Sobre Víctimas y Victimarios

- -
- 100%
- +
Finalmente, debió intervenir el General San Martín quien resolvió que los Carrera abandonaran Mendoza. El 03 de noviembre de 1814, los envió a la ciudad de San Luis. Por expresa orden de San Martín permanecieron en esa ciudad Juan José Carrera y su esposa mientras el resto de los hermanos se dirigió a Buenos Aires.
“El gobierno de Buenos Aires, mantuvo oficialmente su estricta neutralidad respecto de los partidos que dividían la revolución de Chile, en la realidad no lo era, ya que, a través de su delegado en Santiago, don Bernardo Vera y Pintado, se informaba del estado interno de la situación del país y éste aludía a los Carrera como los gestores de la guerra civil en la que se encontraba Chile frente al enemigo común, culpándolo de esta forma, de la pérdida de la causa por su atolondramiento, arrogancia y nepotismo.” 12
Las afrentas que se habían iniciado meses antes en Mendoza, recrudecieron una vez más ya que en Buenos Aires residía el General Mackenna, adversario de los Carrera quienes sostenían, a poco de su arribo a la ciudad platense, que ese oficial se ocupaba de desprestigiarlos, por tal razón, el menor de los hermanos, Luis Florentino, retó a Mackenna a duelo, acordando resolver así sus disputas. El 21 de noviembre de 1814, en las orillas del Río de la Plata, en el paraje conocido como La Residencia (actual zona del Parque Lezama), resultó muerto de un tiro el General Mackenna. Luis Carrera fue encarcelado y acusado de homicidio, pero nada se pudo comprobar en su contra.
En Buenos Aires, los hermanos Carrera conspiraban para hacerse del poder en Chile y desplazar de esta manera a O’Higgins y a San Martín. Cuando regresó José Miguel Carrera de los Estados Unidos de Norte América a bordo de la “Clifton” y con una pequeña flota que el Presidente Madison le había cedido, se apresuraron los preparativos para concretar su plan conocido como “La Conspiración de 1817”.
El plan consistía en lo siguiente:
Reunir fuerzas, cruzar la cordillera y provocar una gran revuelta en Santiago.
Deponer al gobierno chileno y desterrar a O´Higgins.
Apresar a San Martín y someterlo a Consejo de Guerra que sería presidido por Juan José Carrera motivado por su afán de venganza más que de justicia.
Expulsar a todos los argentinos hacia Mendoza.
Crear un ejército de 10.000 hombres y marchar hacia Perú.
Nombrar Dictador a Manuel Rodríguez y a Brayer organizador del Ejército.
Enviar a José Miguel Carrera a saldar deudas en los Estados Unidos y proveerse de una nueva flota..
La suerte no acompañó a los complotados y la llegada de José Miguel a Buenos Aires con su flota, coincidió con el triunfo del Ejército Libertador en Chacabuco el 12 de febrero de 1817, de esta forma, se veía consolidado el prestigio de San Martín quien no dudó en nombrar como Director Supremo a O’Higgins a quien le reconocía su lealtad y patriotismo.
La conspiración falló rotundamente y se resolvió arrestar a los hermanos Carrera. El Director Supremo de las Provincias Unidas de La Plata, Juan Martín de Pueyrredón, se apropió de la flotilla para evitar que interfiriera en el camino trazado desde El Plata para la Independencia de Chile.
José Miguel fue confinado al barco que lo había traído al Río de la Plata pero se fugó hacia Montevideo. El 05 de agosto de 1817, su hermano Luis Florentino fue sorprendido y apresado por agentes del General Toribio de Luzuriaga, Gobernador Intendente de Cuyo y finalmente Juan José fue detenido pocos días después en la Posta de Barranquita, Provincia de San Luis.
También fue hecho prisionero en estas operaciones, un sujeto de apellido Cárdenas, colaborador de Luis Carrera, quien delató a los hermanos y reveló sus planes, confirmando así que se proponían incitar una revuelta en Chile para tomar el poder.
Cuando se enteró O’Higgins de los detalles del complot, percibió este hecho como una amenaza de sedición real contra el gobierno que ejercía. Así fue que escribió a San Martín el día 27 de agosto de 1817, haciéndole ver que la osadía de los Carrera requería de un castigo ejemplar:
“Los imponderables males que hemos sufrido todos, han tenido su origen en la ambiciosas miras de estos jóvenes audaces. Su existencia es incompatible con la seguridad, buen éxito y tranquilidad del Estado, y ya no es posible tolerarlos por más tiempo. Es de rigorosa justicia un ejemplar castigo en ellos y en todos los demás que hayan cooperado con sus detestables designios”. 13
Javiera Carrera, desde Buenos Aires, usó todas sus influencias para salvarlos, incluso urdió un plan para liberarlos, en el cual comprometió a la esposa de Juan José, Ana María Cotapos. En una carta, le escribió las indicaciones:
“Pide permiso para visitar a tu marido en Mendoza, vente trayendo cuatro mil pesos para comprar por el precio que puedas un oficial de los guardias, que los porteños se compran como carneros, y hazlo jugar. Trae agua fuerte y sierras para cortar las chavetas de los grillos… Hazte, en este caso, más digna y más amable que lo eres. Imita a madame Lavalette…”. 14
Entretanto, San Martín, ordenó a los carceleros reforzar la vigilancia y el encadenamiento, el 20 de enero de 1818, “pues me repiten los avisos de que se trata con empeño de promover su fuga”.
Pese a estar en prisión, Juan José y Luis Carrera no dejaban de conspirar. Su nuevo plan consistía en fugarse y usurpar el mando en Cuyo, reemplazar las autoridades en Mendoza, San Juan y San Luis, reclutar y armar a los chilenos residentes en esas zonas y parlamentar con San Martín y si no aceptaba su condiciones, producir un enfrentamiento armado.
El 25 de febrero de 1818, sus intenciones fueron descubiertas y se les formó un nuevo proceso por conspiración e intento de fuga.
El 05 de abril de 1818, el General San Martín triunfaba en Maipú y aseguraba la libertad e independencia de Chile, sin embargo la sentencia que pesaba sobre los hermanos Carrera no se modificó y la ejecución no se detuvo. El 08 de abril de 1818, fueron fusilados en la Plaza de Armas de Mendoza.
Al día siguiente, el General Toribio de Luzuriaga escribía a O’Higgins informándole de la ejecución, de esta forma:
“Ayer a las 5 de la tarde fueron pasados por las armas en la forma ordinaria, don Juan José y don Luis Carrera, a consecuencia del fallo definitivo que pronuncié en la causa que les he seguido por conspiración y atentado contra el orden y las autoridades constituidas, habiendo perdido antes el dictamen de dos letrados, que tuvieron presente el mérito del Proceso y circunstancias extraordinarias de que instruirá a U.E. el adjunto manifiesto que acabo de publicar, para satisfacción mía y de los que se interesen, tanto en la tranquilidad pública, como en la imparcial administración de justicia. La influencia que puede tener este suceso sobre las circunstancias políticas de ese país, me mueve a comunicarlo a U.E. con la brevedad posible, y espero que el orden público de ambos Estados quedará asegurado por el temor que debe imponer a los turbulentos este ejemplar castigo”. 15
La noticia de la ejecución conmocionó a Javiera y José Miguel Carrera. Este último, continuaba conspirando desde Montevideo y difundía sus ideas por medio de una pequeña imprenta. A pedido de las autoridades de Buenos Aires su imprenta fue clausurada. Posteriormente ingresó clandestinamente a Entre Ríos para buscar el apoyo de Francisco Ramírez en sus devaneos por instigar una insurrección popular en Chile con el propósito de tomar el poder en ese país. “Como Carrera no quería entrar a Chile con extranjeros, reunió a unos seiscientos chilenos con los que pensaba cruzar la cordillera, a los que se propuso disciplinar en el Rincón de Gorondona, ubicado en la confluencia de los ríos Paraná y Carcarañá, lugar al que llegaban emisarios de diversos caudillos que querían asumir la gobernación de Buenos Aires con la ayuda de las huestes del chileno.” 16
Luego apoyó la intentona de Alvear para hacerse del cargo de Gobernador de Buenos Aires y sostuvo un cerco de diecinueve días sobre la ciudad, pero finalmente fue elegido Manuel Dorrego y éste lo derrotó el 1 de agosto de 1820 en San Nicolás obligándolo a huir hacia Santa Fé.
José Miguel Carrera, no pudiendo lograr el apoyo de los caudillos rioplatenses para concretar sus delirantes planes para gobernar Chile, decide jugar su última carta y se une a los indios. Esta determinación marca el punto culminante de su afiebrada ambición por el poder.
Nadie podría pensar que unirse a salvajes, delincuentes y forajidos garantizaría las condiciones necesarias para retornar a Chile, derrocar a O´Higgins y gobernar el país trasandino, excepto un hombre desesperado, con ideas delirantes y cuyos principios éticos y morales habían sido reemplazados por un ansia enfermiza de venganza y destrucción pues los malones de indios y bandidos “causaban estragos en el campo: robaban miles de cabezas de ganado, que arreaban hacia Chile y su norma era degollar a todos los vecinos varones. Una vez tomado cada pueblo o estancia, las viejas eran sacrificadas, mientras que las mujeres en edad de servir eran secuestradas a lomo de caballo, para servir de concubina de algún capitanejo ó para obtener el pago de un rescate.” 17
Asimismo, forajidos como los hermanos chilenos Pincheira, “… llegaron a crear todo un sistema económico donde la principal fuente de ingresos era el ganado vacuno robado de las haciendas a ambos lados de la cordillera, sobre todo en las estancias rioplatenses, donde alentaban a vorogas, pehuenches y ranqueles a hacer malones siguiendo el “camino de los chilenos”, recibiendo por contrabando armas y alcohol que distribuían entre los indios …”. 18
A fines de 1820, José Miguel Carrera se apoderó del centro de detención de Las Bruscas, liberando a muchos detenidos realistas chilenos y negoció con los indios ranqueles las condiciones para obtener paso expedito hacia Chile. Para lograr ese apoyo acordó con los salvajes su participación en un malón sobre la localidad de Salto situada en el norte de la provincia de Buenos Aires.
A esta altura del relato aprecio conveniente efectuar una cronología de los hechos apoyándome en las manifestaciones efectuadas por sus protagonistas.
2 de diciembre de 1820.
“Ayer a las 12 de la mañana llegué al campo de los indios, compuesto como de dos mil, enteramente resueltos a avanzar a los guardias de Buenos Aires, para saquearlas, para quemarlas, tomar las familias y arrear las haciendas. En mi situación no puedo prescindir de acompañarlos al SALTO, que será atacado mañana al amanecer. De allí volveremos para seguir a los Toldos, en donde estableceré mi cuartel para dirigir mis operaciones como convenga. El paso mañana me consterna y más que todo, que se sepa que yo voy, pero atribúyase, por los imparciales, a la cruel persecución del infernal complot”. - General José Miguel Carrera Verdugo.
3 de diciembre de 1820.
José Miguel Carrera con sus hombres y 2.000 indios ranqueles de los caciques Yanquetruz, Pablo, Ancafilú y Anepán, 500 desertores, bandoleros y prófugos de la justicia, atacaron Salto. El Fuerte de Salto fue fácilmente capturado pues la guarnición para su defensa constaba solamente de 30 hombres que fueron asesinados tras un breve combate, luego, el pueblo indefenso fue saqueado y completamente destruido, la horda cometió terribles atrocidades y, finalmente, quedaron cautivos 250 mujeres y niños.
“Las macizas puertas del templo, han cedido ante las fuertes ancas de los furiosos caballos; los pobres refugiados ven llegar su fin: gritos de espanto, llantos convulsivos, desesperación y horror. “Allí estaba la parte más codiciada del botín, que es la mujer, porque la gloria del salvaje de la pampa, se cuenta por el número de los hijos que éstas le dan.
El saqueo y el pillaje de haciendas y casas se hace en forma desenfrenada; el fuego hace presa del tranquilo pueblito… Yanquetruz contempla la escena, imperturbable y feroz… José Miguel Carrera, el capitán que “ha roto su espada para reemplazarla por el puñal”, está inquieto y quiere terminar su obra perversa… pero ya es tarde; esto es el final de su locura.
Al atardecer, la triste caravana se aleja para las tolderías; un reguero de sangre y lágrimas, empapa la tierra blanca del camino; aún se vislumbra lenguas de fuego sobre el lento atardecer de aquel aciago día de verano…. 19
4 de diciembre de 1820
“Ayer, mi Mercedes, tomé el Salto, sin querer: mi objeto era sacar ganado y el de los indios saquear e incendiar el pueblo. Avanzamos y mandé la primera compañía, con orden de tirar al aire y huir de las primeras calles como aterrados, para que los indios desistiesen de su empresa. Así se habría logrado, pero los soldados, animados por el pillaje, se apoderaron de la plaza con intrepidez, y los indios, contra sus promesas, hicieron tolderías en la Iglesia, en las casas y en las familias. Me vi obligado a contenerlos en partes y aún estuve resuelto a batirlos si no cedían. Por la fuerza, por el robo y por intrigas, les quité casi todas las prisioneras y las volví con un escolta. He comprado por 20 vacas, la hija de un honrado poblador y al instante la mandé y una chica muy bonita, como Javierita, con quien dormí anoche porque estaba desnuda al frío”… ¡Pleno verano!. Carta del General José Miguel Carrera Verdugo a su esposa. 20
El Padre Capellán Manuel Cabral, y varios vecinos salvaron sus vidas por estar escondidos en la torre de la iglesia. Llegan a Carmen de Areco donde informan de lo sucedido. Al Brigadier General D. José Rondeau, se le envía el siguiente parte:
“El comandante del Fuerte de Areco D. Hipólito Delgado en oficio datado hoy me dice lo que sigue, acaba de llegar a este punto el cura del Salto, don Manuel Cabral, don Blas Represa, don Andrés Macaruci, don Diego Barrutti, don Pedro Canoso, y otros varios, que es imponderable cuando han presenciado en la escena de entrada de los indios al Salto, cuyo caudillo es don José Miguel Carrera, y varios oficiales chilenos con alguna gente, con los cuales han hablado estos vecinos, que en la torre se han escapado. Han llevado como trescientas almas de mujeres, criaturas que sacándolas de la iglesia robando rotos los vasos sagrados, sin respetar el copón con las formas sagradas, ni dejarles como pitar un cigarro en todo el pueblo, incendiando muchas casas, y luego se retiraron tomando el camino de la guardia de Rojas; pero ya se dice que anoche han vuelto a entrar al Salto… Es cuanto tengo que informar a V.S. previniéndole, que se dice, que es tanta la hacienda que llevan, que todos ellos no son capaces de arrearla… Dios guarde a V.S. muchos años. Guardia de Luján – Manuel Correa”. 21
6 de diciembre de 1820
Se publica en “La Gaceta de Buenos Aires” la proclama del Brigadier General D. Martín Rodríguez, Gobernador y Capitán General de la Provincia de Buenos Aires. En la misma, describe en primer término todas las atrocidades causadas por el malón al pueblo de Salto y, al final, requiere la ayuda de los comprovincianos para perseguir a los indios y recuperar lo robado pero en el núcleo de la proclama es donde pone de manifiesto el carácter, las acciones, las ambiciones y la responsabilidad de José Miguel Carrera, cuyo prestigio, dejó de existir el 03 de diciembre de 1820.
“Todos estos males causados a este triste pueblo, lo ha originado el maldito monstruo que vomito Chile, José Miguel Carrera, que no pudiendo atajar el que se hiciera la paz con Santa Fe y Buenos Aires, se apartó con 200 hombres de tropas chiles que tenia de su mando, se internó a los indios, a los que indujo y con ellos se internó a hostilizar nuestras campañas; propia determinación de un desesperado”.
“He aquí, mis compatriotas, los últimos y extremosos excesos, que acaba de cometer el horrible monstruo, que abortó la América para su desgracia. No necesito exagerarlos para irritar todo el furor de vuestra cólera contra ese funesto parricida, que no ha pisado un palmo de tierra, donde no haya dejado espantosos vestigios de sus crímenes; crímenes atroces, que han costado las lágrimas, la sangre, y la desolación de la patria. José Miguel Carrera, ese hombre depravado, ese genio del mal, esa furia bostezada por el infierno mismo es el autor de tamaños desastres. Ese traidor, que entregó a su patria en manos del cobarde Osorio, abandonando la defensa del heroico Chile, por atender su venganza; que, después de haber saqueado los caudales públicos y particulares de aquel estado, emigró a nuestro territorio en busca de un asilo, que nos ha sido tan ominoso; que introdujo la discordia en nuestras provincias; que tentó conspiraciones; que encendió la guerra civil con toda clases de maldades, intrigas y perfidias; que profano nuestras leyes; que trastornó nuestro gobierno; que invadió nuestras campañas; que insulto con atrevimiento a nuestro pueblo; ese mismo facineroso es el que huyendo del solo nombre de la dichosa paz, que no puede sufrir su alma reprobada, ha elegido en su rabioso despecho la venganza de las fieras.
Bárbaro, cien veces más bárbaro y ferino, que los salvages errantes del Sud, a quienes se ha asociado, acaba de invadir el pacifico pueblo del Salto en la forma inhumana y sacrílega, que habéis oído; y tengo por otros conductos noticias fidedignas, que hizo romper a punta de hacha las puertas de la iglesia, a donde se habían refugiado las familias indefensas, haciéndolas arrancar con mano de esos caribos del pie de los altares, sin que les valiesen sus lágrimas, y sus ruegos. Centenares de matronas honradas, de tímidas doncellas, de tiernos e inocentes niños, de ancianos achacosos han sido víctimas, o presas de ese hotentote desnaturalizado, de ese monstruo más rabioso, y feroz, que los que alimentan los espesos bosques de la Hircania.” 22
7 de diciembre de 1820
“El 7 de diciembre tuvimos la fatal noticia de haber los indios pampas asaltado una madrugada las campañas de Lobos, Chascomús, Rojas y el pueblo del Salto, en donde después de haber robado los ganados y cuanto encontraron, hicieron las mayores iniquidades, matando hombres, mujeres y niños, que les eran inútiles, y llevándose como lo hicieron las mujeres jóvenes cautivas, en donde las tienen para ser pasto de sus brutales apetitos; particularmente en el pueblo del Salto, que después de haber robado cuanto encontraron, y dejado el pueblo asolado sin hombre alguno, porque todos huyeron, y los que quedaron fueron muertos, habiendo sido el número de estos 17, únicos que pudieron hallar, se dirigieron a la iglesia, adonde se habían refugiado y creían verse seguras; pero no les fue de defensa, y con despecho brutal echan a balazos las puertas, entran y sin misericordias, toman las mujeres con la más bárbara crueldad, y a golpes, sablazos, y tomadas por el pelo las montaban en ancas de sus caballos y las llevaron cautivas, dejando arrojadas muchas criaturas que quitaron a las madres, siendo su crueldad tal, que las que lloraban las hacían callar a latigazos; por cuya causa, susto y dolor hubo mujer que en la iglesia quedo muerta, que escena tan triste, y digna de llorarse con lágrimas de sangre; habiendo quedado los maridos sin esposas, los padres sin hijas y los hermanos sin hermanas, por haber sido cautivas de unas y otras más de trescientas.” 23
Luego de llevar a cabo el malón sobre Salto, en un frenesí de sangre, violencia y lujuria, se dedica a provocar dolor, angustia y destrucción por donde pasa. Así reducirá a un cautiverio humillante a mujeres blancas y provocará la orfandad de muchos hijos cuyos padres fueron muertos ó cautivos. Su camino de amargura irreparable y destrucción pasará por Córdoba, Santa Fe, Mendoza, San Luis, San Juan y La Rioja.
Finalmente, “… el 21 de agosto de 1821, mientras se encontraba en Punta del Médano, la mala estrella del general apareció de nuevo en el firmamento, esta vez convertida en el Ejército de Mendoza al mando del Coronel José Albino Gutiérrez, integrado por unos ochocientos soldados bien montados.” 24
El Coronel Gutiérrez, vencedor de la batalla, capturó a Carrera, sus lugartenientes y aquellos que se rindieron y atados los hizo marchar a pie hasta la ciudad de Mendoza, plaza a la cual arribó el 2 de septiembre de 1821. Sin demora, exigió la muerte de Carrera y los coroneles Álvarez y Benavente, quienes fueron procesados esa misma noche. Al día siguiente, por la noche, los reos fueron sacados del calabozo y se les leyó la sentencia redactada en los siguientes términos:
“Mendoza, Septiembre 3 de 1821.
Vistos: Conformándose con el Consejo de Guerra y dictamen del auditor, he venido en confirmar la sentencia de muerte, del dicho Consejo, en consecuencia serán pasados por las armas los reos mencionados: brigadier don José Miguel Carrera, coronel don José María Benavente y el de la misma clase don Felipe Alvarez, en el término de 16 horas, que se les permite para sus disposiciones civiles y religiosas. – Tomás Godoy Cruz – Gobernador de Mendoza.”
Como cruel ironía del destino, José Miguel Carrera fue fusilado el 4 de septiembre de 1821 a las 11:15 horas en la Plaza de Armas de Mendoza, lugar en el que fueron ejecutados tres años antes sus hermanos Juan José y Luis. La descarga que le produjo la muerte alojó dos proyectiles en su cuerpo y otros dos le destrozaron su cara. En la plaza se concentró una multitud que no profesaba ninguna simpatía por Carrera y el resto de los convictos y, en medios de gritos, vítores e insultos presenció los últimos momentos de los condenados.
Se dice que al cadáver de Carrera se le cortaron los brazos y la cabeza. Uno de sus brazos habría sido enviado a San Juan con la siguiente esquela: “Con el correo conductor de la presente remito a V. E. para trofeo de ese pueblo, el brazo izquierdo del infame Dn. Miguel Carrera, que tantas lágrimas le han ocasionado.” Su cabeza y su brazo derecho habrían sido expuestos durante tres días en las afueras del Cabildo, como prueba de su escarmiento.
Estos hombres, han sido protagonistas de la historia y son fuente de controversia aún en nuestros días y tienen, como tantos otros, defensores y detractores. Los primeros los consideran próceres que padecieron el odio de los generales San Martín y O’Higgins los cuales por cierto, no fueron benevolentes con ellos, pero sus conductas, a juicio de sus detractores, no pueden ser consideradas la “causa” de las penurias de los hermanos Carrera sino más bien la “consecuencia” de su falta de cooperación, de su deslealtad, de su arrogancia y de la ambición desmedida de los mismos, aspectos que los llevaron a convertirse en enemigos políticos peligrosos que conspiraron reiteradamente contra el gobierno y la emancipación de Chile y produjeron hechos aberrantes en las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Los cuerpos de los tres hermanos permanecieron sepultados en el Cementerio de la Caridad de Mendoza, hasta que, en marzo de 1828, por iniciativa del diputado Manuel Magallanes, se aprobó un decreto para repatriar los restos y se los envió a Santiago, siendo sepultados en el Cementerio General y, después, en la cripta de la Catedral de Santiago, donde permanecen hasta ahora junto a los restos de su hermana Javiera.
CAPÍTULO IV
Francisco

Nació en Concepción del Uruguay el 16 de mayo de 1786 y murió el 10 de julio de 1821 en Santa María del Río Seco a la edad de 35 años. Quien supo doblegar a Buenos Aires mediante el Tratado de Pilar, está cegado por su ambición. No alcanza a ver los indicios de su decadencia como caudillo y como se desgrana el poder y el prestigio que alguna vez supo tener.
El General López derrotó al Coronel Dorrego en la Batalla de Gamonal el 2 de septiembre de 1820 y Buenos Aires quedó acéfala pero no por mucho tiempo ya que la Junta de Representantes , presionada por Rosas, eligió como nuevo gobernador a Martín Rodríguez quien se reunió con Estanislao López en la Estancia de Tiburcio Benegas y, el 24 de noviembre de 1820 firmaron el Tratado de Benegas el cual se concretó gracias a la mediación del propio Rosas y la aprobación del General Bustos.


