido hasta su muerte. En ambos procedimientos, se producen intensas lesiones vertebrales cervicales, que se añaden al colgamiento propiamente dicho, dando lugar a lo que vulgarmente se conoce como una quebradura de cuello.
Por su parte, el degüello puede definirse como una lesión en la cara anterior del cuello provocada por un arma cortante que, en algunos casos, alcanza una profundidad considerable afectando todos los órganos de la región hasta planos pre-vertebrales.
El degollar se hizo costumbre en ambas márgenes del Río de la Plata y se extendió también al sur del Brasil. En nuestro territorio tanto unitarios como federales se mostraban pródigos en hacer correr sangre de este modo; en la Banda Oriental, los colorados y los blancos con cultura, tradiciones e idiosincrasia muy cercana a la nuestra también optaron por degollar a mansalva durante la Guerra Grande (1839/1851) y aún después, hasta la derrota del Paraguay en la Guerra de la Triple Alianza.
También debe tomarse en consideración que en el siglo XIX los ejércitos carecían de una capacidad logística desarrollada como para permitirles ocuparse humanitariamente de los prisioneros y menos aún si éstos estaban heridos. Normalmente, no disponían de medicamentos, los analgésicos escaseaban y las técnicas quirúrgicas poco extendidas tenían características cruentas y, frecuentemente, terminaban en amputaciones, taponamiento de heridas y suturas de apuro. Los medios de transporte, se limitaban a carretas y parihuelas que trasladaban todo lo que la infantería y la caballería no pudiera transportar sobre sus espaldas ó a lomo de sus equinos. El ambiente y la situación operacional imponían marchas extenuantes, largos períodos a la intemperie bajo los efectos de condiciones climáticas adversas a lo que se sumaba la acuciante necesidad de disponer de un adecuado abastecimiento de agua. Así las cosas, ya sea por odio, espíritu de revancha, como mensaje inequívoco para la psiquis del adversario ó hasta para aliviar el dolor y el sufrimiento, el degüello se practicó con amplitud y su ejecución por motivos humanitarios se concretaba solamente entre camaradas de una misma facción en retirada y antes de abandonar a los heridos a merced del enemigo.
Es necesario recordar que, con posterioridad a la Batalla de Caseros (1852), pese a que la organización nacional se vislumbraba como un hecho, nada hizo menguar el frenesí del degüello, especialmente durante los años en que Mitre tuvo el poder y Sarmiento fue su consejero e ideólogo de un proyecto que buscaba una depuración social a toda costa, que excluía formas civilizadas de negociación y estimulaba las campañas punitivas en el interior del país donde algunos caudillos locales le ofrecían resistencia.
Como toda mala costumbre, el degüello comenzó a practicarse de manera casi imperceptible pero, rápidamente, esta manera de ejecutar fue extendiéndose entre los integrantes de las organizaciones militares de uno y otro bando sin distinción de posicionamientos ni de jurisdicciones, en toda la región platense y en las provincias del interior de nuestro país.
En el período considerado en esta obra, queda claro que gozó de una popularidad macabra, con características que la distinguían de las otras formas de suplicio a las que hice referencia. A mi juicio, lo distintivo estaba dado por: la intimidad del acto ya que era necesario el contacto físico entre el victimario y su víctima que, normalmente se encontraba indefensa e inmovilizada, asígnase a esta práctica una marcada connotación machista pues el degollador ejecutaba a su víctima solo, sin formar parte de un pelotón de fusilamiento ócontentándose con hacer perder el equilibrio al infortunado reo para que un lazo extinguiera su vida, un alto contenido de sadismo que permitía divertirse a costa de la víctima tal como ocurría si a los verdugos se les antojaba realizar carreras de degollados ; en éstas, los prisioneros esperaban su final de pie, los degolladores les cortaban simultáneamente el cuello y luego disfrutaban observando hasta donde podían llegar los desgraciados en sus estertores de muerte, ahogándose y resbalando en su propia sangre.
Tampoco puede negarse que se empleaba a menudo para producir un temor reverencial de alto impacto psicológico tanto por el horror que provocaba presenciar un acto de tremenda barbarie como las consecuencias del mismo ya que era práctica habitual exhibir las cabezas cercenadas que transmitían de manera inequívoca un mensaje más que elocuente.
Durante el fragor del combate se solían impartir órdenes mediante toques de clarín cada uno con su particular significado, es harto conocido, por ejemplo, el toque de “A LA CARGA” pero también se impartían órdenes a viva voz y, paulatinamente, en estas latitudes, la orden de cargar contra el enemigo fue reemplazada por la de “A DEGÜELLO” que inflamaba los espíritus y anunciaba la ausencia de toda misericordia para los vencidos.
En el blog “Esgrima criolla el arte del degüello”, se detalla que en la época, aparecieron denominaciones de origen según el tipo de degüello: “El “oriental” era externo y de oreja a oreja seccionando las carótidas y la yugular ; a la “brasilera” cuando el corte se hacía mediante la incisión por detrás de la tráquea, cortándose de atrás hacia delante con un tajo seco; el “argentino” se denominaba cuando se hacía por delante, con dos cortes rápidos en la carótida.“
Si el reo tenía cuentas pendientes con el bando opuesto, era considerado traidor ó simplemente merecía sufrir más de la cuenta, se le cortaba la cabeza por la nuca, es decir a la “brasilera”.
Los degolladores federales, apelaban a un código sencillo y no escrito para determinar cómo habría de morir la víctima, sólo dos palabras lo componían: VIOLÍN y VIOLÓN.
VIOLÍN garantizaba una muerte rápida, un tajo preciso con un facón bien afilado. VIOLÓN era su antítesis, para provocar un mayor sufrimiento en la víctima se empleaba un cuchillo con hoja mellada y carente de filo que desgarraba la carne, un corte desprolijo, irregular que prolongaba en atroces estertores y gritos la agonía. ¡Vaya diversión!.
La refalosa era una danza que se hizo popular durante el siglo XIX, dicen que de Chile pasó a la Argentina y desde 1835 a 1860 se bailaba con cierta habitualidad en la región de Cuyo, es decir en Mendoza y San Juan aunque también se extendió a otras provincias tales como Santiago del Estero, Córdoba y Catamarca pero con menor popularidad en estas últimas. Actualmente puede considerarse que como danza popular folklórica ha desaparecido.
Toma su nombre de los pasos de baile que la componían y en los que, elegante y galanamente se deslizan los pies de los bailarines como resbalando sobre el suelo.
Precisamente en el norte, los ejércitos federales, triunfantes en sus campañas contra los unitarios en la década de 1840, hicieron culto del degüello y de un alto grado de brutalidad en las batallas de Quebracho Herrado, San Calá, Famaillá y Rodeo del Medio y le dieron, a lo que supo ser una danza de salón, la connotación macabra que los degolladores imponían al suplicio. Ya no danzaban un hombre y una mujer como parte de una diversión popular con absoluta fluidez y disfrutando de un esparcimiento social; la refalosa del degollador es una danza macabra entre hombres, en la cual uno solo disfruta de libertad de movimientos, cuchillo en mano, mientras que el otro yace inerme e indefenso esperando vanamente escaparle al destino que le aguarda para resbalar finalmente en su propia sangre.
El poeta HILARIO ASCASUBI describe minuciosamente la técnica del degüello y la finalidad que cada acción del degollador tenía en la psiquis y en el físico de su víctima. El poema conocido como “La Resfalosa”, relata en sus versos la amenaza que profiere un degollador mazorquero durante el sitio de Montevideo a uno de sus defensores, el gaucho Jacinto Cielo, unitario e integrante de la Legión Argentina que participaba en la defensa de la plaza. Hasta el apellido Cielo, del destinatario de la amenaza tiene un significado y es el de ser coincidente con el color de la divisa usada por los unitarios, casualmente de color celeste.
La amenaza es cruda, violenta y aterradora y hace referencia en sus versos al TIN TIN, sonido producido al entrechocar de la hoja de un facón ó cuchillo con su vaina de metal, que era el preludio de su uso en el cuello del desgraciado prisionero.
I
Mirá, gaucho salvajón,
que no pierdo la esperanza,
y no es chanza,
de hacerte probar qué cosa
es Tin tin y Refalosa.
II
Ahora te diré cómo es
escuchá y no te asustés;
que para ustedes es canto
más triste que un viernes santo.
III
Unitario que agarramos
lo estiramos;
o paradito nomás,
por atrás,
lo amarran los compañeros
por supuesto, mazorqueros,
y ligao
con un maniador doblao,
ya queda codo con codo
y desnudito ante todo.
¡Salvajón!
IV
Aquí empieza su aflición.
Luego después a los pieses
un sobeo en tres dobleces
se le atraca,
y queda como una estaca.
lindamente asigurao,
y parao
lo tenemos clamoriando;
y como medio chanciando
lo pinchamos,
y lo que grita, cantamos
la refalosa y tin tin,
sin violín.
V
Pero seguimos el son
en la vaina del latón,
que asentamos
el cuchillo, y le tantiamos
con las uñas el cogote.
¡Brinca el salvaje vilote
que da risa!
Cuando algunos en camisa
se empiezan a revolcar,
y a llorar,
que es lo que más nos divierte;
de igual suerte
que al Presidente le agrada,
y larga la carcajada
de alegría,
al oír la musiquería
y la broma que le damos
al salvaje que amarramos.
VI
Finalmente:
cuando creemos conveniente,
después que nos divertimos
grandemente, decidimos
que al salvaje
el resuello se le ataje;
y a derechas
lo agarra uno de las mechas,
mientras otro
lo sujeta como a potro
de las patas,
que si se mueve es a gatas.
VII
Entretanto,
nos clama por cuanto santo
tiene el cielo;
pero ahi nomás por consuelo
a su queja:
abajito de la oreja,
con un puñal bien templao
y afilao,
que se llama el quita penas,
le atravesamos las venas
del pescuezo.
¿Y qué se le hace con eso?
larga sangre que es un gusto,
y del susto
entra a revolver los ojos.
VIII
¡Ah, hombres flojos!
hemos visto algunos de éstos
que se muerden y hacen gestos,
y visajes
que se pelan los salvajes,
largando tamaña lengua;
y entre nosotros no es mengua
el besarlo,
para medio contentarlo.
IX
¡Qué jarana!
nos reímos de buena gana
y muy mucho,
de ver que hasta les da chucho;
y entonces lo desatamos
y soltamos;
y lo sabemos parar
para verlo refalar
¡en la sangre!
hasta que le da un calambre
Y se cai a patalear,
y a temblar
muy fiero, hasta que se estira
el salvaje; y, lo que espira,
le sacamos
una lonja que apreciamos
el sobarla,
y de manea gastarla.
De ahí se le cortan orejas,
barba, patilla y cejas;
y pelao
lo dejamos arrumbao,
para que engorde algún chancho,
o carancho.
X
Conque ya ves, Salvajón;
nadita te ha de pasar
después de hacerte gritar:
¡Viva la Federación!
“La “Refalosa”, era considerada como un valsecito siniestro ó “un baile para los que sobran” y esa categoría, normalmente, era la que adquirían los prisioneros al ser aprehendidos ó vencidos.
También se acostumbraba a mutilar a los prisioneros, tal como se relata en el poema arriba transcripto, “… De ahí se le cortan orejas, barba, patilla y cejas …”. así el infortunado era “pelado” después de ser ejecutado, como un escarnio adicional y como diversión de sus victimarios.
Si bien una cabeza decapitada del enemigo constituía el máximo trofeo que podía ser entregado al jefe del bando rival, no siempre era posible obtenerlas y menos aún en buen estado por tal motivo se buscaban otras ofrendas como alternativa pero éstas eran de una categoría inferior. No obstante, solían ser bien apreciadas por ser parte de la cabeza de ese enemigo tan aborrecido ; las orejas eran sin duda alguna como la última credencial del difunto y algunos se permitían secarlas y perforarlas para que formaran parte de un trágico collar alrededor de una argolla de metal ó de cuero.
Pero una manea era un obsequio singular porque es un elemento infaltable en el equipo del jinete criollo y sirve para inmovilizar a un animal, especialmente si es “chúcaro”.
“La parte preferida del cuero para confeccionar una manea es la de la porción anterior del animal, especialmente la cabeza y, de ella, la parte correspondiente a las quijadas, la que circunda las astas y la del cuello (porque el material es grueso, de fibras entrecruzadas y dificultosamente se raja en la porción donde se ha practicado el ojal).
Las maneas se confeccionan con cuero (las hay de vacuno, de yeguarizo, de porcino, de anta, de ciervo, etcétera) como así también con cerda, con lana, etcétera. Las de lujo suelen ser de pura plata, con adornos (argollas, pasadores y bombas) de ese metal o de alpaca, a los que suele agregarse pequeñas dosis de oro.
A estos materiales debo añadir la piel humana. Sí, la piel del indio o del cristiano vencido en la lucha, en la llamada guerra del malón o en los combates intestinos entre fuerzas que pertenecían a distintos sectores políticos o partidarios.” 10
Se apreciaba una ofrenda de este tipo por tres razones: la primera, por ser un elemento que todo jinete usaba; en segundo lugar, por estar confeccionada con la piel de un enemigo ejecutado lo cual le otorgaba al destinatario del regalo una satisfacción adicional y, finalmente, por el simbolismo intrínseco que poseía, el opositor había sido inmovilizado, domado, de manera definitiva, del otrora potro “chúcaro” solo quedaban las mentas, el dueño de la manea era dueño de su cuero.
HILARIO ASCASUBI, en las estrofas de “Isidora la federala y mashorquera” que forma parte del poema “PAULINO LUCERO ó Los gauchos del Río de La Plata cantando y combatiendo contra los tiranos de la República Argentina y Oriental del Uruguay (1839 a 1851)”, hace alusión a las maneas de piel humana, de esta forma:
“ … Se colaron, ¡Virgen Santa!,
en ese cuarto que espanta
de pensar que vive en él
el tirano Juan Manuel,
restaurador de las leyes,
entre geringas y fuelles,
puñales, vergas, limetas;
armas, serruchos, gacetas,
bolas, lazos maniadores
y otra porción de primores;
pues lo primero que vio
Isidora en cuanto entró,
fue un cartel,
con grandes letras sobre él,
y una manea colgada
de una lonja bien granada:
y el letrero decía así:
«¡Ésta es del cuero del traidor BERÓN DE ASTRADA!,
¡lonja que le fue sacada
por unitario salvaje,
en el paraje del Pago Largo afamado,
donde fue descuartizado! –
Con razón: por malvao y salvajón,
dijo la recién venida.”
Existía también cierta costumbre, aunque menos extendida que las mencionadas anteriormente, de acabar con la vida de un prisionero. Esta requería de cierto tiempo y elementos para llevarla a cabo , pero el trabajo valía la pena porque condenaba al reo a una lenta y dolorosa agonía y era reservada para aquellos a quienes se pretendía hacer sufrir cruelmente antes de que sobreviniera la muerte como consecuencia del tormento.
Cuando se decidía “enchalecar” a alguien era algo serio. Generalmente, se reservaba este tratamiento para los traidores y “retobados”. Quien tenía el triste privilegio de ser ejecutado de esta manera era envuelto en un cuero vacuno recién desollado que era prolijamente cosido alrededor del cuerpo de la víctima. La cabeza y las extremidades inferiores era todo lo que sobresalía del cuero vacuno. Posteriormente, el hombre enchalecado de esa forma era atado con cuerdas a unas estacas previamente clavadas en el suelo, al aire libre.
Una vez envuelto y atado, sin ninguna posibilidad de moverse, comenzaba el suplicio para el desdichado. El sol, implacable, comenzaba a secar el cuero vacuno y éste a encogerse lentamente alrededor del cuerpo humano. Así el condenado tenía una agonía que se extendía por varias horas para deleite de su victimario quien lo escuchaba aullar de dolor hasta que se producía la muerte por asfixia ó por paro cardio-respiratorio.
El doctor Pablo Mantegazza documenta con detalles el pavoroso “retobo” del que fue objeto, en Santiago del Estero, un sujeto de apellido Livarona:
“Obligado el reo a sentarse, se encogía sobre si mismo como un feto en el vientre materno, atados la cabeza y los brazos entre los muslos y apretados estos al cuello. Luego se envolvía a la víctima en un cuero fresco de vaca, que se cosía cuidadosamente, y se colocaba este ovillo de carne humana cerca de una gran fogata. El fuego secaba el cuero prontamente. e Ibarra, sentado frente de aquel ejemplo, deleitábase escuchando el crujido de los cueros y el estallido de las vértebras.” 11
En los pagos de Felipe Ibarra y aún en la otra margen del Río de la Plata, territorio bajo el dominio del “Protector de los Pueblos Libres”, se enchalecaba ó retobaba con mayor frecuencia que en otros lugares. Cuestión de gustos nomás.
En este capítulo, he detallado la formas en que se acostumbraba ejecutar a prisioneros ó adversarios políticos, no obstante, considero conveniente aclarar al lector que lo titulé “las formas del suplicio” porque normalmente la ejecución de un ser humano era el término de su sufrimiento pero para la víctima, el suplicio propiamente dicho, solía comenzar con anterioridad, en el preciso momento de declararse vencido ó de ser aprehendido y se materializaba en torturas brutales con el objetivo de quebrar su voluntad de lucha ó someterlo a vejaciones mediante la aplicación de tormentos tanto físicos como psicológicos tales como: palizas, caminatas extenuantes, privación de agua, alimento y abrigo, mutilaciones, inmovilización, prolongación de la agonía degollando despacio ó con cuchillo sin filo, castrar y apuñalar antes del degüello para qué éste fuera una suerte de cese de la humillación y del tormento y todas las atrocidades que pudieran concebirse como ritual de escarmiento.
CAPITULO III
Juan José, José Miguel y Luis Florentino

Los hermanos Carrera Verdugo son personajes controvertidos de la historia de Chile. Los que simpatizan con sus andanzas dirán que han sido patriotas y verdaderos “padres de la Patria”, sus detractores los harán ver como individuos sedientos de poder y arrogantes.
Lo cierto es que los cuatro hermanos, Juan José (1782-1818), José Miguel (1785-1821), Javiera (1781-1861) y Luis Florentino Juan Manuel Silvestre de los Dolores (1791-1818), buscaron a toda costa ejercer el poder en Chile.
Desde el año 1813, tuvieron una marcada animosidad contra el General Bernardo O’Higgins Riquelme, en principio por haber sido designado éste como General en Jefe del Ejército debido a la impericia puesta de manifiesto por los Carrera en la conducción de las operaciones militares contra los realistas, especialmente durante el sitio de Chillán.
Tal era la ambición de poder de los Carrera que depusieron al Director Supremo Francisco de la Lastra y Sotta para luego enfrentarse con O´Higgins en una lucha fratricida por el poder, que no hizo más que poner en riesgo la evolución de la guerra contra los españoles que, al mando del General Osorio, reanudaron con más ímpetu la guerra y el 1 y 2 de octubre de 1814 derrotaron completamente a los patriotas criollos en Rancagua. Los hermanos Carrera y O´Higgins se culparon mutuamente por lo acontecido en Rancagua y se profundizaron las diferencias entre ellos.
Los chilenos derrotados huyeron hacia Mendoza. El Gobernador Intendente de Cuyo era el General José de San Martín, quien a su vez estaba preparando un ejército para lograr la independencia en Sudamérica.
A partir del momento en que los hermanos Carrera ingresaron al territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata, comenzaron a generar problemas de magnitud donde quiera que éstos se afincaban. Los primeros se produjeron en la ciudad de Mendoza como consecuencia de la rivalidad existente entre los Carrera y O´Higgins.
La situación entre los exiliados chilenos empeoraba por las acusaciones que se lanzaban unos a otros. Por un lado, el General O’Higgins, junto a setenta y cuatro oficiales de su entera confianza, entre ellos el Brigadier Juan Mackenna O´Reilly, firmaron un documento en el que pedían protección y amparo a San Martín en contra de los Carrera por considerarlos responsables de la ruina de la patria y para quienes pedían represión y castigo.
Por su parte, los hermanos Carrera y sus seguidores adjudicaban responsabilidad a O´Higgins por la derrota de Rancagua y la situación de exiliados en la que se encontraban. Para hacer aún más hostil su postura, uno de los hermanos, Juan José Carrera, envió una nota de desafío al Brigadier Juan Mackenna señalándolo como el mayor instigador en contra de su familia pero es probable que, con esa actitud, pretendiera recuperar su honor ya que su valor había sufrido un severo descrédito durante la batalla de Rancagua en la que, pese a ser el oficial de mayor jerarquía, había entregado el mando al General O´Higgins, buscando luego refugio en una de las iglesias hasta que los patriotas pudieron romper el cerco y huir. Al respecto, sus adversarios, no perdían la oportunidad de deslizar comentarios irónicos e hirientes sobre su conducta.
Además, la arrogancia de los Carrera no contribuía en nada a que se apaciguaran los ánimos e insistían de manera impertinente en que se les reconocieran sus cargos y, a la vez, se resistían en reconocer la autoridad del Gobernador y pretendían seguir actuando con independencia absoluta.



