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A la abuela Clementina la recuerdas de rostro adusto, tez trigueña y movimientos lentos. Lucía el cabello entrecano y largo hasta la cintura y las hijas ayudaban a peinarlo. Su cuarto parecía una capilla, porque los objetos más visibles eran un crucifijo de un metro con cincuenta, de una desnudez deslumbrante, exaltada por grandes y sangrantes heridas; una vistosa camándula de cuentas de cristal pulido como diamantes que colgaba de uno de los brazos del crucifijo, y que había sido encargada a Roma; una “bendición” con la fotografía del pontífice Pío XI dirigida a “José A. Botero, señora y familia”, también traída de Roma, y uno o dos cirios encendidos. Tenía un reclinatorio tapizado en tela roja, y un número de taburetes, porque la abuela convocaba allí a la familia y a la servidumbre para rezar el rosario. Presidía desde el reclinatorio o sentada en la cama, que estaba en el rincón más oscuro. Algunas veces debiste asistir al rezo y lo recuerdas como un castigo. La voz de la anciana, entrecortada y cavernosa, repetía las palabras, siempre las mismas, de todo lo cual te quedó una extraña sensación: había que invocar a Dios, un ser lejano, omnipotente y cruel, que nos castiga por un pecado que no hemos cometido.
La Exposición Mundial –The New York World’s Fair (1939-1940)– fue uno de los acontecimientos más importantes ocurridos en los años previos a tu nacimiento. Su eslogan fue: Dawn of a New Day (“El amanecer de un nuevo día”). Fue la primera en centrar el interés en el futuro: ideas, materiales, procesos, máquinas, fuerzas que estaban en desarrollo y que apuntaban hacia la construcción de un mundo mejor. Nunca antes los seres humanos habían depositado mayor confianza en la ciencia y la tecnología. El ícono central eran dos edificios: el Trylon y la Perisphere; el primero, una torre piramidal de 210 metros de alto y el segundo, una esfera a la cual se ingresaba por una escalera eléctrica denominada Helicline. El interior de la Perisphere contenía a escala la ciudad del futuro. (Hoy podemos recordar lo esencial de aquel símbolo en el logo de la empresa de Cementos Argos en Colombia.)
Se trataba, pues, de un evento que ningún burgués acomodado podía dejar pasar, y muchos antioqueños hicieron el esfuerzo de viajar. José A. organizó su viaje y partió con Clementina y Regina en el mes de abril de 1939. Fueron en buque a Nueva York desde Barranquilla con escala en La Habana. Trajeron innumerables anécdotas, regalos, ropas, enseres. Recuerdas particularmente un grabado a plumilla del castillo El Morro que por décadas estuvo colgado en las paredes de tu casa.
Entretanto, Jorge pasaba por su mejor época: la droguería parecía pujante y las perspectivas eran buenas. Pertenecía al círculo social más exclusivo: el que se reunía en los clubes Unión y Campestre (donde practicaba el golf). Estaba suscrito a L’Illustration que recibía de París y a National Geographic y Life que le llegaban de Estados Unidos. Su automóvil causaba sensación: un Lincoln Continental. También era propietario de un lote campestre por San Antonio, cerca de Rionegro, donde se proponía sembrar manzanos, montar una lechería de ganado Holstein y construir a su gusto una casa de recreo. Ya había escogido el nombre: “Georgia”. Uno de sus mejores amigos era el pintor Eladio Vélez. (Por esa época dirigía el Instituto de Bellas Artes. Esta amistad duró hasta la muerte del artista, en 1967) Varias acuarelas, de las más bellas, estuvieron colgadas en tu casa, siempre en un lugar de privilegio. Un cuadro de gran formato –en óleo sobre tela–, pintado en París en 1930, que representa una barcaza amarrada a uno de los muelles del Sena, fue considerado por tu padre como su joya más preciada y por décadas lo viste exhibido en la sala principal.
Para completar la lista de realizaciones solo le faltaba visitar la Feria Mundial, y las circunstancias se lo estaban exigiendo. Con la confrontación de las potencias en Europa, los proveedores tradicionales suspendían despachos y escaseaban los productos. Como Estados Unidos se resistía a entrar a la contienda, quedaba la opción de cambiar de proveedores. Pensó que con unos cuantos contactos en Nueva York la Droguería seguiría operando eficientemente.
Jorge prefirió viajar por mar. (Existía un servicio aéreo eficaz para el correo pero precario y peligroso para pasajeros, y la gente mantenía vivo el recuerdo del accidente que le costó la vida a Gardel en 1935 en el aeropuerto de Medellín) Pero la situación era cada vez más tensa. Se hablaba de espías en los puertos, estaciones clandestinas de radio, submarinos en el Caribe que se abastecían de agua en la Guajira y se temía que Alemania atacara el Canal de Panamá.
Es fácil seguir el itinerario por la información que contienen las cartas que Jorge le envió a Regina (y que se conservan en el archivo familiar). Fueron escritas entre abril y junio de 1940 en la papelería que ofrecían buques y hoteles. Jorge fue en tren a Berrío y de allí por el río a Barranquilla, donde se hospedó en el Hotel el Prado. Luego se embarcó en el Quirigua, un buque de la Great White Fleet (subsidiaria de la United Fruit Co.) con destino a Nueva York, con escalas en Cartagena, Colón y Kingston. El temor era que en cualquier momento fuera atacado por los alemanes, ya que tales empresas eran símbolos del poderío yanqui. En Kingston, el ambiente de guerra estaba al rojo vivo. Los viajeros quisieron visitar la ciudad y el capitán les retuvo las cámaras fotográficas a bordo, pues estaba prohibido tomar fotografías. Allí Jorge entregó al correo una carta para Regina, que esta recibió y se conserva con el sello: Opened by Censor.
En Nueva York se registró en el hotel Chesterfield –130 West, 49 Street, en Times Square– un hotel de 600 habitaciones, “tan lujoso que todas tenían baño privado”. Una de sus primeras gestiones fue entrevistarse con Jaime Vélez Pérez, un amigo de Medellín para quien traía una encomienda de su familia. Había sido cónsul del gobierno de López Pumarejo y ahora regentaba una oficina de negocios en sociedad con López. Se daba la gran vida en el Metropolitan Club y el Waldorf Astoria adonde invitó a Jorge. Estas atenciones no habrían tenido mayor resonancia a no ser porque pocos meses después, Jaime se lanzó de su oficina en el piso 38 en Wall Street y fue a estrellarse en la extensión del piso quinto. El New York Times y El Tiempo publicaron la noticia el 19 de enero de 1941 y las causas siempre fueron motivo de especulación. Jaime Vélez y la ciudad de Nueva York quedaron unidos en forma imperecedera en la mente de Jorge.
En una de las cartas, Jorge le dice a su novia que “una revista de farmacia” anunció “la presencia en Nueva York del propietario de la Droguería Americana”. La noticia incluyó el nombre del hotel en el que se hospedaba, por lo que le llovieron llamadas telefónicas e invitaciones. Es evidente que el mercado suramericano entusiasmaba a los empresarios neoyorquinos. Menciona particularmente a E.R. Squibb, Johnson and Johnson y Park Davis. Tales invitaciones lo llevaron a New Brunswick (New Jersey), Chicago, Detroit y Buffalo adonde viajó en buses de Greyhound. Navegó por el lago Erie, visitó Buffalo y las Cataratas del Niágara, pasó por Washington D.C. y en Nueva York se embarcó de regreso para Colombia, por la ruta La Habana-Panamá-Buenaventura.
Siempre se hospedó en hoteles emblemáticos y visitó restaurantes y sitios famosos. Le llamaron particularmente la atención Chicago y los grandes lagos, donde, al lado de los recuerdos de la nefasta era de Al Capone, ya por fortuna superada, encontraba un espíritu superior de renovación, un poderío económico, una majestuosidad arquitectónica, un nivel de desarrollo que no había imaginado. Rivalizaba ventajosamente con Nueva York. Son significativos los comentarios sobre Ford, cuyas fábricas visitó en Detroit. En una de sus últimas cartas, Jorge comenta que el presidente Roosevelt le solicitaba al Congreso una “suma fantástica para armamentos y para la construcción de ¡50.000 aviones de guerra!”.
A Jorge se le quedaron muchos contactos por hacer, muchos sitios por visitar y, según se desprende de la correspondencia, el regreso fue más o menos apresurado. Traía el ajuar de matrimonio que adquirió en Macy’s. De hecho, las cartas precipitaron los acontecimientos. Cuando salió de Medellín, los novios todavía no habían hecho público su compromiso. Las cartas que recibía Regina la pusieron en un aprieto. Cuando llegaban, padres, hermanos, amigos y conocidos querían enterarse de las noticias y presionaban a Regina para que se las dejara leer. Desde la primera, todos se dieron cuenta de que las relaciones iban avanzadas. La situación era tan comprometedora que ella le solicitó a su novio incluirle en cada sobre dos misivas: una para ella y otra “para mostrar”, a lo que Jorge no accedió. Cuando regresó a Medellín no les quedó más remedio que anunciar la fecha de la boda. Él tenía 34 años y ella 24 (una diferencia notable).
La vivencia cultural de aquel viaje fue ambigua. De un lado, una inmensa ola de optimismo: la Feria Mundial, las drogas maravillosas, el desarrollo industrial, el espíritu de modernidad y progreso de los norteamericanos. De otro, la amenaza de destrucción y muerte que ya se cernía sobre el mundo; ambas, movidas por los mismos desarrollos de la ciencia y la tecnología.
Jorge, sin duda, se casó acariciando la ilusión de que el conflicto iba a resolverse en cualquier momento y que al final primarían las fuerzas de la vida. El negocio de farmacia iba a ser exitoso. Ya tenía nuevos contactos, había conocido nuevos productos. La Droguería Americana iba a sobrevivir. Pero los acontecimientos –sólidos, inexorables– se sucedieron sin pausa. A finales del 41, con el primogénito en camino, recibió la peor noticia: Estados Unidos ingresaba a la guerra. El futuro de su negocio y consecuentemente el de la familia estaban amenazados. Él y los de su generación “amanecían”, no ante una nueva era de felicidad, sino ante el fuego devastador de un holocausto. En efecto: faltaron los abastecimientos farmacéuticos, los negocios empezaron a cerrar; el 44 y el 45 fueron los peores años. Cuando terminó la guerra, la recuperación fue demasiado lenta y la Droguería Americana entró en liquidación.
Al contraer matrimonio, tus padres habitaron una quinta en la Playa con Sucre (costado sur). Antiguamente, las aguas que descendían de la cordillera eran cristalinas y las orillas de la quebrada Santa Elena estaban cubiertas de árboles centenarios y jardines. Pero el desarrollo y la falta de alcantarillas habían convertido el sector en un vertedero. Fue así como la Sociedad de Mejoras Públicas lideró el proyecto de cubrir el cauce de la quebrada, convirtiéndola en la Avenida la Playa, cuyas obras iban avanzadas por la época de tu nacimiento. El sector recobraba su antiguo prestigio. Jorge continuaba jugando golf en el Campestre y visitando con Regina y amigos la finca Georgia, cuya construcción ya estaba finalizada. Conservaba el Lincoln Continental y practicaba la fotografía. Era delgado, siempre vestido de paño oscuro, camisa blanca de cuello y puños almidonados, corbata, zapatos negros bien lustrados y cuidadas las uñas. Usaba lentes tanto para leer como para mirar de lejos, lo que acentuaba su aire de intelectual. Entre los recuerdos más antiguos lo ves sentado en un sillón de cuero granate ensimismado en la lectura o escuchando las noticias. En la biblioteca guardaba los álbumes de fotografía (años después también los de estampillas) y los libros de música, novelas francesas e inglesas, clásicos de la antigüedad, filosofía e historia. Sobresalían los cuatro volúmenes en pasta de tela rojiza de La decadencia de Occidente, de Oswald Spengler (de la Editorial Espasa Calpe de Madrid, publicados en 1925 con nota introductoria de José Ortega y Gasset), en los que analiza las civilizaciones como si fueran vegetales (vitalismo): nacen, crecen, se reproducen y mueren. La civilización occidental está agotada. El progreso no va a darle un futuro de paz y confort, sino que, por el contrario, la va a sumir en el materialismo, el armamentismo, la violencia y la opresión. Al lado de Spengler, aparecieron en la década del cincuenta los seis volúmenes de Churchill sobre la Segunda Guerra (que le valieron el premio Nobel de 1953). Su presencia abrumadora (por lo gruesos) avalaba el aciago destino que el filósofo alemán le había otorgado a Occidente.
En los retratos de aquella época, Regina es una muchacha bonita y elegante que aparece sonriente. Le gustaba vestirse a la moda y la evocas cantando melodías de La belle époque y uno que otro tango. Mantenía un “costurero” semanal al que acudían amigas y antiguas compañeras de La Enseñanza. Poco dada a la especulación filosófica o histórica, pensaba que la guerra iba a terminar y auguraba para sus hijos los horizontes más prósperos, los paraísos más sublimes y en distintas ocasiones expresó cuánto le gustaría vivir hasta el año 2000, que vislumbraba como la culminación de la felicidad en el mundo.
Una mujer de falda roja hacía las labores en la cocina. Tú, que apenas gateabas por el suelo, la veías pasar a tu lado en su constante ir y venir. El ruedo te tocaba el rostro, como una brisa cálida y olorosa. Ella, de pie, recogía enseres frente a una mesa. Te acercaste por detrás y, acostado en el suelo, la miraste por entre las faldas. Querías descubrir aquella parte de su cuerpo, pero solo viste una nube de enaguas blancas. Cuando ella lo notó dio un grito, te levantó y llevó donde mamá. La mujer insistía que eras “un grosero” y tu mamá, sin poder ocultar una sonrisa, dijo: “esas cosas no se hacen”. Esta es, tal vez, la primera sensación de madre que tuviste conscientemente. Hasta ese momento ella estaba siempre ahí, pero aún no comprendías que se trataba de un cuerpo diferente al tuyo. Fue una especie de revelación. Lo extraño fue que ocurrió por intervención de otra mujer.
Nació tu hermana Blanca Cecilia, pero ni te enteraste. Solo meses después caíste en cuenta de su existencia, no solo porque ella lloraba y estaba ocupando espacios que antes te pertenecían, sino también porque la atención de tus padres, y particularmente de mamá, se orientaba ahora hacia la pequeña, y a ti te dejaban con la mujer de falda roja. El efecto de estos cambios no fue grave, porque por esos días tu padre explotaba en Georgia la lechería y el cultivo de manzanas y allí pasaban largos períodos. Un día te encaramó en un caballo blanco con pequeñas manchas negras que luego bautizaste “Mosco”, porque las manchas parecían un enjambre de moscas. Te amarraban con tiras de sábana a una sillita de montar y salías a cabalgar con tu padre. Al principio ibas de cabestro, pero después aprendiste el uso de las riendas y demás arreos y ya no necesitaste ayudas. Nada en el mundo era más importante que aquel animal, y acudías a la pesebrera para tocarlo y olerlo. También estaban las vacas, y la mezcla de olores producía en ti una extraña fascinación.
A veces, tu mamá te llevaba a Monte Blanco y te dejaba al cuidado de sus hermanas. Al irte a la cama, la tía Susana te contaba historias. Al apagar la luz escuchabas con más nitidez los latidos de los perros de la vecindad. Sin duda ya la luna estaba alta y su pálida luz caía sobre las arboledas y formaba sombras largas que se movían cuando soplaba la brisa. En ese momento se intensificaba el concierto. La tía no había salido del cuarto y ya estabas llamándola. Le preguntabas qué sucedía afuera; ella te tranquilizaba; eran solo perros latiéndole a la luna. ¿Y por qué le laten?, preguntabas. Ella, armándose de paciencia, te hablaba de la luna, del viento y de los árboles y te contaba otra historia. Los perros eran los guardianes de los campos y latían para cumplir con su tarea. Al final, arrullado por aquel concierto, te dormías plácidamente y tus sueños flotaban por grandes territorios iluminados por la luna.
El Coliseo, una antigua construcción, fue remodelado lujosamente en 1919 con el nombre de Teatro Bolívar. De estilo republicano, quedaba en Ayacucho, entre Junín y Sucre, y fue demolido en 1954 para levantar un “edificio moderno” que en su momento no se construyó –nunca hemos dejado de lamentar la pérdida–. Allí fuiste con tus padres a ver a Fu-Man-Chu (David Bamberg en la vida real), el mago famoso que recorría el continente presentándose con disfraz chino. Con el toque de su vara volaron conejos por el escenario, cartas y monedas sobre el público, revivieron mujeres partidas a serrucho y el recinto se llenó de humo de colores. En el entreacto salió una cantante y el público la acompañó a coro. Te aprendiste el estribillo porque allí mencionaban a un tal Tomás, y tú creías que se referían al tío.
Como pica, pica, pica
Como rasca, rasca, rasca,
El hermoso bigotito de Tomás,
Como pica, pica, pica
Como rasca,
El hermoso bigotito de Tomás.
Tomás tuvo una existencia desdichada. José A. y Clementina vivieron sus primeros años de matrimonio en Sonsón, y, como mencionamos, allí nacieron los hijos. Tomás tendría nueve o diez años y era de los mayores. Acompañaba al abuelo a visitar las fincas. Chalán en mula fina, un día entró en un corral de piso de piedra. Tal vez había llovido. Tal vez el jinete hizo un movimiento desacostumbrado. Tal vez había un objeto o un animal extraño –un gato, por ejemplo–. La bestia se encabritó y el muchacho fue arrojado al piso. Recibió el golpe en el cerebro. Logró sobrevivir con los cuidados de los médicos del pueblo, pero unos meses después comenzaron las convulsiones. Ese fue el final de sus estudios regulares y requirió atención especial. Lo conociste y trataste en Monte Blanco, cuando él estaba por los veintiocho años de edad. Su habitación quedaba en la planta baja, en frente de la de Clementina, y allí entrabas a conversar con él. Aunque no podía desempañarse en un trabajo u oficio, a ti te parecía normal; era dulce y cariñoso, dicharachero y alegre. Te enseñaba láminas, te hacía trucos con monedas, te preguntaba cosas que nunca sabías responder. A pesar de su dulzura, todos le temían. Su enfermedad podía manifestarse en cualquier momento y en cualquier lugar y las consecuencias eran lamentables. Podía caerse y golpearse o golpear a alguien. Entonces existían pocas drogas y pocos tratamientos, lo que ponía a la familia en una situación de angustia perpetua. Si estaba en casa, los hermanos y los sirvientes lo contenían. Si estaba en la calle, solo Dios sabía qué podía pasar.
Una mañana estabas en Monte Blanco, serían las diez, acababas de desayunar y saliste al jardín. Brillaba el sol y los trabajadores arreglaban los parterres. Caminabas por ahí despreocupadamente cuando sentiste a la abuela gritar desde la puerta. Vestía una bata de dormir de color crema y tenía el pelo suelto. Se apoyaba en el marco de la puerta. Su voz sonaba transida de impotencia. Pedía que sujetaran a Tomás, quien, de pijama, caminaba por el prado hacia la carretera con gestos descompuestos. Ya tenía babaza en los labios. Los trabajadores soltaron las herramientas y acudieron de inmediato. Tomás se resistió lanzando puñetazos, pero al fin lo sujetaron. Luego lo condujeron a la fuerza hasta su habitación; allí permanecieron Clementina y los trabajadores hasta que pasó el ataque. Cuando Tomás murió –víctima de una de tales crisis– lo que más te impresionó fue la sensación de alivio que cundió en la familia, y el hecho de que nadie volviera a mencionar su nombre.
El tío Adán, por el contrario, fue afortunado. Estudió dos años en el seminario de donde se retiró para trabajar en el Almacén de José A. Botero. A la muerte del abuelo, Adán se adueñó del negocio y se hizo llamar pomposamente “don José Adán Botero”. Tomás estaba enfermo y el resto de los herederos eran mujeres. Esto le dio a Adán la potestad de administrar la cuantiosa herencia. Cuando lo conociste tenía poco más de veinte años. Era un joven apuesto que se vestía a la moda. A veces se frotaba las manos y tú te quedabas esperando que de ellas surgiera un portento. Tu mamá y tus tías hablaban con frecuencia de Adán, por lo general con murmullos; Jorge evitaba su amistad, prefería guardar silencio o cambiar de tema. En cambio, tú no parabas de admirarlo y lo buscabas cuando ibas a Monte Blanco. Te trataba sin mimos, te hablaba como si fueses adulto. Te daba regalos: una moneda, un reloj viejo, una pieza gastada de motor. Poco sabías de la vida de jolgorios y excesos que llevaba. Poseía los autos más lujosos. Su marca preferida era el Buick. Cada año cambiaba de modelo. Recuerdas un Roadmaster convertible rojo, de capota de lona blanca; un Skylark azul celeste; enormes, con cojines de cuero, radios de lujo y llantas con una banda muy amplia de color blanco, que era necesario mantener impecable. Se destacaban por la amortiguación, que, según dijo, permitía viajar por las peores carreteras como en una alfombra mágica. Tenía fama de “don Juan”, sobre todo entre las “numeritos”. Las llevaba a los sitios de baile en la carretera a Copacabana, en la de Santa Elena, o por la vía a Robledo. En una época en que había pocos autos, y, sobre todo, pocos tan vistosos, su Buick lleno de muchachas alegres les daba a las gentes abundante tema de conversación. Los escándalos eran frecuentes, aunque nunca pasaban de aventuras más o menos inofensivas. Pero, por la época de tu adolescencia, las cosas se tornaron de color castaño cuando ocurrió un accidente ampliamente reseñado en los periódicos. Adán y un amigo de apellido Aristizábal (negociante de autos y motocicletas), sacaron a dos muchachas de la casa de Marta Pintuco y se fueron de farra por la “autopista”, una carretera acabada de construir a la orilla del río. Quiso lucirse acelerando la máquina con tan mala suerte que volcó. Una de las muchachas murió y los otros ocupantes quedaron heridos. Adán fue trasladado a la clínica El Rosario, donde fuiste a visitarlo. Sus heridas no eran graves, pero permaneció allí más de una semana mientras un abogado “arreglaba” el asunto con el juzgado y con las víctimas para que su cliente no fuera a parar a la cárcel.
Pero los carros, las mujeres y el licor no eran sus únicas aficiones. Gustaba también de las motocicletas, los caballos de paso fino y las armas de colección. En Monte Blanco conociste una BMW que tenía la particularidad de funcionar con transmisión de cardán, no de cadena. A pesar de tus cortos años, el tío te dio amplia información sobre las ventajas y desventajas de cada sistema; cuidados, lubricación y mantenimiento. Tenía pistolas de varias marcas y calibres y las usaba en Monte Blanco para mejorar el pulso. Una tarde sentiste los ruidos y fuiste a investigar. Adán estaba con Aristizábal disparando contra un tronco. Tú también quisiste disparar, y él te habría dejado, pero el prudente consejo de Aristizábal lo impidió. En cuanto a las bestias, las mantenía en pesebreras en Envigado y Sabaneta. Los sábados organizaba cabalgatas por las montañas y llevaba las alforjas bien provistas con botellas de ron para los señores y brandy para las damas. Una tarde de farra montaba un caballo brioso en el Parque de Bolívar. La ciudad estaba en plena Fiesta de las Flores y el público se agolpaba para ver pasar a los jinetes. Al entrar al parque, el animal resbaló y cayó sobre la pierna derecha del jinete. La fractura fue grave. A partir de ese momento caminó cojo. Esto no le impidió continuar con las motos y los caballos. Tuvo otras caídas, hasta que los médicos ya no pudieron componer más la rótula y el fémur; se fue quedando rengo pero nunca dejó de ser parrandista.
Pero regresemos a la época en que tenías cuatro años. No eras un niño muy sano. Te aquejaban las gripes, malestar de garganta y debilidad general. Comías poco y tu peso se mantenía por debajo de lo esperado. El doctor Arturo Pineda Giraldo (primo de tu padre) sugirió una tanda de inyecciones y venía a ponértelas en la cadera. Como no mejorabas de tus achaques y las cosas, más bien, tendían a empeorar, acordaron llevarte a un especialista en Bogotá. El primer tramo se viajaba en tren. Al ingresar al túnel de la Quiebra, el humo de la locomotora era denso, quedaba aprisionado en los socavones –no había ductos de ventilación– y se colaba al interior de los vagones. Tu mamá te puso un pañuelo húmedo en la cara, y aun así te acosó la tos y el ardor en los ojos. Un foco colgado del alambre se bamboleaba arrojando una luz tímida en medio de la humareda y las ruedas de metal traqueteaban en los empates resonando con ecos multiplicados. Estas sensaciones desapacibles, que experimentabas por primera vez, duraron largos minutos. Por fin salieron al otro lado de la montaña, la luz del sol y el aire fresco penetraron en el vagón y el viaje continuó sin problemas.




