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A la casa entraban libremente los niños del vecindario y del colegio. Tu madre los recibía y les preguntaba dónde vivían, cuáles eran las ocupaciones de sus padres, cuántos hermanos tenían y cosas por el estilo. Se interesaba mucho por los apellidos. Luego te daba consejos: “no debes juntarte” con fulano “porque no es de tu posición”. “Debes seleccionar mejor a tus amigos, porque nada es peor que una mala compañía”. Estas frases te sorprendían porque estaban en total contradicción con la experiencia. Te sentías acogido, te llevaban a sus casas, te regalaban dulces y frutas, te enseñaban juegos, expresiones, picardías y ahora tu mamá venía con el cuento de que eran malas compañías.
Regina despreciaba a indios, negros, mestizos, mulatos y demás especies, y a los bogotanos, costeños y pastusos, es decir, a la mayoría de la población. Creía que unas familias y unas provincias eran mejores que otras. Si uno era antioqueño y ostentaba un apellido “bueno” no debía establecer relaciones con individuos de procedencias dudosas.
El Botero era uno de esos apellidos buenos; venía de Italia y estaba convencida de que descendía de ancestros nobles. No le habían dicho que el primer Botero en Colombia fue un artillero que su capitán determinó dejarlo en Cartagena porque estaba enfermo. Por lo visto superó la enfermedad y pasó al interior donde dejó una buena descendencia, quien sabe con cuántas mujeres y de qué razas. Tampoco sabía que el Botero es famoso en la literatura del Siglo de Oro, no por su nobleza sino porque siempre aparece asociado con el diablo. Tirso de Molina menciona “la caldera de Pedro Botero”. Otros hablan de “Pedro Gotero” y “Perogotero”. Botello es la versión portuguesa. ¿Dónde estaba la nobleza?
En cuanto a la provincia, Regina estaba convencida de la superioridad de los antioqueños. Se hablaba mucho de “la raza antioqueña”. Era la única provincia colombiana con raza propia, ya que nunca escuchamos hablar de raza bogotana, costeña o pastusa, pero sí de que quienes venían de la Capital eran vacuos, falsos y traicioneros; si procedían de la Costa eran parrandistas, perezosos y tramposos; si de Pasto, marrulleros, ingenuos y lentos. Los antioqueños poseían una inteligencia práctica que les permitía superar los obstáculos, fundar pueblos, encontrar minas y crear empresas donde otros sin duda fracasarían.
Con motivo de la muerte de Carlos Gardel, el tango, se convirtió en una especie de religión. La afición del pueblo antioqueño a esa música apasionada y trágica fue, desde entonces, otra de sus características. Regina creía que tales virtudes superlativas, incluido el tango, estaban en la sangre, como un privilegio otorgado por la divinidad. Por eso debíamos comportarnos como seres destinados a grandes hazañas, y nunca traicionar la herencia. Así fue como te educaron en la familia y el colegio, y así fue como educaron a tus compañeros de generación.
La calle era un lugar mucho más interesante que la casa o el colegio. Allí siempre ocurrían cosas insólitas. El afilador era un extranjero delgado y alto, que vestía de manera andrajosa y que casi no hablaba español. Llevaba una piedra circular montada en una carreta hechiza que hacía girar con un sistema de poleas accionado con el pie. Anunciaba su presencia tañendo un instrumento de sonido agudo y peculiar. Entonces las señoras sacaban los cuchillos de la cocina que necesitaran filo. Los muchachos se agolpaban, maravillados con la lluvia de chispitas que salían de la piedra. En una ocasión se subió la manga y les mostró el antebrazo izquierdo donde tenía tatuado un número con muchos dígitos que lo identificaba como prisionero de un campo de concentración. Como ignorabas lo que esto significa, pensaste que haber pasado por un campo de concentración era cuestión de orgullo. Estaba también un anciano que solía caminar por el barrio. Una mañana llegabas del colegio con una niña vecina cuando él cruzó la calle y se les acercó. Entonces se abrió los pantalones para mostrarles su miembro medio erecto. La niña salió corriendo y tú no salías del asombro. Fue algo tan extraño que nunca encontraste las palabras para comentarlo con nadie.
Alguien silbaba desde la calle, abandonaban las tareas y al momento se reunían en la esquina. Este grupo llegó a conocerse como “la Barra de Villa” (carrera Villa). Estaba compuesta por muchachos y muchachas de distintas edades que vivían en varias cuadras a la redonda. Eran familias de clase media, con tres, cuatro, cinco o más hijos. Sus apellidos los seguirías escuchando a lo largo de la vida, porque algunos llegaron a ser figuras destacadas: Guzmán, Villa, Acosta, Penagos, Monsalve, Montoya, Llano, Pérez, Valencia, Congote, Posada, Franco. Los mayores, ya adolescentes, actuaban como líderes. El resto fluctuaba entre los siete y los doce años. Con ellos aprendiste a jugar trompo, yoyo, perinola, canicas, moneditas y a moldear pequeños tablones para fabricar hélices y caucheras. Intercambiaban “vistas” o “cuadros” y las guardaban en álbumes improvisados en los cuadernos del colegio. Provenían de los desperdicios de los teatros, pues era frecuente que la cinta se atascara en los carretes y se rompiera durante la proyección. El valor de la vista dependía del artista representado. Los más cotizados eran los “charros” mejicanos, los vaqueros a caballo y las mujeres jóvenes. La mayor perla era una pareja besándose. Fue así como te familiarizaste con nombres que difícilmente lograbas pronunciar: Marilyn Monroe, Tony Curtis, Marlon Brando, Tyrone Power, Robert Taylor, Burt Lancaster, Charles Chaplin, Pedro Infante, Cantinflas, El Llanero Solitario, Tarzán, María Félix. Estaban, además, las “radionovelas” que transmitían “La Voz de Antioquia” (conocida después como “Caracol”) y “Radio Cadena Nacional” (RCN) en sesiones diarias de treinta minutos. Fuiste asiduo escucha de Sandokán, el tigre de la Malasia; Kalimán y Lejos del Nido. Ahora hablabas con propiedad de galanes, heroínas y mundos imaginados. No sospechabas que aquellas vistas, aquellas radionovelas y las conversaciones que sobre ellas sostenían, eran ventanas que iban abriéndose hacia lo ilusorio y lo fantástico, territorios que luego trajinarías en innumerables tardes en los teatros de la ciudad, y que, a través de ellas, ibas a aprender más del mundo y de la vida de lo que aprendías en el colegio.
Luego de la venta de Georgia, la familia decidió pasar las vacaciones en Los Manzanos, una finca que estaba en la sucesión del abuelo en Sonsón. Había cultivos de papa y maíz y potreros con ganado “blanco orejinegro”. La casa tenía muchos cuartos, un patio central, largos corredores, troje y otros recovecos. La cocina era de leña, una letrina servía de sanitario, las habitaciones olían a húmedo y había muebles con cajones cargados de cachivaches. En la noche se alumbraban con velas de cebo y, a veces, rezaban el rosario. En un patio exterior de tierra picoteaban las gallinas y, por las mañanas, Mariela, la agregada, ordeñaba vacas al lado de la casa. Salías con tu hermana Cecilia por los potreros; llevabas un lazo y enlazabas a Mosco, tu caballo rescatado de Georgia. Y montaban “en pelo”, tu hermana al anca, hasta lo alto de la cuchilla. No has vuelto a sentir sensación igual de poder y libertad. En los alrededores había cascadas y zonas boscosas. Al medio día tomaban el baño en una quebrada de aguas heladas. A los pocos días olvidabas las rutinas de la ciudad y adoptabas las del campo como algo natural y corriente.
Toño, el mayordomo, te enseñó a trenzar cerdas de cola de caballo para cazar ardillas con un nudo corredizo y a atrapar turpiales con una jaula de alambre. Pero nada igual a la cacería de torcazas. La hacía con una vieja escopeta de fisto. Guardaba la pólvora negra en un cuerno de vaca labrado y los balines de plomo en una bolsa de cuero. Una mañana se internaron por una cañada acompañados por “Limber” (Lindbergh), el perro de la finca, hasta el borde de un bosquecillo donde asentaban las bandadas. Echó unos granos de pólvora por el cañón y los cuñó con un taco de cabuya; luego los balines, cuñados por otro taco. Como todo debía quedar bien prensado, usó un émbolo de metal. En seguida puso el fósforo en la cavidad donde cae el martillo. No te perdiste detalle. Entonces instó a guardar silencio, se echó la escopeta al hombro, y luego de largos instantes apretó el gatillo. El estallido se multiplicó por las montañas en ecos sucesivos y en el follaje se sintió el aleteo de centenares de aves que alzaban vuelo. Limber se lanzó por el rastrojo y Toño lo siguió, dejando la escopeta humeante, recostada contra un tronco. Cuando regresaron traían tres torcazas que tenían el cuerpo ensangrentado, pero que todavía aleteaban.
EL REFUGIO DEL ARTE. La empresa Agromaderas del Samaná no prosperó. Las especies preciosas estaban diseminadas en grandes extensiones. Sin caminos, sacar la madera era una labor titánica. Los peones tumbaban un árbol gigante, lo aserraban y se ingeniaban para llevar la madera por montes, desfiladeros y cañadas, hasta donde llegaran las mulas. Luego, en “rastras” hasta los sitios de comercio. Recibían el pago y se metían en los burdeles de San Carlos hasta gastar el último peso. Entonces regresaban a la selva. Viéndolo bien, Jorge no era la persona para esa aventura y sus socios tampoco: hombres de ciudad que desconocían el trabajo físico y se las daban de intelectuales. Pero la quiebra de la Droguería Americana lo obligó a pasar el resto de su vida en fincas de colonización, a viajar por malos caminos en jornadas interminables, a compartir la mesa con aserradores y arrieros y a soportar nubes de mosquitos en aquellas posadas olorosas a estiércol de mula.
Antes de cumplir los diez años efectuaste tu primer viaje a Risaralda en un Ford 39 de alquiler cuyo olor a gasolina te dejó mareado, por una carretera en construcción que los ingenieros proyectaban llevar a golpes de pico y pala hasta Puerto Nare, en el Magdalena. El frente estuvo suspendido varios años en el río Calderas, más allá del pueblo de Granada, por falta de presupuesto. De allí a San Carlos y luego a Risaralda el viaje se hacía a caballo y tomaba dos días en época de tiempo seco. Cuando llegaban las lluvias, los caminos se volvían casi intransitables y lo prudente era posponer el viaje. Se pernoctaba en posadas o en malos hoteles de pueblo. Tu padre iba armado y le conociste revólveres de distintos calibres y condiciones. Pensaba que siempre y en todo lugar existen enemigos que nos pueden hacer daño; que no podemos bajar la guardia y menos aún en la selva; pero nunca disparó en tu presencia. Dormía con el revólver debajo de la almohada. De allí lo tomaste muchas veces para ver cómo funcionaba; sacabas y metías las balas, observabas el interior lustroso del cañón, hacías que apuntabas a algún blanco y luego lo dejabas en su lugar. Entre tus enseres está el último que tuvo: uno pequeño, calibre 25, de cachas nacaradas.
Por esa época nació María Constanza, tu hermana menor, a quien siempre llamaron Conny. Ya eran cinco hijos. Fue un momento especial porque la tía Candelaria vino desde Ibagué para acompañar a Regina. La llegada de los niños nunca había despertado curiosidad en ti. Pero ahora estabas inquieto. Habías notado la barriga inmensa de mamá y la salida apresurada con papá para la clínica, y, sin embargo, no lograbas asociar tales síntomas con la posterior aparición de la niña.
También es memorable aquella época por el pleito que habría de sellar el infortunio y llenar de desconfianza y rencor las relaciones de la familia. A la muerte de la abuela se abrió la sucesión y faltaron propiedades. Vinieron las indagaciones y se descubrió que Adán, posiblemente con la complicidad de sus hermanas solteras, le había hecho firmar a Clementina escrituras de traspaso en el lecho de muerte. Candelaria y Regina pidieron explicaciones y Julia les salió con esta perla de la cultura patriarcal: “por estar casadas, ya tienen quien vea por ustedes; en cambio, los solteros estamos desprotegidos”. Trataron de llegar a un acuerdo, pero al final tuvieron que iniciar el pleito. Lo lideró tu padre. Los fallos salían favorables, pero tardaban demasiado y, entre tanto, las propiedades pasaban de mano en mano entre comerciantes de bestias y carros, testaferros a quienes Adán presentaba como “socios”. Pasaron más de tres lustros. Cuando la Corte Suprema de Justicia falló en última instancia a favor de Candelaria y Regina, el patrimonio objeto de disputa había desaparecido.
Con motivo de la primera comunión te regalaron un balón y una bicicleta. Pronto perdiste el balón: los muchachos mayores de la barra se lo apropiaron y te pusieron de portero. La experiencia fue definitiva: recibiste un balonazo tan fuerte en pleno rostro que casi te deja inconsciente. El comentario fue: “no sirve pa’ portero” y nunca te devolvieron el balón. Tanto te dolió el golpe que nunca lo reclamaste, y allí murió para siempre el interés por el fútbol.
Trataste de iniciar el bachillerato en el Colegio de San Ignacio –localizado en la plazuela del mismo nombre–, que distaba pocas cuadras de casa y cuyo enorme edificio de cuatro pisos era intimidante. Los patios estaban rodeados de corredores y claustros, el acceso a ciertas áreas era prohibido, había escalas secretas para subir a la torre de la iglesia –donde la atracción principal eran las campanas y el mecanismo del enorme reloj– o a la terraza que servía de observatorio astronómico y laboratorio de meteorología. Los llevaban a Loyola, en Buenos Aires, donde había piscina y canchas de deporte. Practicabas en la piscina la natación que habías aprendido en los ríos de San Carlos, mientras los compañeros se divertían en las canchas.
La experiencia escolar no fue exitosa. El énfasis en lo religioso –misa diaria, meditación, ejercicios espirituales–, las largas horas de estudio en silencio, en salones de cien o más estudiantes, todo bajo la mirada severa de un jesuita, no contribuyeron a facilitar tu paso al bachillerato. Aquellos educadores parecían estar de acuerdo en que eras perezoso, desaplicado, desatento, charlatán e irresponsable. Que no servías para nada. Que eras un pecador, que debías arrepentirte y acudir al confesor. Dios y la Virgen eran testigos de tu maldad; no tenías forma de ocultarles tus pecados. Te lo repitieron a lo largo del año y nunca recibiste una voz de aliento, una felicitación, una buena calificación. El resultado era predecible: en noviembre las notas mostraron que habías perdido y por lo tanto quedabas expulsado. Al salir estabas llorando y, en la portería, el hermano Suárez te dio un formulario de repitente. Te recibió mamá, al verte llorando pensó que te habías accidentado, y al ver los papeles no supo si regañarte o mimarte. Discutió el caso con papá y decidieron que eras todavía muy niño, que sin duda era una lástima lo de la pérdida, pero que tenían suerte porque los jesuitas, tan buenos educadores, te estaban brindando una segunda oportunidad. Por eso, sin más discusión, te consolaron, llenaron el formulario y al otro día tenías el cupo asegurado.
La bicicleta fue tu consuelo. Como el tráfico era escaso, con otros ciclistas de la barra iban a sitios cada vez más lejanos. En la ciudad está representado todo el continente: una calle se llama Brasil, otra Argentina, otra Colombia. También están Ecuador, Bolivia, Venezuela, Cuba y Chile; urbes como Buenos Aires, Caracas, La Paz y Guayaquil. Además, Medellín es la cifra de la historia patria: Boyacá, Maturín, Pichincha, Bomboná, Ayacucho y Junín recuerdan batallas famosas. Sucre y Girardot, a próceres. Y no podían faltar el Parque de Bolívar y el Bosque de la Independencia. Recorrer la ciudad en bicicleta era mejor que ir a clase; más ilustrativo. Tenía ventajas: conocías el mundo por ti mismo y en cada esquina encontrabas una sorpresa.
En el Bosque de la Independencia recibiste enseñanzas que no habías logrado en ningún otro sitio. Era un amplio parque público con arboledas y lago –donde hoy funciona el Jardín Botánico– rodeado por “zonas de tolerancia”. Las prostitutas y sirvientas concurrían allí los domingos para encontrarse con amigos y amantes. Con Ignacio, otro ciclista de la barra, seguían a las parejas por entre la arboleda para sorprenderlas besándose o haciendo el amor. Las mujeres, atraídas por la apariencia de las bicicletas, les aceptaban conversación. Ignacio les pedía que se levantaran las faldas o se dejaran tocar. Ellas se reían de la ingenuidad de las propuestas y con picardía les mostraban los muslos. Alguna hasta se dejó tocar los senos. La riqueza y variedad de sensaciones eran infinitamente mayores que las del colegio y estabas deslumbrado; por eso esperabas con ansia cada fin de semana, para irte de excursión con Ignacio. Pero luego caías en una gran confusión: sentías placer y orgullo, como si hubieras logrado una hazaña de adulto y, al mismo tiempo, angustia por haber pecado en materia grave. A la primera oportunidad ibas al confesor; él te invitaba al remordimiento para que la absolución fuese efectiva, pero la desazón no terminaba. ¿Qué es el remordimiento? –te preguntabas–. De las clases de religión nada claro había quedado. Ahora, el padre decía que es “desear ardientemente que no hubiese sucedido lo que sucedió”. Esto era imposible: ¿cómo no desear que hubiese sucedido, si precisamente lo que sucedió era lo que más deseabas?
En la barra, el ambiente, en general, era de camaradería, pero no faltaban las burlas y abusos de los grandes contra los pequeños. Por eso, no era raro que estallara alguna pelea. Fue así como un día te viste enfrentado a Jaime, a quien llamaban Pecueca. No sé por qué, pero te “llevaba bronca” y no perdía oportunidad para burlase de ti. Tú, que siempre fuiste pacífico y paciente, evitabas su presencia. Alguien te aconsejó que, si querías superar la situación, no tenías más remedio que enfrentarlo, nadie iba a hacerlo por ti. Una tarde estaban reunidos en la esquina. Cuando llegó Pecueca te empujó para que le cedieras el sitio. Tú, armado de falso valor, le espetaste, “no me empuje, hijoeputa”. Todos oyeron el insulto y los rodearon. Pecueca no se hizo esperar; se te vino encima y en menos de lo que canta un gallo te reventó la nariz y rasgó la camisa. Te invadió la furia y lo empujaste con tanta fuerza que fue a parar al suelo. En realidad, tuviste suerte. Estaban junto a una cuneta; tropezó, cayó de espaldas y se dio contra el borde de la acera. Al verlo en esa situación, algunos te gritaban que aprovecharas, que lo cogieras a patadas. A ti no te pareció digno hacerlo, y te quedaste en guardia. Pecueca no salía de la sorpresa. Tuvieron que ayudarlo a parar. Estaba rengo, con la espalda y la cadera entumecidas por el dolor y, por lo tanto, temporalmente fuera de combate. Así terminó el round. Nunca antes habías sentido una sucesión más frenética de emociones: rabia intensa, miedo, coraje, dolor en la cara y en la mano, satisfacción cuando lo viste en el suelo, sorpresa cuando sentiste la sangre corriendo por el rostro, tristeza y desconcierto cuando viste la camisa hecha jirones, aprehensión cuando consideraste qué ibas a decir en casa al llegar esa noche en condición tan lamentable. Y, cuando él inició la retirada, orgullo, porque por fin habías podido enfrentar al agresor. Los circunstantes llegaron a la conclusión de que la pelea había “quedado empatada” y que era necesario desempatarla. Eso no ocurrió, porque desde ese día Pecueca dejó de meterse contigo.
Por Gerona y El Salvador existían otros grupos de muchachos que a veces bajaban por Bomboná. Nada sucedía cuando lo hacían individualmente o en parejas; pero cuando pasaban cuatro o cinco se miraban con recelo, se silbaban y con gestos obscenos se desafiaban. Usualmente la cosa no pasaba de ahí, pero una tarde acababas de llegar del colegio cuando cundió la alarma: debías presentarte ojalá armado, porque los de Gerona los habían amenazado. Cada uno buscó apresuradamente una cadena, una varilla, un cuchillo, una correa con chapa. Hubo buen acopio de piedras. Los enemigos aparecieron en la esquina de Maturín y comenzaron a arrojar piedras. Los de Villa se atrincheraron detrás de los árboles y en los pórticos de las casas y también arrojaron piedras. Los proyectiles y los insultos volaron de lado a lado, sin mayores consecuencias. Al principio estabas asustado, pero a poco te llenaste de valor; abandonaste el refugio y saliste con una piedra en cada mano. Te disponías a lanzarlas cuando una del bando contrario te dio en el hombro izquierdo. Si te hubiera dado en la cabeza no estaríamos contando el cuento. El dolor te dejó aturdido, lograste regresar al refugio y luego terminó la batalla. En espera de un nuevo ataque, en las tardes siguientes salieron a la misma hora, cada vez mejor armados. Nunca faltaste, a pesar de que la contusión duró una semana y mantuvo encalambrado el hombro. En un momento pensaste en buscar el revólver de papá; sabías dónde lo guardaba cuando estaba en la ciudad. Pero te faltó valor y nada les mencionaste a tus amigos. En vista de que los atacantes no llegaban, algunos propusieron ir en su búsqueda. Todos estaban de acuerdo, pero no se movían: tal vez porque tenían miedo, tal vez porque faltaba el líder verdadero. Estaban establecidos los lazos de solidaridad y ahora lo que cada uno tenía que justificar era el honor de ser considerado miembro. Fue una verdadera enseñanza. La barra ya era parte de tu identidad y de tu vida. Temías ser rechazado o calificado de cobarde, hasta el punto de que ni siquiera les contaste del golpe recibido. Golpe que, más bien, te causaba vergüenza. Pensabas: “¡Qué idiota, dejarme golpear, cuando los demás salieron ilesos!”. Ni siquiera tu mamá se enteró. Es claro que aún no sabías, ni tus amigos sabían, que las heridas que se reciben en la batalla dan honra antes que quitarla.
Había barras (o combos) en los barrios porque el sistema educativo era ineficiente y los jóvenes no tenían opciones. La que conociste, vista en la distancia, era bastante inocente. Allí no se fumaba marihuana ni se bebía alcohol, los miembros no andaban armados y el nivel de violencia era mínimo. Con el crecimiento de la ciudad y la falta de atención de las autoridades, el fenómeno se recrudeció y las barras se convirtieron en pandillas. Los jóvenes aprendieron a robar, atracar, violar, asesinar; así se formaron los sicarios que hicieron de la ciudad un infierno después de 1970.
En el siguiente mes de febrero regresaste a San Ignacio. La experiencia fue idéntica a la del año anterior: perdiste –por segunda vez– primero de bachillerato. Jorge entró en cólera y reprochó tu “vagancia”. Nunca lo habías visto tan descompuesto; la bicicleta fue confiscada, querías huir. Entonces te refugiaste en el zarzo. Era un espacio oscuro, oloroso a polvo, que en la parte más honda recibía un tímido rayo de luz por una claraboya. Allí estaban en cajas las viejas revistas de tu padre. Nunca las habías hojeado, a pesar de que siempre estuvieron a la mano. En Life encontraste, para tu sorpresa, fotos en blanco y negro de cadáveres, ciudades destruidas, regimientos, tanques de guerra, aviones de combate, que revivieron y acentuaron las impresiones de tu primera niñez. Fue una toma de conciencia dolorosa. En L’Illustration, lo más atractivo eran las láminas a color, de página entera, de pintores impresionistas franceses. Algunas mostraban lindas muchachas desnudas. La sorpresa también fue inmensa. Nunca habías visto desnudo y completo un cuerpo femenino y, de repente, en el propio hogar, develabas sus secretos. La exaltación de los sentidos y la mezcla de valores –guerra, poderío, tristeza, tragedia, de un lado; sexualidad, arte, belleza, de otro– no podía ser más perturbadora. Mamá llamaba para que fueras a almorzar, y hacías lo imposible para prolongar el retiro. Cuando descendías por fin, ya el subconsciente estaba condicionado por lo terrible y lo sublime, como para que desde allí fuera fraguando a través de los años lo que llegarías a ser con la edad.
Te volviste taciturno y te aficionaste a las revistas. En la barra intercambiaban cómics de la Pequeña Lulú y Tarzán. Luego leíste una novela de Julio Verne. Creo que fue papá quien te la facilitó. Fue como una revelación; a partir de ese momento te pasabas las horas encerrado leyendo. Hay que recordar que no había televisión. No sería exagerado decir que en los siguientes dos años pasaron por tus manos todas las de Verne disponibles en las librerías de Medellín.
De San Ignacio pasaste al Sufragio. También era un colegio regentado por curas. Tenía una ventaja: los salesianos no eran tan prepotentes como los jesuitas; el ambiente era de clase media. Estaban abriendo los cursos del bachillerato y cada año inauguraban un nivel. Las edificaciones estaban en su etapa inicial, los patios en tierra, y había unas ruinas que les servían para esconderse cuando no querían asistir a clase. Lo peor era la misa cada día a las once, cuando ya el hambre los atormentaba. Unas misas interminables en latín, olorosas a incienso, con el cura que oficiaba de espaldas y con sermones desde el púlpito sobre el pecado y los tormentos del infierno, que al recordarlas te permitieron imaginar, años después, el escenario de tu novela El diálogo imposible.




