Alicia en el país de la alegría

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Pensar estas cosas me pone muy triste.
—¿Qué pasa, Pitusina?
—Que no quiero ir al manicomio ni al infierno, para siempre. ¿Tú crees que estoy loca y que soy mala?
—Por supuesto que no ¿quién te ha dicho eso?
—Mami. Dice que estoy loca y que todo lo hago mal.
—Tu madre lo dice cariñosamente. Quiere decir que eres un poco traviesa.
Menos mal que tengo a mi padre para interpretar lo que quiere decir mi madre.
—A ti lo que te pasa es que te has enterado de lo de la tía de Mari Loli, ¿a que sí? —asiento con la cabeza—. Pues no te preocupes, no voy a permitir que vengan a por ti para ponerte una camisa de fuerza y llevarte al manicomio. Tampoco te preocupes por el infierno, que allí no van a dejarte entrar, lo pondrías patas arriba, ¡menuda eres tú! Además, la eternidad se pasa volando, ¿lo ves?
Entonces mi padre coge un molinillo de viento y dice:
—Mira, Pitusina, ¿ves estas semillas de dientes de león?
—¿Dientes de león? ¿Se pueden sembrar los dientes de un león? ¿Cómo les quitan los dientes a los leones? Además, aquí no hay leones.
—No, Pitusina, no son dientes de león, son plantas.
—¿Si no son dientes de león, por qué les llamas dientes de león? Es que claro, así me hago un lío.
Mi padre me explica que los molinillos de viento se llaman así porque las hojas de la planta tienen forma de dientes de león. Luego sopla el molinillo y los dos observamos cómo las semillas vuelan por todas partes, sin control, hasta que desaparecen.
—Lo ves, eso es la eternidad: un movimiento continuo. Ahora, las semillas que han caído en la tierra, echarán raíces y nacerán otras plantas; de esas plantas surgirán nuevos molinillos de viento que volverán a deshacerse, cuando alguien las sople o las mueva el viento, para seguir volando y volando y volando. Nacen, mueren y vuelven a nacer. Esa es la eternidad. Una eternidad muy hermosa ¿no te parece?
Digo que sí y le doy muchos besos.
Mi padre explica las cosas como si fuesen cuentos. Bueno, pues lo mismo hace Sergio. Cuando habla parece que me está contando un cuento, pero no mentiras, sino historias que son verdad. Eso es lo que pasó ayer, cuando vio las estrellas con Mari Loli y conmigo. Mientras nosotras decíamos lo que veíamos (un niño, una campana, un huevo, un tren), él nos contaba historias de estrellas que forman figuras, constelaciones y caminos en el cielo: Constelación de Orión, Vía Láctea, Osa Mayor, Osa Menor. Mientras habla, a mí me parece que los tres estamos flotando por el universo. Esto también debe de ser la eternidad. Una eternidad que me gusta mucho.
Los ojos de Sergio brillan, se transforman, mientras nos cuenta cosas de las estrellas. Mari Loli dice que lo que pasa es que Sergio me hace tilín, que me gusta, vamos. Yo le digo que no, que eso es una tontería y me pongo colorada como un tomate. Pero, aunque diga que no, creo que Mari Loli tiene razón: me gusta mucho ver las estrellas con él, estar cerca, tan cerca que puedo aspirar su aroma. Huele muy bien y sabe mucho, casi tanto como mi padre, que ya es decir.
Esta noche he soñado con Sergio y las estrellas. Los dos, cogidos de la mano, flotábamos, éramos estrellas. Desde lo alto, nos podíamos ver a nosotros mismos, tendidos boca arriba sobre la hierba, contemplando el cielo. Y claro, como estábamos volando, quise buscar a mis abuelas. Quería preguntarles muchas cosas y darles los besos que no les he dado durante tantos años sin ellas. Pero no pudo ser, me desperté antes de encontrarlas.
Como es domingo mi padre está aquí, en casa. Me levanto, le doy muchos besos y abrazos y le cuento lo que he soñado, sin hablarle de Sergio, por supuesto. Mi padre, una vez más, me cuenta una historia:
—Cuando yo era pequeño, tan pequeño como tú, hablaba mucho con mi padre. Tu abuelo era sastre y un hombre bueno y trabajador. A veces, después de morir tu abuela, los dos nos sentábamos a la puerta de nuestra casa a mirar las estrellas y yo (como tú haces ahora conmigo) aprovechaba para preguntarle cosas que no entendía. Un día le pregunté:
—Padre, ¿tú sabes dónde está madre?
Él me abrazó, miró hacia arriba, señaló una estrella, la más luminosa del firmamento y dijo:
—Ahí, en esa estrella está tu madre.
Me gusta mucho lo que me está contando mi padre, tanto que lloro de alegría. Entonces, es verdad, mi abuela no está muerta, sigue viviendo en una estrella. Eso es estupendo.
—¡Qué alegría!, Mapa, pero... ¿cómo podemos verlas nosotros? —pregunto—; no las podemos ver ahora, así, mirando hacia arriba, ni tampoco las he podido ver mientras flotaba por el cielo en mi sueño. ¿Crees que podré verlas cuando me muera? ¿Yo también tengo una estrella, reservada para mí?
—Despacio, Pitusina, despacio. No puedo contestar a todas tus preguntas al mismo tiempo. Porque mira, ahora que soy mayor, que he leído mucho, sé que las estrellas también mueren, pero no sé adónde van y ya no está mi padre para poder preguntárselo. Nadie me ha podido responder a esa pregunta, nunca. Lo importante, Alicia —cuando mi padre me llama Alicia es que me va a decir algo muy serio—, es el tiempo que estamos aquí. Durante ese tiempo, que es nuestro tiempo, tenemos que ser honestos, trabajadores y no pasar por encima de los demás, ¡nunca! ¿Comprendes, Alicia?
Yo digo que sí, pero cuando mi padre habla en serio, no termino de comprender lo que dice.
—Mira, Pitusina, mira ¿quieres tener tu propia estrella?
—¿Mi propia estrella? Sí, Mapa, sí. ¿Es posible?
—Claro. Mira, esta noche, los dos juntos buscaremos en el cielo una estrella para ti. Tienes que fijarte muy bien, para poder buscar tu estrella siempre que quieras. Le puedes poner un nombre. Esa, la que tú nombres, será tu estrella.
—¿Así de fácil? El nombre de mi estrella será “Alegría”; ¿te gusta? Pero... ¿qué puedo hacer con mi estrella?
—Un nombre muy bonito, Pitusina. Cuando elijas tu estrella, podrás mirarla, acompañarla, sentirla, sonreír cuando la veas. Escribir historias en las que tu estrella será la protagonista.
—Oye, Mapa ¿tú tienes una estrella?
—Mi estrella es la estrella en la que dijo mi padre que vivía mi madre. Esa estrella me ha hecho mucha compañía. Sobre todo, cuando estoy solo y triste. Mi estrella se llama Estrella Polar, es la que más brilla.
—Tú no estás solo, Mapa, estás con nosotros. ¿Puedo compartir contigo la Estrella Polar?
Mi padre no contesta, yo creo que no me ha escuchado, está triste. Tal vez se acuerde de cuando murió su madre o su padre. Le doy un beso y él me toma del hombro. Yo coloco mi cabeza sobre su pecho y escucho cómo le late el corazón. Entonces sé que me quiere tanto, tanto, tanto, como yo lo quiero a él. Esa sí que es la eternidad que más me gusta de todas las eternidades que conozco.
Puede que un día, cuando sea mayor, lo comprenda todo y descubra adónde van las estrellas cuando mueren. Incluso, puede que ese día encuentre a mis abuelas.
A LA HORA DE COMER
En mi casa nunca sabemos cuántos seremos a la mesa a la hora de comer. Mi madre, por si las moscas, siempre echa al puchero un puñado más de lentejas, garbanzos, pipos, arroz o cualquier comida que piense poner al fuego para el primer plato. De segundo (somos muy afortunados, porque tenemos todos los días un segundo, lo que no sucede en todas las casas de mi pueblo) suele poner albóndigas, croquetas, empanadillas, tortilla; pescado o pollo solo los domingos. No siempre alcanza para todas las personas que nos sentamos a la mesa, pero mi madre lo arregla con un huevo, un trozo de chorizo, unas patatas fritas. El postre, casi siempre, es fruta: naranja, manzana, sandía, melón. Los días especiales hay natillas, flan, leche frita o bizcochos de soletilla con nata y confites muy pequeños, por encima. A mí, el postre que más me gusta es el flan con mucho caramelo. Además, cuando mi madre hace flan, también hace un caramelo para mí. Ese caramelo es el más rico de todos los caramelos ricos que he comido nunca.
Si no sabemos cuántos vamos a ser para comer, no es por culpa de nuestra familia. Nosotros somos cinco: mi padre, mi madre, mi hermano, mi hermana y yo. Aunque, claro, a veces ni mi padre ni mi hermano comen en casa. Mi hermano porque estudia en Ávila y se lleva la comida, y mi padre porque esté trabajando en la cantera grande o en el Canto del Bollo, que están lejos del pueblo, o cuando va a otro pueblo y, entonces, no puede venir a comer, ni a cenar, ni a dormir, ni a desayunar. Pero eso mi madre lo sabe todos los días por las noches, antes de expurgar las lentejas, los garbanzos o los pipos para ponerlos a remojo.
Además, aunque mi padre no venga a comer, si está en nuestro pueblo le llevamos la comida. Suelen ir mi hermana o mi madre, pero a veces vamos las tres. A mí me gusta mucho ir a la cantera y que comamos los cuatro allí, a mi padre también. Mi madre tiene tres cestas de mimbre para eso: una con la comida, que la lleva ella; otra con el hule, los platos, los vasos y los cubiertos, que la lleva mi hermana; y una cesta pequeñita con el postre (casi siempre fruta), que la llevo yo. También llevamos un botijo con agua fresquita. Al llegar, mi madre extiende el hule sobre el suelo o encima de alguna piedra que hace de mesa. Luego comemos y reímos, sobre todo si no hace mucho frío o mucho calor.
Normalmente, mi madre no sabe cuántos seremos a la hora de comer por culpa de mi vecina. Ella tiene muchos hijos, tantos que algunos días se olvida de dar de comer a uno, a dos o a tres. Cuando los niños van a su casa y no hay qué comer, vienen a la mía para ver si pueden comer con nosotros. Y claro, mi madre siempre dice que sí. Chispita viene todos los días a comer a nuestra casa. Yo creo que es porque le gusta más la comida que hace mi madre, que la que hace la suya.
Mi vecina tiene un hijo cada año. Por eso, siempre tiene leche para darles de mamar y para mi dolor de oídos. Es que a mí me duelen mucho los oídos y cuando me duelen, mi madre dice:
—Alicia, ve a casa de la vecina y pídele, por favor, que te dé un dedal de leche.
Siempre que voy a casa de la vecina, ella está dando de mamar a algún niño. A veces a dos: al pequeño y al segundo más pequeño. Cuando me ve con el dedal, dice:
—¿Otra vez con dolor de oídos? Pobre Alicia, el dolor de oídos es peor que el dolor de parto —y ella debe de saberlo muy bien—; toma, aquí tienes.
Me voy a casa rápidamente, con mucho cuidado para que no se caiga por el camino ni se enfríe. La leche sale caliente de las tetas de mi vecina y para el dolor de oídos es muy buena la leche caliente.
Cuando llego a casa, me arrodillo junto a mi madre y coloco la cabeza sobre sus rodillas. Ella, con mucho cuidado, va echando la leche –gota a gota– dentro del oído que me duele. Su calorcito me consuela y después de unos minutos, casi siempre, me deja de doler.
Algunas veces, cuando mi vecina no tiene leche o no está en casa, mi madre corta un poco de tocino y me lo pone en el oído que me duele. Dice que es para que se calme el gusano culpable del dolor de oídos. A mí me da mucho asco y mucho miedo pensar que tengo gusanos en el oído y que les gusta la leche y el tocino. Sería terrible que un día quisieran comerme a mí.
El marido de mi vecina no vive en el pueblo, no puede vivir en mi pueblo porque trabaja en Alemania y Alemania está muy, pero que muy lejos. Hace muchos años que está allí. Todos los meses, mi vecina recibe un giro postal con dinero para que su familia pueda pasar el mes. La vecina se queja: su marido cada año envía menos dinero y la familia aumenta.
El Alemán (este es su mote porque fue el primero de mi pueblo que emigró a Alemania) viene todos los veranos y trae cosas que no se conocen aquí. El primer año un coche muy grande. El año pasado un reloj fosforescente en el que se puede ver la hora, aunque la habitación esté a oscuras. Este año un bolígrafo de cristal que tiene dentro una mujer rubia. Debe de ser muy guapa porque todos los hombres le piden al Alemán que les enseñe el bolígrafo y cuando lo miran se ríen y dicen cosas picantes. Mi madre, cuando el Alemán viene al bar con su bolígrafo, me dice que suba arriba, no quiere que escuche esas groserías.
Hoy le he dicho a mi madre que me duele mucho un oído. Ella me ha enviado a casa de la vecina a por un dedal de leche. Mi vecina no está en el portal, pero debe de haber alguien en la habitación viendo el bolígrafo con el Alemán. Lo sé porque escucho palabras verdes. También escucho a mi vecina que dice: más, más, más. ¡Madre mía! Mi vecina quiere que le enseñe más el bolígrafo.
Pero... qué raro, si el bolígrafo está aquí... encima del pantalón del Alemán. Miro a todas partes. No veo a nadie. Me acerco, cojo el bolígrafo, lo meto en mi bolsillo, vuelvo a mirar y sigo sin ver a nadie. En la habitación se escuchan gritos: sí, sí, ya, ya. Por si acaso, salgo corriendo.
—La vecina no está —le digo a mi madre— pero se me ha quitado el dolor de oído.
— Qué cosa más rara. ¿Y cómo se te ha quitado?
—De golpe.
—No sé yo, ¿me estás diciendo la verdad?
Lo sé, sé que parece raro y, como dice mi hermana, en este mes si lo parece, lo es. La verdad es que cuando le dije a mi madre que tenía dolor de oídos, estaba mintiendo, pero quería ir a casa de la vecina para hablar con el Alemán. Un día me contó que en Alemania las niñas van a la escuela a las siete, comen muy pronto, en el colegio (pero no un vaso de leche en polvo y una porción de queso amarillo, como en la escuela de aquí, sino una comida de verdad), y que por la tarde no tienen escuela.
—Alicia, que te estoy hablando, ¿estás en Las Batuecas o qué te pasa?
—No, mami, es que no sé qué decir.
—La verdad, hija, dime la verdad. Quien dice la verdad, ni peca ni miente. ¿Por qué has dicho que te dolían los oídos, cuando no te dolían?
—Es que, yo, no sé. No sé por qué lo he dicho.
—Pero hija, ¿no te das cuenta de que soy tu madre y no me puedes engañar?
—Quería ir a casa de la vecina porque, cuando voy, el Alemán me cuenta cosas de Alemania.
—Pues a mí no me gusta nada que vayas a casa de la vecina cuando está el Alemán. Y menos aún que digas mentiras.
No. No puedo decirle a mi madre que acabo de robar el bolígrafo del Alemán. Eso sí que es un pecado y una mentira de las gordas. Tengo que ir a devolvérselo. Pero cuando intento salir de casa mi madre me pilla.
—Alicia, ven aquí. ¿Adónde crees que vas?
—A la puerta. Voy a la puerta.
—No, entra en casa. Está a punto de venir tu padre y vamos a comer enseguida.
—¿Puedo subir al desván?
—Sí, pero no lo revuelvas todo.
—No, mami, no voy a revolver nada.
—Bueno. Y en cuanto te llame bajas a comer.
Entro en el desván, cierro la puerta y saco el bolígrafo. Al mirarlo, me doy un susto: ¡madre mía!, ¡la mujer del bolígrafo está desnuda! ¿Qué habrá pasado? ¿Se habrá roto? A lo mejor es que el Alemán tiene dos bolígrafos: uno con la mujer vestida y otro con una mujer desnuda. Miro el bolígrafo, lo reviso, le doy la vuelta y ¡zas! Ahora la mujer ¡está vestida! Muevo el bolígrafo con mucho cuidado y descubro el secreto: si el bolígrafo tiene la punta hacia abajo, la mujer está vestida; pero si la punta está hacia arriba, la mujer está desnuda. Y si se da la vuelta muy despacio, se ve cómo la mujer se va desnudando o vistiendo.
Me he metido en un buen lío. Cuando el Alemán se dé cuenta, se va a poner hecho una furia. A lo mejor va a la Guardia Civil. Y si saben que lo tengo yo me meten en la cárcel.
No sé qué hacer, pero tengo que hacer algo. Mi madre me llama para comer. Escondo el bolígrafo en el fondo de mi caja de hojalata. Luego pensaré qué puedo hacer con él.
Hoy comemos ocho personas: nosotros cinco y tres hijos de la vecina y del Alemán. Chispita está muy parlanchina. Nada más sentarse a la mesa, dice:
—Menudo lío que hay en mi casa. Mi padre busca por todas partes algo que ha perdido y reparte guantazos a todo el que pilla por delante. Nos hemos venido aquí para que no nos toque ninguna torta en el reparto. Dice que como no lo encuentre nos la cargamos todos, empezando por mi madre que nos tiene muy mal educados.
—¿Qué ha perdido? —pregunta mi madre, mirándome a mí como echándome la culpa.
—No lo sé.
—Un bolígrafo —dice el hijo mayor de la vecina— pero nosotros no hemos visto ese bolígrafo.
—Dice mi padre que el bolígrafo vale más que todos nosotros juntos —afirma Chispita.
—Eso es una exageración —comenta mi padre— lo dice, pero no lo piensa. Pronto lo encontrará, no te preocupes.
Cuando terminamos de comer mi padre sube a echarse la siesta y yo subo con él.
—Mapa, tengo que contarte una cosa.
—Ya, Pitusina, creo que sé lo que me quieres contar.
—¿De verdad?
—Sí, hija, sí. He visto la cara que has puesto cuando los niños de la vecina nos han contado lo del bolígrafo. Por eso, adivino que eres tú la que ha cogido “prestado” el bolígrafo al vecino ¿a qué sí?
—Sí, no lo he robado, solo quería verlo. Pero escuché que el Alemán y la vecina estaban gritando en su habitación, me dio miedo y me vine a casa con el bolígrafo. Ahora no sé qué hacer.
—Sí, sí que lo sabes. Tienes que ir a devolverlo.
—Pero el Alemán se va a enfadar mucho conmigo.
—Puede ser, pero es a lo que te arriesgas cuando no haces lo que tienes que hacer. ¿Por qué has mentido a tu madre? ¿Para qué has cogido el bolígrafo?
—Yo, es que...
—Ya, tú has hecho una travesura y ahora tienes que arreglar el entuerto.
—Es que... el bolígrafo no es como parece.
—Lo sé, Alicia, lo sé. Pero tú tienes que devolverlo. Cuanto antes lo devuelvas mucho mejor.
Mi padre me da un beso y se mete en la cama para dormir la siesta. Yo entro en el desván, envuelvo el bolígrafo en un pañuelo y bajo las escaleras muy despacito. Mi madre también duerme la siesta, con la cara reposando sobre los brazos apoyados sobre la mesa. Mi hermana está en la cocina, lavando los cacharros. Mi hermano se ha ido a la era, a ayudar a mis tíos a trillar.
Salgo sin hacer ruido y entro en casa de la vecina. Pongo el bolígrafo sobre la mesa y llamo:
—¿Se puede?
—Sí, Alicia, ¿qué quieres?
—No quiero nada. He venido a devolver este bolígrafo, porque no es mío.
—¿Lo ves? —dice la vecina—, ¿te das cuenta?, no estaba aquí, tus hijos no lo habían cogido. Seguro que te lo dejaste en el bar y por eso lo trae Alicia.
—No, no se lo ha dejado en el bar. Yo vine antes y como no había nadie, cogí el bolígrafo para verlo, pero luego, como los escuché gritar, me asusté y salí corriendo con el bolígrafo. Se lo he contado a mi padre y él me ha dicho que se lo devuelva a usted, que le explique lo que ha pasado y le pida perdón. Si quiere darme un guantazo me lo puede dar. Me lo he ganado.
—¿Nos escuchaste gritar?
—Sí. Por eso me marché.
El Alemán y la vecina se miran y se echan a reír a carcajadas.
—¿Has oído? La hija de Juan dice que nos escuchó gritar.
—Sí, pobre Alicia ¿pensabas que el Alemán me estaba pegando o qué?
—Nada, no pensé nada. Pero me asusté y salí corriendo.
—Bien hecho.
—Bueno, aquí dejo el bolígrafo, que me tengo que ir a casa.
—Espera, Alicia, espera, no corras —dice el Alemán, seguro que ahora es cuando me va a dar un guantazo, pero no pienso escapar, lo tengo merecido—. ¿Has visto lo que hace el bolígrafo? ¿Quieres verlo? Te lo puedo enseñar.
Por lo visto no me va a dar un guantazo, pero yo no pienso contestar a sus preguntas. Por eso salgo corriendo, mientras ellos se ríen a carcajadas y yo no sé por qué. Llego a casa, subo arriba y me siento a pensar. No puedo comprender lo que ha pasado. El Alemán y mi vecina son muy extraños.
He contado a Mari Puri lo del bolígrafo. Ella, a cambio, me ha contado un secreto. Dice que su padre le ha dicho a su madre que el Alemán tiene otra mujer y cuatro hijos en Alemania. Debe de ser verdad, porque la Guardia Civil se entera de todo y el padre de Mari Puri es el Sargento de la Guardia Civil. Pero, de todas formas, he preguntado:
—¿Lo dices de verdad? ¿Cuántos hijos puede tener un hombre? Aquí tiene ocho y otro en camino y en Alemania cuatro más.
—Todos los que quiera. Las mujeres, como mucho, pueden tener un hijo al año, pero los hombres, si quieren, pueden tener cien o doscientos hijos al año, pero, claro, con mujeres diferentes.
—¡Hala! ¡Qué barbaridad!
A lo mejor, por eso, el Alemán cada vez envía menos dinero a su mujer de aquí. Tiene que alimentar también a su otra familia.
—Las mujeres en Alemania también trabajan —dice mi amiga—, pero no como aquí, que solo trabajan las maestras, las limpiadoras o las secretarias. Allí trabajan en los mismos trabajos que los hombres.
—¿De verdad? Eso sí que no me lo creo.
—Bueno, allá tú, pero te estoy diciendo la verdad.
Cuando volví al desván, estuve pensando en eso de que las mujeres en Alemania trabajan fuera de casa. Pero, entonces, ¿quién hace la comida?, ¿quién cuida a los niños?, ¿quién los lleva al médico? Se lo tengo que preguntar a mi padre o a Sergio. Seguro que ellos lo saben.
Hoy, en mi casa, somos cinco para comer. Mi madre sabe que vamos a ser cinco porque la vecina, el Alemán y sus hijos han ido a Ávila para pasar el día. Pero, cuando estamos a punto de comenzar a comer, entra Chispita y dice:
—Se han olvidado de mí.
—¿Se han olvidado de ti o te has quedado tú, aposta?
Chispita no contesta. Mi madre pone un plato más y listo. Hay lentejas con carne y tortilla de patata. La niña nos mira, mira su plato, se relame y sonríe. En nuestra casa es feliz. Chispita forma parte ya de nuestra elástica familia.
QUIERO IR A LA ESCUELA
Una pizarra grande, dos pequeñas, tizas blancas, tizas de colores, borradores, mapas, pupitres, armarios llenos de libros, tiestos, y todas las niñas del pueblo que son mis amigas. Todas menos yo. ¿Qué hago en casa? Me aburro, eso es lo que hago, aburrirme y pensar lo bien que estaría en la escuela, en el recreo, en todos los lugares en que están las niñas que ya van a la escuela. Ir a la escuela es subir un grado: de muy pequeña a pequeña sin muy. Quiero ir a la escuela, lo digo y lo repito. Nadie me hace caso, pero yo estoy todo el día dando la tabarra con el mismo soniquete.
—¿Y por qué no puedo ir a la escuela, vamos a ver? Todas mis amigas van a la escuela y yo no.
—No puedes ir a la escuela porque no tienes edad para ir a la escuela. Tus amigas tienen unos meses más que tú, por eso pueden ir a la escuela. Además, ya estás aprendiendo a leer y escribir —dice mi madre—; a la escuela se va para eso y tú lo estás haciendo en casa, ¿qué más quieres?
—Quiero ir a la escuela, estar con las otras niñas, aprenderme las cartillas, jugar con mis amigas en el recreo, hacer todo lo que hacen las niñas en la escuela.
Ante mis protestas, mi madre y mi padre dicen siempre lo mismo:
—Aún no tienes la edad. Podrás ir el año que viene.
Pero como soy una pesada (eso lo dice mi hermana) y como sigo insistiendo hasta la saciedad (mucho, pero mucho, mucho), mi madre ha ido a hablar con doña Elena.
La maestra de las niñas pequeñas le ha dicho que en la escuela, en este momento, hay asientos de sobra para que yo pueda ir, pero eso lo tiene que decidir el Ayuntamiento. Dice que mi caso podría sentar un precedente y si todas las niñas de mi edad quieren ir a la escuela, sería imposible. Mi madre le ha dicho a la maestra que no hay más niñas de mi edad en el pueblo, que mis amigas son unos meses mayores que yo y están en la escuela.
Con las noticias que trae mi madre, mi padre ha ido al Ayuntamiento, para pedir que se me autorice a comenzar la escuela, aunque aún no tenga la edad. Ha tenido que hacer una solicitud por escrito, hablar con el secretario y con el alcalde. Luego, el tema se tratará en una reunión del Ayuntamiento y nos darán el resultado.
En mi pueblo, nunca nadie había querido ir a la escuela antes de la edad. Todo lo contrario, las niñas y los niños prefieren quedarse en casa, jugando o ayudando a sus padres.



