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Llegaron a Puerto Berrío hacia las cinco de la tarde y se alojaron en el Hotel Magdalena. En frente estaba el patio donde maniobraban las locomotoras, enmarcado por una hilera de grandes árboles. Más allá, el río oscuro y enorme fluía en silencio y el conjunto, iluminado por los arreboles, se veía majestuoso. De repente se formó una algarabía. Eran los loros que, en enormes bandadas, llegaban a pernoctar en los árboles junto al río. En la mañana volvió la algarabía de los loros mientras tú y tus padres abordaban el vapor de la Naviera Fluvial Colombiana, que iba a llevarlos en un máximo de dos días a Puerto Salgar. Aquellos barcos eran armatostes pesados, de varios pisos, impulsados por grandes ruedas movidas por calderas de carbón o leña. Ofrecían tres categorías: lujo, primera clase y tercera. Tu padre optó por la de lujo, que incluía camarote. Un botones de uniforme se hizo cargo del equipaje y los guió hasta el camarote en el tercer piso. Dijo que era uno de los mejores. Se mantenía fresco porque recibía la brisa de proa y su vista era inmejorable. Las comidas las servían meseros de librea en un comedor decorado y amplio. Los pasajeros de tercera entraban por otra escalerilla y se ubicaban en cubierta. Muchos llevaban hamacas y se peleaban para colgarlas en sitios sombreados o por donde llegara el viento. Sonaron las sirenas y el buque comenzó a navegar. Las primeras nueve horas fueron apacibles, a pesar de la resolana. Los pasajeros mataban el tiempo recostados en las bordas y permanecían atentos a los cocodrilos, los monos, las aves de todos los colores, que aparecían en cualquier recodo. Los bosques milenarios habían sido descuajados en su mayoría y reemplazados por pastizales y ganados, pero de tanto en tanto quedaban algunos contra el río, y allí ocurrían las revelaciones. Cuando se fatigaban de esta actividad, se echaban en las tumbonas bajo los abanicos. Todo parecía en calma y tus padres se hacían a la idea de que el día siguiente llegarían a su destino. Pero al caer la tarde, la quilla se incrustó en un banco de arena que los pilotos no detectaron a tiempo. Estos bancos se forman a flor de agua en cualquier sitio. La corriente es caprichosa, cambia sin aviso, y los flujos aumentan o disminuyen de acuerdo con las lluvias y los afluentes. El incidente ocurría con frecuencia; casi siempre bastaba con echar marcha atrás para desencallar, sobre todo cuando se viajaba río arriba, ya que la corriente es favorable para esta maniobra. Los pilotos habían desarrollado otros trucos, pero en esta ocasión nada funcionó. La situación parecía grave porque el capitán comprobó que el nivel del agua disminuía. A la mañana siguiente el nivel seguía bajando. La espera duró dos días. Los pasajeros, particularmente los de tercera, protestaban ruidosamente. Por fin llegó un buque más pequeño y optaron por el trasbordo. Cada quien se hizo cargo de su equipaje, el capitán no mostró ninguna cortesía con los pasajeros de clase de lujo ni los botones uniformados estuvieron disponibles. Saltaron sin ningún orden. Como el buque de rescate no era de pasajeros sino de carga, los viajeros tuvieron que acomodarse donde pudieron, sin distingo de clase social. Por fin llegaron a Puerto Salgar.
En la capital se hospedaron en casa de unas primas de tu padre. Libia, viuda de un piloto de la Fuerza Aérea que había combatido en la guerra de 1932 contra el Perú, tenía tres hijos: Jorge Enrique, Vicky y Humberto. Con la hospitalidad de los primos pronto olvidaron las zozobras del viaje. Lo primero fue la visita al médico; luego, según las crónicas familiares, recorrieron el Parque Nacional, el Cerro de Monserrate, el Salto del Tequendama y las Salinas de Zipaquirá. Se conserva una foto en blanco y negro, no se sabe tomada por quién, en la que aparece Jorge de sombrero Stetson, corbata, vestido impecable de paño, sacón de invierno en el brazo, con la leyenda “Sopó, enero de 1946”. Nada recuerdas de aquellos recorridos. El regreso a Medellín lo hicieron en DC-3 que tomaron en Techo. El resultado del viaje fue una operación de las amígdalas.
Otro día, tu padre te llevó a Cinelandia, un pequeño teatro en la carrera Junín. Penetraron en un recinto lleno de espectadores, oscuro y oloroso –porque en aquella época se permitía fumar en sitios cerrados– y, de repente, apareció ante ti el mundo fascinante de la pantalla: luces, gentes, casas, carros, árboles; mundo que, a pesar de estar en blanco y negro, de inmediato calificaste de real. Al salir, tu padre te preguntó qué habías visto, qué habías entendido. No pudiste expresar ni una sola idea; no tenías referencias sobre los protagonistas, el tema o el desenlace, no fuiste capaz de identificar los espacios representados. Tenías la mente en blanco, aunque las sensaciones habían sido auténticas. Fue algo sólido y tangible lo que penetró por los poros en esta ocasión, algo más contundente que el espectáculo de Fu-Manchú. Pues bien, quedaste inquieto y en los días siguientes le pedías a tu padre que volvieran al cine. Hasta ese momento conocías la realidad, la del hogar, la que, además, se extiende por calles y lugares cercanos. Pero con solo entrar a Cinelandia te hallaste en medio de una segunda realidad. Eso significaba que el mundo estaba compuesto por muchas realidades, que se escondían unas detrás de las otras, y que bastaba pasar por ciertas puertas para vivirlas a voluntad. Realidades paralelas, provistas de espacios, secuencias y personas. Ninguna parecía más auténtica –o más falsa– que las otras, y lo difícil era escoger cuál te convenía. ¿En qué consistía esa magia del umbral que permite el paso de una a otra? Como la experiencia no se repetía con la frecuencia que querías, pusiste en práctica un método que resultó más efectivo: imaginaste que, junto a la casa, al otro lado del muro, existía un teatro al cual se ingresaba por un pasaje secreto ubicado debajo de la cama. Por allí te escapabas cuando eras víctima de disgustos o en momentos de ensoñación. En aquel escenario te esperaban tus héroes favoritos y con ellos vivías aventuras que se prolongaban durante el sueño, y que, al despertar, dejaban un raro sentimiento de nostalgia, como si hubieras regresado de un viaje. Pero el pasaje conllevaba riesgos. Si bien podías salir, alguien o algo podía entrar. ¿Qué tal que aquellos héroes y fantasmas invadieran tu mundo cotidiano? Con el tiempo, la fantasía ganó en complejidad. Era, ahora sí, muchos mundos completos y distintos, a disposición, que podías organizar a tu antojo. Y la vida se enriqueció con seres virtuales que permanecían a tu lado y con quienes podías jugar y conversar. Según pienso, ese teatro fantástico no solo fue el origen del gusto por la literatura sino también la inspiración para escribir las primeras fábulas. Podríamos decir que al ingresar de la mano de tu padre a aquel recinto oloroso a tabaco para mirar luces y sombras en una pared cubierta por una sábana, experimentaste en carne propia ciertas sensaciones primigenias, aquellas que Platón describe en su famosa alegoría de la caverna. Pasaron décadas, ganaste algo de madurez intelectual; un día te acercaste al mito platónico, y, de repente, brotaron las lágrimas cuando sentiste que la descripción del griego no era nueva para ti, que la habías vivido de niño mucho antes de leerla, y que, por lo tanto, tenía que existir una esencia común de lo humano que permanece en el tiempo y la distancia y que nos identifica como tales.
Tu padre solía recordar con orgullo a familiares, amigos y coterráneos ilustres, y, a pesar de que todavía eras demasiado niño, te los ponía de ejemplo, resaltaba los parentescos y te contaba anécdotas. El apellido Pineda era de El Santuario, un pueblo de tierra fría en el oriente del departamento, donde existe un monumento al coronel Anselmo Pineda (1805-1880), quien era su tío abuelo. Un día te llevó hasta allí, te lo señaló y te habló de él con orgullo, y desde ese día el coronel se convirtió en uno de tus más queridos personajes de ficción. Era alto, de ojos claros y carácter benévolo. Conservador, edecán, amigo y confidente de Mariano Ospina Rodríguez, desempeñó cargos públicos y participó en la guerra de “Los Supremos”. Pedro Alcántara Herrán lo ascendió a sargento mayor en un campo de batalla. Luego, el mandatario del Ecuador, Juan José Flores, lo ascendió a teniente coronel, también en un campo de batalla. Pineda fue nombrado comandante militar en Antioquia, dirigió otras guarniciones en Panamá y el Cauca y, al final de su vida participó en la fundación de la Biblioteca Nacional en Bogotá. Había sido un lector ávido y un coleccionista obsesivo de libros, cartas, folletos, panfletos y hojas parroquiales. Este fondo que hoy lleva su nombre, lo donó generosamente a la institución recién fundada. En compensación, el gobierno lo nombró bibliotecario y sus últimos días los pasó organizando sus propios materiales para ponerlos a disposición de los historiadores del futuro. Su figura y los hechos de su vida fueron tomando forma en tu imaginación, pues tu padre repetía las historias y cada vez parecía mejor documentado. Por eso, cuando muchos años después escribiste una biografía novelada de Bolívar, aquellas imágenes y recuerdos fueron la mejor fuente de inspiración.
Otro día te llevó a conocer el pueblo de Santo Domingo. Tendrías ocho o nueve años de edad. Recorrieron calles, parques, viejas construcciones y fueron hasta el cementerio donde te señaló algunas tumbas. En el salón del Concejo (en el edificio de la Alcaldía) colgaban óleos de grandes señores, y él mencionó a cada uno por su nombre y realizaciones. En el mismo edificio funcionaba la biblioteca del Tercer Piso. Le hiciste notar que tal título no era correcto porque estaban en el segundo, a lo cual no respondió en forma inmediata, pero luego de pensarlo comentó que tal vez la habían cambiado de lugar, o que todo se debía a una tomadura de pelo de Tomás Carrasquilla, quien había sido el fundador y suscriptor más importante. Explicó también que prestaban libros a quien quisiera leerlos, y que cuando él era niño los hacían circular por los pueblos vecinos empacados en encerados y a lomo de mula. Al ingresar al salón viste las estanterías contra las paredes, atiborradas de tomos viejos, y, en el centro, unas mesas de lectura ocupadas por los niños de la escuela. Cincuenta años después de su fundación, la biblioteca seguía siendo el órgano de difusión intelectual más importante del lugar.
Aquel viaje a Santo Domingo y aquellas pláticas sembraron en ti, en época temprana, el amor por los libros y el respeto por los grandes escritores. Regresaron a tu mente muchos años después con singular brillo cuando escribías una biografía de Tomás Carrasquilla.
En cuanto a los negocios de tu padre, la Droguería Americana entró en estado agónico. Los proveedores europeos habían desaparecido y los norteamericanos no estaban respondiendo con la prontitud requerida. Ahora se necesitaban nuevos contactos, nuevos viajes y, sobre todo, nuevos y sustanciales aportes de capital. Como gran parte de los activos estaba representado en cuentas por cobrar, tu padre envió a sus agentes y él mismo viajó por los pueblos tratando de recoger la cartera, pero regresaban sin haber recibido abonos importantes. Sin producto fresco, las farmacias no tenían manera de cancelar las facturas vencidas. Jorge había llegado a la situación que tanto temía y ahora debía tomar las decisiones más dolorosas. Canceló las membrecías de los clubes sociales y vendió el Lincoln Continental. Por un tiempo se consoló con un Pontiac “Torpedo” verde, modelo 1947. Vendió sus propiedades para cumplirles a empleados, proveedores y demás acreedores. Solo se salvaron los baúles con libros y el caballo Mosco, que fue enviado a Los Manzanos en Sonsón (una finca que estaba en la sucesión del abuelo). Entonces la familia se ubicó en una casa arrendada en Ayacucho, por donde todavía circulaba el tranvía a Buenos Aires. Recuerdas el sonido de la campana y el viejo armatoste rechinando sobre los rieles. Las demás líneas habían entrado en desuso y fueron levantadas porque el servicio estaba siendo reemplazado por buses que los usuarios reputaban como de mayor eficiencia. En cuanto a sus hermanos, que habían dependido de su ayuda económica, emigraron a Buga, donde la agricultura estaba en auge y había oportunidades de trabajo.
AÑOS DE PENURIA. Cuando terminaron los trámites de la sucesión, a Regina le adjudicaron una casa en Bomboná con Villa marcada con el número 41-19, lo cual significó otra mudanza, en este caso, a un barrio de menor categoría. Si el ascenso por la escala social le había tomado a Jorge años de dura labor, el descenso ocurría en pocos meses, y su estado de ánimo se fue deteriorando. Regina se armó de valor: acomodó a la familia en esa construcción vieja de muros de tierra, tres patios, corredores y muchos cuartos y recovecos. Dos habitaciones fueron acondicionadas como bodega para guardar productos farmacéuticos que, dadas las circunstancias, carecían de valor comercial. Allí se concentraron las emanaciones del Efedrol, el Dinamol y las pastillas M3 que Jorge se negaba a echar al vertedero. Subieron a un zarzo los baúles con las colecciones de Life, L’Illustration y National Geographic. La cristalería, vajillas de porcelana y manteles de lino adquiridos en Nueva York quedaron arrumados en los escaparates y alacenas; los muebles de estilo moderno, más o menos atiborrados, en aquellos cuartos enormes y sombríos; las acuarelas y reproducciones fotográficas, colgando de cualquier pared. Todo perdía su encanto; eran los restos de un naufragio, y hasta la talega de golf, que relucía en sus buenos tiempos evocando optimismo y éxito, ahora se remangaba escuálida en un rincón. El salón principal era la excepción: allí los libros mantenían su compostura, el óleo de Eladio Vélez todavía irradiaba su esplendor parisino, y el sofá y las butacas de cuero rojo le daban al recinto un aire de respeto y nobleza que faltaba en el resto de la propiedad. Jorge, además, logró conservar el Pontiac, que guardaba en un garaje de la calle Pichincha. Por esa época nacieron tus hermanos Jorge Hernán y Gonzalo.
Entonces sucedió un incidente en el ámbito nacional que tardaste décadas en comprender. El 9 de abril de 1948 asesinaron a Gaitán. Tenías escasos seis años y te enteraste por los gritos en la calle. Saliste a la acera y pudiste ver hombres corriendo con cajas, utensilios y botellas. Algunos blandían machetes. Gritaban: ¡Mataron a Gaitán! Como no tenías idea de quién era ese señor, mamá te explicó que quería ser presidente y que tenía muchos enemigos. Era el candidato de los liberales; gran orador, sus discursos electrizaban a las multitudes. Dijo también “que estaba soliviantando al pueblo contra los ricos”.
La ciudad ya no era un poblacho de pocos barrios alrededor de los parques Berrío y Bolívar sino un conglomerado de casuchas improvisadas que se extendía por las laderas orientales y por las vegas occidentales del río. La población pasaba de trescientos cincuenta mil y seguían llegando multitudes en busca de trabajo (la construcción de viviendas, la industria y el comercio requerían mano de obra barata). No tenían acceso a educación, vivienda digna ni servicios públicos y las instituciones de salud y los sistemas judicial y de policía eran precarios. Aumentaban la delincuencia y los homicidios y el ambiente se hizo fértil para la protesta y el desorden. Existían núcleos de población en situación de miseria y la burguesía no se daba por enterada. Hasta la primera década del siglo, el debate se estableció entre los terratenientes conservadores devotos de la Virgen, defensores del centralismo, la raza blanca y la propiedad privada, y los liberales anticlericales que abogaban por la separación de la Iglesia y el Estado, por el federalismo, la libertad de cultos, la educación pública gratuita y la libertad de prensa. Pero otros factores entraron en juego al avanzar el siglo XX y las tensiones aumentaron. Mientras la burguesía se refugiaba en sus valores de clase consuetudinarios, los campesinos y trabajadores se organizaban para la protesta bajo la dirección de líderes entrenados y orientados desde Moscú, que pregonaban la revolución universal.
A comienzos del siglo se fundó el Partido Socialista de Colombia, que fue de poca duración. Luego vino el Partido Socialista Revolucionario (PSR) afiliado a la Internacional Socialista. Los trabajadores de la zona bananera, con el apoyo del PSR, organizaron una huelga general en 1928 que fue sofocada por el ejército en un baño de sangre. (El número de muertos siempre ha sido motivo de especulación) Luego surgió el Partido Comunista, que dura hasta el presente pero que nunca logró reunir en un solo cuerpo político las distintas facciones.
Las huelgas y las protestas se multiplicaron. En Antioquia son famosas las que protagonizaron los trabajadores del ferrocarril y de las empresas textiles, en particular Rosellón y Coltejer. Mientras los trabajadores asumían posiciones cada vez más radicales, los empresarios estudiaban las encíclicas papales y consultaban a las autoridades eclesiásticas. Para contrarrestar las huelgas, adoptaron políticas paternalistas fundando patronatos, restaurantes, centros de salud; financiando programas de vivienda, escuelas, campos de deportes; es decir, asumiendo responsabilidades que habían sido olvidadas por el gobierno. Si bien estas medidas favorecieron a los trabajadores de las grandes empresas, la mayoría de la población continuaba en la miseria. En ese ambiente surgió la “República Liberal”. “La Revolución en marcha” fue el lema del presidente Alfonso López Pumarejo; revolución que su sucesor, Eduardo Santos, pretendió mantener hasta 1942 (por la época de tu nacimiento). Gaitán, bogotano, se presentaba como liberal. Estaba vinculado con Antioquia porque su esposa, Amparo Jaramillo, provenía de esta región. Fue alcalde de Bogotá y despertó tal entusiasmo que se perfilaba como el candidato más sólido a la presidencia. Su asesinato el 9 de abril de 1948 determinó el estado de violencia y lucha armada que dura hasta nuestros días.
En aquellas circunstancias, la lucha de clases tomaba tintes siniestros. Y, en efecto, el tumulto enardecido pasaba por Bomboná, que comunicaba el centro con barrios populares como El Salvador y Gerona. Hubo asesinatos, heridos, saqueos, incendios, choques con la fuerza pública. Pero lo que sucedía en Medellín era apenas un pálido reflejo de los disturbios en la capital. La radio traía las peores noticias y el miedo se apoderó de la población.
A finales de 1948, Arturo Peláez y Francisco Zúñiga, dos viejos amigos de tu padre, estaban entusiasmados con una colonización y querían que Jorge los acompañara. Peláez era de Rionegro; en viejos archivos de familia encontró los títulos de unas tierras selváticas en las vertientes del río Samaná, en el municipio de San Carlos, que databan de la época de la Convención. Habían sido adquiridos por su abuelo en un remate. Peláez y Zúñiga viajaron a conocerlas y regresaron llenos de proyectos y sin sospechar que la ola de violencia iniciada el 9 de abril también iba a anegar aquellas montañas. Así surgió la sociedad “Agromaderas del Samaná”.
Es curioso que Jorge hubiera aceptado colaborar. Significaba un cambio de ciento ochenta grados en su concepción de vida. Durante su juventud todo su interés estuvo centrado en una idea de progreso respaldada por la ciencia y la tecnología, por las drogas nuevas y el comercio internacional. Ahora sus amigos le hablaban de aventuras selváticas, o sea, de los valores e ilusiones que habían estado vigentes cien años antes, cuando se iniciaba la colonización antioqueña. Era regresar al pasado, al hacha para descuajar montes, a las mulas y a los arrieros. Era comenzar otra vez de cero. El cambio fue efectivo. De repente, el ambiente familiar volvió a vibrar con optimismo y alegría.
Para ese entonces ya asistías al “Gimnasio Medellín” de don Daniel Gómez, en la calle Maturín. Decían que era un “gran educador”. La señorita Ana, la hija menor del dueño, te enseñó a deletrear, pronunciar sílabas y formar frases. El primer libro fue La alegría de leer, de Evangelista Quintana. Confundías o trastocabas los signos: la “E” con el “3”, la “F” con la “T”, la “S” con la “Z”, la “q” con la “g”, el “9” con la “p”. Te dio trabajo entender la diferencia entre “mantequilla” y “mantecilla”. En quinto de primaria escribías: “suabidad”, “sullas”, “iglecia”, “senagosa”. Se trataba de una forma de afasia que tus padres y maestros atribuyeron a la pereza y que te costó innumerables regaños. De hecho, la ortografía fue la materia más difícil y aún te causa tropiezos.
En la casa de Bomboná, el “baño de inmersión” estaba en el tercer patio y era al aire libre. El agua helada que descendía de la montaña caía en chorro y allí te empujaban antes de las siete de la mañana. Tu papá decía: “el agua fría templa el carácter”. Y te quedabas sin saber qué significa “templar el carácter”. Salías engarrotado y el frío seguía colándose por las piernas por lo menos hasta las diez de la mañana. Entonces comenzaba otra sensación, la del hambre, que solo se calmaba al medio día, cuando regresabas a casa para almorzar. No es exagerado decir, pues, que la escuela primaria fue para ti un tormento y que la lectura y la escritura las aprendiste bajo las sensaciones de frío y hambre. Te sentiste aliviado al terminar el quinto año, entre otras cosas, porque ya podías usar pantalones largos.
Los sanitarios estaban en la parte posterior del colegio. Los niños orinaban de pie, frente a un caño por donde corría agua. Un día te diste cuenta que las niñas se encerraban en un cubículo. ¿Por dónde orinan ellas?, te preguntabas, y te dispusiste a descubrirlo, mirando por las rendijas. La primera conclusión fue que cada persona tenía una configuración diferente en esa parte del cuerpo. Había tripas y rajas, pero también tenedores para orinar como por una regadera, o cucharas para hacerlo a traguitos o aún configuraciones más exóticas como tirabuzones, monedas, flores o cajas. Sin duda la variedad era grande. Te sentiste decepcionado cuando llegaste a la conclusión de que solo hay dos formas y que, tal como explicaba la maestra en la clase de religión, tenían que ver con el pecado. Por eso los castigaban: tanto a las niñas como a los niños les tenía que entrar mucho frío por las piernas; esa era la razón para que las faldas y los pantalones fueran cortos.
Con la señorita Delfina Restrepo estudiaban el Método Palmer de Caligrafía Comercial, cuyas ilustraciones les servían de modelo para llenar páginas. Aprendían el uso de la pluma y la tinta dibujando palotes, curvas y ligados en un proceso heroico que dejó manchas indelebles en camisas y pantalones y los convirtió en víctimas de los regaños de maestros y padres de familia. Tu caso fue especialmente difícil: tenías la inclinación natural a escribir con la izquierda. La señorita Delfina resaltó en público lo que calificó de “defecto”, poniéndote en la picota pública y generando en ti un sentimiento de vergüenza o culpa. Pero aseguró que sí era posible corregirlo, lo cual alivió la pena. Tus padres la apoyaron. Entonces te obligaron a escribir con la derecha. Los trazos se torcían de manera incontrolable, la pluma de latón –engarzada en un cabo de madera– se partía y dejaba goterones, la tinta se derramaba y te veías obligado a repetir las planas hasta el cansancio.
Rafael, uno de tus compañeros, llegó un día con una elegante estilográfica Parker; toda una novedad. Era de un verde oscuro jaspeado. La pluma dorada relucía y el depósito de tinta estaba convenientemente localizado en el interior del mango, de modo que no había que cargar siempre con un tintero. Al recorrer el papel no rastrillaba como lo hacía la pluma de latón, sino que se deslizaba con una suavidad envidiable. Esa sí era una verdadera máquina de escribir. Al verla, la señorita Delfina la decomisó, y luego, a la primera oportunidad se la entregó a la madre de Rafael, pidiéndole que no le dejara a su hijo llevar esos aditamentos tan lujosos que, en manos de los niños, solo servían para fomentar vicios que luego no iba a ser posible corregir.
Los exámenes orales eran angustiosos, en especial los de religión. Se hacían ante varios profesores. Cada estudiante “pasaba al tablero” y respondía preguntas formuladas en cualquier orden y por cualquier profesor. No era necesario pensar, ni siquiera había que comprender lo que se decía. Bastaba repetir de memoria para sacar cinco. Muchos lo lograban. Tú pasabas con “tres raspado”. El temor de fallar en público te enmudecía, respondías vaguedades y tartamudeabas, con lo cual el público prorrumpía en carcajadas. De aquella experiencia te quedó un leve tartamudeo, que aparecía cuando te sentías nervioso, y que tardó años en desaparecer. Al final de la escuela primaria, tus maestros habían logrado inculcarte sensaciones confusas de pecado, imperiosas necesidades de arrepentimiento e inciertas aspiraciones de perdón.




