Alicia en el país de la alegría

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Con esas ideas en la cabeza, entro en la habitación donde están todas las mujeres reunidas, velando a mi primo muerto, rezando.
Me acerco a mi madre, la abrazo y digo:
—Te quiero, mami, te quiero. Eres la madre más buena del mundo. Te quiero.
—Ahora, no, Alicia, ve a jugar —dice ella en voz baja—; Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu reino —dice en voz alta, intentando seguir rezando el rosario—, vete a casa —dice hablando muy bajo, mientras intenta separarme de ella—, hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. El pan nuestro de cada día dánosle hoy —continúa rezando.
—Pero yo quiero estar contigo, mami, quiero darte muchos besos y muchos abrazos.
—Perdona nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos dejes caer en la tentación —sigue diciendo mi madre en voz alta, sin hacerme ni caso—; luego, Alicia, luego, ahora no —dice en voz tan baja que casi no entiendo lo que dice, pero ella consigue, al fin, separarme de su lado dándome un empujón— mas líbranos del mal. Amén.
Entonces veo a mi primo, en una caja blanca, como su muerte, como su ropa, como su carita. Me acerco despacio y lo miro. Parece que está durmiendo. Lo toco y doy un grito tan grande que todas las mujeres dejan de rezar el rosario y me miran.
Mi primo Ángel está frío, tan frío como el hielo. Me asusto tanto que salgo corriendo. Tía Adoración sale detrás de mí. Todas las mujeres comienzan a cuchichear; unas miran dentro de la caja, otras me miran a mí, otras a mi madre y a mi tía. Luego vuelven al rezo del rosario. Mi madre no se ha movido de su sitio, sentada al lado de su hermana Federica, la madre de Ángel.
Cuando llego al quicio de la puerta me vuelvo y descubro que tía Federica y mi madre están abrazadas. Las dos lloran y yo soy la culpable.
—Eso no se hace. Está muy mal interrumpir así y gritar. Eres muy caprichosa, Alicia. Las niñas pequeñas, como tú, no pueden entrar en un velatorio. Se asustan y luego pasa lo que pasa. Ya verás, no vas a poder dormir bien por las noches.
—Pero, tía Adoración ¿por qué está tan frío el primo Ángel? ¿Por qué tiene la cara tan rígida? Parece de piedra.
—Todos los muertos están fríos como el mármol y se ponen rígidos al morir. Por eso es mejor no tocarlos.
—¿Yo también estaba fría y rígida cuando nací muerta?
—No, tú no, porque tú no estabas muerta, solo estabas mareada.
—Yo estaba muerta y luego resucité, que me lo ha dicho mi madre.
—Si lo dice tu madre, será verdad. De todas formas, si estabas muerta no estabas tan muerta como está Ángel, el pobrecito.
—O sea, que se puede estar muerto solo un poco. No lo comprendo.
—No, no es eso. A veces parece que una persona está muerta, pero no lo está, solo está mareada. Sigue manteniendo calor en el cuerpo.
—Pero... ¿por qué? No lo comprendo.
—¿Tú no has visto nunca un conejo muerto? Si lo tocas nada más morir está caliente y blandito, pero si lo dejas un tiempo, se va poniendo rígido y frío y se desuella mal, por eso hay que desollarlo cuando aún está caliente.
Tía Adoración sabe muchas cosas. Dice mi madre que algunas cosas las ha aprendido aquí, en el pueblo, pero otras las ha aprendido en Madrid, sirviendo en casa de unos familiares de don Jaime.
Cuando sea mayor quiero ir a Madrid, y aprender muchas cosas, tantas como tía Adoración y como Sergio; él también está en Madrid y lo sabe todo.
El entierro de mi primo es muy triste. A mí no me dejan ir, ni a la iglesia ni al cementerio. Me he quedado en casa de mi abuelo, con él y tía Adoración. A ella tampoco le gustan los entierros y tiene que cuidar de mi abuelo.
Me gustaría que mi tía me contase muchas cosas de Madrid, pero no se lo pregunto porque, según mi madre, de ese tema no se puede hablar con ella: se pone muy triste y hoy nos sobra la tristeza. Las cosas de la muerte son tristes y extrañas. A mí, además, me dan mucho miedo.
Mari Puri dice que ha escuchado decir a su madre que tía Federica come poco y está tan delgada que no pudo dar leche a su hijo. Por eso se murió.
Yo me he enfadado con Mari Puri. Es una mentirosa. Mi tía está delgada porque siempre ha sido delgada, es así. Mi primo ha muerto de repente, nadie tiene la culpa, ni mi tía ni nadie. Luego comienzo a pensar que a lo mejor era cierto. En casa de tía Federica nunca hay tanta comida como en mi casa o en casa de mi abuelo. Lo que no comprendo es por qué no nos la pide.
Tía Federica tiene huerta y gallinas, pero... ¿será suficiente comida? Tal vez no. Algo tengo que hacer.
Para mi primo Ángel, hoy se ha acabado el mundo. No podrá ir a la escuela, seguir creciendo, aprender a andar, a hablar, a reír, a escribir, a nada. No volveremos a verlo nunca. Ángel ha muerto como un ángel, pero no como uno de carne y hueso, sino como una estatua de ángel, muy parecida a la que hay en la Ermita de la Virgen del Rosario.
NO HAY DOS SIN TRES
Mi madre siempre dice que la muerte nunca viene sola, que le gusta venir acompañada. En este caso se ha cumplido. Unos meses después de morir mi primo, se murió doña Basilia. Ella no murió de repente, estuvo enferma mucho tiempo. Al principio seguía despachando fruta, siempre alegre. Luego dejó de despachar, aunque estaba allí, sentada en una mecedora de mimbre, con una manta sobre las piernas, viendo cómo despachaba su marido, el señor Andrés. Por último, se quedó en la cama y no la volvió a ver nadie, nunca más.
El señor Andrés, antes de que doña Basilia se pusiese enferma, iba a vender por los pueblos (lo mismo que mis tíos); pero después, cuando ella se puso enferma, se quedó en casa, despachando en la frutería. Dice mi madre que intentaba que nadie lo viese llorar y por eso seguía gastando bromas a todo el mundo.
Al final, los últimos dos o tres meses, don Andrés cerró la frutería y se pasaba día y noche al lado de la cama de su esposa. La gente comenzó a decir que los dos se estaban quedando en los huesos. Que no comían bien. No eran ni la sombra de lo que habían sido.
Un mal día, murió doña Basilia, llevaba enferma demasiado tiempo. Nadie supo decirme de qué enfermedad había muerto. Si fue una muerte blanca, negra o azul. Yo estaba muy intrigada, intrigadísima.
Tuve una idea, se la conté a Mari Loli y decidimos ponerla en marcha. Lo haríamos juntas y no diríamos nada a nadie.
El día del entierro, llevaron a la iglesia una caja de muerto con doña Basilia en su interior. Don Andrés no fue al entierro. Mi madre dijo que había enfermado de tristeza. Quería tanto a su mujer que no sabía vivir sin ella.
Yo no sé cómo se puede enfermar de tristeza, pero me lo imagino: debe de ser muy triste que se muera alguien al que quieres mucho. Lo comprendo. A mí me ha dado mucha pena perder a mi primo Ángel, pero me habría dado mucha más pena si se hubiese muerto mi madre o mi padre o mi hermana o mi hermano. Yo también podría enfermar de tristeza.
Todo el mundo comprendió que don Andrés no fuese al entierro. En su representación fueron sus hermanos (los de él) y sus hermanas (las de ella), estuvo allí todo el pueblo y muchas personas de los pueblos de alrededor, a los que él iba a vender, antes de que ella enfermase.
En mi pueblo siempre que hay un entierro, va todo el mundo a la iglesia y al cementerio. Mi padre el primero, porque mi padre es de la Cofradía de la Santa Vera Cruz. Y todos los cofrades acompañan a los muertos con sus varas. Mi padre tiene la suya guardada en el armario grande de la sala de arriba, junto a las alcobas. Una vez la saqué, sin que nadie me viera, pero la guardé enseguida. Es de madera y tiene forma de lanza con una cruz en la punta.
Yo creo que a mi padre no le gusta mucho eso de llevar a la iglesia esa especie de lanza con cruz. Lo que sí le gusta es acompañar a los que se mueren, porque todos son amigos suyos. Mi padre se hizo socio de la cofradía porque se lo pidió mi madre, pero no le importa mucho porque así puede despedir a sus amistades, en primera fila.
Bueno, el caso es que llevaron a doña Basilia, dentro de una caja de muerto, a la iglesia. El cura dijo la misa, de espaldas a los feligreses, como siempre. Pero luego, después de decir Ite, missa est (que es lo que siempre dice para que sepamos que podemos salir de la iglesia porque la misa ha terminado), el cura, con su disfraz de decir misa cuando hay algún muerto, baja del altar y echa incienso a la caja donde está metida doña Basilia. Canta unos responsos (que yo no entiendo y creo que no entiende nadie, al menos de mi pueblo) y sale a la calle, detrás de la caja de muerto. Mi amiga Mari Puri dice que se llama féretro, pero a mí ese nombre no me gusta, por eso digo caja, como dice mi madre.
Cuando la muerta, los familiares, el cura y todo el pueblo salimos de la iglesia, comienza la procesión hasta el cementerio. En el camino, los hombres de la familia y los cofrades de la Santa Veracruz, se turnan (como hacen siempre) para llevar la caja con la mujer muerta dentro.
Durante el camino al cementerio, comienza un rumor que poco a poco va en aumento: la caja no pesa nada, es como si estuviese vacía.
Al llegar al cementerio salimos de dudas. El cura sigue cantando responsos y dice (de eso me acuerdo perfectamente) polvo eres y en polvo reverteres, que no comprendí, sobre todo eso de reverteres ¿qué quiere decir? Sin embargo, no pienso más en ello, porque en ese mismo momento se abre la caja.
Mari Loli y yo nos hemos metido entre las piernas de los adultos y estamos tumbadas en el suelo, con la cara pegando a la caja. Cuando la abren, para echar dentro un puñado de tierra, nosotras vemos a la mujer muerta. Tiene la cara verde y es solo piel y huesos. O sea, que doña Basilia ¡ha muerto de la muerte verde! ¿Por qué será? Tal vez haya comido mucha verdura y mucha fruta. Con razón dice mi hermano que lo verde es comida para animales.
Pero... ¡Dios mío! Mientras estamos mirando, la muerta abre los ojos. ¡Menudo susto! Dimos un grito y echamos a correr despavoridas. La puerta de la caja se cerró sin que nadie más pudiera verlo. El cura siguió rezando, mientras nosotras salimos del cementerio. Yo devuelvo todo lo que he comido en mi vida. Mari Loli se cae redonda al suelo. Varias personas adultas salen del cementerio detrás de nosotras. Una es mi madre. Me coge en brazos y dice:
—Ya verás cuando lleguemos a casa. Te voy a dar más palos que a una estera. ¿Es que tú no respetas ni a los muertos?
—¡Está viva! Ha abierto los ojos, no la pueden enterrar. ¡Está viva!
—No digas tonterías, doña Basilia está muerta. Y ahora vamos a casa. Ya verás cuando le diga a tu padre lo que has hecho.
—Digo la verdad, mami, ¡la muerta está viva! Mari Loli también lo ha visto. Doña Basilia ha muerto de la muerte verde, pero ha resucitado: ahora está viva. Hemos visto cómo abría los ojos. Es verdad, es verdad, es verdad, tienes que creerme.
Me tiro al suelo y me pongo a patalear. Mi madre no sabe qué hacer conmigo. Antes de que pueda volver a tocarme, me levanto y salgo corriendo. Quiero ir directamente a mi escondite: un lugar secreto que tengo en el corral de mi abuelo. Pero cuando llego allí, tía Adoración me detiene.
—Alicia ¿qué pasa? ¿Adónde vas tan deprisa? ¿Por qué lloras?
—Doña Basilia está viva, la he visto abrir los ojos. Está viva y nadie me cree.
—No digas esas cosas, Alicia, que con esas cosas no se bromea.
—Pero si es verdad, tía, es verdad. Yo la he visto abrir los ojos cuando el cura levantó la tapa de la caja y echó tierra dentro.
—¿Pero cómo se te ocurre hacer algo así? ¿Dónde estabas tú para ver a la muerta?
—Mari Loli y yo queríamos saber de qué muerte había muerto doña Basilia. Y cuando se abrió la caja lo supe, ella tiene la cara verde y está tan delgada como un fideo. Doña Basilia ha muerto de la muerte verde. No pienso comer verdura en mi vida. Luego, un poco antes de cerrar la tapa, abrió los ojos y nos miró.
Justo cuando mi tía está punto de decir algo, llega mi madre, corriendo.
—Alicia dice la verdad. Han vuelto a abrir la caja y todo el mundo ha podido ver que doña Basilia tenía los ojos abiertos.
—Entonces está viva, te lo dije, está viva, la iban a enterrar viva.
Me acordé de esas historias que se cuentan por la noche, al calor de la lumbre, cuando los niños nos hemos ido a la cama. Historias que yo siempre escucho porque me gusta saber lo que dicen las personas mayores cuando piensan que no les escuchamos las personas pequeñas. Recordé una historia en la que enterraron a un hombre y luego descubrieron que estaba vivo. El pobre estuvo arañando la caja hasta que murió de verdad. A mí me hubiese gustado preguntar para saber algo más pero, claro, no fue posible, cuando escucho detrás de las puertas me quedo con las ganas de saber más cosas, pero no puedo preguntar porque no tengo permiso para estar allí escuchando. Si hubiese podido preguntar habría preguntado: ¿cómo supieron que lo habían enterrado vivo?, ¿volvieron a abrir la caja?, ¿escucharon ruidos extraños en el cementerio? Tuve suerte, alguien preguntó por mí. Lo supieron porque cuando no compras un nicho a perpetuidad te entierran en uno de temporada (por ejemplo: diez años) y cuando pasa ese tiempo, te desentierran y los huesos (que es lo único que queda, a no ser que esté incorrupto el muerto: como el brazo de Santa Teresa que sacan en procesión el día de la Santa) los echan en el osario. Mi madre dice que es un espacio parecido al limbo. Bueno, pues al abrir la caja para sacar los huesos, vieron que estaba toda arañada.
Me había quedado tan obnubilada pensando estas cosas, que no supe si estaba allí o en otro lugar. Cuando volví en mí, mi madre me estaba zarandeando, incluso me dio una torta. Entonces reaccioné.
—Mami, mami, ¡has dicho que doña Basilia está viva! ¿No se ha muerto de la muerte verde? ¿Volverá a engordar? Porque está tan delgada que parece otra persona.
—¡Cállate y escucha! Loro, que eres un loro. Doña Basilia está muerta. Le han vuelto a cerrar los ojos y la han enterrado.
—Pero, entonces, ¿por qué ha abierto los ojos?
—A veces pasan esas cosas. Hay muertos bien muertos que al moverlos, sin querer, abren los ojos. Eso es porque han tardado mucho en cerrárselos después de muerta. Además, es una buena señal, no es nada malo.
—¿Una buena señal? ¿Por qué es una buena señal?
—Porque sí. Y ya basta de tonterías. Y ahora, nos vamos a casa, pero tú no te libras de una buena reprimenda. ¿No sabes que las niñas pequeñas, como tú, no deben ir al cementerio? Seguro que ha sido idea tuya, ¿a que sí? Ya verás cuando se entere la madre de Mari Loli. Menos mal que se ha recuperado enseguida del mareo.
Es verdad, ni me había vuelto a acordar de Mari Loli. Me alegra saber que está bien. Mi madre no dijo nada de que yo hubiese devuelto. Por lo visto a mi madre le da lo mismo lo que me pase a mí.
Estaba deseando hablar con mi padre, contarle cómo me sentía, el miedo que había pasado. Nunca olvidaré los ojos de doña Basilia, ¿es que mi madre no podía comprender eso?
Mi padre dijo lo mismo que me había dicho mi madre, que yo no tenía permiso para estar allí, que soy una desobediente, que eso de la muerte verde era una tontería y que las verduras y las frutas son muy buenas para la salud: no matan a nadie.
Tía Adoración me había dicho la verdad: llevo varias noches sin poder dormir bien. Cuando se apaga la luz veo los ojos de doña Basilia por todas partes. En las paredes hay sombras extrañas y por el techo también.
Todo empeora cuando llega Semana Santa, comienzan a tocar a muerto las campanas, a sonar las carracas, a tapar las imágenes de la iglesia con tela morada, a hablar de la muerte de Jesucristo, a hacer velas al Santísimo por el día y por la noche.
Estos días a nadie le importa lo que me pase a mí. Ni siquiera a mi padre que está muy atareado en el trabajo y en el bar. Además, han venido al pueblo los misioneros y tanto hombres como mujeres se pasan más tiempo en la iglesia que en casa. Incluso mi padre acude a los discursos, para hombres, que son por la mañana bien temprano. Luego, en el bar, todos hablan de lo duros que son esos sermones, de lo bien que hablan los misioneros, de las insinuaciones a la bebida y el trabajo. Mi padre no dice nada.
Un día, en uno de ellos, dedicado a las mujeres, una hermana de mi padre salió de la iglesia llorando. Lloraba porque el misionero ha arremetido contra las viudas que se vuelven a casar y contra los matrimonios que se hicieron en otra época, que tienen hijos y su matrimonio es ilegal, viven juntos de manera pecaminosa. Tienen que casarse de nuevo porque esas personas viven en pecado mortal. ¡Madre mía! Esto no hay quién lo comprenda.
Mi padre dice que es una barbaridad. Quiere ir a hablar con el misionero que lo ha dicho para cantarle las cuarenta (eso es lo que dijo), pero mi madre no quiere que vaya.
—Te meterás en problemas y empeorarás las cosas —dice mi madre—. Tú, menos que nadie, puedes hacer algo así.
Mi padre se pone triste, entra en el bar y se toma una copa. A mí eso me parece muy raro, porque aunque tenemos bar y mi padre puede beber todo lo que quiera, no bebe nunca. Hubiese querido hablar con él, preguntarle el porqué de todo esto, contarle lo que me pasa a mí. Pero este no es el mejor momento para hablar con mi padre. Tengo que esperar.
Cuando termina Semana Santa, dos meses después de morir doña Basilia, se muere don Andrés, el frutero. Mari Loli y yo nos quedamos en casa, jugando a las muñecas. Con ellas hacemos un entierro muy particular, uniendo en el mismo hoyo a doña Basilia y a don Andrés.
Mi primo Ángel ha muerto de la muerte blanca, doña Basilia de la muerte verde, algunos tienen enfermedades raras y seguro que mueren de la muerte roja. ¿De qué muerte habrá muerto don Andrés?
Está claro, la muerte es de todos los colores, por lo menos en mi pueblo. Por eso, Mari Loli y yo decidimos que don Andrés ha muerto de la muerte azul: la de los príncipes. Como dijo mi madre, murió de pena. Yo creo que murió de amor. Ha muerto de pena amorosa. Quería tanto, tanto a su esposa, que no podía vivir sin ella. Los dos eran jóvenes, no tenían hijos y, según mi madre, murieron en la flor de la vida. Yo creo que murieron en la fruta de la vida. Eran fruteros, no floristeros.
POR - LA SEÑAL - DE LA SANTA - CRUZ
Las horas pasan, los días pasan, pasan las semanas, pasan los meses. Lo que no pasa es el aburrimiento. Aburrirse es como estar enferma sin fiebre, sin pijama, sin cuentos, sin tener que meterse en la cama. Justo eso es lo que me pasa a mí, tengo la enfermedad del aburrimiento. Aquí todo es muy fácil, tan fácil que me aburro soberanamente.
Pero hoy es un día diferente: la señorita nos ha dicho que viene la inspectora, es decir, una maestra que supervisa a otras maestras y a sus alumnas. La inspectora vendrá de Ávila para ver lo que hace nuestra maestra, lo que hacemos en la escuela, lo que sabemos las niñas y cómo nos portamos. Preguntará, observará, decidirá. Tendremos que ser buenas, tendremos que ser silenciosas, tendremos que ser obedientes, tendremos que ser otras niñas, porque si somos las que somos nos suspenderá y a la maestra también. Esto solo lo pienso, no se lo digo a nadie. No quiero escribir cien veces: eso no se dice. Porque la maestra no me manda al rincón por lo de mi brazo derecho, pero me duele el izquierdo de repetir frases tontas cientos de veces. Si este es el método intuitivo y analítico sintético del nuevo Catón, no me gusta nada.
La inspectora que ha venido no es una mujer, es un señor con bigote. Si hubiese venido disfrazado de militar, habría pensado que era el de la fotografía: es clavadito. Trae una cartera muy grande y un traje tan pequeño que parece que va de pesca. En la manga de la chaqueta lleva una cinta negra y su corbata también es negra. Seguro que se le ha muerto algún familiar.
En mi pueblo, cuando se muere alguien, los hombres llevan el luto en la manga y en la corbata. Las mujeres en todo: vestido negro, chaqueta negra, combinación negra, zapatos negros, medias negras, calcetines negros, velo negro, pena negra. Todo es negro menos las bragas y el sujetador, que no se ven. Bueno, el moquero puede ser de florecitas en blanco y negro.
Si en el pueblo del inspector hacen lo mismo que en el mío, seguro que al inspector se le ha muerto alguien. Además, está serio, muy serio.
Es alto y da un poco de miedo porque mira desde arriba, como amenazando. Lleva una regla en la mano, que agita cuando habla, como mi abuelo hace con el bastón y la badila, cuando quiere y le da la gana.
La maestra nos ha dicho que aunque esté el inspector tenemos que hacer lo de todos los días, menos meter bulla, claro. Lo primero es santiguarnos.
—Por la señal...
—¡Esa niña! —grita el inspector—, ¿qué hace esa niña?
Los gritos del inspector nos asustan pero nadie se atreve a hablar, a moverse. El rezo se ha detenido en Por la señal, ni siquiera hemos dicho de la Santa Cruz.
No sabemos qué pasa, a qué niña se refiere. Él sí, él sabe que la niña soy yo. Yo también lo sé porque me está mirando fijamente. No puedo moverme, mis pies no quieren despegarse del suelo. Estoy petrificada. ¿Por qué me mira así el inspector? ¿Qué hice mal para que me grite así?
Las otras niñas tampoco se mueven, pero no dejan de mirarme. La maestra y el inspector se acercan a mí. Él me pide que extienda la mano izquierda y, ¡zas!, me da un reglazo que sabe a rosquillas. ¿Por qué me pega este señor con bigote? No lloro, aguanto las lágrimas y sigo de pie, firme, con los brazos caídos.
—¿Cómo se llama esta niña?
—Alicia —dice la maestra—, señor inspector. Es más pequeña que sus compañeras. Está aquí con un permiso especial del Ayuntamiento. ¿Quiere que se lo muestre?
—Deje, deje, no hace falta. ¿Por qué no sabe persignarse?
—Sí que sabe, pero...
—No hay peros que valgan, ¿sabe o no sabe?
La maestra no contesta y yo estoy temblando.
—Vamos a ver, Alicia, te llamas Alicia ¿no?
Asiento con la cabeza. Estoy muy asustada. Me rilan las piernas pero sigo con la cabeza bien alta.
—Veamos si sabes persignarte.
¿Qué será eso de persignarte? Nunca había oído decir esa palabra.
—Vamos, Alicia —dice la maestra— te tienes que santiguar. Haz lo que dice el señor inspector.
Eso sí: sé lo que es santiguarse. Entonces, ¿persignarse debe de ser lo mismo que santiguarse y lo mismo que hacer la señal de la Cruz? ¡Cuántos nombres para algo tan sencillo! Comienzo a persignarme y nada más comenzar, el inspector me da un manotazo y dice:
—Con el brazo derecho, la señal de la Cruz se hace con el brazo derecho bien extendido.
—Pero es que esta niña...
—No la justifique, maestra, esta niña tiene que hacer la señal de la Cruz lo mismo que las demás. Vamos a ver, Alicia, levanta tu mano derecha.
Yo quiero levantarla, pero ella no quiere. Solo sube hasta la mitad del recorrido. Por eso, para conseguir hacer la señal de la Cruz tengo que bajar la cabeza.
—¡No! ¡No! ¡No! ¡No! —grita el inspector mientras agita su furia de madera en el aire.
—No puede, inspector, Alicia tiene un defecto en el brazo derecho y por eso no puede subirlo más. Ella lo hace todo con el brazo izquierdo.
—Mal asunto ese, mal asunto. A ver, Alicia, levanta los dos brazos hasta donde puedas.
Mi brazo izquierdo, que es muy obediente, se levanta hasta arriba del todo, pero el derecho solo hace la mitad del recorrido.
—Ya veo, ya. Además, tiene un brazo más corto que otro ¿no? Mal asunto, mal asunto. Vamos a ver, Alicia, ¿tú qué quieres ser de mayor?
—Servidora quiere ser maestra, señor inspector —digo muy contenta porque eso me lo sé— y escritora, también quiero ser escritora.
—¡Vaya! Pues me temo que con un brazo inválido, no podrás ser maestra.
Siento un dolor muy fuerte en el pecho. Me duele más que un reglazo. Dos lágrimas desobedientes se escapan de mis ojos y unas gotas indiscretas intentan abandonar mi nariz. Pero sigo erguida, haciendo esfuerzos por no llorar.



