Alicia en el país de la alegría

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Hoy ha venido el alguacil y le ha dado a mi madre una carta del Ayuntamiento. Como está a nombre de mi padre, no ha querido abrirla. Estamos seguras de que es la respuesta del Ayuntamiento a nuestra petición, pero tendremos que esperar todo el día para saberlo. Yo estoy muy nerviosa y trato de convencer a mi madre para que abra la carta, pero ella no quiere ni hablar del peluquín.
Hemos esperado hasta la noche, cuando por fin vino mi padre de trabajar. Nada más entrar por la puerta, mi madre le entrega la carta. Mi padre se sienta, yo estoy a su lado y apenas puedo respirar. Por fin, abre la carta, me mira y dice que no con la cabeza. Tengo ganas de llorar.
—¿Han dicho que no?
—No, Alicia, esta carta no es la que tú esperas con tanto empeño, es de la contribución del bar. La pagaré mañana por la mañana; no tengo que ir a la cantera.
—Cuando vayas al ayuntamiento pregunta por lo mío ¿vale?
—De acuerdo, Pitusina, pero no te disgustes si te dicen que no ¿me lo prometes?
Digo que sí con la boca chica. Aunque tengo tantas ganas de ir a la escuela que si me dicen que tengo que esperar me llevaré un buen disgusto.
Por fin, hoy es mañana. Mi padre me deja acompañarlo al ayuntamiento a pagar la contribución. Al vernos entrar, el secretario dice:
—¡Vaya! Mira a quién tenemos aquí, pero si es Alicia, la niña que no puede esperar más para ir a la escuela.
—Buenos días, señor secretario.
—Buenos días, Alicia. Así me gusta, así, una niña bien educada, sí señor. Eres hija de tu padre, sin duda.
Quiero decir que sí, pero no digo nada. Mi padre paga el recibo y cuando estamos saliendo por la puerta, el secretario dice:
—Toma, Alicia, esto es para ti. Y espero que aprendas mucho, que buen trabajo me ha costado convencerlos a todos para que puedas ir a la escuela antes de cumplir los años.
Me pongo tan contenta que voy corriendo a recoger el sobre que el secretario me entrega sonriente. Y, además, no puedo resistir la tentación y le doy un beso.
—Gracias, señor secretario, muchas gracias. Aprenderé mucho, todo lo que pueda.
Cuando llegamos a casa, abrimos la carta y leemos en voz alta. En ella, entre otras cosas que no vienen a cuento, dice lo siguiente: (...) el Pleno Municipal, en sesión extraordinaria, a propuesta del Secretario, acuerda por unanimidad, y sin que pueda servir de precedente, autorizar a la niña que responde al nombre de Alicia, hija de Juan y María, para que pueda incorporarse a la escuela de las niñas pequeñas (...).
Se lo hemos contado a todo el pueblo. Ahora toca prepararse. En mi casa hay algunos libros, pero no tenemos la cartilla. Mi tía me ha dejado la de mi primo, que hace poco que estuvo en la escuela de los niños pequeños y ya está en la de los mayores. No sé si me servirá. Tal vez sí. Tengo la cartilla, ya solo me falta el resto: cabás, cuaderno, lapicero, sacapuntas...
No te preocupes, dice mi madre, hoy es sábado, el lunes, cuando vayas a la escuela, lo tendrás. Y mi madre siempre acierta.
Hoy, mi tío Ernesto, que es mi padrino, me trae un cabás que fue de su hija. Como ella ya no va a la escuela, no lo necesita y me lo da para mí.
—Aprende mucho, aprende todo lo que no hemos podido aprender nosotros.
Mi tío lo dice porque él, lo mismo que mi padre, no terminó la escuela. Sé que mi padre comenzó a estudiar (me lo contó un día), pero luego se murieron su madre y su padre (cuando solo tenía once años) y tuvo que trabajar para ayudar a sus hermanas. De todas formas, mi padre siempre está leyendo, por eso, aunque no haya podido estudiar, sabe tanto. Lo de mi tío es diferente: él no pudo estudiar porque a mi abuelo eso de estudiar le parecía una pérdida de tiempo.
Tía Adoración (que es mi tía preferida) me ha traído un cuaderno de rayas, un lapicero, un sacapuntas y una goma.
—Lo he comprado yo, pero el dinero me lo ha dado tu abuelo. Tienes que ir a darle las gracias y un abrazo, para que se ponga contento. ¿Lo harás?
Lo hago inmediatamente, antes de que se me olvide. Mi abuelo sonríe al verme llegar y dice:
—No sé para qué tanta prisa por ir a la escuela. Las niñas tienen que aprender a coser, a bordar y a hacer las cosas de la casa. Lo demás no sirve para nada.
—Pero, abuelo, yo quiero estudiar.
—¿Estudiar? Paparruchas.
Dice mi tía que el abuelo es así y no se puede hacer nada para cambiarlo.
Mi padre saca del desván un estuche que ha sido de su padre, luego suyo, después de mi hermano y de mi hermana. Ahora será mío. Es de madera, tiene dos pisos y se abren los dos. Lo ha limpiado, lijado, cepillado y encerado. Parece nuevo. Además, ha pegado un cromo. Es el mejor estuche que he visto nunca.
—Toma, Pitusina, aquí puedes guardar el lapicero, el sacapuntas y la goma de borrar. Luego, podrás guardar la pluma, el compás, la regla. Pero, no olvides que lo más importante está en tu cabeza. Úsala bien y aprenderás más y mejor.
Mi hermana ha hecho una bolsa para meter el almuerzo. Es azul oscuro y tiene mi nombre bordado en letras blancas.
—Ten, hermanita, para que lleves el almuerzo y no tengas que venir a casa en el recreo. Así te quedará más tiempo para jugar. Juega, estudia y aprovecha el tiempo.
Mi madre me ha dado una lata con asa para que, cuando haga mucho frío, pueda calentarme.
—Mira, hija, este es tu brasero, me lo regaló mi madre cuando comencé a ir a la escuela. Luego lo usó tu hermana y ahora tú. En esas escuelas antiguas hace un frío que pela.
A ver si hay suerte y terminan pronto las escuelas nuevas. En ellas seguro que no hace falta brasero.
Con todo preparado, mucha ilusión y un poco de miedo, comienza el gran día. Llego tan pronto a la escuela que no hay nadie esperando. Por fin, vienen mis amigas: Mari Loli, Mari Puri y Mari Tere. Han venido antes para que podamos jugar un rato.
—Con lo bien que se está en casa —dice Mari Tere— ¿por qué querías venir a la escuela?
—Porque estáis vosotras aquí y no tengo con quién jugar.
—¿Lo dices de verdad? —pregunta Mari Loli—, podemos jugar después de la escuela.
—Bueno, también quería venir para aprender lo que no puedo aprender en mi casa.
—Ya me parecía a mí —afirma Mari Puri—, mi madre dice que aprenda un poco de ti. Y mi padre piensa que has armado un revuelo por una tontería.
—No es una tontería. Sé que a muchas personas les puede parecer raro que quiera estudiar, pero es que quiero ser maestra y cuanto más aprenda, mejor.
—¡Maestra! —dicen las tres a la vez.
—Claro —dice Mari Tere— por eso siempre quieres jugar a las escuelas, en lugar de jugar a las familias. Menudo aburrimiento.
Cuando estamos hablando llega la maestra. Todas las niñas se ponen en fila. Yo me pongo la última, pero ella me llama y dice.
—No, Alicia, tú tienes que ponerte aquí. Para entrar en la escuela nos colocamos por orden alfabético. No olvides cuál es tu sitio.
—No lo olvidaré, señorita.
—Bueno, niñas, ya conocéis a Alicia ¿no? Pues desde hoy vendrá con nosotras a la escuela. Espero que la ayudéis para que se ponga al día.
Todas las niñas contestan a la vez:
—Sí, señorita. La ayudaremos.
La escuela es muy grande, tiene ventanas grandes, pupitres grandes, sillas grandes. La mesa de la maestra es enorme y está sobre un escenario que no es muy alto. Ella lo llama tarima. El encerado no es grande: es descomunal. Y sobre el encerado está un crucifijo y las fotos de dos señores vestidos de soldados.
Lo primero que hemos hecho al entrar en la escuela es rezar, de pie. Luego la maestra ha dicho mi nombre y mis dos apellidos. Yo me levanto del asiento y digo:
—¿Qué quiere que haga, señorita?
Las niñas antiguas se ríen y las niñas nuevas, como yo, se quedan calladas.
—Nada, Alicia, siéntate.
Si no quiere que haga nada, ¿para qué me habrá llamado? La señorita dice el nombre y los apellidos de otra niña y ella contesta:
—Servidora.
Y así con todas las niñas de la escuela. O sea, que cuando la señorita diga mi nombre tengo que contestar lo mismo que ellas: servidora.
—Bueno, pues después de rezar y pasar lista, podemos comenzar —dice la maestra—, no quiero que hable nadie, quien hable irá al rincón. Si alguien quiere algo que levante la mano.
En el encerado está escrita la fecha y una frase: Dejad que los niños se acerquen a mí; esa frase está en el Catón, debajo del primer dibujo del libro. En ese dibujo se ve a un señor con barba y pelo largo (es extranjero, seguro); también hay una mujer con pañuelo en la cabeza y cinco niños. Debe de ser una familia numerosa: el padre, la madre y los hijos. Seguro que les hacen descuento en el tren y en el autobús de línea, como a nosotros, si tienen carné de familia numerosa, claro. Pero, cuando me fijo más en el dibujo, me doy cuenta de que al señor con barba le salen rayos amarillos de la cabeza y se parece al que está en el altar mayor de la iglesia. Debe de ser San Pedro y su familia.
—Alicia, ¿dónde estás?
—Servidora.
Otra vez se ríe la clase de mí. Mi compañera me dice que cuando la maestra me pregunte tengo que levantarme y decir: sí, señorita.
—Alicia ¿estás en las nubes?
—Sí, señorita.
Ahora toda la clase se ríe a carcajadas. No sé por qué: me he puesto de pie y he dicho lo que hay que decir. La maestra manda callar, se acerca a mí y dice:
—Vamos a ver, Alicia, ¿qué es eso que estás mirando con tanta atención? ¡Vaya!, Alicia, pensé que estabas en Babia, pero veo que estás con Jesucristo.
La maestra coge mi Catón, lo levanta por los aires, pide otra vez silencio y dice:
—Si abrís el libro, la primera imagen que encontráis es un dibujo. En él hay niños acercándose a Jesucristo.
¡Ah! Entonces es Jesucristo, no es San Pedro con su familia. Es Jesucristo con su mujer y sus hijos.
—¿Jesucristo tiene familia numerosa? —pregunto—. No lo sabía.
—Claro, Alicia, todos nosotros, todos los niños del mundo y todas las personas mayores, somos hijos de Dios, que es nuestro padre. Y como Jesucristo es Dios, somos hijos de Jesucristo.
Qué cosas dice la maestra.
—Yo soy hija de mi padre, que se llama Juan, no Jesucristo.
Una vez más (y ya van cuatro) todas las niñas se ríen de lo que digo. La señorita me mira como si quisiera pegarme y, efectivamente, me pega un bofetón.
—Alicia, ¡al rincón! Y no vuelvas a hablar ¿entendido? No hables hasta que yo te pregunte.
No comprendo nada, ¿cómo voy a aprender, si no puedo hablar, ni preguntar nada? Me levanto y no sé a qué rincón quiere la señorita que vaya, en la escuela hay cuatro rincones; pero claro, como no puedo preguntar... no sé qué hacer. Menos mal que la niña que está sentada a mi lado, por señas, me dice a qué rincón debo ir.
—Vamos, Alicia, que es para hoy. Quédate ahí, en el rincón, de rodillas y con los brazos en cruz.
Nadie sabe lo que duele algo así hasta que lo prueba. Mi brazo derecho no puede ponerse en alto, no me hace caso. Las niñas de la escuela vuelven a reírse y la maestra se acerca a mí y me dice al oído:
—Vete a tu sitio. No me acordaba de lo que me dijo tu madre de tu brazo. Pero estate calladita. Ya buscaré un castigo especial para ti.
Y lo buscó, claro que lo buscó. He tenido que escribir cien veces, solo tengo que hablar cuando pregunte la maestra.
Tras este comienzo, estoy empezando a arrepentirme de haber querido venir a la escuela tan pronto. Con lo bien que estaba yo en mi casa: leyendo, jugando, escribiendo.
Me siento de nuevo en la silla con los pies colgando (no me llegan al suelo) y decido que no voy a volver a hablar hasta que salgamos al recreo.
La maestra pregunta si sabemos quiénes son las personas que aparecen en las fotografías que están a un lado y otro del Crucifijo. Yo sí que lo sé. Por eso levanto la mano. Solo la hemos levantado dos niñas. Las otras no la han levantado, no sé si es que no saben quiénes son, si no saben que hay que levantar la mano, o no la quieren levantar por si lo que dicen no le gusta a la maestra y las manda al rincón.
—Vamos a ver, Mari Puri, ¿quiénes son los militares que aparecen en las fotografías?
—José Antonio y Franco.
—¿Qué pasa, Mari Puri, es que son de tu familia?
—No, señorita. Pero, como mi padre es el Sargento de la Guardia Civil...
—Como lo has dicho con tanta familiaridad, pensé que eran de tu familia. No creo que a tu padre le guste que digas los nombres, así, sin más, sin un respeto.
—No, señorita.
—Las personas que aparecen en las fotografías son: don José Antonio Primo de Rivera y el Generalísimo don Francisco Franco y Bahamonde, Caudillo de España.
Bajo la mano por si acaso.
—Conoceremos más y mejor a estos personajes, imprescindibles de la Historia de España, en las dos últimas lecciones del Catón, pero los nombres hay que aprenderlos ahora.
Eso ya lo sabía yo, porque antes de venir a la escuela he leído el Catón. Al señor con bigote lo he visto también en la página 258 de la Enciclopedia de grado elemental que también me ha dejado mi tía. Los de mi hermana son antiguos y no valen. Ahora tenemos el Catón Moderno.
Todas las niñas abrimos el Catón por la página siete. Lo primero es aprender las letras: a e i o u. Menudo aburrimiento. Yo prefiero leer la advertencia que está en las páginas tres y cuatro. Pero no me atrevo, por si la maestra ya ha pensado un método intuitivo y analítico sintético (esto lo pone en la advertencia de comienzo del Catón) para castigarme. Leo las letras de mil formas: separadas, juntas y con dibujos. Hay que leer en voz baja, pero se escuchan murmullos. En la mesa de la maestra una niña lee las letras en voz alta.
Por fin, salimos al recreo. No quiero jugar, ni comer el almuerzo, lo que quiero es ir corriendo a casa y decirle a mi madre que me saque de la escuela, que no quiero estar aquí, que prefiero seguir aprendiendo en casa.
Mi madre no está y mi hermana dice que vuelva a la escuela, que ni se me ocurra decir algo así. Tengo que aguantarme y aprender lo que pueda. Dice que le diga a la maestra que ya sé leer y me pondrá para ayudar a otras niñas.
Levanto la mano y la maestra se acerca a mi mesa:
—¿Qué quieres?
—Señorita, yo ya sé leer.
—Demuéstramelo.
Abro el Catón por la advertencia y comienzo a leer:
—Presentamos —con verdadera satisfacción— este nuevo Método de Lectura. No hemos escatimado esfuerzos para que, tanto la parte artística como la pedagógica...
La maestra me mira y dice que puedo dejar de leer. Quiere que vaya a su mesa.
Mi hermana tiene razón. La maestra me ha propuesto que, cada día, al entrar en la escuela, después de rezar, haga los ejercicios de la pizarra y luego ayude a las niñas que no saben leer. Eso también lo hacen algunas niñas mayores de la escuela de las niñas pequeñas.
Y así, poco a poco, me voy integrando en un entorno que no es lo que parece, pero aunque no lo parezca, lo es.
Aquí es donde tendré que estar cinco horas diarias, quiera o no, durante los próximos años.
EL DÍA DEL FIN DEL MUNDO
Los días en mi pueblo no son todos iguales, aunque se parezcan mucho unos a otros. El sol sale por la mañana y da de lleno en la puerta de entrada de mi casa. Es un sol radiante en el verano y radiante en el invierno, aunque a veces se oculte detrás de las nubes, lo enfríe el hielo o la nieve y se esconda para que no lo veamos; pero está ahí, él siempre está ahí. Eso dice mi padre y mi padre es muy listo. También dice que el sol es imprescindible para las personas, para las plantas, para el agua, para todo. Cuando el sol deje de brillar, se acabará el mundo.
Hoy no es un día cualquiera. La radio ha dicho que hoy se acaba el mundo. Yo creo que es mentira porque el sol sigue brillando. No hay ninguna señal que sirva de evidencia para creer que lo que ha dicho la radio pueda ser verdad. Son solo ganas de atemorizarnos, dice mi padre.
Pero, por si fuese verdad, mi madre ha ido a rezar a la Virgen del Rosario (el cura ha dicho una misa en la ermita) y mis tíos han encentado el jamón y han preparado bocadillos para ellos y para nosotras; cosa rara porque mis tíos, y sobre todo mi abuelo, son de la virgen del puño, más agarraos que un paquete puntas.
El jamón de los marranos de mi abuelo es un jamón buenísimo. Dice mi madre, que eso es por la comida que les dan y porque mi padre tiene muy buena mano cuando mata y estaza al marrano. El secreto está en que el corte sea limpio y sangre bien el animal. Así no sufre y la carne es mejor. Sufrir, no sé si sufrirá, pero se muere bien muerto. A mí no me gusta ir a ver cómo mi padre mata a un marrano, pero me gusta comer el jamón.
Por si fuese verdad que se acaba el mundo, Mari Puri, Mari Tere, Mari Loli y yo hemos pasado la tarde juntas, merendando en nuestro rincón, debajo del anuncio de Nitrato de Chile, pensando en cómo será el fin del mundo.
—¿Se caerá el sol sobre la tierra y moriremos abrasados?
—¿Nos desintegraremos sin darnos cuenta?
—Seguro que empieza a llover y vuelve el diluvio universal. Y, claro, como no sabemos nadar...
—Pues yo creo que habrá una gran explosión y saldremos volando. A lo mejor caemos en una estrella y allí podemos seguir viviendo.
—¡Hala! Eso sí que es imposible.
Sea como sea, como no podemos hacer nada (porque el fin del mundo es cosa de personas mayores y nosotras somos muy pequeñas) es mejor que nos lo pasemos bien. Y eso es lo que estamos haciendo. Hemos hecho una obra de teatro sobre el fin del mundo. La he inventado yo sobre la marcha. En ella el mundo se termina mientras todas las personas cantan, recitan versos, se abrazan y se besan. Yo creo que esa es una manera estupenda de que se acabe el mundo.
Mari Puri dice que hoy no se acaba el mundo, se lo ha dicho su padre y debe de ser verdad. Mi hermano dice que la Guardia Civil tiene ojos en todas partes.
El Sargento tenía razón. Ha pasado hoy, mañana y pasado y no se ha acabado el mundo. Pero, como dijo mi abuelo:
—Nos hemos comido el jamón: que nos quiten lo bailao.
Todas las noches, se acabe el mundo o no se acabe, antes de ir a la cama, mi padre me da un beso y dice:
—¿Qué has aprendido hoy? Ya sabes que cada día hay que aprender algo nuevo. No te acostarás sin saber una cosa más.
—He aprendido a sumar y palabras que empiezan por “p” y por “y”...
—Eso lo has aprendido en la escuela, Pitusina, ¿pero qué has aprendido en la vida?
—Que el mundo no se acaba si el sol sigue luciendo. Que si le cortas las alas a una mosca no puede volar, pero sigue viva. Sin embargo, si la metes en un bote y cierras la tapa, sí que se muere.
—¿Has hecho tú esas barbaridades?
—No. He visto cómo lo hacía un niño. Pero no te puedo decir quién es, porque luego me canea.
—Quiero que aprendas algo más: no cortes nunca las alas a una mosca ¿te gustaría a ti que te cortasen los brazos? Sin alas, las moscas, no pueden volar y se mueren, antes o después. Vive y deja vivir.
Mi padre siempre me decía esas cosas cuando era pequeña. Ahora, que soy mayor, aunque no sea mayor del todo, me sigue diciendo cosas sorprendentes, y yo le cuento lo que aprendo en la escuela y observando lo que pasa a mi alrededor, escuchando a las personas mayores, cuando hablan sin saber que hay ropa tendida. Claro, que nunca digo a quién he escuchado. Él, aunque cuente barbaridades, nunca se enfada. Me explica por qué algo está mal o por qué está bien. Suele decir que de esa forma aprendo algo que no sé. Algo nuevo cada día. Antes, cuando era muy pequeña, y ahora que soy mayor (aunque siga siendo pequeña) mi padre siempre dice para despedirme:
—Que duermas bien. Así estarás preparada para un día lleno de aventuras y podrás aprender algo nuevo.
Mi madre, cuando yo era muy pequeña, me acompañaba hasta la alcoba. Nos arrodillábamos, delante de la cama, juntábamos las manos y rezábamos. Pero no rezábamos el Ave María o el Padre Nuestro, rezábamos rezos diferentes que parecían poemas: Ángel de la Guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día, no me dejes sola que me perdería; Jesusito de mi vida, tú eres niño como yo, por eso te quiero tanto y te doy mi corazón, tómalo, tuyo es, mío no; Cuatro esquinitas, tiene mi cama, cuatro angelitos que me la guardan. A mí me gustaba.
Luego, yo me metía en la cama y ella me arropaba, me daba un beso y decía:
—Que sueñes con los angelitos y que mañana seas una niña buena y bondadosa.
Hace ya varios años que mi madre no reza conmigo. Dijo que ya era mayor, tenía que irme sola a la cama y como iba a catequesis (por eso de la primera comunión) tenía que rezar el Padre Nuestro y el Ave María. Pero, aunque ella no lo sepa, yo sigo rezando (cuando rezo, que algunas veces estoy tan cansada que se me olvida rezar) los poemas que rezábamos juntas. No se lo digo a nadie, porque no quiero que piensen que soy una niña pequeña.
Bueno, pues entonces, cuando yo era más pequeña que ahora, y más grande que cuando era pequeña, nació mi primo Ángel. Pero el Ángel de la Guarda de mi primo Ángel no lo protegió ni de noche ni de día. Claro, como era tan pequeño no sabía rezar y no rezaba. A lo mejor su madre tampoco rezaba de rodillas, junto a su cama, como dice mi madre que hay que hacer siempre. Cuando yo era tan pequeña, tan pequeña, tan pequeña, que ni siquiera podía andar, ella rezaba por mí.
Mi primo Ángel no nació muerto, como yo, pero murió tres meses después de nacer. Él no pudo resucitar, como yo, y eso que fueron a verlo todos los que tenían que ir: el médico, la comadrona y la tía Irene que todo lo cura. Además, mi madre, la tía Federica y muchas mujeres del pueblo, rezaron sin parar a la Virgen del Rosario, para pedir que resucitara, pero no pudo ser.
Mi primo murió y toda la familia estaba muy triste. Mi madre no se separó de su hermana desde que se enteró.
Ángel era un niño que hacía honor a su nombre, parecía un ángel, siempre sonriente, con el pelo rubio, rizado, ojos grandes y azules, muy azules.
Murió de la muerte blanca, eso dijo la comadrona. Pero... ¿qué quiere decir muerte blanca? Seguro que hay muertes negras, azules y de todos los colores.
El médico dijo que había muerto de muerte súbita. De esa muerte mueren algunos niños que, como mi primo, nacen demasiado pronto y no pueden mamar.
No comprendía nada, menos mal que tía Adoración me lo explica. Ella no ha tenido hijos pero sabe mucho de eso, porque cuando era más joven estuvo sirviendo en Madrid, en casa de unos señores con muchos hijos. Dijo que mi primo había muerto de repente. Tía Federica estaba muy delgada y no tenía leche.
—¿Por qué no le dio de mamar mi madre? Mi primo Ángel habría sido mi hermano de leche, como don Jaime.
Mi tía se ríe de lo que ella llama: tus ocurrencias.
—Tu madre tuvo mucha leche, pero ya no la tiene, está seca. Mamaste más de tres años. Para ti era como una golosina. Cuando tu madre estaba cosiendo en la solana, sacabas una silla y decías: ¡mama, teta! Y ella, ni corta ni perezosa, te daba de mamar. ¡Con lo mayorzota que eras! Te bebiste toda su leche, no le queda nada.
No me lo puedo creer. Tía Adoración dice que soy una niña con suerte, mi madre se tomó todas las medicinas que tenía que tomar yo, ¡hasta las inyecciones! A mí me entraban a través de su leche.
Esas noticias me sorprenden una barbaridad. Estoy alegre y triste al mismo tiempo. No sé cómo explicarlo. Me doy cuenta de que mi padre tiene razón cuando dice que mi madre me quiere mucho. Hay que querer mucho a una persona para ponerse sus inyecciones, ¡con lo que duelen las inyecciones! Qué buena es mi madre. Y yo he sido una egoísta y una tragona.
Miro desde la puerta a mi primo Ángel, muerto porque no ha podido mamar, mientras que yo he mamado durante más de tres años. Estoy deseando abrazar a mi madre, que sepa cuánto la quiero, decirle que voy a ser buena, que voy a hacer todo lo que ella me pida.



